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Full text of "Obras de sta. Teresa de Jesús"

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WELLESLEY  COLLEGE 


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http://www.archive.org/details/obrasdestateresa01tere 


BiBUPlECA  Mi5¥CA  CARMElpNA 


OBRAS  DE  STñ,  TERESA  DE  JESÚS 


SANTA   TERESA   DE  JESÚS 


BIBLIOTECA    MÍSTICA     CARMELITANA 


—   1   — 


OBRAS 


DE 


STA.  TERESA  DE  JESÚS 

EDITADAS    Y    ANOTADAS    POR    EL 

P.  SILVERIO  DE  SANTA  TERESA,  C.  D. 


TOMO     I 


LIBRO   DE  LA  VIDA 


BURGOS: 

Tipografía  de  «El  Monte  Carmelo» 
1915. 


L.r: 


ES    PROPIEDAD 


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Nos  Fray  Clemente  de  los  Santos  Faustino  y  Jovita,  Prepósito  General 
DE   los  Carmelitas  Descalzos, 

Vista  la  censura  favorable  de  dos  teólogos  de  la  Orden, 
damos  con  gusto  nuestra  Ucencia  al  Rdo.  Padre  Fray  Silverio 
de  Santa  Teresa,  Sacerdote  profeso  de  nuestra  Provincia  de 
San  Joaquín  de  Navarra,  para  que,  servatis  servandis,  pu- 
blique la  presente  edición  de  las  Obras  de  Nuestra  Madre 
Santa  Teresa  de  Jesús,  confiando  que  será  de  grande  pro- 
vecho y  satisfacción  para  las  almas,  ya  que  al  incomparable 
mérito  de  la  doctrina  de  la  Santa  Madre,  añade  el  de  una 
crítica  esmerada. 

Roma,  4  de  Octubre  de  1914: 


L.  t  S. 


Fr.  Clemente  de  los  Santos  Faustino  y  Jovita. 

Piep.  Gral. 


Fr.  Elias  de  San  Ambrosio. 

Secretaiio. 


ImptimatuT: 

f  JosEPHus,  Archp.  Burgensis. 


BIBLIOTECA     MÍSTICA     CARMELITANA 


ADVERTENCIA     PREVIA 


Cúmplese  en  el  año  que  corre  el  cuarto  Centenario  del 
nacimiento  de  Santa  Teresa  de  Jesús.  Para  dignamente  conme- 
morarlo, ofrecemos  a  sus  innumerables  devotos  y  aficionados 
una  edición  nueva  de  sus  obras,  que  por  su  corrección,  fidelidad 
y  ajuste  a  los  venerables  originales,  por  la  publicación  de  otros 
nuevos  y  por  la  copia  de  documentos  y  noticias  referentes  a  la 
Santa  y  sus  escritos,  esperamos  aventaje  a  las  publicadas  hasta 
el  presente. 

No  nos  limitaremos  a  esta  sola  publicación,  sino  que,  con 
la  ayuda  de  Dios,  continuaremos  preparando  para  la  estampa 
obras  de  ascética  y  mística  debidas  a  plumas  esclarecidas  de  car- 
melitas descalzos,  que  por  su  mérito  merezcan  figurar  en  esta 
BIBLIOTECA  CARMELITANA  ul  lado  de  los  dc  SU  Santa  Madre. 

La  Reforma  de  Santa  Teresa  ha  sido  muy  fecunda  en  pro- 
ducciones místicas;  pero  bien  porque  de  muchos  autores  existen 
solamente  ediciones  antiguas  y  sean  ya  raros  los  ejemplares  que 
han  llegado  hasta  nosotros,  bien  porque  una  humildad  exagerada 
ocultó  en  el  fondo  de  los  archivos  joyas  de  gran  valor  literario 
y  ascético,  es  el  caso  que  hoy  se  desconocen  muchas  obras  de 
nuestra  Descalcez,  que  sin  mengua  pueden  igualarse  con  lo  más 
selecto  de  nuestra  literatura  devota,  y  muchas  están  en  inmi- 
nente peligro  de  desaparecer  para  siempre  con  daño  irreparable 
de  la  piedad  cristiana. 


Vm  BIBLIOTECA    MÍSTICA    CARMELITANA 

Hace  unos  años,  desde  que  al  terminar  nuestros  estudios  nos 
dedicamos  con  particular  atención  a  tareas  históricas  y  literarias, 
acariciamos  la  idea  de  publicar  en  ediciones  críticas,  según  el 
depurado  y  laudable  gusto  moderno,  las  obras  más  importantes 
que  sobre  argumento  místico  o  ascético  ha  publicado  nuestra 
Reforma,  sobre  todo  en  el  primer  siglo  de  su  existencia,  que 
coincidió  providencialmente  con  la  época  más  floreciente  de  la 
literatura  patria.  Obtenida  la  aprobación  y  bendición  de  nues- 
tros Superiores,  nos  resolvemos  a  ponerla  en  práctica,  aunque 
no  ignoramos  las  dificultades  de  que  la  empresa  está  erizada. 

Formando  con  estas  publicaciones  una  Biblioteca,  es  más 
fácil  que  se  salven  del  olvido  y  alcancen  más  larga  vida,  que 
publicadas  aisladamente;  pues  ya  se  sabe  que  muchas,  por  su 
corto  volumen,  son  muy  a  propósito  para  rellenar  cualquier  rin- 
conera de  librería,  donde  lloran  sin  fruto  el  olvido  desdeñoso  de 
los  lectores. 

Las  naciones  más  cultas  han  publicado  numerosas  coleccio- 
nes de  sus  Clásicos,  y  la  misma  literatura  cristiana  las  tiene 
magníficas  de  Santos  Padres,  escritores  primitivos  de  la  Iglesia 
y  otras  semejantes.  ¿Por  qué  las  Ordenes  religiosas  no  han 
de  hacer  lo  mismo  con  los  suyos? 

No  es  empresa  esta  que  pueda  llevarla  a  feliz  término  uno 
solo;  pero  tratándose  de  un  trabajo  que  ha  de  redundar  en  gloria 
de  Dios  y  de  la  Orden  de  su  bendita  Madre,  cuantos  de  esta 
forman  parte,  llevarán  con  gusto  su  granito  de  arena  a  este 
edificio  piadoso  que  intentamos  levantar.  Plumas  bien  cortadas 
tiene  la  Reforma,  y  a  ellas  brindo  este  proyecto  para  que  no 
quede  en  estériles  deseos,  como  quedaría  sin  duda  de  no  ser 
ayudados  por  tan  excelente  cooperación. 

Muchas  obras  se  han  perdido  en  los  trastornos  y  revolucio- 
nes ocurridas  en  nuestra  Patria  en  el  siglo  XIX;  pero  quedan  aún 
suficientes  para  formar  una  serie  regular  de  volúmenes,  que  sir- 
van de  alimento  espiritual  a  las  almas,  aumenten  el  ya  rico  teso- 
ro de  las  buenas  letras  y  mística  española  y  se  puedan  consul- 
tar mayor,  número  de  obras  debidas  a  los  nuestros,  ya  que,  por 
lo  regular,  son  muy  apreciadas  de  los  doctos  y  eruditos. 


ADVERTENCIA     PREVIA  IX 

En  la  BIBLIOTECA  mística  carmelitana,  como  del  üialo  se 
infiere,  solamente  se  publicarán  obras  de  argumento  místico  y 
ascético,  escritas  en  castellano  y  debidas  a  religiosos  y  reli- 
giosas de  la  Reforma,  de  Santa  Teresa.  Si  tal  vez  se  hace  alguna 
excepción,  no  respecto  de  los  autores,  que  necesariamente  ha- 
brán de  ser  Descalzos,  sino  de  materias,  admitiendo  alguna  de 
índole  histórica,  se  hará  constar  en  lugar  oportuno. 

Que  la  Santa  bendita  se  digne  hacer  fecundos  estos  propósitos 
para  mayor  gloria  de  Dios  y  suya  y  grande  provecho  de  las 
almas   buenas. 

Fr.  Silverio  de  Santa  Teresa,  C.  D. 


PRELIMINARES 


POPULARIDAD  DE  LOS  ESCRITOS  DE  SñNTH  TERESA. — FRUTOS  QUE  REPORTAN  LAS 
ALMAS  DE  SU  LECTURA. — DOS  PALABRAS  SOBRE  LA  VIDA  CONTEMPLATIVA  DE 
LAS   CARMELITAS   DESCALZAS. 


Sólida  debe  de  ser  la  fama  de  Santa  Teresa  cuando  después  de 
tres  siglos,  no  sólo  no  ha  recogido  sus  alas  y  ceñido  sus  dominios  prime- 
ros, sino  que  los  extiende  cada  día  a  más  lejanos  y  dilatados  confines. 
Su  propio  valer  personal,  la  santidad  que  tanto  realza  las  hermosísimas 
prendas  de  naturaleza  con  que  a  Dios  plugo  dotarla,  la  bondad  de  sus 
escritos,  tan  nuevos  y  oportunos  hoy  como  el  día  que  salieron  de  su 
pluma  candorosa  c  inspirada,  son  otras  tantas  razones  para  que  su 
nombre  se  esculpa  en  mármoles  y  se  pronuncie,  de  generación  en  gene- 
ración con  afecto  doméstico  y   admiración  profunda. 

Antes  de  hablar  de  la  conveniencia  de  una  nueva  edición  de  sus 
escritos,  cúmplenos  decir  algo  de  la  popularidad  que  han  alcanzado 
en  todas  las  naciones  cultas,  del  grande  aprecio  que  de  ellos  hace 
la  Iglesia  y  los  más  celebrados  místicos  de  los  tres  últimos  siglos,  así 
como  de  los  reparos  que  en  un  tiempo  se  hicieron  a  esta  celestial 
doctrina  y  de  algunos  errores  modernos  que  con  ella  intentan  acre- 
ditarse. Difícilmente,  por  lo  demás,  podríase  hallar  argumento  más 
abonado  para  ver  la  necesidad  de  la  impresión  esmerada  de  un  libro, 
que  su  difusión  y  agotamiento  rápido,  a  pesar  de  verse  multiplicado 
en  ediciones  incompletas  y  descuidadas,  que  es  cabalmente  lo  que  ocurre 
con  las  obras  de  la  seráfica  Doctora. 

Ha  sido,  y  continúa  siendo,  Santa  Teresa  gran  bienhechora  del 
género  humano.  Con  sus  admirables  escritos,  ha  enjugado  muchas 
lágrimas,  reconfortado  muchos  corazones  desfallecidos,  ha  hecho  al- 
borear  rayos   de   esperanza   en  muchas   conciencias   sombreadas   por   el 


XII  PRELIMINARES 

error  y  la  desesperación',  y  ha  elevado  a  la  cima  de  la  perfección  re- 
ligiosa a  muchas  almas  que,  sin  la  luz  y  calor  de  sus  enseñanzas,  se 
habrían  quedado  en  los  comienzos  de  la  vida  perfecta.  Nada  más  justo, 
como  recompensa  a  tan  singulares  favores,  que  el  mundo  le  manifieste 
por   modo   explícito   y    elocuente   sincera    gratitud. 

Dedicóse  ella  con  persistencia  y  tenacidad  admirables  al  oficio 
más  digno  y  levantado  que  el  hombre  puede  ejercer  en  la  tierra,  como 
es  la  propia  perfección  y  la  perfección  de  los  demás,  según  los  eternos 
cánones  de  la  Santidad  increada;  y  tan  aprovechada  salió  en  él,  que 
umversalmente  es  tenida  por  maestra  indiscutible  de  amadores,  y  la 
que  mejor  ha  manifestado  al  mundo  los  secretos  adorables  que  en- 
cierra el  pecho  de  Dios  y  hecho  pregustar  las  inefables  finezas  y  de- 
licias que  su  dulcísimo  Corazón  reserva,  aun  en  esta  vida,  a  sus  ser- 
vidores más  fieles  y  rendidos.  Antes  de  Santa  Teresa  hubo  sin  duda 
almas  abrasadas  en  llamas  de  amor  divino,  inteligencias  angélicas  a 
quienes  Dios  reveló  inefables  misterios  sobre  el  modo  de  obrar  que  tiene 
en  los  corazones  que  le  aman;  pero  se  murieron  las  más  llevándose  el 
secreto  de  verdades  tan  consoladoras,  o  manifestándolas  en  lenguaje 
emblemático,  poco  transparente  y  bastante  inseguro,  expuesto,  por  su 
misma  ambigüedad,  a  interpretaciones  torcidas  y  aun  erradas,  peli- 
grosísimas siempre  en  materias  de  tan  alta  trascendencia  (1).  Parece 
estaba  reservado  a  Santa  Teresa  descubrir  al  mundo,  en  lenguaje 
familiar  y  diáfano  y  en  estilo  llano  y  sin  afectación,  las  indecibles 
y  suavísimas  operaciones  del  Espíritu  Santo  en  el  alma  enamorada 
y  las  luchas  interiores  y  sucesivas  purgaciones  por  que  pasa  antes  de 
ascender  al  simbólico  monte,  de  donde  se  otean,  en  plácida  serenidad 
y  dulce  reposo,  las  maravillas  de  Dios  creador. 

La  inmortal  Doctora  conduce  al  alma  desde  los  grados  más  rudimen- 


1  Acerca  de  la  claridad  con  que  la  Santa  expone  las  doctrinas  más  subidas  u  obscuras  de 
la  Teología  mística,  decía  la  Sagrada  Rota  Romana  en  la  docta  Relación  que  hizo  a  Su 
Santidad  de  su  vida  u  milagros:  «Los  cuales  libros,  leídos  por  gravísimos  teólogos  de  todas 
las  Ordenes,  admiran  la  sabiduría  de  la  Beata  Teresa  y  la  fácil  declaración  de  los  efectos 
místicos,  y  que  juzgan  por  rara  prenda  de  sabiduría  que  una  Virgen  haya  reducido  a  método 
claro  y  bien  ordenado  lo  que  los  Padres  dijeron  harto  obscuramente,  de  la  mística  Teología». 
Hablando  de  esto  mismo,  escribió  Pío  X  al  P.  General  de  los  Carmelitas  Descalzos  en  carta  que 
le  dirigió  en  el  año  del  tercer  Centenario  de  la  beatificación  de  la  Santa:  «Por  lo  tocante  a  la 
Teología  mística,  camina  con  tanta  libertad  por  las  supremas  regiones  del  espíritu,  que  se  diría 
vive  en  ellas  como  en  su  propio  reino.  No  hay  secreto  en  esta  ciencia  que  la  Santa  no  haya 
escudrinado  profundamente;  pues  discurriendo  por  todos  los  grados  de  la  contemplación,  remonta 
el  vuelo  tan  alto,  que  no  es  posible  lleguen  a  comprenderla  los  que  no  han  experimentado  estas 
divinas  operaciones  del  alma.  Y  a  pesar  de  esto,  nada  enseña  que  no  esté  rigurosamente  con- 
forme con  la  más  sana  teología  católica,  exponiendo  sus  doctrinas  con  tanta  sencillez  y  clari- 
dad, que  ya  en  su  tiempo  era  la  admiración  de  los  más  insignes  doctores,  quienes  no  llegaban 
a  comprender  cómo  pudo  esta  virgen  reducir  con  tanta  maestría  y  elegancia  a  un  cuerpo  de  doc- 
trina el  que  sin  orden  y  confusamente  enseñaron  los  Padres  de  la  Iglesia».  Cfr.  Ucta  ñpostol. 
Sedis,  31  Marti!,  1914.  Publicó  en  castellano  esta  carta.  El  Monte  Carmelo  del  15  de  Abril 
de  1914,  págs.  284-291. 


PRELIMINARES  XIII 

tarios  de  la.  perfección  incipiente  hasta  los  más  altos  de  la  vida  unitiva, 
cuando  el  alma  penetra  ya  como  reina  en  lo  más  interior  del  castillo, 
y  allí  se  une  en  ósculo  inefable  con  el  señor  de  él,  y  lo  contempla 
casi  sin  velos  ni  celajes,  gozando  de  algo  así  como  asomos  o  anticipos 
de  visión  beatífica,  bien  guardada  y  defendida  de  enemigos  que  interrum- 
pan, alteren  o  mengüen  esta  felicidad  intensa  que  de  tan  estrecha  unión 
se  le  sigue.  Y  lo  que  más  extraña  y  maravilla  es  que  materias  tan  abs- 
trusas  y  difíciles,  logra  exponerlas  con  tal  seguridad  de  doctrina,  tal 
claridad  de  lengua  y  precisión  de  estilo,  con  tan  encantadora  sencillez; 
halla  siempre  a  mano  comparaciones  tan  bellas  y  gráficas  para  explicar 
su  pensamiento,  que  dan  bien  a  entender  que  la  inteligencia  divina  ilu- 
minaba con  intensos  destellos  el  entendimiento  de  Teresa,  y  que  el 
suave  soplo  del  Espíritu  Santo  dirigía  su  pluma,  que  corría  muy  apre- 
surada por  las  blancas  cuartillas,  según  deposición  jurada  de  muchas 
religiosas  que  la  vieron  escribir,  grabando  ideas  luminosísimas  de  la 
más  encumbrada  ciencia  mística  (1). 

Ni  los  que  escribieron  antes  de  ella  de  esta  ciencia  sublime  y  es- 
condida, desde  el  pseudo  flreopagita  hasta  Taulero  y  Ruysbroeck,  ni  los 
que  la  siguieron  hasta  nuestros  días,  hablaron  de  las  vías  del  espíritu 
y  de  la  perfección  con  tanta  competencia  y  naturalidad  y  tan  al  alcance 
de  todos;  pues  para  las  inteligencias  no  cultivadas,  algunas  partes  de 
la  Mística  hasta  Santa  Teresa  fueron  como  el  libro  de  los  siete  sellos, 
misteriosas  y  casi  ignoradas,  por  el  obscuro  simbolismo  en  que  se  las 
envolvía,  o  por  la  profundidad  científica  y  difícil  terminología  de  es- 
cuela con  que  eran  expuestas.  Con  la  publicación  de  sus  obras  se  inau- 
gura una  nueva  época  que  pudiéramos  llamar  de  vulgarización  mística, 
de  doctrina  más  clara!  y  concretal  y  de  fórmulas  de  perfección  más  preci- 
sas y  seguras.  Las  almas  rectas  y  deseosas  de  realizar  en  este  mundo 
el  ideal  del  cristiano,  contenido  en  las  páginas  evangélicas,  sin  grande 
esfuerzo  intelectual  aprenderán  lo  más  subido  y  noble  de  la  mística 
Teología,  y  Jesús  tendrá  intensos  amadores  educados  en  la  escuela  de 
esta  Virgen  y  escritora  iluminada. 

Sus  escritos  no  producirán  ilusos;  son  la  misma  discreción  puesta 
en  letras  de  imprenta.  Prudente  y  avisada  la  Doctora  de  ñvila,  gus- 
ta más  de  ponderar  y  magnificar  lo  sólido  y  substancioso  de  la  vida 


1  En  las  Informaciones  del  proceso  de  canonización  de  la  Santa  hechas  en  Granada,  dice 
a  este  propósito  la  V.  Ana  de  la  Encarnación:  «Sé  que  sus  libros  los  escribió  por  orden  ü  man" 
dado  de  sus  confesores  y  prelados.  Una  noche,  escribiendo  el  de  las  Moradas,  en  el  convento 
de  Segovia,  vi  desde  la  puerta  de  su  celda,  adonde  estaba  esperando  si  quería  algo,  que  tenía 
el  rostro  con  una  luz  muy  clara,  y  de  ella  salían  unos  resplandores  como  rayos  dorados,  y  esto 
le  duró  y  vi  por  tiempo  de  una  hora,  que  sería  hasta  las  doce  de  la  noche  que  dejó  de  escribir; 
y  al  punto  que  dejó  el  cuaderno,  se  le  quitó  el  resplandor,  y  parecía  que  estaba  a  escuras  para 
como  estaba  con  el  resplandor.  Y  cuando  escribía,  iba  con  tanta  priesa  y  sin  detenerse  a  borrar 
ni  enmendar,  que  bien  parecía  ser  cosa  milagrosa».  (Cfr.  Memorias  historiales,  letra  N,  núra.  11). 


XIV  PRELIMINARES 

espiritual,  que  lo  accesorio  y  efímero,  aunque  a  veces  sea  más  deslum- 
brador y  aparatoso.  La  práctica  de  las  virtudes,  la  observancia  de  los 
consejos  evangélicos,  la  vida  de  unión  amorosa  con  Dios,  la  contem- 
plación afectiva  y  otras  gracias  de  sólida  y  positiva  utilidad  para  el 
alma,  tienen  siempre  en  los  escritos  de  la  ilustre  Castellana  encomios 
más  sinceros  y  palabras  más  ponderativas  que  los  raptos,  éxtasis,  deli- 
quios y  hablas  interiores,  sobre  los  cuales  nos  previene  con  frases  enér- 
gicas, por  los  grandes  peligros  de  engaño  que  en  ellos  advierte,  y  por  no 
ser  necesarios  para  ganar  las  más  altas  cumbres  de  la  santidad. 

Esta  claridad  de  exposición  y  seguridad  de  doctrina  en  materias 
de  suyo  intrincadas  y  recónditas,  contribuyeron  poderosamente  a  la 
difusión  portentosa  y  rápida  de  sus  escritos,  no  sólo  en  los  países 
de  la  lengua  que  ella  tan  diestra  y  hermosamente  maneja,  envolviendo 
pensamientos  aristocráticos  en  formas  sencillas  y  populares,  sino  en 
los  pueblos  de  distinto  idioma,  que  se  apresuraron  a  trasladarlos  al 
propio  de  ellos  por  no  verse  privados  de  alimento  tan  sabroso  y  nu- 
tritivo, ñpenas  habrá  en  castellano  obra  que  haya  alcanzado  tanta 
popularidad.  No  lo  sé  de  ninguna,  si  tal  vez  se  exceptúa  la  más  inge- 
niosa producción  de  Cervantes.  Hombres  de  letras  y  almas  sencillas 
y  piadosas  estudian  estos  libros,  ya  para  acrecentar  el  caudal  de  ideas 
que  atesoran  sus  ricas  inteligencias,  ya  para  contrastar  opiniones  de 
cuya  ortodoxia  se  duda,  ya  sencillamente  para  alimentar  sus  corazones 
con  estos  frutos  sazonados  de  paraíso,  que  dan  al  espíritu  misterioso 
temple  para  la  práctica  y  acrecentamiento  de  las  virtudes;  que  no  son 
las  enseñanzas  de  Santa  Teresa  regato  que  se  contiene  en  los  ceñidos 
límites  de  su  Reforma,  sino  río  caudaloso  que  lleva  gérmenes  de  vida 
divina  a  todo  el  campo  cristiano. 

Menguado  favor  haría  a  Santa  Teresa  quien  se  contentase  sólo 
con  ponerla  en  las  avanzadas  del  ejército  glorioso  de  sabios  que  han 
iluminado  con  sus  conocimientos  místicos  los  caminos  obscuros  de  la  per- 
fección cristiana,  olvidando  este  extremo  de  popular  y  espiritual  conquis- 
ta de  las  almas.  Por  encumbrada  que  sea  la  gloria  que  a  una  escritora, 
que  jamás  frecuentó  escuelas  ni  leyó  libros  de  ciencia  profunda,  se  le 
siga  de  ocupar  los  primeros  puestos  entre  los  hombres  de  letras,  no 
constituyó  ella  la  aspiración  nobilísima  de  su  corazón;  a  mayor  y  menos 
caduca  corona  aspiró  esta  mujer  extraordinaria,  tan  grande  aun  en 
esto,  que  no  se  dejó  jamás  fascinar  por  el  falso  brillo  de  mundanas  ala- 
banzas. Intentó  nada  menos  que  prender  al  mismo  Dios  entre  las  do- 
radas mallas  de  un  amor  purísimo,  y  en  su  conquista  se  lanzó  con 
resolución  decidida  y  ánimo  varonil,  sin  cejar  en  su  empeño  hasta  dar 
a  la  caza  alcance,  ñlma  intrépida,  corazón  generoso,  penetró  animosa  por 
los    cotos    del    divino    amor,    bebió    de    sus    puros   y    frescos    cristales. 


PRELIMINARES  XV 

y  dulcemente  embriagada,  reveló  al  mundo  las  inefables  bondades  de 
este  amor  en  páginas  saturadas  de  lumbre  divina,  y  tan  encendidas 
en  devoción,  que  pegan  a  los  lectores  el  mismo  fuego  que  abrasó  el 
corazón  de  este  Serafín  carmelitano. 

Tratándose  de  obras  de  este  género,  no  puede  ceñirse  el  estudio 
de  ellas  a  la  parte  científica  o  literaria,  por  mucho  que  suponga  y 
valga  y  por  muy  interesante  que  sea;  porque  más  utilidad  que  a 
los  doctos,  con  ser  tan  grande,  han  reportado  a  los  buenos  y  devo- 
tos. Los  escritos  de  los  santos,  y  más  los  de  esta  Virgen  sabia, 
tienen  la  calidad  inapreciable  de  enseñar  y  persuadir  lo  que  en- 
señan. No  sólo  instruyen  la  inteligencia  con  útiles  conocimientos,  sino 
que  mueven  suavemente  el  corazón  a  obrar  en  conformidad  con  lo 
enseñado.  Misteriosa  fuerza,  que  nunca  podremos  ensalzar  bastante- 
mente, y  que  constituye  una  de  las  mayores  glorias  de  Santa  Teresa, 
En  carta  al  P.  Bouix  decía  León  XIII  sobre  esta  particularidad  de  los 
escritos  de  la  Santa:  «Hay  en  las  obras  de  Santa  Teresa  cierta  virtud, 
más  bien  celestial  que  humana,  de  eficacia  maravillosa  para  promover 
la  enmienda  de  la  vida,  de  suerte  que  de  su  lectura  sacarán  frutos 
ubérrimos,  no  sólo  los  que  trabajan  en  la  dirección  de  las  almas  y  as- 
piran a  la  adquisición  de  una  santidad  eminente,  sino  también  aquellos 
que  hacen  algún  aprecio  de  la  virtud  cristiana  y  algún  esfuerzo  por 
obtener  su  salvación  eterna». 

Revestidos  de  tan  singular  gracia  sus  escritos,  en  los  cuales  su  alma 
hermosísima  se  transparenta  como  en  bruñido  espejo,  han  ejercido  siem- 
pre en  los  lectores  poderoso  hechizo,  del  cual  es  sumamente  difícil 
substraerse  aun  a  alejados  de  ellas  por  repulsión  de  ideas.  Campea  en 
estas  páginas  una  ingenuidad  tan  humilde  y  un  convencimiento  tan  sen- 
cillo y  decidido,  una  elocuencia  tan  cálida  y  natural  en  defensa  de 
la  verdad,  que  el  entendimiento  se  rinde  dulcemente  a  ella  y  el  corazón 
disfruta  de  inefable  descanso  abrazándola  con  decisión  inquebrantable. 
No  hay  en  ellas  sutilezas  de  ingenio  agudo,  ni  encadenamientos  ló- 
gicos de  sabio  profundo,  ni  aglomeración  de  citas  de  erudito  de  bi- 
blioteca, ni  frases  aceradas  de  intencionado  polemista;  es  como  paloma 
Cándida  que  conoce  la  verdad  y  la  expone  sin  rodeos;  que  se  siente 
herida  de  amores  exhala  dulces  gemidos  hasta  hallar  quien  pueda 
curarlos;  es  águila  caudal  que  en  alas  de  su  propio  ingenio,  empu- 
jadas por  fuerte  espíritu  de  Dios,  se  remonta  a  la  cúspide  de  la  ciencia 
contemplativa  y  convida  a  los  espíritus  a  que  en  ascensiones  magní- 
ficas suban  a  tales  inefables  alturas,  donde  se  goza  más  intensamente 
de  la  hermosura  de  las  perfecciones  divinas. 

Nunca  fué  tenida  la  Santa  por  embaucadora;  pudo  engañarse,  pero 
jamás    se    propuso    engañar,    ñ    todos    los    quiso    entrañablemente;    su 


XVI  PRELIMINARES 

corazón  era  tan  grande,  que  cuando  alguno  le  mostraba  injustificado 
desvío,  le  cobraba  particular  afición.  Un  pensamiento,  una  aspiración 
fomentó  durante  su  laboriosa  vida:  que  todos  los  hombres  conociesen 
y  abrazasen  la  verdad  y  fueran  partícipes  de  la  dicha  inefable  consi- 
guiente a  este  conocimiento  y  dulce  abrazo.  Por  alcanzar  este  anhelo 
nobilísimo  de  su  corazón,  se  metió  a  Reformadora,  escribió  libros, 
predicó  con  su  ejemplo,  exhortó  a  sus  amigos,  no  dio  paz  a  la  pluma, 
ni  a  sus  pies  cansados,  ni  a  su  cuerpo  enfermizo  y  amagado  de  pará- 
lisis, hasta  verlo  realizado. 

Persuadido  estoy  de  que  a  estas  excelentes  cualidades  es  debido 
en  gran  parte  ese  atractivo  universal  que  la  gran  Reformadora  tiene 
en  los  corazones  más  opuestos,  sin  que  lo  puedan  eclipsar  o  matar  los 
antagonismos  de  raza,  de  sentimientos  ni  creencias.  Sobre  todas  las  lu- 
chas que  tienen  por  campo  el  pobre  corazón  humano,  su  figura  se 
cimbrea  gallarda  como  palmera,  refrescando  con  su  sombra  a  los  fati- 
gados luchadores.  No  está  aún  bien  medida  la  fuerza  misteriosa  que 
ejerce  en  las  inteligencias  que  de  buena  fe  buscan  la  verdad,  las 
expansiones  espontáneas  y  sinceras  de  otra  inteligencia  que  está  en 
posesión  de  ella,  y  con  noble  y  afectivo  entusiasmo  lo  declara  con 
palabras  en  que  todo  artificio  humano  está  proscrito,  para  que  resalte 
escueta  y  como  es  en  sí  misma.  Si  esta  profesión  sincera  está  robus- 
tecida, por  decirlo  así,  por  una  vida  sin  mancha,  completamente  ajustada 
a  esa  verdad  que  con  suave  resplandor  ilumina  la  inteligencia,  como 
ocurre  con  la  Virgen  de  Hvila,  no  hay  corazón  que  se  resista  a  sus 
encantos. 

Apenas  fueron  conocidas  las  obras  de  la  Santa,  comenzaron  las 
conversiones  entre  los  protestantes  en  número  tan  considerable  hasta 
nuestros  días,  que  en  pleno  siglo  XIX,  un  furibundo  racionalista,  no 
temió  decir  que  Santa  Teresa  de  Jesús  ha  contribuido  más  eficazmente 
a  contener  los  progresos  de  la  Reforma  protestante  que  San  Ignacio 
de  Loyola  y  Felipe  II  (1).  Conocida  es  la  extraordinaria  conversión 
del  célebre  Rector  de  Breem,  en  el  Wittemberg,  la  Meca,  como  si 
dijéramos,  del  Luteranismo,  de  la  que  da  cuenta  Duarte  de  Braganza  en 
carta  escrita  el  3  de  Marzo  de  1639  a  su  hermano  el  Duque.  Había 
oído  hablar  este  protestante  de  los  libros  de  la  Santa  y  se  procuró  la 
Vida  con  ánimo  de  impugnarla.  Tres  años  estuvo  preparando  la  impug- 
nación, rompiendo  un  mes  lo  que  otro  componía,  sin  resolverse  nunca 
a  publicarlo;  hasta  que,  persuadido  de  que  quien  como  la  Santa  es- 
cribía era  imposible  no  estar  en  camino  de  salvación,  se  convirtió  al 


1  Dans  notie  siecle,  au  College  de  France,  une  voix  rationaliste  ait  osé  diré:  «Sainte 
Thérese  a  plus  contribué  a  aireter  les  progres  de  la  Reforme  protestante  que  saint  Ignace  et 
Philippe  II».  Histoire  de  Sainte  Thérese  d'  aptés  les  Bollandistes,  Introduction,  p.  XXXIII. 


PRELIMINARES  XVII 

Catolicismo  y  fué  fervoroso  cristiano  (1).  Otro  caso  importante  de 
los  muchos  que  pudiéramos  traer,  es  la  conversión  a  la  verdadera  fe 
y  el  ingreso  en  las  Carmelitas  Descalzas  de  Colonia,  de  Dorotea  Isabel, 
hija  del  Rey  Cristian  IV  de  Dinamarca.  En  la  Descalcez  púsose  el 
nombre  de  Isabel  de  Jesús  María.  Su  vocación  fué  tan  decidida,  que 
ni  su  mismo  regio  progenitor,  que  de  incógnito  la  visitó  en  el  monas- 
terio con  intención  de  llevársela  a  la  corte,  pudo  recabar  nada  de 
ella,  y  perseveró  en  el  claustro  dando  grandes  ejemplos  de  perfección 
religiosa  (2). 

Largos  habíamos  de  ser  si  quisiéramos  referir  las  maravillosas  con- 
versiones hechas  por  Santa  Teresa  entre  los  protestantes.  Recordemos 
los  nombres  de  ilustres  convertidos  como  Newman,  Manning,  Faber, 
David  Lewis  y  tantos  otros  que  después  de  su  conversión  dejaron  es- 
critas páginas  gloriosas,  consignando  el  efecto  que  les  había  causado 
la  lectura  de  los  libros  de  la  Reformadora  española.  Manuales  son  los 
tratados  ascéticos  de  Faber,  donde  tantos  elogios  hace  de  la  mística 
Doctora  (3),  y  el  último  es  autor  de  la  mejor  versión  que  hay  en  la 
lengua  de  Shakespeare  de  las  obras  de  Santa  Teresa.  ¿Mencionaremos 
también  a  la  ilustre  dama  protestante  Cunninghame  Graham,  autora  de 
un  apreciablc  estudio  sobre  Santa  Teresa,  por  la  que  siente  no  disimu- 
lada admiración?  (^). 

Si  entre  los  separados  de  la  Iglesia  católica  tan  excelentes  efectos 
produce  la  lectura  de  la  Santa  Madre,  mayores  y  más  eficaces  ha  de 
reportarlos  entre  los  suyos,  entre  los  buenos  católicos.  Pide  la  Iglesia 
en  la  oración  que  dedicói  a  la  Santa  «que  nos  sustentemos  con  el  man- 
tenimiento de  su  celestial  doctrina  y  seamos  enseñados  con  el  afecto 
de  su  piadosa  devoción»  (5),  y  rara  vez  los  deseos  de  tan  cariñosa 
madre  habrán  tenido  tan  universal  y  exacto  cumplimiento.  Las  obras  de 
la   mística   Doctora   figuran    en    todas    las   bibliotecas   de   las   familias 


1  Este  caso  lo  traen  casi  todos  los  biógrafos  antiguos  de  Sta.  Teresa  g  además  el  P.  Felipe 
de  la  Santísima  Trinidad  en  Decor  Carmeli  téligiosi,  el  P.  Luis  en  los  Rnales  de  la  Orden  en 
Francia,  1.  2,  c.  42,  De  los  extraños  habla,  entre  otros,  Baronio,  Rnnál.,  año  1700,  n.  0. 

2  Habla  de  esta  conversión  el  P.  Francisco  de  la  Cruz  en  el  tomo  V  de  Desengaños 
pata  bien  vivir  y  movir,  p.  222.  La  Madre  Isabel  profesó  en  1646  g  murió  en  olor  de  san^ 
tldad  en  1687. 

3  «La  eternidad,  dice  este  celebrado  escritor  en  Todo  por  Jesús,  cap.  VII,  no  es  bas- 
tante para  alabar  suficientemente  a  Dios  por  el  más  pequeño  de  sus  beneficios,  g  serían  ne- 
cesarias innumerables  eternidades  para  pagarle  la  merced  inestimable  que  nos  ha  otorgado 
dándonos,  así  a  nosotros  como  a  su  Iglesia,   la  seráfica  Madre  Santa  Teresa   de  Jesús». 

4  Santa  Teresa  being  same  account  of  her  Ufe  and  times,  together  vith  aome  pages 
from  the  history  of  the  last  great  Reform  in  the  Réligious  Orders,  bg  Gabriela  Conninghame 
Graham.  {K  new  edition),  Londres,  1909.   Un  volumen  en  cuarto  de  785  páginas. 

5  El  P.  Jerónimo  de  S.  José  traduce  así  la  oración  aprobada  para  el  oficio  de  la  Santa 
en  el  Breviario:  «Ogenos,  Señor,  Salvador  nuestro,  para  que  así  como  nos  regocijamos  con 
la  fiesta  de  tu  Santa  Virgen  Teresa,  así  también  nos  sustentemos  con  el  mantenimiento  de  su 
celestial  doctrina,  g  seamos  ense&ados  con  el  afecto  de  su  piadosa  devoción».  Historia  del 
Carmen  Descalzo,  1.  V,  c.  XV,  p.   901. 


XVm  PRELIMINARES 

cristianas.  Bien  podemos  afirmar,  sin  que  en  la  afirmación  pongamos 
ningún  concepto  exagerado,  que  rarísima  será  la  joven  de  regular  posi- 
ción que  no  lea  estos  escritos  celestiales.  Leerlos  y  aficionarse  a  ella 
y  en  muchísimos  casos  sentirse  con  vocación  religiosa,  es  fenómeno  que 
observan  frecuentemente  cuantos  se  dedican  a  la  cura  de  almas. 

Y  en  los  claustros,  ¡cuánto  se  maneja  a  Santa  Teresa  en  todas 
las  Ordenes  sin  distinción!  Para  muchas  almas  es  la  lectura  favorita, 
el  alimento  cotidiano.  Ella  habla  acabadamente  de  las  enfermedades  de] 
espíritu,  de  la  práctica  de  las  virtudes  y  de  los  defectos  más  o  menos 
habituales  en  que  pueden  incurrir  las  religiosas;  y  lo  hace  con  gracia 
y  donaire,  sin  fatigar  la  cabeza,  sin  hastío  de  ningún  género,  antes  delei- 
tando enseña,  persuade  y  enfervora.  Lleva  a  Dios  suavemente,  y  una 
vez  cerca  de  él  por  la  práctica  de  la  virtud,  enciende  en  afectos  amorosos 
el  corazón  que  la  leel  y  le  introduce  en  el  horno  de  caridad  divina  en 
que  ella  se  abrasó.  Porque  parece  imposible  leer  estos  libros  sin  sentir 
necesidad  de  ser  mejor  y  sin  anhelar  con  vehemencia  aquella  perfec- 
ción que  ella  describe  por  manera  altísima  e  inefable.  ¿Qué  Orden  hay 
que  no  lea  asiduamente  estos  libros?  ¿Qué  fundador  o  fundadora,  desde 
San  Francisco  de  Sales  y  San  Alfonso  María  de  Ligorio,  fervorosísi- 
mo teresiano,  hasta  la  piadosa  y  caritativa  Vizcondesa  de  Jorbalán, 
que  no  los  recomiende  a  sus  hijos  o  hijas,  como  medio  eficacísimo 
de  adelantamiento  espiritual? 

Pero  aun  hay  otra  clase  de  lectores,  unidos  a  la  Santa,  no 
sólo  con  lazos  de  devoción,  sino  de  familia,  en  quienes  estas  en- 
señanzas imprimen  más  honda  huella,  y  hasta  llegan  a  reprodu- 
cir en  sus  corazones,  con  sorprendente  analogía,  la  imagen  de  la  in- 
signe Reformadora.  Hablo  de  sus  hijos  e  hijas,  y  más  particularmente 
de  estas  últimas,  a  quienes  la  presente  edición  va  dedicada.  Es  admi- 
rable lo  que  ocurre  con  estas  abnegadas  habitadoras  de  los  claustros 
teresianos.  ñun  forzando  no  poco  nuestro  natural,  que  se  resiste  a 
todo  elogio  doméstico,  he  de  escribir  sobre  esto  dos  palabras  que  re- 
flejen, siquiera  pálidamente,  el  sentir  unánime  de  los  pocos  que  de 
cerca  tratan  a  las  Carmelitas  Descalzas,  lo  mismo  en  España  que  en 
otras  naciones  a  fin  de  contrapesar  en  algo  esa  persuasión,  tan  ex- 
tendida como  poco  cristiana,  de  que  las  religiosas  de  vida  contempla- 
tiva son  punto  menos  que  inútiles  en  la  sociedad  actual. 

Ni  el  frío  de  los  siglos  que  hiela  las  obras  establecidas  con  mayor 
empeño  y  calor  de  vida,  ni  los  aires  desatados  de  persecución  que 
vienen  soplando  con  intensidad  y  pequeñas  intermitencias  desde  la 
Revolución  francesa,  ni  el  ambiente  de  positivismo  y  vida  regalada 
que  hoy  se  masca  y  del  cual  es  casi  imposible  librarse,  ni  el  mal 
disimulado   desprecio   (le  la   vida  contemplativa  y   austera,   han  podido 


PRELIMINARES  XIX 

mellar  la  férrea  constancia  de  la  hija  de  Santa  Teresa  en  sus  admira- 
bles prácticas  de  vida  monástica,  en  el  apegamiento  a  sus  leyes  y  en 
el  ejercicio  continuado  de  las  virtudes  más  sólidas  y  de  la  caridad 
más  encendida.  Como  perlas  en  concha,  están  encerradas  estas  almas 
heroicas  en  sus  conventos,  sin  querer  abrirse  para  nada  al  espíritu  del 
mundo,  sin  resquicio  por  donde  puedan  colarse  aires  insanos,  sin  más 
aspiración  que  seguir  al  que  es  camino,  verdad  y  vida  segi'm  los  mé- 
todos trazados  por  su  Santa  Fundadora.  R  la  manera  de  diligentes 
abejas,  se  dedican  día  y  noche,  con  una  intensidad  de  vida  que  no  es 
fácil  adivinar  no  conociéndola,  a  fabricar  mieles  exquisitas,  libadas  en 
los  toraillares  del  Carmelo,  para  jrecrear  al  dulce  Esposo  de  las  al- 
mas, hoy  más  que  nunca  necesitado  de  amores.  R  elevada  contempla- 
ción y  austeridad  de  vida  llamó  la  Santa  a  sus  hijas,  y  es  justo 
confesar  que  ellas  han  respondido  cumplidamente  al  llamamiento.  Si 
Fr.  Luis  de  León  se  alegraba  y  admiraba  de  ver  el  retrato  de  Santa 
Teresa  en  dos  imágenes  vivas,  sus  hijas  y  sus  libros,  con  más  razón 
nos  hemos  de  admirar  hoy,  cuando  observamos  que  después  de  tres 
siglos,  la  imagen  no  se  ha  desfigurado,  antes  continúa  reproducién- 
dose con  fidelidad,  de  que  la  misma  gloriosa  Fundadora — nos  atreve- 
mos  a   asegurarlo — está   altamente   complacida. 

Fácil  es  en  los  comienzos,  cuando  todavía  están  calientes  los  des- 
pojos del  Fundador,  conservar  la  integridad  de  la  observancia;  pero 
conservarla  sin  quebranto  ni  la  más  leve  relajación,  cuando  han  trans- 
currido varios  siglos,  es  un  hecho  que  ha  de  recordar  con  elogio  la  His- 
toria eclesiástica.  Que  Religiones  de  suyo  suaves,  mantengan  su  espíritu 
primitivo,  nada  tiene  de  maravilloso;  pero  en  Ordenes  tan  estrechas 
y  austeras  como  la  reformada  por  Santa  Teresa,  es  digno  de  aplauso 
y  grande  admiración.  Digámoslo  con  la  frente  en  el  polvo,  porque  a 
Dios  se  debe  tanta  dicha:  la  Orden  del  Carmen  no  se  ha  corrido  en 
un  ápice  de  lo  preceptuado  por  su  inspirada  Reformadora,  y  hoy  ad- 
vertimos los  mismos  deseos  de  recogimiento  interior  y  de  penitencia 
que  en  las  primitivas  Descalzas,  de  quienes  la  Santa  Madre  fué  la 
mejor  elogiadora. 

El  encerramiento  de  los  Carmelos  no  asusta.  Han  sabido  las  Des- 
calzas hacer  tan  llevadera  y  amena  la  penitencia  y  las  virtudes  que 
aprendieron  de  su  Madre,  que  si  ella  fué  imán  de  corazones,  continúan 
siéndolo  todas  sus  hijas.  Los  numerosos  conventos  reformados  que 
hay  en  el  mundo  cristiano,  se  pueblan  de  jóvenes  sedientas  de  perfec- 
ción. Es  un  fenómeno  que  apenas  es  dable  explicar.  En  tiempos  en 
que  la  penitencia  y  recogimiento  tanto  amedrentan  a  nuestra  naturaleza 
muelle,  cuando  muchos  directores  espirituales,  que  tienen  por  ascé- 
tica, según  dice  el  P.  Weis,  «la  filosofía  de  la  vida  cómoda*,  guían  a 


XX  PRELIMINARES 

las  almas  a  Religiones  menos  mortificadas,  tal  vez  dcsviándolas  de  su 
verdadera  y  primitiva  vocación,  con  achaque  de  flaqueza  de  complexión, 
como  si  ya  no  fuera  imitable  la  vida  austera  de  Jesús  y  de  sus  más 
fieles  siervos,  o  como  si  las  excelencias  de  la  vida  penitente,  predi- 
cadas por  los  Padres  y  Doctores  de  la  Iglesia  no  rezasen  con  la  ge- 
neración actual,  maravilla  no  poco  hallar  tantas  almas  deseosas  de 
macerar  sus  carnes  inocentes  como  víctimas  propiciatorias  de  los  pe- 
cados del  mundo,  y  de  darse  a  las  inefables  delicias  de  la  contempla- 
ción de  las  perfecciones  divinas,  con  absoluta  negación  de  sentidos  y 
apetitos  y  de  cuanto  pueda  significar  condescendencia  de  carne  y  sangre. 

Por  fortuna,  el  decaimiento  universal  de  vida  interior  que  se  ob- 
serva en  estos  tiempos  nuestros,  por  otra  parte  de  tan  asombrosa  ac- 
tividad, y  ique  hiere  directamente  a  las  Ordenes  contemplativas  (cosa  que 
tanto  lamentan  los  buenos  católicos  que  no  paran  su  consideración  en  la. 
superficie  de  las  cosas,  sino  que  ahondan  más  llegando  hasta  las  raíces 
de  los  males  que  deploramos),  apenas  si  se  ha  notado  en  la  Reforma 
de  las  Carmelitas  descalzas,  que  cuentan  hoy  tantos  monasterios  en  Eu- 
ropa como  en  los  siglos  en  que  el  Catolicismo  fué  menos  perseguido. 
Sin  distinción  de  clases  y  condiciones,  bajo  la  sombra  augusta  de  la 
gloriosa  Reformadora,  se  cobijan  un  sinnúmero  de  almas  buenas,  con  la 
noble  aspiración  de  imitar  su  vida  y  sus  virtudes.  Todo  el  mundo  las 
puede  observar  hoy  y  convencerse  por  sí  mismo,  que  en  pleno  siglo 
XX  son  posibles  las  austeridades  de  los  tiempos  heroicos  de  la  peni- 
tencia cristiana,  y  que  la  mortificación  más  grande  convive  en  amiga- 
ble armonía  con  el  amor  divino  más  intenso,  con  la  caridad  al  prójimo 
más  desinteresada  y  comunicativa  y  con  una  alegría  indefinible  que 
hace  tan  fácil  y  deliciosa  la  vida  conventual. 

En  los  claustros  de  Santa  Teresa  se  experimenta  la  paz  de  la 
buena  conciencia,  la  armonía  de  corazones  unidos  por  idénticas  aspi- 
raciones, y  se  palpan  los  efectos  de  una  santidad  sólida,  sencilla,  co- 
rriente, sin  afectación  ni  alambicamientos,  sensiblerías  ni  ñoñeces,  ca- 
lidades todas  que  tanto  acreditan  la  virtud  de  las  hijas  de  la  ihistre 
Reformadora.  Cualquiera  al  verlas  tan  comunicativas  y  alegres,  con  esa 
alegría  inimitable,  que  yo  tengo  por  uno  de  los  frutos  más  sazonados 
de  la  perfección  religiosa,  diría  que  con  ellas  nada  tienen  que  ver 
las  mortificaciones,  ni  los  ayunos,  ni  los  grados  más  altos  de  con- 
templación mística;  ya  que,  por  un  error  pueril,  pero  muy  extendido, 
hemos  dado  en  creer  que  las  personas  que  tales  cosas  practican,  son 
rancias,  deformes  y  tontas  de  capirote.  No  sé  por  qué  las  bellezas 
de  la  gracia  han  de  estropear  las  de  la  naturaleza,  y  que  los  dones 
más  hermosos  de  Dios  han  de  encarnar  necesariamente  en  seres  en- 
fermizos,  raros,  pálidos  y   antiestéticos. 


PRELIMINARES  XXI 

Por  muy  grande  que  sea  la  necesidad  de  la  vida  activa  en  esta 
época  de  universal  indiferencia,  no  es  menor  la  de  la  vida  de  oración, 
sin  la  cual  la  primera  produce  frutos  muy  menguados.  Rn  nuestro 
siglo,  tan  dado  a  la  acción,  lejos  de  menospreciar  la  vida  de  retiro, 
es  preciso  fomentarla  para  que  no  falten  almas  qUe  vaquen  a  Dios 
a  la  continua  en  contemplación  inefable  de  sus  divinas  perfecciones, 
comuniquen  a  las  obras  exteriores  ese  calor  de  virtud  que  las  vivifica 
y  hace  provechosas  y  sean  a  manera  de  víctimas  expiatorias  por  los 
crímenes  que  en  el  mundo  se  cometen  (1).  La  santidad  según  los  con- 
sejos evangélicos  es  el  ornamento  de  la  Iglesia  de  Dios,  como  lo  son 
las  flores  de  los  campos  en  que  crecen;  es  la  sangre  que  vivifica  todos 
los  miembros  de  la  gran  familia  católica.  Siendo  la  Iglesia  en  este 
mundo  una  semejanza  imperfecta  de  la  eterna,  así  como  en  el  cielo 
hay  espíritus  angélicos  que  perpetuamente  están  abismados  en  sua- 
ve contemplación  de  las  perfecciones  divinas,  y  espíritus  que  por  dis- 
posición de  Dios  intervienen  en  la  gobernación  del  mundo  y  ejecu- 
tan puntualmente  sus  órdenes;  así  en  la  tierra  ha  de  haber  almas  que 
enseñen,  prediquen  y  se  ejerciten  en  obras  de  misericordia,  y  almas 
consagradas  a  la  meditación,  al  ejercicio  del  amor  santo  y  a  la  con- 
tinua plegaria,  que  es  un  género  de  apostolado  que  ha  producido  siem- 
pre frutos  muy  abundantes,  y  del  cual  jamás  prescindirá  la  Iglesia 
de  Jesucristo. 

Siendo  las  Carmelitas  Descalzas  las  que  han  de  leer  estas  obras 
con  más  asiduidad,  afecto,  devoción  y  provecho  espiritual,  no  nos  pa- 
recen del  todo  impertinentes  los  párrafos  anteriores,  ñun  concediendo 
que  no  hay  estado,  sexo  ni  condición  que  no  pueda  ejercitarse  en  las 
virtudes  ascéticas  y  gozar  de  las  inefables  dulzuras  de  la  contemplación; 
sin  embargo,  son  muchos  los  místicos  que  afirman  que  es  más  indi- 
cada la  mujer  que  el  hombre,  y  entre  las  mujeres,  las  vírgenes 
consagradas  al  Señor  (2).  Alejadas  del  mundo,  en  quietud  más  repo- 
sada y  menos  distraída,  siendo  su  corazón  nido  de  castos  amores,  abierta 
su  inteligencia  únicamente  a  las  blandas  caricias  del  sibilas  aarae  tennis 
del   Espíritu   Santo,   y   ofrendando   todos   los   días   a   Dios   su   espíritu 


1  Véanse  sobre  esto  las  importantes  obras  Desde  mi  celda  y  Conñdencias  a  un  Joven,  por 
el  P.  Lucas  de  San  José,  C.  D. 

2  Santa  Teresa,  hablando  de  algunas  mercedes  divinas,  dice  en  el  capítulo  cuarenta  de 
su  Vida:  «Havj  muchas  más  (mujeres)  que  hombres  a  quien  el  Señor  hace  estas  mercedes,  u 
esto  oí  al  santo  Fraij  Pedro  de  Alcántara,  y  también  lo  he  visto  yo,  que  decía  aprovechaban 
mucho  más  en  este  camino  que  hombres,  y  daba  de  ello  ecelentes  razones,  que  no  hay  para 
qué  las  decir  aquí,  todas  en  favor  de  las  mujeres».  «Sciat  (director)...  hujusmodi  dona  mulieribus 
leapse  uberius  impertiri  quam  viris...  Jure  feminae  a  sancta  matre  Ecclesia  titulo  devoti  sexus 
honorantur.  Non  raro  inveniuntur  puellae  quae  innocentiae  suae  stolam  illibatara  custodiunt.  Sed 
ubi  est  innocentia,  aliae  etiam  florent  virtutes,  quae  omnes  ad  recipiendas  Dei  gratias  dispo" 
nnnt».  (Cfr.  F.  V.  Voss,  Compendium  Scarm.,  1.  II,  pait.  II,  c.  3). 


XXII  PRELIMINARES 

puro  g  su  cuerpo  sin  mancilla,  donde  no  hag  excesos  de  pasión  ni  ape- 
titos desmandados,  han  de  tener  forzosamente  una  preparación  más 
adecuada  para  recibir  al  dulce  Esposo,  que  se  recrea  en  las  almas  sen- 
cillas e  inocentes.  Llamadas  las  Carmelitas  Descalzas  por  la  santa  Madre 
al  ejercicio  continuo  de  las  virtudes  g  a  la  vida  de  unión  con  Dios, 
necesariamente  han  de  tener  para  ellas  excepcional  importancia  estos 
escritos,  que  con  los  de  San  Juan  de  la  Cruz,  constitugen  su  alimento 
cotidiano. 

Las  hijas  de  Santa  Teresa  se  han  hecho  singularmente  acreedoras 
a  nuestra  gratitud  por  lo  mucho  que  nos  han  agudado  en  nuestros 
trabajos  de  investigación  franqueándonos  sus  archivos.  Gracias  a  ellas 
perduran  aún,  en  perfecto  estado  de  conservación,  muchos  documentos 
de  grande  interés  para  la  vida  g  escritos  de  la  inmortal  Reformadora. 
Ellas  conservan,  además,  la  tradición  oral  de  muchos  puntos  de  obser- 
vancia que  la  Santa  estableció  en  las  fundaciones,  g  que  constituge  otra 
fuente  riquísima  de  información,  que  no  habremos  de  desaprovechar 
en  los  estudios  relacionados  con  la  Doctora  de  ñvila. 


II 


ALGUNAS  PROPIEDADES  DE  LOS  ESCRITOS  DE  SANTA  TERESA. — SU  MAGISTERIO  MÍS- 
TICO.— AUTORIDADES  DE  ALGUNOS  HOMBRES  CELEBRES. — TESTIMONIO  DE  LA 
IGLESIA. — EDUCACIÓN     ESPIRITUAL     DE     LA     DOCTORA     DE     AVILA. 


La  coincidencia  de  doctos  y  devotos  en  apreciar  los  libros  de  Santa 
Teresa  de  Jesús,  parece  indicar  que  a  la  vez  nutren  la  inteligencia  con 
sólida  doctrina  mística  y  calientan  el  corazón  con  encendidos  afectos 
de  amor  seráfico.  Fortuna  es  esta  que  logran  pocas  obras  del  ingenio 
humano.  La  aridez  de  escuela  suele  predominar  en  los  tratados  de  ios 
hombres  de  ciencia,  asequibles  únicamente  a  los  muy  versados  en  ejer- 
cicios de  especulación  intelectual,  pero  no  a  los  lectores  ordinarios, 
que  no  tienen  por  profesión  el  cultivo  de  las  letras  abstractas.  R  su 
vez,  los  libros  devotos  suelen  resentirse  de  grande  penuria  doctrinal, 
siendo  a  veces  despreciados  y  tratados  de  ignorantes  y  gazmoños 
por  los  ingenios  algún  tanto  cultivados  y  leídos.  Unir  la  ilustración 
a  la  devoción  en  un  mismo  escrito,  es  propiedad  muy  apreciable  con- 
cedida a  pocos  talentos. 

Inútil  sería  buscar  en  Santa  Teresa  exposición  de  sistemas,  ni  ca- 
pítulos concertados  de  doctrina,  que  se  van  desenvolviendo  conforme 
a  reglas  lógicas  rígida(s  e  inflexibles.  El  gracioso  desorden  que  parece 
reinar  en  estas  páginas,  es  una  de  las  más  bellas  cualidades  de  los  es- 
critos de  Santa  Teresa.  No  suele  ser  muy  ordenado  el  corazón  en  sus 
inspiraciones,  y  las  páginas  de  estos  libros,  iluminadas  por  el  resplandor 
de  una  inteligencia  poderosa,  fueron  dictadas  principalmente  por  un 
corazón  que  recibía  calor  e  inspiración  del  mismo  Dios.  En  un  m.ismo 
párrafo  se  advierten  frecuentemente  ideas  inconexas,  suspensión  ful- 
minante de  sentido  por  algún  donosísimo  paréntesis,  trasposiciones  en- 
cantadoras, encumbramientos  místicos  de  serafín,  y  sentencias  ascéticas 
corrientes  de  anciano  solitario  y  experimentado  que,  apoyado  en  báculo 


XXIV  PRELIMINARES 

venerable,  las  expone  en  plática  familiar  a  los  discípulos  que  le  rodean 
y  escuchan  con  veneración  y  embeleso. 

No  hay  que  pedir  a  la  Santa  orden,  método,  encadenamiento  de 
ideas,  disciplina  de  inteligencia  y  las  demás  condiciones  que  exigi- 
mos a  los  escritores  de  obras.  Santa  Teresa  no  reparaba  en  estas 
y  otras  reglas  de  preceptiva  dialéctica,  demasiado  reflexivas  e  imperti- 
nentes para  una  inteligencia  que  se  movía  en  un  ambiente  amplísimo, 
y  que  tan  pronto  la  vemos  subir  a  las  celestes  esferas  y  abismarse  en 
las  lumbres  de  la  Belleza  increada,  como  descended  a  la  tierra  y  reparar 
en  una  fuente  de  aguas  cristalinas,  en  el  capullo  de  un  gusano  de  seda, 
en  la  avecilla  que  canta  en  la  enramada,  en  las  flores  campesinas,  o  en 
cualquier  otro  cuadro  de  la  naturaleza  que  le  venga  a  propósito  para 
lo  que  se  propone  declarar.  El  temperamento  de  la  Santa  era  refrac- 
tario al  mecanismo  académico  y  al  lenguaje  convencional,  del  que 
apenas  pueden  prescindir  los  hombres  de  ciencia.  Jamás  aprendió  el 
tecnicismo  de  las  Escuelas,  ni  tuvo  la  presunción  de  ser  bachillera, 
antes  odiaba  las  bachillerías  como  tan  contrarias  a  la  naturalidad  y 
sencillez,  de  las  que  vivió  perpetuamente  enamorada.  Con  tal  de  ex- 
plicar con  claridad  lo  que  intenta,  dase  por  satisfecha  y  cura  poco  de 
todo  lo  demás. 

Sin  gran  esfuerzo  solía  conseguirlo  siempre,  aun  en  materias  de 
dificilísima  exposición  hasta  para  los  muy  doctos  y  versados  en  el 
manejo  del  idioma.  Alcanzado  este  su  principal  intento,  no  se  preocu- 
paba de  otra  cosa;  ni  siquiera  volvía  a  leer  lo  escrito  en  muchos 
casos.  Ella  misma  dice  que  los  Evangelios  la  recogían  más  que  los 
libros  muy  concertados  (1).  La  sencillez  y  llaneza  de  los  Libros  Santos 
la  encantaban,  y  sin  ella  pretenderlo,  logró  imitarles  en  estas  preciadas 
calidades. 

Por  indicación  de  sus  confesores  compuso  la  Santa  sus  libros; 
obediencia  recia,  como  ella  la  califica,  porque  se  consideraba  incapaz 
de  escribir  nada  de  provecho  que  pudiera  edificar  a  los  demás  sien- 
do ruin  y  pecadora  majer cilla.  Pena  le  daba  dejar  la  rueca  para 
tomar  la  pluma;,  y  no  se  disponía  para  escribir  con  más  preparación  que 
para  hilar.  «Solos  los  que  me  lo  mandan  escribir  saben  que  lo  escribo, 
y  al  presente  no  está  aquí,  y  casi  hurtando  el  tiempo  y  con  pena  por- 
que me  estorbo  de  hilar,  por  estar  en  casa  pobre  y  con  hartas  ocupacio- 
nes» (2).  Hun  sin  declararlo  la  Santa,  se  echa  de  ver  fácilmente  en 
sus  escritos  la  falta  de  lectura  adecuada  del  erudito,  y  la  meditación 
y   esfuerzo  de  la  inteligencia  del  sabio  que  coordina  sus  ideas  y  las 


1  Camino  de  Perfección,  c.  21. 

2  Vida,  c.  X. 


PRELIMINARES  XXV 

traslada  al  papel  con  parsimonia  indicadora  del  trabajo  no  ligero  que 
llevó  a  sazón  aquellos  frutos  intelectuales  suyos.  Según  dejamos  dicho, 
natural  y  espontáneamente  manifiesta  sus  sentimientos  al  correr  de  la 
pluma,  sin  artificio  ni  perezosa  lentitud,  como  quien  pone  por  es- 
crito una  conversación  familiar  tenida  con  su  corazón  o  su  Inteligen- 
cia. Lo  que  siente  en  el  momento,  lo  dice  con  palabras  no  rebuscadas, 
aunque  siempre  felices  y  propias;  ni  siquiera  intenta  reforzar  su  argu- 
mento con  autoridades  de  la  Sagrada  Escritura  y  de  los  Santos  Padres. 
Cuando  los  cita  lo  hace  imperfectamente;  porque  era  de  memoria  flaca, 
según  la  misma  Santa  dice  (1),  y  porque  tales  citas  asomaban  a  la 
pluma  casi  sin  ella  procurarlo.  Gracias  a  esta  ingenuidad  de  escritura, 
Santa  Teresa  apenas  tiene  rival  en  la  manifestación  natural  y  clara  del 
pensamiento,  prenda  muy  codiciada  de  los  buenos  autores  y  por  muy 
pocos  conseguida. 

La  Mística  es  en  parte  ciencia  experimental,  de  arte  que  quien 
más  hondo  y  continuado  sienta  las  inefables  comunicaciones  de  la 
gracia  en  el  alma,  más  preparado  se  halla  para  hablar  de  ellas  con 
aquella  seguridad  que  da  la  propia  observación  de  un  fenómeno  sobre 
la  simple  lectura  en  un  libro  didáctico.  Sintió  la  Virgen  de  ñvila  los 
efectos  extraordinarios  de  la  gracia  con  intensidad  y  continuidad  gran- 
des, y  como  a  más  de  la  particular  asistencia  que  pudo  tener  de  Dios, 
no  le  faltaban  viveza  de  ingenio,  colorido  de  imaginación,  ni  expe- 
ditez  de  lengua  para  expresarlas  y  darles  forma  conveniente  a  la  fácil 
inteligencia  de  los  demás,  pudo  escribir  de  esta  arcana  ciencia  como 
no  escribieron  hombres  encanecidos  en  las  disciplinas  eclesiásticas.  Estos 
proceden  en  la  descripción  de  los  efectos  místicos  bastante  a  obscuras 
y  dirigidos  únicamente  por  principios  científicos.  Guiados  por  ellos, 
no  yerran  tal  vez  el  camino,  pero  éste  apenas  se  ve  por  el  débil  res- 
plandor que  aquellos  principios  reflejan;  mientras  que  el  conocimiento 
práctico  lo  pone  de  manifiesto  a  la  claridad  de  la  luz  experimental 
que  reluce  en  el  centro  del  alma  y  descubre  las  espinas,  obstáculos 
y  sabandijas  que  lo  pueblan,  y  también  las  virtudes  y  dones  de  Dios 
que  a  su  vera  crecen  con  opulenta  floración  mística. 

Naturalmente,  cuando  se  escribe  atendiendo  sólo  a  lo  que  el  propio 
corazón  experimenta,  sin  fijación  previa  de  doctrinas,  sin  el  orden 
riguroso  que  enseña  la  lógica,  han  de  notarse  deficiencias  de  método, 
dislocación  de  ideas,  paréntesis  y  saltos  atrevidos,  que  escandalizan  a 
los  adoradores  empedernidos  de  la  ecuanimidad  literaria.  Pero  en  esta 
libertad  e  insubordinación,  ¡cuánto  gana  el  pensamiento!  Ligada  con 
ataduras   de  métodos  científicos,   ¿cómo   habría   podido  remontarse   tan 

1      Vida,  c.  X. 


XXVI  PRELIMINARES 

alto  y  describir  vuelos  místicos  tan  irregulares  y  magníficos  esta  pa- 
loma habitadora  de  las  montañas  del  Carmelo?  Lo  que  hubiéramos 
ganado  en  método,  habríase  perdido  en  naturalidad,  sublimidad  y  be- 
lleza. Los  buenos  y  aprovechados  ingenios  son  por  lo  regular  orde- 
nados, elegantes  y  correctos,  como  aspirando  a  la  mediocridad  dorada 
de  que  habló  el  Poeta:  los  genios,  por  el  contrario,  rompen  todo  lazo, 
se  asfixian  en  el  ambiente  reducido  de  las  reglas  literarias;  parecen 
unos  revolucionarios  estéticos,  y  sin  embargo,  son  los  que,  en  aquel 
magnífico  desorden,  producen  las  creaciones  más  bellas  de  que  la 
cultura   humana   puede  enorgullecerse. 

Si  la  Santa  se  propone  darnos  unos  tratados  metódicos  de  Hscética 
y  Mística  de  complicado  artificio  científico,  probablemente  sus  obras  no 
hubieran  alcanzado  la  popular  estima  que  hoy  gozan.  Habrían  sido  muy 
semejantes  a  muchos  manuales  místicos  que  por  ahí  corren,  de  doctrina 
muy  ordenada;  al  leerlos,  producen  la  sensación  agradable  de  arroyuelo 
limpio  que  se  desliza  por  suave  pradera;  mientras  que  el  desorden  de 
la  mística  teresiana  nos  impresiona  a  manera  de  río  caudaloso,  que 
unas  veces  forma  profundos  y  tranquilos  remansos,  y  otras  rompe 
los  diques  que  le  aprisionan  y  se  precipita  en  hermosas  y  sublimes 
cataratas.  Santa  Teresa  no  se  propuso  escribir  un  curso  completo  de 
ñscética  y  Mística,  y  sin  embargo,  en  sus  obras  se  hallan  dispersos  los 
elementos  necesarios  para  formar  la  Mística  y  ñscética  más  perfectas 
que  jamás  hayan  salido  de  pluma  humana. 

Con  inimitable  gracia  y  habilidad  entrevera  máximas  y  principios 
de  una  y  otra  ciencia:  tan  pronto  la  vemos  emitir  discretos  consejos 
a  una  novicia,  como  hundirse  en  los  abismos  sin  fondo  del  amor  ex- 
tático y  escudriñar  en  ellos  arcanos  inefables  del  misticismo  más  puro 
y  levantado.  Sin  salir  del  libro  de  la  Vida,  en  el  capítulo  XI, 
por  ejemplo,  echa  a  la  vez  los  cimientos  de  la  ñscética  y  de  la  Mística 
en  la  hermosa  comparación  del  huerto  de  malas  hierbas  y  del  horte- 
lano que  las  arranca,  y  en  su  lugar  planta  flores,  que  riega  por  cuatro 
distintos  procedimientos.  Esta  agradable  mezcla  o  entreveramiento  de 
ideas  ascéticas  y  místicas,  se  halla  en  todos  sus  escritos;  así,  en  el 
Camino  de  Perfección,  en  que  prevalece  la  ascética,  hay  notables  ideas 
de  mística  sublime;  y  en  Las  Moradas,  en  que  predomina  la  mística, 
danse  maravillosas  normas  de  ascetismo.  Y  es  que  si  en  los  libros 
pueden  separarse  estos  dos  tratados,  es  imposible  no  verlos  unidos 
en  abrazo  íntimo  en  las  almas  perfectas;  y  como  allí  viven  juntos  y 
confundidos,  así  aparecen  en  los  escritos  de  la  Santa,  reflejo  exacto 
de  su  admirable  espíritu. 

Con  este  hermoso  procedimiento,  daba  gran  solidez  a  sus  doctrinas 
místicas,  asentándolas  en  robustos  pilares  ascéticos.  Introducirse  a  vela 


PRELIMINARES  XXVII 

henchida  por  los  mares  desconocidos  del  amor  deífico  hasta  llegar 
a  los  más  altos  grados  de  su  desenvolvimiento  y  acción  en  las  almas 
buenas,  sin  la  garantía  del  ejercicio  continuo  g  firme  de  las  virtu- 
des cristianas,  habría  sido  muy  sospechoso,  ni  las  incomparables  des- 
cripciones místicas  de  sus  libros  habrían  merecido  tan  alto  crédito  de  no 
haberlas  autorizado  previamente  con  su  portentosa  santidad  de  vida. 
Sin  que  sostengamos  que  las  grandes  manifestaciones  de  la  gracia 
en  las  almas  sean  debidas  necesariamente  a  las  virtudes  de  ellas,  pues 
son  dones  completamente  gratuitos,  los  corazones  perfectos,  según  la 
ordinaria  economía  divina,  son  los  preferidos  en  estas  delicadas  fine- 
zas del  amor  de  Dios  (1).  Ni  aun  en  el  dulce  encierro  de  la  séptima 
morada,  entre  los  suaves  abrazos  del  Esposo  y  los  amorosos  abrasa- 
mientos de  la  llama  de  amor  viva,  descuida  la  Doctora  de  ñvila  un  ápice 
la  austera  práctica  de  las  virtudes;  ellas  sustentan  como  cíclopes  su 
gigantesco  castillo  místico   (2). 

Espíritu  tan  levantado  y  noble,  bien  merecía  particular  asistencia 
de  la  gracia  en  la  exposición  de  sus  efectos  en  las  almas  justas,  como 
la  tuvo  sin  duda  la  Santa;  pues  de  otro  modo  no  se  comprende  que 
pudiera  declararnos  con  tal  precisión,  seguridad  y  claridad,  arcanos 
divinos  tan  profundos.  No  escribo  para  racionalistas,  sino  para  cris- 
tianos que  creen  en  estas  inefables  comunicaciones  e  ilustraciones  de 
Dios  a  las  almas.  En  tal  supuesto,  no  es  para  desaprovechado  este 
argumento  al  hablar  de  los  escritos  de  Santa  Teresa.  Dice  en  el  Pre- 
facio al  Tratado  del  Amor  de  Dios  San  Francisco  de  Sales,  «que  la 
devoción  de  los  amantes  entiende  y  escribe  harto  mejor  de  la  ciencia 
mística  que  la  doctrina  de  los  sabios».  Y  el  cardenal  Bona,  acorde  con 
el  sentir  unánime  de  los  autores  ascéticos,  afirma  que  un  hombre  igno- 
rante puede  hablar  y  habla  más  doctamente  de  Dios  que  un  sabio  en- 
canecido en  la  Teología  (3).  La  razón  es,  porque  los  dados'  a  la  oración, 
los  contemplativos,  poseen  por  especial  gracia  divina  ciertas  aptitu- 
des intelectuales  infusas  que  les  iluminan  los  caminos  obscuros  del 
amor  secreto  de  Dios  y  sus  efectos  en  las  almas.  En  el  fondo  de  los 
corazones  perfectos  brilla  la  Divinidad  con  particulares  destellos,  que 
clarean  y  descubren  secretos  que  la  flaca  ciencia,  aun  de  los  entendi- 
mientos más  poderosos,  no  puede  comprender.  «En  este  alto  estado  de 
matrimonio  espiritual,  dice  San  Juan  de  la  Cruz  (4),  con  gran  facilidad 
y  frecuencia  descubre  el  Esposo  al  alma  sus  maravillosos  secretos,  como 


1  Cfr.  Philipp  a  SS.  Trin.,  Theologia  mystica,  p.  II,  tr.  3,  d,  1,  a.  6. 

2  «Torno  a  decir,  escribe  en  la  Morada  VII,  cap.  XIV,  que  para  esto  (para  la  perfección 
religiosa),  es  menester  no  poner  nuestro  fundamento  sólo  en  rezar  ü  contemplar.  Porque  si  no 
procuráis  virtudes  b  hay  ejercicio  de  ellas,  siempre  os  quedaréis  enanas». 

3  Principia  et  doc.  vitae  Christ.,  p.  2,  c.  48. 

4  Cántico  espiritual,  canción  XXIII;  t.  II,  p.  281. 


XXVra  PRELIMINARES 

SU  fíel  consorte;  porque  el  verdadero  y  entero  amor  no  sabe  tener  nada 
encubierto  al  que  ama». 

R  la  inteligencia  especial  de  tan  hondos  misterios,  junta  Dios  al- 
gunas veces  la  facilidad  de  exponerlos  en  lenguaje  claro,  que  es  gracia 
de  muy  alta  estimación,  como  Santa  Teresa  repetidas  veces  afirma 
en  sus  escritos. 

En  las  vidas  de  los  siervos  de  Dios  se  refieren  ejemplos  porten- 
tosos de  esta  ciencia  infusa.  Santa  Catalina  de  Sena,  Santa  Rosa  de 
Lima  y  tantos  otros  aprendieron  a  leer  y  escribir  por  modo  bien  ex- 
traordinario. Ingenios  de  cuyas  pocas  letras  tenemos  exacta  noticia, 
hablaron  con  grande  competencia  de  los  atributos  divinos,  tan  bien 
como  los  más  celebrados  teólogos.  Estos  casos  anotados  en  los  escritos 
de  Santa  Gertrudis,  Santa  Catalina  de  Sena,  Santa  ñngela  de  Foligno, 
Santa  María  Magdalena  de  Pazzis,  Santa  Catalina  de  Genova,  son  más 
frecuentes  en  Santa  Teresa  de  Jesús.  Las  demás  siervas  del  amor  se 
han  distinguido  por  su  peculiar  inclinación  o  conocimiento  de  alguna 
verdad,  atributo  o  misterio  divino,  como  la  Santa  de  Florencia  de  la 
Encarnación  del  Verbo;  pero  Santa  Teresa  experimentó  tan  varios  efectos 
de  la  gracia  y  dio  tal  amplitud  a  sus  escritos,  que  no  hay  verdad 
de  fe  que  no  pondere,  ni  fineza  de  amor  que  no  guste,  ni  misterio  de 
espíritu  que  no  desentrañe.  Habla  de  Dios  y  de  sus  grandezas;  del 
mundo  y  de  sus  miserias;  de  la  virtud  y  de  sus  excelencias;  de  los 
votos  y  de  la  observancia  religiosa;  de  la  dirección  espiritual  y  de 
sus  ventajas  y  peligros;  de  las  amistades  y  del  modo  de  regularlas; 
del  cultivo  de  la  inteligencia  y  de  la  educación  del  corazón;  de  la 
oración  y  de  sus  grados,  desde  los  más  ínfimos  a  los  más  levantados. 
Encarece  la  devoción  a  la  Santísima  Virgen  y  a  los  Santos,  princi- 
palmente al  glorioso  San  José,  de  quien  ha  sido  la  más  elocuente 
pregonera,  a  las  benditas  almas  del  Purgatorio,  y,  sobre  todo,  consti- 
tuyendo esto  tal  vez  su  mejor  timbre  de  gloria,  a  la  Humanidad  de 
Cristo,  fuente  irrestañable  de  consideración  para  los  contemplativos  y 
que  tiene  su  manifestación  más  espléndida  en  el  augusto  Sacramento 
de  la  Eucaristía.  Aunque  la  Santa  Madre  no  tuviera  otros  títulos  que 
los  de  haber  enseñado  y  practicado  uno  de  los  mejores  métodos 
de  oración  que  se  conocen,  en  el  cual  entran  en  la  debida  propor- 
ción los  discursos  y  los  afectos,  de  haber  aficionado  a  las  almas  a 
la  meditación  continua  de  la  Humanidad  de  Jesús,  en  tiempo  en  que 
corría  muy  acreditado  cierto  idealismo  contemplativo,  insulso  y  enmo- 
llecedor  de  espíritus,  y,  finalmente,  haber  recomendado  con  tan  encare- 
cidas palabras  la  devoción  y  frecuente  participación  del  Convite  euca- 
ristico,  merecía  ocupar  puesto  de  distinción  entre  los  mayores  místicos 
del  Catolicismo. 


PRELIMINARES  XXIX 

Si  bien  los  escritos  de  la  Santa  abarcan  campo  tan  extenso,  se 
sostienen  siempre  a  la  misma  altura;  el  interés  nunca  decae;  el  vigor 
de  su  inteligencia  no  conoce  desmayos.  La  humildad  es  la  estrella  de 
guía  que  conduce  a  Teresa  en  sus  discursos  y  base  de  cimentación  de 
su  edificio  místico,  y  como  Dios  se  paga  mucho  de  los  humildes,  hubo 
de  complacerse  en  dirigir  aquella  pluma  que  no  tuvo  otro  fin  que 
cantar  las  excelencias  o  grandezas  de  Dios,  tal  como  resplandecían 
en  su  alma. 

Enriquecida  con  tan  nobles  prendas  intelectuales,  morales  y  mís- 
ticas, nada  tiene  de  extraño  ese  magisterio  universal  que  ejerce  sobre 
las  almas  y  que  en  las  alturas  del  Vaticano,  donde  se  contrastan  en 
fuerte  crisol  y  ponderan  en  justa  balanza  los  méritos  de  los  siervos 
de  Dios,  en  el-  pedestal  de  la  estatua  de  Santa  Teresa  que  adorna 
las  pilastras  de  la  gran  Basílica  de  San  Pedro,  se  grabasen  estas 
dos  palabras,  que  dicen  harto  más  que  todas  las  apologías  de  la  in- 
mortal  escritora:    Mater  spiritaalium;    «Madre   de  espirituales». 

Estos  positivos  y  relevantes  méritos  explican  el  noble  empeño  con  que 
hoy  se  estudian  sus  obras  por  sabios  insignes  de  todos  los  países  para 
autorizar  con  doctrinas  tan  acreditadas  sus  propias  elucubraciones.  En 
materias  místicas,  afirmar  una  opinión  con  palabras  de  la  Santa,  es 
confirmarla  con  una  de  las  más  altas  autoridades  doctrinales  que  des- 
pués de  la  Sagrada  Escritura  pueden  invocarse,  ñlto  honor  concedido 
a  una  escritora,  y  escritora  española.  La  Virgen  de  ñvila  comparte  el 
supremo  magisterio  místico  con  los  Padres  y  Doctores  de  la  Iglesia, 
como  en  el  memorable  documento  ya  citado  dijo  Pío  X,  confirmando 
palabras  de  León  XIII,  y  dando  ambos  autoridad  y  certeza  de  cosa 
juzgada  al  fallo  de  Bossuet  cuando  afirma  «que  la  Iglesia  coloca 
a  la  Seráfica  Virgen  en  el  rango  de  los  Doctores  al  celebrar  la  subli- 
midad de  su  doctrina»  (1). 

En  pocas  producciones  del  humano  ingenio  ha  sido  tan  unánime 
el  elogio.  Sabios  procedentes  de  distintas  escuelas,  se  unieron  en  común 
alabanza  de  las  obras  del  Serafín  del  Carmelo.  Vivió  Santa  Teresa  en 
el  siglo  de  la  Teología,  y  apenas  hubo  grande  teólogo  en  España  que 
no  ponderara  sus  libros  con  admiración  bien  sincera.  Toda  la  ciencia 
española,  representada  por  ingenios  tan  esclarecidos,  rindió  tributo  de 
admiración  a  la  Santa  y  la  puso  por  cúspide  o  remate  del  gran 
edificio  que  el  saber  patrio,  en  su  siglo  de  oro,  levantó  a  la  cultura 
universal  (2). 


1  «L'  Eglise  met  presque  au  rang  des  docteurs,   en   célébrant  la  sublimité  de  sa  doctrine». 
Bossuet:  Insttuct.  sur  les  états  d'   oraison,  1.  IX,  n.  3,  p.  182. 

2  Muchos  de  estos  elogios  los  recogió  ya  el  P.  Jerónimo   de   San   José   en   su   celebrada 
Historia  del  Carmen  Descalzo.  También  el  P.  Francisco   de   Santa  María  anotó  otros  en  la  Re~ 


XXX  PRELIMINARES 

No  menos  explícita  y  pródiga  en  elogios  a  la  gran  Reformadora 
se  manifestó  la  Europa,  con  la  particularidad  de  que  muchos  salieron 
del  campo  protestante,  a  pesar  de  haber  hecho  su  Reforma  principal- 
mente para  contener  los  estragos  de  la  herejía  luterana.  Conocidas  son 
las  palabras  de  Leibnitz  en  carta  a  Andrés  Morellio  en  1696.  «Con 
razón  aprecias  los  libros  de  Teresa.  En  ellos  encontré  esta  hermosa  sen- 
tencia: la  inteligencia  del  hombre  debe  considerar  las  cosas  como  si 
existiesen  solamente  en  el  mundo  Dios  y  ella.  Sentencia  que  es  con- 
veniente tenerla  presente  en  filosofía,  y  yo  la  he  utilizado  en  mis 
disquisiciones  científicas»  (1).  El  suavísimo  San  Francisco  de  Sales 
recomienda  eficazmente  los  escritos  de  la  Santa  en  el  prólogo  de  la 
Práctica  del  Amor  de  Dios  por  estas  palabras:  «La  bienaventurada 
Teresa  de  Jesús  ha  escrito  tan  bien  de  los  movimientos  sagrados  del 
amor  en  todos  sus  libros,  que  asombra  ver  tanta  elocuencia  envuelta 
en  tan  grande  humildad,  tanta  firmeza  de  espíritu  con  tanta  sencillez; 
su  docta  ignorancia  ha  hecho  parecer  ignorantísima  la  ciencia  de  mu- 
chos hombres  de  letras,  que  después  de  largos  estudios  se  avergüen- 
zan de  no  entender  lo  que  ella  tan  felizmente  escribió  sobre  el  ejercicio 
del  santo  amor».  En  una  de  las  cartas  del  Santo  a  cierta  abadesa, 
le  dice:  «Habéis  hecho  bien  en  familiarizaros  con  los  libros  de  la 
Santa  Madre  Teresa  de  Jesús,  porque  son  un  verdadero  tesoro  de 
documentos  espirituales»  (2).  Con  razón  sobrada  pudo  decir  el  pro- 
fundo crítico  P.  Honorato  de  Santa  María,  que  «sin  mengua  del  grande 
aprecio  que  debe  hacerse  de  la  ciencia  mística  de  este  Santo  admirable, 
parece  haber  seguido  el  método  de  Santa  Teresa  en  la  exposición  de 
materias  espirituales  y  haber  bebido  en  sus  obras  la  substancia  de 
la   doctrina   del   sexto   y    séptimo   libro   del   Amor   de  Dios»    (3). 

Refiere  el  P.  Amoldo  de  S.  Pedro  y  S.  Pablo,  que  las  cuestiones 
dogmáticas  que  solían  discutirse  en  las  Escuelas  belgas  de  Teología, 
se    defendían    públicamente   con    autoridades    de    la    Santa    Madre    ('!). 


forma  de  los  Descalzos,  u  lo  mismo  hizo  el  P.  Yepes  en  el  «Prólogo  a  la  Vida  que  escribió 
de  la  Santa  Madre.  Los  Carmelitas  encargados  a  mediados  del  siglo  XVIII  de  preparar  una 
edición  completa  de  la  Santa,  en  el  Prólogo  general  que  para  ella  tenían  escrito,  añadieron 
otros  muchos  a  los  anteriores,  e  idéntica  labor  repitió  el  Padre  Andrés  de  la  Encarnación  en 
las  Memorias  Historiales.  En  el  Manuscrito  12.763  de  la  Biblioteca  Nacional,  perteneciente  en 
otro  tiempo  a  nuestro  Archivo  de  S.  Hermenegildo,  de  Madrid,  que  copió  bastante  bien  D.  Vi" 
cente  de  la  Fuente  para  su  edición  de  las  obras  de  la  Santa,  se  compendian  las  deposiciones 
hechas  en  varios  procesos  de  beatificación  y  canonización,  u  en  ellas  se  leen  numerosos  elogios 
de  estos  libros.  Como  muchos  son  conocidos  de  todos  u  otros  han  de  venir  en  los  Apéndices, 
excusamos  reproducirlos  ahora. 

1  Citado  por  los  Bolandos,  Jicía  S.  Teresiae,  p.  354,  n.  1581. 

2  Dice  la  Santa  en  el  c.  XIII  de  su  Vida.-   «Lo  más  que  hemos  de  procurar  al  principio,  es 
sólo  tener  cuidado  de  sí  sola,  u  hacer  cuenta  que  no  hay  en  la  tierra  sino  Dios  u  ella». 

3  Trad.  des  Peres  sur  la  Contemplation,  t.  I,  p.  Ti. 

4  «Quaestiones  omnes,  quas  in  scholis  agitare  solet  Theologia  scholastica,  nec  non  cuneta 
dlffícultates  quas  illa  proponit,  adeo  dilucide  Theresia  in  suis  libris  explicat  et   resolvit,  ut  plures 


PHELIMINflRES  XXXl 

La  conformidad  de  su  doctrina  con  las  enseñanzas  del  ñngcl  de  las 
Escuelas,  fué  reconocida  por  muchos  teólogos,  lo  cual  no  es  de  admirar 
habiendo  tenido  tantos  y  tan  sabios  dominicos  directores  de  su  espíritu. 
Dice  el  docto  y  piadoso  Gonet,  que  un  profesor  de  Teología  sostuvo 
en  Marsella  en  el  siglo  XVII,  con  universal  aplauso,  cuestiones  muy 
difíciles  sobre  la  gracia  divina  según  la  mente  de  San  Agustín,  Santo 
Tomás  y  Santa  Teresa  (1).  El  Padre  Baltasar  de  Santa  Catalina, 
docto  carmelita  italiano  del  siglo  XVII,  escribió  un  grueso  volumen  para 
probar  la  conformidad  de  la  doctrina  de  Las  Moradas  con  la  del  An- 
gélico Doctor,  a  fin  de  venir  a  esta  conclusión,  que  trae  el  Padre  pa- 
rafraseando una  sentencia  de  San  Gregorio  (2):  Si  qaaeras,  quid 
sentiat  Teresia?  Hoc  tiimiram  qaod  Thomas.  Si  qaaeras,  quid  sentiat 
Thomas?  Hoc  proculdubio  qaod  Teresia   (3). 

Tan  grande  fué  en  Europa  la  autoridad  de  Santa  Teresa  en  las 
controversias  místicas,  que  aun  los  mismos  herejes  trataban  de  escu- 
darse con  ella,  como  lo  hicieron  los  molinosistas.  La  Iglesia,  por  el 
contrario,  se  valió  de  los  mismos  libros  para  demostrar  la  herética  prave- 
dad de  Molinos,  de  sus  discípulos  y  de  los  pseudo-místicos  que  le  suce- 
dieron. Escribe  a  este  propósito  el  citado  P.  Amoldo:  «De  aquí  proviene 
que  cuantas  veces  en  nuestros  días  se  suscita  alguna  dificultad  sobre 
las  cuestiones  de  la  mística  Teología,  la  Iglesia  acude  para  su  resolu- 
ción a  lo  que  sobre  ella  escribió  Santa  Teresa.  Así  acaeció  en  tiempo 
de  Inocencio  XI  en  la  famosa  causa  de  Molinos;  así  en  el  pontificado 
de  Clemente  XI  y  en  el  de  Inocencio  XIII»  (4). 

La  misma  autoridad  que  los  teólogos  de  las  tres  últimas  centurias, 
conceden  hoy  a  los  libros  de  la  Santa  los  escritores  de  nuestros  días 
que  tratan  de  ascética  y  mística.  Basta  hojear  ligeramente  las  obras  de 
Ribet,  Lejeune,  Poulain,  Saudreau,  P.  Arintero,  P.  Seisdedos  y  tantos 
otros,  para  convencerse  de  la  altísima  importancia  mística  que  atribu- 
yen a  la  doctrina  de  la  insigne  Doctora  abulense.  Apenas  tratan  cues- 
tión que  no  la  citen  como  a  una  autoridad  de  gran  pesa  y  casi  decisiva. 
Acaece  en  la  Mística  experimental  con  las  sentencias  de  la  Santa,  como 
en  la  Teología  dogmática  con  las  del  Doctor  Angélico.  En  materias  li- 
bres,   opinables   y    defendibles,    sin    apartarse   de   la    doctrina   católica, 


in  Belgio  meo  sacrae  Theologiae  Piofessores,  quos  ego  novi,  vidi  et  audivi,  universam  Theolo- 
giam  scholasticam,  et  singulas  ejusdem  difficultates  per  solas  auctoritates  ex  Sanctae  hujus  Matris 
nostrae  libris  desumptas,  comprobatas,  publice  sustinueiint,  defendeiint  et  propugnaverint».  (Soli" 
tarius  loquens,  Confer.  10,  resp.  3).  En  el  mes  de  Abril  de  1712  se  puso  a  discusión  en  Amberes 
una  tesis  pública  que  compendiaba  la  maijor  parte  de  los  tratados  de  la  Teología  dogmática  «ad 
mentem  Angelici  Doctoris,  necnon  Seraphicae  Doctricis  S.  Theresiae  a  Jesu». 

1  Gonet  in  N.  Ciyp.  Theoloff.  Tkomist. 

2  Lib.  IV,  Homil.  3  in  Ezechiel. 

3  Citado  por  el  P.  Federico,  Vita  di  S.  Teresa  di  Gesú,  v.  II,  p.  239.  (Venecia,  1789). 
t      Solit.  loq.,  Conf.  X,  resp.  3. 


XXXII  PRELIMINARES 

los  autores  se  dividen  y  discuten  entre  sí  g  apoyan  sus  respectivas  y 
opuestas  opiniones  con  testimonios  de 'la  Virgen  de  ñvila,  según  la  inte- 
ligencia que  cada  contendiente  les  da.  Solamente  los  más  grandes  doc- 
tores han  sido  objeto  de  este  pugilato  de  conquista  científica  entre 
diversas  escuelas,  del  cual  todos  nos  debemos  felicitar. 

R  la  vista  tengo  diversos  autores  modernos  de  Teología  mística, 
y  me  veo  embarazado  para  escoger  un  texto  de  cada  uno  que  sintetice 
su  opinión  sobre  el  valor  de  la  doctrina  de  Santa  Teresa.  Todos,  sin 
excepción,  han  enriquecido  con  ella  sus  páginas  en  frecuentes  citas  de 
sus  libros.  Muchos  la  han  tomado  por  guía  en  sus  tratados,  y  otros,  si 
no  en  el  método,  convienen  con  ella  en  el  fondo  de  todas,  o  casi  to- 
das las  cuestiones.  Dos  tomos  dedica  Saudreau  a  fijar  y  esclarecer 
los  grados  de  la  Vida  espiritual,  y  no  halla  camino  más  seguro  que  Las 
Moradas.  «Existe,  dice,  la  distinción  clásica  de  las  tres  vías,  que 
sería  temerario  no  admitir,  y  la  admitimos  como  base.  Pero  esta  clasi- 
ficación es  muy  imprecisa,  por  lo  que  los  autores  espirituales  han 
adoptado  otra  más  completa.  Para  esta  subdivisión  no  podemos  es- 
coger mejor  director  que  Santa  Teresa,  no  solamente  porque  es  auto- 
ridad de  primer  orden  en  materias  espirituales,  sino  porque  trata  con 
extensión  y  claridad  esta  cuestión  en  sus  Moradas  o  Castillo  Interior. 
La  doctrina  de  otros  maestros  de  la  vida  espiritual  se  aducirá  para 
confirmar  y  completar  las  enseñanzas  de  la  gran  Santa=>  (1).  El  Padre 
Seisdedos,  por  citar  la  última  obra  de  mística  publicada  en  España, 
promete  también  seguir  en  sus  escritos  a  los  dos  célebres  Reformadores 
del  Carmelo,  Santa  Teresa  y  San  Juan  de  la  Cruz.  «El  objeto  prin- 
cipal del  presente  estudio,  dice,  es  la  exposición  de  los  principios  fun- 
damentales de  la  Mística  a  la  luz  de  la  Escolástica;  pero  acudiendo 
a  la  vez  a  las  descripciones  de  los  grandes  místicos,  singularmente 
Santa  Teresa».  Más  adelante,  hablando  del  auxilio  que  la  mística  ex- 
perimental presta  a  la  doctrinal  o  escolástica,  escribe:  «Entonces,  a 
sus  escritos,  dado  que  por  otra  parte  sean  la  síntesis  de  la  mística 
experimental,  habrá  que  acudir  como  a  la  fuente  más  pura  y  cristalina 
de  la  mística  doctrinal;  y  ellos  solos,  hasta  cierto  punto,  pueden  su- 
plir con  ventaja  a  los  demás.  Tales  son,  según  el  juicio  unánime  de 
los  sabios  católicos,  los  escritos  de  la  incomparable  Santa  Teresa  de 
Jesús  juntamente  con  San  Juan  de  la  Cruz,  que  es  su  complemento»  (2). 

ñquí  vienen  naturalmente  a  los  puntos  de  la  pluma  preguntas  que 
dan  origen  a  una  cuestión  importante,  muy  de  moda  en  nuestros  días 
y   que  nosotros  trataremos  con  mucha  brevedad.  ¿Santa  Teresa  pcrte- 


1  Les  Deffrés  de  la  vie  spirituelle,  t.  I,  p.  15.  París,  1912. 

2  Drincipios  ñmdamentáles  de  la  Mística,  \.  I,  págs.  9  y  44.  Madrid,   1913. 


PRELIMINARES  XXXIII 

ncce  a  escuela  mística  determinada  o  más  bien  fué  fundadora  incons- 
ciente de  otra  nueva?  ¿Cuáles  fueron  las  lecturas  favoritas  de  la 
Virgen  de  Avila?  ¿Dónde  bebió  inspiración,  luz  y  conocimientos  para 
sus  escritos?  He  aquí  una  materia  casi  virgen  todavía,  pues  no  sabe- 
mos que  la  haya  tratado  ningún  escritor  con  el  debido  detenimiento, 
si  se  exceptúa  a  A\orel-Fatio,  en  un  luminoso  artículo,  como  todos 
los  que  publica  este  insigne  hispanófilo,  que  deberán  tener  en  cuenta 
los  que  traten  sobre  este  sugestivo  argumento  (1).  Un  tomo  volumino- 
so habría  que  escribir  para  dar  respuesta  conveniente  a  estas  pre- 
guntas, que,  sin  embargo,  atendidos  el  gusto  y  las  exigencias  de  la 
crítica  moderna,  es  de  urgente  necesidad  escribirlo,  aunque  las  difi- 
cultades sean  grandes  y  la  preparación  y  estudio  para  resolverlas  muy 
variados  y  prolijos. 

La  curiosidad  intelectual  en  nuestros  días  no  puede  quedar  satis- 
fecha con  narraciones  brillantes,  más  o  menos  verídicas,  de  hechos 
y  virtudes  de  hombres  esclarecidos  en  ciencia  y  santidad,  como  acaecía 
a  nuestros  abuelos,  más  crédulos,  más  felices  y  que  no  sentían  el 
aguijón  de  las  investigaciones  eruditas  con  la  vehemencia  que  nos- 
otros. Las  Vidas  de  Santos  se  escribían  más  para  edificar  que  para 
instruir,  y  hoy  pretendemos  ambas  cosas,  y  estoy  por  decir  que  mira- 
mos con  cierta  predilección  la  segunda.  Concretándonos  a  la  Virgen 
de  Avila,  el  curioso  investigador  desea  estudiar  no  sólo  a  la  santa,  sino 
a  la  mujer;  pretende  conocer  su  especial  psicología,  su  temperamento, 
su  carácter,  la  extensión  y  profundidad  de  sus  facultades,  la  natura- 
leza y  condición  de  sus  relaciones  sociales  y  espirituales,  valorar 
con  precisión  sus  doctrinas  místicas  y  ascéticas,  seleccionar  o  dis- 
tinguir lo  propio  y  personal  de  la  Santa,  de  lo  ajeno  y  comunicado. 
Es  necesario  conocer  sus  principales  fuentes  de  inspiración,  los  libros 
que  manejó,  los  conceptos  que  de  ellos  utilizó  para  los  suyos,  la  no- 
vedad o  formas  singulares  que  pudo  darles  al  asimilárselos,  la  parte 
que  hombres  ilustres  y  algunas  Ordenes  religiosas  tuvieron  en  la 
formación  de  su  espíritu  privilegiado,  en  lo  cual  se  han  cometido 
muchas  inexactitudes  y  hasta  extravagancias,  precisamente  por  no  haber 
ponderado  todos  los  elementos  que  integran  la  educación  de  la  Santa. 
Sin  un  estudio  de  conjunto,  es  muy  difícil  escribir  con  acierto  en  esta 
materia. 

Por  lo  que  hace  a  la  mística  de  Santa  Teresa,  nadie  podrá  negarle 
originalidad,  copia  de  doctrina  y  otras  condiciones  requeridas  para 
formar  escuela  aparte,  junto  con  su  obligado  complemento,  el  místico 
Doctor    San    Juan    de    la    Cruz.    La    Reforma    carmelitana,    que    cuenta 


1      Les  lectures  de  Sainte  Thérese,  en  el  Buüetin  Hispanique,  EnerO'-Marzo  de  1908. 


XXXÍV  PRELIMmaRES 

en  su  seno  místicos  y  ascetas  como  el  P.  Jerónimo  Gracián,  Juan  de 
Jesús  María,  Felipe  de  ■  la  Santísima  Trinidad,  José  del  Espíritu  San- 
to..., ha  sido  muy  fecunda  en  producciones  de  este  género  de  gran 
importancia  y  relieve  y  de  la  más  pura  ortodoxia.  Además,  en  la 
Reforma  de  Santa  Teresa  la  mística  especulativa  vivió  siempre  unida 
a  la  práctica,  hasta  él  punto  de  haber  alcanzado  desde  sus  comien- 
zos celebridad  y  crédito  no  superados  por  otra  ninguna.  Participa  la 
mística  de  la  Descalcez,  de  las  raudas  ascensiones  del  Águila  de  Hipona 
y  de  su  Escuela,  de  los  ardores  seráficos  de  la  del  Pobrecito  de  Asís, 
y  de  la  solidez  teológica  de  la  Dominicana,  ya  que  los  Doctores  Des- 
calzos carmelitas  han  exprimido  casi  siempre  este  vino  simbólico  de 
las  almas  de  pura  cepa  tomista.  Con  haber  contribuido  providencialmen- 
te casi  todas  las  grandes  Ordenes  religiosas  a  formar  el  espíritu  místico 
de  Santa  Teresa,  todavía  tiene  éste  la  suficiente  independencia  para 
campar  sólo,  sin  ser  absorbido  por  los  demás  o  confundido  con  ellos. 

Algunos  escritores  modernos  han  exagerado  no  poco  al  estudiar  el 
influjo  de  ciertas  Religiones  en  la  formación  espiritual  de  la  Santa, 
haciéndola  casi  exclusiva  de  una  de  ellas  o  dándole  tales  proporcio- 
nes, que  anulan  otras  influencias.  Cada  autor  mira  estas  cuestiones 
por  el  lado  más  favorable  y  más  conforme  a  su  modo  de  pensar,  con 
detrimento,  a  mi  humilde  modo  de  ver,  de  la  verdad  y  realidad  de 
las  cosas.  Es  innegable,  v.  gr.,  el  benéfico  y  constante  influjo  de  los 
hijos  de  Santo  Domingo  en  el  alma  de  Teresa;  pero  ¿podremos  pres- 
cindir de  los  hijos  de  San  Agustín,  de  los  Padres  de  la  Compañía, 
de  San  Pedro  de  Alcántara,  y  muchos  otros  franciscanos,  a  todos  los 
cuales  tan  agradecida  se  manifiesta  la  inmortal  escritora?  ¿Y  cómo 
olvidar  la  intervención  decisiva,  en  este  sublime  pugilato  artístico  por 
labrar  lo  más  primorosamente  posible  esta  imagen  de  santidad,  de  dos 
Descalzos  a  quienes  la  célebre  monja  se  confió  en  los  últimos  años 
de  su  vida,  San  Juan  de  la  Cruz,  y  más  señaladamente,  Fray  Jeró- 
nimo  Gracián? 

Como  la  Santa  a  todos  alaba  y  muestra  sincera  gratitud,  no  basta 
estudiar  aislados  estos  elogios,  sino  en  conjunto.  Ni  es  suficiente  pre- 
cisar los  libros  que  leyó  para  juzgar  la  originalidad  de  sus  obras  y 
el  parentesco  que  pueden  tener  sus  ideas  con  las  de  otros  místicos. 
En  primer  lugar,  es  necesario  tener  presente  que  en  la  Mística  hay 
muchísimos  puntos  en  que  todos  los  escritores  católicos  convienen,  ya 
porque  son  verdades  de  fe  declaradas  por  la  Iglesia  o  contenidas  muy 
explícitamente  en  las  Sagradas  Escrituras,  ya  porque  son  conclusiones 
de  estas  verdades  sobre  las  cuales  no  cabe  controversia,  ya  también 
por  ser  tan  evidentes  a  la  simple  razón,  que  no  es  posible  entablar 
discusión   seria   sobre  ellas.   Buscar   analogías  en  estos  extremos  entre 


PRELIMINARES  XXXV 

la  Santa  y  los  místicos  de  otras  escuelas,  es  perder  lastimosamente 
el  tiempo,  porque  tales  analogías  son  necesarias,  so  pena  de  vagar 
fuera  del  campo  católico:  pertenecen  al  patrimonio  común  científico 
de  la  Iglesia.  La  analogía  o  divergencia,  la  originalidad  o  el  plagio, 
hay  que  buscarlos  en  las  diversas  explicaciones  que  se  pueden  dar  a 
los  efectos  místicos,  en  el  señalamiento  más  o  menos  preciso  de  éstos 
en  el  alma,  en  los  métodos  de  oración,  en  la  clasificación  de  los 
grados  de  contemplación  divina,  y  en  tantas  otras  cuestiones  menos 
principales  que  pueden  discutirse,  y  se  discuten  libremente,  entre  los 
escritores  católicos  y  dan  origen  a  diversas  escuelas.  Así  entendidas  las 
cosas,  Santa  Teresa  tiene  sobrados  méritos  para  fundar  una  nueva^ 
y  de  las  más  notables. 

Como  hay  originalidad  en  las  ideas,  puede  haberla  también  en  la 
exposición  de  ellas,  en  lo  cual,  ciertamente  Santa  Teresa  resulta  asimismo 
originalísima.  Existen  en  sus  libros  explicaciones  de  efectos  místicos 
y  comparaciones  tomadas  del  mundo  exterior,  que  no  se  hallan  en  nin- 
guna parte,  y  aun  aquellas  que  en  otros  libros  se  encuentran,  las  ma- 
tiza la  Santa  con  lumbres  y  colores  tan  suyos,  que  bien  pueden  lla- 
marse originales.  La  lectura  en  Santa  Teresa  influyó  mucho  menos  que 
en  la  mayor  parte  de  los  que  han  escrito  libros.  No  estaba  dotada  de 
retentiva  muy  feliz,  y  como  no  la  refrescaba  al  ponerse  a  escribir, 
hojeando  obras  que  pudieran  tener  analogía  con  lo  que  se  proponía 
tratar  en  aquel  instante,  parece  claro  que  los  libros  manejados  por 
ella  no  debieron  de  proporcionar  a  su  inteligencia  extraordinarios  co- 
nocimientos. 

Con  esto  no  negamos  la  influencia  de  tales  libros;  muchas  veces 
se  notan  evidentes  reminiscencias  de  ellos  en  los  suyos,  principalmente 
del  Tercer  Abecedario,  de  Francisco  de  Osuna  (1);  sino  solamente  adver- 


1  El  Tercer  Mbecedario  es,  sin  disputa,  el  que  más  influencia  ejerció  en  el  misticismo  de 
Santa  Teresa,  como  puede  verse  por  un  ligero  cotejo  de  sus  escritos  con  este  tratado.  El  docto 
P.  Miguel  Ángel,  en  los  artículos  que  con  el  título  La  vie  franciscaine  en  Espagne.  publica  en 
la  Revista  de  Rrchivos  y  Bibliotecas  (Julio-Agosto  1914,  p.  3),  promete  escribir  en  breve  fecha 
un  estudio  sobre  este  argumento,  ij  a  juzgar  por  la  vasta  erudición  del  distinguido  hijo  de  San 
Francisco,  ha  de  ser  interesante.  Santa  Teresa,  siempre  fué  muy  aficionada  a  buenos  libros; 
algunos  los  veremos  citados  en  sus  obras.  Por  testimonio  de  ella  misma  sabemos  que  leía  las 
Epístolas  de  San  Jerónimo,  las  Confesiones  de  San  Hgustín,  los  Morales  de  San  Gregorio,  la 
Vida  de  Cristo,  por  Ludolfo  de  Sajonia,  la  Imitación  de  Cristo,  las  Vidas  de  Santos  g  algunos 
otros.  Las  Constituciones  primitivas  que  dio  la  Santa  a  sus  monjas  dicen  en  el  número  23: 
«Tenga  cuenta  la  Priora  con  que  haga  buenos  libros,  en  especial  Cartujanos,  Flos  Sanctorum, 
Contemptus  mundi,  Oratorio  de  Religiosos,  los  de  Fray  Luis  de  Granada  y  del  P.  Fray  Pedro 
de  Alcántara;  porque  es  en  parte  tan  necesario  este  mantenimiento  para  el  alma,  como  el  comer 
para  el  cuerpo».  Si  bien  no  pudo  hacer  el  uso  científico  de  las  Sagradas  Escrituras  que  otros 
místicos,  San  Juan  de  la  Cruz,  por  ejemplo,  es  muy  digno  de  notar  la  devoción  que  las  tenía. 
Hablando  de  una  carta  del  doctor  Velázquez,  dice  en  el  capítulo  XXX  de  las  Fundaciones:  «Me 
hizo  gran  provecho,  porque  me  asiguraba  con  cosas  de  la  Sagrada  Escritura,  que  es  lo  que  más 
a  mí  me  hace   al  caso,  cuando  tengo  la   certidumbre  de   que   lo  sabe  bien,  que   la  tenía   de  él, 


XXXVI  PRELIMINARES 

tir  que  no  debe  exagerársela  demasiado.  Santa  Teresa  aprendió  mucho 
en  los  sermones,  a  los  que  era  muy  aficionadaj,  y  mucho  más  en  el  trato 
frecuente  con  los  letrados,  es  decir,  con  los  mayores  teólogos  que  ha 
tenido  España  en  el  siglo  por  excelencia  de  la  Teología,  sin  contar  lo 
qué  ilustraron  su  espíritu  siervos  de  Dios  como  San  Pedro  de  Alcán- 
tara y  San  Francisco  de  Borja.  Sin  embargo,  estas  doctrinas  de  pro- 
cedencia tan  varia,  al  llegar  al  corazón  de  Teresa,  perdían  su  espe- 
cialidad nativa,  se  transformaban  completamente;  eran  como  metales 
que,  revueltos  y  confundidos  en  el  crisol,  salían  de  él  convertidos  en  oro 
teresiano,  con  su  peculiar  consistencia,  refinamiento  y  brillo. 

Es  propio  de  los  grandes  ingenios  transformar  tan  hondamente 
lo  tomado  de  campo  ajeno,  que  lo  elevan  a  la  categoría  de  producción 
original,  y  hasta  lo  mejoran  y  comunican  preciados  quilates.  Aunque 
la  mujer  parece  haber  nacido  para  ser  influida  en  todos  los  órdenes  por 
la  fuerza  e  inteligencia  más  poderosas  del  hombre,  Santa  Teresa  más 
bien  influyó  y  dominó  a  los  letrados  y  espirituales  que  trató,  dando 
harto  más  que  recibió  de  ellos.  Es  innegable  que  las  más  asombrosas 
producciones  místicas  que  salieron  de  su  pluma,  son  tan  suyas,  que 
nadie  que  de  buena  fe  proceda,  les  señalará  distinta  paternidad,  por 
muchos  que  sean  los  puntos  de  semejanza  que  puedan  tener  con  otros 
autores.  Santa  Teresa  escribía  con  entera  libertad'  y  verdad  lo  que  en 
su  corazón  lealmente  sentía,  y  después  de  escrito,  su  humildad  lo 
sometía  al  examen  y  autoridad  de  teólogos  o  letrados.  Pero  nadie 
le  dio  dirección  previa,  ni  le  fijó  verdades  que  había  de  tener  presen- 
tes en  la  escritura.  Sus  directores  espirituales  la  mandaron  escribir; 
pero  no  le  señalaron  la  traza,  el  modo,  ni  la  doctrina  sino  en  términos 
muy  generales,  que  en  nada  afectan  a  la  originalidad  del  escritor. 
Por  eso,  Santa  Teresa  es  originalísima ;  ella  nada  entendió  de  métodos 
ni  de  las  opiniones  discutidas  en  las  aulas  conventuales  y  universitarias. 

Tampoco  ha  de  olvidar  el  que  a  escudriñar  las  fuentes  de  inspi- 
ración de  la  santa  Doctora  se  dedique,  que  su  principal  maestro  fué 
Jesús.  «Muchas  cosas  de  las  que  aquí  escribo,  dice  ella,  no  son  de  mi 
cabeza,  sino  que  me  las  decía  este  mi  Maestro  celestial...;  (por  esto)  se 
me  hace  escrúpulo  grande  poner  o  quitar  una  sola  sílaba  que  sea»  (1).' 


junio  con  su  buena  vida».  Los  Conceptos  prueban,  qué  incendios  de  amor  producían  en  su  co- 
razón las  palabras  de  los  Cantares  de  Salomón.  Algunos  tiernos  episodios  de  los  Evangelios, 
como  el  de  la  Samaritana  dando  agua  al  divino  Maestro,  la  recogían  por  modo  extraordinario. 
Aunque  la  Santa  no  leyó  probablemente  la  Biblia  en  romance,  muchos  pasajes  escriturísticos 
pudo  aprenderlos  en  los  libros  que  usó,  en  los  sermones,  en  la  conversación  con  letrados,  u 
también  en  el  Breviario,  aunque  no  entendía  mucho  latín.  Con  sus  propias  palabras,  o  incluyendo 
en  otras  su  pensamiento,  cita  principalmente  a  los  Evangelios  y  Epístolas  de  San  Pablo;  del 
Antiguo  Testamento  son  más  escasas  las  citas;  de  ordinario  se  limitan  a  los  salmos. 
1      Vida,  c.  XXXIX. 


PRELIMINARES  XXXVII 

«Hclaró,  dice  en  otro  lugar,  Dios  mi  entendimiento,  unas  veces  con  pala- 
bras, ü  otras  puniéndome  delante  como  lo  había  de  decir,  que,  como 
hizo  en  la  oración  pasada.  Su  Majestad  parece  quiere  decir  lo  que 
yo  no  puedo  ni  sé»  (1).  «Como  yo  no  tenía  maestro  y  leía  en  estos 
libros  por  donde  poco  a  poco  yo  pensaba  entender  algo,  y  después 
entendí  que  si  el  Señor  no  me  mostrara,  yo  pudiera  poco  con  los  libros 
deprender,  porque  no  era  nada  lo  que  entendía  hasta  que  Su  Majestad, 
por  cxpiriencia,  me  lo  daba  a  entender»  (2). 

Tarea  fácil  sería  ir  enhilando  textos  en  los  cuales  Santa  Te- 
resa indica  con  humildad  esta  inspiración  de  la  gracia,  sin  la  cual 
nada  sabía  decir.  Sólo  teniendo  presentes  todos  estos  elementos  que 
concurrieron  a  su  educación:  la  lectura,  los  sermones  que  oyó, 
su  trato  y  conversación  con  hombres  doctos  y  siervos  de  Dios,  y  la 
especial  asistencia  del  Espíritu  Santo,  bien  entendida  y  sin  darle  la 
importancia  que  tiene  en  los  Autores  Sagrados,  puede  resolverse  el 
complicado  problema  de  la  formación  espiritual  de  Santa  Teresa. 


1  Vida,  c.  XVIII. 

2  Vida,  c.  XXII. 


III 


DELACIONES  Y  REPAROS  QUE  SE  HICIERON  fl  LOS  LIBROS  DE  SANTA  TERESA. — 
apologías  DE  LOS  MISMOS. — ALGUNOS  ERRORES  MODERNOS  SOBRE  LA  AUS- 
TICA    Y    APLICACIONES    PRACTICAS    A    LA    DOCTORA    DE    AVILA. 


La  popularidad  e  indiscutible  autoridad  doctrinal  de  la  célebre 
Doctora,  tuvo  al  principio  algunos  contradictores,  que  son  a  manera  de 
sombras  de  perspectiva,  que  hacen  resaltar  más  la  gran  figura  de  este 
cuadro  maravilloso.  No  faltó,  a  poco  de  ser  conocidos  los  escritos 
de  la  Santa,  quien  les  encontrase  máculas  y  juzgase  su  lectura  poco 
conveniente  para  las  almas  sencillas,  por  hablarse  mucho  en  ellos  de 
visiones,  revelaciones  y  otros  beneficios  extraordinarios  de  la  gracia.  Y 
no  son  de  extrañar  tales  dudas  en  aquellos  tiempos  en  que  eran  muy 
frecuentes  los  embustes  espirituales  y  fingimientos  de  casos  porten- 
tosos atribuidos  al  poder  de  Dios,  cuando,  por  otra  parte,  la  Madre 
Teresa,  si  bien  gozaba  de  grande  reputación  de  discreta  y  virtuosa, 
aun  no  se  había  granjeado  esa  veneración  rendida  y  absoluta,  que 
siempre  es  gloria  postuma,  y  consecuencia  en  parte  del  fallo  solemne 
de  la  Iglesia,  única  que  no  puede  engañarse  en  sus  juicios  sobre  la 
santidad  eminente  de  sus  hijos.  Higo  hemos  de  decir  sobre  los  reparos 
hechos  a  los  libros  de  la  Santa  y  de  las  apologías  que  se  escribieron 
en  su  favor,  siquiera  por  el  conocimiento  que  nos  dan  del  estado  reli- 
gioso de  aquel  tiempo. 

En  el  siglo  XVI  y  comienzos  del  XVII  había  singular  prevención 
contra  las  obras  devotas  en  romance,  por  los  estragos  que  en  personas 
piadosas  había  hecho  la  doctrina  de  los  alumbrados,  ñpenas  había 
libro  escrito  en  lengua  vulgar  y  argumento  devoto,  en  que  ima  crítica 
suspicaz  y  exagerada  no  hallase,  más  o  menos  bien  disimulada,  la 
herejía  iluminista.  Libros  de  doctrina  tan  segura  como  los  del  V.  ñvila, 
del  P.  Granada,  los  Ejercicios  de  San  Ignacio  y   otros,  fueron  denun- 


XL  PRELIMINARES 

ciados  a  la  Inquisición  por  contener  enseñanzas  o  resabios  de  alum- 
brados, cosa  que  hoy  nos  parece  de  iodo  punto  inverisímil,  pero 
que  entonces  era  corriente  y  nadie  extrañaba  tales  denuncias.  En  la 
explicación  de  ciertos  hechos  históricos  no  puede  prescindirse  del  am- 
biente en  que  se  desenvolvieron.  H  esta  buena  luz  es  preciso  estudiar 
la  persecución  de  las  obras  de  piedad  en  aquella  época,  los  ex- 
tremos de  los  teólogos  y  las  que  hoy  nos  parecen  intemperancias  bi- 
liosas del  célebre  Melchor  Cano,  de  quien  se  cuenta  haber  dicho 
en  un  sermón,  «que  para  él  una  de  las  señales  de  que  iba  a  venir 
el   ñnticristo,   era   el   ver   tanta   frecuencia   de   sacramentos»    (1). 

Los  escritos  de  Santa  Teresa  fueron  denunciados  a  Felipe  II,  que 
ordenó  los  examinasen  algunos  teólogos  y  diesen  censura  (2).  Fr.  Je- 
rónimo de  San  José  hace  el  siguiente  interesante  resumen  de  las 
delaciones  hechas  contra  estas  obras,  apenas  fueron  conocidas.  «En 
publicando  en  España  estos  libros,  les  sucedió  lo  que  a  otros  mu- 
chos de  gravísim.os  y  santísimos  escritores  que  ha  tenido  la  Iglesia, 
que  salieron  luego  diversas  personas  a  contradecirlos  y  calumniar- 
los... H  este  modo  ordenó,  pues,  el  Señor  o  permitió  que  los  escritos 
de  nuestra  santa  doctora  y  madre  Teresa  de  Jesús,  tuviesen  esta 
manera  de  calificación,  siendo  no  sólo  con  rigor  examinados,  sino 
también  agriamente  perseguidos  con  la  calumnia  y  contradicción  de 
muchos  que  con  buen  celo  se  levantaron  contra  ellos;  para  que  apu- 
rada más  la  verdad  y  utilidad  de  su  doctrina,  quedasen  calificados 
en  la  Iglesia.  Denunciáronlos  nuevamente  a  la  Inquisición,  impugnando 
así  la  doctrina  destos  libros,  como  el  estar  escritos  en  lengua  vulgar; 
y  en  uno  y  en  otro  punto  se  escribió  contra  ellos,  y  aun  contra  el 
autor  o  autora  que  los  escribió,  con  sobrada  aspereza. 

»Volvió  la  Inquisición  a  examinarlos,  y  por  censura  de  sus  cali- 
ficadores y  de  otras  graves  personas  a  quien  los  cometió,  que  los 
aprobaron  y  loaron  mucho,  dio  por  buena  y  sana  su  doctrina.  Pero  no 


1  Cfr.  La  Ciencia  Tomista,  Mayo-Junio  de  1914,  pág.  213. 

2  El  Rey  Prudente  siempre  debió  de  estar  bien  inclinado  hacia  la  M.  Teresa.  Cuéntase 
que  en  una  ocasión  le  refirieron  los  nombres  de  los  confesores  con  quienes  comunicaba  su  espí- 
ritu, hasta  diecisiete.  Felipe  II  contestó:  «A'VuJer  que  con  tales  trata  no  puede  errar».  (Cfr.  Me^ 
moñas  historiales,  Q  A,  número  12).  ^D.  Pedro  Martínez  de  Muro,  abad  de  Alfaro,  dijo  en  las 
informaciones  hechas  en  aquella  ciudad  por  el  Vicario  General  de  Tarazona,  Juez  de  la  causa, 
que  estando  en  el  Escorial  leyendo  la  cátedra  de  Prima,  que  sería  el  afio  1586,  por  mandado  de 
Felipe  II  le  dio  el  Sr.  Yepes  un  papel  en  que  con  poca  piedad  y  mucho  rigor  se  hablaba  de  al- 
gunas proposiciones  que  la  Beata  M.  Teresa  de  Jesús,  entre  otras,  había  dicho  en  sus  libros.  Que 
el  papel  era  de  autor  incierto,  y  Su  Majestad  le  mandó  diese  su  censura  acerca  del  papel  que 
serían  diez  las  proposiciones  en  materias  espirituales  y  muy  graves;  que  examinó  con  rigor  los 
libros  de  la  Santa;  y  habiendo  visto  todos  los  santos  y  autores  graves  espirituales  que  trataban 
de  dichas  proposiciones,  halló  que  todas  eran  muy  católicas  y  de  persona  particularmente  favo- 
recida y  alumbrada  de  Nuestro  Señor,  y  que  dio  al  rey  un  papel  muy  trabajado  y  lleno  de  doc- 
trinn  de  santos  y  varones  espirituales,  el  cual  papel  entiende  le  dio  Su  Majestad  al  General  de 
la  Religión  de  Carmelitas  Descalzos». 


PBeLIMINXRES  XU 

cesando  con  esto  el  celo  de  los  impugnadores,  hicieron  preso  en  el 
segundo  punto,  que  era  estar  escritos  en  lengua  vulgar»  (1). 

Delator  hubo  que  no  se  resignó  a  que  la  Inquisición  española 
dejase  correr  los  libros  de  la  Santa,  y  con  solicitud  digna  de  mejor 
causa,  acudió  a  la  Romana  para  lograr  allí  lo  que  no  había  podido 
en  España.  Por  extraño  y  peregrino  contraste,  quien  más  cerril  y 
terco  empeño  puso  en  la  condenación  de  ellos,  parece  que  fué  un  Padre 
Dominico,  siendo  así  que  sus  hermanos  de  hábito  habían  sido  los 
primeros  en  defenderlos  y  recomendar  su  lectura  (2). 

Sobre  esta  delación  y  el  resultado  del  examen,  dice  el  mismo 
P.  Jerónimo:  «No  se  dieron  por  satisfechos  con  esta  apología  (habla  de 
la  hecha  por  Fr.  Luis  de  León),  los  que,  como  dice  el  autor  della, 
no  se  querían  satisfacer,  porque  estaban  obstinados  en  la  contraria 
voluntad,  y  así,  uno  dellos,  que  en  la  Inquisición  de  España  había  ca- 
lumniado los  libros,  viendo  que  en  ella  quedaban  aprobados,  acudió 
a  Roma  y  presentó  a  la  Inquisición  Suprema  y  a  Su  Santidad  un 
tratado  entero,  escrito  en  latín,  impugnando  la  doctrina  y  los  libros 
de  la  Santa...  Pero  no  se  hizo  caso  desta  impugnación  y  denunciación; 
porque  desde  que  se  imprimió  el  libro  (la  Vida)  en  España  y  se  tuvo 
del  noticia  en  Roma,  por  uno  que  recién  impreso  llevó  el  doctor 
Bernabé  del  Mármol,  fué  muy  estimado  del  Pontífice,  que  entonces 
era  Sixto  V,  y  de  los  Cardenales...  (3). 


1  Historia  del  Carmen  Descalzo,  1.  V,  c.  13,  págs.  181-182. 

2  Escribe  a  este  propósito  el  P.  Andrés  de  la  Encarnación:  «Entre  los  papeles  de  la  ofi- 
cina de  N.  P.  Historiador  general  en  Granada,  se  halla  un  libro  en  cuarto  mayor  de  papeles 
varios,  en  el  cual  está  por  primero  la  delación  de  las  obras  de  nuestra  Santa  Madre;  u  aunque 
no  se  pone  la  firma  del  delator,  la  fecha  es  apud  Toletum,  in  monasterio  S.  Detti  Martyris 
Praedicatorum,  anuo  159U,  13  mensis  Januarii.  Esta  delación  se  hizo  en  Roma;  u  al  principio 
dice  su  autor  haberlas  ya  delatado  en  la  Suprema  Inquisición  de  España,  y  que  no  era  el  pri- 
mero que  las  había  denunciado.  Más  adelante  afirma  habló  con  la  Santa  en  Valladolid  y  que  la 
ayudó  en  aquella  fundación;  y  aun  más  adelante,  que  le  trató  la  Santa  de  la  oración  cuando 
el  alma  padece  rapto,  y  que  dándole  una  razón,  le  pareció  falsa,  y  que  él  le  dio  otra  en  favor 
de  ella,  tomada  de  Santo  Tomás,  que  le  agradó  mucho  a  la  Santa,  y  sonriéndose  le  dijo:  «en 
verdad  que  parece  que  entiende  algo  de  oración».  K  lo  último  afirma,  que  un  religioso  nuestro 
defendió  delante  de  él,  y  contra  él,  la  doctrina  de  la  Santa,  que  él  impugnaba.  Dice  cosas  in- 
dignas contra  aquella  doctrina  celestial.  (Cfr.  Memorias  Historiales,  1.  R,  n.  427). 

3  Leyólos  con  especial  complacencia  el  cardenal  Santa  Severina  y  Juan  Francisco  Bordo- 
nio,  obispo  de  Novara,  que  los  tradujo  al  italiano  y  los  dedicó  a  Clemente  VIII  en  1592.  La 
traducción  lleva  dos  muy  doctas  aprobaciones  del  cardenal  Baronio  y  del  P.  Posevino,  S.  }. 

«Instaba  todavía  el  émulo  y  perseguidor  de  estos  libros,  dice  el  P.  Jerónimo,  y  habiendo 
sucedido  en  la  Silla  de  San  Pedro  a  Clemente  VIII,  Paulo  V,  volvió  a  tratar  y  ver  si  en  su 
tiempo  podía  lo  que  no  pudo  en  el  de  Clemente.  Llegó  el  negocio  a  ponerse  en  tela  de  justicio, 
y  para  mayor  satisfacción  de  toda  la  Iglesia,  en  la  cual  eta  ya  tan  venerada  la  Santa  y  su 
doctrina,  cometió  Su  Santidad  el  examen  déstos  libros  a  dos  gravísimos  y  doctísimos  varones, 
que  fueron  el  P.  Maestro  Fray  Diego  Alvarez,  de  la  Orden  de  Predicadores,  electo  arzobispo 
tranense,  y  al  P.  Maestro  Fray  Juan  de  Rada,  de  la  Orden  de  San  Francisco,  obispo  que  era 
páctense,  ambos  muy  conocidos  y  estimados  por  sus  doctísimos  escritos...  Vistos  por  el  Pontí- 
fice los  pareceres  de  estos  dos  graves  Prelados,  aprobó  y  calificó  de  nuevo  los  libros  de  la 
Santa».  (Cfr.  Historia  del  Carmen  Descalzo,  1.  V,  c.  13,  p.  888). 


XLII  PRELIMINARES 

Como  se  ve  por  lo  dicho,  entrambas  Inquisiciones,  española  y 
romana,  procedieron  con  notable  discreción  y  acierto  en  el  examen 
de  estas  obras,  no  dejándose  llevar  de  los  extremos  de  celo  por 
la  pureza  de  la  doctrina  católica  a  que  propendían  muchos  teólogos 
dogmáticos  de  la  época  y  que  llegaron  a  condenar  obras  de  mucha 
edificación  espiritual  (1). 

De  las  innumerables  Apologías  que  de  los  libros  de  Santa  Teresa 
se  publicaron,  muchas  de  las  cuales  corrieron  manuscritas  entre  los 
doctos  y  gente  devota,  se  infiere,  que  donde  más  insistían  los  denun- 
ciadores para  la  condenación  de  la  doctrina  de  la  Santa,  fué  «en  per- 
suadir cierta  manera  de  oración,  la  cual  llama  de  unión,  que  es  muy 
dificultosa  de  persuadir  ser  posible  y  compadescerse  con  la  claridad 
y  llaneza  con  que  el  Evangelio  procede  y  con  la  doctrina  comiin  de  la 
Teología».  Así  reza  un  escrito  anónimo  que  tengo  en  mi  poder,  de  letra 
de  fines  del  siglo  XVI  o  de  principios  del  XVII. 

Admirablemente  refutadas  estas  y  otras  objeciones  por  Fr.  Luis  de 
León,  Domingo  Báfiez  y  el  P.  Ibáñez,  en  las  defensas  que  escribieron  de 
los  libros  de  la  Santa  y  que  publicaremos  en  apéndice,  nadie  duda  hoy 
de  la  pureza  de  su  doctrina,  verdaderamente  clásica  en  la  Teología 
mística.  Ninguno,  sin  embargo,  habló  de  ella  con  tanta  claridad,  eru- 
dición y  profundidad  como  el  P.  José  de  Jesús  María,  primer  histo- 
riador general  de  la  Reforma,  y  uno  de  los  Iiijos  más  aventajados  en 
ciencia  y  virtud  que  la  Descalcez  carmelitana  ha  tenido  (2).  Este  escla- 
recido Padre  hubo  de  salir  en  defensa  de  los  escritos  de  Santa  Teresa 
y  San  Juan  de  la  Cruz,  en  los  cuales  muchos  teólogos,  harto  igno- 
rantes en  cosas  d«  espíritu,  se  empeñaban  en  ver  doctrinas  alumbra- 
das, condenando  como  innovación  peligrosa  lo  que  era  práctica  an- 
tiquísima en  la  Iglesia  de  Dios,  En  contestación  a  cierta  carta  de  uno 
de  estos  teólogos  dogmáticos,  enemigos  de  la  contemplación,  escribió 
una  obra  el  P.  José,  de  corta  extensión,  pero  de  sana,  sólida  y  defi- 
nitiva doctrina  en  lo  que  atañe  a  la  vida  contemplativa.  Lleva  por 
título  Apología  mística  en  defensa  de  la  contemplación  divina  contra 
algunos    maestros    escolásticos    que    se    oponen    a    ella    (3).    Propónese 


1  No  hau  razón,  por  consiguiente,  paia  liacer  aquí  mérito  de  las  diatribas  de  Llorante  contra 
los  inquisidores,  porque  examinaron  estos  libros  y  pusieron  algunos  reparos  a  otros  muy  devotos 
del  tiempo  de  la  Santa,  de  los  cuales  se  aprovecha  con  habilidad  e  insigne  mala  fe  el  rebelde 
presbítero  ij  secretario  del  santo  Tribunal  para  zaherirlo  y  desacreditarlo.  Un  escritor  que  arroja  al 
fuego  los  documentos  que  le  han  servido  para  escribir  su  obra,  a  fin  de  que  nadie  pueda  probar^ 
le  los  embustes  y  falsificaciones  hechos  en  ella,  ya  está  juzgado  en  el  tribunal  de  la  Historia. 

2  Defendieron  la  doctrina  de  la  Santa  todos  sus  biógrafos,  y  muchos  Carmelitas  Descalzos, 
de  los  primitivos,  en  memoriales  manuscritos,  algunos  de  los  cuales  han  llegado  hasta  nosotros. 
Conocida  es  la  hermosa  defensa  del  P.  Jerónimo  Gracián,  que  lleva  por  título  De  los  libros 
y  doctrina  de  la  Madre  Teresa  de  Jesús.  También  escribió  una  brillante  apología  el  Padre 
Tomás  de  Jesús. 

3  Ms.  4.478  de  la  Biblioteca  Nacional. 


PRELIMINARES  XLIII 

probar,  «con  la  autoridad  de  las  Divinas  Letras  y  doctrina  concorde 
de  los  Santos,  que  esta  contemplación  fué  dada  por  Dios  desde  el 
principio  del  mundo,  a  sus  grandes  siervos,  enseñada  por  Cristo  a  sus 
Apóstoles  y  predicada  por  ellos  como  sabiduría  del  cielo  a  sus  dis- 
cípulos, para  que  la  comunicasen  a  toda  la  Iglesia». 

En  el  «Prólogo  al  lector»,  se  lamenta  de  la  ignorancia  en  mate- 
rias místicas  de  muchos  grandes  teólogos  escolásticos  por  estas  pa- 
labras: «Uno  de  los  mayores  daños  que  padece  la  virtud  en  estos  tiem- 
pos, es  el  estar  tan  desusada  la  contemplación  verdadera,  que  Dios 
por  singularísimo  beneficio  concedió  a  los  hombres  para  tener  en  la 
tierra  su  familiar  comunicación  con  ellos  y  hacerlos  participantes  de 
su  divinidad)  y  de  las  riquezas  del  cielo,  que  no  sólo  las  personas  ig- 
norantes, mas  también  muchos  de  los  que  se  tienen  por  maestros  en 
la  Teología  escolástica,  alcanzan  tan  poca  noticia  de  la  mística,  que 
hacen  poca  diferencia  entre  la  verdadera  contemplación,  enseñada  por 
Dios  a  sus  fieles,  y  la  falsa  y  engañadora,  que  ha  introducido  el 
demonio  en  gente  vana  y  soberbia,  con  notable  daño  de  la  gente 
sencilla  y  devota»  (1). 

En  el  capítulo  III  hace  resaltar  la  oposición  entre  la  doctrina  de 
los  dos  Serafines  del  Carmelo  sobre  la  contemplación  y  las  ense- 
ñanzas de  los  alumbrados,  trayendo  para  el  caso  una  muy  oportuna 
citación  del  libro  de  Las  Moradas.  Los  alumbrados  «ponen  todo  su 
aprovechamiento  en  tener  en  la  oración  grandes  gustos  y  ilustraciones 
y  que  pueden  llegar  a  alcanzarlos  por  sus  fuerzas  y  diligencias,  que- 
dando en  quietud  ociosa,  así  de  los  actos  del  entendimiento  como  de 
los  de  la  voluntad,  aunque  sean  los  deseos,  y  aplicándoles  a  este 
propósito  aquellas  palabras  que  dice  el  Eclesiástico:  «En  el  tiempo 
del  vacío  del  alma»  etc.  (2).  Con  esto,  los  ponía  en  la  disposición  que 
refiere  nuestra  Madre  Santa  Teresa  en  uno  de  los  muchos  lugares 
donde  reprende  esta  ociosidad  soberbia  diciendo:  «Estas  obras  inte- 
riores son  todas  suaves  y  pacíficas,  y  hacer  cosa  penosa  antes  daña 
que  aprovecha;  llamo  penosa  cualquier  fuerza  que  nos  queramos  ha- 
cer, como  sería   pena  detener  el  huelgo»   (3). 


1  No  menos  explícito  y  terminante  está  el  P.  José  en  el  primer  capítulo,  donde  demuestra 
«que  los  autores  modernos,  a  quien  algunos  escolásticos  se  oponen,  no  enseñaron  doctrina  nueva 
de  contemplación,  sino  a  ejercitar  bien  la  que  Dios  había  enseñado  a  sus  verdaderos  ama- 
dores». «De  tomar,  dice,  estas  materias  místicas  a  poco  más  o  menos,  viene  lo  que  vemos  en 
muchos  hombres  doctos  en  las  escolásticas,  que  revolviendo  para  ellas  tan  de  ordinario  los  libros 
de  Santo  Tomás,  reparan  en  poco  en  lo  que  escribió  en  ellos  de  la  Teología  mística,  que  hablan 
della  con  gran  desalumbramiento  y  notable  desacierto.  Con  lo  cual  hacen  grandísimo  daño  a  la 
Iglesia  de  Dios,  estorbando  a  las  almas  devotas  los  medios  por  donde  caminan  a  la  perfección 
de  la  vida  cristiana,  que  es  la  unión  del  alma  con  Dios;  «ad  quam,  sicut  ad  fínem  ordinantur 
omnia  quae  pertinent  ad  spiritualem  vitam.  (D.  Thom.,  II-II,  q.  44,  a.  I)». 

2  EccL,  XXXVIII,  35. 

3  Moradas  IV,  c.  III. 


XLIV  PRELIMINARES 

Habla  de  propósito  en  el  capítulo  IV  del  acto  propio  de  la  verda- 
dera contemplación,  «al  que  llamó  San  Dionisio  movimiento  circular  (1), 
así  por  su  perfección  significada  en  la  figura  circular,  como  por  ser  un 
acto  universalísimo,  donde  se  mira  a  Dios  sin  principio  ni  fin;  sino 
como  inmenso,  como  incomprensible,  como  infinito,  según  que  nos  le 
presenta  la  fe...  Santo  Tomás  pone  por  calidad  esencial  de  él,  que  se 
ha  de  ejercitar  sobre  los  actos  de  la  imaginación  y  de  la  razón.  Secan- 
dutn  qaod  otnnes  operationes  animae  reducuntar  ad  simplicem  contem- 
plaüonem  intelligibUis  veritatis  (2).  Esto  es,  quedando  reducidas  todas 
las  operaciones  del  alma  a  una  contemplación  sencilla  en  un  acto  uni- 
versal, como  la  fe  nos  lo  presenta  a  lo  infalible  e  incomprensible.  El 
mismo  San  Dionisio  dice  que  el  entendimiento  y  quietud  con  que  él 
asiste  en  esta  contemplación,  no  es  ocioso,  sino  que,  secretamente  y  a 
lo  divino,  está  enseñando  al  alma  con  la  iluminación  que  allí  recibe». 

Con  la  misma  lucidez  de  exposición  y  profundidad  de  conceptos 
va  refutando,  punto  por  punto,  el  P.  José  la  carta  del  teólogo,  hasta 
demostrar  plenamente  que,  lejos  de  contener  estos  celestiales  escri- 
tos errores  iluminados,  son  los  más  a  propósito  para  impugnarlos  y 
adquirir  nociones  claras  y  precisas  de  la  verdadera  contemplación 
mística. 

Otro  método  de  refutación  más  indirecto,  pero  no  menos  eficaz  y 
decisivo,  empleó  en  defensa  de  esta  doctrina,  demostrando  su  con- 
formidad con  la  de  los  Santos  Padres  y  Doctores  de  la  Iglesia. 
Concordancia  mística  es  el  título  de  este  nuevo  y  sazonado  fruto  del 
P.  José,  en  que  una  vez  más  resplandecen  la  erudición  vasta  y  los 
profundos  conocimientos  dogmáticos,  exegéticos  y  patrísticos  del  autor, 
expuestos  con  notable  sencillez  de  lenguaje  y  elegante  y  no  afectado 
estilo  (3). 


1  Z)e  divinis  nominibus,  c.  IV,  §  7. 

2  Quodlibt.,  1.  V,  a.  9. 

3  Con  aquella  extraña  facilidad  que  se  tenía  en  el  siglo  XVII  de  faltar  al  séptimo  manda- 
miento literario,  en  que  poetas,  comediógrafos  y  hasta  ascetas  y  místicos,  se  robaban  unos  a 
otros  argumentos,  escenas  g  obras  enteras,  sin  confesar  el  latrocinio,  prohijó  este  libro  el  cartujo 
Bernardino  Planes,  después  de  haber  rodado  manuscrito,  con  gran  crédito  de  los  más  doctos 
hijos  de  San  Bruno,  por  diversas  casas  de  la  misma  Orden  más  de  treinta  años.  Si  hemos  de 
ser  justos,  es  necesario  advertir  que,  si  bien  el  P.  Bernardino  puso  su  nombre  en  la  portada  del 
libro,  en  el  prólogo  confiesa  sinceramente,  como  cumplía  a  un  miembro  de  Orden  tan  perfecta, 
no  ser  autor  de  la  obra,  aunque  le  hubiera  sido  fácil  pasar  por  tal.  «Y  aunque  pudiera  con  nota 
de  pocos  a  aplauso  de  muchos  introducirme  fácilmente  autor  de  esta  obra,  con  todo  eso,  es  verdad 
que  no  se  me  ha  borrado  de  la  memoria  lo  que  dijo  de  sí  la  misma  Verdad:  Ego  autem  non 
quaero  gloriam  meam,-  est  qui  quaerat  et  judicet^.  El  excelenfe  procedimiento  del  P.  José  en 
esta  obra  interesantísima,  lo  expone  así  el  prologuista:  «Como  en  otros  tiempos  quisieron  algu- 
nos hacer  autora  a  la  Santa  Madre  ij  Amaestra  Teresa  de  Jesús,  fundadora  de  una  Religión 
tan  esclarecida  y  gloria  de  nuestra  España,  de  algunos  puntos  en  materia  de  oración  y  contem- 
plación que  más  particularmente  se  leen  en  el  libro  II,  capítulo  tercero,  dando  la  inteligencia  a 
sus  admirables  y  profundos   escritos   muy    ajena  de  su  ardiente  espíritu  y,  al  parecer,  poco  con- 


PRELIMINARES  XLV 

Lejos  de  sentir  que  hubiera  teólogo  en  aquellos  tiempos  que  se 
atreviese  a  (poner  mácula  en  los  escritos  de  Santa  Teresa,  nos  debemos 
felicitar,  siquiera  por  haber  dado  ocasión  a  obras  tan  profundas  y 
tan  hermosas  como  esta  del  P.  José,  una  de  las  más  interesantes  para 
comprender  y  aquilatar  el  valor  místico  y  ascético  de  la  gran  Doctora 
abulense.  No  conozco  en  lengua  castellana  ni  extranjera,  libro  que 
mejor  estudie  a  la  Santa  y  más  acabadamente  contraste  su  doctrina 
con  las  enseñanzas  de  los  mayores  astros  científicos  de  la  Iglesia,  co- 
menzando por  los  Padres  primitivos  y  terminando  por  Santo  Tomás 
y  Suárez.  En  la  censura  de  ella,  decía  el  Provincial  de  los  Franciscanos 
de  Cataluña:  «Toda  esta  obra  está  llena  de  piedad,  de  singular  eru- 
dición, de  suavísimo  olor,  y  es  doctrina  sine  iilla  erroris  suspicione,  con 
que  viene  a  ser  entre  las  grandes  la  mayor,  por  la  gravedad  del  asunto, 
ingeniosa  claridad  y  sentenciosa  precisión».  Y  el  P.  ñlberto  Sola. 
Prior  de  la  Cartuja  de  Monte  Alegre:  «Viene  a  ser  esta  Concordia 
el  decoroso  lustre  de  la  Teología  mística,  porque  en  ella  se  declara 
con  ingeniosa  contextura  y  singular  erudición,  la  doctrina  de  la  Santa 
Madre  Teresa  de  Jesús  con  la  de  los  santos,  luminosas  antorchas  de 
la  Iglesia,  príncipes  de  ambas  teologías,  mística  y  escolástica,  y  con 
la  de  otros  maestros  y  doctores  sabios  y  experimentados  en  la  vida 
espiritual». 

De  propósito  deliberado  hemos  hecho  mérito  de  estos  escritos  del 
P.  José  de  Jesús  María,  por  ser  completamente  desconocidos  y  valer 
científicamente  harto  más  que  cuanto  sobre  este  argumento  se  ha  es- 
crito. Si  no  fueran  tan  extensos,  bien  podrían  servir  de  una  especie 
de  propedéutica  a  las  Obras  de  Santa  Teresa,  ñdemás,  estas  obras 
del  docto  Padre  explican  muy  bien  el  origen  y  la  razón  de  los 
cargos  que  se  hacían  a  la  Santa;  y  aunque  de  muy  remota  fecha, 
no  han  envejecido.  Como  en  el  siglo  de  la  ilustre  ñvilesa,  no  faltan 
hoy,  ni  creo  han  faltado  nunca,  despreciadores  intonsos  de  las  doctrinas 
místicas,  considerándolas  buenas  únicamente  para  entretener  la  fatua 
vanidad  de  espíritus  superficiales,  que  hacen  ostentación  aparatosa  de 
llevar  vida  interior;  como  si  la  vida  interior  y  contemplativa  fuera  cosa 
baladí  y  despreciable.  Cierto  que  no  faltan  personas  que  se  dicen  practi- 
cadoras  de  este  género  de  vida,  las  cuales  con  su  conducta  antes  con- 
tribuyen a  desacreditarlo  que  ensalzarlo  a  los  ojos  de  los  que  con 
tanto  recelo  lo  miran;  pero  este  hecho  lamentable  nada  rebaja  el  mérito 
y  bondad  de  la  vida  en  sí  misma  considerada;  de  lo  contrario,  habríamos 


forme  con  la  doctrina  de  los  Santos  Padres  de  la  Iglesia,  fué  muu  prudente  elección  que  sir- 
viesen las  mismas  palabras  de  la  Santa  Madre  de  texto  principal  en  todo  el  libro,  u  éstas,  con 
las  de  los  santos  y  maestros  sabios  u  experimentados  en  la  vida  espiritual,  formasen  decorosa- 
mente  uniformes,  una  Concordancia,  una  como  cadena  de  oros... 


XLVl  PRELIMINARES 

de  borrar  de  la  literatura  eclesiástica  las  obras  más  bellas  escritas 
por  los  santos  más  insignes  del  Catolicismo.  No  se  entretuvieron  se- 
guramente en  cincelar  estas  páginas  inmortales  por  vanidad  literaria, 
ni  por  recrear  la  imaginación  del  lector  con  las  interesantes  descrip- 
ciones de  las  maravillas  que  Dios  obraba  en  ellos;  sino  para  estímulo 
y   provecho   de   los   espíritus   contemplativos. 

Harto  más  funestos  que  los  excesos  de  celo  de  algunos  teólogos 
por  la  pureza  de  la  fe  y  que  las  mismas  doctrinas  de  Molinos, 
han  sido  para  la  Mística  cristiana  el  Filosofismo  del  siglo  XVIII  y 
los  errores  innúmeros  que  de  él  han  brotado  hasta  nuestros  días. 
Desde  la  Revolución  francesa,  que  tantas  cosas  sacó  de  sus  natu- 
rales cauces,  sin  que  hayan  logrado  recobrar  su  posición  primera,  se 
vienen  importando  en  el  campo  científico  multitud  de  peligrosas  no- 
vedades doctrinales,  sin  respetar  los  más  sagrados  arcanos  de  la  con- 
ciencia y  sometiendo  a  irreverente  examen  hechos,  que,  por  transcender 
el  orden  natural,  han  de  ser  juzgados  por  otros  principios  que  los 
mezquinos  de  una  inteligencia  que  comienza  negando  a  Dios  y  todo 
poder  sobrenatural.  Las  doctrinas  y  fenómenos  místicos,  no  podían 
substraerse  a  este  examen,  ni  salir  inmunes  de  los  golpes  que  vienen 
asestando  al  Dogma  y  demás  verdades  de  la  Iglesia  católica. 

Hay  en  las  almas  tendencias  persistentes  hacia  un  centro  y  tér- 
mino, que  es  Dios,  y  muchas  caminan  deseando  unirse  a  él  por  amor. 
Estos  anhelos  han  sido  estudiados  y  clasificados  en  todas  edades  por 
numerosos  ingenios,  a  los  cuales  se  han  agrupado  otros  escritores, 
formando  diversas  escuelas,  según  los  varios  modos  de  explicar  estos 
efectos  y  fenómenos  místicos.  Desde  los  gnósticos  hasta  las  famosas 
polémicas  sostenidas  en  el  siglo  XVII  por  dos  venerables  y  eminentes 
prelados,  gloria  de  la  Iglesia  universal  y  de  las  letras  francesas,  Bos- 
suet  y  Fenelón,  son  innumerables  los  que  han  expuesto  la  ciencia  mís- 
tica con  más  o  menos  fortuna.  El  pseudo  Areopagita,  el  melifluo  San 
Bernardo,  Santo  Tomás  y  San  Buenaventura,  Hugo  y  Ricardo  de  San 
Víctor,  grandes  lumbreras  de  la  escuela  contemplativa  de  la  Abadía 
a  que  ellos  dieron  merecida  celebridad,  son  nombres  gloriosos  que 
escribieron  de  esta  ciencia  escondida  altas  y  sublimes  consideraciones, 
y  desbrozaron  de  impurezas  gnósticas  el  camino  para  los  grandes  mís- 
ticos del  siglo  XVI  y  XVII,  entre  los  que  se  hallan,  a  más  de  la 
Reformadora  del  Carmelo,  escritores  tan  calificados  como  San  Juan  de 
la  Cruz,  San  Francisco  de  Sales  y  otras  lumbreras  de  primera  magni- 
tud, en  torno  de  las  cuales  giran  innumerables  sidera  minora,  pero  muy 
apreciables,  contándose  entre  ellas  no  pocas  del  sexo  devoto. 

Largo  y  fastidioso  paréntesis  experimentó  la  Teología  mística  cuan- 
do la  fe,  fundamento  de  esta  ciencia,  parecía  zozobrar  por  la  explosión 


PRELIMINARES  XLVII 

violenta  del  racionalismo  del  siglo  XVIII.  No  es  que  se  interrumpiesen 
los  eslabones  que  engarzan  esas  piedras  preciosas  de  corazones  enamora- 
dos de  Dios,  que  nunca  han  faltado,  ni  en  los  tiempos  de  más  aridez 
religiosa,  ni  faltarán,  por  dicha  nuestra;  sino  que  por  más  urgentes 
e  imperiosas  necesidades,  muchos  de  los  tratadistas  de  materias  mís- 
ticas, se  vieron  forzados  a  ocupar  sus  plumas  en  tareas  más  ingratas 
para  conservar  limpia  la  fe  de  la  ola  de  cieno  materialista  que  ame- 
nazaba envolverla. 

ñun  no  se  han  curado  las  almas  del  rebajamiento  moral  producido 
por  la  Revolución  francesa.  De  crudo  racionalismo,  enemigo  del  orden 
sobrenatural,  vienen  alimentándose  muchas  inteligencias,  secando  los 
cauces  por  donde  corrían  en  tiempos  de  fe  acendrada  caudalosas  aguas 
de  divinos  carismas,  que  anegaban  a  tantas  almas  buenas  en  los  dulces 
remansos  de  la  gracia. 

Sin  embargo,  la  inteligencia,  que  no  puede  desmentir  su  origen 
de  Dios  creador,  se  asfixia  en  esa  atmósfera  cargada  de  detritos 
materialistas,  siente  la  dignidad  de  su  origen  y  la  nostalgia  de  las 
alturas,  g  forcejea  por  remontar  su  vuelo  a  capas  de  aire  más  sanas  y 
embalsamadas.  Una  reacción  llamada  espiritualista  procuró  sacudir  de 
sí  el  yugo  de  este  feroz  materialismo  y  positivismo  deprimente,  y  de 
nuevo  volvieron  a  estudiarse  los  fenómenos  místicos,  calificados  con  el 
nombre  de  Misticismo,  si  bien  con  criterio  disparatado  y  sin  consisten- 
cia científica.  «El  Misticismo  es  una  enfermedad  senil,  indicadora  del 
agotamiento  de  energía  de  los  pueblos  viejos»,  habían  dicho  por  labios 
de  Clemencia  Royer  (1)  los  darwinistas  y  espencerianos ;  es  un  fenó- 
meno morboso  que  los  psiquiatras  deben  analizar,  replicaban  Max  Nor- 
deau,  Lombroso,  Charcot  y  otros  de  la  misma  escuela,  gastada  y  desacre- 
ditada apenas  nacida.  Pero  ni  uno  ni  otro  concepto  del  misticismo  han 
podido  lograr  éxito  firme  y  duradero,  y  han  sido  fácilmente  suplanta- 
dos en  tiempos  novísimos  por  otra  tendencia  doctrinal,  que  clasifica 
los  efectos  místicos  como  producidos  por  la  conciencia,  sin  intervención 
ninguna  sobrenatural. 

Entre  los  innumerables  sostenedores  de  esta  escuela,  que  tengo 
escrúpulo  de  llamar  nueva,  bien  podemos  contar  a  Williams  James  (2), 
Delacroix  (3),  Boutroux  (4)  y  a  la  mayor  parte  de  los  modernistas, 
que  han  hallado  en  la  que  llaman  subconciencia  una  fuerza  original 
y  misteriosa,  que  los  más  profundos  escritores  ascéticos  y  psicológicos 
no    habían    advertido,    distinta    y    mucho    más    poderosa    y    activa    que 


1  Cfr.  Moigno:  Les  splendeurs  de  la  foi,  t.  II,  p.  332. 

2  The  Varieties  of  religious  Experíence. 

3  Études  d'  histoive  et  de  psychologie  du  mysticisme. 

4  La  psychologie  du  mysticisme. 


XLVIII  PRELIMINARES 

la  psiquis  ordinaria,  capaz,  por  lo  mismo,  de  producir  en  el  alma  los 
más  raros  y  peregrinos  fenómenos  místicos.  ¿No  se  liallan  analogías 
sorprendentes  entre  las  teorías  místicas  modernistas  y  la  gnosis  ale- 
jandrina, con  sus  Eones  y  Demiurgos  y  con  el  mismo  carácter  sincréti- 
co, que  les  permite  unir  en  híbridas  amalgamas  tan  opuestas  y  erradas 
doctrinas,  como  se  unieron  en  otros  tiempos  en  una  simple  fórmula 
gnóstica?  Nihil  novum  sub  solé  (1).  Por  esta  confusión  grande  de 
ideas,  se  están  renovando  en  nuestros  días  errores  muy  antiguos,  aunque 
se  presenten  con  más  aparato  científico,  merced  al  prodigioso  desarrollo 
que  han  alcanzado  todas  las  disciplinas  humanas. 

Por  otra  parte,  el  desenvolvimiento  rápido  de  los  estudios  histó- 
ricos ha  producido  considerable  número  de  obras  que  tienen  por  ar- 
gumento principal  el  examen  comparativo  de  las  Religiones.  Y  no 
estaría  demás  este  estudio,  si  se  hiciese  con  la  recta  intención  de 
examinar  las  analogías  que  entre  unas  y  otras  confesiones  puede  haber 
y  las  diferencias  substanciales  que  las  separan  por  abismo  insondable. 
Pero  de  ordinario,  estos  estudios  no  se  comienzan  por  estímulos  de 
verdad  y  para  dair  a  esa  parte  nueva  de  la  Historia  de  las  religiones 
comparadas,  base  sólida  y  científica,  que  habría  de  contribuir  no  poco 
al  esclarecimiento  de  la  única  verdadera.  Otros  muy  distintos  son  los 
propósitos  que  han  guiado  las  investigaciones  de  muchos  historiógrafos 
modernos.  Enemigos  de  lo  sobrenatural,  han  intentado  únicamente  negar 
esta  nota  consoladora  a  la  Iglesia  católica,  procurando  demostrar  que 
nada  se  encuentra  en  sus  enseñanzas  que  no  se  halle  escrito  en  los 
antiguos  códigos  de  las  religiones  asiáticas,  en  el  Mahabharata,  por 
ejemplo;  que  la  Religión  católica  no  es  más  que  el  desenvolvimiento 
lógico  de  las  antiguas  teogonias,  expuestas  por  Jesús  en  forma  nueva 
y  acomodada  a  su  tiempo  (2)  y,  por  consiguiente,  que  la  Mística  cris- 
tiana es  una  simple  modalidad  de  otra  mística  más  universal  y  com- 
prensiva. 


1  Sobre  el  modernismo  en  la  Alístico  ha  escrito  muy  doctamente  y  con  criterio  muy  sano 
el  P.  Wenceslao  del  Santísimo  Sacramento,  C.  D.,  en  su  obra  Fisonomía  de  un  Doctor.  Véase 
principalmente  el  segundo  volumen.  De  intento  nos  hemos  abstenido  del  tecnicismo  modernista, 
más  jactancioso  y  campanudo  que  sobrado  de  lastre  científico,  poique  presumo  que  ni  de  los 
términos  que  sus  fautores  han  inventado,  va  a  quedar  muy  pronto  memoria  de  hombres. 

2  Olvidados  los  tres  indigestos  volúmenes  que  Dupuis  publicó  en  1795  sobre  el  origen  de 
los  cultos  religiosos  (De  V  origine  de  tous  les  cuites),  quien  más  ha  influido  en  el  estudio  com- 
parativo de  las  religiones  ha  sido  A\ax  MüUer,  que  después  de  pasar  largos  años  en  Asia,  fué 
nombrado  profesor  de  sánscrito  en  Oxford,  editó  el  Rig-Veda  (1846-1850)  y  fué  el  director  de  la 
publicación  en  lengua  inglesa  de  Libros  sagrados  del  Oriente.  Sacred  Books  of  the  East.  Ox- 
ford, 1878-1905.  De  tal  manera  logró  despertar  la  afición  a  esta  clase  de  estudios  el  célebre  in- 
dianista  alemán,  que  a  fínes  del  siglo  XIX  apenas  había  Universidad  de  alguna  importancia  en 
Europa  que  no  destinase  a  él  una  o  varias  cátedras.  Por  desgracia,  las  numerosas  obras  que  se 
han  publicado  hasta  nuestros  días,  están  inspiradas  las  más  en  criterios  racionalistas,  sin  que  las 
pocas  que  se  han  publicado  por  escritores  ortodoxos  hayan  podido  contrarrestar  la  influencia  ne- 
fasta que  tales  enseñanzas  producen  en  las  Juventudes  universitarias. 


PRELIMINARES  XLIX 

La  Mística  católica  se  ha  resentido  siempre  de  los  sistemas  filosó- 
ficos que  se  han  sucedido  en  el  campo  de  la  ciencia;  porque,  con  ser 
ella  oculta  y  difícil  disciplina,  todos  se  han  considerado  en  el  número  de 
los  iniciados  en  sus  misterios  y  con  derecho  a  discurrir  sobre  ellos 
lo  mismo  que  sobre  cualquiera  teoría  política  o  cosmogónica.  Predomi- 
nando en  estos  estudios  puro  criterio  racionalista,  que  rechaza  como 
absurdo  todo  lo  que  rebasa  el  orden  natural,  interpretan  las  más  su- 
bidas operaciones  divinas  en  el  alma  mística  por  fórmulas  groseras 
de  cínico  naturalismo,  hasta  el  extremo  de  confundir  e  igualar  a  los 
estúpidos  e  indolentes  contempladores  del  Nirwana,  con  los  santos  in- 
signes del  Catolicismo  que  más  gustaron  de  la  Verdad  increada  que 
esplendía  con  apacible  fulgor  en  las  profundidades  de  su  alma  pura; 
e  igualan  las  sublimes  expansiones  de  un  corazón  abrasado  en  amor 
de  Dios,  contenidas  en  las  obras  de  una  Santa  Teresa  y  de  un  San 
Francisco  de  Sales,  con  las  abigarradas  doctrinas  amatorias  de  los 
libros  védicos,  que  conducen  derechamente  a  esc  panteísmo  indostá- 
nico,  tan  contrario  a  la  razón  y  buena  filosofía,  con  las  frías  y  tímidas 
fórmulas  socráticas  y  plotinianas,  o  con  las  excéntricas  producciones 
de  alguna  histérica  moderna,  de  la  escuela  de  Miss  Besant. 

Traer  a  irreverente  colación  a  Sócrates,  Platón,  Carnéades  o  Jam- 
blico,  que  pierden  el  uso  de  los  sentidos  y  quedan  como  extasiados 
en  la  contemplación  filosófica  de  alguna  verdad,  e  identificarla  con 
la  suspensión  del  místico  cristiano,  con  la  cual  podrá  tener,  a  lo  sumo, 
alguna  remota  analogía,  es  destruir  por  completo  la  mística  verdadera, 
que  se  funda  principalmente  en  los  dones  de  la  gracia  sobrenatural. 
No  para  aquí,  sin  embargo,  la  degradación  de  la  Mística  católica; 
a  comparaciones  mucho  más  groseras  se  la  somete  para  sacar  en  con- 
clusión, que  todo  cuanto  se  lee  en  las  hagiografías  de  los  santos, 
no  Gs  otra  cosa  que  fenómenos  raros,  pero  naturales,  que  pueden 
estudiarse  en  cualquiera  clínica  de  observación;  manifestaciones  morbosas 
de  un  organismo  débil  o  de  un  cerebro  exaltado.  Todo  se  reduce  a 
una  simple  sustitución  de  nombres.  Vuestros  visionarios  son  nuestros 
alucinados,  vienen  a  decirnos;  vuestros  extáticos  nuestros  catalépticos 
o  histéricos.  Vosotros  nos  presentáis  a  un  San  Francisco  de  ñsís  lla- 
gado por  modo  maravilloso  con  las  llagas  de  Jesús,  o  a  Santa  Teresa 
con  el  corazón  transverberado;  venid  a  nuestros  hospitales  y  manico- 
mios, y  os  mostraremos  en  nuestros  clientes  estigmas  semejantes,  éxta- 
sis y  suspensiones  y  cuanto  vosotros  torpemente  atribuís  a  un  Ser  su- 
perior al  hombre  y   a  todas  las  fuerzas  de  la  naturaleza. 

Este  sistema  de  explicar  las  más  sublimes  manifestaciones  del 
amor  divino  en  los  siervos  de  Dios  por  las  fuerzas  mismas  de  la 
naturaleza,   sin   intervención  ninguna  sobrenatural,   cuenta   innumerables 


L  PRELIMINARES 

defensores  sobre  todo  en  los  dados  a  las  ciencias  médicas  y  entre 
los  psicólogos  y  fisiólogos  modernos  (1).  La  novedad  de  la  doctri- 
na, los  experimentos  y  estudios  hechos  en  las  salas  de  observación 
clínica,  los  casos  misteriosos  de  catalepsia,  histeria,  sugestión  mental, 
hipnotización  y  magnetismo,  la  extraordinaria  nerviosidad  en  que  se 
vive  en  estos  tiempos,  han  popularizado  mucho  entre  el  vulgo  cien- 
tífico estas  doctrinas,  que,  en  un  círculo  muy  restricto,  tienen  algo 
de  verdaderas;  pero  que  sacadas  de  sus  reducidos  límites,  resultan 
irreverentes,  falsas  y  hasta  heréticas.  No  es  infrecuente,  por  desgra- 
cia, hallar  católicos  que  se  ríen  de  toda  relación  o  hecho  raro  que  se 
dice  de  algún  santo  apenas  transciende  un  poco  los  límites  naturales, 
atribuyéndolo  a  histerismo,  universal  panacea  para  explicar  por  medios 
naturales  todos  los  efectos  de  la  gracia  y  dones  preciosos  del  Espíritu 
Santo. 

Santa  Teresa  no  ha  salido  la  mejor  librada  de  estos  ataques  de 
naturalismo  más  o  menos  disfrazado.  Siendo  el  sexo  bello  donde  al 
parecer  más  estragos  hacen  las  enfermedades  nerviosas,  han  hallado 
en  las  santas  cristianas,  y  sobre  todo,  en  los  éxtasis,  raptos  y  reve- 
laciones de  la  Virgen  de  Avila,  campo  abonado  para  sus  observaciones 
sensualistas,  y  no  han  reparado  en  comparar  estas  manifestaciones 
grandiosas  de  Dios  en  su  sierva,  con  las  contracciones  neurasténicas  de 
cualquiera  mujerzuela,  presa  del  ajenjo  destilado  y  de  lecturas  exal- 
tadas, o  |de  una  ilusa  embaucadora,  en  cuyos  corazones,  por  lo  regular, 
no  levanta  llamas  el  amor  divino,  sino,  lo  mismo  que  en  muchas  alum- 
bradas de  los  siglos  XVI  y  XVII,  el  más  desaforado  amor  sensual. 

Si  la  credulidad  nimia  no  está  exenta  de  peligrosos  engaños,  como 
testifica  harto  frecuentemente  la  Historia  eclesiástica,  mayores  los  tiene 
esa  inclinación,  frecuentísima  hoy,  que  propende  a  negar  todos  los 
efectos  de  la  gracia  extraordinaria  en  las  almas,  y  explicarlos  na- 
turalmente por  razones  fisiológicas  o  psíquicas,  con  gran  desprestigio 
de  la  vida  interior.  No  se  ha  abreviado  en  nuestros  días  la  mano  de 
Dios,  que  continúa  distinguiendo  y  regalando  a  sus  fieles  siervos  con 
los  dones  exquisitos  de  su  gracia,  como  en  los  tiempos  de  mayor  eflo- 
rescencia mística.  Con  tan  exageradas  concesiones  a  la  ciencia  racio- 
nalista, ningún  fruto  se  recoge  para  la  verdadera  fe,  antes  se  dan 
armas  a  los  adversarios  de  ella  para  combatirla,  y  se  convierte  la 
Leyenda  áurea  de  los  Santos,  en  serie  inacabable   de  invenciones  fan- 


1  Ha  tratado  extensamente  de  los  fenómenos  místicos  g  de  sus  relaciones  con  el  histeriS" 
mo,  la  neurastenia,  epilepsia  ij  otras  enfermedades  nerviosas,  lo  mismo  que  de  las  conclusiones 
materialistas  de  la  famosa  escuela  de  la  Salpetriere,  el  abate  M.  /.  Ribet  en  el  tomo  IV  de  su 
importante  obra  La  Mystique  divine  distinguée  des  contrefazons  diabotiques  et  des  analogies 
humaines.-  París,  1903. 


PRELIMINARES  LI 

tásticas;  y  en  neurópatas  o  locos  de  atar,  a  esa  nobilísima  falange 
de  almas  heroicas,  enamoradas  de  la  cruz,  que  forman  la  porción  más 
escogida  de  los  mortales. 

La  Iglesia  puso  en  el  índice  de  libros  prohibidos  una  obra  del 
jesuíta  P.  Hahn,  que  atribuía  a  histerismo  muchas  relaciones  que  del 
estado  de  su  alma  hace  Santa  Teresa,  hasta  llamarla  patrona  de 
histéricos.  En  las  explicaciones  de  las  maravillas  de  la  gracia,  que 
redundan  no  pocas  veces  en  el  organismo  físico,  no  solamente  se  re- 
basan los  límites  de  la  sana  filosofía,  sino  que  se  penetra  a  carrera 
desbocada  por  los  campos  de  la  heterodoxia  mística.  Por  algo  nos 
advertía  el  Papa  Pío  X,  en  la  Carta  que  con  ocasión  de  celebrarse  el 
tercer  Centenario  de  la  beatificación  de  Santa  Teresa  escribió  al  Gene- 
ral de  los  Carmelitas  descalzos,  que  andemos  precavidos  contra  muchos 
tratadistas  modernos  de  la  llamada  psicología  mística,  a  quienes  reco- 
miendan sigan  en  todo  las  huellas  de  la  ilustre  Doctora. 

No  es  de  este  lugar  refutar  doctrinas  que  han  sido  ya  sólidamente 
impugnadas  por  esclarecidos  ingenios  cristianos.  Daríamos  a  estos  «Pre- 
liminares» una  extensión  desmesurada  e  inoportuna,  que  deseamos  evi- 
tar. La  mejor  refutación  de  estos  errores  es  la  lectura  misma  de  la 
Santa,  sobre  todo  de  sus  admirables  Cartas,  donde  se  manifiestan  en 
toda  su  esplendorosa  magnificencia  las  prodigiosas  cualidades  de  na- 
turaleza con  que  fué  enriquecida,  su  entendimiento  vigoroso,  su  fir- 
meza de  carácter,  que  por  cierto  nada  tenía  de  veleidoso  y  enfer- 
mizo, y  particularmente  su  admirable  prudencia  en  los  múltiples  y 
difíciles  negocios  en  que  intervino  esta  infatigable  celadora  de  la  gloria 
de  Dios.  Examínense  con  el  criterio  racionalista  que  se  quiera,  pero 
imparcial,  estos  escritos,  retrato  acabado  de  aquel  espíritu  todo  sin- 
ceridad, verdad  y  candor;  compárense  con  las  notas  características 
del  histerismo,  y  dígasenos  si  no  hay  oposición  irreductible  entre  las 
estrafalarias  y  caprichosas  manifestaciones  del  neurasténico  y  los  pri- 
mores de  discreción  y  de  inalterable  buen  sentido  de  la  célebre  Re- 
formadora, que  no  la  fallan  ni  una  sola  vez  en  su  larga  y  agitada 
vida.  No  hace  falta  apelar  a  recónditas  filosofías  para  convencerse  que 
Santa  Teresa  es  una  de  las  criaturas  más  discretas,  ecuánimes  y  de 
ricas  prendas  de  naturaleza  que  por  este  mundo  han  pasado.  Las  en- 
fermedades que  tuvo  casi  toda  su  vida,  sirvieron  para  poner  más  de 
resalto    estas   cualidades    hermosísimas    de    su    alma    privilegiada. 

Y  después  de  todo  esto,  habremos  estudiado  solamente  la  primera 
parte  de  este  libro  vivo,  obra,  por  decirlo  así,  de  la  naturaleza,  perfec- 
cionada por  su  ingenio;  pero  aun  nos  queda  la  segunda,  mucho  más 
hermosa  e  interesante:  la  obra  exquisita  de  Dios  en  este  corazón  mag- 
nánimo, cortado  a  la  medida  del  Corazón  de  su  Hijo,  que  fué  escenario 


LÍI  PRELIMINARES 

de  las  más  grandes  y  portentosas  maravillas  de  la  gracia,  ñquí  hay  que 
adoptar,  en  el  juicio  crítico,  procedimientos  muy  distintos;  no  puede 
emplearse  como  instrumento  de  estudio  la  fría  razón  que  disecciona, 
disgrega  y  analiza  anatómicamente  los  sentidos,  el  corazón,  el  alma; 
se  necesitan  fe,  bondad,  piedad  y  fuego  de  amor  para  remontarse  a 
las  alturas  con  Santa  Teresa,  acompañarla  en  sus  vuelos  magníficos 
por  los  espacios  inconmensurables  de  la  Omnipotencia  de  Dios,  gustar 
de  las  frescas  aguas  que  corren  por  el  paraíso  celeste,  sorprenderla 
en  sus  frecuentes  visiones  extáticas  de  la  Trinidad  y  robarle  los  se- 
cretos que  allí  aprende.  Sólo  así  nos  podrán  dar  una  Santa  Teresa 
bastante  parecida!  a  la  verdadera,  a  la  que  por  estas  Españas  anduvo 
haciendo  bien  y  pegando  fuego  de  amor  divino;  a  las  almas.  Tengo  para 
mí  que  el  juzgador  competente  de  Santa  Teresa  ha  de  ser  fílósofo, 
buen  psicólogo,  teólogo  aventajado,  erudito  en  varias  disciplinas,  y  ade- 
más bueno,  creyente,  piadoso  y  hasta  místico  experimentado.  Hay  mo- 
mentos, cuando  se  estudia  a  esta  mujer,  en  que  es  preciso  arrojar 
todos  los  medios  humanos  de  juicio.  A  Santa  Teresa,  en  apela- 
ción suprema  o  definitiva,  hay  que  juzgarla  con  criterios  ultrate- 
rrestres, y  llamar  en  ayuda  de  la  pobre  inteligencia  a  los  espíritus  an- 
gélicos, para  que  nos  enseñen  aquella  ciencia  que  sólo  se  aprende  en 
las  aulas  del  cielo.  No  es  de  extrañar,  por  lo  tanto,  que  muchos  mo- 
dernos psicólogos,  aunque  muy  aventajados  en  estos  conocimientos  y 
no  mal  dispuestos  hacia  la  Virgen  de  Avila,  nos  hayan  presentado 
una  Santa  Teresa  desfigurada,  mutilada,  hecha  lo  que  pudiéramos  lla- 
mar un  guiñapo  fisiológico.  Aprisionar  las  sublimes  ascensiones  del 
corazón  de  Teresa  entre  los  barrotes  de  una  psicología  racionalista, 
¡qué  disparate! 

Lo  que  ocurre  es  que  no  se  estudia)  a  la  Santa  con  el  detenimien- 
to y  madurez  que  requieren  conclusiones  tan  atrevidas  y  presuntuosas. 
Leyendo  sus  obras,  paran  la  atención  en  lo  que  más  analogía  tiene 
con  sus  juicios  preconcebidos,  y  sin  más  examen  ni  reflexión,  se  forjan 
a  la  insigne  escritora,  no  como  ella  es  en  sí,  sino  conforme  se  la  habían 
imaginado,  favorable,  por  supuesto,  a  sus  teorías  pseudo-científicas. 
Antiguamente  hubo  un  método  muy  peregrino  de  escribir  vidas  de 
Santos.  Apenas  reparaban  en  el  hombre,  ni  en  las  luchas  que  hubo 
de  sostener  para  llegar  a  tan  elevada  perfección;  sino  que  se  fijaban 
casi  exclusivamente  en  las  maravillas  de  la  gracia  extraordinaria,  en 
lo  portentoso  e  insólito,  en  lo  que  se  levanta  inconmensurablemente 
sobre  los  actos  ordinnrios  virtuosos  de  los  demás  mortales.  Entre  otros 
inconvenientes,  tenía  tal  vez  este  método  hagiográfico  el  no  pequeño 
de  enfriar  ien  los  lectores  el  deseo  de  imitación  que  pudiera  suge- 
rirles una  vida  más  humana,  menos  llena  de  milagros  y  más  acomodada 


PRELIMINÜRES  Lili 

a  la  realidad  histórica  y  a  las  fuerzas  de  la  naturaleza,  ayudada  de 
la  gracia  ordinaria. 

Por  reacción  viciosa,  se  da  ahora  en  el  extremo  contrario,  y  nos 
empeñamos  en  explicar  todas  las  maravillas  que  de  los  santos  se  leen 
en  la  hagiografía  eclesiástica,  atribuyéndolas  al  temperamento,  carác- 
ter y  estado  fisiológico  del  que  las  experimenta.  Ciertamente  que  los 
siervos  de  Dios  no  son  de  naturaleza  distinta  a  la  nuestra.  No  vamos 
a  creer  que  la  inflamación  de  las  meninges,  v.  gr.,  sea  diferente  en 
ellos  y  se  cure  por  otros  remedios  que  en  los  demás  hijos  de  Eva; 
pero  de  la  identidad  de  estos  casos  pasar  a  la  identidad  del  éx- 
tasis y  suspensión  de  potencias  en  el  místico  con  la  suspensión  que 
experimenta  un  neurópata  cualquiera  bajo  la  acción  del  médium;  o 
la  visión  de  cosas  distantes  por  particular  gracia  de  Dios,  con  las 
alucinaciones  telepáticas,  y  otros  raros  fenómenos,  es  transición  que 
no  autoriza  la  lógica,  y  equivale  al  derrumbamiento  del  orden  sobre- 
natural. La  Mística  no  puede  reducirse  a  un  mero  tratado  de  Tera- 
péutica. 

Las  conclusiones  que  son  o  se  tienen  como  resultado  de  análisis 
concienzudo,  suponen  un  estudio  muy  variado  y  completo  de  las  cau- 
sas o  fenómenos  de  donde  se  deducen.  Sacar  una  consecuencia  de  una 
observación  cualquiera,  cuando  pueden  realizarse  otras  muchas  que  al- 
teren el  resultado,  es  un  procedimiento  anticientífico,  generador  de 
grandes  equivocaciones.  Higo  semejante  ha  ocurrido  con  las  observa- 
ciones psicológicas  hechas  en  Santa  Teresa.  Se  han  escogido  para  ellas 
las  partes  de  sus  obras  y  de  sus  biografías  que  más  analogía  tienen 
con  los  prejuicios  de  un  sistema  determinado  fisiológico,  y  a  él  se 
han  acoplado  irremisiblemente  los  resultados  que  han  creído  obtener. 
No  es  racional  semejante  procedimiento.  Hágase  un  estudio  de  conjunto, 
completo  y  reflexivo;  y  estoy  seguro  que  cuantos  se  resuelvan  a  rea- 
lizarlo, terminarán  por  convencerse  de  que  la  Virgen  de  ñvila,  lejos 
de  ser  patrona  de  neurasténicos,  es  la  mujer  más  sensata,  equilibrada 
y  discreta,  y  la  que  más  donosamente  se  ha  reído  de  esta  enfermedad, 
si  bien  compadeciéndose  de  los  que  la  padecían  (1).  Llamar  neurasté- 
nica a  una  mujer  que  tan  bien  conocía  las  realidades  de  la  vida,  que 
hizo  culto  de  la  sencillez  y  llaneza,  que  toda  la  vida  anduvo  en  humil- 
dad, que  ella,  con  sentido  filosófico  profundo,  identifica  con  la  ver- 
dad (2),  que  manifestó  en  los  muchos  negocios  en  que  como  fundadora 


1  Vid.  Libro  de  las  Moradas:  Morada  III. 

2  Tan  amiga  era  Santa  Teresa  de  proceder  en  todo  con  llaneza  y  verdad,  que  una  com- 
pañera suija,  en  las  Informaciones  hechas  en  Madrid,  año  de  1595,  para  la  beatificación  y  cano- 
nización de  la  Santa,  depone  este  caso:  «Una  noche  estuvo  escribiendo  en  el  monasterio  de 
Toledo  hasta  más  de  las  doce,  u  teniendo    muy    mala   la   cabeza,  porque   le  pareció  que  en  una 


LIV  PRELIMINARES 

hubo  de  intervenir,  una  prudencia  y  sagacidad  consumadas,  que  descon- 
certó con  su  admirable  sentido  práctico  y  pasmosa  clarividencia  en 
las  cuestiones  más  difíciles  de  gobierno  a  los  hombres  más  doctos 
y  calificados  de  su  tiempo,  que  escribió  libros  de  los  cuales  se  puede 
entresacar  el  código  más  completo  de  sentido  común  que  jamás  se  haya 
compilado,  parece  el  colmo  de  la  neurastenia  o  de  la  insensatez. 

Yo  invito  a  todos  los  psicólogos  y  médicos  y  a  todos  los  filóso- 
fos de  la  neurosis,  a  que  lean  sin  pasión  los  escritos  de  esta  mujer 
admirable,  y  no  se  limiten  a  interpretar  hechos  aislados  y  altísimos 
para  cuya  inteligencia  se  necesitan  otras  luces  y  otras  disposiciones. 
Es  un  error  muy  craso  considerar  habitual  en  la  Santa,  lo  que  fué 
en  ella  muy  transitorio  y  pasajero;  y  substancial  y  transcendente 
en  su  vida,  lo  que  fué  un  estado  sublime  e  inefable,  si  se  quiere, 
pero  momentáneo. 

Desengaño  grande  se  llevará  quien  sólo  estudie  a  Santa  Teresa 
en  los  deliquios,  éxtasis  y  suspensiones,  como  se  lo  llevaron  aque- 
llas buenas  damas  que,  llegando  a  su  noticia  la  próxima  estancia  de 
la  Reformadora  carmelita  en  la  corte,  se  dieron  cita  para  ver  algunos 
prodigios  que  de  ella  se  contaban.  La  Santa,  discreta  y  mesurada  siem- 
pre, y  dotada  de  ese  don  precioso  de  ver  las  cosas  por  todos  los  la- 
dos, a  la  ligera  y  superficial  curiosidad  mujeril,  hubo  de  contestar  con 
esta  graciosísima  salida:  Qué  bonitas  calles  tiene  Madrid.  El  asombro, 
corrimiento  y  desconcierto  de  las  damas  madrileñas  no  pudo  ser  ma- 
yor. Pero,  ¿no  es  evidente  que  la  frase  vale  por  todo  un  tratado  de  dis- 
creción humana?  ¿Se  habría  conducido  así  una  histérica?  Lo  dudamos. 
Hechos  análogos,  que  tanto  abundan  en  la  vida  de  Santa  Teresa,  ¿no 
manifiestan  una  idiosincrasia  perfecta,  un  completo  y  ordenado  do- 
minio de  todas  sus  facultades  y  una  negación  rotunda  de  las  teorías 
patológicas  sobre  la  supuesta  neurosis  teresiana?  Si  tan  felices  re- 
sultados ha  de  producir  esta  manoseada  enfermedad,  tan  en  moda 
en  nuestros  días,  ganas  me  vienen  de  que  todos  los  hombres  se  vuel- 
van neurasténicos.  Habríamos  conseguido  cerrar  los  manicomios  con 
el  triunfo  universal  del  sentido  común,  realzado  y  embellecido  por  la 
gracia  divina  en  una  de  las  más  grandes  mujeres,  gloria  del  Catolicismo 
y  de  la  Humanidad. 

No  insistamos  más  en  esta  materia  enfadosa,  hoy  por  desgracia 
tan  acreditada  y  extendida,  y  cuyos  perniciosos  efectos  no  es  fácil 
calcular.    Digamos    de   una    vez   para    siempre,    que   el   verdadero   con- 


carta iba  una  palabra  no  mug  cierta,  no  la  quiso  pasar,  aunque  su  compañera  le  decía  no  era 
de  mucha  importancia;  y  con  ser  muy  larga  la  carta  u  tan  tarde,  y  ella  con  gran  dolor  de  ca- 
beza, quiso  más  tornar  a  trasladar  la  carta  que  no  que  fuese  en  ella  aquella  palabra  que  no  po" 
día  decirse  con  mucha  certeza».  (Memorias  Historiales,  letra  N,  núm.  49). 


PRELIMINARES  LV 

cepto  de  la  gran  Santa  castellana,  no  debemos  buscarlo  en  las  manifes- 
taciones exteriores  más  brillantes  y  llamativas  de  su  espíritu,  como  el 
éxtasis  y  el  rapto,  que  ella  estimó  muy  poco,  como  mérito  positivo 
de  santidad  (1);  sino  en  la  práctica  de  virtudes  substantivas  y  reales, 
en  la  caridad  abrasada  que  tuvo  a  Dios  y  a  sus  prójimos,  en  la  cons- 
tancia y  habilidad  que  manifestó  en  los  negocios  arduos  en  que  hubo 
de  entender  como  Reformadora,  en  el  pasmoso  conocimiento  de  cosas 
y  personas  y  en  el  gran  acierto  en  llevarlas  a  Dios,  trazándoles  un 
camino  de  perfección,  no  superado  por  nadie  todavía;  en  ese  conjunto 
portentoso,  en  suma,  de  cualidades  naturales  y  sobrenaturales,  que 
constituyen  su  verdadero  mérito.  Rhí  es  donde  debemos  estudiar  a  la 
mujier  y  a  la  santa.  Y  ho  porque  nos  disguste  contemplarla  entre  los  es- 
plendores del  éxtasis  y  otras  opulentas  manifestaciones  de  la  gracia,  in- 
fluida por  las  cuales  tan  hermosa  y  magnífica  aparece  a  nuestra 
inteligencia  cristiana,  ya  que,  empleando  un  símil  de  la  misma  Santa, 
su  corazón  es  uno  de  los  más  ricos  y  primorosos  diamantes  labrados 
por  la  acción  inefable  del  Espíritu  Santo;  sino  porque,  incapaces  mu- 
chos de  remontarse  a  tan  elevadas  esferas,  sin  más  balanza  aprecia- 
dora de  mérito  que  lo  que  su  débil  razón  puede  entender,  les  invi- 
tamos a  que  la  estudien  en  terreno  más  llano  y  asequible,  y  verán  cuan 
distinta  es  su  imagen  de  la  que  hasta  ahora  nos  han  ofrecido. 

No  teman,  por  lo  demás,  las  almas  buenas  y  sencillas  a  estas 
explicaciones  naturalistas  de  los  fenómenos  místicos;  porque  como  no 
se  fundan  en  la  verdad,  se  van  sucediendo  unasi  a  otras  con  grande  rapi- 
dez, sin  más  utilidad  para  la  ciencia,  que  enriquecer  los  ya  volumi- 
nosos  e  indigestos   anales   de  la   Patología  mental. 

Para  Max  Nordau,  por  ejemplo,  la  conversión  de  un  neófito  es  un 
caso  fulminante  de  degeneración  mental,  un  caso  de  romanticismo, 
prerrafaelismo  o  futurismo,  digno  de  colocarse  entre  los  grandes  dege- 
nerados, que  se  llaman  Tolstoí,  Wagner,  Ibsen  y  Maeterlinck  (2).  En 
la  explicación  de  este  hecho  patológico,  la  psicopatía  ha  pretendido 
hallar  en  los  convertidos  cierta  enfermedad  cerebral,  que  se  distingue 
por  algunos  desdoblamientos  de  la  personalidad,  los  cuales  pueden  llegar 
hasta  el  delirio.  Estas  enfermedades  son  dos,  principalmente,  la  histeria 
y  la  psicastenia.  Pues  bien,  ni  de  la  una  ni  de  la  otra  se  han   dado 


1  Tan  ajena  estaba  Santa  Teresa  de  pagarse  de  estas  cosas,  que  advierte  a  sus  hijas  an- 
den precavidas,  porque  hay  en  ellas  grandes  engaños  y  peligros.  Virtudes,  y  no  otra  cosa, 
quería  la  Santa  para  cimiento  de  su  místico  castillo.  «En  lo  que  está  la  suma  perfeción,  dice 
Id  Santa,  no  es  en  ios  regalos  interiores,  ni  en  grandes  arrobamientos,  ni  en  visiones,  ni 
en  espíritu  de  profecía,  sino  en  estar  vuestra  voluntad  tan  conforme  con  la  de  Dios,  que  ningu- 
na cosa  entendamos  que  quiere  que  no  la  queramos  con  toda  nuestra  voluntad,  y  tan  alegre- 
mente tomemos  lo  amargo  como  lo  sabroso,  entendiendo  lo  quiere  Su  Majestad». 

2  Dégénérescence,  t.  I,  p  .83. 


LVI  PRELIMINARES 

definiciones  precisas,  hasta  el  punto  de  que  el  doctor  Laségne,  bur- 
lándose donosamente  de  muchos  de  sus  colegas,  decía:  «Una  definición 
exacta  de  la  histeria  aun  no  se  ha  dado  ni  se  dará  jamás»  (1).  La 
misma  indecisión  se  observa  al  querer  señalar  el  significado  de  la 
psicastenia,  palabra  inventada  por  Pedro  Janet,  profesor  de  Psicología 
en  el  Colegio  de  Francia.  En  vista  de  este  conocimiento  rudimentario 
de  la  neurosis  y  de  sus  derivaciones  fisiológicas  y  aplicaciones  psí- 
quicas, no  han  dudado  en  afirmar  hombres  eminentes,  que  la  hagiogra- 
fía católica  nada  tiene  que  temer  de  estas  divertidas  antinomias  pseu- 
docientíficas  de  la  Psicología  racionalista  (2). 

Por  la  breve  suma  que  acabamos  de  hacer  de  los  errores  que  hoy 
pululan  en  torno  de  la  Mística,  así  especulativa  como  experimental,  cons- 
treñida en  sus  efectos  a  un  mero  examen  clínico  o  a  los  límites  re- 
ducidos de  la  razón  natural,  se  comprenderá  sin  esfuerzo  la  necesidad 
grande  de  contraponer  a  estas  perniciosas  novedades,  la  verdadera 
doctrina  de  la  Iglesia,  en  negocio  de  tanta  transcendencia  como  la  sal- 
vación y  perfección  espiritual  de  las  almas  por  la  acción  inefable  de 
la  gracia.  Para  conseguir  este  fin  nobilísimo,  nada  tan  oportuno  como  la 
esmerada  publicación  y  divulgación  de  obras,  que,  por  plebiscito  uni- 
versal y  continuado  durante  tres  siglos,  sabemos  que  son  antídoto  efi- 
caz contra  toda  innovación  peligrosa  y  las  más  a  propósito  para  lle- 
var almas  a  Dios,  ñsí  nos  lo  decía  el  Papa  Pío  X,  de  feliz  recor- 
dación, por  estas  palabras:  «Ya  que  el  amor  a  la  novedad,  que  hoy 
priva  en  demasía,  ha  penetrado  hasta  en  el  campo  de  la  Ascética  y 
de  la  Mística  cristianas,  bien  se  echa  de  ver  cuánto  importa  mantener 
religiosamente  las  enseñanzas  de  Santa  Teresa  en  estas  materias»  (3), 


1  «Une  bonne  définitlón  de  1 '  hjjstérie  n  '  a  jamáis  été  donnée  et  ne  le  sera  jamáis». 
Cfr.  Dictionnaite  apologétique  de  la  foi  catholique,  article  Hystéria. 

2  Cfr.  Conversión  et  neurosis.  Conferencia  dada  en  el  Instituto  católico  de  París  el  9  de 
Marzo  de  1911,  por  Mainage.  Un  resumen  de  todas  estas  teorías,  con  sus  innumerables  aplica- 
ciones, que  han  tomado  gran  incremento  desde  que  Vundt  abrió  en  Leipzig,  año  de  1878,  el 
primer  laboratorio  de  Psicología  experimental,  puede  verse  en  la  obra  de  J.  de  la  Vaissiere, 
Elements  de  psychologie  experiméntale.  París  1912. 

3  Carta  al  General  de  los  Carmelitas  Descalzos,  7  de  Marzo  de  1914. 


IV 


LENGUAJE    Y    ESTILO    DE    SANTA    TERESA. — BELLEZAS    Y    DEFECTOS, — JUICIOS    DE    AL- 
GUNOS    LITERATOS     EMINENTES. 


ñunque  tratándose  de  escritos  místicos  de  tan  alta  valía  como 
los  de  Santa  Teresa  los  méritos  literarios  que  puedan  tener,  forzosa- 
mente han  de  ser  de  segundo  orden<,  y  más  en  ella,  que  no  fué  literata 
de  profesión,  ni  dilettante  siquiera,  ni  en  su  vida  presumió  aderezarse 
con  las  vistosas  galas  del  buen  decir,  no  los  podemos  pasar  por  alto, 
comoquiera  que  la  Doctora  de  flvila  es  modelo  de  una  genial,  peregri- 
na y  encantadora  literatura,  que  ni  conoce  ascendientes  ni  ha  podido 
tener  imitadores.  Sola  luce  con  propio  fulgor  en  el  cielo  de  las  letras. 
Su  lenguaje  y  estilo  son  fermosa  cobertura  de  sus  bellos  pensamientos 
y  afectos  encendidos.  El  alma  candorosa  y  hermosísima  de  la  Santa 
pasó  toda  entera  a  sus  libros,  y  ellos  la  espejan  con  absoluta  fidelidad. 

Dijimos,  hablando  de  sus  escritos,  que  no  eran  artificiosos  y  con- 
certados, que  se  advertía  en  ellos  cierto  ingenuo  desaliño  y  abandono, 
que  exponía  los  conceptos  como  a  su  pluma  venían,  sin  cuidarse  gran 
cosa  de  su  trabazón  y  ornato.  Con  esta  naturalidad  de  exposición  doc- 
trinal no  habría  armonizado  bien  un  estilo  laborioso,  retórico  y  acicala- 
do. Los  rebuscadores  de  ápices  gramaticales  y  esclavos  de  las  reglas 
literarias  desdeñarán  estos  escritos,  que  a  veces  semejan,  por  los  inci- 
sos, paréntesis  y  transposiciones,  inextricable  alagarabía;  y  sin  embargo, 
los  más  grandes  conocedores  del  idioma  castellano  han  visto  en  esto 
mismo,  primores  inapreciables  de  lengua,  bellezas  de  subidos  quilates, 
la  fabla  vulgar  más  artística  que  salió  de  pluma  española. 

La  Santa,  que  no  aprendió  por  método  científico  las  doctrinas  que 
tan  maravillosamente  explica,  no  estudió  tampoco  la  forma  de  vestir- 
las con  elegancia.  Si  elegantes  y  dignas  salieron  a  la  pública  luz, 
débese,  no  al  pacienzudo  estudio  del  literato  que  cuenta  las  palabras 

5 


LVra  PRELIMINARES 

ü  los  acentos,  i)  analiza,  pule,  retoca  y  castiga  mil  veces  los  períodos; 
sino  a  su  ingenio  natural  y  gracioso,  que  acertó  a  expresar  a  la  pri- 
mera con  propiedad,  concisión,  casticidad  y  limpieza  de  frase,  lo  que 
otros  con  trastornar  la  retórica,  como  hermosamente  dice  la  Santa 
a  distinto  propósito,  apenas  logran  conseguirlo.  No  hay  un  solo  período 
en  sus  escritos  que  denuncie  trabajo  artificioso  de  formación;  las  fra- 
ses bien  cortadas  y  hermosas  en  que  estos  libros  abundan,  considérense 
como  frutos  espontáneos  de  su  lozana  fantasía,  que  conservó  fresca 
y  robusta  hasta  los  últimos  años  de  su  enfermiza  y  trabajosa  senectud. 

La  prosa  de  Santa  Teresa  no  es  opulenta  y  rotunda,  ni  se  desata 
en  raudales  de  luz  y  armonía  imitativa;  aunque,  a  veces,  cuando  habla 
de  Dios,  brillan  sus  frases  con  luz  de  divinidad,  relampaguean  con  apa- 
cible fulgor  de  cielo,  semejante  al  que  debió  de  esclarecer  los  profundos 
senos  de  su  alma  en  el  momento  de  escribirlas.  De  ordinario,  es  apa- 
cible y  serena;  no  con  la  fría  y  marmórea  serenidad  helénica,  sino 
con  la  caliente  y  animada  de  un  alma  a  quien  mueve  el  espíritu  de 
Dios,  que  no  es  violento  y  tormentoso.  Aun  en  los  casos  en  que  su 
prosa  semeja  volcán  arrojando  fuego,  el  movimiento  es  más  bien  ex- 
terno; en  el  fondo,  el  alma  goza  en  dulce  calma  y  reposo  de  la  pre- 
sencia del  ñmado  que  exteriormente  la  agita. 

Para  expresar  el  pensamiento  no  anda  la  Santa  en  rodeos  y  coque- 
terías literarias,  mal  avenidas  con  su  naturalidad  en  todo;  siempre  echa 
por  el  atajo  o  por  el  camino  más  corto  al  fin  que  se  propone.  Todo 
lo  sacrifica  a  la  claridad  de  expresión;  cuando  la  frase,  a  su  parecer, 
no  refleja  bien  la  idea,  apela  a  comparaciones  e  imágenes  muy  inge- 
niosas; si  ni  este  recurso  le  satisface,  lo  declara  ingenuamente  y  pasa 
a  otra  cosa  sin  grande  sentimiento.  Un  literato  o  un  sabio,  rara  vez 
confiesan  la  imposibilidad  de  reducir  a  fórmula  precisa  las  ideas  que 
les  bullen  en  la  mente;  Santa  Teresa  lo  hace  a  cada  instante;  a  veces 
sin  debido  fundamento,  y  lo  hace  tan  donosamente,  que  el  lector  no 
puede  menos  de  reírse,  y  celebrarla  y  alabar  a  Dios  que  tanta  gracia 
puso  en  esta  incomparable  mujer.  Pocas  veces  se  siente  el  corazón 
tan  irresistiblemente  atraído  y  subyugado  como  al  leer  estas  graciosí- 
simas confesiones  de  la  humilde,  angelical  y  saladísima  escritora  cas- 
tellana. 

Educada  como  era  costumbre  en  las  hidalgas  familias  de  regu- 
lar posición  del  siglo  XVI,  no  conocía  el  lenguaje  de  los  eruditos 
g  cultivados  ingenios.  La  lengua  aun  no  se  había  fijado.  Nuestros 
más  autorizados  escritores  comenzaban  a  publicar  sus  libros  cuando 
la  Santa  aprendió  a  leer  y  escribir,  que  a  poco  más  alcanzaban  los 
estudios  de  la  mujer  en  aquella  época.  Santa  Teresa  habla  el  lengua- 
je del  pueblo,  sin  los  descuidos  y  vulgarismos  extremosos  de  la  ruda 


PRELIMINARES  1,IX 

gente  del  campo.  Palabras  como  agora,  efeto,  mesmo,  dinidad,  disbarate, 
discrición  y  otras  similares,  que  hoy  sólo  emplea  el  vulgo  ignorante, 
las  empleaban  entonces  los  muy  letrados,  y   aun  el  mismo  Cervantes, 

Frecuentemente  hallamos  en  los  escritos  de  la  Santa  concordan- 
cias defectuosas  de  artículo  en  plural  con  el  nombre  en  singular:  «Los 
trabajo»  «las  verda»;  mucho  más  frecuente  es  todavía  no  poner  en 
plural  los  verbos  por  muchos  que  sean  los  sujetos  que  los  rijan:  «los 
trabajos  y  la  pena  de  ser  monja  no  podía  ser  mayor»,  y  viceversa  el 
verbo  en  plural  cuando  debiera  estar  en  singular.  Esta  libertad  de  sinta- 
xis, estas  faltas  de  concordancia,  sobre  todo  de  los  sujetos  y  el  verbo, 
abundan  en  nuestros  clásicos,  los  cuales  se  recomiendan  más  por  la 
riqueza,  pureza  y  propiedad,  que  por  la  corrección  del  lenguaje.  Casi 
todos  pecan  de  cierto  desaliño.  Algunos  defectos  en  los  escritos  de  la 
Santa  no  hay  que  atribuirlos  a  ignorancia,  ni  a  que  fueran  corrientes 
en  el  habla  y  escritura  de  aquel  siglo,  sino  a  que  escribía  agobiada 
de  negocios  y  ocupaciones  graves,  y  no  tenía  tiempo  para  corregir 
los  descuidos  escapados  a  su  pluma.  En  sus  autógrafos  hay  palabras 
faltas  de  letras  y  aun  de  sílabas,  y  otras  en  que  puso  una  letra  por 
otra;  defectos  propios  de  todo  aquel  que  escribe  a  escape  y  no  se 
detiene  a  leer  lo  escrito. 

En  cambio,  ¡qué  tesoro  tan  acaudalado  y  rico  de  frases  casti- 
zas y  hermosas  se  hallan  en  estas  obras!  ¡qué  propiedad  en  las 
palabras  I  ¡qué  concisión  en  los  pensamientos!  ¡qué  libertad  y  desem- 
barazo de  lengua  en  las  cosas  de  más  difícil  vestimenta  externa! 
¡qué  movida  y  amena  es  su  prosa  aun  cuando  viste  austeros  y  gra- 
ves pensamientos!  Contra  los  que  suponen  que  la  devoción  es  taciturna 
y  melancólica,  áspera  y  poco  comunicativa,  nada  mejor  para  que  de- 
pongan su  engaño  que  la  Santa,  jovial  y  afable,  rebosando  bondad  y 
simpatía  en  sus  libros,  lo  mismo  que  en  su  noble  corazón.  Por  ellos 
corre  abundante  la  vena  del  ingenio  festivo  y  gracioso,  sin  que  en  sus 
gracias  haya  nada  que  tildar,  porque  antes  de  proferirlas,  las  purifi- 
caba en  el  horno  de  su  ardiente  caridad.  Cuando  describe  es  exacta 
y  brillante;  cuando  narra,  llana  y  desembarazada;  cuando  habla  de 
Dios  y  sus  perfecciones,  profunda,  cálida  y  vehemente.  Su  pluma  ha 
dibujado  retratos  magistrales,  que  nunca  se  borran  de  la  imaginación; 
unas  veces  concisos  y  vigorosos,  como  el  de  San  Pedro  de  Alcántara, 
el  hombre  que  parecía  hecho  de  raíces  de  árboles  (1);  otras  suaves  y 
apacibles,  como  el  de  aquel  religioso  extraordinario  y  queridísimo  hijo 
suyo,  P.  Jerónimo  Gradan;  otras  ingeniosos  y  llenos  de  fino  y  sano 
humorismo,  como  el  de  su  Senequíta,  el  austero  habitador  de  Duruelo, 


1      Vida,  c.  XXVII. 


LX  PRELIMINARES 

San  Juan  de  la  Cruz.  En  resolución;  Santa  Teresa,  con  su  peculiar 
estilo,  tiene  méritos  sobrados  para  figurar  entre  los  mejores  maestros 
del  habla  castellana. 

Una  lengua  de  tan  rancio  abolengo  como  la  nuestra,  no  debe  ser 
estudiada  sólo  en  el  momento  actual,  como  rutinariamente  vienen 
haciéndolo  muchos  de  nuestros  gramáticos  y  escritores  de  preceptiva 
literaria,  ensañándose  torpemente  contra  todo  lo  que  no  encaja  en 
los  reducidos  límites  de  su  mezquina  comprensión  pscudo-clásica,  y 
empobreciendo  el  riquísimo  léxico  de  nuestro  idioma.  La  supervivencia 
de  numerosos  modismos  del  período  preclásico  y  clásico  en  nuestra 
lengua  hablada,  tenidos  por  los  conocedores  incompletos  de  la  len- 
gua por  incorrectos  y  arcaicos,  la  hermosa  variedad  y  admirable  des- 
embarazo en  que  se  ha  desenvuelto  el  idioma  español  en  sus  evolucio- 
nes y  modificaciones  fonéticas,  morfológicas  y  sintácticas,  con  otras 
muchas  propiedades  relevantes  que  lo  hermosean,  tienen  en  Santa  Te- 
resa uno  de  los  modelos  más  acabados  de  nuestra  Literatura.  Mientras 
no  se  estudien  con  amplitud  los  problemas  filológicos,  y  el  conocimien- 
to de  la  Gramática  histórica,  brillantemente  comenzado  por  el  sabio 
profesor  de  la  Central  Menéndez  Pidal,  y  continuado  por  algunos  de 
sus  discípulos,  llegue  a  pleno  desarrollo,  será  difícil  apreciar  todos 
los  primores  de  lengua  que  encierran  los  escritos  de  Santa  Teresa. 
Buena  falta  hacen  estudios  de  este  género  para  no  soportar  por  más 
tiempo  esos  Manuales  de  literatura,  tan  rutinarios  como  superficia- 
les, que  tanto  abundan,  y  que  son  una  verdadera  calamidad  literaria, 
sostenida  y  fomentada  por  nuestra  habitual  pereza  de  no  recurrir  a  las 
fuentes  originales  y  penetrar  hasta  las  entrañas  de  nuestro  hermoso 
idioma.  No  es  extraño  que  estos  preceptistas  adocenados  encuentren 
pocas  bellezas  en  los  escritos  de  la  mística  Doctora. 

Los  más  profundos  conocedores  del  habla  castellana,  han  apre- 
ciado en  todos  los  tiempos  las  buenas  cualidades  de  lenguaje  y  estilo 
de  Santa  Teresa,  como  los  grandes  teólogos  su  doctrina  mística.  Célebre 
es  el  elogio  que  de  estas  obras  hace  nuestra  primera  autoridad  literaria 
del  siglo  XVI,  el  Maestro  Fr.  Luis  de  León,  en  la  carta  que  escribió 
a  Rna  de  Jesús  y  monjas  del  Monasterio  de  Madrid,  publicada  al  frente 
de  la  primera  edición  de  las  obras  de  la  Santa,  que  él  cuidó¡  y  dirigió. 
Aunque  el  célebre  ñgustino  no  conoció  a  la  Reformadora,  la  vio  muy 
al  natural,  como  él  hermosamente  dice,  «en  dos  imágenes  vivas  que  nos 
dejó  de  sí,  que  son  sus  hijas  y  sus  libros».  Hablando  de  esta  segunda 
imagen,  escribe:  «Y  no  es  menos  clara  ni  menos  milagrosa  la  segunda 
que  dije,  que  son  las  escrituras  y  libros,  en  los  cuales,  sin  ninguna 
duda,  quiso  el  Espíritu  Santo  que  la  Madre  Teresa  fuese  un  ejemplo 
rarísimo,  porque  en  la  alteza  de  las  cosas  que  trata  y  en  la  delicadeza 


PRELIMINARES  LXI 

y  claridad  con  que  las  trata,  excede  a  muchos  ingenios.  Y  en  la  forma 
de  decir  y  en  la  pureza!  y  facilidad  del  estilo,  y  en  la  gracia  y  buena 
compostura  de  las  palabras,  y  en  una  elegancia  desafeitada  en  extre- 
mo, dudo  yo  que  haya  en  nuestra  lengua  escritura  que  con  ellos  se 
iguale».  Y  más  adelante,  quejándose  de  los  que  habían  hecho  algunas 
mudanzas  de  estos  venerables  escritos,  continúa:  «Fué  error  muy  feo 
querer  enmendar  las  palabras,  porque  si  entendieran  bien  castellano, 
vieran  que  el  de  la  Madre  es  la  misma  elegancia». 

Fray  Jerónimo  Gracián,  que  no  sólo  fué  elocuente  orador  y  aven- 
tajado escritor  ascético,  sino  también  excelente  hablista,  aunque  ape- 
nas lo  mencionen  los  historiadores  superficiales  de  nuestra  Literatura, 
preterición  de  la  cual  aun  no  está  redimido,  hablando  contra  los  que 
echaban  de  menos  el  método  y  orden  en  los  libros  de  la  Santa  dice: 
«Y  en  ir  en  aquel  estilo,  muestra  con  llaneza  la  verdad,  sin  compos- 
turas, retóricas,  ni  artificios.  Aunque,  si  bien  se  mira,  el  estilo  es 
altísimo  para  persuadir  y  hacer  fruto,  el  lenguaje  purísimo  y  de  los 
más  elegantes  en  lengua  española,  que  quizá  muchos  letrados  no  acer- 
taran a  decir  una  cláusula  tan  rodada  y  bien  dicha  como  ella  la  dice, 
aunque  borran  y  enmiendan  mil  veces.  Y  ella  lo  escribió  sin  enmendar 
papel  suyo  de  los  que  escribía  y  con  gran  velocidad,  porque  su  letra, 
aunque  de  mujer,  era  muy  clara,  y  escribía  tan  apriesa  y  velozmente, 
como  suelen  hacer  los  notarios»   (1). 

Conocidas  son  las  alabanzas  que  al  lenguaje  de  la  Santa  tributan 
sus  primeros  biógrafos.  Ribera,  Yepes  y  el  Cronista  de  la  Reforma 
del  Carmen,  Padre  Francisco  de  Santa  María.  Fray  Jerónimo  de  San 
José,  de  tan  depurado  gusto  crítico  y  refinado  aticismo,  hablando  de 
las  obras  de  la  Santa,  hace  estas  delicadas  observaciones  literarias:  «Su 
estilo  es  llano,  sencillo  y  caseroi,  y  juntamente  alto,  misterioso  y  divino; 
propiedades  en  que  esta  escritura  semeja  a  la  Sagrada.  Habla  familiar- 
mente con  sus  hijas  y  enseña  a  los  mayores  sabios.  Corre  el  discurso 
y  los  períodos  sin  tropiezo,  con  una  facilidad  y  lisura  no  imitable. 
Comienza  una  razón,  y  cuando  se  le  ofrece  otra  de  importancia,  inte- 
rrumpe aquélla  y  sigue  ésta,  y  vuelve  a  la  primera,  y  las  enlaza  de 
tal  arte,  que  siendo  a  veces  cosas  diversísimas,  hacen  un  tejido  y 
consonancia  maravillosa,  con  que  prende  la  voluntad  y  embebece  el 
discurso  del  que  va  leyendo.  ¡Con  qué  desembarazo  declara  cosas 
obscurísimas!  ¡con  qué  propiedad  y  sutileza  las  explica!  ¡con  qué 
orden  y  concierto  las  dispone!  ¡con  qué  viveza  las  representa  y  con 
qué  energía  y  suavidad  las  persuade!  No  hay  retórica  humana  que 
llegue   a   tan   poderosa   fuerza    de   decir;    porque   el    deleitar   y    mover, 


1      Lucidario  del  verdadero  espíritu,  c.  V. 


LXII  PRELIMINARES 

que  son  los  dos  efectos  más  próximos  de  aquella  arte,  en  ninguno  de 
los  que  el  mundo  celebra  por  maestros  della,  tanto  resplandecen  como 
en  las  palabras  de  Santa  Teresa  de  Jesús»  (1). 

«Si  los  ángeles  hablaran,  no  hablarían  de  otra  suerte»,  dice  Mayans 
sintetizando  el  elogio  de  Santa  Teresa.  Y  nuestro  Capmany  emplea 
setenta  y  ocho  páginas  de  su  obra  inmortal  Teatro  Histórico-Crítico 
de  la  elocuencia  española,  a  ensalzar  el  estilo  de  la  ilustre  castellana 
y  entresacar  dechados  de  sus  libros  y  de  sus  cartas  (2).  R  partir  del 
siglo  XVIII  no  hay  Antología  literaria  que  no  reproduzca  algunos 
pasajes  de  estos  libros  como  modelo  de  estilo  familiar  y  sencillo,  y  de 
castizo  y  propio  lenguaje. 

R  todos  se  aventajó  en  el  elogio  el  culto  y  eximio  estilista  D.  Juan 
Valera,  contestando  el  30  de  Marzo  de  1879  al  discurso  de  recepción 
en  la  Academia  de  la  Lengua  del  Conde  de  Casa-Valencia.  «Bien  pue- 
den nuestras  mujeres  de  España,  dice,  jactarse  de  esta  compatriota 
y  llamarla  sin  par.  Porque;  a  la  altura  de  Cervantes,  por  mucho  que  yo 
le  admire,  he  de  poner  a  Shakespeare,  a  Dante  y  quizás  al  ñriosto 
y  a  Camoens;  Fenelón  y  Bossuet  compiten  con  ambos  Luises,  cuando 
no  se  adelantan  a  ellos;  pero  toda  mujer  que  en  las  naciones  de 
Europa,  desde  que  son  cultas  y  cristianas,  ha  escrito,  cede  la  pluma 
y  aun  queda  inmensamente  por  bajo,  comparada  a  Santa  Teresa.., 
No  traigo  aquí  esta  cita  (acaba  de  hablar  del  resplandor  celestial 
de  que  vieron  algunas  monjas  bañado  el  rostro  de  la  Santa  cuando  es- 
cribía), como  prueba  de  milagro,  sino  como  prueba  candorosa  de  la 
facilidad,  del  tino,  del  inexplicable  don  del  cielo  con  que  aquella  mujer, 
que  no  sabía  gramática  ni  retórica,  que  ignoraba  los  términos  de  la 
escuela,  que  nada  había  estudiado,  en  suma,  adivinaba  la  palabra  más 
propia,  formaba  la  frase  más  conveniente,  hallaba  la  comparación  más 
idónea  para  expresar  los  conceptos  más  hondos  ij  sutiles,  las  ideas 
más  abstrusas  y  los  misterios  más  recónditos  de  nuestro  íntimo  ser. 

»Su  estilo,  su  lenguaje,  sin  necesidad  del  testimonio  de  las  her- 
manas, a  los  ojos  desapasionados  de  la  crítica  más  fría,  es  un  mi- 
lagro perpetuo  y  ascendente.  Es  un  milagro  que  crece  y  llega  a  su 
colmo  en  su  último  libro,  en  la  más  perfecta  de  sus  obras:  en  El 
Castillo  interior  o  Las  Moradas...  ñsí  escribió  su  libro  celestial,  ñsí, 
con  infalible  acierto  empleó  las  palabras  de  nuestro  hermoso  idioma, 
sin  adorno,  sin  artificio,  conforme  las  había  oído  en  boca  del  vulgo, 
en  explicar  lo  más  delicado  y  oscuro  de  la  mente;  en  mostrarnos  con 
poderosa  magia  el  mundo  interior,  el  cielo  empíreo,  lo  infinito  y  lo 


1  Historia  del  Carmen  descalzo,  1.  V,  c.  XVI,  págs.  918-919. 

2  Teatro  histórico  crítico  de  la  elocuencia  española,  t.  III,  pág.  169  jj  sigs. 


Í>RELlMINflRES  LXltí 

eterno,  que  están  en  el  abismo  del  alma  humana,  donde  el  mismo  Dios 
vive...  Entiendo  yo,  Señores,  por  todo  lo  expuesto,  y  por  la  atenta 
lectura  de  los  libros  de  la  Santa,  y  singularmente  de  El  Castillo  in- 
terior, que  el  hechizo  de  su  estilo  es  pasmoso,  y  que  sus  obras,  aun 
miradas  sólo  como  dechado  y  modelo  de  lengua  castellana,  de  natu- 
ralidad y  gracia  en  el  decir,  debieran  andar  en  manos  de  todos  y  ser 
más  leídas  de  lo  que  son  en  nuestros  tiempos». 

Nunca  habló  de  propósito,  sino  breve  e  incidentalmente,  de  los 
escritos  de  la  Santa  Madre,  el  malogrado  Maestro  de  maestros  y  asom- 
broso polígrafo,  D.  Marcelino  Menéndez  y  Pelayo;  sin  embargo,  como 
por  la  garra  se  conoce  el  león,  así  por  algunas  vigorosas  pincela- 
das suyas  conoceremos  lo  que  sentía  sobre  la  Santa  este  rey  de  la 
crítica  literaria.  Deseos  tuvo  de  escribir  algunas  páginas  sobre  estas 
obras;  pero  Dios  no  quiso  alargar  su  fecunda  vida  tanto  como  hubiéra- 
mos deseado  los  amantes  de  la  literatura  patria  (1).  Ya  en  su  discurso 
de  ingreso  en  la  Española  en  1881,  elogiando  la  exquisita  pureza  de 
la  forma  y  la  abundancia  y  flexibilidad  alcanzadas  por  nuestro  idioma 
en  el  siglo  XVI,  dice  de  Santa  Teresa:  «Siglo  en  que  la  mística  caste- 
llana dio  gallarda  muestra  de  sí,  libre  e  inmune  de  todo  resabio  de 
quietud  y  de  panteísmo,  y  corrió  como  generosa  vena  por  los  campos 
de  la  lengua  y  del  arte,  fecundando  la  abrasadora  elocuencia  del 
apóstol  de  Andalucía,  el  severo  y  ascético  decir  de  San  Pedro  de  al- 
cántara, la  regalada  filosofía  de  amor  de  Fray  Juan  de  los  Angeles, 
la  robusta  elocuencia  del  Venerable  Granada,  toda  calor  y  afectos 
que  arrancan  lumbre  del  alma  más  dura  y  empedernida,  el  pródigo 
y  mal  represado  lujo  de  estilo  de  Malón  de  Chaide,  la  severa  luz  pla- 
tónica que  se  difunde  por  los  Nombres  de  Cristo  de  Fray  Luis  de  León, 
y  la  alta  doctrina  del  conocimiento  propio  y  de  la  unión  de  Dios  con 
el  centro  del  alma,  expuesta  en  las  Moradas  teresianas,  como  en  plá- 
tica familiar  de  vieja  castellana  junto  al  fuego.  ¿Quién  ha  declarado 
la  unión  extática  con  tan  graciosas  comparaciones  como  Santa  Teresa: 


1  Uno  de  los  mauores  deseos  de  Menéndez  y  Pelayo,  en  su  afán  constante  de  rehacer  la 
historia  de  las  patrias  letras,  fué  la  publicación,  en  ediciones  correctas,  de  los  grandes  místicos 
españoles,  que  forman  la  mejor  parte  de  nuestro  caudal  literario.  Cualquier  estudio  sobre  esto 
merecía  su  aprobación,  y  alentaba  a  proseguirlo  con  esa  benevolencia  de  criterio  propia  de  los 
grandes  ingenios.  Uno  de  los  últimos  veranos,  tuvimos  la  fortuna  de  saludar  al  inolvidable 
Maestro  en  su  riquísima  Biblioteca  de  Santander  g  ver  la  grata  impresión  que  le  produjo  el  prO'- 
pósito  que  teníamos  de  publicar  una  nueva  edición  de  las  obras  de  Santa  Teresa.  Sin  esfuerzo 
accedió  a  nuestro  ofrecimiento  de  que  se  dignase  hacer  un  estudio  crítico  de  la  insigne  escri" 
toia,  como  ya  le  tenía  prometido  del  autor  de  la  Noche  oscura,  para  la  excelente  edición  que 
de  sus  escritos  ha  publicado  el  P.  Gerardo  de  San  Juan  de  la  Cruz.  La  muerte  malogró  estos 
propósitos,  privándonos  de  un  trabajo  que  nadie  como  él  hubiese  podido  realizar.  D.a  Blanca 
de  los  Ríos,  en  el  Homenaje  a  Santa  Teresa  de  Jesús,  publicado  en  1914,  bajo  el  título  de 
«Juicios  y  propósitos  de  Menéndez  y  Pelayo»,  nos  ha  dado  a  conocer  algunos  temas  referentes 
a  Santa  Teresa,  sobre  los  que  deseaba  haber  escrito  el  inmortal  crítico  de  nuestra  Literatura. 


LXIV  PRELIMINARES 

ya  de  las  dos  velas  que  juntan  su  luz,  ya  del  agua  del  cielo  que  viene 
a  henchir  el  cauce  de  un  arroyo?  ¿Y  qué  diremos  de  aquella  porten- 
tosa representación  suya  de  la  presencia  divina,  «como  un  claro  dia- 
mante», o  como  un  espejo  en  que  por  subida  manera  y  «con  espantosa 
claridad»  se  ven  juntas  todas  las  cosas,  sin  que  haya  ninguna  que 
salga  fuera  de  su  grandeza?  Ni  Malebranchc  ni  Leibnitz  imaginaron 
nunca  más  soberana  ontología». 

«La  extática  Doctora  avilesa,  dice  en  otra  parte,  serafín  abrasado 
en  amor  divino,  heroica  fundadora,  nacida  para  revelar  al  mundo  los 
más  hondos  misterios  del  erotismo  sagrado,  los  regalados  favores  del 
celestial  Esposo,  y  para  penetrar,  cuanto  en  existencia  terrena  es  dado, 
en  el  piélago  de  la  bondad  y  hermosura  divina,  sin  perderse  en  las 
torcidas  corrientes  panteísticas;  intérprete,  como  ningún  otro  mortal, 
de  la  sublime  armonía  y  del  lenguaje  de  los  ángeles,  que  ella  repro- 
dujo con  gracia  de  mujer,  y  de  mujer  castellana,  en  libros  que,  (para 
valemos  de  la  frase  discretísima  de  un  sabio  profesor  catalán),  con 
ser  de  los  henchidos  «de  más  alta  doctrina,  más  que  libros,  semejan 
candorosa  plática  familiar».  Cita  D.  Marcelino  las  palabras  de  Fray 
Luis  de  León  que  dejamos  arriba  transcritas  y  continúa:  «Y  tanta 
verdad  es  esto,  que  por  una  sola  página  de  Santa  Teresa  pueden 
darse  infinitos  celebrados  libros  de  nuestra  literatura  y  de  las  extra- 
ñas, y  por  la  gloria  que  nuestro  país  tiene  en  haberla  producido,  cam- 
biaría yo  de  buen  grado,  si  hubiéramos  de  perder  una  de  ambas  cosas, 
toda  la  gloria  militar  que  oprime  y  fatiga  nuestros  anales...  No  hay 
en  el  mundo  prosa  ni  verso  que  basten  a  igualar,  ni  aun  de  lejos 
se  acerquen,  a  cualquiera  de  los  capítulos  de  su  vida  que  de  sí  propia 
escribió  Santa  Teresa  por  mandado  de  su  confesor;  autobiografía  a 
ninguna  semejante,  en  que,  con  la  más  peregrina  modestia,  se  narran 
las  singulares  mercedes  que  Dios  la  hizo,  y  se  habla  y  discurre  de 
las  más  altas  revelaciones  místicas  con  una  sencillez  y  un  sublime 
descuido  de  frase,  que  deleitan  y   enamoran»   (1). 

Con  tierna  devoción  y  cálida  elocuencia  habla  del  estilo  teresiano 
la  mujer  española  por  labios  de  Doña  Blanca  de  los  Ríos  de  Lam- 
pérez,  que  tan  sólido  crédito  literario  se  ha  granjeado  en  todos  los 
países  de  lengua  castellana:  «La  prosa  de  Santa  Teresa,  dice,  es 
inseparable  de  su  espíritu,  es  la  estética  de  su  santidad;  conserva 
la  impronta  de  su  alma;  es  humildad  sin  afeites;  es  anhelo  generoso 
de  que  todos  gustasen  el  bien  de  que  ella  gustaba,  vertiéndolo  en  pa- 
labras claras  como  la  luz;  es  amor  efusivo,  inmenso,  que  hierve  y  es- 
talla bajo  la  delgada  envoltura   de  su  habla  transparente.  Con  la  re- 


1       Prólogo  a  las  Poesías  de  Evaristo  Silió,  escrito  en  187Ó  y  reproducido  en  la  edición  de 
1898  con  la  autorización  previa  del  Sr.  Menéndez  y  Pelayo. 


PRELIMINARES  LXV 

verenda  de  quien  maneja  riquezas  de  Dios,  aparta  la  Santa  de  su 
estilo  todo  arrequive  profano,  toda  reminiscencia  gentílica;  y  con  ím- 
petu valiente,  españolísimo,  poseída  de  su  misión  renovadora  en  todo, 
echa  a  rodar  los  viejos  trastos  de  escribir,  la  balumba  de  erudición 
antigua  que,  desde  el  siglo  XIII,  agobiaba  las  espaldas  de  la  literatura, 
y  entorpecía  los  pasos  a  la  naturalidad  gallarda;  suprime  el  pe- 
dantismo de  las  autoridades  (cita  de  memoria  y  como  dudando,  o 
haciéndose  perdonar  el  saber);  rompe  con  los  vicios  atávicos  de  la 
raza  (el  conceptismo,  el  cultismo  y  el  énfasis);  huye  como  de  la  peste 
de  los  discreteos  alambicados  y  de  las  empalagosas  dulcedumbres;  y, 
como  si  en  el  sólido  tintero  de  loza  talaverana  bebiese  su  pluma  en 
vez  de  tinta  luz  y  jugo  de  verdad,  rompe;  a  escribir  como  se  habla  en 
la  vida,  familiar,  sencilla,  entrañablemente;  como  un  alma,  sin  leva- 
dura de  engaños,  conversaba  íntima,  regaladamente  con  Dios,  como 
nunca  supieron  hablar  libros  humanos,  y  emancipa  gloriosamente  la 
prosa  de  Castilla  de  todo  yugo  y  servidumbre,  enseñándole  a  andar 
con  su  pie   y  a  volar  con  sus  propias  alas»  (1). 

No  han  sido  menos  pródigos  en  elogios  al  estilo  de  la  Santa  los 
literatos  extranjeros,  que  han  conocido  nuestra  lengua  lo  suficiente 
para  saborear  sus  bellezas.  Para  no  ser  interminable  citando,  nos 
limitaremos  a  la  autoridad  de  dos  insignes  hispanófilos  recientes,  am- 
bos protestantes,  el  inglés  Fitzmaurice-Kelly  y  el  alemán  ñdán  Fede- 
rico Schack. 

Dice  el  primero:  «Santa  Teresa  no  es  solamente  una  santa  glo- 
riosa y  una  brillante  figura  en  los  anales  del  pensamiento  religioso; 
es  también  un  milagro  de  genio,  es  quizá  la  mujer  más  grande  de 
cuantas  han  manejado  la  pluma,  la  única  de  su  sexo  que  puede  colo- 
carse al  lado  de  los  más  insignes  maestros  del  mundo.  Macaulay  ha 
hecho  notar,  en  ensayo  famoso,  que  el  Protestantismo  no  ha  ganado  una 
pulgada  de  terreno  desde  mediados  del  siglo  XVI.  San  Ignacio  de 
Loyola  y  Santa  Teresa  son  el  alma  y  el  cerebro  de  la  reacción  cató- 
lica... Santa  Teresa  pertenece  a  la  humanidad...  Podían  Boscán  y  Gar- 
cilaso  influir  en  los  poetas  eruditos  y  cortesanos;  pero  nada  significa- 
ban ante  el  brioso  castellano  de  Santa  Teresa  de  Jesús,  que  manejó 
el  idioma  con  maestría  incomparable...  La  sencillez  y  la  brevedad  son 
las  cualidades  distintivas  de  Santa  Teresa;  pero  lo  más  admirable  es 
cómo    adquirió    ese    estilo    tan    perfecto»    (2). 


1  Discurso  pronunciado  en  el  Ateneo  de  Salamanca  el  día  24  de  Abril  de  1914,  en  la  ve- 
lada literaria  para  conmemorar  el  tercer  Centenario  de  la  beatificación  de  Santa  Teresa. 

2  Historia  de  la  literatura  española  desde  los  orígenes  hasta  el  año  1900,  por  Jaime 
Fitzmaurize-Kelly,  traducida  del  inglés  ü  anotada  por  Adolfo  Bonilla  y  San  Martín,  con  un  es- 
tudio preliminar,  por  Marcelino  Menéndez  a  Pelayo. 


LXVI  PRELIMINARES 

Adán  Federico  Schack,  autor,  entre  otras  obras,  de  la  Historia  de 
la  literatura  y  del  arte  dramático  en  España,  escribe;  «Entre  los 
santos  de  la  Iglesia  católica  que  más  se  han  distinguido  por  su  amor 
a  la  humanidad  y  sincero  entusiasmo  por  lo  sobrenatural,  merece  lugar 
preferente  Santa  Teresa  de  Jesús.  Sus  asombrosos  escritos  son  justa- 
mente tenidos  como  inspirados.  Por  una  sola  página  de  ellos  daría  go 
con  gusto  todos  los  discursos  pronunciados  por  nuestros  académicos 
ü  parlamentarios»  (1).  Y  en  otra  parte:  «No  hay  mujer  de  nación  al- 
guna que  pueda  compararse  a  la  admirable  hija  de  Avila.  Podemos  creer 
que,  a  semejanza  del  apóstol  San  Juan,  un  águila  del  cielo  le  ofreció 
su  pluma  al  escribir  el  Camino  de  Perfección  y  Las  Moradas-»  (2). 


1  Ein  halbes  Jahthundert  Erínnerunffen  und  Mufzeichungen.  Stuttgart,  1888,  t.  I,  p.  139. 

2  Ibld.,  t.  II.  p.  258.    Puede  verse  también   el   artículo  Die  Steüung  der  heiligen  Theresia 
in  der  Literatur,  publicado  en  la  Revista  SkapuUer,  Noviembre  de  1914. 


NUMERO    y    iCLflSIFICflCION    DE    LOS    ESCRITOS    DE    SflNTfl    TERESA. — flUTOGRaFOS    QUE 
HAN    LLEGADO    HASTA    NOSOTROS. — REPRODUCCIONES    FOTOLITOGRAFICAS. 


Varias  obras  escribió  Santa  Teresa,  no  por  gusto  propio— jamás 
presumió  de  letrera — sino  por  indicación  de  sus  directores  o  de  aque- 
llos con  quienes  mantuvo  relaciones  espirituales  (1).  Cuantos  trataron 
a  la  Virgen  de  Avila,  comprendieron  los  grandes  tesoros  de  virtud  que 
su  corazón  e  inteligencia  encerraban,  g  les  pareció  recia  cosa  escon- 
derlos entre  los  pliegues  de  una  humildad  mal  entendida,  ya  que, 
sacados  a  la  pública  luz,  tantos  bienes  podían  reportar  a  las  almas. 
Para  dar  a  conocer  el  estado  de  su  conciencia,  escribió  su  primer  libro, 
que  la  Santa,  con  hermosa  y  propia  palabra,  llama  mi  alma  (2);  por- 
que en  él  la  fotografió  sin  duda  con  fidelidad  y  gracia  inimitables. 
Para  edificación  y  provecho  de  sus  hijas,  escribió  los  demás.  Fundadora 
y  madre  de  una  porción  escogida  de  almas  buenas,  deseosas  de  alle- 
garse a  Dios  por  la  austeridad  y  el  amor,  trató  de  ilustrar  sus  espí- 
ritus con  las  muchas  luces  que  ella  recibía. 

Fr.  Jerónimo  de  San  José  enumera  en  la  siguiente  forma  sus  es- 
critos: «Cinco  libros,  dice,  y  siete  opúsculos  o  tratados  escribió  Santa 
Teresa  nuestra  Madre.  Los  libros  son:  el  de  su  Vida,  Camino  de  Perfec- 


1  Sobre  esto  refiere  el  P.  Gracián  en  el  capitulo  V  de  su  Lucidario  del  verdadero  espí- 
ritu: «Persuadíale  uo  estando  en  Toledo  a  la  Madre  Teresa  de  Jesús,  con  mucha  importunación, 
que  esaibiese  el  libro,  que  después  escribió,  que  se  llama  de  Las  Moradas.  Ella  me  respondía 
la  misma  razón  que  he  dicho,  jj  la  dice  muchas  veces  en  sus  libros  casi  con  estas  palabras: 
¿Para  qué  quieren  que  escriba?  Escriban  los  letrados  que  han  estudiado,  que  yo  soij  una  tonta 
B  no  sabré  lo  que  me  digo.  Pondré  un  vocablo  por  otro,  con  que  haré  dafto.  Hartos  libros  hay 
escritos  de  cosas  de  oración.  Por  amor  de  Dios,  que  me  dejen  hilar  mi  rueca  y  seguir  mi  coro 
H  oficios  de  religión,  como  las  demás  hermanas,  que  no  soy  para  escribir,  ni  tengo  salud  y  ca- 
beza para  ello». 

2  En  carta  a  D.a  Luisa  de  la  Cerda,  pidiendo  procure  el  libro  de  la  Vida  que  le  tenía  el 
maestro  de  Avila,  le  dice:  «Mire  V.  S.,  pues  le  encomendé  mi  alma,  que  me  la  envíe  con  re- 
caudo lo  más  presto  que  pudiere». 


LXVIIi  PRELIMINARES 

cióti,  Las  Moradas,  Las  Fundaciones,  Meditaciones  sobre  los  Cantares, 
Los  opúsculos  son:  Modo  de  visitar  sus  conventos,  Exclamaciones,  Avisos 
espirituales.  Relaciones  de  su  espíritu,  Mercedes  que  le  hizo  el  Señor, 
Versos  devotos  que  compuso,  Cartas  a  diferentes  personas.  De  suerte 
que  entre  libros,  opúsculos  y  tratados,  vienen  a  ser  doce  las  obras 
todas  que  escribió  la  Santa»  (1). 

Hderaás  de  estas  obras,  se  han  prohijado  a  Santa  Teresa  algunas 
otras,  aunque  no  con  bastante  fundamento.  De  unas  palabras  del  ca- 
pítulo VII  de  las  Fundaciones,  han  conjeturado  algunos  que  la  Santa 
escribió  un  libro  sobre  la  melancolía.  Dice  en  el  lugar  citado:  «Estas 
mis  hermanas  de  San  José  de  Salamanca,  a  donde  estoy  cuando  esto 
escribo,  me  han  mucho  pedido  diga  algo  de  cómo  se  han  de  haber 
con  las  que  tienen  humor  de  melancolía;  y  porque  por  mucho  que 
andemos  procurando  no  tomar  las  que  le  tienen,  es  tan  sutil  que  se 
hace  mortecino  para  cuando  es  menester,  y  ansí  no  lo  entendemos  hasta 
que  no  se  puede  remediar.  Paréceme  que  en  un  librico  pequeño  dije 
algo  de  esto,  no  me  acuerdo».  De  las  palabras  referidas  se  deduce 
solamente  que  la  Santa  había  escrito  algo  sobre  esta  enfermedad  que 
tantos  daños  morales  causa  en  las  comunidades  religiosas;  pero  no  que 
hubiese  compuesto  un  libro  entero.  Como  en  el  Camino  de  Perfección 
habla  en  distintas  ocasiones  de  la  melancolía,  cuando  declara  las  con- 
diciones que  han  de  tener  las  postulantes  al  hábito  del  Carmen  refor- 
mado, parece  indudable  que  hace  referencia  a  él,  ya  que  la  Santa 
siempre  llamó  pequeño  al  Paternóster,  en  oposición  al  libro  de  la 
Vida,  mucho  más  voluminoso.  Según  esto,  no  creo  se  deba  perder  tiem- 
po en  hallar  un  libro  que  nunca  ha  existido.  El  eminente  crítico  íere- 
siano,  P.  Andrés  de  la  Encarnación,  sospecha  si  este  libro  andaría 
con  los  del  P.  Gracián.  «Un  tratado  de  Melancolía,  escribe,  se  rela- 
ciona entre  los  escritos  del  P.  Gracián,  que  dice  nuestra  Biblioteca 
haber  quedado  en  poder  de  su  hermano  D.  Tomás  Gracián,  y  no  es 
dudable  los  conserven  aún  cuidadosamente  sus  descendientes,  que  se 
me  ha  dicho  paran  algunos  en  Zaragoza»  (2). 

Otro  libro  ha  venido  considerándose  como  de  la  Santa  desde 
que  en  1630  lo  insertó  Moreto  en  la  edición  de  sus  obras,  hecha 
en  ñmberes.  La  única  razón  de  publicarlo  como  de  la  santa  Doctora, 
fué  haberse  hallado  entre  algunos  papeles  que  de  ella  tenía  D.a  Isa- 
bel de  Avellaneda,  mujer  de  D.  Iñigo  de  Cárdenas,  Presidente  del 
Consejo  de  Castilla.  Lleva  por  título  la  obra  Siete  meditaciones  sobre 
el  Paternóster.  Su  autor  hace  un  comento  piadoso  de  la  Oración  do- 
minical,   repartiendo    sus    siete    peticiones    en    otras    tantas    considera- 


1  Historia  del  Carmen  Descalzo,  1.  V,  c.  XIII,  págs.  181-182. 

2  Biblioteca  Nacional,  Ms.  3.180,  Adiciones  E,  núms.  13  u  14. 


PHELIMINHRES  LXIX 

cienes  para  cada  día  de  la  semana.  Las  meditaciones  responden  a  estas 
palabras:  Padre,  Rey,  Esposo,  Pastor,  Redentor,  Médico  y  Juez.  El  tra- 
tado es  muy  docto  y  espiritual  y  escrito  por  quien  manejaba  con  bas- 
tante propiedad  la  Sagrada  Escritura  y  no  carecía  de  conocimientos 
literarios.  La  crítica  más  superficial  lo  rechaza  como  de  la  Santa; 
porque  las  citaciones  que  trae,  lo  mismo  que  el  estilo,  no  pueden 
ser  más  ajenos  al  modo  de  escribir  de  la  insigne  Doctora.  Por  él 
ha  pasado  la  lima,  y  ya  dejamos  dicho  que  uno  de  los  mayores  en- 
cantos de  las  obras  de  la  Santa  es  el  gracioso  abandono  con  que 
están  escritas.  La  Orden  jamás  tuvo  este  libro  por  de  Santa  Teresa,  ni 
sus  primeros  biógrafos  hacen  de  él  mención  alguna.  Dice"  el  Padre 
Jerónimo  de  San  José  con  su  habitual  aticismo  y  refinado  gusto 
crítico:  «Yo  tengo  por  cosa  muy  cierta  que  el  tratado  susodicho  no  es 
de  nuestra  Santa  Madre,  y  que  todos  los  que  atentamente,  y  aún  sin 
mucha  atención,  lo  leyeren,  juzgarán  lo  mismo.  La  principal  razón  de 
esto,  es  porque  de  tres  cosas  que  se  pueden  considerar  en  él,  es  a 
saber,  materia,  disposición,  y  estilo,  sólo  en  la  primera  se  puede  hallar 
alguna  conveniencia  para  que  se  aplique  a  la  Santa,  por  ser  la  mate- 
ria muy  devota,  si  bien  por  esta  parte  se  puede  también  atribuir 
a  cualquier  otro  piadoso  escritor.  Pero  en  las  otras  dos,  que  son  por 
donde  más  individualmente  se  suele  conocer  ser  la  obra  de  un  autor,  es 
a  saber,  disposición  y  estilo,  ni  íastro  alguno  se  halla  de  que  parezca 
ser  suya  esta  secritura,  antes  en  ambas  cosas  manifiestamente  se  des- 
cubre ser  el  autor  algún  hombre  docto,  letrado  y  estudioso. 

»Porque  el  método  es  muy  concertado,  correspondiente,  seguido 
y  preciso;  comoquiera  que  el  de  la  Santa  sólo  tiene  aquella  trabazón 
que  el  espíritu  del  Señor,  que  guiaba  su  afectoi  y  pluma,  según  su  alta 
sabiduría,  no  ajustada  a  la  cortedad  de  nuestras  observaciones  y  en- 
tendimientos, disponía  lo  que  le  iba  infundiendo  o  en  otra  manera  co- 
municando. 

»En  el  estilo  también  se  ve  lo  mismo;  porque  las  frases,  las  ca- 
dencias, las  contraposiciones,  las  palabras,  que  todas  son  artificio- 
sas y  limadas,  son  ajenísimas  de  la  Santa  y  de  su  lenguaje,  que  es 
puro,  llano  y  casero,  y  mucho  más  son  ajenos  de  su  sencillez  tantos 
lugares  de  Escritura,  tantas  alusiones  y  puntos  de  teología  como  en  él 
se  tocan,  como  en  su  propia  formalidad.  Que  aunque  la  Santa  en  sus 
libros  tal  vez  apunta  algo  de  esto,  pero  siempre  es  con  palabras  y  modo 
humilde  y  llano,  que  se  conoce  luego  ser  persona  sin  letras  ni  ciencia  del 
mundo,  aunque  llena  de  luces  del  cielo  quien  aquello  escribe»  (1). 


1  Historia  del  Carmen  Descalzo,  I.  V,  c.  Vllt,  p.  837.  La  postdata  de  una  carta  de  la 
Santa,  escrita  en  el  mes  de  Enero  de  1577  a  su  hermano  D.  Lorenzo,  ha  dado  lugar  a  que  al- 
gunos crean  que  compuso  Santa  Teresa  un  libro  nuevo  que  no  ha  llegado  hasta  nosotros.  En  la 


LXX  PRELIMINARES 

No  hay  para  qué  insistir  más  en  una  cosa  tan  evidente.  La  Santa 
ya  escribió  en  el  Camino  de  Perfección  lo  que  tenía  que  decir  sobre 
el  Paternóster.  Lo  que  no  se  averiguará  con  certeza  es  su  verdadero 
autor.  De  la  lectura  de  las  Meditaciones  sólo  se  infiere  que  era  docto 
y  piadoso,  no  ajeno  a  las  especulaciones  escolásticas  y  conocedor  de 
las  obras   de  Santa  Teresa   (1). 

El  P.  Ribera,  primero  y  diligente  biógrafo  de  la  Santa,  dice  que 
ésta  en  compañía  de  su  hermano  Rodrigo,  compuso  un  libro  de  Caba- 
llerías. «Como  su  ingenio  era  tan  excelente,  así  bebió  aquel  lenguaje 
y  estilo,  que  dentro  de  pocos  meses  ella  y  su  hermano  Rodrigo  com- 
pusieron un  libro  de  Caballerías  con  sus  aventuras  y  ficciones,  y  salió 


mencionada  postdata  dice:  «Al  Obispo  envié  a  pedir  el  libro,  porque  quizá  se  me  antojará  de 
acabarle  con  lo  que  después  me  ha  dado  el  Señor,  que  se  podría  hacer  otro,  y  grande,  y  si  el 
Señor  quiere  acertase  a  decir;  y  si  no  poco  se  pierde».  No  habla  aquí  de  una  nueva  obra,  sino 
de  un  manuscrito  conocido  por  su  hermano,  que  no  había  terminado  aun.  Bien  pudo  ser  este 
libro  el  de  la  Vida,  al  cual  ningún  inconveniente  había,  sin  menoscabo  de  su  unidad,  añadirle 
nuevas  mercedes  que  la  Santa  iba  recibiendo  después  de  haber  esaito  el  último  capítulo.  Aun" 
que  para  esta  fecha  el  autógrafo  se  hallaba  en  la  Inquisición,  existían  de  él  copias  fieles,  de  las 
cuales  la  Santa  tenía  conocimiento.  No  es  probable  que  las  religiosas  primitivas,  que  tanto  es- 
mero pusieron  en  recoger  y  sacar  trasuntos  de  billetes  sueltos  donde  su  Santa  Fundadora  escrl- 
bía  mercedes  de  Dios,  dejasen  en  el  olvido  una  obra  extensa.  Más  inverosímil  es  todavía, 
que  habiendo  escrito  Santa  Teresa  después  de  aquella  carta,  tantas  otras,  y  el  mismo  libro 
de  Las  Moradas,  no  mencione  para  nada  este  supuesto  escrito  suyo.  Hemos  de  concluir  en 
vista  de  esto,  que  se  trata  de  una  de  las  obras  conocidas  de  la  Santa.  Sin  embargo,  el  Padre 
Andrés  de  la  Encarnación,  en  diversas  partes  de  sus  manuscritos,  se  inclina  a  creer  que  se 
habla  en  la  carta  de  un  libro  nuevo  (Cfr.  Memorias  historiales,  1.  n,  núm.  118  y  el  Ms.  3.180 
de  la  Biblioteca  Nacional). 

1  A  diversos  autores,  al  dominico  Giraldel  entre  otros,  se  ha  atribuido  esta  obra,  aunque 
sin  motivos  suficientes.  (Vid.  Sta.  Teresa  de  Jesús  y  la  Orden  de  Predicadores,  por  el  P.  Felipe 
Martín,  pág.  229).  El  P.  Andrés  de  la  Encarnación  sostiene  la  opinión  peregrina,  que  no  hemos 
leído  en  ningún  otro  escritor,  de  que  las  Meditaciones  sobre  el  Datemoster  son  de  la  V.  Ana 
de  Jesús.  He  aquí  sus  palabras:  «Aunque  las  Deticiones  no  son  suyas  (de  la  Santa),  hay  muchos 
indicios  que  son  de  casa.  En  la  petición  del  martes  se  escribe:  «Dijo  Dios  a  Santa  Catalina  y  a 
cierta  Madre:  Ten  tú  cuidado  de  mis  cosas-».  Este  modo  de  hablar  no  es  de  la  Santa,  pero  sí  de 
quien  sabía  su  vida,  y  ésta  cuando  se  escribió  este  tratado,  que  fué  o  en  vida  de  la  Santa  o 
muy  próximo  a  su  muerte,  o  por  lo  menos  antes  de  correr  sus  obras,  por  lo  que  diremos,  sólo 
se  fiaba  a  sus  hijos,  y  siendo  mujer  la  que  lo  escribió,  tiene  mucho  derecho  el  talento  de 
la  V.  Ana  de  Jesús.  Compruébase  todo,  porque  aquel  salmo  de  la  última  petición,  no  se  halla 
en  el  oficio  ferial  de  Prima,  ni  en  el  Breviario  romano  ni  en  el  dominicano.  En  cuanto  a  lo 
último,  lo  asegura  la  Bibliotecaí  con  que  sólo  se  puede  hallar  en  el  Jerosolimitano,  y  ser  aquel 
escrito  de  persona  que  escribió  antes  del  año  586,  que  se  usaba  en  la  Religión  y  ella  le  usaba 
en  ella.  Luego  no  es  del  Dominico,  ni  de  Fr.  Juan  de  S.  Basilio,  que  a  lo  más  lo  alcanzó  tres 
años  antes  de  poder  ser  escritor.  A  más  que  el  modo  de  citar  el  Breviario  no  es  de  autores  graves, 
que  sólo  citan  los  Libros  Sagrados  con  su  nombre,  capítulo  y  verso.  De  todo  queda  que  sólo 
puede  ser  de  las  hijas  de  la  Santa  y  del  tiempo  que  se  usaba  en  la  Religión  aquel  su  antiguo 
Breviario,  que,  como  se  ha  dicho,  fué  antes  de  correr  sus  obras.  Pues  aquel  se  dijo  en  586; 
éstas  se  imprimieron  en  587.  Esto  supuesto,  queda  la  esperanza  se  descubra  algún  rastro  si  fué 
de  la  V.  Ana,  pues  el  estilo  nuestro  se  asemeja  a  la  fundación  de  Granada».  (Biblioteca  Nacio- 
nal, Ms.  3.180,  adiciones  E,  núm.  179).  No  nos  convencen  las  razones  del  agudo  crítico  car- 
melita para  atribuir  este  libro  a  la  V.  Ana  de  Jesús,  de  excelente  ingenio  y  aventajado  talento, 
sin  duda,  pero  no  tan  cultivado  como  la  simple  lectura  de  la  obra  da  a  entender;  ni  vemos  tam- 
poco gran  parecido  de  estilo  con  la  Relación  del  covento  de  Granada,  fundado  por  la  insigne 
compañera  de  Santa  Teresa. 

De  las  burdas  profecías  sobre  el  Reino  de  Portugal,  extinción  de  la  Compañía  de  Jesús  u 
algunos  otros  documentos  atribuidos  a  la  Reformadora  del  Carmen,  hablaremos  en  otio  lugat. 


PRELIMINARES  LXXI 

tal,  que  había  harto  que  decir  de  él»  (1).  Confírmalo  Gracián  en  las 
notas  que  puso  a  la  obra  de  Ribera  con  estas  palabras:  «La  mesma 
lo  contó  a  mí»  (2).  Nada  de  inverosímil  tiene  que  un  genio  tan  vivo 
y  lozano  como  el  de  Santa  Teresa,  herida  en  la  imaginación  por  las 
estupendas  hazañas  de  un  Añadís,  tratase  de  reproducir  otras  nuevas 
por  vía  de  recreación  g  entretenimiento,  que  seguramente,  como  suyas, 
serían  muy  divertidas,  ingeniosas  e  inocentes;  pues  no  es  justo  pre- 
suponer de  su  inteligencia  castísima  nada  parecido  a  las  demasías  ama- 
torias en  que  abundan  hasta  los  más  honestos  libros  del  género  escude- 
ril o  quijotesco.  Ella  misma  nos  dice,  lamentándolo,  que  era  muy 
aficionada  a  esta  lección,  y  que  perdió  muchas  horas  enfrascada  en 
aquel  mundo  fantástico  de  aventuras  sin  número.  Pudo  fácilmente  satis- 
facer este  gusto,  porque  su  madre,  que  era  muy  buena  cristiana,  leía 
algunos,  defecto  de  que  en  aquel  tiempo  se  libraban  poquísimos. 

La  misma  Santa  da  cuenta  de  esto  y  disculpa  con  infantil  y  cari- 
tativa piedad  a  Doña  Beatriz,  que  era,  por  lo  demás,  excelente  madre 
de  familia.  «Paréceme  que  comenzó  a  hacerme  mucho  daño  lo  que 
ahora  diré.  Considero  algunas  veces  cuan  mal  lo  hacen  los  padres  que 
no  procuran  que  vean  sus  hijos  siempre  cosas  de  virtud  de  todas  ma- 
neras; porque,  con  serlo  tanto  mi  madre,  como  he  dicho,  de  lo  bueno 
no  tomé  tanto  en  llegando  a  uso  de  razón,  ni  casi  nada,  y  lo  malo 
me  dañó  mucho.  Era  aficionada  a  libros  de  caballerías,  y  no  tan  mal 
tomaba  este  pasatiempo  como  yo  le  tomé  para  mí;  porque  no  perdía 
su  labor,  sino  desenvolvíamonos  para  leer  en  ellos,  y  por  ventura  lo 
hacía  para  no  pensar  en  grandes  trabajos  que  tenía  y  ocupar  sus  hijos, 
que  no  anduviesen  en  otras  cosas  perdidos.  De  esto  le  pesaba  tanto 
a  mi  padre,  que  se  había  de  tener  aviso  a  que  no  lo  viese.  Yo  comen- 
cé a  quedarme  en  costumbre  de  leerlos;  y  aquella  pequeña  falta  que 
en  ella  vi,  me  comenzó  a  enfriar  los  deseos  y  comenzar  a  faltar  en 
lo  demás;  y  parecíame  no  era  malo  con  gastar  muchas  horas  de  el  día 
y  de  la  noche  en  tan  vano  ejercicio,  aunque  ascendida  de  mi  padre. 
Era  tan  en  extremo  lo  que  en  esto  me  embebía  que,  si  no  tenía  libro 
nuevo,  no  me  parece  tenía  contento»  (3). 

R  esta  cuenta,  no  uno  sino  muchos  libros  de  entretenimiento  leyó 
Santa  Teresa,  ñlgunos  tienen  la  esperanza  de  que  todavía  se  conserve 
el  libro  de  Caballerías  que  escribió,  y  aun  discurren  con  ingenio,  no 
exento  de  candidez,  sobre  el  modo  de  publicarlo,  caso  de  ser  halla- 
do,  y   las  salvedades  necesarias   para   que   a  los   lectores  no  sirva  de 


1  Vida  de  la  Madre  Teresa  de  Jesús,  lib.  I,  c.  V. 

2  Cír.  5.  Teresa  de  Jesús,  por  D.  Miguel   Mir,  t.  I,  p.  45.  El   P.   Antonio  de   San  Joa- 
quín irae  también  esta  noticia  en  el  Uño  Teresiano,  día  11  de  Eneío. 

3  Vida,  c.  II. 


LXXn  PRELIffllNJÍRES 

piedra  de  escándalo  (1).  Sospecho,  mejor  dicho,  tengo  por  cierto,  que 
tal  libro,  la  misma  autora,  caso  que  lo  escribiese,  lo  destruiría  después 
de  los  sazonados  comentarios  que  haría  sobre  él  con  su  hermano 
Rodrigo,  inseparable  confidente  de  Teresa  en  obras  buenas  e  inocentes 
travesuras;  ya  porque  ningún  interés  tendría  en  conservar  aquella 
ligereza  festiva  de  su  ingenio,  ya  también  por  el  miedo  de  que  no 
cayese  en  manos  del  austero  hidalgo  D.  ñlonso,  su  padre,  y  aplicase 
duro  castigo  a  los  traviesos  y  precoces  novelistas. 

Grande  fortuna  es  para  los  devotos  de  Santa  Teresa  que  se  con- 
serven los  originales  o  protógrafos  de  los  principales  libros  que  es- 
cribió. Aunque  hayamos  de  lamentar  para  siempre  la  pérdida  de  la 
mayor  parte  de  sus  cartas  y  de  algunos  escritos  cortos,  todavía  es  de 
agradecer  a  la  bondad  providente  de  Dios  que,  después  de  tantos 
trastornos  sociales  ocurridos  en  los  últimos  siglos,  se  hagan  podido 
salvar  estos  preciosos  manuscritos.  Pocos  santos  y  escritores  anti- 
guos han  salido  tan  bien  librados  de  los  azares  del  tiempo  y  olvido 
de  los  hombres  como  la  inmortal  Reformadora  del  Carmelo.  De  ella 
se  conservan  sus  principales  obras,  buen  número  de  cartas  y  algunos 
libros  de  cuentas  primitivos  que  llevan  firmas  suyas   (2). 

Para  nadie  es  un  secreto  la  veneración  que  Felipe  II  tuvo  a  la 
Santa  Madre  y  lo  mucho  que  favoreció  su  Reforma,  a  lo  cual  ella 
supo  corresponder  muy  finamente  con  oraciones  y  saludables  conse- 
ios.  Tenía  el  Rey  propósito  de  formar  una  riquísima  Biblioteca,  así  de 
manuscritos  raros  y  preciosos,  como  de  libros  impresos,  en  su  monas- 
terio de  San  Lorenzo  el  Real.  Cuando  llegó  a  su  noticia  que  de  la 
Madre  Teresa  se  conservaban  escritos  originales,   quiso  llevarlos  a  la 


1  «Este  escrito,  sin  duda,  dice  el  P.  Andrés  de  la  Encarnación,  quedaría  en  casa  de  los 
padres  de  la  Santa  y  tal  vez  se  hallará  entre  los  papeles  de  las  casas  de  su  descendencia,  o  de 
las  casas  de  algunos  caballeros  de  Avila».  En  caso  de  encontrarse,  opina  el  Padre  que  debe 
darse  a  la  prensa,  «a  no  ser  lunar  para  su  posterior  celestial  doctrina  y  motivo  de  que  resucite 
esta  vanidad  en  el  mundot.  B.  N.  Ms.  3.180,  Hdiciones  E,  níims.  13  y  14. 

2  Entre  otros  conventos,  los  de  Avila  y  Medina  del  Campo,  de  Carmelitas  Descalzas, 
conservan  todavía  alguno  de  estos  libros.  De  ellos  y  de  otros  muchos  documentos  y  cartas  han 
sido  cortadas  muchas  firmas  de  la  Santa,  bien  para  regalarlas  a  algún  bienhechor,  bien  para 
ponerlas  en  algún  relicario,  o  por  otros  fines  semejantes.  Los  Superiores  de  la  Descalcez  prohi- 
bieron repetidas  veces,  bajo  severas  penas,  tocar  ni  quitar  nada  de  los  autógrafos  de  Santa 
Teresa;  pero,  desgraciadamente,  no  faltaron  motivos  para  dispensar  estas  disposiciones.  La  de-' 
voción  a  la  Santa  era  muy  popular  y  los  mismos  superiores  se  veían  abrumados  de  peticiones 
que  eia  muy  difícil  desatender.  Apenas  habrá  nación  de  Europa  que  no  venere  alguna  de  estas 
firmas.  No  seamos  ligeros  en  condenar  estos  regalos  piadosos  sin  pesar  antes  las  poderosas 
razones  que  los  motivaron.  Algunos  fueron  hechos  a  príncipes  y  venerables  prelados  de  la 
Iglesia.  Las  peticiones  fueron  muy  numerosas  en  tiempo  de  la  beatificación  y  canonización  de 
la  Santa,  si  bien  después  no  cesaron  tampoco.  Así,  en  28  de  Enero  de  1754  escribía  desde 
Roma  el  P.  Manuel  de  la  Virgen  del  Carmen  al  Definidor  general,  P.  Antonio  del  Santísimo 
Sacramento,  dándole  las  gracias  por  la  firma  de  la  Santa  Madre  que  le  había  remitido  para  un 
elevado  personaje  eclesiástico  de  aquella  ciudad.  Podríamos  referir  muchos  casos  como  éste, 
leídos  en  documentos  antiguos  que  se  guardan  en  nuestros  conventos. 


PRELIMINARES  r.XXIII 

librería  escuriaknse,  para  lo  cual  acudió  al  P.  Nicolás  Doria,  a  la  sazón, 
año  de  1592,  Vicario  General  de  la  Reforma  carmelitana.  El  Padre 
Doria  recogió,  probablemente  en  San  José  de  Avila,  el  primer  Camino 
dé  Perfección  que  compuso  la  Santa.  Con  fecha  3  de  Junio  de  1592, 
escribió  este  Padre  al  doctor  Sobrino,  catedrático  de  Teología  en  Va- 
lladolid  y  más  tarde  obispo  de  la  misma  ciudad,  de  quien  tendremos 
ocasión  de  hablar  en  el  curso  de  esta  edición,  suplicándole  se  sir- 
viese entregar  a  persona  que  el  Prior  de  El  Escorial  señalase,  los  ma- 
nuscritos originales  que  tenía  de  la  M.  Teresa  (1). 

Recibida  esta  carta  del  P.  Doria,  el  doctor  Sobrino  pidió  al 
Maestro  Fray  Agustín  Antolínez  los  venerables  autógrafos  de  la  Santa 
que  guardaba  en  su  poder  desde  la  muerte  de  Fr.  Luis  de  León.  Pro- 
bablemente, el  P.  Antolínez  conservaba  sólo  el  libro  de  la  Vida)  y  el  pri- 
mer Camino  de  Perfección,  porque  el  segundo  lo  debieron  de  recla- 
mar las  Descalzas  de  Valladolid,  apenas  terminada  la  impresión  de 
1588.  Las  Fundaciones  y  Modo  de  visitar  los  conventos  teníalos  el 
doctor  Sobrino,  y  Las  Moradas  habíanse  devuelto  al  P.  Gracián.  Acerca 
de  esto  dice  el  mismo  P.  Antolínez  en  las  Informaciones  de  Salamanca, 
artículo  56:  «El  Dr.  Sobrino,  canónigo  que  es  de  la  Magistral  de  la 
Santa  Iglesia  Catedral  de  la  ciudad  de  Valladolid  y  catedrático  de 
Prima  en  santa  Teología  de  aquella  Universidad,  pidió  a  este  testigo 
los  papeles  de  la  dicha  V.  Madre  Teresa  de  Jesús,  a  lo  que  se 
acuerda,  por  orden  de  Su  Majestad,  o  inmediatamente  por  orden  del 
señor  García  de  Loaysa,  arzobispo  que  fué  de  Toledo;  los  cuales 
tenía  este  testigo  en  su  poder  por  muerte  del  P.  M.  Fray  Luis  de 
León,  de  su  Orden,  que  los  tuvo  para  probar  sus  escritos  para  impri- 
mirse; y  se  los  entregó,  y  entendió  este  testigo  se  los  llevaron  a  la 
Librería  del  Escorial,  que  allí  dejó  Su  Majestad»  (2).  De  las  Fundaciones 
y  el  Modo  de  visitar  los  Conventos,  se  hizo  entrega  el  18  de  Agosto  del 
mismo  año  a  García  de  Loaysa,  ayo  del  Príncipe  y  luego  Primado  de 
España,  quien  los  puso  en  manos  del  superior  del  Escorial,  P.  Fr.  Diego 
de  Yepes.  De  la  entrega  se  levantó  acta. 

Cuatro   son   los  manuscritos   originales   de   la   Santa   que   se   custo- 


1  Trae  la  carta  el  P.  Francisco  de  Sta.  María  en  la  Reforma  de  los  Descalzos,  t.  I,  1.  V. 
c.  36,  p.  876  ü  es  el  del  tenor  siguiente:  Dax  Chrísti. —Su  Majestad  desea  poner  en  San  Lo- 
renzo el  Real  los  libros  originales'  de  la  buena  Madre  Teresa  de  Jesús,  y  nuestra  Religión  ha 
holgado  mucho  de  ello.  Y  porque  V.  m.  tiene  dos  de  ellos,  héseme  mandado  escribir  a  V.  m.  sea 
servido  mandarlos  entregar  a  la  persona  que  el  M.  R.  P.  Fr.  Diego  de  Yepes,  Prior  de  San  Lo- 
renzo, señalare,  para  que  se  consiga  el  intento  de  Su  Majestad  u  estén  los  libros  guardados, 
donde  tan  bien  y  con  tanta  honra  de  la  buena  Madre  se  guardarán.  Lo  cual,  por  lo  que  V.  m.  la 
quiso  y  quiere,  entiendo  le  será  de  mucho  contento.  Guarde  Nuestro  Señor  a  V.  m.  con  abun- 
dancia de  sus  divinos  dones.  De  Madrid,  a  3  de  Junio  de  1592.  Fray  Nicolás  de  Jesús  M^ía, 
Vicario  General». 

2  Cfr.  Memotias  Historiales,  letra  N,  núm.  Tí. 


LXXIV  PRELIMINñRES 

dian  en  el  Escorial,  desde  fines  del  siglo  XVI.  La  Vida,  el  Camino 
de  Perfección,  las  Fundaciones  y  el  Modo  de  visitar  los  Conventos. 
De  la  veneración  en  que  los  tenía  Felipe  II  habla  así  el  P.  Yepes: 
«Con  tener  allí  muchos  otros  originales  de  santos  de  la  Iglesia,  a  so- 
los tres  hizo  particular  reverencia,  dando  muestras  de  lo  que  los  es- 
timaba, que  son  los  originales  de  San  Agustín,  San  Crisóstomo  y  los 
de  nuestra  Santa;  haciéndolos  poner  dentro  de  la  misma  librería,  de- 
bajo de  una  rez  de  hierro  y  en  un  escritorio  muy  rico  y  cerrado  con- 
tinuamente con  llave.  Los  de  la  Santa  Madre  Teresa,  por  particular 
favor,  se  enseñan  y  dejan  tocar  como  reliquias.  Más  tarde  fueron  tras- 
ladados a  un  camarín,  que  desde  entonces  fué  denominado  Camarín 
de  Santa  Teresa  de  Jesús»  (1). 

Consérvase  el  libro  de  las  Moradas  en  las  Carmelitas  Descalzas 
de  Sevilla,  adonde  providencialmente  fué  a  parar  de  manos  de  Pedro 
Cerezo  Pardo,  gran  benafactor  del  Carmelo  hispalense,  a  quien  lo  re- 
galó el  P.  Gracián. 

El  Camino  de  Perfección  que  nuevamente  escribió,  lo  guardan,  desde 


1  Cfr.  Los  Rutógvafos  de  Sta.  Teresa  de  Jesús  como  se  conservan  en  el  Real  Monas~ 
ferio  del  Escorial,  por  el  P.  Bibliotecario,  Guillermo  Antolín,  agustino.  Aladrid,  1914.  R\  cele" 
brarse  el  tercer  Centenario  de  la  beatificación  de  la  Santa  el  1914,  se  sacaron  del  Camarín  y 
pusieron  en  la  Biblioteca,  en  vitrina  particular,  para  que  más  fácilmente  pudieran  ser  vistos  de 
los  curiosos  ü  devotos.  Colocados  en  el  Escorial  con  la  decencia  y  veneración  que  tales  tesoros 
requerían,  se  alcanzó  del  Papa  una  disposición  que  prohibía  sacarlos  del  Monasterio.  Cuéntase 
de  Felipe  III  que  pidió  en  cierta  ocasión  el  original  del  libro  de  la  Vida,  y  no  habiendo  terminado 
de  leerlo  todo  por  tener  que  ausentarse  del  Escorial,  lo  entregó  al  Bibliotecario,  previniéndole 
no  le  quitase  la  señal  puesta,  que  indicaba  la  página  hasta  donde  había  leído,  pues  pensaba 
terminarlo  en  otra  ocasión.  Así  consta  en  las  informaciones  hechas  el  13  y  14  de  Noviembre  de 
1609  en  el  Real  Monasterio  de  San  Lorenzo,  por  D.  Juan  Quijada  de  Almaraz,  archivero 
de  Villaviciosa  y  canónigo  de  Oviedo.  (Cfr.  Memorias  Historiales,  letra  N,  núm.  56).  Lo 
mismo  dice  Francisco  de  Mora,  aposentador  del  palacio  del  Rey  Felipe  III  y  su  Arquitecto 
U  trazador  mayor. 

En  1609  otorgó  el  mismo  monarca,  para  los  efectos  de  la  canonización  de  la  Santa,  una  real 
Cédula,  que  con  la  firma  autógrafa  de  D.  Felipe,  se  conserva  en  el  Ms.  12.032  de  la  Biblioteca 
Nacional  y  es  del  tenor  siguiente: 

«El  Rey: — Venerable  y  devoto  Padre  Prior  del  monesterio  de  S.  Lorenzo  el  Real.  Ya  veréis 
que  en  la  librería  de  esse  monesterio  están  todos  los  libros  originales  que  la  bienaventurada 
madre  Theresa  de  Jesús  escrivió,  asi  doctrinales  como  de  su  vida.  Los  cuales  hizo  recoger  allí 
el  Rey,  mi  Señor  y  Padre,  que  aya  gloria,  por  la  devoción  que  la  tenía  y  la  estimación  que 
dellos  hizo.  Y  porque  en  las  informaciones  que  agora  se  hacen  para  su  canonización  es  nece- 
sario comprobar  que  estos  libros  son  los  mismos  que  ella  escrivió,  de  donde  se  han  sacado  los 
que  andan  impresos,  con  título  de  su  nombre,  os  encargo  y  mando  deis  orden  que  se  haga  la 
dicha  comprobación  con  la  solemnidad  necesaria,  con  que  se  conseguirá  el  fin  que  el  Rey  mi 
Señor  hubo  de  colocar  estas  obras  en  la  dicha  librería  para  effectos  semejantes  de  la  gloria  de 
Dios  y  autoridad  destos  Reynos.  Y  si  para  más  comprobación  y  veriñcación  de  lo  dicho  y  de  la 
ejemplar  vida  jj  milagros  de  la  dicha  madre  Theresa  de  Jesús  fuese  necesario  que  algunos  reli- 
giosos dése  monesterio  digan  y  declaren  lo  que  supieren,  holgaré  mucho  que  degs  para  ello  la 
orden  necessaria.  Y  hecha  la  dicha  comprobación,  bolberéys  esta  mi  cédula  a  la  parte  del 
General  de  la  Orden  de  los  Descalzos  de  Ntra.  Señora  del  Monte  Carmelo,  para  que  en  todo 
tiempo  conste  que  la  tal  comprobación  se  hizo  por  orden  mía.  Que  assi  es  mí  voluntad.  Dada 
en  Madrid,  a  22  de  Octubre  de  mil  y  seiscientos  y  nueve  años.  Yo  el  Rey.—Fd  Prior  de  San 
Lorenzo  el  Real  que  haga  comprobar  los  libros  que  andan  impresos  de  la  bienaventurada 
M.  Teresa  de   Jesús    con    los    originales   que   están  en    aquella   librería». 


PRELIMINARES  LXXV 

tiempos  antiquísimos,  las  Carmelitas  de  Valladolid.  De  todos  estos 
escritos  originales  se  darán  interesantes  pormenores  en  las  Introduccio- 
nes que  pondremos  a  cada  uno  de  ellos,  y  en  lugares  oportunos  dire- 
mos también  el  paradero  de  las  cartas  y  otros  escritos  que  de  la  Santa 
se  conserven  aún  y  hayan  llegado  a  nuestra  noticia. 

Aplausos  sinceros  merecen  los  que  con  no  pocos  sacrificios  y  gas- 
tos han  reproducido  en  fotolitografía  los  originales  de  Santa  Teresa. 
Con  ello  se  ha  facilitado  a  los  estudiosos  el  trabajo  de  compulsación, 
que  para  la  mayor  parte  era  imposible  en  los  autógrafos  mismos. 
Están  reproducidos  en  fotolitografía  la  Vida,  el  Camino  de  Perfección, 
del  Escorial,  Las  Fundaciones,  Las  Moradas,  y  el  Modo  de  visitar  los 
Conventos. 

En  1873  se  litografió  la  Vida  con  este  título:  vida  de  santa  teresa 
DE  JESÚS,  publicada  por  la  Sociedad  foto-tipo-gráfico-católica,  bajo  la 
dirección  del  Dr.  D.  Vicente  de  la  Fuente,  conforme  al  original  autógrafo 
que  se  conserva  en  el  Real  Monasterio  de  San  Lorenzo  del  Escorial. 
Madrid,  Imprenta  de  la  viuda  e  hijo  de  D.  E.  Aguado.  Ponte  jos,  8.  1873. 

El  trabajo  artístico  fué  hecho  por  D.  Antonio  Selfa  y  D.  iVlanuel 
Fernández  de  la  Torre.  En  el  prólogo  que  D.  Vicente  puso  a  la  obra, 
dice  a  este  propósito:  «Terminada  la  reproducción  de  la  primera  edi- 
ción del  Quijote,  los  modestos  cuanto  inteligentes  y  laboriosos  artis- 
tas Selfa  y  Fernández  de  la  Torre,  que  la  han  ejecutado,  se  resolvie- 
ron a  emprender  por  su  cuenta  la  reproducción  de  esta  obra  colosal, 
que  en  otro  tiempo  hubiera  arredrado  a  un  opulento  monarca,  invitado 
para  la  dirección  de  ella  en  la  parte  literaria,  vi  realizado  un  vivo 
deseo  anunciado  por  mí  once  años  ha  (Escritos  de  Santa  Teresa,  1862, 
«Preliminares»)  como  deleitoso  ensueño».  En  2  de  Julio  de  1873  felicitó 
Su  Santidad  Pío  IX  en  una  carta  muy  cariñosa  a  D.  Vicente  de  la 
Fuente  por  este  benemérito  trabajo.  R  cada  hoja  foíolitografiada  acom- 
paña la  versión  impresa;  lleva  además  algunas  breves  notas.  Forma 
un  abultado  volumen  de  32  por  22  cm.,  de  415  páginas  impresas,  201 
litografiadas  y  tres  más  del  Dictamen  que  del  libro  dio  el  Maestro 
Báñez. 

Siete  años  más  tarde,  en  1880,  bajo  la  dirección  literaria  del  mismo 
D.  Vicente  y  la  artística  del  Sr.  Selfa,  se  publicaron  las  Fundaciones. 

LIBRO    DE    LAS    FUNDACIONES    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS,    ediciÓU    autografiüda 

conforme  al  original  que  se  conserva  en  el  Real  Monasterio  de  S.  Lo- 
renzo del  Escorial  y  continuación  del  libro  de  su  Vida,  dirigida  y 
anotada  por  D.  Vicente  de  la  Fuente.  Madrid,  Imprenta  de  la  viuda 
e  hijo  de  D.  E.  Aguado,  calle  de  Ponte  jos,   8.   1880. 

En  folio  como  la  Vida,  con  la  diferencia  de  que  en  este  libro  vienen 
primero   litografiadas  las   128   hojas   del  original   y   a  continuación,   la 


LXXVI  PRELIMINARES 

versión  impresa,  que  hace  257  páginas.  Las  notas  que  D,  Vicente  puso  a 
estos  dos  libros,  son,  en  gran  parte,  inexactas  y  equivocadas,  así  como 
las  versiones  impresas  están  plagadas  de  faltas  de  lectura  mal  hecha. 

Para  conmemorar  dignamente  el  tercer  centenario  de  la  muerte 
de  la  Santa,  el  docto  y  piadoso  cardenal  de  Sevilla,  Fr.  Joaquín  Lluch, 
Carmelita  Calzado,  se  propuso  hacer  con  las  Moradas  lo  que  D.  Vi- 
cente había  realizado  con  la  Vida  y  las  Fundaciones.  El  Cardenal  escri- 
bió una  muy  afectuosa  carta,  el  día  1  de  Diciembre  de  1881,  a  la 
M.  Priora  de  las  Carmelitas  Descalzas  de  Sevilla,  para  que  entregase 
el  autógrafo  de  Las  Moradas  a  su  bibliotecario  D.  José  ñlonso  Morgado. 
ñdvertía  el  Cardenaí  a  la  M.  Priora,  que  los  trabajos  de  reproducción 
litográfica  se  harían  en  el  propio  palacio  episcopal,  y  en  terminándose 
éstos,  le  sería  devuelto  inmediatamente  el  manuscrito.  Hsí  se  hizo  y  la 
obra  se  publicó  en  1882  con  este  título:  el  castillo  interior  o  tratado  de 
LAS  MORADAS,  Bscrito  pot  Santa  Teresa  de  Jesús,  edición  aatografiada  e 
impresa  según  el  texto  original,  propiedad  de  sus  hijas  las  Religiosas 
Carmelitas  Descalzas  del  convento  de  San  José  de  esta  ciudad.  Publica- 
do con  motivo  del  tercer  Centenario  de  la  gloriosa  muerte  de  la  Santa 
por  iniciativa  y  bajo  la  dirección  del  Emmú.  y  Rvmo.  Fr.  Joaquín  Carde- 
nal Lluch,  Arzobispo  de  Sevilla,  del  sagrado  y  primitivo  Orden  de 
Nuestra  Señora  del  Carmen.  Litografía  de  Juan  Moyano.  Autografiado 
en  la  Biblioteca  pública  de  la  Dignidad  Arzobispal,  por  José  María 
Regüejo   y   Acosta,   año   de    1882. 

Las  Moradas  hacen  un  volumen  de  32  por  22  cm.,  de  110  hojas  de 
fotolitografía  y  M2  páginas  impresas,  con  algunas  notas  cortas,  refe- 
rentes las  más  al  manuscrito  autógrafo. 

También  el  Camino  de  Perfección  del  Escorial  y  el  Modo  de  visitar 
los  Conventos,  hallaron  un  devoto  que  los  publicara  en  un  sólo  volu- 
men, en  el  docto  canónigo  de  Valladolid,  D.  Francisco  Herrero  Bayona, 
año  de  1883.  Dice  así  la  portada:  Reproducción  fotolitográfica  y  fieles 
traslados  impresos  del  camino  de  perfección  y  el  modo  de  visitar  los 
conventos,  escritos  por  Santa  Teresa  de  Jesús,  que  se  veneran  en  el 
Escorial,  y  algunos  autógrafos  inéditos,  publicados  por  el  Dr.  D.  Fran- 
cisco Herrero  Bayona,  dignidad  de  chantre  de  la  Santa  Iglesia  Metro- 
politana de  Valladolid.  Tipo-foto-litografía  de  Luis  N.  de  Gaviria,  impre- 
sor del  I.  Colegio   de  Abogados.    1883.   Un  volumen   de  29  por  21   cm. 

En  el  prólogo  al  Camino  de  Perfección  dice  el  Sr.  Herrero:  «Pu- 
blicó los  dos  primeros  (Vida  y  Fundaciones)  el  Sr.  D.  Vicente  de  la 
Fuente  en  fotolitografía,  y  constándome  que  no  estaba  en  su  ánimo 
reproducir  los  dos  restantes  (el  Camino  y  Modo  de  visitar  los  conventos), 
lo  hago  yo  por  el  mismo  sistema,  deseando  perpetuar  tan  preciosos 
escritos».  Como  la  Santa  escribió  dos  veces  el  Camino  de  Perfección, 


PRELIMINARES  LXXVlI 

modificando  bastante  en  la  redacción  segunda  su  obra  primera,  el  au- 
tor de  este  trabajo  tuvo  el  excelente  acuerdo  de  publicar  en  una  página 
la  reproducción  litográfica  del  Escorial,  y  en  la  siguiente,  a  dos  colum- 
nas paralelas,  los  trasuntos  impresos  de  S.  Lorenzo  y  de  Valladolid,  para 
de  esta  manera  ver  más  fácilmente  la  diferencia  entre  ellos.  Tanto  por 
esto  como  por  las  notas  que  les  puso,  merece  el  Sr.  Herrero  sinceras 
alabanzas.  La  lectura  de  los  originales  está  bien  hecha,  por  lo  regular; 
raras  son  las  faltas  que  hemos  hallado  en  los  impresos. 

Después  del  Camino  de  Perfección  viene  el  Modo  de  visitar  los 
conventos  de  Religiosas,  que  ocupa  21  hojas  la  litografía  y  15  páginas 
el  traslado  impreso.  Por  último,  en  el  ñpéndice  se  reproducen  algunos 
fragmentos    originales,    de    los    cuales    se    hablará    en    su    lugar. 

Existió  el  propósito  de  editar  en  cuadernos  y  en  la  misma  impren- 
ta de  Aguado,  todos  los  autógrafos  de  cartas  y  otros  escritos  de  la 
Santa;  pero  no  llegaron  a  publicarse  más  que  uno  o  dos.  Desde  el 
1882  hasta  la  fecha,  se  han  reproducido  por  medio  de  la  fotografía 
diferentes  cartas  y  fragmentos  de  escritos  de  Santa  Teresa  en  diver- 
sas Revistas,  que  sería  largo  numerar  aquí.  De  todas  ellas  y  de  muchas 
más,  poseemos  copias  fotográficas  que  nos  han  de  servir  para  la  co- 
rrección   de    pruebas    cuando    lleguemos    a    su    impresión. 

Añadiremos,  antes  de  terminar  esta  sección  de  los  Preliminares, 
que  no  debemos  ser  largols  y  ligeros  de  lengua  para  condenar  a  Gra- 
dan, Báñez,  Yanguas  y  algunos  otros  que  retocaron  o  hicieron  leves 
enmiendas  en  los  escritos  de  la  Santa.  En  primer  lugar,  las  enmien- 
das son  muy  pocas  y  sobre  puntos  muy  secundarios  de  doctrina;  no 
porque  los  doctos  Padres  citados  dejasen  de  estar  conformes  con  la 
Santa,  sino  por  temor  a  que  entendimientos  suspicaces  interpretasen 
mal,  en  momentos  tan  peligrosos  para  las  obras  de  mística  en  ro- 
mance, algunas  frases  de  la  ilustre  Doctora.  Que  en  esto  no  andaban 
descaminados,  pruébanlo  las  denuncias  que  se  hicieron  a  la  Inquisición 
y  las  defensas  que  de  ellas  hubieron  de  escribirse.  La  misma  Santa  lo 
deseaba  vivamente,  como  lo  repite  diversas  veces  en  sus  libros,  ade- 
más de  lo  mucho  que  sobre  esto  insistía  con  el  P.  Gracián   (1).   Las 


1  En  una  carta  del  P.  Jerónimo  Gracián  a  su  hermana  María  de  San  José  escrita  desde 
Roma  el  9  de  Enero  de  1599,  copia  otra  que  había  dirigido  a  la  duquesa  Olimpia  Ursicina,  en  la 
cual  se  lee:  «Estoy  obligado  antes  que  se  imprima  en  lengua  italiana  el  libro  que  ella  escribió 
de  su  Vida,  de  avisar  de  algunos  puntos  y  palabras  que  en  él  se  tratan,  dando  luz  de  cómo  se 
entiende  esta  doctrina,  y  si  enmendase  algo  de  lo  que  está  impreso  en  español,  que  será  muy 
poco,  tengo  por  muy  cierto  que  se  le  hace  servicio  a  la  misma  Madre  allá  en  el  cielo,  donde 
espero  en  Dios  que  está;  pues  cuando  vivía  en  la  tiena  me  rogó  muchas  veces,  con  gran  enca- 
recimiento, que  si  imaginaba  que  aquestos  sus  papeles  habían  de  venir  al  público,  donde  algu- 
nos los  leyeren,  los  enmendase  primero,  y  quitase  cualquier  palabra  que  de  cualquier  manera 
fuese  ocasión  de  tropezar  cualquier  género  de  entendimiento;  porque  su  intento  había  sido  obe- 
decer en  escribillos,  y  su  deseo  que  aprovechen  a  las  almas  y  no  que  den  ocasión  de  disputas». 
(Cfr.  Memorias  Historiales,  1.  N,  núm.  123). 


LXXVIII  PRELIMINARES 

palabras  que  se  citan  de  la  V.  ñna  de  Jesús  y  otras  personas  para  de- 
mostrar lo  mucho  que  apenaban  a  la  santa  Doctora  las  correcciones 
que  se  hacían  en  sus  escritos,  han  de  limitarse  únicamente  a  las  frases 
o  períodos  en  que  reproduce  a  la  letra  las  hablas  con  que  Jesús  la 
regalaba  a  menudo,  pero  no  de  lo  demás  (1);  habría  que  suponer, 
de  lo  contrario,  que  la  Santa  se  contradecía,  a  sí  misma  con  testimonios 
opuestos  y  que  estaba  extraordinariamente  pagada  de  sus  escritos; 
suposición  injuriosa  y  reñida  con  su  llaneza  y  profunda  iiumildad, 
constantemente  afirmada  en  sus  obras  con  exagerada  persistencia.  Harto 
más  veneraban  los  escritos  de  Santa  Teresa  aquellos  claros  varones, 
que  los  apologistas  insubstanciales  que  así  se  atreven  a  denigrarlos, 
ñunque  Fray  Luis  de  León  reprendió  los  que  él  calificaba  de  atre- 
vimientos, ya  hemos  visto  lo  que  hizo  después,  ñdemás  que  no  todos 
tienen  la  autoridad  del  incomparable  Maestro  para  criticar  tales  en- 
miendas. 


1  Así  creo  yo  han  de  entenderse  estas  palabras  del  capítulo  XXXIX  de  la  Vida.-  «Que 
muchas  cosas  de  las  que  aquí  escribo  no  son  de  mi  cabeza,  sino  que  me  las  decía  este  mi 
Maestro  celestial,  u  porque  en  las  cosas  que  seiíaladamente  digo:  e.sto  entendí  u  me  dijo  el 
Señor,  se  me  hace  escrúpulo  grande  poner  u  quitar  una  sola  sílaba  que  sea». 


VI 


DILIGENCIAS  HECHAS  PAHA  LA  PUBLICACIÓN  DE  LAS  OBRAS  DE  SANTA  TERESA. — 
ALGUNAS  EDICIONES  EN  CASTELLANO. — TRABAJOS  DE  LOS  PADRES  ANDRÉS 
DE  LA  ENCARNACIÓN  Y  MANUEL  DE  SANTA  MARÍA  EN  EL  SIGLO  XVIII. — 
EDICIÓN    DE    LA    BIBLIOTECA    DE    RIVADENEYRA. 


Corrían  con  grande  crédito  y  provecho  espiritual  copias  no  poco 
defectuosas  de  los  escritos  de  la  Santa.  Para  satisfacer  la  devoción 
de  tantos  aficionados,  era  necesario  publicarlos  bien  ajustados  a  los 
autógrafos,  y  la  Reforma  se  encargó  de  procurar  la  impresión.  Ya 
en  vida  de  la  autora  publicó  D.  Teutonio  de  Braganza,  en  la  ciudad 
de  Evora,  el  Camino  de  Perfección  y  los  Avisos,  conforme  a  una  copia 
aprobada  por  la  misma  Santa  Madre,  que  hoy  poseen  las  Carmelitas 
Descalzas  de  Toledo.  Por  Real  cédula  de  5  de  ñgosío  de  1584,  se 
concedió  licencia  al  P.  Jerónimo  Gracián,  Provincial  de  los  Descalzos, 
para  reimprimir  el  Camino  de  Perfección.  Publicólo  el  P.  Gracián  en 
1585  en  la  imprenta  de  Guillermo  Foquel  (Salamanca).  Reprodúcese  en 
esta  edición  la  carta  dedicatoria  que  el  piadoso  Prelado  puso  en  la 
suya;  los  Avisos  que  venían  al  principio,  trasladólos  Gracián  al  fin, 
y  suprimió  la  Vida  de  San  Alberto,  que  con  el  Camino  de  Perfección 
había  publicado  D.  Teutonio  (1).  De  esta  edición,  que  sepamos,  no  ha 
hecho  mención   ningún   escritor   hasta   ahora. 

En  1584,  declarando  la  canción  XIII  del  Cántico  Espiritual,  manifes- 
tó San  Juan  de  la  Cruz  deseos  de  ver  impresos  los  escritos  de  Santa 
Teresa,  y  aun  dio  por  cierto  que  se  imprimirían  pronto,  absteniéndose, 
por  lo  mismo,  de  explicar  extensamente  las  palabras:  «Que  voy  de 
vuelo»,  por  haberlo  hecho  ya  muy  subidamente  la  Santa.  «Mas  porque 


1      De  la  impresión   del  P.   Jeiónimo  Giaclán,  habla  en   las   Memorias  Historiales  el  Padre 
Andrés  de  la  Encarnación,  letra  N,  núm.  109. 


LXXX  PRELIMINARES 

mi  intento,  dice,  no  es  sino  declarar  brevemente  estas  Ganciones,  como 
en  el  prólogo  prometí,  quedarse  han  para  quien  mejor  lo  sepa  tratar 
que  yo.  Y  porque  también  la  bienaventurada  Teresa  de  Jesús,  nuestra 
Madre,  dejó  escritas  de  estas  cosas  de  espíritu  admirablemente,  las 
cuales  espero  en  Dios  saldrán  presto  impresas  a  luz»  (1).  Este  deseo  del 
extático    Doctor    le    compartían    seguramente    todos    sus    hijos. 

Dióse  el  primer  paso  oficial  para  la  impresión  de  los  libros 
de  la  Santa  en  el  Definitorio  de  1  de  Setiembre  de  1586,  al  que  asistió 
como  definidor  San  Juan  de  la  Cruz.  Resume  con  su  acostumbrada  cla- 
ridad y  precisión  las  diligencias  hechas  por  la  Orden,  el  P.  Jerónimo 
de  San  José  por  estas  palabras:  «Los  que  primero  celaron  y  cuidaron 
de  esto  (de  la  impresión  de  las  obras  de  Santa  Teresa),  fueron  nuestros 
Padres  Fr.  Nicolás  de  Jesús  María,  Provincial  y  cabeza  entonces  de 
la  Orden,  nuestro  venerable  P.  Fr.  Juan  de  la  Cruz,  Fr.  Gregorio  Na- 
cianceno,  Fr.  Ambrosio  Mariano  y  Fr.  Juan  Bautista,  Definidores,  los 
cuales,  juntos  en  su  Definitorio  celebrado  en  Madrid  primero  día  de 
Setiembre  del  año  1586,  hicieron  un  decreto  de  la  impresión  de  los 
libros,  de  que  en  el  de  la  Religión  y  Definitorios  se  halla  la  memoria 
siguiente,  de  mano  del  secretario  de  la  Junta,  Fr.  Gregorio  de  San  An- 
gelo: «ñsí  mismo  se  propuso  que  se  imprimieran  los  libros  y  obras  que 
nuestra  Santa  Madre  Teresa  de  Jesús  hizo;  y  se  comete  la  ejecución  de 
lo  susodicho  a  N.  M.  R.  P.  Provincial,  que  dé  en  ello  la  orden  que  le 
pareciere  convenir.  Propuesto  lo  susodicho,  pasó  que  se  haga  y  cumpla 
como  aquí  se  contiene;  lo  cual  fué  por  votos  secretos,  conforme  a  nues- 
tras Leyes  y  Constituciones»  (2). 


1  Obras  del  místico  Doctor  S.  Juan  de  la  Cruz,  t.  II,  p.  229,  (edición  de  Toledo,  1912). 

2  Acerca  de  este  Definitorio,  conviene  observar  que  fué  congregado  por  el  P.  Nicolás  de 
Jesús  María  para  el  13  de  Agosto  en  Madrid.  La  Reforma  de  los  Descalzos  (t.  II,  1.  7,  c.  46) 
dice  que  S.  Juan  de  la  Cruz,  Vicario  Provincial  a  la  sazón  de  Andalucía,  enfermó  al  llegar  a 
Toledo  y  avisó  al  Provincial  lo  tuviesen  por  excusado  de  asistir  al  Definitorio.  La  enfermedad  no 
debió  de  ser  larga  ni  grave,  porque  en  la  sesión  del  16  de  Agosto  ya  intervino  el  Santo  y  firmó 
los  acuerdos  tomados  en  ella  y  otras  sesiones  subsiguientes.  De  los  libros  de  la  Santa  no  se 
trató  hasta  la  sesión  del  1  de  Septiembre,  en  la  que  se  acordó  publicarlos,  como  hemos  dicho.  El 
libro  de  estos  Definitorios  existía  por  los  años  de  1755  en  el  riquísimo  Archivo  que  los  Carmen 
litas  Descalzos  tenían  en  S.  Hermenegildo  de  Madrid.  Allí  lo  vio  el  P.  Andrés  de  la  Encar-- 
nación,  de  quien  tomamos  estos  datos,  (Memorias  Historiales,  letra  N,  núm.  1);  únicamente  ad- 
vertimos, que  el  P.  Andrés  se  equivoca  en  poner  la  mencionada  determinación  el  3  de  Octubre, 
en  vez  del  \  de  Sepfiembre,  como  el  P.  Jerónimo  de  S.  José.  El  mismo  P.  Andrés  se  corrige  en 
los  números  131  y  134  de  esta  misma  letra  N,  en  los  cuales  da  estos  interesantes  pormenores. 
Núm.  131:  «La  Junta  que  N.  P.  Fr.  Nicolás  hizo  de  los  Definidores,  año  1586,  se  ve  en  el  libro 
original  del  Definitorio.  Comenzó  a  13  de  Agosto.  En  los  tres  días  primeros,  no  se  ve  firma,  ni 
se  dice  entrase  N.  S.  Padre.  El  día  ló,  se  dice  expresamente  que  entró;  y  fué  firmando  todos 
los  días  siguientes  hasta  el  30  de  Agosto,  y  aún  hasta  el  3  de  Septiembre  inclusive,  en  el  que 
parece  se  acabó».  Núm.  134:  «De  los  libros  de  nuestro  Definitorio  general  consta,  que  el  año  1586, 
a  13  de  Agosto,  tuvo  junta  N.  P.  Fr.  Nicolás  de  Jesús  María,  Provincial.  En  ella  entraron  los 
que  dice  la  Historia,  t.  II,  1.  7,  c.  46.  Este  día  ni  entró  ni  firmó  N.  S.  Padre.  El  14  y  15  no 
hubo  junta.  El  16,  17  y  18  la  hubo  y  en  todos  estos  días  entró  y  firmó  el  Santo.  Suspendióse  la 
junta  hasta  el  día  29  de  aquel   mes.    Húbola   en  los  siguientes  días  29,  30  y  31  de  Agosto,  1,  3 


PRELIMINARES  LXXXI 

»Este  fué  el  primer  decreto  que  hubo  de  imprimir  los  libros  de 
la  Santa...  Ayudó  también  después  para  la  ejecución  el  celo  y  cuidado 
de  la  venerable  flna  de  Jesús,  insigne  religiosa  de  nuestra  Orden,  a 
la  cual,  habiendo  fundado  el  convento  de  Madrid,  año  de  1586,  enco- 
mendó el  P.  Provincial  procurase  cobrar  el  libro  original  de  la  Vida 
de  la  Santa,  que  todavía  estaba  en  la  Inquisición,  y  también  recoger 
los  demás,  en  orden¡  a  que  se  imprimiesen  juntos...  La  Inquisición  dio 
con  mucho  gusto  el  libro  que  tenía,  y  recogidos  otros  dos,  es  a  saber, 
el  de  Camino  de  Perfección  y  Las  Moradas,  con  algunos  otros  papeles 
sueltos,  se  presentaron  todos  al  Consejo  Supremo  de  Castilla,  el  cual 
los  remitió  al  Muy  Reverendo  y  doctísimo  P.  Fr.  Luis  de  León,  de 
la  Orden  de  San  Agustín,  catedrático  de  Prima  de  Escritura  de  la  Uni- 
versidad de  Salamanca,  y  uno  de  los  más  insignes  en  todas  letras  y  eru- 
dición que  ha  tenido  aquella  Orden  sagrada,  ni  hubo  en  su  siglo,  como 
sus  escritos  y  fama  testifican. 

»R  este  insigne  varón  se  encomendaron  y  entregaron  los  libros,  no 
como  a  Comisario  del  Consejo  para  la  aprobación  de  ellos,  sino  también 
como  a  persona  de  tan  gran  juicio  y  ¡autoridad  para  la  corrección  de  los 
traslados  por  donde  se  había  de  hacer  la  impresión,  ajustándolos  a 
sus  originales.  Así  lo  testifica  él  mismo  en  la  Carta  o  Prólogo  que  es- 
cribe al  principio  dellos...  Habiéndose  el  P.  Maestro  detenido  en  la 
corrección  y  ajustamiento  destas  obras  con  sus  originales  por  espacio 
casi  de  un  año,  las  volvió  al  Consejo  con  su  censura  y  aprobación, 
que   se   imprimió   al   principio   dellas»    (1). 

»Vista  por  el  Consejo  esta  aprobación,  se  dio  la  licencia  para  im- 
primir los  libros.  Para  la  ejecución  desto,  volvió  el  Definitorio  de  la 
Religión  a  hacer  de  nuevo  acuerdo  y  decreto  en  Madrid,  a  28  de 
Noviembre  del  mismo  año  de  87  en  esta  forma:  «La  impresión  de  los 
libros  de  nuestra  Santa  Madre  Teresa  de  Jesús  se  haga  conforme  al 
concierto  que  se  ha  hecho  con  Julio  Junta.  Y  firmaron  Fray  Nicolás  de 
Jesús  María,  Provincial,  Fray  Agustín  de  los  Reyes,  Fray  Elias  de  San 
Martín,  Fray  Antonio  de  Jesús,  Fray  Juan  Bautista,  Difinidores,  Fray 
Gregorio  de  San  Angelo,  secretario.  Dispúsose  la  impresión  por  orden 
del  P.  Provincial;  y  porque  la  señora  emperatriz.  Doña  María,  había 
sido  tanta  parte  para  que  se  imprimiesen,  se  los  dedicó  en  nombre 
de  la  dicha  Religión»  (2). 


U  4  de  Septiembre.  En  todos  estos  días  entró  el  Santo  y  firmó,  de  modo  que  sólo  el  día  13  de 
Agosto  faltó  a  este  Definitorio  el  santo  Vicario.  Cerróse  el  4  de  Septiembre  esta  Dieta  y  no  se 
tuvo  otra  alguna  hasta  el  día  7  de  Abril  del  87,  en  Valladolid.  El  Decreto  en  orden  a  la  imprC" 
sión  de  los  libros  de  la  Santa,  se  hizo  en  la  junta  del  1  de  Septiembre». 

1  La  aprobación  de  Fr.  Luis  de  León  vendrá  en  los  Apéndices. 

2  El  P.  Doria  dirigió  a  D.a   María    la    siguiente  dedicatoria:    «A  la   Emperatriz,    nuestra 
Señora,  el  Provincial  y  Orden  de    los    Carmelitas  Descalzos,  etc.  Nuestra  Santa  Madre  Teresa 


LXXXn  PRELIMINARES 

»Este  mismo  año,  prosigue  el  liistoriador,  se  hizo  la  primera  im- 
presión en  Salamanca  por  Guillermo  Foquel.  Contenía  los  libros  di- 
chos, es  a  saber:  la  Vida  de  la  Santa,  y  al  fin  della  unas  Relaciones 
sueltas,  escritas  por  ella  misma,  que  acomodó  allí  el  P.  Fray  Luis  de 
León.  ítem,  Las  Moradas,  y  al  fin  dellas  unas  Exclamaciones  devotas 
de  la  misma  Santa.  ítem,  el  Camino  de  Perfección,  y  al  fin  del  unos 
Avisos  que  escribió  para  las  monjas»   (1). 

Por  la  relación  del  P.  Jerónimo  que  acabamos  de  leer,  se  ve  que 
diecisiete  días  antes  que  las  Carmelitas  Descalzas  pusiesen  el  Santísimo 
Sacramento  en  su  primera  capilla  de  Madrid,  acordóse  en  el  Definí- 
torio  de  la  Reforma  publicar  las  obras  de  la  Santa  Madre.  La  fun- 
dadora, flna  de  Jesús,  que  estaba  en  Granada,  gozaba  de  gran  crédito 
en  la  corte  como  religiosa  de  mucha  perfección  y  aventajadas  dotes 
naturales.  Con  el  trato  personal,  aumentó  el  crédito  hasta  el  extremo 
de  que,  el  P.  Francisco  de  Santa  María,  poco  sospechoso  tratándose 
de  la  V.  Madre,  la  llama  «ídolo  de  talentos  grandes»  (2).  Había  llega- 
do Ana  de  Jesús  el  7  de  Septiembre  a  Madrid,  y  hospedábase  con  sus 
compañeras  en  el  palacio  de  García  de  ñlvarado.  Mayordomo  de  D.a  Ala- 
ría, viuda  de  Maximiliano  II  de  Austria  y  hermana  de  Felipe  II,  que 
después  de  la  muerte  del  Emperador,  se  había  retirado  a  las  Descal- 
zas Franciscas  de  la  corte  de  España,  donde  vivía  con  su  hija  la  infanta 
Margarita. 

Doña  María,  que  tenía  gran  devoción  a  la  Reforma  de  Santa  Te- 
resa, favoreció  mucho  a  la  nueva  fundación  de  las  Carmelitas  (3). 
Antes  de  tomar  posesión  de  la  nueva  casa,  las  Descalzas  fueron  a  besar 
la  mano  a  la  Emperatriz,  y  de  la  visita  quedó  muy  aficionada  a  ellas, 
singularmente  a  la  Madre  Ana  de  Jesús.  Lo  mismo  ocurrió  con  lo  más 
granado  de  la  corte,  porque  las  virtudes  y  don  de  gentes  de  la  nueva 
Priora,  robaban  fácilmente  los  corazones.  Encontrábase  por  entonces  en 
Madrid,  con  motivo  de  un  famoso  pleito  de  la  Universidad  de  Sala- 
manca, el  P.  Maestro  Fray  Luis  de  León,  y  tuvo  ocasión  de  tratar 
a  la  Venerable  Ana  de  Jesús,  quedando  prendado  de  su  acrisolada 
virtud  y  talento.  De  esta  amistad  habla  en  la  Carta  que  dirigió  a 
la  Comunidad  de  que  la  Venerable  era  priora  y  puso  al  frente  de  la 


de  Jesús,  movida  de  Dios,  escribió,  para  enseñamiento  de  los  monasterios  que  fundó  de  la  pri- 
mera Regla  de  su  Orden,  algunos  tratados  llenos  de  doctrina  y  de  espíritu,  que  siendo  vistos  y 
examinados,  ha  parecido  serán  de  grande  provecho  para  las  almas.  Estos  ofrecemos  agora  a 
V.  M.,  como  la  más  preciosa  joija  que  tenemos,  para  que  saliendo  a  luz  debajo  de  su  real 
amparo,  quien  los'  viere,  los  precie  ij  estime  en  lo  que  son;  de  más  de  que  obras  tan  grandes 
a  de  tan  santa  mujer,  se  deben  a  V.  M.,  que  es  la  maijor  de  todas,  no  menos  en  santidad 
que  en  grandeza.  Dios  guarde  a  V.  M.   En  Madrid,  a  10  de  Abril,   1538». 

1  Historia  del  Carmen  Descalzo,  1.  V,   c.  XIII,  págs.   879-881. 

2  Reforma  de  los  Descalzos,  1.  V,  c,  35,  p.  874. 

3  Reforma  de  los  Descalzos,  1.  VII,  c.  47,  p.  340. 


PRELIMINARES  LXXXIII 

primera  edición  de  las  obras  de  Santa  Teresa.  Escribe  el  P.  Francisco 
de  Santa  María,  que  el  P.  Nicolás  Doria,  «aunque  se  hallaba  con  re- 
ligiosos propios  de  mucha  capacidad  y  letras  a  quien  poder  encargar 
esta  empresa,  para  cerrar  la  puerta  a  sospechas»,  puso  los  ojos  en 
Fr.  Luis  de  León  con  el  fin  de  encargarle  la  impresión  de  los  escritos 
de  la  Santa  Reformadora.  La  amistad  de  la  Madre  Hna,  así  con 
la  Emperatriz  como  con  el  insigne  Maestro  agustiniano  (1),  movieron 
sin  duda  al  P.  Nicolás  a  procurar  por  medio  de  ella  la  ejecución  de 
este  empeño,  que  la  V.  Madre  cumplió  muy  a  satisfacción  de  la  Orden. 
Con  grande  actividad  y  devoción  trabajó  la  Madre  ñna  de  Jesús 
en  allegar  los  originales  de  la  Santa  y  muchas  copias  que  de  ellos 
existían.  Tal  vez  el  libro  de  más  difícil  adquisición  sería  el  de  la 
Vida,  que  hacía  maichos  años  estaba  en  el  Sanio  Oficio,  La  suave  y 
cariñosa  habilidad  de  la  Venerable  Madre,  venció  pronto  esta  difi- 
cultad. Fué  a  verla  cierto  día  el  Inquisidor  General,  y  ella  aprovechó 
tan  buena  coyuntura  para  exponerle  el  deseo  de  publicar  los  escritos 
de  su  santa  Fundadora  y  pedirle  el  libro  de  la  Mida.  Vino  en  ello 
el  Inquisidor,  y  a  los  pocos  días  ya  estaba  el  libro  en  poder  de  la 
Madre  Priora.  Los  originales  que  se  veneraban  en  los  conventos  y 
los  que  tenían  algunas  personas  de  fuera  de  la  Orden,  no  tardaron  en 
llegar  a  Madrid,  aunque  hubo  alguna  resistencia  por  parte  de  los  re- 
mitentes (2).  En  la  deposición  jurídica  para  la  canonización  de  Santa 
Teresa,  dice  la  misma  V.  Madre,  hablando  del  libro  de  la  Vida  que 
tenía  el  Santo  Oficio:  «No  supo  de  su  libro  más  mientras  vivió  la 
Santa,  ni  lo  que  la  Inquisición  sentía  de  él,  que  lo  tuvo  casi  doce  años 


1  Fray  Luis  de  León  fué  a  Madrid  en  los  comienzos  del  año  1585,  nombrado  por  el 
Claustro  de  Doctores  para  defender  los  derechos  de  la  Universidad  de  Salamanca  en  pleito  que 
por  colación  de  grados  académicos  tenía  con  el  Colegio  del  Arzobispo,  de  la  misma  ciudad, 
pero  regresó  sin  haberlo  concluido.  De  nuevo  volvió  a  Madrid  por  la  misma  causa,  a 
fines  de  1586,  g  allí  permaneció  hasta  Agosto  de  1589,  en  que,  con  sentencia  favorable  a  la 
Universidad,  tornó  a  Salamanca.  (Cfr.  Vida  y  procesos  del  Maestro  Fray  Luis  de  León,  por  el 
P.  Luis  Q.  Alonso  Getino,  O.  P.,  págs.  305^336).  Del  trato  amistoso  de  Fr.  Luis  de  León  con 
la  V.  Ana,  entre  otros  testimonios,  tenemos  el  de  el  P.  Maestro  Basilio  Ponce  de  León,  que 
en  las  Informaciones  de  Salamanca  declara:  «Artículo  99:  Al  Maestro  Fr.  Luis  de  León,  de  la 
Orden  de  S.  Agustín,  catedrático  que  fué  de  Escritura  en  la  Universidad  desta  dicha  ciudad  de 
Salamanca,  difunto,  que  fué  uno  de  los  mayores  entendimientos  g  letras  que  ha  tenido  esta 
edad,  tío  deste  testigo,  por  parte  de  su  madre,  le  ogó  decir  muchas  veces,  que  estando  dife^- 
rentes  días  platicando  con  la  dicha  Madre  Ana  de  Jesús  en  el  su  monasterio  de  Descalzas 
Carmelitas  de  Madrid»...  (Cofr.  Memorias  Historiales,  1.  P,  n.  94). 

2  Que  la  reunión  de  los  originales  de  Santa  Teresa  no  debió  de  ser  tan  hacedera  g 
corriente  como  de  algunas  declaraciones  se  colige,  parece  evidente.  En  un  escrito  que  en 
el  Cajón  de  las  venerables  Anas  se  conservaba  en  el  Archivo  de  San  Hermenegildo,  se 
hablaba  largamente  de  estas  diflcultades  g  se  leían  estas  palabras  de  la  Madre  Catalina  de 
San  Francisco:  «Con  muchos  trabajos  g  contradicciones  de  religiosos  de  Ordenes  bien  graves, 
hizo  en  Madrid  imprimir  los  libros  de  N.  M.  Santa  Teresa,  g  costó  harto  sacar  los  originales 
de  las  personas  que  los  tenían  g  de  la  Inquisición,  donde  había  años  estaban  algunos».  (Me~ 
moñas  Historiales,  letra  M,  núm.  5). 


LXXXIV  PRELIMINARES 

en  su  poder  (esto  es,  hasta  que  yo  vine  a  fundar  el  convento  de  Ma- 
drid), y  allí  le  pedí  al  Inquisidor  General,  de  quien  supe  estaba  ya 
mirado  y  aprobado,  y  que  a  él  y  a  todos  los  del  Consejo  Supremo  de 
la  Inquisición,  les  daría  mucho  contento  se  imprimiese;  lo  que  se  hizo, 
como  diré  a  la  última  pregunta».  Respondiendo  a  ésta,  concluye:  «Yo, 
con  licencia  y  orden  de  los  Prelados,  los  junté  (los  manuscritos  de 
la  Santa),  que  estaban  en  diferentes  partes,  para  darlos  al  Maestro 
Fr.  Luis  de  León,  que  fué  a  quien  les  remitió  el  Consejo  Real;  y  él, 
sin  mudar  palabra  de  lo  que  halló  escrito  de  nuestra  Madre  Teresa, 
dio  la  censura  y  hizo  el  prólogo  a  los  tres  que  andaban  impresos, 
que  son  la   Vida,   el  Camino   de  Per  lección  y   Las  Moradas»   (1). 

Por  lo  dicho  se  ve,  que  el  Definitorio  de  la  Descalcez,  antes  de 
venir  la  M.  Ana  a  Madrid,  acordó  publicar  los  libros  de  Santa  Teresa; 
que  el  recogerlos  y  entregarlos  a  Fr.  Luis  de  León  se  encomendó  a 
la  V.  Madre,  y  que  el  inmortal  autor  de  los  Nombres  de  Cristo,  tomó 
con  gusto  el  traba jol  y  lo  llevó,  en  menos  de  un  año,  a  feliz  acabamien- 
to. Suum  caique.  Decimos  esto,  porque  algunos  autores  (2)  suponen 
que  la  iniciativa  de  imprimir  los  libros  de  la  Santa,  partió  de  la  Madre 
ñna;  lo  cual  no  parece  del  todo  exacto,  si  bien  la  Venerable,  como 
todos  los  Carmelitas  Descalzos,  anhelaba  vivamente  verlos  impresos. 
El  primer  acuerdo,  como  hemos  visto,  lo  tomó  el  Definitorio  de  1  de 
Setiembre  de  1586,  y  la  V.  flna  no  llegó  a  Madrid  hasta  el  día  7 
del  mismo  mes,  cuando  se  había  cerrado  ya  aquella  junta  provincial. 


1  Cfr.  Vida  de  la  M.  Una  de  Jesús,  por  el  P.  Bertoldo  Ignacio  de  Santa  Ana,  t.  I, 
1.  V,  p.  320.  Burgos,  1901.  Acerca  del  libro  original  de  la  Vida  que  tenía  la  Inquisición, 
el  P.   Gracián  habla  extensamente  en   el  c.  IV  de  la  primera  parte  del  Dilucidario. 

«En  una  relación  sobre  la  V.  Ana  de  Jesús,  que  procedente  del  convento  fundado  por  ella  en 
A'ladrid  se  conservaba  en  nuestro  Archivo  general  de  San  Hermenegildo,  leemos,  que  «lo  pri- 
mero de  que  trató  en  la  Corte  fué  de  que  salieran  a  luz  los  libros  que  escribió  nuestra  Madre 
Santa  Teresa  de  Jesús,  para  que  el  mundo  conociese  la  grandeza  de  su  doctrina  y  espíritu  celeS" 
tial.  Vínola  a  ver  el  Inquisidor  general,  u  pidiéndoselo,  la  respondió  que  daría  la  licencia  para 
que  se  imprimiesen,  porque  lo  deseaba  ij  todos  los  del  Consejo  Supremo...  Con  la  señora  Em- 
peratriz procuró  que  se  lo  encargase  al  M.  Fray  Luis  de  León...  Por  mandado  de  nuestro 
P.  Fray  Nicolás  de  Jesús  juntó  todas  las  obras  escritas  de  manos  de  N.  M.  Santa  Teresa  de 
Jesús  y  se  las  di6  al  P.  M.  Fray  Luis  de  León,  catedrático  de  Escritura  de  la  Universidad  de 
Salamanca».  Memorias  Historíales,  letra  N,  núm.  115. 

María  de  la  Encarnación,  dama  que  había  sido  de  la  Emperatriz  y  que  pidió  y  obtuvo 
el  hábito  de  la  V.  Ana  en  Madrid,  en  las  Informaciones  hechas  1593  en  la  corte  para  la  beati- 
ficación y  canonización  de  la  Santa,  asegura  que  había  visto  en  el  convento  de  Santa  Ana  los 
escritos  de  Santa  Teresa;  y  que  «estando  esta  testigo  en  casa  de  la  Majestad  de  la  Emperatriz, 
leyó  un  libro  de  la  dicha  A\.  Teresa,  llamado  Camino  de  Derfeccíón,  y  vino  a  sus  manos  otro 
escrito  de  mano  de  la  Vida  de  la  dicha  Madre,  que  tenía  Su  Majestad  de  la  Emperatriz,  que 
habrá  diez  años  poco  más  o  menos».  Memorias  Historiales,  letra  N,  núm.  51.  Parecidas  decla- 
raciones hizo  esta  Madre  en  otro  proceso  en  1653.  Como  María  de  la  Encarnación  estaba  al 
servicio  de  la  hermana  de  Felipe  II  y  no  tomó  el  hábito  hasta  el  21  de  Noviembre  de  1586, 
bien  pudo  ver  en  casa  de  D.a  María  los  libros  de  la  Santa. 

2  Entre  otros,  las  Carmelitas  Descalzas  del  primer  Monasterio  de  París:  Oeuvres  completes 
de  Sainte  Thérese  de  Jesús,  1.  I,  p.  XXXI,  (París,  1907)  y  el  P.  Bertoldo  Ignacio  de  Sta.  Ana: 
Vida  de  la  M.  Rna  de  Jesús,  1.  V,  p.  319,  de  la  versión  española. 


PRELIMINARES  LXXXV 

Los  trabajos  realizados  por  Fr.  Luis  de  León  para  la  impresión 
de  las  obras  de  la  Santa,  cuéntalos  él  mismo  en  su  Carta  a  la  M.  ñna 
y  su  Comunidad  en  estos  términos;  «Los  cuales  libros,  que  salen  a  luz 
y  el  Consejo  Real  me  cometió  que  los  viese,  puedo  yo  con  derecho  en- 
derezarlos a  ese  santo  convento,  como  de  hecho  lo  hago,  por  el  tra- 
bajo que  he  puesto  en  ellos,  que  no  ha  sido  pequeño.  Porque  no  sola- 
mente he  trabajado  en  verlos  y  examinarlos,  que  es  lo  que  el  Consejo 
mandó,  sino  también  en  cotejarlos  con  los  originales  mismos  que  es- 
tuvieron en  mi  poder  muchos  días  y  en  reducirlos  a  su  primera  pu- 
reza, en  la  misma  manera  que  los  dejó  escritos  de  su  mano  la  Santa 
Madre,  sin  mudarlos  ni  en  palabras  ni  en  cosas,  de  que  se  habían 
apartado  mucho  los  traslados  que  andaban,  o  por  descuido  de  los 
escribientes  o  ípor  atrevimiento  y  error.  Que  hacer  mudanza  en  las  co- 
sas que  escribió  un  pecho  en  quien  Dios  vivía,  y  que  se  presume  le 
movía  a  escribirlos,  fué  atrevimiento  grandísimo,  y  error  muy  feo 
querer  enmendar  las  palabras;  porque  si  entendieran  bien  castellano, 
vieran    que    el    de    la    Madre    es    la   misma    elegancia». 

No  publicó  Fr.  Luis  de  León  todos  los  libros  de  la  Santa,  aunque 
sí  los  más  principales,  si  se  exceptúa  el  de  las  Fundaciones,  el  cual 
no  pareció  oportuno  darlo  entonces  a  la  estampa,  porque  aun  vivían 
muchas  personas  de  las  que  en  el  libro  se  mencionan.  Comenzó  por 
la  Vida,  a  la  que  añadió  algunas  mercedes  y  revelaciones  que  la 
Santa  Madre  tenía  escritas;  a  continuación  el  Camino  de  Perfección 
con  los  Avisos,  que  ya  habían  publicado  D.  Teuíonio  y  el  P.  Gradan, 
y,  por  fin.  Las  Moradas  y  Las  Exclamaciones,  formando  un  abultado 
tomo  de  más  de  mil  páginas  en  8.e  mayor. 

Los  Carmelitas  concertaron  la  impresión  con  Julio  Junta,  amigo 
de  Felipe  II,  conviniendo  en  que  las  publicaría  un  oficial  muy  acredi- 
tado suyo,  llamado  Guillermo  Foquel,  que  trabajaba  en  Salamanca  (1). 
Salieron  en  1588  con  este  título:  Los  libros  de  la  Madre  Teresa  de 
Jesús,  Fundadora  de  los  monesterios  de  monjas  y  frailes  Carmelitas 
Descalzos    de   la   primera    regla.    En   Salamanca   por   Guillermo   Foquel, 

Contiene  el  tomo:    Portada  con  el  escudo   real,   índice,  escudo  del 


1  Así  se  infiere  de  la  Relación  que  D.  Francisco  de  Mora,  aposentador  del  palacio  del 
rey  Felipe  III,  presentó  en  las  Informaciones  para  la  canonización  de  Santa  Teresa  'en  Madrid. 
«Pues  como  tenía,  dice,  el  amigo  Julio  de  Junta,  que  tenía  la  Imprenta  Real,  que  al  presente 
está  en  Florencia,  sucedió  imprimir  las  obras  de  la  M.  Teresa  en  Salamanca,  que  tenía  allí  un 
agente  suyo  u  se  imprimieron  el  ano  1588.  De  los  primeros  libros  me  dio  uno,  y  fui  comen- 
zando a  leer  a  de  las  demás  impresiones  que  hacía  de  estos  libros  me  daba  uno.  Hizo  segunda 
impresión  el  ano  1589  del  dicho  libro  y  dióme  otro».  El  P.  Andrés  de  la  Encarnación  añade  por 
su  cuenta:  «De  este  Julio  Junta  dice  antes,  le  tenía  Felipe  II  mucha  afición  y  le  había  dado  sitio 
para  labrar  casa  para  hacer  la  Imprenta  Real.  Con  este  Junta  concertó  la  Religión,  no  con  Foquel, 
que  debía  ser  criado  suyo;  si  no  que  se  diga  se  hacía  a  costa  de  Junta  y  Foquel  era  el  impre- 
sor». (Cfr.  Memorias  Historíales,  letra  N,  núm.  39). 


LXXXVI  PRELIMINARES 

Carmen  Descalzo,  censura  de  Fr.  Luis  de  León,  (San  Felipe  de  Madrid, 
8  de  Setiembre  de  1587).  Suma  del  Privilegio:  Bosque  de  Segovia 
(San  Indefonso),  24  de  Octubre  de  1587.  Tasa  por  Pedro  Zapata  de 
Mármol.  Madrid,  28  de  Abril  de  1588.  Dedicatoria  a  la  Emperatriz 
nuestra  Señora,  el  Provincial  y  Orden  de  Carmelitas  Descalzos.  (Madrid 
10  de  Abril  de  1588).  Retrato  de  Santa  Teresa.  Carta  a  la  M.  Priora 
y  Religiosas  Carmelitas  Descalzas  del  Monasterio  de  Madrid,  del  Maes- 
tro   Fr.    Luis    de    León.    Texto    de    la    Vida,    que    hace    544    páginas. 

En  la  página  545  escribe  el  P.  Luis  de  León:  «Con  los  originales 
de  este  libro  vinieron  a  mis  manos  unos  papeles  escritos  por  las  de 
la  Santa  Madre  Teresa  de  Jesús,  en  que,  o  para  memoria  suya,  o  para 
dar  cuenta  a  sus  confesores,  tenía  puestas  cosas  que  Dios  le  decía  y 
mercedes  que  le  hacía,  demás  de  las  que  en  este  libro  se  contienen, 
que  me  pareció  ponerlas  con  él,  por  ser  de  mucha  edificación.  Y  ansí 
las  puse  a  la  letra,  como  la  Madre  las  escribe,  que  dice  ansí»...  Son 
algunas   Relaciones  y   terminan  en   la   página   560. 

En  paginación  distinta  sigue  el  Camino  de  Perfección,  con  este 
largo  título  en  la  portada:  «^Libro  llamado  Camino  de  Perfección, 
que  escribió  para  sus  monjas  la  Madre  Teresa  de  Jesús,  fundadora 
de  los  monesterios  de  las  Carmelitas  Descalzas,  a  ruego  dellas.  Im- 
presso  conforme  a  los  originales  de  mano,  enmendados  por  la  misma 
Madre,  y  no  conforme  a  los  impressos  en  que  faltavan  muchas  cosas 
y  otras  andavan  muy  corrompidas.  En  Salamanca,  por  Guillermo  Fo- 
quel.    MDLXXXVIIl^. 

Contiene:  Argumento  general  del  libro.  Protestación.  Prólogo.  El 
texto  hace  259  páginas.  En  la  pág.  260  comienzan  los  Avisos  de  la 
M.   Teresa   de  Jesús   para   sus   monjas. 

En  último  lugar  publicó  Las  Moradas  y  Exclamaciones:  ^Libro 
llamado  castillo  interior  o  las  moradas  que  escribió  la  madre  Teresa 
de  Jesús,  fundadora  de  las  descalzas  Carmelitas  para  ellas,  por  manda- 
do de  su  superior  y  confesor.  En  Salamanca,  por  Guillermo  Foquel. 
MDLXXXVIII». 

Contiene:  Texto  de  las  Moradas,  de  268  páginas.  Pág.  269:  o^Ex- 
clamaciones  o  meditaciones  del  alma  a  su  Dios  escritas  por  la  madre 
Teresa  de  Jesús  en  diff érenles  días  conforme  al  espíritu  que  le  comuni- 
caba nuestro  Señor  después  de  aver  comulgado,  año  de  mil  y  quinientos 
y  sesenta  y  nueves. — Por  remate  del  volumen:  «Enmienda  de  los  tres 
libros»  (1). 


1  Los  ejemplares  de  esta  primera  edición  son  sumamente  tatos.  En  la  Biblioteca  Nacional 
hay  uno  procedente  de  la  librería  de  Salva,  u  otro  que  perteneció  al  antiguo  convento  de  San 
Gil,  en  Madrid. 


PRELIMINARES  LXXXVII 

En  conjunto,  la  edición  es  excelente,  como  podía  esperarse  de 
un  varón  tan  aventajado  en  letras.  Nadie  en  aquella  época,  en  que  no 
se  reparaba  en  las  minucias  críticas  de  nuestros  días,  la  hubiera  hecho 
mejor  ni  más  conforme  a  los  venerables  escritos  originales.  Rechazó 
con  laudable  gusto  crítico  las  enmiendas  y  apostillas  que  algunos  teó- 
logos doctos  les  habían  puesto,  y  procuro  que  saliese  en  todo  ajustada 
a  los  autógrafos. 

No  lo  consiguió  totalmente,  porque  en  la  edición  de  Foquel  hay 
frases  notablemente  modificadas;  otras  en  que  el  sentido  cambia  bastan- 
te por  lo  defectuoso  de  la  puntuación,  y  algunas  omisiones  de  tanto 
bulto,  que  no  es  posible  atribuirlas  a  distracción  o  descuido.  Algunos 
de  estos  deslices  del  inmortal  Maestro  se  registrarán  en  el  lugar  co- 
rrespondiente de  los  mismos  textos.  En  punto  a  las  omisiones  ha 
sido  muy  discutida  la  hecha  en  el  capítulo  XXXVIII  de  la  Vida. 
Escribe  la  Santa:  «De  los  de  la  Orden  de  este  Padre,  que  es  la  Com- 
pañía de  Jesús,  toda  la  Orden  junta  he  visto  grandes  cosas.  Vilos 
en  el  cielo  con  banderas  blancas»...  Fr.  Luis  de  León  lo  modificó  así: 
«De  los  de  cierta  Orden,  de  toda  la  Orden  junta,  he  visto  grandes 
cosas»...  El  cambio,  como  se  ve,  es  notable.  ¿Porqué  se  hizo?  Los 
Padres  Jerónimo  de  San  José  y  Andrés  de  la  Encarnación  sospechan 
que  la  causa  de  no  imprimir  el  nombre  de  la  Compañía  «sería  porque 
en  el  capítulo  XL  dice  la  Santa  que  no  nombra  las  Religiones,  por- 
que no  se  agravien  otras  (1),  no  recordando  que  en  el  capítulo  XXXVIII, 
había  nombrado  algunas,  olvido  que  corrigió  el  Maestro  León»  (2), 
Esta  benévola  explicación,  pudiera  ser  aceptada  si  sólo  se  tratase 
de  la  omisión  del  citado  capítulo  XXXVIII;  pero  ¿cómo  aplicarla  a 
otras  no  menos  significativas  de  la  misma  edición  de  Fr.  Luis?  Habla 
la  Santa,  v.  gr.,  de  las  almas  que  pierde  el  demonio  por  la  oración 
de  los  justos  y  dice:  «Pues  las  que  habrá  perdido  el  demonio  por 
Santo  Domingo  y  San  Francisco  y  otros  fundadores  de  Ordenes  y 
pierde  ahora  por  el  P.  Ignacio,  el  que  fundó  la  Compañía,  que  todos, 
está  claro  como  lo  leemos,  recibían  mercedes  semejantes  de  ]3ios». 
En  la  edición  de  Fray  Luis  de  León  se  lee  este  pasaje:  «Pues 
las  que  habrá  perdido  el  demonio  por  Santo  Domingo  y  San  Francis- 
co y  otros  fundadores  de  Ordenes?,  que  todos  estos,  como  leemos, 
recibían  mercedes  semejantes  de  Dios».  La  sustitución  de  palabras  tan 
terminantes  en  que  se  habla  de  San  Ignacio  y  la  Compañía,  por  las 
vagas  e  imprecisas  de  y  otros  fundadores  de  Ordenes,  no  tiene  disculpa 
posible.    R   causas   más   hondas   hay    que    atribuir,    a    mi    juicio,    estos 


1  He  aquí  las  palabras  de  Santa  Teresa:   «No  señalo    las    Ordenes;    si  el   Señor  es  servido 
se  sepa,  las  declarará,  porque  no  se  agravien  otras». 

2  Memorias  Historiales,  letra  R,  núm.  33. 


LXXXVIII  PRELIMINARES 

cambios  de  frases,  y  tal  vez  no  andaría  del  todo  descaminado  quien 
fuera  a  buscarlas  en  cierta  tirantez  de  relaciones  que  por  entonces 
existía  entre  la  Compañía  y  algunas  Religiones,  y  con  la  misma  Uni- 
versidad   de   Salamanca    (1). 

Estas  deficiencias  fueron  pronto  notadas  y  lamentadas  por  los 
Carmelitas  Descalzos.  Ellos  pidieron,  años  adelante,  que  se  consulta- 
sen los  originales  y  se  viese  su  discrepancia  con  los  impresos.  Los 
mismos  lamentos  acerca  de  la  edición  de  Fr.  Luis  de  León  han  atri- 
buido, erróneamente,  a  lo  que  se  me  alcanza,  al  P.  Francisco  de  Ribera 
en  la  conocida  carta  a  la  M.  María  de  Cristo,  Vicaria  a  la  sazón  de  las 
Carmelitas  Descalzas  de  Valladolid,  D.  Vicente  de  la  Fuente  (2),  las 
Carmelitas  Descalzas  del  primer  monasterio  de  París  (3)  y  otros  escri- 
tores. Las  palabras  en  que  se  fundan  son  estas:  «El  libro  del  Pater- 
nóster de  la  Santa  Madre  se  imprimió  en  Evora  la  primera  vez  de 
manera  que  era  lástima  verle.  La  segunda,  se  imprimió  en  Salamanca, 
enmendadas  cosas  de  las  del  de  Evora,  pero  más  por  buena  cabeza 
que  por  original.  Ahora  se  imprimirá  acá  la  tercera,  y  yo  deseaba 
haberle  a  las  manos  primero  para  que  el  libro  tan  bueno  saliese  como 
era  razón».  En  este  pasaje  el  P.  Ribera  hace  referencia  al  Camino  de 
Perfección  solamente,  y  a  su  primera  y  segunda  edición. 

Hemos  visto  en  la  página  lxxix,  que  el  P.  Maestro  Fr,  Jerónimo 
Gracián  había  impreso  en  Salamanca,  año  de  1585,  la  segunda  edición 
de  este  libro,  dato  que  ignoraban  tanto  la  Fuente  como  las  Carmelitas  de 
París.  Para  proceder  con  lógica,  supusieron  estas  últimas  que  la  carta 
del  P.  Ribera  a  la  M.  María  de  Cristo  debió  de  ser  escrita  a  fines 
de  1588,  año  de  la  publicación  de  Fr.  Luis  de  León.  Este  cómputo 
no  parece  probable.  Por  el  Libro  primitivo  de  Profesiones  de  las 
Carmelitas  de  Valladolid,  se  ve  que  el  vicariato  de  la  M.  María  de 
Cristo  duró,  por  lo  menos,  desde  Noviembre  de  1586  hasta  el  1  de  Oc- 
tubre del  87  en  que  salió  electa  priora  de  la  Comunidad  la  M.  Doro- 
tea de  la  Cruz,  sin  que  después  de  esta  fecha  se  señale  a  ninguna  con 
el  oficio  de  vicaria  de  aquel  Convento.  Como  la  carta  del  P.  Ribera 
lleva  fecha  de  14  de  Diciembre  y  la  dirige  a  la  M.  María  de  Cristo, 
Vicaría  de  las  Descalzas  Carmelitas,  según  dice  el  sobrescrito  de  la 
misma,   que   aún   guarda   la   Comunidad   de   Valladolid,   se   infiere   evi- 


1  Pueden  consultarse  sobre  esto,  entre  otros  autores,  al  P.  Astrain,  Historia  de  la  Compa- 
ñía de  Jesús  en  la  Rsistencia  de  España,  t.  II  u  III,  passim.  Estando  Fr.  Luis  de  León  neoo- 
ciando  en  Madrid  el  pleito  de  la  Universidad  de  Salamanca  contra  el  Colegio  del  Arzobispo, 
como  hemos  visto  poco  ha,  recibió  (Enero  de  1587),  del  mismo  Claustro  universitario  la  orden  de 
incoar  otro  contra  la  Compañía,  también  por  cuestiones  de  enseñanza.  (Cfr.  Getino,  opus  cit., 
p.  312). 

2  Edición  de  Rivadeneara,  t.  I,  p.  XXVIII. 

3  Oeuvres  de  S.  Thérese,  t.  I,  p.  XXXV. 


PRELLVlINftRES  LXXXIX 

dentetnente  que  fué  escrita  en  1586,  y  que  no  pueae  referirse  en  ella 
a  la  edición  de  Fr.  Luis  de  León,  sino  a  las  del  Camino  de  Perfección 
antes  dichas. 

En  la  mencionada  carta  deja  entrever  el  P.  Ribera  su  propósito 
de  preparar  una  edición  correcta  de  la  Santa  Madre.  R  este  fin  su- 
plica a  la  M.  Vicaria  le  envíe  el  original  del  Camino  de  Perfección 
que  la  Comunidad  tenía  y  le  diga,  al  mismo  tiempo,  dónde  están  los 
originales    de    Las    Moradas,    de    la    Vida    y    de    Las    Fundaciones    (1). 

Con  el  grande  amor  que  tenía  a  la  Santa,  no  es  dudoso  que  su 
mucha  capacidad  y  buen  gusto  habrían  hecho  un  trabajo  acabado  para 
aquella  época.  ¿Lo  realizó?  Creemos  que  no.  Probablemente,  al  saber 
que  los  Carmelitas  Descalzos  deseaban  publicar  las  obras  de  su  santa 
Fundadora  y  cometían  este  encargo  a  Fray  Luis  de  León,  de  fama 
universal  y  de  grande  capacidad  para  tales  encomiendas,  desistiría 
de  ello.  Las  Carmelitas  del  primer  Monasterio  de  París  sospechan 
si  la  edición  hecha  en  Salamanca  un  año  más  tarde  que  la  de  Fr.  Luis 
de  León,  pudo  ser  publicada  por  el  docto  biógrafo  de  Santa  Teresa. 
No  poseían  ellas  ningún  ejemplar  de  esta  edición,  y  así  no  podían 
deponer  la  duda.  Nosotros,  que  poseemos  uno,  afirmamos  resuelta- 
mente que  la  edición  publicada  por  Foquel  en  1589  no  es  debida  al 
P.  Ribera.  K  más  de  no  hallarse  de  ello  ningún  vestigio  por  donde 
podamos  rastrear  esta  procedencia,  la  edición  es  una  reimpresión  exac- 
ta de  la  primera,  con  las  mismas  omisiones,  mutaciones,  títulos  y  pró- 
logos (2).  Habiendo  pedido  Ribera  los  originales  con  intento  de  pu- 
blicar una  edición  fiel  y  correcta,  ¿cómo  iba  a  incurrir  en  las  faltas 
que  criticaba  y  en  omisiones  de  tanta  monta,  contrarias,  además,  a 
la    Compañía    de    que   era    miembro   esclarecido?    (3). 


1  Historia  de  la  Reforma,  t.  III,  1.  11,  c.  33,  n.  13. 

2  Algunas  notas  se  pusieron  en  «sta  edición  que  no  vienen  en  la  de  Fray  Luis.  Son  muu 
pocas  y  ordenadas  a  evitar  torcidas  interpretaciones  de  ciertas  frases  de  la  Santa. 

3  Antes  de  enviar  la  M.  María  de  Cristo  el  original  del  Daternoster  al  P.  Ribera,  consultó 
sobre  ello  al  Superior  de  los  Carmelitas  Descalzos  de  Valladolid,  P.  Gregorio  Nacianceno.  «Por 
ésta  verá  V,  R.,  escribe  la  M.  Vicaria,  lo  que  pide  el  doctor  Ribera,  y  como  lo  tenemos  para 
dárselo,  que  es  éste,  querría  que  V.  R.  me  dijese  si  se  le  daré  o  no;  porque  vaya  con  bendición 
lo  que  se  hiciere».  En  la  misma  carta  dio  esta  contestación  el  P.  Gregorio:  «Yo  no  me  atreveré 
a  dar  licencia  para  que  ese  libro  se  saque  de  casa;  ni  sé  si  conviene  que  ande  de  mano  en 
mano,  por  ser  reliquia  de  tanta  estima;  que  aunque  es  verdad  que  al  P.  Ribera  se  puede  fiar 
lodo,  de  aquí  a  sus  manos  hay  veintidós  leguas  y  muchos  peligros;  en  lo  que  me  resuelvo  es 
que  V.  R.  le  dé,  si  le  pareciere,  que  en  esto  no  quiero  poner  mi  decreto.  Yo  holgara  que  con 
buen  modo  se  excusase».  La  Madre  se  acostaría  probablemente  a  esta  opinión,  y  el  P.  Ribera 
abandonaría  decididamente  sus  laudables  intentos  de  impresión  de  las  obras. 

La  consulta  hecha  por  la  M.  Alaría  de  Cristo  al  Superior  de  los  Carmelitas  y  la  respuesta 
de  éste,  son  nueva  confirmación  de  que  la  carta  del  P.  Ribera  es  de  fecha  anterior  a  1588. 
Constaba  en  el  libro  de  Profesiones  del  convento  de  Carmelitas  Descalzos  de  Valladolid,  la  pro- 
fesión del  P.  Francisco  de  la  Trinidad,  fecha  13  de  Diciembre  de  1586,  que  fué  firmada  por  el 
Padre  Gregorio  Nacianceno,  y  faltó  después  este  Padre  muchos  años  de  Valladolid  por  los 
cargos  que   le   dieran  en  la  Orden.    Don   Vicente  pone  la  fecha  de  la  carta  del   P.   Ribera  entre 

7 


XC  PRELIMINARES 

R  la  edición  príncipe  del  Mtro.  León,  siguióse  otra  al  año  siguien- 
te en  Salamanca,  en  la  misma  imprenta  de  Foquel,  exactamente  igual  a 
la  primera  en  el  texto,  aunque  se  le  añadieron  algunas  notas,  como 
acabamos  de  escribir,  y  en  un  solo  volumen  en  8.9.  En  1592  publicóse 
una  nueva  en  Zaragoza,  por  Angelo  Tábano,  mercader  de  libros; 
otra  en  Madrid  por  Juan  Flamenco,  año  de  1597;  la  de  Ñapóles  en 
160^  y  no  159^,  como  dice  el  Año  Teresiano  y  reprodujo  sin  enmienda 
D.  Vicente  de  la  Fuente.  Rogerio  Velpio  publicó  en  Bruselas  en  1610 
otra  edición,  añadiendo  el  Libro  de  las  Fundaciones,  reimpresa  en  la 
misma  ciudad  dos  años  más  tarde,  según  Nicolás  Hntonio;  Pedro  Pa- 
tricio Mey  las  editó  en  Valencia  año  de  1613,  y  Luis  Sánchez  en  Ma- 
drid   en    1615,    y    segunda    vez    en    Valencia,    en    1623,    Miguel    Sorolla, 

Luis  Sánchez,  «gastada  ya,  dice  el  Año  Teresiano,  la  impresión 
de  Salamanca,  la  repitió  en  Madrid  el  año  de  1622  y  ejecutó  lo  mismo 
en  Zaragoza,  en  el  de  1623,  Pedro  Caborte,  a  costa  de  Juan  de  Bo- 
nilla y  'Pedro  Bono,  mercaderes  de  libros.  Y  habiendo  muerto  Sánchez, 
su  mujer  viuda  la  volvió?  a  repetir  el  año  de  1627,  en  Madrid,  diciendo 
en  la  primera  hoja  que  salía  nuevamente  corregida  por  los  originales 
de  la  Santa». 

Muy  celebrada  ha  sido  la  edición  plantiniana  hecha  en  ñmberes, 
(1630)  por  Baltasar  Moreto,  y  dedicada  al  Conde-Duque  de  Olivares.  Era 
la  más  completa  que  hasta  entonces  se  había  publicado.  Moreto  fué  el 
primero  que  imprimió  por  de  la  Santa  las  famosas  Siete  Meditaciones 
sobre  el  Paternóster.  La  presentación  tipográfica  es  muy  hermosa.  Repro- 
duciendo a  la  letra  la  de  Fray  Luis  de  León,  se  publicó  otra  en 
Madrid  por  los  años  de  1635,  a  costa  de  Domingo  Palacios  y  Ville- 
gas, mercader  de  libros.  En  dos  tomos  se  imprimió'  al  año  siguiente 
una  nueva  en  la  corte,  en  la  imprenta  de  Diego  Díaz  de  Carrera.  Ade- 
más de  los  libros  publicados  ya  en  ediciones  anteriores,  se  sacó  a  luz 
en  ésta  una  carta  de  la  Santa  Madre. 

Estas  ediciones,  lejos  de  mejorar  a  la  de  Fr.  Luis  de  León,  la 
estropearon,  reproduciéndola  harto  infielmente  y  aumentando  así  el 
número  de  faltas  que  ya  se  habían  notado  en  aquélla.  Los  Carmelitas 
Descalzos  observaban  con  sentimiento,  que  a  la  medida  que  se  iban 
multiplicando  las  ediciones,  resultaban  más  mendosas,  hasta  poner  en 
evidente  peligro  de  adulíeramiento  doctrinal  los  hermosísimos  concep- 
tos de   la   Santa.   Aunque   los  mercaderes   de   libros  afirmaban  muchas 


los  años  1591  a  1594.  Como  el  sabio  y  piadoso  jesuíta  murió  en  Noviembre  de  1591,  no 
sé  cómo  puede  alargarse  tanto  la  fecha,  de  no  suponer  que  escribió  de  ultratumba  la  mencio- 
nada epístola.  Así  son  muchas  afirmaciones  de  la  Fuente,  a  pesar  del  tono  algún  tanto  fan" 
farrón  con  que  las  profiere, 


PRELIMINARES  XCI 

veces  que  la  edición  se  liabía  corregido  conforme  a  los  originales,  no 
pasaba  de  ser  un  reclamo  interesado,  propio  del  gremio,  para  vender 
mejor  la  mercancía.  De  hecho,  nadie  se  tomó  el  trabajo  de  cotejar 
los  libros  impresos  con   los  autógrafos  o   copias  exactas  de  ellos. 

Quien  primero  vio  la  necesidad  de  este  cotejo  fué  el  P.  Francisco 
de  Santa  María,  historiador  de  la  Reforma  del  Carmen,  que  conoció 
todas  las  ediciones  mencionadas,  puesto  que  se  publicaron  en  su  tiem- 
po. Por  los  años  de  1645  pidió  y  recabó  de  los  Superiores  que  con- 
frontasen con  los  autógrafos  las  impresiones  que  corrían  con  tanto 
crédito  entre  el  vulgo,  y  por  este  medio  se  preparase  otra  más  fiel 
y  esmerada.  Para  conseguirlo,  el  General  de  la  Descalcez,  P.  Juan 
Bautista,  nombró  varios  religiosos  aptos  que  se  trasladaron  al  Esco- 
rial y  otros  puntos  donde  había  originales  de  Santa  Teresa.  En  San 
Lorenzo  estuvo  trabajando  el  P.  Fr.  Antonio  de  la  Madre  de  Dios, 
a  la  sazón  conventual  de  Segovia,  y  poco  después  Prior  de  Medina 
del  Campo.  Para  cotejar  el  Camino  de  Perfección  de  Valladolid  fué  el 
P.  Francisco  de  los  Santos,  más  tarde  prior  de  Rioseco,  y  para  Las 
Moradas,  los  PP.  Juan  de  San  José  y  Antonio  de  San  José,  vicerrec- 
tor y  conventual,  respectivamente,  de  nuestro  convento  del  Ángel  de 
Sevilla. 

Preparado  el  trabajo,  publicó  la  Orden  por  cuenta  de  Manuel 
López  (Madrid,  año  de  1661),  una  nueva  edición  en  la  imprenta  de 
José  Fernández  de  Buendía.  Hablando  de  ella  dice  el  P.  Antonio  de 
San  Joaquín:  «No  parece  que  pudo  costearlas  (la  Orden);  pero  ofrecién- 
dose Manuel  López,  mercader  de  libros,  a  poner  los  gastos  con  tal  que 
la  Religión  la  corrigiese,  se  ejecutó  una  en  Madrid,  año  de  1661,  en  la 
imprenta  de  José  Fernández  y  Buendía,  la  cual  se  repitió  el  año 
siguiente.  Para  este  efecto  nombró  nuestro  reverendo  P.  General,  Fray 
Juan  Bautista,  al  P.  Fr.  Antonio  de  la  Madre  de  Dios,  carmelita  des- 
calzo y  conventual  de  Segovia,  quien  pasó  al  Escorial  para  hacer 
nuevo  examen  de  los  originales  que  allí  se  mantienen  de  la  Santa. 
Hizo  cotejo  por  el  de  la  Vida  con  un  libro  impreso  en  Madrid,  año 
de  1627,  por  la  viuda  de  Luis  Sánchez,  y  este  libro,  enmendado,  existe 
actualmente  en  nuestro  Archivo  de  esta  corte;  y  en  otro  libro,  que 
es  el  tercer  tomo  de  la  impresión  de  Amberes  por  Moreto,  año  de 
1630.  Se  hizo  la  corrección  por  los  originales  de  la  Santa  en  los  tra- 
tados de  las  Fundaciones  y  Modo  de  visitar  a  las  monjas.  Por  lo  per- 
teneciente al  Camino  de  Perfección  que  está  en  el  Escorial,  no  se  hizo 
cotejo  alguno;  pues,  como  ya  hemos  insinuado,  nunca  ha  querido  la 
Orden  valerse  de  este  escrito  para  dirigir  sus  impresiones,  sí  sólo 
del  que  goza,  también  original  de  la  misma  Santa,  nuestro  convento  de 
Carmelitas   Descalzas   de   Valladolid. 


XCn  PRELIMINARES 

«Consta  este  cotejo  por  la  certificación  auténtica  que  está  impre- 
sa en  el  principio  de  esta  edición  de  Manuel  López,  formalizada  por 
Melchor  Aparicio,  notario  del  juzgado  de  la  villa  y  real  sitio  del  Esco- 
rial. Esta  impresión  tiene  dos  tomos  en  cuarto.  El  primero  comprende 
la  Vida  de  la  Santa,  Adiciones  y  Camino  de  Perfección;  el  segundo 
las  Moradas,  Exclamaciones  y  Modo  de  visitar  a  las  monjas  y  una 
carta  propia  de  nuestra  Santa  Virgen,  escrita  a  un  prelado  de  la  Igle- 
sia. Está  dedicada  a  D.a  Teresa  de  Velasco  y  Mendoza,  y  según  el  dic- 
tamen de  los  reverendísimos  Padres  del  Escorial,  es  la  más  legal  de 
cuantas  la  habían  precedido.  En  esta  impresión,  gobernada  por  la 
Orden,  encontramos  la  primera  vez  enmendado,  en  derecho  g  lustre  de 
la  Compañía  de  Jesús,  el  lugar  del  capítulo  XZÍXVIII  de  la  Vida, 
que   había   errado   la   impresión   de   Salamanca. 

»De  allí  a  ¡nueve  años,  que  hubo  de  consumirse  la  edición  preceden- 
te, se  volvió  a  repetir  también  en  esta  corte,  en  la  Imprenta  Real,  en 
el  año  de  1670,  a  costa  de  Gabriel  de  León,  y  está  dedicada  a  lá 
excelentísima  señora  Doña  Isabel  Manrique  de  Lara,  Marquesa  de 
Olías  y  Mortara;  pero  considerando  nuestra  Religión  el  perjuicio  que 
pudiera  seguirse  al  texto  de  la  Santa  andando  las  impresiones  al  ar- 
bitrio y  ganancia  de  cualquiera  que  comerciaba  en  ellas,  conjeturamos 
que  por  este  tiempo  advocó!  a  sí  con  privilegio  real  el  derecho  de  ser 
ella  sola  la  que  tuviese  facultad  para  repetir  estas  impresiones;  por- 
que desde  entonces  no  hallamos  otras  que  las  ejecutadas  por  ía  Orden, 
excepto  tal  o  cual,  que  furtivamente  se  haya  introducido  por  los  ex- 
tranjeros con   riesgo   de   perderlas. 

»En  consecuencia  de  esto,  determinó  la  Religión  hacer  dos  edicio- 
nes muy  sobresalientes,  casi  a  un  mismo  tiempo,  en  Bruselas  por  Fran- 
cisco Foppens.  Publicóse  la  primera  el  año  de  1674,  en  cuatro  tomos 
de  a  cuatro  raarquilla,  dedicados  a  la  Majestad  de  Carlos  II,  nuestro 
católico  monarca;  y  la  segunda,  que  no  pudo  salir  hasta  el  año  siguien- 
te, consta  de  dos  tomos  en  folio,  con  la  dedicatoria  a  la  reina  madre 
Doña  Mariana  de  Austria,  gobernadora  de  estos  Reinos.  Una  y  otra 
impresión  tienen  una  misma  letra  hermosa  y  abultada  y  noble  papel, 
y  gozan  la  especialidad  de  haberse  visto  en  ellas  la  primera  vez  todas 
las  cartas  que  hasta  ahora  hay  impresas  de  nuestra  Santa  Madre. 
Pues  aunque  las  cincuenta  y  cinco  del  tomo  primero  de  las  mismas 
cartas  se  habían  publicado  cuatro  veces  antes  de  esta  impresión,  las 
ciento  siete  del  tomo  segundo  no  lo  habían  sido.  El  primer  tomo  de 
la  impresión  en  folio  de  las  obras,  contiene,  después  de  la  dedicatoria, 
la  carta  del  Maestro  León  a  las  religiosas  de  Santa  Ana.  Sígnense 
unos  testimonios  de  personas  graves  en  aprobación  del  espíritu  y  doc- 
trina de  la  seráfica  Maestra;   luego  en  el  libro  de  su  Vida  las  Adido- 


PRELIMINARES  XCIli 

nes,  el  Camino  de  Perfección,  los  Avisos,  las  Moradas,  las  Exclama- 
ciones, las  Fundaciones,  el  Modo  de  visitar  los  conventos  de  las  reli- 
giosas, los  Conceptos  del  Amor  de  Dios,  los  Versos  espirituales,  y  al 
fin  de  todo,  las  Siete  meditaciones  sobre  el  Padre  nuestro. 

»E\  tomo  segundo,  que  es  el  de  las  Cartas,  comprende  lo  primero 
una  del  venerable  y  excelentísimo  señor  D.  Juan  de  Palafox,  escrita 
al  Reverendo  General  de  la  Orden,  y  otra  en  su  respuesta  del  mismo 
General,  Fr.  Diego  de  la  Presentación;  después  el  prólogo  y  dos 
aprobaciones,  y  luego  se  siguen  cincuenta  y  cinco  cartas  y  diez  y  nue- 
ve avisos,  altísimaraente  comentados;  avisos  y  cartas  por  el  venerable 
Palafox,  en  el  breve  esipacio  de  treinta  días  no  cumplidos,  en  que  le 
embarazó  otra  multitud  de  ocupaciones  propias  de  su  dignidad  y  oficio, 
que  es  cosa  que  admira  a  los  mayores  hombres.  Después  se  siguen 
en  el  mismo  tomo,  ciento  y  siete  cartas  asimismo  de  la  santa  Doctora, 
que  habiéndolas  tenido  en  su  poder  el  venerable  Palafox  para  notar- 
las como  las  primeras,  se  las  quitó  la  muerte  de  las  manos,  y  la 
Religión  tomó  la  providencia  de  ordenar  este  encargo  al  P.  Fr.  Pedro 
de  la  Anunciación,  lector  de  Teología  de  Pamplona,  quien  lo  ejecutó, 
y  pone  al  fin  de  todo  el  escrito  una  breve  digresión  que  había  ofrecido 
en  las  notas  a  la  carta  XI.  Es  esta  impresión  la  más  estimable  de 
cuantas  se  efectuaron  hasta  sus  días,  así  por  la  letra,  papel  y  legali- 
dad en  el  texto  de  la  Santa,  aunque  totalmente  no  se  halla  purgada 
de  veniales  defectos. 

»En  el  año  de  1678  costeó  otra  la  Religión  en  Madrid,  en  la  Im- 
prenta de  Bernardo  de  Villadiego,  impresor  del  Rey,  en  cuatro  tomos 
de  a  cuarto,  que  se  dedicó  al  Sr.  D.  Juan  de  Austria.  Y  en  el  de  1724 
reimprimió  esta  misma  en  Barcelona,  en  la  imprenta  que  allí  tuvo  la 
Orden,  que  contiene  lo  mismo  que  las  dos  precedentes,  y  sólo  añade 
unas  indulgencias  que  están  concedidas  a  los  que  leyeren  u  oyeren  leer 
cualquiera  capítulo  o  carta  de  las  obras  de  la  Santa  y  a  los  que  re- 
zaren delante  de  sus  imágenes  y  reliquias.  Últimamente,  en  el  año 
1752,  volvió  la  Religión  a  amprimir  estas  obras  en  cuatro  tomos  de  a 
cuarto  marquilla,  con  ocho  estampas,  papel  noble  y  abultada  letra»  (1). 

Para  esta  edición  quiso  la  Orden  cotejar  de  nuevo  la  impresión  he- 
cha en  172^1,  en  la  imprenta  que  los  Carmelitas  Descalzos  poseían  en  Bar- 
celona, con  los  venerables  originales  del  Escorial.  Solicitó  permiso  del 
Rey  para  esta  compulsación  el  General  de  los  Descalzos,  P.  Nicolás 
de  Jesús  María,  y  hallólo  propicio  al  principio.  Los  Padres  Jeróni- 
mos, sin  embargo,  temiendo  que  con  estos  trabajos  se  estropeasen 
los    manuscritos    de    la    Santa,    aconsejaron    al    Rey    no    concediese    la 


1      Uño  Tetesiano,  X,  VII,  día  7  de  Julio,  págs.  178-181. 


XClV  PRELIMINARES 

autorización  pedida,  y  que  para  una  nueva  edición  podían  valerse  de 
las  copias  iiechas  para  la  de  1661,  que  según  los  Padres  del  Escoria] 
eran  muy  exactas.  Denegado  el  permiso,  los  Carmelitas  tuvieron  que 
publicar  la  edición  de  1752  conforme,  a  la  de  1661,  en  la  imprenta  del 
Mercurio,  por  José  Ortega.  Dirigieron  la  impresión  los  PP.  Alonso 
de  la  Madre  de  Dios  y  Luis  de  Jesús  María,  conventuales  de  San  Her- 
menegildo de  Madrid,   que  la  dedicaron  al   Rey   Fernando  VI. 

Agradable  es  la  presentación,  y  habría  sido  muy  esmerada  si  los 
Padres  Jerónimos  no  hubieran  opuesto  reparos  a  los  deseos  de  los 
Carmelitas  de  confrontar  la  última  edición  con  los  manuscritos  origi- 
nales. ¿A  qué  viene,  entonces,  la  acusación  destemplada  del  señor 
la  Fuente  «que  son  más  dignos  de  censura  los  encargados  de  aquella 
edición  que  todos  sus  antecesores,  pues  pecaron  a  sabiendas  y  por 
incuria  en  las  alteraciones  que  hicieron  o  no  quisieron  enmendar?» 
Cerradas  las  puertas  del  monasterio  escurialense,  los  dos  Padres  en- 
cargados por  el  General  para  la  nueva  impresión,  no  pudieron  hacer 
otra  cosa  que  editarla  conforme  a  la  única  copia  que  existía  de  los 
libros  de  la  Santa;  porque  en  1752  no  se  habían  hecho  aun  los  impor- 
tantes trabajos  sobre  Santa  Teresa  de  Fr.  Andrés  de  la  Encarnación 
y  Fr.  Tomás  de  Aquino,  de  que  habla  D.  Vicente  con  una  desaprensión 
histórica  que  pasma.  Raro  prodigio  de  adivinación  habría  sido  en 
aquellos  Padres  aprovecharse  de  trabajos  que  aparecieron  algunos  años 
más  tarde  que  la  edición  del  52,  ya  que  el  P.  Andrés  no  recibió  esta 
comisión  del  Definitorio  hasta  el  de  1754,  y  le  costó  muchos  años  en 
terminarla,  y  las  investigaciones  de  Fr.  Tomás  fueron  también  pos- 
teriores y   limitadas  casi   exclusivamente   al   libro   de  Las   Moradas. 

Por  causas  diversas,  como  acabamos  de  ver,  las  ediciones  no  sa- 
lían conformes  a  los  originales  y  dejábanse  de  publicar  algunas  car- 
tas de  las  conocidas,  o  sea  publicaron  incompletamente,  en  atención 
a  ciertas  personas  e  Institutos  religiosos,  según  el  peregrino  modo 
que  en  el  siglo  XVIII  tenían  de  ver  estas  cosas.  Para  remediar  estas 
deficiencias,  los  Padres  Carmelitas  Descalzos  llevaron  a  cabo,  durante 
la  segunda  mitad  del  mismo  siglo,  un  trabajo  tan  prolijo,  vasto  y 
de  tan  adelantada  crítica  en  orden  a  la  vida  y  escritos  de  la  sania 
Doctora,    que    parece    hecho    en    nuestros    días. 

Aunque  este  trabajo  no  se  conserva  íntegro,  lo  que  se  ha  salvado 
de  la  pasión  destructora  de  los  revolucionarios  del  año  34  y  siguientes 
de  la  pasada  centuria,  es  más  que  suficiente  para  comprender  la  grande 
obra  de  los  Padres  Carmelitas,  la  única  verdaderamente  seria  que  co- 
nozco sobre  los  escritos  de  Santa  Teresa.  Sólo  ella  basta  para  redi- 
mir a  da  Reforma  de  esa  iiicuria  por  la  esmerada  publicación  de  ellos 
que  le  atribuye  el  atropellado  D.  Vicente  y  para  abrumar  de  perdurable 


pUelíminareS  JccV 

gloria  a  los  dos  insignes  Descalzos  que  con  tanta  modestia  como  compe- 
tencia la  llevaron  a  feliz  término.  De  esta  labor  se  han  aprovechado 
muchos  que  han  escrito  sobre  Santa  Teresa,  ya  confesándolo  noblemente, 
ya  ocultándolo  o  declarándolo  a  medias.  En  punto  a  investigaciones 
teresianas,  nadie  ha  ido  más  allá  que  ellosl,  y  ya  me  daría  yo  por  sa- 
tisfecho de  que  D.  Vicente  de  la  Fuente  y  otros  escritores  modernos, 
que  alardean  de  haber  ofrecido  al  público  leyente  noticias  interesantes 
e  inéditas  de  la  Reformadora  de  la  Descalcez,  hubieran  estudiado  con 
más  reflexión  y  detenimiento  estos  trabajos,  para  no  emitir  tantos 
juicios   apasionados   y   cometer   tantos  errores   históricos. 

Conociendo  el  Definitorio  General  el  excelente  gusto  crítico  y  grande 
capacidad  histórica  del  P.  Andrés  de  la  Encarnación  (1),  le  encomendó, 
por  los  años  de  175^,  ordenar  el  rico  Archivo  de  la  Casa  Generalicia 
de  los  Carmelitas  Descalzos  de  San  Hermenegildo  de  Madrid,  y  prepa- 
rar ediciones  fieles  y  completas  de  los  libros  de  Santa  Teresa  y  San 
Juan  de  la  Cruz.  Todo  llegó  a  conseguirlo  el  doctísimo  Padre,  ayuda- 
do eficazmente  por  el  P.  Manuel  de  Santa  María,  a  quien  el  P.  Andrés 
pidió  por  compañero.  Pasma  verdaderamente  la  prodigiosa  labor  de  es- 
tos dos  religiosos  en  sus  largas  excursiones  por  los  archivos  de  la 
Orden  y  otros  muchos  de  España,  la  exactitud  de  las  innumerables  noti- 
cias que  dan  de  los  originales  de  los  dos  santos  Reformadores,  el  refi- 
nado criterio  con  que  juzgan  los  hechos,  adelantándose  más  de  un  siglo 


1  Nació  el  P.  Andrés  de  la  Encarnación  en  Quintanas  Rubias,  pueblo  de  la  provincia  de 
Soria,  en  Noviembre  de  1716.  A  los  quince  años  tomó  el  hábito  en  el  convento  de  los  Car- 
melitas Descalzos  de  Tudela  y  profesó  al  año  siguiente  en  la  misma  villa  navarra.  Puede 
decirse  que  desde  que  fué  llamado  en  1754  a  Madrid  por  los  Superiores  hasta  su  santa 
muerte,  ocurrida  en  Logroño  el  17  de  Mayo  1795,  no  cesó  un  momento  en  su  benemérito  tra- 
bajo de  allegar  noticias  y  salvar  documentos  pertinentes  a  Santa  Teresa  y  San  Juan  de  la  Cruz. 
Sus  obras  manuscritas,  no  parece  estaban  destinadas  a  la  estampa;  son  más  bien  colección  de 
materiales  reunidos  con  mucha  paciencia,  grande  capacidad  y  cariño,  para  que  otros  se  sirvie- 
sen de  ellos  en  las  futuras  ediciones  de  los  dos  santos  Carmelitas  y  en  las  biografías  que  de 
ellos  se  escribiesen.  Por  fortuna,  se  conserva  todavía,  aunque  incompleta  la  obra  principal  del 
P.  Andrés,  que  lleva  por  título  Memorias  Historiales.  Divídela  en  cuatro  volúmenes,  de  los 
cuales  se  ha  perdido  el  tercero,  que  contenía  algunos  fragmentos  inéditos  de  la  Santa  y  obser- 
vaciones críticas  a  sus  Cartas.  Pérdida  irreparable  que  nunca  se  lamentará  bastante. 

Las  materias  están  divididas  por  letras  del  alfabeto,  y  cada  letra  comprende  diversos  núme- 
ros. Conviene  tener  presente  esta  observación  para  la  inteligencia  de  las  citas.  Guárdanse  en  la 
Sección  de  Alanuscritos  de  la  Biblioteca  Nacional  con  las  signaturas  modernas  13.482,  7.031 
y  13.254,  correspondientes  al  primero,  segundo  y  cuarto  tomo,  respectivamente.  El  primero  com- 
prende de  la  letra  A  a  la  O;  el  segundo  de  la  P  a  la  T;  el  cuarto  las  siguientes  y  algunas  du- 
plicadas: AA,  AB,  etc.  La  mayor  parte  del  primer  volumen  está  dedicado  al  estudio  de  los  es- 
critos de  San  Juan  de  la  Cruz,  y  los  dos  restantes  a  la  Santa.  Las  materias  no  están  ordenadas 
por  riguroso  orden  lógico,  ni  era  fácil  tampoco;  por  lo  regular,  son  extractos  y  noticias  sueltas, 
sacados  de  los  Archivos,  en  su  mayor  parte  no  conocidos.  Tiene  el  P.  Andrés  un  estilo  poco 
elegante,  pero  muy  conciso  y  ceñido  al  argumento.  Jamás  divaga  en  disquisiciones  inútiles.  Su 
prosa  es  densa  y  tan  substanciosa,  que  hace  imposible  el  extracto.  Las  Memorias  Historiales 
serán  siempre  principal  fuente  de  información  para  todo  el  que  intente  adquirir  noticias  nuevas 
acerca  de  los  dos  Reformadores  del  Carmelo.  Otros  manuscritos  más  breves,  aunque  no  menos 
interesantes,  se  conservan  del  P.  Andrés  en  la  Nacional,  y  en  algunos  conventos  de  la  Orden, 
de  ambas  Castillas  y  Andalucía. 


XCVt  PRELIMINARES 

a  la  crítica  histórica  que  hoy  priva,  la  precisión  de  las  copias  de  autó- 
grafos g  antiguos  documentos,  donde  se  repara  en  una  letra,  en  una 
coma,  en  un  ápice,  señalando  las  diferencias  con  diversos  colores  de 
tinta  y  diversas  formas  de  letra,  hasta  el  extremo  que  muchos  eruditos 
de  hoy  calificarían  de  nimio.  Gracias  a  estos  pacientes  trabajos,  posee- 
mos un  caudal  abundantísimo  de  noticias,  que  de  no  haberse  reco- 
gido por  estos  Padres,  se  habrían  perdido  para  siempre.  Ellos  regis- 
traron detenidamente  los  archivos  de  las  casas,  así  de  Descal- 
zos como  de  Descalzas,  en  tiempos  en  que  aun  no  habían  sido  sa- 
queados, recogieron  las  noticias  no  publicadas,  que  eran  muchísimas, 
sacaron  trasuntos  de  las  más  interesantes  para  el  Archivo  general  y 
rectificaron  un  sinnúmero  de  especies  falsas  que  corrían  muy  acreditadas, 
así  de  Santa  Teresa  como  de  San  Juan  de  la  Cruz.  De  haberse  sal- 
vado todos  los  escritos  de  estos  dos  Padres,  apenas  habríamos  perdido 
un  solo  dato  interesante  sobre  los  Reformadores  carmelitas  en  la 
universal  debacle  religiosa  del  siglo  XIX.  Pero  también  nuestro  con- 
vento de  San  Hermenegildo  fué  entrado  a  saco  por  aquellos  nuevos 
vándalos,  que  destrozaron,  incendiaron  o  vendieron  para  envolver  es- 
pecias, joyas  históricas  y  literarias  de  inapreciable  valor,  entre  otras, 
no    pocas    de    estos    beneméritos    y    laboriosos    Descalzos. 

Para  los  trabajos  del  P.  Hndrés  difícil  era  dar  con  un  compa- 
ñero más  apto  y  aplicado  que  el  P.  Manuel  de  Santa  María,  excelente 
paleógrafo,  de  crítica  muy  ajustada,  y  exacto  hasta  el  exceso,  en  las 
esmeradas  copias  que  hizo  de  manuscritos  antiguos  pertenecientes  a 
la  Reforma  carmelitana,  algunos  de  los  cuales  han  llegado  hasta  nos- 
otros. Aun  se  conservan  de  este  Padre  en  la  Biblioteca  Nacional  muchas 
correcciones,  adiciones  y  observaciones  críticas  a  las  Cartas  de  la 
Santa,  puestas  las  más  al  margen  de  ediciones  impresas,  copias  de 
cartas  de  la  misma  Santa  hechas  en  Valladolid,  Salamanca,  Peñaran- 
da de  Bracamonte  y  otros  lugares;  disertaciones  críticas  sobre  asunto 
carmelitano,  y  muchas  notas  sueltas  de  gran  valor  histórico,  que  se 
guardan  en  los  archivos  de  nuestras  casas,  principalmente  en  Segovia, 
donde  el  Padre  residió  por  más  tiempo. 

Bien  merecen  estos  dos  ínclitos  Carmelitas,  hijos  fervorosos  de  Santa 
Teresa,  que  al  frente  de  las  obras  de  ella  hagamos  justa  conmemoración 
de  su  labor  erudita  y  maciza,  realizada  con  tanto  amor  y  capacidad, 
la  cual  ha  permanecido  oculta  casi  un  siglo  y  todavía  no  ha  sido 
del  todo  aprovechada   (1).  Del  P.  Tomás  de  Aquino  y  otros  religiosos 


1  En  Villalar  (Valladolid)  nació  el  P.  Manuel  de  Santa  María  en  1724.  Profesó  en  nuestro 
convento  de  Valladolid  a  12  de  Septiembre  de  1740.  Lo  mismo  que  el  P.  Andrés,  fué  destinado 
desde  muu  joven  a  ordenar  los  Archivos  de  los  conventos  y  recoger  noticias  de  los  dos  santos 
Fundadores.    Hizo   innumerables  correcciones  a  las  obras   impresas   de   la   Santa  u  es  mucho  de 


prelimínhreS  xcvíi 

que  trabajaron  en  estas  obras,  haremos  mérito  en  el  curso  de  esta 
edición.  Sólo  añadiremos,  que  si  el  P.  Andrés  de  la  Encarnación  logró 
hacer  admirables  extractos  de  antiguos  y  raros  manuscritos,  que  con- 
tenían preciosas  noticias  sobre  la  Santa,  y  el  P.  Manuel  realizó  es- 
crupulosos cotejos  de  sus  libros  impresos  con  correctos  y  fieles  tras- 
lados de  los  originales,  el  P.  Tomás  nos  lego  un  estudio  magistral 
del  libro  de  Las  Moradas,  que  en  muchos  puntos  consideramos  decisivo. 

La  compulsación  de  los  impresos  con  nuevas  copias  que  se  saca- 
ron en  tiempo  del  General  P.  Manuel  de  Jesús  María  y  José,  de  los 
originales,  se  hizo  con  tanta  diligencia,  que  solamente  a  la  Vida  de 
la  edición  de  1627  notaron  los  PP.  Andrés  y  Manuel  de  Santa 
María  más  de  setecientas  faltas,  pocas  menos  que  las  halladas  por 
nosotros  en  la  Vida  de  la  edición  de  Rivadeneyra.  Del  Camino  de 
Perfección  no  hay  que  hablar,  porque  ignorando  muchos  editores  anti- 
guos que  la  Santa  Madre  lo  escribió  dos  veces  y  que  introdujo  muchas 
modificaciones  en  la  segunda  escritura,  emitieron  juicios  disparatados 
respecto  a  la  pureza  de  algunas  ediciones.  Mil  doscientas  erratas  ha- 
llaron en  el  libro  de  las  Fundaciones,  de  la  edición  de  Amberes  por 
Moreto,  y  ciento  cincuenta  en  el  Modo  de  visitar  los  conventos  de 
religiosas  (1). 

Con  estas  enmiendas,  las  innumerables  noticias  nuevas  sobre  Santa 
Teresa  que  tenían  acotadas,  los  varios  puntos  obscuros  de  su  vida  que 
con  depurada  crítica  esclarecieron,  las  cartas  nuevamente  halladas  y 
fragmentos  que  faltaban  a  muchas  impresas,  y  sus  inapreciables  y  casi 
siempre  seguras  investigaciones  de  fechas,  pudiera  haberse  publicado 
una  edición  completa  y  esmerada  de  estas  obras  y  habría  quedado  bien 
poco   que   hacer  a   los  futuros   editores.   No   se  hizo   así,   sin  embargo. 

La  edición  de  1752  se  repitió  en  1778  en  casa  de  Doblado,  Madrid, 
añadiéndosele  un  tomo  con  ochenta  y  dos  cartas  nuevas.  La  publicada 
en  1793,  en  la  misma  casa  de  Doblado,  salió  con  un  volumen  más  de 
cartas  y  ochenta  y  siete  fragmentos  inéditos.  Aunque  no  se  colocaron 
éstos  con  el  debido  orden,  reservado  a  los  legítimos  adelantos  de  crí- 
tica que  se  van  haciendo  en  nuestros  días,  así  y  todo,  es  muy 
digno  de  agradecimiento  que  diesen  a  la  imprenta  aquellos  escritos  de 
la  Santa,  y  prueba  con  sobrada  evidencia  que  el  celo  de  los  Carmeli- 
tas  por   ir  completando   los  escritos   de   su   Santa   Madre,   no   fué  tan 


lamentar  que  se  hayan  perdido  gran  parte  de  los  trabajos  de  este  insigne  Padre.  Con  todo,  que- 
dan algunos  en  la  Bblioteca  Nacional,  en  los  Carmelitas  Descalzos  de  Segovia  y  en  otros  mu- 
clios  conventos  de  la  Orden.  Murió  en  Segovia  año  de  1792.  De  uno  y  otro  Padre  pueden  verse 
más  amplias  noticias  biográñcas  en  la  reciente  edición  de  las  obras  de  San  Juan  de  la  Cruz,  por 
el  P.  Gerardo,  Toledo  1912,  t.  I,  apéndice  II. 

1      Memorias  Historiales,  letra  R,  núms.  146-147  y  el  Ms.  12.703,  p.  41. 


iCVIII  PRELIMiNflRES 

tibio  corno  le  parece  al  autor  de  la  edición  de  Rivadeneyra.  Continúa 
siendo  la  edición  del  93  la  más  leída  en  nuestros  conventos  de  Espa- 
ña, y  creo  que  con  harto  fundamento.  La  mencionada  de  Rivadeneyra 
no  ha  logrado  hacerse  popular  en  la  Descalcez,  y  menos  en  las  religio- 
sas, que  siempre  han  desaprobado  la  mayor  parte  de  sus  aprecia- 
ciones críticas,  lo  mismo  que  el  texto  de  la  Santa,  incorrecto  en  pro- 
porciones increíbles. 

Esta  edición  fué  la  última  publicada  por  los  Carmelitas  Descal- 
zos. Los  años  que  se  siguieron,  fueron  ya  de  preparación  más  o  menos 
disimulada  a  los  grandes  acontecimientos  político-religiosos  desarro- 
llados en  el  primer  tercio  del  siglo  XIX,  que  cambiaron  completamen- 
te las  seculares  tradiciones  de  nuestra  sociedad,  rompieron  la  unidad 
católica  a  que  España  debía  su  principal  fuerza  y  engrandecimiento, 
y  terminaron  con  el  exterminio  violento  y  cruel  de  las  Ordenes  reli- 
giosas, que  tantos  días  de  gloria  habían  dado  a  la  Patria  y  tantas 
ricas  joyas  a  la  literatura  y  ciencia  españolas.  Con  el  cierre  violento 
y  ensangrentado  de  los  conventos,  se  mataron  en  flor  las  empresas  cien- 
tíficas, literarias,  históricas  y  artísticas  que  discretamente  podían  pro- 
meterse de  centros  de  tan  intensa  labor  intelectual.  Nosotros,  los  Car- 
melitas Descalzos,  sin  contar  los  documentos  desaparecidos  de  con- 
ventos de  Provincias,  perdimos  en  la  corte  el  Archivo  general,  muy 
rico  en  documentación  referente  a  nuestra  Reforma,  que  con  ejemplar 
constancia  y  grandes  dispendios  habían  ido  formando  nuestros  antiguos 
Padres.  Por  restos  que  de  él  quedan^  y  que  han  pasado  a  la  Biblioteca 
Nacional  del  Estado,  se  comprende  que  era  muy  completo.  Estos  y  otros 
flacos  servicios  hizo  el  siglo  de  las  l^ces  a  la  Ciencia  y  a  la  Historia. 

Hasta  1851  apenas  hay  edición  de  las  obras  de  Santa  Teresa  digna 
de  mérito.  En  este  año  publicó  la  suya  Nicolás  de  Castro  Palomino, 
que  viene  a  ser  una  reimpresión  de  la  de  1793.  Sólo  en  el  último  tomo 
de  cartas  se  traen  algunas  inéditas  en  España.  En  nada  mejora  a  las 
anteriores,  pues  hasta  la  puntuación  imperfecta  del  siglo  XVIII  está 
fielmente  reproducida  en  la  de  Palomino.  Con  todo,  para  satisfacción 
de  los  devotos  de  la  Santa,  que  no  hallaban  ya  ejemplares  de  sus  obras, 
salió  muy   oportunamente  esta   nueva   impresión. 

En  la  gran  Antología  que  a  mediados  del  siglo  XIX  comenzó  a 
publicarse  con  el  título  de  Biblioteca  de  Autores  españoles  en  la  im- 
prenta de  Rivadeneyra  (Madrid),  con  el  propósito  de  coleccionar  los 
autores  de  lengua  castellana  que  sobresaliesen  por  su  valor  literario 
y  científico,  no  podían  faltar  las  obras  de  Santa  Teresa  de  Jesús. 
De  publicar  una  edición  crítica,  según  intento  de  la  Biblioteca— que 
no  cumplió  sino  imperfectamente  en  la  mayor  parte  de  los  numerosos 
volúmenes  que  sacój  a  luz  y  que  no  pueden  ya  responder  a  las  justas 


PRELIMINARES  XCIX 

exigencias  de  la  crítica  literaria  moderna — ,se  encargó  el  docto  pro- 
fesor de  la  Central,  D.  Vicente  de  la  Fuente,  ventajosamente  conocido 
por  su  incansable  labor  histórico-eclesiástica,  cristiano  a  machamartillo, 
erudito  como  pocos,  hombre  avezado  a  decir  las  cosas  con  ruda  y 
aragonesa  franqueza,  sin  rodeos  ni  eufemismos,  precipitado  a  veces  en 
sus  juicios,  de  hablar  correcto,  pero  de  estilo  duro  y  desnudo  por 
completo  de  afeites  retóricos. 

En  el  Prólogo  a  la  nueva  edición  de  la  Historia  de  los  Hetero- 
doxos españoles,  Menéndez  y  Pelayo  hace  el  siguiente  retrato  de  Don 
Vicente:  «Era  un  hombre  de  sincera  piedad,  de  cristianas  costumbres, 
que  no  impedían  la  franca  expansión  de  su  vigoroso  gracejo  y  la  li- 
bertad de  sus  opiniones  en  todo  lo  que  lícitamente  es  opinable;  de 
sólida  ciencia  canónica  probada  en  la  cátedra  durante  más  de  rnedio 
siglo;  expositor  claro  y  ameno;  polemista  agudo  y  temible,  a  veces 
intemperante  y  ¡chocarrero  por  falta  de  gusto  literario  y  hábitos  de  pe- 
riodista no  corregidos  a  tiempo,  pero  escritor  sabroso  y  castizo  en 
medio  de  su  incorrecta  precipitación;  investigador  constante  y  bien 
orientado,  a  quien  sólo  faltaba  cierto  escrúpulo  de  precisión  y  atilda- 
miento; trabajador  de  primera  mano  en  muchas  materias  históricas, 
que  ilustró  con  importantes  hallazgos;  ligero  a  veces  en  sus  juicios, 
pero  pronto  a  rectificar  siempre  sus  errores;  propenso  al  escepticismo 
en  las  cosas  antiguas>  y  a  la  excesiva  credulidad  en  las  modernas.  Tal 
fué  D.  Vicente  de  la  Fuente,  tipo  simpático  y  original  de  estudiante 
español  de  otros  tiempos...  La  Fuente  con  más  serena  disciplina,  con 
más  surtido  arsenal  biográfico,  con  el  conocimiento  que  le  faltaba  de 
la  moderna  erudición  y  con  un  poco  más  de  gravedad  y  sosiego  en 
el  estilo,   hubiera   podido   ser  nuestro   historiador   eclesiástico»    (1). 

Las  líneas  que  preceden  del  inmortal  crítico  e  historiador  de  nues- 
tra Literatura,  explican  la  extrafieza  que  causa  al  lector  que  por  pri- 
mera vez  toma  en  sus  manos  esta  edición  de  las  obras  de  Santa  Teresa, 
algunas  intemperancias  de  lenguaje  y  salidas  de  tono  cuando  menos 
se  esperan,  y  cierto  dogmatismo  autócrata  con  que  da  por  resueltas 
cuestiones  de  harto  difícil  solución.  Los  prólogos  que  puso  a  los  li- 
bros de  la  Santa  abundan  en  inexactitudes,  y  sin  embargo,  al  hojear- 
los, parece  que  su  autor  estaba  dotado  de  infalibilidad  histórica.  Hay 
que  leerlos  muy  despacio  y  estar  muy  versado  en  las  materias  que 
trata  en  ellos  para  poder  apreciar  la  magnitud  de  este  efecto  de  con- 
vicción,  debido   sin   duda   a  lo   desenfadado  de  su   estilo. 

No  me  admira  que  esta  edición  de  1861  para  la  colección  de  la 
Biblioteca  de  Rivadeneyra,  goce  de  tanto  crédito  entre  literatos  y  erudi- 


1      Historia  de  los  Heterodoxos  españoles,  t.   I,  p.  25. 


C  PRELÍMlNflREá 

tos.  Para  muchos  es  la  última  palabra  de  la  crítica  sobre  Santa  Teresa; 
la  obra  definitiva  que  la  Virgen  de  Avila  necesitaba.  Tenía  fama  D.  Vi- 
cente de  hacer  bien  las  cosas ;  y  tal  vez  en  su  tiempo  y  con  sus 
quehaceres  nadie  las  hizo  mejor;  pero  fuera  porque  abarcó  mucho, 
o  por  falta  de  documentación,  que  con  pesada  y  trabajosa  lentitud 
se  va  exhumando  de  nuestros  archivos,  bien  porque  los  estudios  de 
crítica  histórica  no  se  hallaban  tan  adelantados  como  hoy,  es  lo  cierto 
que  la  edición  de  Santa  Teresa  salió  muy  deficiente,  tan  deficiente, 
y  no  creo  poner  exageración  en  la  frase,  como  las  hasta  entonces 
publicadas.  Cualquiera  que  desee  contrastar  por  sí  mismo  esta  afir- 
mación cotejando  el  texto  impreso  con  los  originales,  verá  que  la  afir- 
mación es  cierta  y  moderada.  Nosotros,  que  hemos  procurado  hacer 
muy  despacio  este  trabajo,  no  podemos  decir  otra  cosa  ante  ios  cente- 
nares de  enmiendas  que  tenemos  señaladas. 

La  Fuente  se  fió  demasiado  de  las  copias  del  siglo  XVIII,  y  si 
alguna  vez  examinó  los  originales  para  esta  edición,  no  siempre  fué 
afortunado  en  la  lectura.  Muchas  veces  llama  en  nota  la  atención  del 
lector  para  decirle  que  el  original  de  la  Santa  emplea  tal  o  cual  pa- 
labra; y  en  el  original  se  dice  con  frecuencia  cosa  muy  distinta. 
Valgan  por  ejemplos  los  siguientes.  En  el  capítulo  V  de  la  Vida 
de  esta  edición  se  lee:  «estaba  tan  abrasada,  que  se  me  comenza- 
ron a  encoger  los  niervos».  Aquí  pone  una  nota  D.  Vicente  y  dice:  «No 
solamente  Foquel  y  los  demás  editores,  sino  hasta  la  misma  copia  de 
la  Biblioteca  Nacional  pusieron  nervios  en  vez  de  niervos.  Mas  en  el 
original  dice  claramente  niervos».  Pues  bien;  acúdase  al  original  y  la 
Santa,  que  muchísimas  veces  escribe  niervos,  en  este  lugar  pone  evi- 
dentemente nervios,  como  hoy  escribimos.  En  el  capítulo  XXVIII  del 
mismo  libro,  dice  la  Santa:  «Supe  que  le  decían  que  se  guardase  de  mí, 
no  le  engañase  el  demonio  con  creerme  algo  de  lo  que  le  decía:  traynle 
enjemplos  de  otras  personas».  La  Fuente  pone  a  este  pasaje  la  ano- 
tación siguiente:  «En  verdad  que  debía  decir  traínle  o  trayéndole: 
pero  el  original  dice  traynle  enjemplos».  No  pierda  el  curioso  lector 
tiempo  en  hallar  en  la  Santa  el  traynle  de  la  Fuente;  pues  claramente 
escribió  tráyanle,  que  hace  perfecto  sentido.  Por  fin,  en  el  capítulo 
XXXII,  página  99,  se  lee  esta  frase:  «No  estaba  fundada  en  su  primer 
rigor  la  regla,  sino  guardábase,  conforme;  a  lo  que  en  toda  la  Orden, 
que  es  con  bula  de  relajación».  Aquí  pone  una  nota  D.  Vicente  que 
dice:  «En  el  original  bulla,  siguiendo  el  modo  con  que  se  escribe 
en  latín».  Bula  y  no  bulla  dice  el  autógrafo.  ¡Bastante  sabía  Santa 
Teresa  de  latines  para  emplear  su  ortografía!  Casos  análogos  pu- 
diera citar  muchos,  porque  abundan,  tanto  en  la  Vida,  como  en  los 
demás  libros. 


PRELIMINARES  CI 

La  celebrada  edición  de  Rivadeneyra,  en  cuanto  a  la  depuración 
del  texto  de  la  Santa,  es  infelicísima.  No  hay  página  que  no  necesite 
corrección,  ya  de  palabras  ya  de  puntuación,  o  de  ambas  cosas  a  la  vez, 
que  es  lo  más  frecuente.  Si  a  esto  añadimos  las  desquiciadas  apre- 
ciaciones críticas  que  hace  con  frecuencia  por  haberse  metido  a  juzgador 
de  hechos  sobre  la  historia  primitiva  de  la  Reforma  del  Carmen,  que 
no  conocía,  para  lo  cual  puede  verse  el  destartalado  prólogo  a  las 
Constituciones  de  la  Santa  Madre,  comprenderásc  sin  esfuerzo  que  la 
obra  de  D.  Vicente  dista  mucho  de  la  perfección  e  importancia  que 
harto   gratuita   y   bondadosamente   le   han   atribuido    (1). 

R  pesar  de  los  defectos  arriba  señalados,  los  trabajos  de  D.  Vi- 
cente son  dignos  de  elogio  por  haber  dado  un  gran  paso  en  la  perfec- 
ción progresiva  que  todos  anhelamos  en  estos  escritos.  Es  la  edición 
más  completa  de  todas;  mal  o  bien,  da  razón  de  cada  uno  de  los 
libros  de  la  Santa  en  oportunos  prólogos,  lo  que  no  se  había  hecho 
en  ninguna  de  las  ediciones  anteriores;  publica,  imitando  a  algunos 
extranjeros,  por  orden  cronológico  las  Cartas,  además  de  las  inéditas 
que  trae  en  su  colección,  y  las  alivia  de  la  pesadumbre  de  las  notas 
que  hasta  entonces  las  agobiaban;  restituye  a  sus  lugares  propios  mu- 
chos párrafos  que  de  las  mismas  cartas  se  habían  desglosado,  y  da  a 
conocer  en  Apéndices  muchos  y  muy  importantes  documentos  relativos 
a  Santa  Teresa  y  sus  escritos.  Claro  es  que  todas  estas  cosas  y  muchas 
más  tenían  preparadas  los  Carmelitas  Descalzos  de  fines  del  siglo 
XVIII;  pero  «tres  guerras  terribles,  como  dice  el  mismo  la  Fuente,  en 
el  espacio  breve  de  treinta  años,  tres  exclaustraciones,  con  las  pérdidas 
consiguientes  de  hombres,  tiempo,  recursos  y  papeles,  impidieron  a  los 
hijos  de  Santa  Teresa  en  España  hacer  la  edición  más  correcta  que 
tenían  preparada»  (2). 

Digno  de  gratitud  es,  y  muy  de  corazón  agradecemos  a  D.  Vicente, 
el  noble  empeño  y  no  escaso  trabajo  que  hubo  de  hacer  para  sacar  a 
la  luz  pública  parte  de  estos  materiales,  que  tanto  enaltecen  a  la  gran 
figura  de  la  Reformadora  del  Carmelo  y  contrbuyen  a  tener  de  ella 
conocimiento  más  completo.  Buena  parte  de  su  vida  la  dedicó  el  erudito 
profesor  de  la  Central  a  estudios  sobre  Santa  Teresa;  a  él  debem.os, 
como   hemos   visto,   la   magnífica   edición   fotolitográfica   de   la   Vida   y 


1  Don  Vicente,  sin  embargo,  resume  así  las  mejoras  de  su  trabajo:  «En  la  presente  se 
metodiza  la  colocación  de  las  obras  y  de  todas  las  Cartas;  se  dan  unas  jj  otras  conforme  a  los 
originales  con  su  propia  ortografía;  se  restituyen  a  su  debida  pureza  los  parajes  adulterados  y 
mutilados;  se  rectifica  la  puntuación,  que  era  muy  defectuosa,  especialmente  en  las  últimas  edi-- 
ciones;  y,  finalmente,  se  publican  libros  y  tratados  enteros  hasta  el  presente  inéditos,  demos- 
trándose con  esto  que  ninguna  de  las  ediciones  anteriores  españolas  ni  extranjeras,  tienen  dere- 
cho a  titularse  completas».  Escritos  de  Santa  Teresa,  edición  de  Rivadeneyra  t.  II,  p.  27. 

2  Escritos  de  Santa  Teresa,  edición  Rivadeneyra,  t.  I,  p.  37. 


CII  PRELIMINARES 

fundaciones,  que  sirvió  de  estímulo  para  que  otros  devotos  publicasen 
por  el  mismo  procedimiento  nuevos  libros  de  la  Santa,  por  lo  cual 
merecerá  D.  Vicente  de  la  Fuente  lugar  distinguido  entre  los  incansa- 
bles trabajadores  en  las  cosas  de  la  Virgen  de  ñvila  (1). 


1  Biblioteca  de  ñutores  españoles,  desde  la  formación  del  lenguaje  hasta  nuestros  días. 
ESCRITOS  DE  SANTA  TERESA,  añadidos  e  ilustrados  por  D.  Vicente  de  la  Fuente,  cate- 
drático de  Disciplina  eclesiástica  en  la  Universidad  de  Madrid.— TAaátiá,  M.  Rivadeneyta, 
Impresor-editor,  1861.  Comprende  dos  tomos.  El  primero  contiene  los  libros  de  la  Santa  jj  el  se- 
gundo sus  Cartas.  En  1881  publicó  el  mismo  autor  una  edición  popular  en  siete  tomos  de  22 
por  15  centímetros. 

Reproduce  casi  en  todo  su  primera  edición,  aunque  abrevia  notablemente  los  prólogos  y  su- 
prime muchas  notas.  El  texto  de  la  Santa  se  imprimió  con  las  mismas  incorrecciones.  El  último 
volumen  es  de  documentos  referentes  a  Santa  Teresa  y  sus  escritos.  Los  eruditos  suelen  citar 
casi  siempre  la  edición  de  Rivadeneyra,  ij  así  haremos  nosotros,  mientras  otra  cosa  no  se 
indique.  Algunas  ediciones  más  se  publicaron  de  los  libros  de  Santa  Teresa,  coma  la  dirigida 
«por  una  sociedad  de  sacerdotes  devotos  de  la  Santa»  (Madrid,  1902),  y  libros  sueltos.  Así  la 
llamada  Colección  española  Nelson  publicó  en  París  la  Vida  y  Las  Moradas,-  la  Biblioteca  del 
apostolado  de  la  Prensa,  la  Vida  y  el  Camino  de  Perfección,-  en  la  Imprenta  del  diario  madri- 
leño La  Correspondencia,  se  publicó,  en  1885,  el  Camino  de  Perfección,  y  en  Clásicos  Caste- 
llanos (edición  de  «La  Lectura)»,  se  publicaron  Las  Moradas  en  1910.  En  general  no  han  hecho 
más  que  reproducir  antiguas  ediciones  sin  corrección  de  ningún  género.  De  la  edición  de  Las 
Aloradas  de  Clásicos  castellanos,  hablaremos  en  la  Introducción  a  este  libro. 


VII 


LOS    ESCRITOS    DE    LR    SANTA    EN    LENGUAS    EXTRAÑAS, — EDICíÓNES    ITALIANAS,    FRAN- 
CESAS,    FLAMENCAS,     INGLESAS,     ALEMANAS,     LATINAS     Y     POLACAS. 


Luego  que  se  publicaron  en  España  las  obras  de  Santa  Teresa, 
se  comenzó  a  trabajar  por  trasladarlas  en  otros  idiomas,  para  que 
las  demás  naciones  cultas  gozasen  también  de  estas  enseñanzas  y 
amenas  y  edificantes  lecturas.  De  las  principales  daremos  aquí  breve 
sumario.  R  Italia  se  debe  la  primacía  de  las  traducciones,  aunque 
sea  Francia  la  nación  que  más  ha  reimpreso  los  libros  de  la  Doc- 
tora carmelita.  En  1598  publicó  en  Florencia  una  versión  italiana  de 
las  Exclamaciones  Julio  Zanchini  (1).  Con  su  habitual  precisión  y 
conocimiento  del  asunto,  habla  el  P.  Federico  de  San  ñntonio  de  las 
traducciones  en  la  armoniosa  lengua  del  Dante,  de  quien  tomamos 
la  mayor  parte  de  las  noticias  a  ellas  referentes.  Juan  Francisco  Bor- 
dini,  de  la  Congregación  del  Oratorio,  obispo  de  Cavaillon  y  más  tarde 
arzobispo  de  Hviñón,  hizo  la  primera  traducción  de  la  Vida,  que 
publicó  en  Roma  en  1601,  reimpresa  repetidas  veces  en  Venecia  en  la 
imprenta  de  Pedro  Bertano,  y  en  1618  en  la  de  Juan  ñlberti.  En  la 
última  edición  se  añadieron  a  la  Vida,  las  Adiciones,  Avisos  g  Ex- 
clamaciones, traducidas   por   Julio   Zanchini. 

Otro  oratoriano,  Francisco  Soto,  fundador  del  convento  de  San 
José,  el  primero  de  Carmelitas  Descalzas  en  la  Ciudad  eterna,  puso  en 
italiano  el  Camino  de  Perfección  y  Las  Moradas,  impresos  en  1603 
en    Roma    y   dedicados    ambos    libros    al    cardenal    Baronio,    que    tenía 


1  No  parece  tiene  fundamento  la  noticia  que  trae  Ribera  (lib.  IV,  c.  3),  de  haber  trasladado 
en  italiano  la  Vida,  El  Camino  de  Perfección  y  Las  Moradas  el  Obispo  de  Novara  hacia  el 
año  de  1589;  ni  lo  que  dice  Yepes  (I.  III,  c.  XIX),  de  haberse  dedicado  a  Clemente  VIII  esta  edi- 
ción. En  la  autoridad  de  estos  dos  escritores  se  fundaría  el  P.  Jerónimo  de  San  José  para  repetir 
lo  mismo  en  su  Historia  del  Carmen  Descalzo,  como  hemos  visto  en  la  página  XLI,  nota  ter- 
cera, reproduciendo  palabras  suyas.  En  Italia  no  hay  noticia  de  esta  edición,  ni  se  conserva 
ejemplar  alguno,  que  nosotros  sepamos. 


CIV  í>RELIMIN.i\RES  , 

tres  sobrinas  Descalzas  en  este  monasterio.  Un  Carmelita  Descalzo, 
anónimo,  tradujo  el  libro  de  las  Fundaciones,  que  se  publicó  en  Roma 
en  1622,  y  probablemente,  el  mismo  Padre,  vertió  también  los  Con- 
ceptos del  amor  de  Dios  y  las  Siete  Meditaciones  sobre  el  Paternóster, 
impresas  por  separado  en  Piacenza  y  dedicadas  por  los  Carmelitas 
Descalzos  de  esta  ciudadl  a  la  Duquesa  de  aquellos  Estados. 

De  todos  estos  libros  salió  otra  edición  en  Venecia,  en  casa  de 
Pedro  María  Bertani,  año  de  1636.  Esta  añadió  el  libro  Modo  de 
visitar  los  conventos  de  religiosas,  según  la  traslación  de  un  Carmelita, 
que  tampoco  quiso  poner  su  nombre.  En  dos  tomos  en  cuarto  publicó 
en  Roma,  año  de  1641,  otro  Descalzo,  las  obras  de  Santa  Teresa.  Puso 
a  la  edición  el  docto  Padre  discretas  prefaciones,  notas  e  índices.  Su- 
perior esta  edición  a  todas  las  anteriores,  se  reimprimió  muchas  veces 
en  Italia  durante  el  siglo  XVIII.  En  1724  publicaron  en  Venecia  otra 
edición  más  cabal  los  Carmelitas  Descalzos,  multiplicada  en  numerosas 
ediciones  durante  aquel  siglo,  y  en  el  XIX  por  lo  menos  una  en  Mi- 
lán (1840)  y  en  1853  otra  en  Brescia.  Con  cierta  pesadez  y  demasiado 
literalmente  tradujo  y  publicó  en  Roma  las  cartas  de  la  edición  de  Za- 
ragoza de  1658,  dos  años  más  tarde,  Horacio  Quaranta,  consultor  de 
la  Congregación  del  índice.  Más  suelta  y  propia  es  la  versión  que  de 
las  mismas  cartas  y  de  las  que  en  España  fueron  apareciendo,  liizo 
años  más  tarde  Carlos  Segismundo  Capece.  Después  de  publicada  en 
la  imprenta  que  los  Carmelitas  Descalzos  tenían  en  Barcelona  la  edi- 
ción de  1724,  se  procuró  hacer  en  Italia  una  más  correcta  que  las  pre- 
cedentes, si  bien  no  lograron  completamente  su  intento. 

La  más  popular  en  estos  últimos  tiempos,  ha  sido  la  traducción 
hecha  por  el  P.  Camilo  Mella,  S.  ].,  que  aprovechó  los  materiales  ya 
muy  adelantados  del  P.  Santini,  muerto  antes  de  darlos  a  la  estampa 
en  Hgosto  de  1862. 

Muchos  capítulos  van  seguidos  de  oportunas  ilustraciones  del  texto 
y  en  apéndices  se  amplían  más  algunas  noticias  y  se  dan  otras  nuevas. 
Alerecc  sinceros  elogios  el  trabajo  del  P.  Mella;  pero  tanto  el  texto 
de  la  Santa,  vertido  con  frecuencia  con  demasiada  libertad  literaria, 
como  la  parte  histórica  de  las  notas,  necesitan  más  depuración  crítica; 
cosa  fácil  de  ejecutar  hoy  tanto  por  la  publicación  fotográfica  de  los 
autógrafos,  como  por  los  adelantos  históricos  verificados  desde  que  el 
sabio    jesuíta    publicó   la    traducción    (1).  ' 

Juan  de  Quintanadueñas  de  Bretigny,  grande  devoto  de  Santa  Te- 


1  Opere  di  S.  Teresa  per  la  prima  volta  fatte  integralmente  italiane,  col  presidio  del 
manusctitti  originali,  con  note  ed  illustrazioni  del  Padre  Camillo  Mella,  d.  C.  d.  G.  (Poseo  la 
edición  de  Alódena,  sin  año  de  irapresión). 


PRELIMINARES  CV 

resa,  hizo  la  primera  traslación  de  sus  obras  en  francés  y  las  publicó 
en  París  (1601)  en  la  imprenta  de  Guillermo  de  la  Nüe.  Forma  tres 
volúmenes,  que  contienen:  el  primero,  la  Vida  y  Adiciones;  el  Camino 
de  Per  lección  y  los  ^4^05  el  segundo;;  y  €l  tercero,  el  Castillo  Interior 
y  las  Exclamaciones.  La  traducción  de  Bretigny  mereció  ser  reimpresa 
varias  veces.  En  1630  apareció  otra  del  P.  Eliseo  de  San  Bernardo, 
C.  D.,  y  en  16^^!,  publicó  la  suya  el  P.  Cipriano  de  la  Natividad, 
Descalzo  también,  ñrabas  son  muy  superiores  a  la  de  Bretigny,  que 
corrigieron  en  muchos  lugares,  sobre  ^todo  la  del  P.  Cipriano,  digna 
de  consulta  aún  en  nuestros  días  por  la  fidelidad  con  que  está  hecha. 
Las  Fundaciones  fueron  trasladadas  en  1616  al  francés  por  el  P.  Dio- 
nisio de  la  Madre  de  Dios.  Los  Padres  Eliseo  y  Cipriano  publicaron 
en  sus  respectivas  traducciones,  además  de  este  libro,  los  Conceptos 
de  Amor  de  Dios  y  el  Modo  de  visitar  los  conventos,  que  Bretigny 
no   llegó   a   conocer. 

Merced  a  su  estilo  ameno  y  ifácil,  la  versión  de  las  obras  completas 
de  la  Santa  hecha  por  ñrnauld  de  ñndilly  en  1670,  se  propagó  con  ra- 
pidez en  Francia,  multiplicada  en  frecuentes  reimpresiones,  no  obs- 
tante los  resabios  jansenistas  que  muchos  advirtieron  en  ella,  nada  ex- 
traños en  un  afiliadd  a  la  famosa  escuela  de  Port-Royal.  Por  le  exac- 
titud, parece  supera  a  todas  las  versiones  precedentes  la  hecha  de 
algunos  libros  de  la  Santa  en  1681  y  1691,  por  el  abate  Marcial  Chanut. 
De  elegante  y  fiel,  pero  demasiado  retórica,  califican  los  Bolandisías 
la  traducción  del  abate  Gregorio  Colombet    (1836). 

Incomparablemente  más  popularidad  que  las  ediciones  anteriores 
adquirió  entre  los  franceses  la  del  jesuíta  Marcelo  Bouix,  no  obstante 
la  inconcebible  desaprensión  y  libertad  de  que  usó  el  buen  Padre 
con  los  textos  de  la  Santa  y  el  apasionado,  inexacto  y  acerbo  «epílogo» 
que  trae  al  fin  del  tercero  y  último  tomo  de  las  Cartas,  en  que  fustiga 
sin  compasión  al  V.  Palafox,  considerándolo  como  ídolo  únicamente 
de  jansenistas  y  volterianos,  maltrata  de  paso,  harto  despiadadamente, 
a  los  continuadores  de  las  notas  palafoxianas  a  las  Cartas,  y  hace  jui- 
cios muy  torcidos  sobre  varios  insignes  Descalzos  de  los  primitivos 
tiempos  de  la  Reforma.  Bouix  entró  en  los  escritos  de  Santa  Teresa 
como  por  campo  conquistado;  suprimió  y  alteró  algunos  pasajes  g  hasta 
tuvo  la  infantil  candidez  de  modificar  ciertas  palabras  de  la  Santa 
en  que  habla  de  sus  propios  defectos.  Ciertamente,  no  tenía  derecho  a 
estas  libertades  quien  escribía  en  el  «Hvertissement»,  que  tales  obras 
«son  propiedad  sagrada  de  la  Iglesia  y  tesoro  de  los  fieles.  La  doc- 
trina que  en  ellas  se  expone,  es  celestial;  ellas  son  dignas  del  más 
profundo  respeto.  Obligación  tiene  quien  las  imprime  o  traduce  a  otra 
lengua,  de  reproducirlas  en  su  integridad;   así  lo  reclama  la  gloria  de 


CVI  PRELIMINARES 

Dios,  de  la  Iglesia,  y  de  la  verdad.  Mutilar  un  texto  semejante  o  alterar 
su  doctrina,  es  una  especie  de  profanación»   (1). 

El  P.  Bouix  ilustró  con  muchas  notas  históricas  eL  texto,  más 
particularmente  las  Cartas,  que  procuró  poner  por  orden  cronológico, 
e  hizo  dos  viajes  a  España  para  confrontar  las  ediciones  últimas  con 
los  originales  o  copias  de  la  Santa.  Por  esto,  su  edición  aventaja 
en  mucho  a  las  anteriores.  Gran  parte  de  las  deficiencias  de  esta 
versión  quedaron  subsanadas,  en  la  reimpresión  que  de  ella,  excep- 
ción de  las  Cartas,  ha  hecho  el  P.  Jules-Peyré  (París,  Lecoffre,  1904). 
,  Las  sospechas  sobre  la  ligereza  e  infidelidad  de  la  versión  del 
P.  Bouix,  que  ya  se  tenían,  a  pesar  de  cuanto  decía  en  los  prólogos, 
quedaron  completamente  confirmadas  con  la  publicación  en  España  de 
fac-símiles  de  los  libros  de  Santa  Teresa.  Desde  esta  fecha,  todos  los 
amantes  de  la  verdad  reclamaron  en  Francia  una  edición  fiel  de  Santa 
Teresa,  y  tal  la  han  hallado  sin  duda,  en  la  que  en  1907  comenzaron  a 
editar  las  Carmelitas  Descalzas  del  primer  Monasterio  de  París.  Esta 
edición  ha  sido  muy  ponderada  por  los  críticos  y,  sin  disputa,  es  la 
mejor  que  hasta  el  presente  se  ha  publicado  en  lengua  francesa.  Las 
Carmelitas  de  París  han  hecho  grandes  esfuerzos  por  trasladar  a  su 
propio  idioma  la  sencillez,  naturalidad,  originalidad  y  gracia  nativa 
con  que  la  Santa  escribió,  empresa  verdaderamente  difícil.  No  dire- 
mos que  hayan  conseguido  completamente  su  propósito;  pero  es  cierto 
que  han  logrado  una  versión  muy  semejante  al  modelo.  Los  preámbu- 
los que  preceden  a  lús  libros  son  muy  eruditos,  las  notas  que  acompa- 
ñan al  texto,  discretas  y  seguras  por  lo  regular,  y  han  enriquecido  la 
edición  con  apéndices  donde  se  publican  por  primera  vez  muchos  do- 
cumentos de  interés  relativos  a  Santa  Teresa,  a  sus  compañeras  y  a 
los  tiempos  primitivos  de  la  Reforma  carmelitana. 

Seis  tomos  componen  esta  edición,  sin  las  Cartas,  que  todavía 
no  se  han  publicado  (2). 

La  más  rica  colección  de  cartas  que  existe  en  ninguna  lengua,  está 
hecha  en  francés  por  el  R.  P.  Gregorio  de  San  José,  actualmente  Pro- 
vincial de  nuestra  Provincia  de  ñviñón.  Publicó  la  primera  edición  en 
París  en  1909,  y  la  segunda,  enriquecida  con  nuevas  cartas,  en  Roma, 
cinco  años  más  tarde.  Su  competencia  en  estos  trabajos  es  reconocida  de 
todos.  Durante  sus  largas  estancias  en  España,  examinó  por  sí  mismo 
muchos   autógrafos    de    la    Santa    y    buen    número    de    documentos   para 


1  Mvertissement  du  traducteur,  p.  VIL 

2  Oeuvres  completes  de  Sainte  Tétese  de  Jésus,  traduction  nouvelle  par  les  Catmélites  du 
premier  monastere  de  Paris,  avec  la  coUaboration  de  Mgr.  Manuel  María  Polit,  éveque  de  Cuenca 
(Équateur),  ancien  supérieur  des  carmélites  de  Quito.  Paris,  1907-1910. 


PRELIMINARES  CVII 

anotar  las  Cartas  (1).  Otros  trabajos  sobre  Santa  Teresa  que  se  es- 
taban haciendo  en  Francia,  tememos  hiayan  sufrido  doloroso  parén- 
tesis con  motivo  de  la  guerra. 

Publicóse  en  flamenco,  a  instancias  de  la  Venerable  ñna  de  Jesús, 
una  edición  de  las  obras  de  la  Santa  por  los  años  de  1607.  La  misma 
Venerable  encargó  a  un  sacerdote  de  Bruselas  una  versión  latina;  pero 
la  hizo  tan  defectuosa,  que  la  Madre  flna  hubo  de  dar  la  misma  co- 
misión a  su  buen  amigo,  el  docto  P.  Basilio  Ponce  de  León,  sobrino 
de  Fr.  Luis,  que  no  llegó  a  publicarse  (2).  En  lengua  flamenca  hizo 
una  traducción  el  P.  Gervasio  de  San  Pedro,  impresa  en  Gante  por  vez 
primera   en   1697,   y    reimpresa   varias   veces   en   el   siguiente   siglo. 

En  el  prólogo  que  el  P.  Jerónimo  Gracián  puso  a  la  Vida  de  Santa 
Teresa,  publicada  en  1610  en  Bruselas  por  los  PP.  Juan  de  San  Jeró- 
nimo y  Juan  de  Jesús  María,  da  a  entender  que  algunos  católicos  in- 
gleses trabajaban  con  gran  secreto  en  Londres  una  versión  de  los  li- 
bros de  la  Santa.  Sin  nombre  de  editor,  salieron  estos  libros  en  inglés 
en  1669,  1671  y  1675,  según  la  traducción  hecha  por  ñbrahan  Woodhead. 
Hunque  esta  versión  se  atribuye  a  Woodhead,  tomó  parte  muy  princi- 
pal en  los  trabajos  el  P.  Beda  de  S.  Simón  Stock  (Walter  Joseph  Tra- 
vers),  celoso  Carmelita,  que  trabajó  en  la  conversión  de  los  herejes 
por  espacio  de  más  de  veinte  años  en  Inglaterra.  Juan  Dalton,  Canó- 
nigo de  Northampton,  tradujo  la  Vida  y  la  publicó  en  Londres  en  1851. 

La  versión  más  correcta  e  importante  del  libro  de  la  Vida  y  de  las 
Fundaciones  es  la  que  hizo  David  Lewis,  ilustre  convertido  al  Cato- 
licismo en  el  famoso  movimiento  de  Oxford  iniciado  por  Newman.  Por 
consejo  de  Wiseraan  y  del  P.  Faber  tradujo  al  inglés  las  obras  de  San 
Juan  de  la  Cruz  (186^),  y  en  1870  la  Vida  de  Santa  Teresa,  que 
alcanzó  la  segunda  edición  en  1888,  y  en  190^  y  1911  la  tercera  y  cuarta. 
El  libro  de  las  Fundaciones  publicólo  en  1871,  que  fué  reimpreso  en  1913. 
ñ  esta  edición,  lo  mismo  que  a  las  dos  anteriores,  puso  el  R.  P.  Benito 
de  la  Cruz  (Zimmerman),  C.  D.,  una  docta  introducción  y  oportunas 
notas,  e  hizo  algunas  notables  correcciones  en  el  texto,  con  lo  que  la 
obra  de  David  Lewis  ha  mejorado  muchísimo,  aunque  ya  era  muy 
recomendable   por   su   fidelidad   de   traducción,   ñlgunos   otros   trabajos 


1  Leítres  de  Sainie  Tétese  de  Jésus,  Réformatiice  du  Carmel,  traduites  par  le  R.  P.  Qre- 
goire  de  Saint  Joseph,  des  Carmes  Déchaussés.  Roma,  Librairie  pontificale  de  F.  Pustet. 

2  Cfr.  Vida  de  la  venerable  Rna  de  Jesús,  por  el  P.  Bettoldo  de  S.  Ignacio,  t.  II,  p.  164. 
Acerca  de  esto  depone  el  P.  Basilio  en  las  Informaciones  dé  Salamanca,  hablando  del  fruto 
que  reportaba  de  la  lección  de  los  escritos  de  la  Santa:  «Nunca  los  ha  leído  que  no  haya 
salido  mejorado  en  sus  propósitos;  y  por  esta  causa,  y  por  la  que  adelante  diré,  este  testigo 
hizo  particular  voto  a  la  dicha  Santa  Madre  Teresa  de  Jesús  de  escribir  su  vida  en  latín,  o 
poner  en  latín  los  libros  suyos.  Y  comunicando  este  voto  con  la  Madre  Ana  de  Jesús,  reli-- 
giosa  de  la  dicha  Orden  de  Nuestra  Señora  del  Carmen,  de  las  Descalzas,  que  al  presente 
está  en  Flandes,  por  cartas  la  susodicha  respondió  a  este  testigo  que  tradujese  en  latín  todo  el 


CVm  PRELIMINHRES 

sobre  Santa  Teresa  en  Inglaterra  pueden  verse  en  la  introducción  del 
P.  Zimmerman  (1). 

Diversas  versiones  cuentan  también  las  obras  de  la  Mística  Doc- 
tora en  lengua  alemana.  En  Würzsburg  se  publicaron  el  año  de  1640. 
En  la  imprenta  de  Francisco  Metternich  se  publicó  en  Colonia,  año 
1750,  formando  dos  volúmenes  en  4.2,  la  versión  hecha  por  el  P.  Matías 
de  San  ñrnoldo.  El  primero  comprende  la  Vida  y  los  .Avisos;  el  segun- 
do las  Fundaciones,  las  Moradas,  las  Exclamaciones  y  Relaciones.  La 
más  importante  hoy  entre  las  gentes  de  lengua  tudesca,  es  la  hecha 
con  gran  esmero  por  el  P.  Pedro  ñlcántara  de  Santa  María  C.  D., 
teniendo  a  la  vista  las  mejores  ediciones  españolas,  incluso  la  publi- 
cada por  la  Sociedad  Foto-tipográñco-católica,  la  edición  de  Herrero 
g  del  Cardenal  Lluch  (2). 

En  el  prólogo  de  la  edición  de  estas  obras  en  lengua  española,  pu- 
blicada a  principios  del  siglo  XVII  en  Ñapóles,  se  dice  que  ya  en  1604 
había  una  versión  alemana  de  los  libros  de  la  Santa;  pero  esta  noticia, 
com.o  tantas  otras  que  allí  se  dan,  no  son  de  mucha  precisión  histórica. 

Puso  en  latín,  y  publicó  en  Maguncia  en  1603,  el  libro  de  la  Vida 
Francisco  Kerbeck,  prior  de  los  ñgustinos  de  esta  ciudad.  Unos  años 
más  tarde  vertió  al  mismo  idioma  todas  las  obras  de  la  Santa,  fuera 
de  las  Cartas,  Matías  Martínez  y  las  imprimió  en  Colonia,  año  de 
1626  (3). 

Fray  Ireneo  de  San  José  las  tradujo  en  lengua  polaca  y  las  dio  a 
la  estampa  en  1622,  según  el  Año  Teresiano.  En  1672  se  hizo  lo  mism.o 
con  las  Carras,  que  salieron  con  algunos  comentarios  del  P.  Ignacio 
de  San  José. 


libro  que  la  dicha  Santa  Aladre  escribió...  Y  en  cumplimiento  deste  voto,  este  testigo  prosigue 
en  la  traducción  de  los  dichos  libros  de  la  dicha  Santa,  y  a  instancias  también  de  los  señores 
Archiduques,  condes  de  Flandes,  como  la  dicha  M.  Ana  de  Jesús  se  lo  ha  escrito  a  este 
testigo».  (Cfi.  Memorias  Historiales,  1.   N,  n.   94). 

1  Tfie  Ufe  of  S.  Teresa  of  Jesus;  of  the  Order  of  our  Lady  of  Carmel,  written  by  Herself, 
translated  from  the  spanish  by  David  Lewis,  compared  with  the  original  autograph  text,  and  ree- 
dited  with  additional  notes  and  introduction  by  The  very  Rev.  Benedict  Zimmerman,  O.  C.  D. 
London,  Thomas  Baker,  AICAIXI. 

2  Das  Leben  der  heilegen  Theresia  von  Jesu,  und  die  besonderen  ihr  von  Gott  erteisten 
Gnaden,  auf  Geheiss  ihrer  Beichtvater  von  ihr  selbst  beschrieben.  Neue  deutsche  Ausgabe, 
nach  den  autographierten  und  anderen  spanischen  Originalen  bearbeitet  und  vermehrt  von 
Fr.  Petrus  de  Alcántara  a  S.  María,  Priester  aus  dem  Orden  der  unbeschuhten  Karmeliten. 
Regensburg,  Pustet,  1903. 

3  Opera  5.  Matris  Teresae  de  Jesu,  Carmelitarum  Discalceatorum  et  Disca'.ceatarum  Fun- 
datricis.  In  duas  partes  distincta,  studio  et  opera  A\athiae  Alartinez  Middelburgii,  ex  hispánico 
sermone  in  latinum  conversa,  Coloniae  Agiipinae,  A\DCXX\^. 


VIÍÍ 


NUESTROS    INTENTOS    EN    LH    PRESENTE    EDICIÓN. — ORDEN    DE    PUBLICñCION    DE    ESTOS 
ESCRITOS. — CORRECCIONES. 


En  la  edición  que  hoy  publicamos,  ha  sido  nuestro  intento  prin- 
cipal la  depuración  completa  de  los  textos  de  estas  obras.  Los  nuevos 
y  maravillosos  progresos  de  la  fotografía  han  hecho  que,  sin  deterioro 
de  los  venerados  manuscritos  originales,  podamos  disponer  de  reproduc- 
ciones exactas,  cosa  poco  de  fiar,  ni  siquiera  de  las  copias  autentifica- 
das por  notarios.  La  mayor  parte  de  las  impresiones  de  estos  libros  han 
sido  corregidas  por  este  género  de  copias;  por  lo  que  no  es  de  ex- 
trañar contengan  errores,  que  si  bien  no  son  substanciales  en  su  ma- 
yoría,  no   pueden   tolerarse   en  obras  de  tan   alta   importancia. 

Como  ya  dejamos  apuntado,  la  misma  edición  de  D.  Vicente,  con- 
siderada como  modelo  indiscutible  de  fidelidad  a  los  autógrafos,  dista 
mucho  de  serlo,  aunque  por  otra  parte  tenga  méritos  que  nosotros  no 
queremos  regatear.  Hnte  el  ajustamiento  fiel  de  la  edición  a  los  autó- 
grafos, todo  lo  demás  es  secundario  y  de  relativa  importancia.  Para 
conseguirlo  de  la  manera  más  completa  posible,  hemos  leído  y  compul- 
sado las  ediciones  más  cabales  con  los  manuscritos  fotolitografiados,  y 
anotado  cuidadosamente  las  diferencias,  para  que  en  la  nueva  edición 
se  subsanen  todos  los  errores.  Y  no  contentos  con  esto,  las  correc- 
ciones de  pruebas  se  hacen,  cuantas  veces  se  cree  necesario,  por  las 
mismas  fotografías,  para  mayor  garantía  de  acierto. 

ñdemás  de  los  ejemplares  fotolitográficos  que  poseemos  de  los 
principales  libros  de  la  Santa,  hemos  sacado  para  esta  edición,  en  fo- 
tocopia, el  Camino  de  Perfección  de  Valladolid,  así  como  muchas 
cartas  originales  y  otros  escritos  de  la  Virgen  castellana.  Lo  mismo 
hemos  hecho  con  las  copias  más  antiguas  y   autorizadas  que  de  estos 


ex  PREUMINARES 

libros  existen  y   con  muchísimos  documentos  a   ellos   referentes,   como 
notaremos  en  su  lugar  (1). 

En  apéndices  publicaremos  muchas  noticias  inéditas  hasta  ahora, 
de  excepcional  importancia  en  la  biografía  teresiana.  ñlgunos  do- 
cumentos que  D.  Vicente  dio  a  conocer,  tomándolos  de  los  manus- 
critos procedentes  del  ñrchivo  general  de  los  Carmelitas  Descal- 
zos, verbigracia,  el  Ramillete  de  Mirra  de  María  de  San  José,  y 
los  Diálogos  del  P.  Jerónimo  Gracián,  no  los  publicaremos  con  estos 
escritos;  porque  de  uno  y  otro  autor  preparamos  ediciones  completas 
de  sus  obras,  además  de  que  ya  han  sido  editados  íntegros  en  lomo 
aparte.  Tampoco  publicaremos  muchas  noticias  pertenecientes  a  las  pri- 
mitivas Carmelitas  Descalzas  compañeras  de  Santa  Teresa,  sino  en 
cuanto  sea  necesario  para  ilustrar  el  texto  y  biografía  de  la  gloriosa 
Fundadora,  Las  Carmelitas  del  primer  monasterio  descalzo  de  París 
se  alargan  en  esto  considerablemente,  hasta  doblar  en  algunos  volú- 
menes el  texto  teresiano.  Pudieron  tener  ellas  el  laudable  fin  de  po-r 
pularizar  en  Francia  las  virtudes  nada  comunes  de  aquellas  insignes 
y  primitivas  hijas  de  Santa  Teresa.  Nosotros,  que  hace  algún  tiempo 
estamos  recogiendo  documentos  y  noticias  para  publicar  una  nueva 
historia  de  la  Reforma  carmelitana  en  España,  dejamos  para  ella, 
como  lugar  más  propio,   las  biografías  de  estas   venerables  Descalzas. 

En  la  publicación  de  documentos,  nos  ceñiremos,  en  cuanto  nos  sea 
posible,  a  los  que  tienen  relación  más  estrecha  con  la  vida  de  la  Santa 
Doctora,  y  aun  tememos  que  no  podamos  imprimir  todos  los  que  obran 
ya  en  nuestro  poder.  Publicar  In  extenso  las  principales  deoosiciones 
de  testigos  en  los  procesos  de  beatificación  y  canonización  de  Santa 
Teresa  por  las  novedades  que  algunas  veces  contienen,  y  que  com- 
pletan su  fisonomía,  me  parece  muy  oportuno  y  conveniente,  aunque  en 
España,  por  desgracia,  no  es  mucha  la  afición  a  estas  curiosidades 
interesantes,  y  por  lo  mismo,  las  tales  publicaciones  suelen  ser  dispen- 
diosas. Publicaremos  asimismo  algunas  escrituras  de  fundación  y  otros 
documentos  públicos  en  que  la  Santa  hubo  de  intervenir  directamente, 
que  los  lectores  irán  viendo  a  medida  que  los  tomos  de  esta  edición 
salgan  de  las  prensas. 

No  ilustraremos  el  texto  de  la  Santa  con  comentarios  doctrina- 
les ni  apologéticos;  nos  limitaremos  a  notas  puramente  históricas, 
muy  breves,  en  aquellos  parajes  que  a  nuestro  juicio  se  necesiten. 
Esta   conducta  observaremos,   no   sólo  en  las  obras  místicas,   sino   tam- 


1  En  este  trabajo  de  íotografía  debo  sincero  agiadecimiento  a  mi  cpndiscípulo  u  querido 
hermano  de  hábito,  P.  Elíseo  de  San  José,  docto  profesor  de  Matemáticas  y  Física  en  nuestro 
Colegio  de  Vitoria. 


PRELIMINARES  CXI 

bien  en  las  Cartas;  porque  ya  no  hay  lector  que  resista  el  pasado 
glosario  que  en  el  siglo  XVII  y  XVIII  se  leyó  con  fruición.  Hoy  ha 
cambiado  el  gusto  de  los  lectores,  a  mi  modo  de  ver,  con  ventaja 
para  estos  escritos.  Parece  que  la  narración  sencilla  y  encantadora 
del  estilo  de  la  Santa  se  rebaja  y  pierde  algo  de  su  gracia  nativa  con 
tales  comentos,  por  muy  devotos  que  parezcan.  En  escritos  tan  cla- 
ros y  sugestivos,  gusta  más  el  lector  de  comentarlos  por  sí  que  no 
acomodarse   al   pensamiento   ajeno. 

Cada  libro  de  la  Santa  irá  encabezado  por  una  introducción,  en 
que  se  expondrán  el  argumento,  paradero  del  original,  copias  que 
de  él  puedan  existir  y  cuanto  sea  necesario  a  la  inteligencia  com- 
pleta de  su  contenido  y  de  su  historia.  Para  adquirir  cabal  noticia 
de  ellos,  a  más  de  los  nmnerosos  legajos  que  se  conservan  en  la  sección 
de  Manuscritos  de  la  Biblioteca  Nacional  y  del  ñrchivo  Histórico  Na- 
cional, hemos  examinado  los  archivos  de  todas  las  fundaciones  he- 
chas por  la  Santa  y  de  otros  muchos  conventos  primitivos  de  la  Re- 
forma. En  cuanto  ha  sido  posible,  dado  el  estado  rudimentario  de  or- 
denación en  que  se  hallan  gran  parte  de  los  archivos  municipales 
y  provinciales  de  España,  hemos  procurado  completar  algunos  pasajes 
de  la  historia  de  Santa  Teresa  con  noticias  que  en  ellos  se  guardan; 
aunque  si  alguna  vez  se  deciden  los  ayuntamientos  a  poner  en  mejor 
orden  sus  papeles,  la  obra  ingrata  que  se  ve  hoy  obligado  a  realizar 
el  curioso  investigador,  con  grande  pérdida  de  tiempo,  podrá  hacerse 
más  provechosa,  breve  y  felizmente. 

En  el  ordenamiento  de  estos  escritos,  no  seguiremos  la  sutil  y 
harto  caprichosa  distribución  de  D.  Vicente  de  la  Fuente,  separándose 
de  la  tradicional  colocación  desde  Fr.  Luis  de  León,  que  no  es  tan  dis- 
paratada como  al  benemérito  profesor  le  parece.  Por  el  método  adopta- 
do para  la  publicación  de  los  libros  de  Santa  Teresa  por  D.  Vicente,  pue- 
den hacerse  cuantas  combinaciones  se  quieran,  porque  no  se  necesita  ser 
muy  avispado  para  hallar  semejanzas  o  analogías  entre  ellos,  que  aparen- 
temente las  justifiquen.  Tratándose  de  las  obras  de  la  Santa  Fundadora, 
no  debe  olvidarse  que  son,  ante  todo  y  sobre  todo,  devotas  por  su 
argumento,  por  el  fin  que  se  propuso  al  escribirlas  y  aun  por  la  con- 
dición de  los  lectores,  que  en  su  mayor  parte  las  estiman  por  deseos 
de  aprovechamiento  espiritual.  De  tal  importancia  es  esta  observa- 
ción, que  no  puede  prescindirse  de  ella  al  ordenar  estos  libros.  Debe 
por  lo  tanto,  el  editor,  a  mi  humilde  juicio,  distribuirlos  en  forma 
que  más  favorezca  a  la  parte  devota,  sin  que  por  eso  se  aban- 
done, en  cuanto  sea  posible,  su  natural  y  lógica  colocación.  No 
admitimos  esa  distinción  en  libros  históricos,  preceptivos  y  doctrina- 
les   tan    completa    y    substancial,    que    motive    forzosamente    la    distri- 


CXn  PRELIMINARES 

bución  de  ellos  por  el  orden  lógico  de  estas  materias;  ni  menos  esos 
cabalísticos  agrupamientos  triniformes  en  que  se  enreda  D.  Vicente, 
forzando   el   natural   y    sencillo    ordenamiento   de   estas   obras. 

Ni  estamos  conformes  con  el  docto  escritor  en  la  calificación 
que  da  a  ciertas  producciones  literarias  de  la  Santa.  ¿Cómo  llamar 
libro,  verbigracia,  a  unos  cuantos  avisos  sobre  la  regular  observancia, 
de  no  torcer  la  significación  que  se  ha  dado  siempre  a  ese  vocablo? 
¿R  qué  introducir  novedades  en  la  terminología  dando  título  de  Libro 
a  las  Revelaciones,  cuando  ya  Fray  Luis  de  León  las  clasificó  de  la 
única  manera  posible  y  definitiva,  poniéndolas  en  su  edición  príncipe 
como  Adiciones  a  la  Vida,  de  la  que  son  evidentemente  necesario  comple- 
mento, más  bien  que  libro  aparte?  Menos  pretenciosa,  aunque  harto 
más  natural  y  obvia,  es  la  distinción  y  distribución  que  hemos  visto 
de  Fr.  Jerónimo  de  San  José. 

En  cuanto  al  orden  seguimos  casi  a  la  letra  el  tradicional  en  la 
Descalcez  Carmelitana.  Primero,  los  libros  propiamente  dichos,  y  lue- 
go, con  la  excepción  de  las  Relaciones,  las  obras  cortas  y  las  Cartas, 
Comenzaremos  por  la  Vida,  fruto  primerizo  de  la  Santa,  y  su  obligado 
apéndice  las  Relaciones  a  sus  confesores.  R  la  Vida  seguirán  el  Ca- 
mino de  Perfección,  Las  Moradas,  Conceptos  de  Amor  de  Dios,  Ex- 
clamaciones, Las  Fundaciones,  y,  por  último,  el  Modo  de  visitar  los 
conventos,  los  Avisos,  Constituciones,  Poesías  y  escritos  sueltos,  y  por 
fin,    las   Cartas. 

ñdemás  de  ajustamos  mejor,  como  es  dicho,  en  este  plan  a  la 
costumbre  tradicional  de  los  editores  de  la  Santa,  no  deja  de  tener 
el  plan  fundamento  lógico,  y  aún,  en  parte,  cronológico,  ñunque  la 
Vida  por  su  título  debiera  ser  histórica,  es  más  mística  que  histórica; 
porque  de  esto  último  sólo  tiene  la  imprescindible  sucesión  de  hechos 
autobiográficos  que  la  componen.  Pero  en  la  exposición  de  ellos,  atien- 
de principalmente  la  Santa  a  las  manifestaciones  de  la  gracia  divina 
en  su  espíritu.  La  Vida,  como  obra  histórica,  es  incompletísima;  en 
cambio  nos  da  en  ella  Santa  Teresa  un  curso  acabado  de  mística  y  as- 
cética. Si  por  analogías  históricas  dice  D.  Vicente  que  a  la  Vida  han  de 
seguir  las  Fundaciones,  deberíase  continuar  con  las  Cartas,  que  tanto 
caudal  histórico  y  biográfico  encierran  de  la  santa  Doctora,  y  no  seré 
yo  quien   introduzca  esta   innovación   extraña. 

Sucede  cronológicamente  al  libro  de  la  Vida,  el  Camino  de  Per- 
fección, que  la  Santa  compuso  por  mandamiento  del  P.  Báñez.  Había 
algunas  cosas  en  el  primero  que  cedían  en  gloria  de  la  Santa  Ma- 
dre, y  hasta  después  de  su  muerte  no  era  conveniente  que  corrie- 
sen Qxúto.  sus  hijas.  Como,  por  otra  parte,  no  era  justo  privarlas  de  su 
provechosa  doctrina,  y  las  religiosas  de  San  José  la  importunasen  les 


PRELIMINARES  CXIII 

diese  por  escrito  algunas  reflexiones  de  edificación  y  provecho  espiritual, 
vencida  la  humildad  de  la  Santa  por  imposición  del  sabio  Dominico, 
se  resolvió  a  escribir  el  Camino  de  Perfección,  tomando  por  argumen- 
to el  Paternóster,  tal  como  ella  lo  meditaba  (1).  Tenemos,  por  consi- 
guiente, que  el  segundo  libro  de  la  Santa  se  escribió  para  suplir  a  la 
Vida,  que  por  motivos  fáciles  de  comprender  no  era  oportuno  poner 
en  manos  de  las  Descalzas  hasta  después  de  la  muerte  de  su  Madre 
Fundadora.  ¿Será,  según  esto,  disparatado  publicar  el  Camino  de  Per- 
lección   después   de   la   Vida? 

Complemento  de  entrambos  libros  son  Las  Moradas,  que,  por 
lo  mismo,  deben  venir  en  tercer  lugar.  Los  tres  son  místicos,  prin- 
cipalmente, si  bien  el  Castillo  interior  perfecciona  a  los  dos  pri- 
meros; porque  el  orfebre,  cuando  lo  compuso,  sabía  ya  mucho  más  de 
su  arte.  De  esta  suerte  tiene  el  lector,  sin  prolijas  interpelaciones, 
íntegro  el  sistema  ascético  g  místico  de  Santa  Teresa,  que  comienza 
en  la  Vida,  prosigue  en  el  Paternóster  "^  se  consuma  en  Las  Moradas. 
Como  los  Conceptos  de  Amor  de  Dios  y  las  Exclamaciones,  no  son 
otra  cosa  que  frutos  sazonados  de  este  árbol  místico,  en  ninguna  parte 
están  mejor  que  junto  a  las  ramas  que  los  produjeron.  No  ignoro  que 
en  el  libro  de  Las  Fundaciones  vienen  algunos  capítulos  místicos  de 
suma  importancia;  pero  ellos  no  pueden  prevalecer  sobre  los  históricos, 
que  llenan  la  mayor  parte  de  sus  páginas;  ni  son  tan  indispensables, 
que  sin  ellos  necesariamente  se  corte  el  hilo  ascético  y  místico  que 
dijimos  engarza  la  Vida,  Camino  y  Las  Moradas.  El  último  de  los 
cuatro  más  voluminosos  libros  de  la  Santa  en  nuestra  edición  será,  por 
lo   tanto,    el    de   las   Fundaciones. 

Las  Constituciones,  Poesías  y  escritos  sueltos  de  corta  extensión, 
formarán  otro  volumen,  para  evitar  ei  peligro  de  que  el  lector  no 
repare  en  ellos,  publicándolos  al  fin  de  obras  más  voluminosas.  Por 
último,   se   publicarán   las  Cartas. 

En  cuanto  a  las  condiciones  externas  de  presentación,  hemos  adop- 
tado la  ortografía  moderna,  conservando  escrupulosamente  la  formación 
de  las  palabras,  tal  como  las  emplea  Santa  Teresa.  Corregimos  la  or- 
tografía y  respetamos  la  fonética,  hasta  donde  es  posible,  y  con  las 
limitaciones  impuestas  por  la  misma  evolución  de  la  lengua,  no  bien 
conocida  aún.  Precisamente,  la  segunda  mitad  del  siglo  XVI  es  de 
grande  revolución  o  desbarajuste  fonético  y  ortográfico,  y  todavía  hay 
muchas  cuestiones  de  crítica  filológica,  referentes  a  este  período,  que 
no  se  han  resuelto.  Los  caprichos  de  sinalefa,  apócope,  contracciones 
del  artículo  y   formas  sincopadas   de   verbos,   son   innumerables  en   los 


1      Reforma  de  los  Descalzos,  1.  V,  c.  37,  p.  882. 


CXIV  PRELIMINARES 

escritores  de  aquel  tiempo  y  en  la  Santa.  No  adopta  ésta  reglas  unifor- 
mes de  escritura.  Así,  por  ejemplo,  unas  veces  escribe  deste,  otras  de 
este;  unas  veces  dice  fiierdes,  quisierdes,  y  otras  las  emplea  en  la  for- 
ma 'corriente;  a  veces  suprime  la  última  vocal  de  una  palabra  cuando  la 
siguiente  comienza  con  la  misma  letra,  y  otras  hace  caso  omiso.  Nos- 
oíros  hemos  respetado  este  desorden,  reproduciendo  las  palabras  en  la 
forma  que  la  Santa  las  escribió,  cosa  que  no  ha  hecho  ningún  editor; 
porque  en  todos  se  ve  uniformidad  en  los  apocopamientos  y  empleo 
de  otras  licencias  gramaticales  (1).  Las  ediciones  paleográficas  son  de 
utilidad  muy  relativa  y  limitadaí  y  no  convienen  a  obras  populares,  que 
corren  en  manos  de  todos.  La  buena  presentación  y  modernización 
ortográfica  hace  singularmente  simpáticos  los  textos,  así  como  ese  as- 
pecto de  vetustez  que  les  dan  la  puntuación  y  escritura  antiguas,  los 
hace   repulsivos,   pesados  y   difíciles  para   el   vulgo   de  los  lectores   (2). 

Fr.    Silverio    de    Santa    Teresa,    C,    D. 
Burgos,  festividad  de  Santa  Teresa  de  Jesús,  15  de  Octubre  de  1911. 


1  Advertimos  que  las  palabras  aun,  aunque,  que  la  Santa  escribe  an.  anque,  las  reprodu- 
cimos como  las  pronunciamos  hoy.  Las  de  experiencia,  expuesto,  éxtasis,  y  generalmente,  las 
que  llevan  x,  sépase  que  Santa  Teresa  las  escribe  siempre  con  s.  No  extraile  el  lector  que  una 
misma  palabra  esté  impresa  de  dos  modos,  v.  gr.,  iglesia  e  ilesia,  hortelano  y  hortololano,  etc., 
porque  así  lo  hace  la  Santa  y  nosotros  hemos  respetado  esta  variedad. 

2  Sobre  esto  pueden  verse  las  discretas  reflexiones  que  hace  el  ilustre  secretario  de  la 
Academia  Española  en  su  obra  Fonología  española,  p.  202.  Madrid,  1909.  En  cuanto  al  tipo  de 
etra,  hemos  procurado  armonizar  ¡a  estética  con  la  utilidad  práctica,  que  en  casos  análogos  es 
o  más  discreto  y  razonable. 


INTRODUCCIÓN  R   Lñ   VIDA  DE  SHNTñ  TERESA 


Santa  Teresa,  como  todos  los  siervos  de  Dios  favorecidos  con  par- 
ticulares mercedes,  temía  no  fuera  engañada  del  amor  propio  o  del 
demonio  cuando  su  espíritu  comenzó  a  gustar  de  las  cosas  divinas  y 
a  ir  por  caminos  de  perfección  no  muy  trillados  por  el  común  de  las 
almas  buenas.  Exponía  con  mucha  frecuencia  estos  temores  a  sus  direc- 
tores espirituales,  que  la  Santa  siempre  procuraba  fueran  aventajados 
en  virtud  y  letras,  ñunque  en  la  comunicación  de  su  espíritu  nada  les 
ocultaba,  antes  con  ejemplar  humildad  y  llaneza  lo  refería  todo,  sin- 
gularmente lo  que  más  la  desfavorecía;  sin  embargo,  para  juzgar  sobre 
cosas  tan  altas  y  espinosas  con  más  acordado  criterio  y  maduro  racio- 
cinio, algunos  confesores  suyos  le  mandaron  escribir  las  gracias  que 
de  Dios  recibía,  principalmente  en  la  oración,  y  cuanto  sintiese  en  su 
espíritu  que  pudiera  contribuir  a  su  más  completa  inteligencia. 

Tal  fué  el  origen  de  esta  admirable  autobiografía,  que  por  la  natu- 
ralidad con  que  está  escrita,  por  el  profundo  y  detallado  análisis  psi- 
cológico que  hace  de  su  alraal  y  por  los  misteriosos  arcanos  de  espíritu 
que  descubre,  no  tiene  rival  en  la  literatura  de  ningún  pueblo,  y  ha 
sido  colocada   al   lado   de  las  Confesiones   de  San  Agustín. 

Comienza  lamentándose  candorosamente  de  no  estar  facultada  por 
su  director  para  decir  con  claridad  sus  pecados,  sino  las  mercedes 
que  creía  recibir  de  Dios;  y,  sin  embargo,  pone  tal  viveza  y  calor 
de  estilo  en  algunas  frases  que  dedica  a  su  imaginada  ruindad  de  alma, 
que  si  el  lector  no  es  muy  avisado  y  ,se  halla  prevenido  contra  estas 
humildes  acusaciones  de  faltas,  tendrá  por  grande  pecadora  a  quien  ja- 
más cometió  culpa  grave.  Cualidad  magnífica  de  las  almas  superiores,  que 
teniendo  más  clara  luz  que  los  demás  para  ver  las  excelencias  de  los 
divinos  atributos,  comprenden  también  mejor  la  infinita  pequenez  de 
la  criatura  humana,  y  la  confiesan  con  edificante  sinceridad  y  no  afec- 
tada exageración. 


CXVI  INTRODUCCIÓN     ñ     Lñ.     VIDA 

Da  cuenta  breve  al  principio  del  libro  de  la  virtud  ejemplar  de  sus 
padres  y  pondera  de  paso  las  ventajas  de  la  buena  educación  cristiana, 
los  peligros  que  puede  correr  el  alma  con  las  malas  compañías,  lo  mucho 
que  vale  la  vocación  claustral,  que  ella,  tras  largas  y  difíciles  luchas 
consigo  misma,  se  decide  a  abrazar,  las  alternativas  de  fervor  y  tibie- 
za religiosa  que,  ya  monja  en  la  Encarnación,  siente  su  alma,  cons- 
tantemente combatida  por  opuestas  aspiraciones,  hasta  que  al  fin  triunfa 
Jesús,  y  se  resuelve/  a  darse  por  completa  a  la  vida  perfecta  por  medio 
de  la  oración,  que,  en  concepto  de  la  Santa,  es  la  medicina  más  eficaz 
contra  todas  las  tibiezas  y  descaecimientos  del  espíritu  (capítulos  I-X). 

Prosigue  hablando  de  los  siervos  del  amor  y  del  modo  de  apagar 
la  sed  de  perfección  que  reseca  sus  labios.  Para  esto  distribuye  la 
oración  en  cuatro  grados  ascendentes  y  señala  las  propiedades  y  diferen- 
cias de  cada  uno  y  los  efectos  que  en  el  alma  causan.  Comparaciones 
tomadas  de  la  misma  naturaleza,  facilitan,  aun  a  los  más  cortos  de 
entendimiento,  la  comprensión  de  estas  doctrinas  altísimas  de  espí- 
ritu. No  es  posible  profundizar  más  en  los  abismos  de  las  perfecciones 
divinas,  ni  saborear  mejor  las  regaladas  e  inefables  finezas  de  la 
Encarnación  del  Verbo,  ni  dar  lecciones  de  perfección  espiritual  tan 
sencillas,    elocuentes   y    persuasivas    (capítulos   XI-XXVII). 

Tornando  al  discurso  de  su  vida,  interrumpida  en  apariencia  por 
largo  y  magnífico  paréntesis  de  diecisiete  capítulos,  declara  las  extraor- 
dinarias mercedes  que  le  hace  el  Señor,  sus  grandes  trabajos  de  espí- 
ritu, oportuna  y  eficazmente  consolados  por  aquel  varón  austero,  pas- 
moso ejemplo  de  penitencia  en  época  en  que  la  molicie  del  Renacimien- 
to hacía  más  extraña  y  acusadora  aquella  vida  de  privaciones  espan- 
tables, San  Pedro  de  Alcántara,  e  intercalando  luego  la  fundación  del 
primitivo  monasterio  reformado  de  San  José,  cierra  la  autobiografía 
con  una  espléndida  narración  de  las  nuevas  mercedes  que  recibe  de  Dios 
y  de  los  suaves  efectos  que  en  su  alma  causan   (capítulos  XXVII-XL). 

Con  estas  doctrinas  intercala  graciosamente  discretos  qonsejos  a 
los  confesores,  tiernos  coloquios  con  Dios,  avisos  prudentes  a  las  al- 
mas que  desean  perfección  y  ardientes  apostrofes  a  todas  las  cria- 
turas, a  quienes  desea  ver  envueltas  en  las  mismas  llamas  de  amores 
divinos  que  su  corazón  transverberado.  Es  el  libro  principal  de  la 
Santa.  Contenidas  están  en  sus  páginas  toda  su  doctrina  ascética  y 
mística,  aunque  tenga  ésta  acabado  y  más  primoroso  complemento 
en  el  Camino  de  Perfección  y  Las  Moradas.  Sin  el  libro  de  la 
Vida,  no  se  entienden  bien  los  otros  dos;  ella  misma  hace  referencia 
en  diversos  pasajes  a  su  libro  grande.  Solamente  un  estudio  super- 
ficial ha  podido  separar  estas  tres  producciones,  que  más  que  obras 
distintas,  son  tres  partes  de  un  mismo  libro.  Tal  es  el  nexo  íntimo 
que  las  une. 


DE     SRNTR     TERESA     DE     JESÚS  CXVII 

Hndaba  la  Santa  inquieta  con  el  género  de  oración  que  tenía,  ij 
deseaba  cerciorarse  de  varones  sabios  si  aquellos  favores  eran  de  Dios 
o  engaños  del  demonio.  El  caballero  santo  Francisco  de  Salcedo,  y 
el  Maestro  Daza;,  a  pesar  de  su  buena  intención,  no  estuvieron  acertados 
en  el  examen  del  espíritu  de  Santa  Teresa,  que  calificaron  de  demo- 
niaco, y  le  aconsejaron  tratase  con  los  Padres  de  la  Compañía,  a  los 
cuales,  aun  antes  de  conocerlos,  por  las  cosas  que  de  ellos  había  oído, 
era  singularmente  aficionada.  De  iodos  estos  pasos  dados  para  aquie- 
tar su  espíritu,  habla  en  el  capítulo  XXVIII  de  su  Vida.  Preparóse  para 
una  confesión  general  y  puso  por  escrito  «los  males  y  bienes;  un  dis- 
curso de  mi  vida  lo  más  claramente  que  yo  entendí  y  supe»,  como  dice 
ella  misma.  De  esta  relación  no  se  ha  conservado  noticia  alguna,  ñcae- 
cían  estos  hechos  por  los  años  1556. 

Por  nuevas  indicaciones  de  sus  confesores,  escribió  Santa  Teresa 
otra  Relación  de  su  vida  interior,  mucho  más  extensa.  El  Padre 
Domingo  Báñez,  que  tenía  motivo  para  conocer  todo  lo  relativo  a 
este  escrito,  en  su  deposición  jurídica,  hecha  en  Salamanca  para  la 
canonización  de  la  Santa,  dice  a  este  propósito:  «En  cuanto  a  sus  li- 
bros, del  uno  de  ellos  puedo  decir  que  es  donde  ella  escribió  su  vida 
y  el  discurso  de  la  oración  por  donde  Dios  la  había  llevado,  preten- 
diendo en  esto  que  sus  confesores  la  conociesen  y  enseñasen,  y  junta- 
mente aficionar  a  la  virtud  a  los  que  leyesen  las  misericordias  de 
Dios  que  con  ella  había  usado,  siendo  tan  gran  pecadora  como  ella 
confiesa  con  mucha  humildad.  Este  libro  ya  le  tenía  escrito  cuando  yo 
la  comencé  a  tratarí,  y  le  hizo  con  licencia  de  sus  confesores  que  antes 
había  tenido,  como  fué  un  Presentado  Dominico,  llamado  reverendo 
P.  Ibáfiez,  lector  de  Teología  de  Hvila.  Después  tornó  a  añadir  y 
reformar  el  dicho  libro;  el  cual  libro  yo  llevé  al  Santo  Oficio  de  la 
Inquisición  en  Madrid,  y  después  me  lo  volvió  el  inquisidor  D.  Fran- 
cisco Soto  y  Salazar  para  que  lo  tornase  a  ver  y  dijese  mi  parecer; 
y  le  torné  a  ver.  Y  al  cabo  del  libro,  en  algunas  fojas  blancas,  dije 
mi  parecer  y  censura,  como  se  hallará  en  el  original  escrito  de  mano 
de  la  misma  Madre  Teresa  de  Jesús»   (1). 

En  es^tas  palabras  sintetiza  el  docto  Dominico  casi  toda  la  historia 
de  la  Vida.  Varios  fueron,  como  él  dice,  los  que  aconsejaron  la  es- 
cribiese, y  lo  mismo  afirma  la  Santa  en  diversos  pasajes  (2).  Uno  de 
ellos  fué  el  P.  Ibáñez,  con  quien  la  Santa  trató  de  la  fundación  del 
convento  de  San  José  (3)  por  los  años  de  1561,  y  es  probable  que  en 
este  tiempo   comenzase   a   escribir   en  ñvila   el   libro   de   la   Vida,   que 


1  Escritos  de  Santa  Teresa,  poi  D.  Vicente  de  la  Fuente,  t.  II,  p.  577. 

2  Vid.  Prólogo  y  Capítulos  X,  XI,  XV  u  XXXVII  de  la  Vida. 

3  Cfr.  Libro  de  la  Vida,  c.  XXXII  u  XXXIII. 


CXVIII  INTRODUCCIÓN     fl     LA     VIDA 

terminó,  según  testimonio  de  su  autora,  puesto  al  fin  del  manuscrito,  en 
Junio  de  1562,  en  el  palacio  de  D.a  Luisa  de  la  Cerda,  ñunque  parece 
seguro  que  el  P.  Pedro  Ibáñez  mandó  a  la  Santa  escribir  la  relación 
de  su  vida,  no  excluye  que  se  lo  aconsejasen  también  otros  confesores 
que  para  esta  fecha  había  tenido,  algunos  de  la  Compañía.  Es  verosí- 
mil que  viéndola  tan  afligida  g  no  siendo  fácil  por  relaciones  ver- 
bales formar  juicio  cabal  de  su  espíritu,  merced  a  las  singulares  per- 
fecciones que  atesoraba,  se  las  mandasen  poner  por  escrito  para  con 
más  reflexión  ij  detenimiento  examinarlas.  Ella  misma  se  inclinaba 
también  a  este  procedimiento,  siquiera  se  viese  contrariada  cuando  po- 
nían frenó  a  su  humildad  en  la  narración  prolija  de  sus  faltas.  La 
conjetura  está  conforme  al  modo  de  hablar  de  la  Santa  y  con  la 
deposición   misma   del   P.   Báñez. 

Esta  Relación  de  Santa  Teresa,  cuyo  original  se  ha  perdido,  no 
fué  definitiva,  aunque  suponemos  fundadamente  que  lo  más  principal 
de  ella  pasaría  a  la  última  y  más  completa  que  hoy  poseemos,  ñsí 
hizo  con  la  segunda  redacción  del  Paternóster,  la  cual,  aunque  mo- 
dificada, contiene  muchísimo  de  la  primera.  A  fines  del  año  1562, 
el  P.  García  de  Toledo,  de  la  Orden  de  Santo  Domingo,  a  la  sazón 
confesor  de  la  Santa,  le  mandó  añadiese  a  la  relación  de  su  vida,  la 
reciente  fundación  de  su  primer  monasterio  reformado  y  algunas  mer- 
cedes nuevas.  Esto  obligó  a  Santa  Teresa  a  una  refundición  de  su 
libro,  que  para  mayor  orden  y  comodidad  de  lectura,  distribuyó,  por 
indicación  del  mismo  Padre  Dominico,  en  cuarenta  capítulos.  Dice  la 
Santa  en  el  prólogo  del  Libro  de  las  Fundaciones:  «Estando  en  San 
José  de  Avila,  año  de  mil  y  quinientos  y  sesenta  y  dos,  que  fué  el 
mesrno  que  se  fundó  este  monesterio  mesrao,  fui  mandada  del  Padre 
Fray  García  de  Toledo,  dominico,  que  al  presente  era  mi  confesor, 
que  escribiese  la  fundación  de  aquel  monasterio,  con  otras  muchas 
cosas,  que  quien  la  viere,  sí  sale  a  luz,  la  verá». 

Parecido  consejo  dio  a  la  Santa  el  inquisidor  D.  Francisco  Soto 
de  Salazar,  que  había  llegado  a  ñvila  por  negocios  del  Santo  Oficio, 
Dando  cuenta  el  P.  Gracián  de  estas  dudas  de  espíritu  que  atormen- 
taban a  la  Madre  Teresa,  habla  así  de  la  entrevista  de  ella  con  el 
señor  Inquisidor:  «Pero  todavía,  deseando  satisfacerse  de  todo  punto 
en  este  caso,  fuese  al  inquisidor  D.  Francisco  Soto,  que  después  fué 
obispo  de  Salamanca,  diciéndole:  «Señor,  yo  tengo  algunas  maneras 
de  proceder  en  el  espíritu  extraordinarias,  como  éxtasis,  raptos  y  re- 
velaciones, y  no  querría  ser  ilusa  y  engañada  del  demonio,  ni  admitir 
cosa  que  no  sea  muy  segura.  Yo  me  pongo  en  las  manos  del  Santo 
Oficio  para  que  me  examine  y  vtea  mi  modo  de  proceder,  sujetándome 
en  todo  a  lo  que  me  mandaren».  El  Inquisidor  la  respondió:    «Señora, 


DE     SflNTfl     TERESA     DE     JESÚS  CXIX 

la  Inquisición  no  se  mete  en  examinar  espíritus  ni  modos  de  proceder 
de  la  oración  en  las  personas  que  la  siguen,  sino  en  castigar  herejes. 
V.  m.  escriba  todas  estas  cosas  que  le  pasan  en  su  interior,  con  toda 
llaneza  y  íverdad,  y  lenviéselas  al  P.  Maestro  Avila,  que  es  hombre  de 
mucho  espíritu  y  letras  y  muy  entendido  en  estos  negocios  de  ora- 
ción; y  con  la  respuesta  que  él  diere,  asegúrese  que  no  tiene  que  temer. 

»Ella,  por  este  mandato  del  Inquisidor  y  de  otros  confesores  que 
la  habían  mandado  lo  mismo,  y  por  ruego  de  muchos  amigos  suyos, 
escribió  toda  la  relación  de  su  Vida,  que  es  ésta  de  que  trata  su 
libro,  y  escribióla  lo  primero  al  P.  Francisco  Salcedo,  confesor  suyo, 
y  de  allí  al  Maestro  ñvila,  autor  del  libro  llamado  Audi  filia.  El 
Maestro  ñvila  respondió  después  de  haberla  leído  una  carta,  que  yo 
tengo  original  en  mi  poder,  en  que  aprueba  y  declara  esta  doctrina»  (1). 

Muchas  cosas  hay  en  la  última  Relación  que  son  completamente  nue- 
vas, como  la  muerte  de  San  Pedro  de  ñlcántara,  del  P.  Ibáñez,  el  apro- 
vechamiento espiritual  del  P.  García  de  Toledo,  casi  todo  Jo  contenido 
en  los  cuatro  últimos  capítulos,  y  aun  en  otros,  como  el  XIX,  en  que 
dice:  «como  estoy  en  casa  que  ahora  se  comienza»,  refiriéndose  al 
convento  de  San  José  de  ñvila.  Sin  embargo,  como  lo  principal  del 
libro  pertenecía  a  la  Relación  anterior,  compuesta  sin  distinción  de 
capítulos,  pudo  poner  al  final  de  la  última,  la  fecha  en  que  terminó 
la  otra,  como  lo  advierte  el  P.  Báñez.  Esta  es  la  Relación  que  ac- 
tualmente se  conserva  en  el  Escorial. 

Probablemente,  la  Santa  comenzó  a  redactarla  a  fines  del  sesenta 
y  dos,  asentada  ya  la  fundación  de  San  José  y  tranquilizado  su  es- 
píritu después  de  la  tumultuosa  y  violenta  oposición  que  al  nuevo  mo- 
nasterio se  hizo.  No  se  precipitó  al  escribirla,  pues  hasta  fines  del 
año  1565  no  le  dio  remate.  En  el  capítulo  XXXVIII  habla  de  la  muerte 
del  P.  Pedro  Ibáñez,  ocurrida  enj  2  de  Febrero  de  este  mismo  año  de 
sesenta  y  cinco  (2).  Habla  asimismo  la  Santa  en  el  capítulo  XXXIX,  de 
un  Breve  que  se  había  recibido  de  Roma,  expedido  por  Pío  IV  el  17 
de  Julio,  para  poder  fundar  monasterios  sin  renta.  Todo  induce  a  creer 
que,  a  fines  de  este  año,  había  dado  la  Santa  fin  a  la  Relación  de- 
finitiva de  su  vida. 

ñunque  Santa  Teresa  trató  de  enviarla  en  seguida  al  Maestro  ñvila, 
según    la    prudente    indicación    del    inquisidor    Francisco    de    Soto,    no 


1  Dilucidario  del  verdadero  espíritu,  p.  1.a,  c.  3.  El  P.  Gracián,  que  sabría  todos  estos  por- 
menores de  boca  de  la  misma  Santa,  copia  íntegra  la  carta  del  Venerable  Avila.  Haciendo  re- 
ferencia a  esta  conversación  con  el  inquisidor  Soto,  dice  Sta.  Teresa  en  la  Relación  al  P.  Rodrigo 
Alvarez:  «Como  la  vio  fatigada,  díjole  que  lo  escribiese  todo  y  toda  su  vida,  sin  dejar  nada,  al 
Maestro  Avila,  que  era  hombre  que  entendía  mucho  de  oración,  y  que  con  lo  que  escribiese  se 
sosegase>. 

2  Santa  Teresa  de  Jesús  u  la  Orden  de  Predicadores,  por  el  P.  Felipe  Martín,  O.  P., 
p.  662. 


CXX  INTRODUCCIÓN     fl     Lfl     VIDA 

parece  pudo  realizarlo  tan  pronto  como  era  su  deseo.  Por  una  carta 
de  la  Santa  que  acompañaba  al  manuscrito  original  de  la  Vida,  y 
que  todavía  hoy  va  unida  a  él,  escrita,  según  todas  las  probabilida- 
des, al  P.  García  de  Toledo  (1),  sabemos  que,  apenas  hubo  terminado 
de  escribirlo,  le  fué  pedido  por  dicho  Padre,  a  quien  ruega  enmiende 
lo  que  le  parezca  y  lo  mande  trasladar  antes  de  enviarlo  al  Maestro 
Hvila.  Como  en  este  tiempo  regentaba  una  cátedra  de  Teología  en 
Santo  Tomás  de  Avila  el  P.  Báñez,  y  era  además  confesor  de  la  Santa, 
porque  como  ella  misma  dice  en  el  capítulo  XZÍXIX  de  la  Vida,  tenía 
entonces  dos  confesores,  «harto  letrados  y  siervos  de  Dios»,  no  es 
improbable  que  ambos  examinasen  el  manuscrito  y  lo  aprobasen  con 
la  autoridad  que  podían  darle  dos  teólogos  tan  eminentes.  Tan  se- 
guros estaban  de  la  doctrina  expuesta,  que,  singularmente  el  P.  Báñez, 
no  era  de  parecer  se  diese  a  nadie  para  su  examen.  Tal  vez  esta 
disposición    del    P.   Báñez    retardó   el    envío   al   Beato   ñvila. 

Urgía  la  Santa  la  necesidad  de  que  el  célebre  apóstol  de  Anda- 
lucía conociese  la  Relación  de  su  vida,  ya  sea  por  el  grande  crédito 
que  gozaba  de  fino  discernidor  de  espíritus,  ya  por  cumplir  el  conse- 
jo del  inquisidor  Soto.  R\  mismo  tiempo  le  escribía  Santa  Teresa, 
recomendándole  examinase  su  Vida  y  le  diese  su  parecer  con  entera 
verdad,  favorable  o  adverso.  No  se  conserva  la  carta  de  Santa  Teresa,, 
pero  se  colige  que  debía  de  estar  escrita  en  este  sentido  por  la  res- 
puesta del  siervo  de  Dios,  que  se  guardaba  en  nuestro  Archivo  de  Pas- 
trana,  donde  la  copió  el  autor  del  Año  Teresiano  (2).  Hablando  en  ella 
del  Libro  de  la  Vida,  dice  a  la  Santa:  «Deseo  que  vuestra  merced 
se  sosiegue  en  lo  que  toca  al  examen  de  aquel  negocio;  porque  ha- 
biéndolo visto  tales  personas,  V.  m.  ha  hecho  lo  que  parece  ser  obli- 
gada. Y  cierto,  creo  que  yo  no  podré  advertir  cosa  que  aquellos  Pa- 
dres no  hayan  advertido».  Lleva  fecha  de  2  de  Abril,  y  aunque  no 
pone  el  ano,  es  del  1568,  cuando  la  Santa  Madre  trataba  con  D.a  Luisa 
de  la  Cerda  de  la  fundación  de  Malagón. 

Ni  la  seguridad  de  la  doctrina  de  los  dos  grandes  letrados  Domi- 
nicos, ni  las  palabras  aquietadoras  del  Venerable  Maestro,  lograron 
tranquilizar  completamente  a  la  Santa,  y  se  valió  de  su  buena  amiga 
D.a   Luisa   de  la   Cerda,  muy   conocida   y   estimada   del   B.   Avila,   para 


1  Así  lo  dice  Yepes,  !.  I,  c.  21,  y  consta  por  documentos  antiguos  que  se  conservan  en 
el  Colegio  de  Santo  Tomás  de  PP.  Dominicos  de  Avila.  (Cfr.  Vida  de  Santa  Teresa,  con  intro- 
ducción a  notas  del  R.  P.  Felipe  Martín,  O.  P.,  Avila  1900,  pág.  421.)  De  esta  opinión  es  tam- 
bién el  P.  Andrés  de  la  Encarnación  (Memorias  Historiales,  letra  N,  núm.  27).  El  P.  Gracián 
es  de  parecer  que  la  escribió  a  Francisco  Salcedo  (Dilucidario,  p.  I,  c.  3).  En  las  Deposiciones 
jurídicas  hechas  en  Avila  en  1610,  la  M.  Isabel  de  Sto.  Domingo  da  a  entender  que  es  para  el 
M.  Daza. 

2  T.  IV,  2  de  Abril,  p.  33. 


DE   SANTA   TERESa   DE   JESÚS  CXXI 

que  hiciese  llegar  hasta  él  la  relación  de  su  Vida  y  pudiese  juzgarla 
por  sí  mismo.  Escribe  la  Santa  a  D.a  Luisa  con  fecha  18  de  Mayo 
de  1568,  desde  Malagón:  «Yo  no  puedo  entender  por  qué  dejó  V.  S.  de 
enviar  luego  el  recaudo  al  Maestro  Avila.  No  lo  haga,  por  amor  del 
Señor,  sino  que  a  la  hora,  con  un  mensajero,  se  le  envíe,  que  me  dicen 
hay  jornada  de  un  día  no  más;  que  ese  esperar  a  Salazar,  que  no 
podrá  salir,  si  es  retor,  a  ver  a  V.  S.,  cuanti  más  a  ver  el  P.  Avila»  (1). 
A  27  de  Mayo  del  mismo  año  torna  sobre  el  mismo  argumento  y  dice 
a  D.a  Luisa:  «Ya  escribí  a  V.  S.  en  la  carta  que  dejé  en  Malagón, 
que  pienso  que  el  demonio  estorba  que  ese  mi  negocio  no  vea  el  Maes- 
tro Avila;  no  querría  que  se  muriese  primero,  que  sería  harto  desmán. 
Suplico  a  V.  S.,  pues  está  tan  cerca,  se  le  envíe  con  mensajero  propio, 
sellado,  y  le  escriba  V.  S.  encargándole  mucho,  que .  él  ha  gana  de 
verle  y  le  leerá  en  pudiendo.  Fr.  Domingo  me  ha  escrito  ahora  aquí 
(Toledo)  que,  en  llegando  a  Avila,  haga  mensajero  propio  que  se  le 
lleve.  Dame  pena,  que  no  se  qué  hacer,  que  me  hará  harto  daxlo,  como 
a  V.  S.  dije,  que  ellos  lo  sepan.  Por  amor  de  nuestro  vSeñor,  que 
dé  V.  S.  priesa  en  ello;  mire  que  es  servicio  suyo,  y  téngame  V.  S. 
ánimo  para  andar  por  tierras  extrañas.  Acuérdese  cómo  anda  Nuestra 
Señora    cuando    fué    a    Egipto    y    Nuestro    Padre    San    José»    (2). 

Tan  repetidas  y  apremiantes  súplicas,  movieron  por  fin  a  D.a  Luisa 
a  entregar  la  Vida  al  B.  Avila;  porque  en  carta  que  en  23  de  junio 
del  68  le  dirige  la  Santa,  da  por  supuesto  que  ya  le  tiene  el  Venerable, 
y  recomienda  que  se  la  envíe  «con  recaudo  lo  más  presto  que  pu- 
diere, y  que  no  vengan  sin  carta  de  aquel  santo  hombre,  para  que  en- 
tendamos su  parecer,  como  V.  S.  y  yo  tratamos:».  Teme  la  Santa  que, 
como  el  P.  Domingo  Báñez  anunciaba  su  llegada  a  Avila  y  era  con- 
trario a  que  nadie  examinase  el  libro,  se  enterase  de  todo  y  tuviera 
algún  disgusto.  «Tamañita  estoy,  dice  en  la  misma  carta,  cuando  ha 
de  venir  el  Presentado  Fr.  Domingo,  que  me  dicen  ha  de  venir  por  acá 
este  verano  y  hallarme  ha  en  el  hurto.  Por  amor  de  nuestro  Señor, 
que  V.  S.,  en  viéndole  aquel  Santo,  me  le  envíe,  que  tiempo  le  que- 
dará a  !V.  S.  para  que  le  veamos  cuando  yo  torne  a  Toledo»  (3). 

Devolvió  el  Maestro  Avila  el  manuscrito  después  de  haberlo  exa- 
minado, acompañado  de  una  carta  (12  de  Setiembre  de  1568),  en 
que  aprueba  su  doctrina  y  hace  algunos  leves  reparos,  que  no  care- 
cían de  oportunidad  en  aquellos  tiempos,  harto  recelosos  en  materia  de 
oración.  Según  la  declaración  hecha  en  1595  en  Zaragoza  para  la  causa 


1  Escritos  de  Santa  Teresa,  t.  II,  c.  II. 

2  Escritos  de  Santa  Teresa,  t.  II,  c.  III. 

3  Ibid.,  t.  II,  c.  V. 


CXXn  INTRODUCCIÓN     fl     Lfl     VIDA 

de  la  beatificación  y  canonización  de  la  Santa  por  la  Madre  Isabel 
de  Santo  Domingo,  el  portador  del  libro  de  la  Vida  y  de  la  carta 
del  Maestro  Rvila,  fué  el  canónigo  Gaspar  Daza,  que  venía  muy  con- 
tento y  satisfecho  con  aquella  buena  nueva  (1),  que  la  Santa  recibió 
en  Valladolid.  Acusando  recibo  del  libro  a  D.^  Luisa  de  la  Cerda,  en 
carta  escrita  en  esta  ciudad  a  2  de  Noviembre  de  1568,  manifiesta  Ig 
alegría  que  la  noticia  le  había  ocasionado:  «Lo  del  libro  tray  V.  S. 
tan  bien  negociado,  que  no  puede  ser  mijor;  y  así  olvido  cuantas  ra- 
bias me  ha  hecho.  El  Maestro  ñvila  me  escribe  largo  y  le  contenta 
todo;  sólo  dice  que  es  menester  declarar  más  algunas  cosas  y  mudar 
los  vocablos  de  otras,  que  esto  es  fácil.  Buena  obra  ha  hecho  su  se- 
ñoría; el  Señor  se  la  pagará,  con  las  demás  mercedes  y  buenas  obras 
que  V.  S.  me  tiene  hechas.  Harto  me  he  holgado  de  ver  tan  buen 
recaudo,  porque  importa  mucho;  bien  parece  quien  aconsejó  se  enviase». 
Muy  natural  era  el  consuelo  de  Santa  Teresa  cuando  un  hombre 
tan  espiritual  y  experimentado  en  cosas  de  oración,  aprobaba  la  suya. 
No  por  eso  dejó  la  Santa  de  manifestar  esta  Relación  a  los  confesores 
más  letrados  que  en  adelante  tuvo.  La  leyeron,  entre  otros,  los  Padres 
Martín  Gutiérrez  (2)  y  Jerónimo  Ripalda,  ambos  de  la  Compañía  de 
Jesús,  que  la  aprobaron  también,  y  el  segundo  la  animó  a  que  prosi- 
guiese la  historia  de  las  fundaciones  que  había  hecho  después  de  San 
José  de  ñvila,  según  la  misma  Santa  testifica  en  el  prólogo  de  este 
libro.  También  leyó  la  Relación  el  célebre  dominico  Bartolomé  de 
Medina,  en  algún  tiempo  muy  contrario  a  la  Madre  Teresa  por  las 
cosas  extraordinarias  que  de  ella  había  oído;  pero  luego  se  tornó 
en  elogiador  fervoroso  de  su  espíritu,  y  hasta  se  procuró  de  ella 
una  copia,  que  regaló  a  D.a  María  Enríquez,  Duquesa  de  ñlba  (3). 
D.  ñlvaro  de  Mendoza  mostró  deseos  de  ver  el  libro  de  la  Vida,  y 
como  a  persona  de  tanta  autoridad  y  a  quien  tanto  debía  la  Santa, 
pues   había   puesto   bajo   su   protección   el   primer   monasterio   descalzo, 


1  Memorias  Historiales,  letra  R,  n.  133.  Según  esta  Aladre,  Daza  lo  llevó  también  al 
Maestro  Avila.  Un  poco  difícil  nos  parece  que  para  llevar  el  libro,  que  estaba  en  Toledo,  se 
llamase  al  Maestro  Daza  que  vivía  en  Avila,  siendo  así  que  de  Toledo  a  la  residencia  del  Ve- 
nerable en  Montilla,  no  había  más  de  una  jornada. 

2  En  las  Informaciones  jurídicas  de  Madrid,  declara  el  P.  Bartolomé  Pérez  de  Nueros, 
Provincial  de  la  Compañía:  «Digo  que  habiendo  escrito  la  Santa  Madre  el  libro  de  su  Vida,  se 
lo  dio  al  P.  Martín  Gutiérrez,  su  confesor,  para  que  lo  viese,  el  cual,  por  estar  enfermo,  me  pi- 
dió se  lo  leyese,  lo  cual  hice  con  mucho  gusto.  Y  me  acuerdo  que  cuando  se  lo  iba  leyendo,  el 
dicho  P.  Martín  Gutiérrez  se  encendía  en  devoción  y  afectos  de  nuestro  Seflor  tan  particulares, 
que  me  hacía  parar  de  leer  y  se  quedaba  por  algunos  ratos  en  una  profunda  y  devota  oración, 
con  muchas  lágrimas  y  suspiros». 

3  Deposición  jurídica  de  Ana  de  Jesús.  El  P.  Juan  de  Medina  depuso  en  Burgos,  año 
de  1610,  que  treinta  y  cuatro  años  antes,  poco  mas  o  menos,  en  su  colegio  de  San  Esteban  de 
Salamanca,  se  trasladó  la  Vida  de  la  Santa  para  la  Duquesa  de  Alba.  (Cfr.  Memorias  HistO" . 
ríales,  1.  O,  n.  3). 


DE    SflNTñ     TERESft     t)E    JESUS  CXXIll 

se  lo  entregó!,  y  él  lo  hizo  trasladar  para  dar  una  copia  a  su  hermana 
D.a  María  de  Mendoza.  Acerca  de  esta  entrega  del  libro  de  la  Vida 
a  D.  Alvaro,  escribía  la  Santa  desde  Segovia,  a  fines  de  Septiembre 
de  1574,  a  María  Bautista,  Priora  de  Valladolid:  «El  libro,  desde  creo 
dos  u  tres  días  que  se  fué  el  Obispo  a  la  corte,  le  tengo  acá,  mas 
había  de  enviarlo  allá,  y  después  no  he  sabido  dónde  estaba  de  asien- 
to, ilhí  le  llevan;  désele  a  él  mismo  guando  se  vaya,  ansí  como  está, 
y  antes,  esa  carta  que  va  para  Su  Señoría»  (1). 

Por  este  tiempo,  las  copias  de  la  Vida  íbanse  multiplicando  con 
grande  disgusto  de  la  Santa  y  de  su  buen  amigo  el  P.  Báñez,  que 
temían,  no  sin  fundamento,  como  más  adelante  se  vio,  que  no  todos 
habían  de  leer  aquellas  páginas  con  ánimo  de  aprovecharse  y  guardar 
el  discreto  silencio  que  por  entonces  convenía;  antes  muchos  habrían 
de  comentarlas  festivamente  y  publicar  lo  que  debía  estar  secreto.  El 
Maestro  Báñez  llegó  a  enfadarse  por  esto  con  la  Santa,  si  bien  reco- 
noce que  no  era  ella  la  culpable.  Hablando  de  estas  copias,  dice  en 
las  Informaciones  de  Salamanca:  «Todo  esto  es  tan  contra  mi  volun- 
tad, que  me  enojé  con  la  dicha  Teresa  de  Jesús,  aunque  entiendo 
que  no  tenía  ella  la  culpa». 

Grandes  ponderaciones  de  este  libro  hicieron  a  la  desgreñada  y 
voluntariosa  Princesa  de  Eboli  Doña  María  de  Mendoza,  dama  de 
muy  noble  sangre  y  de  singular  hermosura;  pero  tornátil,  imperiosa 
y  de  carácter  muy  aniñado.  Acostumbrada  a  no  contradecir  nun- 
ca su  voluntad,  era  preciso  condescender  a  los  caprichos  más  ex- 
travagantes suyos,  so  pena  de  incurrir  en  su  indignación  femenina  y 
vengativa.  Muchos  disgustos  dio  a  la  Santa  la  de  Eboli  apenas  vino 
a  fundar  el  convento  de  Pastrana.  Tenía  empeño  la  Princesa  en  que 
entrase  en  aquella  Comunidad  de  Carmelitas  una  religiosa  de  otra 
Orden,  y  Santa  Teresa  se  oponía  a  ello,  porque  nunca  gustó  de  tales 
traslados.  «Estaría  allí  tres  meses,  dice  la  Santa,  adonde  se  pasaron 
hartos  trabajos  por  pedirme  algunas  cosas  la  Princesa  que  no  convenían 
a  nuestra   Relisión»   (2).  i 

Con  gran  imperio  le  pidió  la  Relación  de  su  Vida,  y  aunque  la 
Santa  se  resistía  a  dársela,  hubo  al  fin  de  condescender  a  la  petición. 
«Tuvo  la  Princesa,  escribe  el  P.  Francisco  de  Santa  María,  noticia, 
no  se  sabe  cómo  (3),  de  que  traía  consigo  el  libro  que  había  escrito 


1  Escritos  de  Santa  Teresa,  t.  II,  carta  46.  De  la  traslación  hecha  por  orden  del  señoi 
Obispo,  da  cuenta  el  P.  Báñez  en  las  informaciones  de  Salamanca, 

2  Fundaciones,  c.  X\'^I. 

3  Escribe  a  este  propósito  el  P.  Andrés  de  la  Encarnación:  «La  V.  M.  Isabel  de  S.  Do" 
mingo,  en  una  relación  de  su  mano,  después  de  referir  lo  que  la  Princesa  de  Eboli  hablaba  del 
libro  de  la  Santa,  dice:  «Vino  a  términos,  que  fué  menester  se  mostrase  el  libro  al  Inquisidor 
mauor,  no  me  acuerdo  bien  si  le  envió  la  Madre  por  orden  de  Fraij  Diego  de  Chaves,  confesor 
del  Rey.  Lo  que  vi  cierto  es  que  se  remitió  al  P.  Fr.  Hernando  del  Castillo   para  que  la  exami- 


CXXlV  INTRODUCCIÓN    R     LA    VlDfl 

de  su  vida.  Dióle  tanto  apetito,  pasión  propia  de  mujeres,  que  se 
le  pidió.  Como  la  Santa  con  discretas  y  liumildes  excusas  lo  nega- 
se, puso  por  intercesor  al  Duque  su  marido.  Resistió  como  al  prin- 
cipio. Pero  fueron  tantos  los  ruegos  de  entrambos  príncipes,  que  se 
hubo  de  rendir,  habiendo  primero  recibido  palabra  que  ellos  solos  lo 
habían  de  leer,  advirtiéndoles  los  gravísimos  inconvenientes  que  de 
lo   contrario   se   podían   seguir. 

^Dentro  de  pocos  días  supo  la  Santa  que  andaba  su  libro  entre 
las  criadas,  o  porque  alguna  lo  tomó,  o  porque  la  Princesa  se  olvidó 
de  lo  que  tenía  ofrecido.  Fueron  grandes  las  risadas  de  palacio  y  no 
menos  las  mofas,  siendo  movedora  la  Princesa  por  no  obedecida  en 
la  monja  no  admitida.  Decían  ser  embelecos  las  revelaciones,  semejantes 
a  los  de  Magdalena  de  la  Cruz,  ilusa  de  Córdoba. 

»Llegaron  a  tanto  las  burlas,  que  pasaron  hasta  Madrid,  y  en  los 
estrados  de  las  señoras  se  celebraron  los  gracejos  de  la  Princesa  con- 
tra el  libro.  Y  este  fué  el  origen  de  pedirla  después  el  Inquisidor 
General»  (1). 

Inauguróse  el  convento  de  Carmelitas  Descalzas  de  Pastrana  el 
23  de  Junio  de  1569.  Por  este  tiempo  ocurriría  lo  que  hemos  referido 
del  libro  de  la  Vida.  ¿Cuándo  se  delató  a  la  Inquisición?  Probablemen- 
te no  sería  en  1570,  como  opina  el  P.  Andrés  de  la  Encarnación,  sino 
en  157'í,  cuando  la  Santa,  cansada  de  tolerar  los  caprichos  de  la  des- 
baratada Princesa,  que  a  la  muerte  de  su  esposo  se  había  hecho  Des- 
calza y  quería  vivir  en  el  convento  lo  mismo  que  en  el  palacio,  deter- 
minó levantar  la  fundación  de  Pastrana  y  llevar  a  sus  monjas  a  Se- 
govia.  La  Princesa,  enojadísima  de  la  firme  resolución  de  Santa  Te- 
resa, quiso  vengarse  delatando  la  Vida  al  Santo  Tribunal,  por  con- 
tener visiones,  revelaciones  y  doctrinas  peligrosas...  Supo  la  Santa  esta 
delación  estando  en  Beas  (1575),  y  recibió  la  noticia  con  mucha  paz 
de  alma,  ñna  de  Jesús,  que  la  acompañaba  en  este  viaje,  dice  en  las 
Informaciones  de  Madrid:  «Acuerdóme  que  veintidós  años  ha  que  es- 
tando la  Madre  en  Beas,  llegó  un  mensajero  de  Valladolid  con  cartas 
del  obispo  de  Palencia,  D.  Alvaro  de  Mendoza  y  de  nuestras  monjas, 
en  que  la  escribían  había  buscado  la  Inquisición  el  libro  en  que  había 
escrito   su   vida   por   mandado   de   sus   confesores,    y    que    andaban   con 


nase;  y  todo  fué  Dios  servido  fuese  para  más  acreditar  la  virtud;  mas  a  la  Madre  éranle  buenas 
puntas  de  su  paciencia.  La  Historia  dice  no  se  supo  quién  dio  noticia  a  la  Princesa  del  libro; 
mas  la  V.  Madre  dice  allí,  antes  de  lo  expresado,  que  una  monja  agustina  (se  llamaba  Catalina 
Machucha,  del  convento  de  la  Humildad  de  Segovia),  que  vino  con  la  Princesa,  pretendiendo 
pasase  a  la  Reforma  de  la  Santa,  que  no  la  admitió,  por  consejo  del  P.  Báñez.  Con  la  comu- 
nicación que  con  ella  teman  las  Descalzas,  la  vinieron  a  decir  que  tenía  la  Madre  un  libro  de 
las  revelaciones  que  Nuestro  Señor  la  hacía,  u  que  ella,  la  monja  agustina,  se  lo  dijo  a  la 
Princesa».  (Memorias  Historíales,  letra  N,  núm.  22). 

1      Reforma  de  los  Descalzos,  X.  I.  I.  II,  c.  28,  p.  302. 


DE     SANTA     TERESA     DE    JESÚS  CXXV 

cuidado  buscando  todos  los  papeles  y  escritos  que  había  de  esto.  La 
Madre  me  dio  cuenta  dello,  diciéndome  lo  había  escrito  tan  sin  temor, 
que  agora  se  le  daba  si  había  escrito  algunas  ignorancias  en  que  el 
Santo  Oficio  pudiese  reparar;  que  por  sí  no  le  daba  cuidado,  porque 
bien  sabía  Dios  la  verdad  y  sinceridad  con  que  había  dicho  lo  que 
en  aquel  libro  estaba;  mas  que  por  estas  cosas  le  pesaría».  El  P.  Gra- 
cián,  enmendando  unas  palabras  de  la  Vida  de  la  Santa  por  Ribera, 
dice  terminantemente  que  lo  denunció  a  la  Inquisición  «una  Señora 
Princesa  por  hacer  daño'  a  la  Madiiei  a  causa  de  cierto  enojo»  (1). 

Muy  pronto  llegó  a  noticia  del  P.  Báñez  la  denuncia  del  libro 
de  la  Vida  a  la  Inquisición.  Comprendiendo  la  severidad  con  que  el 
Santo  tribunal  juzgaba  entonces  las  visiones,  revelaciones  y  las  doc- 
trinas místicas,  tal  vez  por  salvar  con  el  prestigio  de  su  nombre  a  la 
Santa  Reformadora,  llevó  él  mismo  a  los  inquisidores  el  manuscrito 
denunciado,  como  ya  dejamos  escrito,  haciendo  antes  en  él  algunas 
levísimas   enmiendas    (2). 

Otro  de  los  censores  de  la  Vida  fué  el  P.  Hernando  del  Castillo, 
Predicador  de  la  majestad  de  Felipe  II  y  también  de  la  Orden  del 
glorioso  Santo  Domingo.  Su  calificación  fué  favorable  al  libro.  Depone 
la  M.  Isabel  de  Santo  Domingo  en  las  Informaciones  hechas  en  ñvila 
en  1610  para  la  canonización  de  la  Santa:  «que  asimismo  sabe  que  el 
dicho  P.  M.  Fr.  Hernando  del  Castillo...  vio  y  examinó  los  libros 
de  la  Vida  de  la  dicha  Santa  Madre,  y  el  Camino  de  Perfección  por 
ella  escrito,  por  comisión  del  ilustrísimo  y  reverendísimo  Sr.  Cardenal 
D.  Gaspar  de  Quiroga,  Arzobispo  que  fué  de  Toledo,  Inquisidor  Gene- 
ral de  la  Santa  y  general  Inquisición,  y  que  los  aprobó  el  sobredicho 
Padre.  Lo  cual  sabe  por  habérselo  oído  decir  a  la  dicha  Beata  Miadre 
y  a  los  PP.  Santander,  de  la  Compañía  de  Jesú^,  y  a  Fr.  Jerónimo  de 
la  Madre  de  Dios,  Visitador  Apostólico  y  religioso  de  esta  Orden, 
y  como  consta  manifiestamente  por  la  aprobación  de  la  Santa  y  general 
Inquisición,  que  está  puesta  en  el  principio  de  los  dichos  libros,  y 
que  asimismo  vio  aquesta  declarante  que  el  dicho  P.  Fray  Hernando 
del  Castillo,  en  habiendo  leído  y  aprobado  los  dos  libros,  quedó  muy 
afecto  a  la  dicha  Santa  Madre  y  a  toda  su  Reformación».  No  fueron 
únicos  estos  dos  Padres  de  Santo  Domingo  en  el  examen  de  la  Vida 
de  Santa  Teresa,  pero  de  la  censura  de  ellos  nos  ha  quedado  más 
particular  noticia. 

R  propósito  de  este  libro,  refiere  el  P.  Gracián  un  episodio  muy 
interesante,   que   años  adelante   (1580),   le  ocurrió  en  Toledo   visitando 


1  1.  rv,  c.  9. 

2  La  docta  ¡j  muy  discreta  censura  que  en  esta  ocasión  escribió    el   P.  Báñez,   ocupa  tres 
hojas  en  folio  del  origine!  de  Santa  Teresa  y  está  firmada  en  Valladolid,  a  7  de  Julio  de  1575. 


CXXVI  INTRODUCCIÓN     fl     Lñ     VIDA 

con  la  M.  Teresa  al  Inquisidor  general  para  hacer  una  fundación  en 
aquel  arzobispado.  «Al  cabo  desíos  años,  acaeció  que  estando  en  To- 
ledo la  Madre,  en  presencia  mía,  porque  yo  entonces  era  Provincial, 
pidió  licencia  al  cardenal  Quiroga,  arzobispo  de  Toledo,  Presidente  de 
la  General  Inquisición,  para  fundar  un  monasterio  de  monjas  en  su 
arzobispado,  bien  sin  acordarnos  del  libro.  El  Cardenal  le  dijo  estas 
palabras:  «Mucho  me  huelgo  de  conocerla,  que  lo  deseaba,  y  tendrá 
en  mí  un  capellán  que  la  favoreceré  en  todo  lo  que  se  ofreciere;  por- 
que la  hago  saber,  que  ha  algunos  años  que  presentaron  a  la  Inquisi- 
ción un  su  libro,  y  se  ha  examinado  aquella  doctrina  con  mucho  rigor. 
Yo  le  he  leído  todo;  es  doctrina  muy  segura,  verdadera  y  provechosa. 
Bien  puede  enviar  por  él  cuando  quisiere,  y  doy  la  licencia  que  pide 
y   ruégola  me  encomiende  siempre  a  Dios»   (1). 

Aprovechándose  de  la  buena  disposición  del  Cardenal,  quiso  la 
Santa  reclamar  a  la  Inquisición  el  libro  de  la  Vida;  pero  Gracián  fué 
de  distinto  parecer,  y  Santa  Teresa,  como  de  costumbre,  cedió  a  la 
voluntad  de  su  P.  Provincial.  «Destas  palabras  dichas,  continúa  es- 
cribiendo el  P.  Gracián,  de  un  hombre  que,  además  de  su  oficio  y  dig- 
nidad, era  de  los  más  graves,  rigurosos  y  enteros  que  ha  habido  en 
España,  nos  alegramos  mucho;  y  luego  la  Madre  quisiera  que  dié- 
ramos memorial  a  la  Inquisición  para  que  nos  diera  el  libro.  Yo  le 
dije  que,  pues  sabíamos  de  boca  del  Inquisidor  General  ser  aprobado, 
era  más  fácil  ir  yo,  como  fui,  luego  al  Duque  de  Alba,  D.  Fernando 
de  Toledo,  que  tenía  una  copia  de  aquel  libro,  y  le  leía  con  licencia 
de  la  Inquisición»  a  pedírsele.  El  Duque  me  lo  dio,  y  hice  hacer  algu- 
nos traslados  para  que  anduvieran  en  nuestros  monasterios  de  frailes 
y  monjas»  (2). 

Esta  parece  ser  la  historia  verídica  de  la  Autobiografía  de  Santa 
Teresa  en  el  Tribunal  de  la  Inquisición. 


1  Dilucidario  del  verdadero  espíritu,  c.  IV.  Antes  de  esia  fecha  tenía  ya  la  Sania  exced- 
ientes informes  de  la  buena  disposición  del  Inquisidor  General  con  su  libro,  adquiridos  por  medio 
de  doña  Luisa  de  la  Cerda,  grande  amiga  de  Quiroga.  A  fines  de  Febrero  de  1577,  escribía  la  Santa 
a  su  hermano  D.  Lorenzo,  desde  Toledo,  una  carta  en  que  le  decía  muy  contenta:  «De  mis  papeles 
hau  buenas  nuevas.  El  Inquisidor  mayor  mismo  los  lee,  que  es  cosa  nueva.  Débenselos  de  haber 
loado,  u  dijo  a  D.a  Luisa,  que  no  había  allí  cosa  que  ellos  tuviesen  que  hacer  en  ella,  que  antes 
había  bien  que  mal;  ij  díjola  que  ¿por  qué  no  había  yo  hecho  monasterio  en  Madrid?  Está  muy 
en  favor  de  los  Descalzos;  es  el  que  ahora  han  hecho  obispo  de  Toledo». 

2  Ibid.,  c.  IV.  En  las  notas  marginales  que  el  P.  Gracián  puso  a  la  Vida  de  S.  Teresa,  de 
Ribera,  1.  IV,  c.  6,  habla  de  esto  en  los  siguientes  términos:  «Este  primer  libro  vino  a  oídos  de 
una  señora  principal,  la  cual,  disgustada  con  la  Madre  porque  no  quiso  recibir  una  monja  que 
ella  quería,  dio  parte  a  la  Inquisición,  y  la  Inquisición  le  recogió  y  le  dio  a  examinar  a  Fray 
Hernando  del  Castillo  y  a  otros  muchos,  donde  estuvo  más  de  diez  años,  y  solamente  había 
quedado  una  copia  a  la  Duquesa  de  Alba,  a  quien  dieron  licencia  que  le  leyese  para  sí  sola» 
hasta  que  se  examinase.  Después  de  algunos  años,  hablando  ella  y  yo  al  Cardenal  Quiroga 
sobre  una  licencia  de  una  fundación,  la  dijo  estas  palabras;  iWucho  me  he  holgado  de  conoceros, 
y  sabed  que  a  la  Inquisición  han  dado  un  libro   vuestro   por  haceros  mal;  mas  hase  visto,  y  no 


,  DE    SSNTfl    TERESA     DE    JESÚS  CXXVII 

R  pesar  de  su  habitual  y  prudente  severidad,  el  Tribunal  de  la 
fe  no  pudo  conducirse  con  este  escrito  de  la  Santa  con  mayor  circuns- 
pección, prudencia  y  acierto.  No  solamente  no  lo  condenó,  sino  que 
alabó  su  doctrina  y  facilitó  su  impresión.  Cedió,  apenas  le  fué  pedido, 
el  venerable  original  .que  se  custodiaba  en  sus  archivos,  como  queda 
dicho  anteriormente  y  permitió,  antes  de  imprimirlo,  que  se  sacasen 
copias  manuscritas  y  corriesen  por  las  comunidades  de  sus  hijos,  según 
hemos  visto  por  el  P.  Jerónimo  Gracián. 

En  el  Monasterio  del  Real  Sitio  de  S.  Lorenzo,  como  es  dicho,  conti- 
núa hasta  nuestros  días  el  autógrafo  de  la  Vida.  Hablando  de  él,  dice 
así  el  Bibliotecario  actual  de  la  Escurialense:  «El  autógrafo  mide  295  por 
205  milímetros;  su  escritura  es  muy  clara  y  bien  legible;  no  tiene 
puntos  ni  comas,  ni  división  de  párrafos  (1);  en  la  segunda  hoja  tiene, 
pero  no  de  letra  de  Santa  Teresa,  este  título:  La  Vida  de  la  Madre 
Teresa  de  Jesús  escrita  de  su  misma  mano,  con  una  aprobación  del 
P.  Maestro  Fr.  Domingo  Báñez  su  confesor  y  cathedrático  de  prima 
en  Salamanca;  tiene  algunas  tachaduras,  muy  pocas,  unas  catorce;  la 
aprobación  autógrafa  del  P.  Báñez,  fechada  en  Valladolid'  a  7  de  Julio 
de  1575,  va  al  fin  y  llena  tres  hojas;  tiene  al  principio  seis  hojas  en 
blanco;  el  texto  son  201  hojas  foliadas  con  números  romanos,  que 
aunque  puestos  después,  bien  pudieran  ser  de  mano  de  la  Santa;  des- 
pués de  las  tres  hojas  con  la  aprobación  del  P.  Báñez,  tiene  13  hojas 
en  blanco;  la  filigrana'  o  marca  del  papel,  es  un  corazón  con  una  cruz 
en  el  centro  y  a  los  lados  unas  letras  que  parecen  una  F  y  una  M, 
que  D.  Vicente  de  la  Fuente  lee  alpha  y  omega;  ahora  está  encua- 
dernado en  terciopelo  carmesí  floreado;  pero  antes,  como  los  otros 
autógrafos,  lo  estuvo  en  tisú  amarillo  floreado;  tiene  algunas  notas 
marginales  y  otras  entre  renglones  del  P.  Báñez»   (2). 

Hemos  de  advertir  respecto  de  las  enmiendas  de  la  Vida,  lo  que 
ya  notó  el  diligente  crítico  P.  Andrés  de  la  Encarnación  por  estas 
palabras:  «En  este  libro  se  hallan  tres  géneros  de  enmiendas:  el  pri- 
mero es  de  la  pluma  santa  que,  escribiendo  apriesa,  algunas  veces 
tropezaba,  y  era  necesario  enmendar,  o  no  le  agradaba  la  palabra  o 
la    razón,   y    la   enmendaba   de   su   mano,    o   entre    renglones,    o    a    la 


hay  en  él  cosa  que  no  sea  muy  buena.  Con  estas  palabras  tomé  yo  el  atrevimiento  de  sacar  la 
copia  que  tenía  el  Duque  de  Alba  y  hacer  algunas  otras  para  los  monasterios,  y  no  me  atreví 
a  pedírsele  a  la  Inquisición  por  no  buscar  más  pleitos.  Ni  tampoco  fui  de  opinión  que  se  im- 
primiera; mas  después  le  hizo  imprimir  Fray  Luis  de  León,  a  instancias  de  la  Emperatriz,  y  la 
Inquisición  dio  el  original  de  mano  de  la  Madre».  Trae  esta  nota  el  P.  Antonio  de  S.  Joaquín, 
ñño  Teresiano,  día  23  de  Junio. 

1  Suele  la  Santa  dividir  algunos  períodos  con  una  o  dos  rayas  verticales.   Además,   en 
los  tres  últimos  capítulos  hace  alguna  división  de  párrafos. 

2  Los  autógrafos  de  Santa  Teresa  de  Jesús    que   se   conservan  en  el  Real  Monasterio 
del  Escorial,  por  el  P.  Bibliotecario  Guillermo  Antolín,  Agustino.  Madrid,  1914,  p.  19. 


CXXVIII  INTRODUCCIÓN    R    Lfl     VIDA 

margen.  El  segundo  es  de  mano  del  P.  M.Q  Fr.  Domingo  Báñez,  a  quien 
la  Santa,  y  después  el  Tribunal,  remitió  este  libro  para  que  le  viese, 
como  consta  de  su  aprobación  y  censura,  que  hoy  se  conserva  en  el 
original.  El  tercero  es  de  otra  mano  diferente  de  entrambas.  Yo  pre- 
sumo, sin  afirmarme,  que  es  del  P.  M.  Juan  de  Avila,  a  quien  la 
Santa  remitió  el  libro  para  que  le  viese.  Todas  estas  enmiendas  no 
pasan  de  catorce,  que  es  número  bien  corto  para  libro  tan  grande, 
en  que  trabajaban  estos  tres  linces,  cada  uno  cuidadosísimo  de  su  pu- 
reza. Y  ella,  a  la  verdad,  es  tal,  que  no  hay,  a  nuestro  juicio,  enmienda 
alguna  que  toque  a  la  sustancia  de  la  doctrina,  ni  la  altere,  ni  haga 
nuevo  sentido.  Todas  son  enmiendas  que  cuando  no  se  hubieran  hecho, 
no  hacían  falta  alguna»  (1). 

En  los  lugares  respectivos  de  la  Vida  daremos  cuenta  de  estas 
enmiendas,  que  no  atañen  a  lo  substancial  de  la  doctrina,  como  observa 
el  P.  ñndrés. 

La  escritura  de  la  Santa  es  limpia  y  vigorosa.  Rara  vez  se  co- 
rrige, lo  cual  prueba  la  gran  facilidad  que  tenía  de  escribir  ya  desde 
sus  primeros  ensayos.  El  estilo  no  es  tan  perfecto  como  el  de  las 
Aloradas,  pero  resulta  igualmente  ingenuo  y  sencillo.  No  hemos  viui-o 
letra  del  Maestro  Avila  y  no  podemos  juzgar  los  grados  de  probabilidad 
del  P.  ñndrés  en  cuanto  a  las  enmiendas  que  le  atribuye.  Sin  embargo, 
no  nos  parece  muy  fundada;  porque  de  las  cartas  a  la  Santa,  dándole 
noticia  del  examen  del  libro,  parece  evidente  que  las  enmiendas,  de 
haberlas  hecho,  habrían  sido  más  numerosas.  Tengo  para  mí  que  el 
Maestro  Avila  no  puso  nota  alguna  en  el  original  de  la  Vida,  sino  que 
se  limitó   a  indicar  por  carta   lo  que,  a  su  juicio,  debía   retocarse. 

Han  debido  de  perderse  casi  todas  las  copias  antiguas  de  la  Vida 
sacadas  por  mandamiento  del  P.  Gracián.  A  mediados  del  siglo  XVIII 
tenían  una,  probablemente  de  fines  del  siglo  XVI,  las  Carmelitas  Des- 
calzas de  Toledo  (2).  Consérvase  en  la  Biblioteca  Nacional  una  de  las 
esmeradas  copias  que  mandó  sacar  Fernando  VI  por  el  original  de 
San  Lorenzo,  año  de  1751.  Forma  un  volumen  en  cuarto,  encuadernado 
en  piel,  con  canto  dorado  y  las  armas  reales  de  España  y  Portugal. 
A  pesar  de  las  seguridades  de  los  notarios  sobre  la  fidelidad  de  la 
copia,  tiene  bastantes  erratas.  De  ella  se  sirvió  D.  Vicente  de  la 
Fuente  para  la  edición  de   Rivadeneyra   (3). 

La  copia  más  antigua  del  original  de  la  Vida  que  se  venera  en 
El  Escorial,  fué  hecha  por  Teresa  de  Jesús,  hija  de  Lorenzo  de  Cepeda, 
que  por  tener  linda  letra,  hizo  su  santa  tía  que  sacase  un  traslado  se- 


1  Memorias  Historiales,  1.  R,  n.   226. 

2  Memorias  Historiales,  1.  R,  n.  226. 

3  Escritos  de  S.   Teresa,  t.   I,  Introducción  al   libro   de  la  Vida,  p.  7. 


DE     SANTA     TERESA     DE     JESÚS  CXXIX 

gún  el  manuscrito  que  tenía  la  Inquisición  y  que  para  este  efecto,  y 
en  secreto,  lo  dio  un  inquisidor  a  la  Santa,  con  obligación  de  devol- 
verlo al  Santo  Tribunal.  Así  lo  depone  en  el  Expediente  de  canoni- 
zación hecho  en  Avila  en  1610:  «Al  artículo  55  digo,  que  sabe  cierto 
que  en  vida  de  la  Santa  Madre  el  libro  de  su  Vida,  que  en  este  artículo 
dice  que  escribió  el  señor  arzobispo  de  Toledo,  D.  Gaspar  de  Quiro- 
ga,  guardado  en  secreto  y  con  mucha  estimación  del,  al  cual  estando 
la  Santa  Madre  en  este  convento,  antes  que  saliese  a  fundar  el  de 
Burgos,  le  envié  a  pedir  con  grande  encarecimiento  la  hiciese  la  mer- 
ced de  prestárselo,  para  sólo  sacar  un  traslado  para  no  sé  qué  ne- 
cesidad que  se  le  había  ofrecido  para  verle  o  mostrarle  a  sus  confe- 
sores. Y  el  dicho  señor  Arzobispo  se  le  envió  el  dicho  libro,  con- 
fiado de  la  palabra  de  la  Santa  Madre,  la  cual  mandó  que  para  trasla- 
darle, ninguna  religiosa  le  leyese  ni  viese,  sino  sólo  esta  declarante 
en  secreto,  por  ser  forzoso  en  leerle  a  quien  le  trasladaba,  diciendo 
que  como  esta  declarante  era  niña,  no  repararía  en  ello»  (1). 

Hecha  la  copia,  la  Santa  Madre  lo  devolvería  a  la  Inquisición, 
y  en  ella  estuvo  hasta  que,  por  diligencias  de  la  Venerable  Ana  de 
Jesús,  se  sacó  para  la  impresión  de  las  obras  de  la  Santa  de  1588. 
Este  manuscrito,  después  de  la  muerte  de  Fr.  Luis  de  León,  pasó  a 
manos  del  Maestro  Fr.  Agustín  Antolínez,  quien  lo  entregó  al  Doctor 
Sobrino  para  que  fuera  colocado  en  la  Biblioteca  del  Escorial,  según 
hemos  dejado  escrito,  página  lxxiii,  en  cumplimiento  de  órdenes  dadas 
por  Felipe  II. 

La  más  Importante  de  las  antiguas  copias  de  la  Vida  de  la  Santa 
que  han  llegado  hasta  nosotros,  es  la  que  conservan  las  Carmelitas 
Descalzas  de  Salamanca,  en  ciento  noventa  y  una  hojas  en  folio,  con 
cubierta  de  pergamino,  del  año  de  1585.  Es  de  letra  de  mujer,  sin 
duda  de  alguna  de  las  primitivas  Descalzas,  muy  clara  y  legible. 
La  portada  escrita  a  dos  tintas  (negra  y  encarnada),  por  el  venerable 
P.  Jerónimo  Gracián,  dice:  «^Fuente  de — agua  viva — Libro  de — la  vida 
y  spa.  y  manera  de— oración  de  la  felicíssima  Madre  Theresa  de  Jesús 
— fundadora  de  los  monasterios  de  las  monjas  Carmelitas  Descalzas. — 
Escribióle  para  dar  cuenta  a  su  confesor  de  las  cosas  extraordinarias 
de  su  alma  para  que  examinasen  si  eran  de  Dios.  Contiene  la  vocación 
con  que  Dios  la  llamó.  Declara  muchos  punctos  de  toda  suerte  de  ora- 
ción   y    algunas    particulares    mercedes    que    rescibió    de    ntro.    Señor*. 


1  El  erudito  teresiano  Sánchez  Moguel  dice  haber  visto  en  Lisboa  una  copia  de  la  Vida  de 
la  Santa,  que  el  ilustrísimo  señor  D.  Manuel  María  Pólit  opina  que  es  la  sacada  por  Teresita. 
(Cfr.  La  familia  de  Santa  Teresa  de  ñmérica,  c.  VI,  p.  175).  Como  por  este  tiempo  se  hicieron  de 
la  Vida  muchos  traslados  por  orden  del  P.  Gracián,  sin  compulsar  la  copia  de  Lisboa  con  la 
letra  de  la  sobrina  de  la  Santa,  que  se  conserva  en  algunos  conventos  de  Descalzas,  es  aven- 
turado predecir  nada. 


CXXX  INTRODUCCIÓN    R.    LR    VIDA 

R  continuación  se  lee:  «H  26  de  Julio  se  acabó  de  trasladar  este  libro, 
año  de  1585».  La  copia  tiene  bastantes  yerros;  con  todo,  habría  sido 
de  grande  interés  de  no  conservarse  el  autógrafo.  No  se  hallan  en 
ella  las  notables  omisiones  que  hemos  señalado  en  la  edición  de  1588. 

Tenían,  además,  las  Descalzas  de  Salamanca  un  ejemplar  de  las 
obras  de  Santa  Teresa  de  la  edición  de  Fr.  Luis  de  León,  que  había 
pertenecido  al  P.  Gracián.  ñl  margen  del  Libro  de  la  Vida,  puso  el  ve- 
nerable Padre  algunas  notas,  por  lo  regular,  referentes  a  personas  de 
que  la  Santa  habla  sin  nombrarlas.  Son  muy  útiles,  porque  algunos  nom- 
bres pudo  saberlos  solamente  de  labios  de  la  misma  Santa.  Este 
ejemplar,  que  en  el  convento  de  Salamanca  habían  usado  las  reli- 
giosas Beatriz  de  la  Concepción  y  Juana  del  Espíritu  Santo,  se  envió 
a  San  Hermenegildo  de  Madrid  en  175^,  donde  le  vio  y  copió  las 
notas  de  Gracián  el  P.  Andrés  de  la  Encarnación.  Ignoro  el  paradero 
del  libro.  Correría  la  misma  desgraciada  suerte  que  tantos  otros  de 
nuestro  Archivo  general  en  1835.  La  pérdida  es  menos  sensible  por  lá 
transcripción  de  las  notas  hecha  por  el  P.  Andrés,  que  publicaremos  en 
los  Apéndices.  Las  de  María  de  San  José,  que  se  conservan  en  el 
Ms.  12.936  de  la  Biblioteca  Nacional,  son  copia  fiel  de  las  de  su 
hermano. 

Por  las  dificultades  y  vicisitudes  que  en  breve  sumario  quedan 
historiadas,  se  ve  que  los  escritos  de  Santa  Teresa,  excepción  hecha 
de  los  libros  que  comprende  la  edición  príncipe,  nunca  se  han  publicado 
por  los  autógrafos,  sino  por  copias  más  o  menos  exactas,  pero  siempre 
bastante  defectuosas.  La  presente  edición  será  corregida  por  los  mismos 
originales  fotografiados.  Sólo  en  casos  muy  limitados  haremos  mención 
en  notas  de  las  correcciones  del  texto  hechas  en  ella;  son  tantas, 
que  de  anotarlas  todas,  haríamos  muy  pesada  la  lectura  de  estas  obras, 
y  no  es  justo  pague  la  Santa  los  descuidos  de  sus  editores. 

Fr,    Silverio    de    Sta.    Teresa,    C.    D. 


I 


DE     LA     SñNTA     MADRE 


1  Er  R.  jLé  O  JTk.     jLJ  SZ>f      í  JCf  O  LJ 


ESCRITA  POR  ELLA  MISMA 


LA  VIDA 

DE     LA     SANTA     MADRE 

TERESA  DE  JESÚS 

Y    ALGUNAS    DE    LAS    MERCEDES   QUE    DIOS   LE    HIZO,    ESCRITAS    POR    ELLA 
MISMA    POR    MANDADO    DE    SU    CONFESOR,    A    QUIEN    LO    ENVIft    Y    DIRIGE, 

Y     DICE     ANSÍ     (1): 


Jhs. 


Quisiera  yo  que  como  me  han  mandado  y  dado  larga  licen- 
cia para  que  escriba  el  modo  de  oración  y  las  mercedes  que 
el  Señor  me  ha  hecho,  me  la  dieran  para  que  muy  por  menudo 
y  con  claridad  dijera  mis  grandes  pecados  y  ruin  vida.  Diérame 
gran  consuelo;  mas  no  han  querido,  antes  atádome  mucho  en 
este  caso;  y  por  esto  pido,  por  amor  del  Señor,  tenga  delante 
de  los  ojos  quien  este  discurso  de  mi  vida  leyere,  que  ha  sido 
tan  ruin  que  no  he  hallado  santo,  de  los  que  se  tornaron  a  Dios, 
con  quien  me  consolar.  Porque  considero  que  después  que  el 
Señor  los  llamaba,  no  le  tornaban  a  ofender.  Yo  no  sólo  tor- 
naba a  ser  peor,  sino  que  parece  traía  estudio  a  resistir  las  mer- 


1      Este  título  viene  en  la  edición  príncipe. 


4  INTRODUCCIÓN 

cedes  que  Su  Majestad  me  hacía,  como  quien  se  vía  obligar  a 
servir  más,  y  entendía  de  sí  no  podía  pagar  lo  menos  de  lo 
que  debía. 

Sea  bendito  por  siempre  que  tanto  me  esperó.  A  quien 
con  todo  mi  corazón  suplico  me  dé  gracia  para  que  con 
toda  claridad  y  verdad  yo  haga  esta  relación  que  mis  confeso- 
res (1)  me  mandan,  y  aun  el  Señor  sé  yo  lo  quiere  muchos  días 
ha,  sino  que  yo  no  me  he  atrevido;  y  que  sea  para  gloria  y  ala- 
banza suya,  y  para  que  de  qui  adelante,  conociéndome  ellos 
mijor,  ayuden  a  mi  flaqueza  para  que  pueda  servir  algo  de  lo 
que  debo  a  el  Señor,  a  quien  siempre  alaben  todas  las  cosas. 
Amén. 


1      La  Santa  repite:  que  mis  confesores. 


Jesús 


CAPITULO     PRIMERO 

EN  QUE  TRATA  COMO  COMENZÓ  EL  SEÑOR  A  DESPERTAR  A  ESTA  ALMA 
EN  SU  NIÑEZ  A  COSAS  VIRTUOSAS,  Y  LA  AYUDA  QUE  PARA  E5T0 
ES    SERLO    LOS    PADRES. 

El  tener  padres  virtuosos  y  temerosos  de  Dios  me  bastara, 
si  yo  no  fuera  tan  ruin,  con  lo  que  el  Señor  me  favorecía  para 
s€r  buena.  Era  mi  padre  aficionado  a  leer  buenos  libros,  y  ansí 
los  tenía  de  romance  para  qu€  leyesen  sus  hijos  (1).  Estos,  con 
el  cuidado  que  mi  madre  tenía  de  hacernos  rezar,  y  ponernos  en 
ser  devotos  de  Nuestra  Señora  y  de  algunos  Santos,  comenzó 
a  despertarme  de  edad,  a  mi  parecer,  de  seis  u  siete  años.  Ayu- 
dábame no  ver  en  mis  padres  favor  sino  para  la  virtud.  Tenían 
muchas.  Era  mi  padre  hombre  de  mucha  caridad  con  los  pobres, 
y  piadad  con  los  enfermos  y  aún  con  los  criados;  tanta  que 
jamás  se  pudo  acabar  con  él  tuviese  esclavos,  porque  los  había 
gran  piadad  (2) ;  y  estando  una  vez  en  casa  una  de  un  su  her- 
mano, la  regalaba  como  a  sus  hijos.  Decía,  que  de  que  no  era 


1  Dos  veces  estuvo  casado  D.  Alonso  Sánchez  de  Cepeda,  padre  de  Santa  Teresa.  La  primera 
con  D.a  Catalina  del  Peso  ij  Henao.  De  este  matrimonio  tuvo  tres  hijos:  Juan  Vázquez  de  Cepeda, 
D.a  María  de  Cepeda  y  otro,  que  algunos  llaman  Pedro,  del  cual  nada  se  sabe  con  certeza.  Contrajo 
D.  Alonso  segundas  nupcias,  año  de  1509,  con  D.a  Beatriz  Dávila  y  Ahumada,  dándoles  Dios 
nueve  hijos:  Fernando,  Rodrigo,  Teresa,  Lorenzo,  Antonio,  Pedro,  Jerónimo,  Agustín  y  Juana. 
Los  padres  de  la  Santa  eran  de  noble  sangre  y  de  posición  desahogada,  aunque  no  muy  ricos.  Sus 
hijos  varones,  como  gran  número  de  los  de  familias  hidalgas  de  aquel  tiempo,  pasaron  a  Amé- 
rica, donde  algunos  murieron  gloriosamente  luchando  por  la  Patria  y  la  Religión.  (Véase  la  im- 
portante obra  La  familia  de  Santa  Teresa  en  JImérica,  por  el  Dr.  Manuel  María  Pólit,  Obispo 
de  Cuenca  en  el  Ecuador.  Friburgo  de  Brisgovia,  1905). 

2  Solían  tener  en  tiempo  de  la  Santa  las  familias  acomodadas  algunos  moros  descendientes 
de  los  que  continuaron  en  Espafla  después  de  la  Reconquista  u  también  de  las  Alpujarrai.  u  otros 
•seoudites  de  Andalucía,  hasta  que  definitivamente  fueron  vencidos  y  expulsados. 


b  VIDñ    DE    SANTñ    TERESA    DE    JESÚS 

libre,  no  lo  podía  sufrir  de  piadad.  Era  de  gran  verdad;  jamás 
nadie  le  vio  jurar  (1)  ni  mormurar.  Muy  honesto  en  gran  manera. 

Mi  madre  también  tenía  muchas  virtudes,  y  pasó  la  vida 
con  grandes  enfermedades;  grandísima  honestidad.  Con  ser  de 
harta  hermosura,  jamás  se  entendió  que  diese  ocasión  a  que  ella 
hacía  caso  de  ella;  porque  con  morir  de  treinta  y  tres  años,  ya 
su  traje  era  como  de  persona  de  mucha  edad,  muy  apacible  y 
de  harto  entendimiento.  Fueron  grandes  los  trabajos  que  pasa- 
ron el  tiempo  que  vivió.  Murió  muy  cristianamente  (2). 

Eramos  tres  hermanas  y  nueve  hermanos;  todos  parecieron  a 
sus  padres,  por  la  bondad  de  Dios,  en  ser  virtuosos,  si  no  fui  yo, 
aunque  era  la  más  querida  de  mi  padre.  Y  antes  que  comenzase 
a  ofender  a  Dios  parece  tenía  alguna  razón,  porque  yo  he 
lástima  cuando  me  acuerdo  las  buenas  inclinaciones  que  el  Se- 
ñor me  había  dado  y  cuan  mal  me  supe  aprovechar  de  ellas.  Pues 
mis  hermanos  ninguna  cosa  me  desayudaban  a  servir  a  Dios. 

Tenía  uno  casi  de  mi  edad.  Juntábamonos  entramos  (3)  a 
leer  vidas  de  Santos,  que  era  el  que  yo  más  quería,  aunque  a  to- 
dos tenía  gran  amor  y  ellos  a  mí.  Como  vía  los  martirios  que  por 
Dios  las  Santas  pasaban,  parecíame  compraban  muy  barato  el 
ir  a  gozar  de  Dios,  y  deseaba  yo  mucho  morir  ansí;  no  por 
amor  que  yo  entendiese  tenerle,  sino  por  gozar  tan  en  breve 
de  los  grandes  bienes  que  leía  haber  en  el  cielo,  y  juntábame 
con  este  mi  hermano  a  tratar  qué  medio  habría  para  esto.  Con- 
certábamos irnos  a  tierra  de  moros,  pidiendo  por  amor  de  Dios, 
para  que  allá  nos  descabezasen;  y  paréceme  que  nos  daba  el  Se- 
ñor  ánimo   en   tan  tierna  edad,   si  viéramos   algún   medio,   sino 


1  Escribió  la  Santa  jura  en  vez  de  jurar.  Son  muchos  los  errores,  puramente  materiales 
o  mecánicos,  que  de  este  género  se  hallan  en  los  originales.  Notarlos  todos,  me  parece  pueril, 
enfadoso  y  molesto  para  los  lectores;  nos  limitaremos,  por  consiguiente,  a  los  más  principales. 

2  Había  nacido  D. a  Beatriz  de  Ahumada  en  1495.  Casó  con  D.  Alonso  a  los  14  años  ü  a 
los  veinte  tuvo  a  la  Santa.  Murió  cristianamente,  ano  de  1528,  en  Goterrendura,  aldea  situada  a 
tres  leguas  y  media  al  norte  de  Avila.  Su  cuerpo  fué  trasladado  a  esta  ciudad  y  sepultado  en  la 
parroquia  de  San  Juan,  según  Sebastián  Gutiérrez,  sacristán  de  Goterrendura,  y  otros  que  asistieron 
al  traslado  e  hicieron  declaración  de  él  en  1544.  Sobre  la  traslación  del  cuerpo  de  D.a  Beatriz 
a  la  parroquia  de  San  Juan  de  Avila,  pueden  verse  curiosos  pormenores  en  los  Mutos  del  pleito 
de  la  curaduría  de  los  bienes  de  D.  Mlonso  Sánchez  de  Cepeda  por  Dedro  Rengifo.  Tráelos  el 
P.  Manuel  de  Santa  María  en  su  Espicilegio  Historial,  (Ms.  8713,  de  la  Biblioteca  Nacional). 
De  aquí  los  tomó  Serrano  y  Sanz  para  su  obra  Upuntes  pata  una  biblioteca  de  escritoras  eS" 
panelas,  t.  II,  p.  496  y  siguientes. 

3  Por  entrambos. 


CAPITULO    PRIMERO  7 

quG  el  tener  padres  nos  parecía  el  mayor  embarazo  (1).  Es- 
pantábanos mucho  el  decir  que  pena  y  gloria  era  para  siempre, 
en  lo  que  leíamos.  Acaecíanos  estar  muchos  ratos  tratando  de 
esto  y  gustábamos  de  decir  muchas  veces:  ¡para  siempre,  siem- 
pre, siempre!  En  pronunciar  esto  mucho  rato  era  el  Señor  ser- 
vido me  quedase  en  esta  niñez  imprimido  el  camino  de  la  verdad. 

De  que  vi  que  era  imposible  ir  adonde  me  matasen  por 
Dios,  ordenábamos  ser  ermitaños,  y  en  una  huerta  que  había  en 
casa  procurábamos,  como  podíamos,  hacer  ermitas,  puniendo  unas 
pedrecillas,  que  luego  se  nos  caían,  y  ansí  no  hallábamos  re- 
medio en  nada  para  nuestro  deseo;  que  ahora  me  pone  devoción 
ver  cómo  me  daba  Dios  tan  presto  lo  que  yo  perdí  por  mi  culpa. 

Hacía  limosna  como  podía,  y  podía  poco.  Procuraba  sole- 
dad para  rezar  mis  devociones,  que  eran  hartas,  en  especial  el 
Rosario,  de  que  mi  madre  era  muy  devota,  y  ansí  nos  hacía 
serlo.  Gustaba  mucho,  cuando  jugaba  con  otras  niñas,  hacer  mo- 
nesterios,  como  que  éramos  monjas;  y  yo  me  parece  deseaba 
serlo,  aunque  no  tanto  como  las  cosas  que  he  dicho. 

Acuerdóme  que  cuando  murió  mi  madre  quedé  yo  de  edad 
de  doce  años,  poco  menos  (2).  Como  yo  comencé  a  entender  lo 
que  había  perdido,  afligida  fuíme  a  una  imagen  de  Nuestra  Se- 
ñora y  supliquéla  fuese  mi  madre,  con  muchas  lágrimas.  Pa- 
réceme,  que  aunque  se  hizo  con  simpleza,  que  me  ha  valido; 
porque  conocidamente  he  hallado  a  esta  Virgen  Soberana  en 
cuanto  me  h€  encomendado  a  Ella,  y  en  fin,  me  ha  tornado  a 


1  Tiénese  por  cierto  que  la  Santa  habla  aquí  de  su  hermano  Rodrigo,  confidenie  suyo  en 
rezos,  lecturas  jj  entretenimientos  infantiles.  Ambos  concertaron,  cuando  Teresa  tenía  siete  años, 
ir  a  tierra  de  moros,  y  para  lograrlo  salieron  de  la  ciudad  por  el  puente  sobre  el  Adaja;  hasta  que, 
no  lejos  de  allí,  en  el  punto  donde  se  levanta  hoy  un  humilladero  llamado  de  los  Cuatro  postes, 
en  las  afueras  de  la  ciudad,  fueron  detenidos  por  su  tío  paterno  D.  Francisco  de  Cepeda.  Ha- 
blando el  P.  Yepes  (Vida  de  Santa  Teresa,  t.  I,  c.  2),  de  este  heroico  lance,  dice  que  al  volver 
a  casa  los  muchachos  «riñóles  la  madre  de  la  ausencia  que  habían  hecho,  y  el  hermano  se  excu- 
saba diciendo,  que  la  niña  le  había  incitado  y  hecho  tomar  aquel  camino*.  Rodrigo  salió  para 
América  en  Setiembre  de  1555  y  murió  al  año  siguiente  o  el  de  1537,  luchando  contra  los  indios 
payuguas,  en  tierras  que  baña  el  río  de  la  Plata,  hacia  el  desierto  de  Chaco.  Había  nacido  en 
1511,  y  profesaba  tanto  cariño  a  su  hermana  Teresa,  que  al  partir  para  las  Indias,  renunció  en 
ella  su  legítima. 

2  Aunque  la  Santa  dice  que  tendría  como  doce  años  al  morir  su  madre,  no  la  podemos  se- 
guir en  esto;  pues  sabido  es  que  en  achaques  de  cronología  no  suele  estar  muy  fuerte.  D.a  Bea- 
triz hizo  su  testamento  el  24  de  Noviembre  de  1528  y  poco  después  murió.  Habiendo  nacido  la 
Santa  en  1515,  había  entrado  ya  en  los  catorce  años. 


8  VIDA    DE    SílNTA    TERESA    DE    JESÚS 

SÍ  (1).  Fatígame  ahora  ver  y  pensar  en  qué  estuvo  el  no  haber 
yo  estado  entera  en  los  buenos  deseos  que  comencé. 

¡Oh  Señor  mío!,  pues  parece  tenéis  determinado  que  me 
salve,  plega  a  Vuestra  Majestad  sea  ansí,  y  de  hacerme  tantas 
mercedes  como  me  habéis  hecho,  ¿no  tuviérades  por  bien,  no 
por  mi  ganancia,  sino  por  vuestro  acatamiento,  que  no  se  ensu- 
ciara tanto  posada  adonde  tan  contino  habíades  de  morar?  Fa- 
tígame, Señor,  aun  decir  esto,  porque  sé  que  fué  mía  toda  la 
culpa;  porque  no  me  parece  os  quedó  a  Vos  nada  por  hacer, 
para  que  desde  esta  edad  no  fuera  toda  vuestra.  Cuando  voy 
a  quejarme  de  mis  padres,  tampoco  puedo;  porque  no  vía  en 
ellos  sino  todo  bien  y  cuidado  de  mi  bien.  Pues  pasando  de  esta 
edad  que  comencé  a  entender  (2)  las  gracias  de  naturaleza  que 
el  Señor  me  había  dado,  que  sigún  decían  eran  muchas,  cuan- 
do por  ellas  le  había  de  dar  gracias,  de  todas  me  comencé  a 
ayudar  para  ofenderle,  como  ahora  diré. 


1  Dice  la  tradición  que  la  imagen  a  quien  la  Santa  suplicó  fuese  su  madre,  es  Nuestra  Sc" 
ñora  de  la  Caridad,  que  entonces  se  veneraba  en  la  ermita  de  San  Lázaro,  junto  al  Adaja,  x)  en 
la  Catedral  desde  el  derrumbamiento  'de  la  ermita  en  el  primer  tercio  del  siglo  XIX.  R  la  misma 
Virgen  es  fama  que  se  encomendaron  Teresa  y  Rodrigo  antes  de  emprender  el  camino  del 
martirio.  Para  conmemorar  estos  hechos  de  la  vida  de  la  Santa,  celébrase  todos  los  años  una 
procesión  de  la  Catedral  al  Convento  de  los  Carmelitas  Descalzos  el  15  de  Octubre.  De  víspera 
se  lleva  la  imagen  de  Santa  Teresa,  que  se  venera  en  la  iglesia  de  los  Padres,  a  la  Catedral, 
y  al  día  siguiente,  después  de  la  misa  mayor,  son  conducidas  procesionalmente  Nuestra  Señora 
de  la  Caridad  y  la  Santa  al  templo  de  los  Descalzos.  Por  la  tarde  se  celebra  la  función  de  despe- 
dida de  ambas  imágenes,  tornando  la  Santísima  Virgen  a  su  iglesia  y  la  Santa  a  su  propia  casa. 

2  El  original:  ertder. 


CAPITULO    II 

TRATñ     COMO     FUE     PERDIENDO     ESTñS    VIRTUDES,     Y     LO     QUE    IMPORTA 
EN   LA    NIÑEZ   TRATAR   CON    PERSONAS   VIRTUOSAS. 


Paréceme  que  comenzó  a  hacerme  mucho  daño  lo  que  ahora 
diré  (1).  Considero  algunas  veces  cuan  mal  lo  hacen  los  padres 
que  no  procuran  que  vean  sus  hijos  siempre  cosas  de  virtud  de 
todas  maneras;  porque  con  serlo  tanto  mi  madre,  como  he  dicho, 


1  Pí\  final  del  capítulo  anterior  laméntase  la  Santa  del  mal  uso  que  hacía  de  las  muchas 
gracias  de  naturaleza  con  que  Dios  la  había  enriquecido.  El  mismo  lamento  se  oije  en  éste  y  en  casi 
todos  los  que  escribió.  Como  de  estas  gracias  de  naturaleza  apenas  habrá  ocasión  de  tratar  en 
adelante,  veamos  lo  que  dicen  de  ellas  algunos  escritores.  Vino  al  mundo  la  Santa,  como  consta 
de  un  papel  en  que  D.  Alonso  apuntaba  el  día  u  hora  del  nacimiento  de  sus  hijos,  el  28  de 
Marzo,  a  las  cinco  de  la  mañana,  media  hora  más,  media  hora  menos,  del  año  1515.  Era  en 
aquel  tiempo  costumbre  que  los  hijos  llevasen  el  apellido,  bien  del  padre,  bien  de  la  madre.  La 
Santa  llevó  el  de  la  madre,  y  así,  en  documentos  antiguos,  se  la  llama  D.a  Teresa  de  Ahumada. 
Comenzó  a  llamarse  Teresa  de  Jesús  desde  que  abrazó  la  Reforma. 

No  tenemos  ninguna  descripción  de  la  fisonomía  de  la  Santa  cuando  joven;  pero  por  lo  que 
dicen  las  hechas  de  su  edad  madura,  se  colige  que  debía  de  ser  hermosísima  y  agraciada  en 
extremo.  Clásico  es  el  retrato  que  nos  dejó  en  el  Libro  de  Recreaciones  María  de  San  José,  que 
conoció  y  trató  mucho  a  la  Santa  y  fué  una  de  sus  hijas  más  queridas.  Esta  descripción  la  hizo 
suya,  copiándola  casi  al  pie  de  la  letra,  el  P.  Francisco  de  Ribera.  Dice  así  María  de  San  José; 
«Era  esta  Santa  de  mediana  estatura,  antes  grande  que  pequeña.  Tuvo  en  su  mocedad  fama  de 
muy  hermosa  y  hasta  su  última  edad  mostraba  serlo.  Era  su  rostro  no  nada  común,  sino  extra-' 
ordinario,  y  de  suerte  que  no  se  puede  decir  redondo  ni  aguileno;  los  tercios  del  iguales;  la 
frente  ancha  y  igual  y  muy  hermosa;  las  cejas  de  color  rubio  oscuro,  con  poca  semejanza  de 
negro,  anchas  y  algo  arqueadas;  los  ojos  negros,  vivos  y  redondos,  no  muy  grandes,  mas  muy 
bien  puestos.  La  nariz  redonda  y  en  derecho  de  los  lagrimales  para  arriba,  disminuida  hasta 
igualar  con  las  cejas,  formando  un  apacible  entrecejo...  Era  gruesa  más  que  flaca  y  en  todo  bien 
proporcionada;  tenía  muy  lindas  manos,  aunque  pequeñas;  en  el  rostro,  al  lado  izquierdo,  tres 
lunares...  en  derecho  unos  de  otros,  comenzando  desde  abajo  de  la  boca  el  que  mayor  era,  y  el 
otro  entre  la  boca  y  la  nariz,  y  el  último  en  la  nariz,  más  cerca  de  abajo  que  de  arriba.  Era  en 
todo  perfecta». 

'Tenía  hermosísima  condición,  escribe  el  P.  Gradan,  tan  apacible  y  agradable,  que  a  todos  los 
que  la  comunicaban  y  trataban  con  ella,  llevaba  tras  sí,  .y  la  amaban  y  querían,  aborreciendo  ella 
las  condiciones  ásperas  y  desagradables  que  suelen  tener  algunos  santos,  con  que  se  hacen  a  sí 
mismos  y  a  la  perfección  aborrecibles.  Era  hermosa  en  el  alma,  que  la  tenía  hermoseada  con 
todas  las  virtudes  heroicas  y  partes  y  caminos  de  la  perfección». 


10  VIDñ    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

de  lo  bueno  no  tomé  tanto  en  llegando  a  uso  de  razón,  ni  casi 
nada,  y  lo  malo  me  dañó  mucho.  Era  aficionada  a  libros  de  ca- 
ballerías (1),  y  no  tan  mal  tomaba  este  pasatiempo  como  yo  le 
tomé  para  mí,  porque  no  perdía  su  labor;  sino  desenvolvíarao- 
nos  (2)  para  leer  en  ellos,  y  por  ventura  lo  hacía  para  no  pensar 
en  grandes  trabajos  que  tenía,  y  ocupar  sus  hijos  que  no  andu- 
viesen en  otras  cosas  perdidos.  De  esto  le  pesaba  tanto  a  mi 
padre,  que  se  había  de  tener  aviso  a  que  no  lo  viese.  Yo  co- 
mencé a  quedarme  en  costumbre  de  leerlos,  y  aquella  pequeña 
falta  que  en  ella  vi,  me  comenzó  a  enfriar  los  deseos  y  co- 
menzar a  faltar  en  lo  demás;  y  parecíame  no  era  malo,  con 
gastar  muchas  horas  de  el  día  y  de  la  noche  en  tan  vano  ejerci- 
cio, aunque  ascondida  de  mi  padre.  Era  tan  en  extremo  lo  que 
en  esto  me  embebía,  que  si  no  tenía  libro  nuevo,  no  me  parece 
tenía  contento. 

Comencé  a  traer  galas,  y  a  desear  contentar  en  parecer  bien, 
con  mucho  cuidado  de  manos  y  cabello,  y  olores,  y  todas  las 
vanidades  que  en  esto  podía  tener,  que  eran  hartas,  por  ser  muy 
curiosa.  No  tenía  mala  intención,  porque  no  quisiera  yo  que 
nadie  ofendiera  a  Dios  por  mí.  Duróme  mucha  curiosidad  de 
limpieza  demasiada,  y  cosas  que  me  parecía  a  mí  no  eran  ningún 
pecado,  muchos  años;  ahora  veo  cuan  malo  debía  ser.  Tenía 
primos  hermanos  algunos,  que  en  casa  de  mi  padre  no  tenían 
otros  cabida  para  entrar,  que  era  muy  recatado,  y  pluguiera  a 
Dios  que  lo  fuera  de  éstos  también;  porque  ahora  veo  el  peligro 
que  es  tratar  en  la  edad  que  se  han  de  comenzar  a  criar  virtudes 
con  personas  que  no  conocen  la  vanidad  de  el  mundo,  sino  que 
antes  despiertan  para  meterse  en  él.  Eran  casi  de  mi  edad,  poco 
mayores  que  yo.  Andábamos  siempre  juntos;  teníanme  gran  amor; 
y  en  todas  las  cosas  que  les  daba  contento,  los  sustentaba  plá- 
tica, y  oía  sucesos  de  sus  aficiones  y  niñerías,  nonada  buenas; 


1  Novelones  a  que  la  gente  de  aquellos  tiempos,  aun  la  'devota,  era  muy  aficionada.  Tenían 
el  inconveniente  de  hacer  perder  el  tiempo  y  disipaban  el  espíritu  con  sus  inverosímiles,  extrae 
vagantes  y  nada  honestas  aventuras.  Los  moralistas  y  ascéticos  de  la  época,  escribieron  contra 
ellos  páginas  muy  indignadas.  (Confr.  Menéndez  y  Pelayo:  Orígenes  de  la  novela,  p.  CCLXXXII). 

2  El  original:  desenvolviémonos.  Quiere  decir  la  Santa  que  trataban  de  desembarazarse  de 
los  quehaceres  domésticos  y  ganar  tiempo  para  la  lectura  de  estos  libros. 


CHPITULO    II  11 

y  lo  que  peor  fué,  mostrarse  el  alma  a  lo  que  fué  causa  de  todo 
su  mal  (1). 

Si  yo  hubiera  de  aconsejar,  dijera  a  los  padres  que  en  esta 
edad  tuviesen  gran  cuenta  con  las  personas  que  tratan  sus  hijos; 
porque  aquí  está  mucho  mal,  que  se  va  nuestro  natural  antes  a 
lo  peor  que  a  lo  mijor.  Ansí  me  acaeció  a  mí,  que  tenía  una  her- 
mana de  mucha  más  edad  que  yo  (2),  de  cuya  honestidad  y  bon- 
dad, que  tenía  mucha,  de  ésta  no  tomaba  nada  y  tomé  todo  el 
daño  de  una  parienta  que  trataba  mucho  en  casa.  Era  de  tan  li- 
vianos tratos,  que  mi  madre  la  había  mucho  procurado  desviar 
que  tratase  en  casa  (parece  adevinaba  el  mal  que  por  ella  me 
había  de  venir),  y  era  tanta  la  ocasión  que  había  para  entrar. 


1  Todos  los  biógrafos  y  confesores  de  Santa  Teresa  contestemenie  opinan,  que  esta  ponde- 
ración exagerada  de  sus  faltas  no  implica  culpa  grave,  que  jamás  ella  cometió,  sino  el  peligro 
más  o  menos  expuesto  a  que  estuvo,  de  continuar  por  aquel  camino  de  vanos  entretenimientos. 
Estas  y  otras  confesiones  de  pecados,  que  la  profunda  hum.ildad  de  la  Santa  tanto  abulta,  es 
necesario  leerlas  con  precaución.  Dice  muy  bien  a  este  propósito  el  P.  Andrés  de  la  Encarnación, 
que  «como  suelen  ser  sospechosas  para  no  darlas  mucho  crédito  las  cosas  que  los  muy  vanos 
dicen  en  su  alabanza,  así  las  que  dicen  los  muy  humildes  en  su  menosprecio».  (Memorias 
Historiales,  letra  R.,  n.  42).  El  trato  de  la  Santa  fué  con  una  parienta  poco  temerosa  de  Dios  y 
con  algunos  primos,  jóvenes  como  ella,  porque  el  austero  D.  Alonso  no  permitía  otras  personas 
en  su  casa.  Con  alguno  de  éstos  tuvo  sin  duda  la  Santa  discreteos  poco  convenientes,  aunque 
no  ilícitos  a  pecaminosos;  «pasatiempos  de  buena  conversación»,  como  ella  dice,  los  cuales 
quizá  hubieran  terminado  en  algún  concierto  de  matrimonio,  de  no  cortarlos  prontamente,  según 
la  misma  Santa  insinúa.  Siendo  Santa  Teresa  de  suyo  tan  agraciada,  discreta,  afable  y  de  amena  y 
entretenida  conversación,  no  es  de  extrañar  se  le  aficionasen  extraordinariamente  las  personas 
que  la  trataban.  Estos  prim.os  de  que  habla,  fueron  probablemente  los  hijos  de  D.  Francisco  de  Ce- 
peda, hermano  de  D.  Alonso.  Vivían  ambas  familias  en  dos  casas  contiguas.  Los  padres  de  la 
Santa  en  la  plazuela  de  Santo  Domingo,  donde  en  1636  levantó  un  convento  a  los  Carmelitas 
Descalzos,  que  todavía  habitan,  la  munificencia  del  Conde-Duque  de  Olivares.  En  la  misma  plaza 
habitaba  D.  Francisco,  separado  únicamente,  según  algunos,  de  la  casa  de  su  hermano  por  la 
callejuela  de  las  Damas,  aunque  Jerónimo  de  San  José  da  a  entender  que  ambas  viviendas  se 
comunicaban  por  una  puerta  interior.  «Las  casas  donde  nació  la  Santa  eran  las  propias  de  sus 
padres,  como  lo  muestra  el  escudo  de  armas  que  había  en  ellas,  y  ha.sta  estos  últimos  años  se 
conservó  en  la  fachada  de  su  puerta.  Estaban  enfrente  de  la  parroquia  de  Santo  Domingo  y  junto 
al  hospital  de  Santa  Escolástica,  cerca  de  una  puerta  de  la  ciudad  llamada  de  Monte  Negro, 
o,  como  dicen  escrituras  antiguas,  Monta  Negro.  Junto  a  estas  casas  de  D.  Alonso  Sánchez, 
estaban  otras  de  su  hermano  Francisco  Alvarez,  a  ellas  contiguas.  Unas  y  otras  ocupaban  casi 
lodo  aquel  sitio,  en  que  hoy  se  ha  edificado  el  convento  de  Santa  Teresa  de  Carmelitas  Des- 
calzos, y  se  vinieron  a  comunicar  y  hacer  una  sola  con  puerta  que  tenían  por  de  dentro».  (7/zs- 
toria  del  Carmen  Descalzo,  1.  II,  c.  3,  p.  323).  En  el  capítulo  VI  del  mismo  libro,  dice  el  P.  Je- 
rónimo hablando  de  la  amistad  de  la  Santa  con  uno  de  sus  primos:  «Todo  su  mal  de  la  santa 
doncella,  no  fué  más  de  una  demasiada  afición  y  amor  natural  que  cobró  a  uno  de  estos  primos 
hermanos  suyos,  que  estaban  en  casa  de  su  padre,  con  quien  ella  tuvo  más  familiar  conver- 
sación. Como  la  quería  el  primo  tanto  y  ella  de  su  natural  era  tan  agradecida  y  amorosa,  fácil- 
mente prendió  el  afición  en  su  alma,  de  la  cual,  dejándose  llevar  con  sencillez,  vino  a  apode- 
rarse de  su  corazón  y  a  turbarla  el  sosiego,  inclinándola  con  exceso,  bien  que  dentro'  de  ciertos 
límites,  a  amar  a  quien  la  amaba».  De  cuatro  de  estos  primos  de  Santa  Teresa,  hijos  de  D.  Fran- 
cisco Alvarez  de  Cepeda,  tenemos  memoria.  Llamábanse:  Pedro,  Francisco,  Diego  y  Vicente. 
Tuvo  además  D.  Francisco  algunas  hijas. 

2  La  ¡hermana  a  que  hace  referencia  era  D.a  Alaría,  hija  de  D.  Alonso  y  de  su  primera 
mujer  D.a  Catalina  del  Peso  u  Henao. 


12  VIDñ    DE    SANTA  TERESA    DE    JESÚS 

que  no  había  podido.  R  ésta  que  digo,  me  aficioné  a  tratar.  Con 
ella  era  mi  conversación  y  pláticas;  porque  me  ayudaba  a  todas 
las  cosas  de  pasatiempo  que  yo  quería,  y  aun  me  ponía  en  ellas 
y  daba  parte  de  sus  conversaciones  y  vanidades.  Hasta  que  traté 
con  ella,  que  fué  de  edad  de  catorce  años,  y  creo  que  más  (para 
tener  amistad  conmigo,  digo,  y  darme  parte  de  sus  cosas),  no 
me  parece  había  dejado  a  Dios  por  culpa  mortal,  ni  perdido  el 
temor  de  Dios,  aunque  le  tenía  mayor  de  la  honra.  Este  tuvo 
fuerza  para  no  la  perder  del  todo,  ni  me  parece  por  ninguna 
cosa  del  mundo  en  esto  me  podía  mudar,  ni  había  amor  de  persona 
de  él  que  a  esto  me  hiciese  rendir,  ñnsí  tuviera  fortaleza  en  no 
ir  contra  la  honra  de  Dios,  como  me  la  daba  mi  natural  para 
no  perder  en  lo  que  me  parecía  a  mí  está  la  honra  del  mundo, 
y  no  miraba  que  la  perdía  por  otras  muchas  vías. 

En  querer  ésta  vanamente  tenía  extremo.  Los  medios  que 
eran  menester  para  guardarla,  no  ponía  ninguno;  sólo  para  no 
perderme  del  todo  tenía  gran  miramiento.  Mi  padre  y  hermana 
sentían  mucho  esta  amistad;  reprendíanmela  muchas  veces.  Como 
no  podían  quitar  la  ocasión  de  entrar  ella  en  casa,  no  les  apro- 
vechaban sus  diligencias;  porque  mi  sagacidad  para  cualquier 
cosa  mala  era  mucha.  Espántame  algunas  veces  el  daño  que 
hace  una  mala  compañía,  y  si  no  hubiera  pasado  por  ello,  no  lo 
pudiera  creer;  en  especial  en  tiempo  de  mocedad,  debe  ser  mayor 
el  mal  que  hace.  Querría  escarmentasen  en  mí  los  padres  para 
mirar  mucho  en  esto.  Y  es  ansí,  que  de  tal  manera  me  mudó 
esta  conversación,  que  de  natural  y  alma  virtuoso,  no  me  dejó 
casi  ninguna,  y  me  parece  me  imprimía  sus  condiciones  ella 
y   otra  que  tenía   la   mesma   manera   de  pasatiempos. 

Por  aquí  entiendo  el  gran  provecho  que  hace  la  buena  compa- 
ñía, y  tengo  por  cierto,  que  si  tratara  en  aquella  edad  con  per- 
sonas virtuosas,  que  estuviera  entera  en  la  virtud;  porque  si  en 
esta  edad  tuviera  quien  me  enseñara  a  temer  a  Dios,  fuera  to- 
mando fuerzas  el  alma  para  no  caer.  Después,  quitado  este  temor 
del  todo,  quedóme  sólo  el  de  la  honra,  que  en  todo  lo  que 
hacía  rae  traía  atormentada.   Con   pensar  que   no   se  había   de 


Capitulo  ii  Í3 

saber,  me  atrevía  (1)  a  muchas  cosas  bien  contra  ella  y  contra 
Dios. 

Al  principio  dañáronme  las  cosas  dichas,  a  lo  que  me  pa- 
rece, y  no  debía  ser  suya  la  culpa,  sino  mía;  porque  después 
mi  malicia  para  el  mal  bastaba,  junto  con  tener  criadas,  que  para 
todio  mal  hallaba  en  ellas  buen  aparejo.  Que  si  alguna  fuera  en 
aconsejarme  bien,  por  ventura  me  aprovechara;  mas  el  interese 
las  cegaba,  como  a  mí  la  afeción.  Y  pues  nunca  era  inclinada  a 
mucho  mal,  porque  cosas  deshonestas  naturalmente  las  aborrecía, 
sino  a  pasatiempos  de  buena  conversación;  mas  puesta  en  la 
ocasión,  estaba  en  la  mano  el  peligro,  y  ponía  en  él  a  mi  padre 
y  hermanos.  De  los  cuales  me  libró  Dios,  de  manera  que  se  parece 
bien  procuraba  contra  mi  voluntad  que  del  todo  no  me  perdiese; 
aunque  no  pudo  ser  tan  secreto  que  no  hubiese  harta  quiebra 
de  mi  honra  y  sospecha  en  mi  padre.  Porque  no  me  parece  había 
tres  meses  que  andaba  en  estas  vanidades,  cuando  me  ilevaron  a 
un  monesterio  que  había  en  este  lugar,  adonde  se  criaban  perso- 
nas semejantes,  aunque  no  tan  ruines  en  costumbres  como  yo; 
y  esto  con  tan  gran  disimulación,  que  sola  yo  y  algún  deudo  lo 
supo;  porque  aguardaron  a  coyuntura  que  no  pareciese  novedad; 
porque  haberse  mi  hermana  casado  y  quedar  sola  sin  madre, 
no  era  bien  (2). 

Era  tan  demasiado  el  amor  que  mi  padre  me  tenía  y  la 
mucha  disimulación  mía,  que  no  había  creer  tanto  mal  de  mí, 
y  ansí  no  quedó  en  desgracia  conmigo.  Como  fué  breve  el  tiem- 
po, aunque  se  entendiese  algo,  no  debía  ser  dicho  con  certini- 
dad; porque  como  yo  temía  tanto  la  honra,  todas  mis  diligencias 
eran  en  que  fuese  secreto,  y  no  miraba  que  no  podía  serlo  a 
quien  todo  lo  ve.  ¡Oh,  Dios  mío,  qué  daño  hace  en  el  mundo 
tener  esto  en  poco  y  pensar  que  ha  de  haber  cosa  secreta  que 
sea  contra  Vos!  Tengo  por  cierto  que  se  excusarían  grandes  maies 


1  El  original:  aireavía. 

2  Habla  del  Convento  de  Nuestra  Señora  de  la  Gracia,  de  monjas  agustinas,  situado  extra- 
muros de  la  ciudad,  que  todavía  subsiste  con  fama  de  mucha  observancia  regular.  Recibían  en 
él  a  doncellas  seglares,  por  lo  ordinario  nobles  y  acomodadas.  Bajo  la  vigilancia  de  alguna  reli- 
giosa, llebavan  una  vida  virtuosa  u  recogida;  pero  no  equivalente  a  la  que  ahora  se  hace  en  los 
colegios  de  religiosas.  Tenía  la  Santa  al  entrar  dieciséis  años  cumplidos. 


14  VIDA    DE     SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

si  entendiésemos  que  no  está  el  negocio  en  guardarnos  de  los 
hombres,   sino   en   no   nos   guardar   de   descontentaros   a   Vos. 

Los  primeros  ocho  días  sentí  mucho,  y  más  la  sospecha  que 
tuvfe  se  había  entendido  la  vanidad  mía,  que  no  de  estar  allí; 
porque  ya  yo  andaba  cansada,  y  no  dejaba  de  tener  gran  temor 
de  Dios  cuando  le  ofendía,  y  procuraba  confesarme  con  breve- 
dad. Traía  un  desasosiego,  que  en  ocho  días,  y  aun  creo  menos, 
estaba  muy  más  contenta  que  en  casa  de  mi  padre.  Todas  lo 
estaban  conmigo,  porque  en  esto  me  daba  el  Señor  gracia,  en 
dar  contento  adonde  quiera  que  estuviese,  y  ansí  era  muy  que- 
rida. Y  puesto  que  yo  estaba  entonces  ya  enemiguísima  de  ser 
monja,  holgábame  de  ver  tan  buenas  monjas,  que  lo  eran  mucho 
las  de  aquella  casa,  y  de  gran  honestidad  y  religión  y  recata- 
miento.  Aun  con  todo  esto  no  me  dejaba  el  demonio  de  tentar, 
y  buscar  los  de  fuera  cómo  me  desasosegar  con  recaudos.  Como 
no  había  lugar,  presto  se  acabó,  y  comenzó  mi  alma  a  tornarse 
a  acostumbrar  en  el  bien  de  mi  primera  edad,  y  vi  la  gran  mer- 
ced que  hace  Dios  a  quien  pone  en  compañía  de  buenos.  Pa- 
réceme  andaba  Su  Majestad  mirando  y  remirando  por  dónde 
me  podía  tornar  a  sí.  Bendito  seáis  Vos,  Señor,  que  tanto  me 
habéis  sufrido.  Amén. 

Una  cosa  tenía  que  parece  me  podía  ser  alguna  disculpa, 
si  no  tuviera  tantas  culpas;  y  es,  que  era  el  trato  con  quien 
por  vía  de  casamiento  me  parecía  podía  acabar  en  bien,  y 
informada  de  con  quien  me  confesaba  y  de  otras  personas,  en 
muchas  cosas  me  decían  no  iba  contra  Dios.  Dormía  una  mon- 
ja con  las  que  estábamos  seglares,  que  por  medio  suyo  parece 
quiso  el  Señor  comenzar  a  darme  luz,  como  ahora  diré  (1). 


1  Doña  María  de  Briceño  ü  Contreras,  de  ilustre  prosapia  avilesa,  mujer  de  excelentes 
prendas  de  entendimiento  y  de  muy  aventajada  virtud.  Había  nacido  en  1498  y  falleció  en  1581. 
De  su  comportamiento  con  las  doncellas  del  Convento  de  Nuestra  Señora  de  Gracia,  dice  así 
el  P.  Miguel  Varona  en  su  obra  inédita  Noticias  históricas  y  protocolo  del  Convento  de  Gracia, 
escrita  por  los  años  de  1695  u  que  conserva  esta  Comunidad:  «Por  el  conocimiento  que  había 
de  las  prendas  de  la  Señora  Briceño,  con  aclamación  universal  fué  nombrada  por  maestra  de 
las  niñas  seculares,  que  llaman  comunmente  las  señoras  doncellas  de  piso,  a  quienes  de  día  y 
de  noche  nó  se  apartaba  de  su  lado;  pues  de  día  para  oir  misa  las  llevaba  en  forma  de  comu^ 
nidad  al  coro  y  en  tribuna  aparte  cuando  el  Convento  celebraba  la  misa  conventual.  Tanta  era 
la  observancia  ij  estrechez  en  que  tenía  a  la  juventud  nuestra  venerable  D.a  María  que,  si 
alguna  niña  había  de  salir  a  ver  a  sus  padres  a  la  grada,  no  permitía  que  estuviese  sin  que 
estuviese  con  ella». 


CAPITULO    III 

EN  QUE  TRñTñ  COMO  FUE  PARTE  LA  BUENA  COMPAÑÍA  PARA  TORNAR 
A  DESPERTAR  SUS  DESEOS,  Y  POR  QUE  MANERA  COMENZÓ  EL 
SEÑOR  A  DARLA  ALGUNA  LUZ  DEL  ENGAÑO  QUE  HABL1  TRAÍDO. 


Pues  comenzando  a  gustar  de  la  buena  y  santa  conversación 
de  esta  monja,  holgábame  de  oiría  cuan  bien  hablaba  de  Dios, 
porque  era  muy  discreta  y  santa.  Esto,  a  mi  parecer,  en  ningún 
tiempo  dejé  de  holgarme  de  oirlo.  Comenzóme  a  contar  cómo 
ella  había  venido  a  ser  monja  por  sólo  leer  lo  que  dice  el  Evan- 
gelio: Muchos  son  los  llamados  y  pocos  los  escogidos  (1). 
Decíame  el  premio  que  daba  el  Señor  a  los  que  todo  lo  dejan 
por  El.  Comenzó  esta  buena  compañía  a  desterrar  las  costumbres 
que  había  hecho  la  mala  y  a  tornar  a  poner  en  mi  pensamiento 
deseos  de  las  cosas  eternas,  y  a  quitar  algo  la  gran  enemistad 
que  tenía  con  ser  monja,  que  se  me  había  puesto  grandísima. 
Y  si  vía  alguna  tener  lágrimas  cuando  rezaba,  u  otras  virtudes, 
habíala  mucha  envidia;  porque  era  tan  recio  mi  corazón  en 
este  caso,  que  si  leyera  toda  la  Pasión,  no  llorara  una  lágrima: 
esto  me  causaba  pena. 

Estuve  año  y  medio  en  este  monesterio  harto  mijorada. 
Comencé  a  rezar  muchas  oraciones  vocales  y  a  procurar  con 
todas  me  encomendasen  a  Dios,  que  me  diese  el  estado  en  que 


1      Matth.  XX,  16.  Aun  cuando  la  Santa  no  cita  los  lugares  de  la  Escritura  Sagrada  cuando 
repioduce  sus  palabras,  lo  haremos  nosotros  para  comodidad  de  los  lectores. 


16  VIDñ    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

le  había  de  servir;  mas  todavía  deseaba  no  fuese  monja,  que 
éste  no  fué  Dios  servido  de  dármele,  aunque  también  temía  el 
casarme.  A  cabo  de  este  tiempo  que  estuve  aquí,  ya  tenía  más 
amistad  de  ser  monja,  aunque  no  en  aquella  casa,  por  las  cosas 
más  virtuosas  que  después  entendí  tenían,  que  me  parecían  ex- 
tremos demasiados.  Y  había  algunas  de  las  más  mozas  que 
me  ayudaban  en  esto;  que  si  todas  fueran  de  un  parecer,  mucho 
me  aprovechara.  También  tenía  yo  una  grande  amiga  (1)  en  otro 
monesterio,  y  esto  me  era  parte  para  no  ser  monja,  si  lo  hubiese 
de  ser,  sino  adonde  ella  estaba.  Miraba  más  el  gusto  de  mi  sen- 
sualidad y  vanidad,  que  lo  bien  que  me  estaba  a  mi  alma.  Estos 
buenos  pensamientos  de  ser  monja  me  venían  algunas  veces,  y 
luego  se  quitaban,   y  no  podía  persuadirme  a  serlo. 

En  este  tiempo,  aunque  yo  no  andaba  descuidada  de  mi  re- 
medio, andaba  más  ganoso  el  Señor  de  disponerme  para  el  estado 
que  me  estaba  rnijor.  Dióme  una  gran  enfermedad,  que  hube  de 
tornar  en  casa  de  mi  padre.  En  estando  buena,  lleváronme  en 
casa  de  mi  hermana,  que  residía  en  un  aldea,  para  verla,  que 
era  extremo  el  amor  que  me  tenía,  y,  a  su  querer,  no  saliera 
yo  de  con  ella;  y  su  marido  también  me  amaba  mucho;  al  menos 
mostrábame  todo  regalo,  que  aun  en  esto  debo  más  al  Señor, 
que  en  todas  partes  siempre  le  he  tenido,  y  todo  se  lo  servía 
como  la  que  soy. 

Estaba  en  el  camino  un  hermano  de  mi  padre,  muy  avisado 
y  de  grandes  virtudes,  viudo,  a  quien  también  andaba  el  Señor 
dispuniendo  para  sí;  que  en  su  mayor  edad  dejó  todo  lo  que 
tenía  y  fué  fraile,  y  acabó  de  suerte,  que  creo  goza  de  Dios, 
Quiso  que  me  estuviese  con  él  unos  días.  Su  ejercicio  era  buenos 
libros  de  romance,  y  su  hablar  era  lo  más  ordinario  de  Dios  y 


1  Doña  Juana  Suárez,  monja  del  Monasterio  de  las  Carmelitas  Calzadas  de  la  Encarnación 
de  Avila.  Siendo  seglai  la  Santa,  la  visitaba  con  frecuencia  en  su  monasterio.  D.a  Alaria 
Pinel,  en  carta  dirigida  a  un  superior  de  los  Carmelitas,  que  hemos  visto  autógrafa  en  la  sección 
de  Manuscritos  de  la  B.  Nacional,  escribe  hablando  de  estas  visitas:  «La  Sra.  D.a  Inés  de 
Quesada,  que  era  ya  monja  de  velo  cuando  la  Santa  Madre  vino  a  tomar  el  hábito,  cuenta  una 
cosa  que,  aunque  es  menudencia,  me  causa  devoción,  que  dice:  Yo  me  acuerdo  cuando  la  Santa 
Madre  venía  seglar  algunas  veces  a  este  convento,  y  doy  por  señas  que  traía  una  saya  naran- 
jada con  unos  ribetes  de  terciopelo  negro».  Publicóse  esta  carta  en  un  tomo  de  Relaciones  His- 
tóricas, de  los  Bibliófilos  españoles,  Relación  XXVI,  ,p.  38. 


CAPITULO    m  17 

de  la  vanidad  del  mundo  (1).  Hacíame  le  leyese,  y  aunque  no 
era  amiga  de  ellos,  mostraba  que  sí;  porque  en  esto  de  dar 
contento  a  otros  he  tenido  extremo,  aunque  a  mí  me  hiciese 
pesar;  tanto  que  en  otras  fuera  virtud,  y  en  mí  ha  sido  gran 
falta,  porque  iba  muchas  veces  muy  sin  discreción.  jOh,  válame 
Dios,  por  qué  términos  me  andaba  Su  Majestad  dispuniendo 
para  el  estado  en  que  se  quiso  servir  de  mí,  que,  sin  quererlo 
yo,  me  forzó  a  que  me  hiciese  fuerza!  Sea  bendito  por  siem- 
pre. Amén. 

Aunque  fueron  los  días  que  estuve  pocos,  con  la  fuerza  que 
hacían  en  mi  corazón  las  palabras  de  Dios,  ansí  leídas  como 
oídas,  y  la  buena  compañía,  vine  a  ir  entendiendo  la  verdad  de 
cuando  niña,  de  que  no  era  todo  nada,  y  la  vanidad  del  mundo,  y 
cómo  acababa  en  breve,  y  a  temer,  si  me  hubiera  muerto,  cómo 
me  jba  a  el  infierno;  y  aunque  no  acababa  mi  voluntad  de  en- 
cunarse a  ser  monja,  vi  era  el  mijor  y  más  siguro  estado,  y 
ansí  poco  a  poco  me  determiné  a  forzarme  para  tomarle. 

En  esta  batalla  estuve  tres  meses,  forzándome  a  mí  mesma 
con  esta  razón:  que  los  trabajos  y  pena  de  ser  monja  no  podía 
ser  mayor  que  la  del  purgatorio,  y  que  yo  había  bien  merecido 
el  infierno;  que  no  era  mucho  estar  lo  que  viviese  como  en  pur- 
gatorio, y  que  después  me  iría  derecha  a  el  cielo,  que  este  era 
mi  deseo.  Y  en  este  movimiento  de  tomar  estado,  más  me  parece 
me  movía  un  temor  servil  que  amor.  Poníame  el  demonio  que 
no  podría  sufrir  los  trabajos  de  la  Religión,  por  ser  tan  regalada. 
A  esto  me  defendía  con  los  trabajos  que  pasó  Cristo;  porque  no 
era  mucho  yo  pasase  algunos  por  El;  que  El  me  ayudaría  a  lle- 


1  Como  dice  la  Santa,  después  de  año  y  medio  de  vida  muij  ajustada  en  el  Convento  de 
Gracia,  una  enfermedad  muy  grave  la  obligó  a  ir  a  casa  de  su  padre.  Recuperada  la  salud,  aun^ 
que  tal  vez  convaleciente,  fuese  con  su  hermana  María,  casada  con  D.  Martín  Guzmán  Barrien'- 
tos,  que  vivía  en  un  pueblo  de  diez  vecinos,  situado  en  la  parte  que  la  provincia  de  Avila  alinda 
con  la  de  Salamanca,  llamado  Castellanos  de  la  Cañada.  Antes  de  llegar  a  él,  se  detuvieron  en 
la  aldea  de  Hortigosa,  distante  como  cuatro  leguas  de  Avila.  Aloraba  aquí  su  tío  D.  Pedro  de 
Cepeda,  hombre  de  mucha  virtud  y  penitencia  y  muy  dado  a  lecturas  ascéticas.  Murió  monje  en 
el  monasterio  de  los  Jerónimos  de  Avila.  Había  estado  casado  D.  Pedro  con  D.a  Catalina  del 
Águila.  Pasados  algunos  días  en  compañía  de  su  tío,  llegó  a  Castellanos,  donde  fué  muy  obse-» 
guiada,  porque  tanto  su  hermana  como  D.  Alartín,  la  querían  entrañablemente.  Hoy  queda  sólo 
de  la  antigua  aldea,  la  casa  de  D.  Martín  Barrientos,  actualmente  del  Excmo.  Sr.  Marqués  de 
Castellanos,  que  cuida  de  ella  con  singular  veneración  y  procura  conservarla,  en  cuanto  es 
posible,  en  su  estado  primitivo. 


18  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

varios,    debía   pensar,   que   esto   postrero   no   me   acuerdo.   Pasé 
hartas  tentaciones  estos  días. 

Habíanme  dado  con  unas  calenturas  unos  grandes  desma- 
yos, que  siempre  tenía  bien  poca  salud.  Dióme  la  vida  haber 
quedado  ya  amiga  de  buenos  libros.  Leía  en  las  Epístolas  de  San 
Jerónimo  (1),  que  me  animaban  d€  suerte,  que  me  determiné  a 
decirlo  a  mi  padre,  que  casi  era  como  a  tomar  el  hábito;  por- 
que era  tan  honrosa,  que  me  parece  no  tornara  atrás  por  nin- 
guna manera,  habiéndolo  dicho  una  vez.  Era  tanto  lo  que-  me 
quería,  que  en  ninguna  manera  lo  pude  acabar  con  él,  ni  bas- 
taron ruegos  de  personas,  que  procuré  le  hablasen.  Lo  que  más 
se  pudo  acabar  con  él,  fué  que,  después  de  sus  días,  haría  lo 
que  quisiese.  Yo  ya  me  temía  a  mí  y  a  mi  flaqueza  no  tornase 
atrás,  y  ansí  no  me  pareció  me  convenía  esto,  y  procúrelo  por 
otra  vía,  como  ahora  diré. 


1  Hizo  la  traducción  en  romance  de  estas  Epístolas  el  bachiller  Juan  de  Molina  y  publi- 
cólas en  Valencia,  año  de  1520.  Después  fueron  muchas  veces  reimpresas.  (Cfr.  Reseña  histó~ 
rica  de  las  imprentas  de  Valencia,  por  José  E.  Serrano  y  Morales.  Valencia  1898). 


CAPITULO    IV 

DICE  COMO  LA  AYUDO  EL  SEÑOR  PARA  FORZARSE  A  SI  MBSMA  PARA 
TOMAR  HABITO,  Y  LAS  MUCHAS  ENFERMEDADES  QUE  SU  MAJESTAD 
LA    COMENZÓ    A    DAR. 


En  estos  días  que  andaba  con  estas  determinaciones,  había 
persuadido  a  un  hermano  mío  a  que  se  metiese  fraile,  dicién- 
dole  la  vanidad  del  mundo,  y  concertamos  entramos  de  irnos 
un  día  muy  de  mañana  al  monesterio  adonde  estaba  aquella  mi 
amiga,  que  era  al  que  yo  tenía  mucha  afición;  puesto  que  ya  en 
esta  postrera  determinación  ya  yo  estaba  de  suerte,  que  a  cual- 
quiera que  pensara  servir  más  a  Dios  u  mi  padre  quisiera, 
fuera;  que  más  miraba  ya  al  remedio  de  mi  alma;  que  del 
descanso  ningún  caso  hacía  de  él  (1).  Acuérdaseme,  a  todo  mi 
parecer,  y  con  verdad,  que  cuando  salí  de  casa  de  mi  padre,  no 
creo  será  más  el  sentimiento  cuando  me  muera;  porque  me  pa- 
rece cada  hueso  se  me  apartaba  por  sí,  q  le,  como  no  había 
amor  de  Dios  que  quitase  el   amor  del  padre  y   parientes,   era 


1  Hizo  este  concierto  la  Santa  con  su  hermano  Antonio,  más  joven  que  ella.  /\1  entrar 
Teresa  en  la  Encarnación,  su  hermano  solicitó  el  hábito  de  Santo  Domingo  en  el  Convento  de 
Santo  Tomás  de  Avila.  Como  los  religiosos  tenían  grande  amistad  con  D.  Alonso  de  Cepeda, 
no  se  resolvieron  a  admitirle  hasta  conocer  su  voluntad.  Entretanto,  es  probable  que  pidió  ij 
consiguió  el  de  los  Jerónimos  en  la  misma  ciudad,  de  donde  hubo  de  salir  al  poco  tiempo 
por  falta  de  salud.  Pasó  a  las  Indias  u  murió  el  20  de  Enero  de  1546,  de  las  heridas  que  recibió 
en  la  célebre  batalla  de  Iñaquito,  en  el  Ecuador,  dada  dos  días  antes.  Al  lado  de  D.  Blasco 
Núñez  Vela,  primer  virrey  del  Perú,  lucharon  contra  Gonzalo  Pizarro  cinco  hermanos  de  Santa 
Teresa:  Hernando,  Jerónimo,  Lorenzo,  Antonio  y  Agustín.  Los  cinco,  antes  de  entrar  en  batalla, 
renunciaron  a  sus  bienes,  instituyendo  por  única  heredera,  paia  el  caso  en  que  muriesen  en  la 
pelea,  a  su  hermana  D.a  Juana.  (Cft.  La  familia  de  Santa  Teresa  en  Mmérica,  c.  II.) 


20  Vida  die  santA  teresA  de  jÉsuá 

todo  haciéndome  una  fuerza  tan  grande,  que  si  el  Señor  nó  me 
ayudara,  no  bastaran  mis  consideraciones  para  ir  adelante.  Aquí 
me  dio  ánimo  contra  mí,  de  manera  que  lo  puse  por  obra. 

En  tomando  el  hábito,  luego  me  dio  el  Señor  a  entender 
cómo  favorece  a  los  que  se  hacen  fuerza  para  servirle,  la  cual 
nadie  no  entendía  de  mí,  sino  grandísima  voluntad  (1).A  la  hora 
me  dio  un  tan  gran  contento  de  tener  aquel  estado,  que  nunca 
jamás  me  faltó  hasta  hoy;  y  mudó  Dios  la  sequedad  que  tenía 
mi  alma  en  grandísima  ternura.  Dábanme  deleite  todas  las  cosas 
de  la  Religión,  y  es  verdad  que  andaba  algunas  veces  barriendo 
en  horas  que  yo  solía  ocupar  en  mi  regalo  y  gala,  y  acordándose- 
me que  estaba  libre  de  aquello,  me  daba  un  nuevo  gozo,  que 
yo  me  espantaba  y  no  podía  entender  por  dónde  venía.  Cuando 
de  esto  me  acuerdo,  no  hay  cosa  que  delante  se  me  pusiese,  por 
grave  que  fuese,  que  dudase  de  acometerla.  Porque  ya  tengo 
expiriencia  en  muchas,  que  si  me  ayudo  al  principio  a  determi- 
narme a  hacer  lo  que,  siendo  sólo  por  Dios,  hasta  en  comenzarlo 
quiere,  para  que  más  merezcamos,  que  el  alma  sienta  aquel  es- 
panto, y  mientra  mayor,  si  sale  con  ello,  mayor  premio  y 
más  sabroso  se  hace  después.  Aun  en  esta  vida  lo  paga  Su  Ma- 
jestad por  unas  vías,  que  sólo  quien  goza  de  ello  lo  entiende. 
Esto  tengo  por  expiriencia,  como  he  dicho,  en  muchas  cosas 
harto  graves;  y  ansí  jamás  aconsejaría,  si  fuera  persona  que 
hubiera  de  dar  parecer,  que,  cuando  una  buena  inspiración  aco- 
mete muchas  veces,  se  deje  por  miedo  de  poner  por  obra;  que 
si  va  desnudamente  por  solo  Dios,  no  hay  que  temer  sucederá 
mal,  que  poderoso  es  para  todo.  Sea  bendito  por  siempre.  Amén, 


1  El  monasterio  de  la  Encarnación  fué  primero  Beaterío  de  Terciarias  carmelitas,  fundado 
en  1479.  Más  tarde  quisieron  establecer  la  vida  regular  de  segunda  Orden  u  el  Beaterío  fué  con- 
vertido en  Convento  con  el  título  de  Nuestra  Señora  de  la  Encarnación.  El  convento  es  grande 
U  tiene  huerta  muu  hermosa.  Está  situado  al  Norte  de  la  ciudad,  fuera  de  las  murallas.  Cuando 
la  Santa  tomó  el  hábito  era  priora  D.a  María  de  Luna.  Interesantes  pormenores  de,  la  fundación 
y  acontecimientos  principales  de  ella  se  hallan  en  la  Historia  manuscrita  del  Convento  por  Doña 
María  Pinel,  monja  de  esta  Comunidad,  que  vivió  en  el  siglo  XVII.  D.a  María  Pinel  hace  notar 
que  la  primera  misa  que  se  celebró  en  la  iglesia  del  nuevo  monasterio,  lleva  fecha  de  4  de  Abril 
de  1515,  día  en  que  fué  bautizada  Santa  Teresa  en  la  parroquia  de  San  Juan. 

Grande  discrepancia  ha  existido  entre  los  biógrafos  de  Santa  Teresa  al  señalar  la  fecha  de 
su  entrada  en  la  Encarnación  de  Avila  y  el  año  de  su  profesión.  Hog  parece  completamente 
averiguado,  por  documentos  que  publicaremos  en  los  Apéndices,  que  tomó  el  hábito  de  carme'- 
lita  el  2  de  Noviembre  de  1536,  a  los  veintiuno  de  edad,  aunque  hacía  varios  días  que  moraba 
en  el  convento.  Hizo  su  profesión  religiosa  al  año  siguiente  de  1537,  día  3  de  Noviembre. 


CAPITULO    IV  21 

Bastara  ¡oh  sumo  Bien  y  descanso  mío!  las  mercedes  que 
me  habíades  hecho  hasta  aquí,  de  traerme  por  tantos  rodeos 
vuestra  piadad  y  grandeza  a  estado  tan  siguro  y  a  casa  adonde 
había  muchas  siervas  de  Dios,  de  quien  go  pudiera  tomar,  para 
ir  creciendo  en  su  servicio.  No  se  cómo  he  de  pasar  de  aquí, 
cuando  me  acuerdo  la  manera  de  mi  profesión  y  la  gran  deter- 
minación y  contento  con  que  la  hice,  y  el  desposorio  que  hice 
con  Vos.  Esto  no  lo  puedo  decir  sin  lágrimas,  y  habían  de 
ser  de  sangre  y  quebrárseme  el  corazón,  y  no  era  mucho  sen- 
timiento para  lo  que  después  os  ofendí.  Paréceme  ahora  que 
tenía  razón  de  no  querer  tan  gran  dinidad,  pues  tan  mal  había 
de  usar  de  ella.  Mas  Vos,  Señor  mío,  quisistes  ser,  casi  veinte 
años  que  usé  mal  de  esta  merced,  ser  el  agraviado,  porque  yo 
fuese  mijorada.  No  parece.  Dios  mío,  sino  que  prometí  no  guar- 
dar cosa  de  lo  que  os  había  prometido,  aunque  entonces  no 
era  esa  mi  intención;  mas  veo  tales  mis  obras  después,  que  no 
sé  qué  intención  tenía,  para  que  más  se  vea  quién  Vos  sois, 
Esposo  mío,  y  quién  so  yo.  Que  es  verdad,  cierto,  que  muchas 
veces  me  templa  (1)  el  sentimiento  de  mis  grandes  culpas,  el 
contento  que  me  da  que  se  entienda  la  muchedumbre  de  vues- 
tras  misericordias. 

¿En  quién,  Señor,  pueden  ansí  resplandecer  como  en  mí, 
que  tanto  he  escurecido  con  mis  malas  obras  las  grandes  mer- 
cedes que  me  comenzastes  a  hacer?  ¡Ay  de  mí,  Criador  mío, 
que  si  quiero  dar  disculpa,  ninguna  tengo,  ni  tiene  nadie  la 
culpa  sino  yo!  Porque  si  os  pagara  algo  del  amor  que  me 
comenzastes  a  ,mostrar,  no  le  pudiera  yo  emplear  en  nadie  sino 
en  Vos,  y  con  esto  se  remediaba  todo.  Pues  no  lo  merecí,  ni 
tuve  tanta  ventura,   válgame  ahora.   Señor,   vuestra  misericordia. 

La  mudanza  de  la  vida  y  de  los  manjares  me  hizo  daño 
a  la  salud,  que  aunque  el  contento  era  mucho,  no  bastó.  Co- 
menzáronme a  crecer  los  desmayos  y  dióme  un  mal  de  corazón 
tan  grandísimo,  que  ponía  espanto  a  quien  le  vía,  y  otros  muchos 
males  juntos,  y  ansí  pasé  el  primer  año  con  harto  mala  salud, 


l      El  original:  tiempla. 


22  VIDñ    DE    SñNTñ    TERESA    DE    JESÚS 

aunque  no  me  parece  ofendí  a  Dios  en  él  mucho.  Y  como  era  el 
mal  tan  grave,  que  casi  me  privaba  el  sentido  siempre,  y  algu- 
nas veces  del  todo  quedaba  sin  él,  era  grande  la  diligencia  que 
traía  mi  padre  para  buscar  remedio;  y  como  no  le  dieron  los 
médicos  de  aquí,  procuró  llevarme  a  un  lugar  adonde  había 
mucha  fama  de  que  sanaban  allí  otras  enfermedades,  y  ansí  di- 
jeron harían  la  mía.  Fué  conmigo  esta  amiga,  que  he  dicho  que 
tenía  en  casa,  que  era  antigua.  En  la  casa  que  era  monja,  no  se 
prometía  clausura.  Estuve  casi  un  año  por  allá,  y  los  tres  meses 
de  él  padeciendo  tan  grandísimo  tormento  en  las  curas  que  me 
hicieron  tan  recias,  que  yo  no  sé  cómo  las  pude  sufrir;  y,  en 
fin,  aunque  las  sufrí,  no  las  pudo  sufrir  mi  sujeto,  como  diré(1). 
Había  de  comenzarse  la  cura  en  el  principio  del  verano,  y  yo 
fui  en  el  principio  del  invierno.  Todo  este  tiempo  estuve  en  casa 
de  la  hermana  que  he  dicho,  que  estaba  en  el  aldea,  esperando 
el  mes  de  Abril,  porque  estaba  cerca,  y  no  andar  yendo  y  vi- 
niendo  (2). 

Cuando  iba  me  dio  aquel  tío  mío,  que  tengo  dicho  que  es- 
taba en  el  camino,  un  libro;  llámase  Tercer  Abecedario,  que 
trata  de  enseñar  oración  de  recogimiento,  y  puesto  que  este 
primer  año  había  leído  buenos  libros,  que  no  quise  más  usar 
de  otros,  porque  ya  entendía  el  daño  que  me  habían  hecho,  no 
sabía  cómo  proceder  en  oración,  ni  cómo  recogerme,  y  ansí  hol- 
guéme  mucho  con  él,  y  determíneme  a  siguir  aquel  camino  con 
todas  mis  fuerzas  (3).  Y  como  ya  el  Señor  me  había  dado  don  de 


1  Quiere  decir  la  Santa,  que  si  bien  logró  sobreponerse  a  la  intensiaad  del  dolor  causado 
por  el  desdichado   tratamiento,  su  cuerpo  no  lo  podía  resistir 

2  Becedas  llamábase  este  lugar,  distante  como  unas  quince  leguas  de  Avila,  por  la  banda 
del  Oeste.  Había  allí  una  persona  que  gozaba,  al  decir  de  las  gentes,  de  una  virtud  curativa 
extraordinaria.  Tres  meses  estuvo  la  Santa  en  Becedas  sometida  a  un  Iratamiento  tan  cruel,  que 
si  D.  Alonso  no  toma  la  resolución  de  llevarse  su  hija,  da  con  ella  en  el  sepulcro.  El  tiempo 
no  nos  ha  conservado  el  nombre  de  este  famoso  curandero  o  curandera. 

3  Antes  de  llegar  a  Becedas  estuvo  en  Hortigosa  en  casa  de  su  tío  D.  Pedro,  quien  dio 
a  la  Santa  para  lectura  espiritual  el  Tercer  Rbecedatio,  de  Fr.  Francisco  de  Osuna,  obra  que 
influyó  mucho  en  su  espíritu,  como  ella  misma  confiesa.  Las  Carmelitas  Descalzas  de  San  José 
de  Avila  conservan,  según  tradición  constante  de  la  Comunidad,  este  precioso  ejemplar,  que 
tanto  hubo  de  manejar  Santa  Teresa.  Es  de  letra  gótica  y  tiene  muchos  períodos  y  frases  subtra- 
yados  por  la  Santa,  a  más  de  llamadas,  consistentes  en  un  corazón,  una  cruz  o  una  mano,  a 
los  pasajes  que  sin  duda  más  la  interesaban.  Gran  parte  de  las  notas  escritas  en  los  espacios 
marginales  no  son  de  la  insigne  Doctora.  Aunque  no  consta  el  año  de  la  impresión,  por  faltarle 
el  colofón,  es  seguro  que  pertenece  a  la  edición  hecha  en  Toledo  en  1527.  El  Maestro  Avila, 
que  recomienda  eficazmente  la  segunda  y   quinta  parte  del  Rbecedario,    dice   de  la  tercera:    «La 


CAPITULO    IV  23 

lágrimas  y  gustaba  de  leer,  comencé  a  tener  ratos  de  soledad, 
y  a  confesarme  a  menudo,  y  comenzar  aquel  camino,  tiniendo 
a  aquel  libro  por  maestro.  Porque  yo  no  hallé  maestro,  digo 
confesor  que  me  entendiese,  aunque  le  busqué,  en  veinte  anos 
después  de  esto  que  digo,  que  me  hizo  harto  daño  para  tornar 
muchas  veces  atrás;  y  aun  pa  del  todo  perderme,  porque  todavía 
me  ayudara  a  salir  de  las  ocasiones  que  tuve  para  ofender  a  Dios, 
Comenzóme  Su  Majestad  a  hacer  tantas  mercedes  en  estos 
principios,  que  al  fin  de  este  tiempo  que  estuve  aquí,  que  era 
casi  nueve  meses  en  esta  soledad,  aunque  no  tan  libre  de  ofen- 
der a  Dios  como  el  libro  me  decía,  mas  por  esto  pasaba  yo,  pa- 
recíame casi  imposible  tanta  guarda.  Teníala  de  no  hacer  pe- 
cado mortal,  y  pluguiera  Dios  la  tuviera  siempre.  De  los  veniales 
hacía  poco  caso,  y  esto  fué  lo  que  me  destruyó.  Comenzó  el 
Señor  a  regalarme  tanto  por  este  camino,  que  me  hacía  merced 
de  darme  oración  de  quietud,  y  alguna  vez  llegaba  a  unión,  aun- 
que yo  no  entendía  qué  era  lo  uno  ni  lo  otro,  y  lo  mucho  que 
era  de  preciar,  que  creo  me  fuera  gran  bien  entenderlo.  Ver- 
dad es  que  duraba  tan  poco  esto  de  unión,  que  no  sé  si  era 
Avemaria;  mas  quedaba  con  unos  efetos  tan  grandes,  que  con 
no  haber  en  este  tiempo  veinte  años,  me  parece  traía  el  mundo 
debajo  de  los  pies,  y  ansí  me  acuerdo  que  había  lástima  a  los 
que  le  siguían,  aunque  fuese  en  cosas  lícitas.  Procuraba  lo  más 
que  podía  traer  a  Jesucristo,  nuestro  bien  y  Señor,  dentro  de 
mí  presjfvvte,  y  ésta  era  mi  manera  de  oración.  Si  pensaba  en  al- 
gún paso,  le  representaba  en  lo  interior,  aunque  lo  más  gus- 
taba en  leer  buenos  libros,  que  era  toda  mi  recreación.  Porque 
no  me  dio  Dios  talento  de  discurrir  con  el  entendimiento,  ni  de 
aprovecharme  con  la  imaginación,  que  la  tengo  tan  torpe,  que 
aun  para  pensar  y  representar  en  mí,  como  lo  procuraba,  traer 
la  humanidad  del  Señor,  nunca  acababa.  Y  aunque  por  esta  vía 


tercera  parte  no  la  dejen  leer  comunmente,  que  les  hará  mal,  que  va  por  vía  de  quitar  todo  pen- 
samiento, y  esto  no  conviene  a  todos».  (Confr.  Epistolario  espiritual:  Carta  a  un  predicador. 
Biblioteca  de  Rivadeneyra.  t.  XIII,  p.  324).  El  libro  abunda  en  erudición  teológica,  patrística  y 
escriturística.  En  la  Nueva  biblioteca  de  autores  españoles  se  publicó  la  última  edición  del 
Tercer  abecedario.  Madrid,  1911.— De  Hortigosa  se  dirigió  la  Santa  [a  Castellanos.  Aquí  pasó 
una  larga  temporada,  antes  de  ponerse  en  cura,  en  casa  de  D.  Alartín  Barrientes  y  D.a  María. 
Acompañáronla  en  este  viaje  D.  Alonso  de  Cepeda  y  su  buena  y  antigua  amiga  D.a  Juana 
Suárez,  y  desde  Castellanos  su  hermana  D.a  María. 


24  VIDñ    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

de  no  poder  obrar  con  el  entendimiento  llegan  más  presto  a  la 
contemplación,  si  perseveran,  es  muy  trabajoso  y  penoso;  por- 
que si  falta  la  ocupación  de  la  voluntad  y  el  haber  en  qué  se 
ocupe  en  cosa  presente  el  amor,  queda  el  alma  como  sin  arrimo 
ni  ejercicio,  y  da  gran  pena  la  soledad  y  sequedad,  y  grandísi- 
mo  combate  los   pensamientos. 

R  personas  que  tienen  esta  dispusición  les  conviene  más 
pureza  de  conciencia  que  a  las  que  con  el  entendimiento  pueden 
obrar;  porque  quien  discurriendo  en  lo  que  es  el  mundo,  y  en  lo 
que  debe  a  Dios,  y  en  lo  mucho  que  sufrió  y  lo  poco  que  le 
sirve,  y  lo  que  da  a  quien  le  ama,  saca  dotrina  para  defen- 
derse de  los  pensamientos  y  de  las  ocasiones  y  peligros.  Pero 
quien  no  se  puede  aprovechar  de  esto,  ticnele  mayor  y  conviénele 
ocuparse  mucho  en  lición,  pues  de  su  parte  no  puede  sacar 
ninguna.  Es  tan  penosísima  esta  manera  de  proceder,  que  si 
el  maestro  que  enseña  aprieta  en  que  sin  lición,  que  ayuda  mu- 
cho para  recoger  a  quien  de  esta  manera  procede,  le  es  necesario, 
aunque  sea  poco  lo  que  lea,  sino  en  lugar  de  la  oración  mental 
que  no  puede  tener,  digo  que  si  sin  esta  ayuda  le  hacen  estar 
mucho  rato  en  la  oración,  que  será  imposible  durar  mucho  en 
ella,  y  le  hará  daño  a  la  salud  si  porfía,  porque  es  muy  pe- 
nosa cosa. 

Ahora  me  parece  que  proveyó  el  Señor  que  yo  no  hallase 
quien  me  enseñase,  porque  fuera  imposible,  me  parece,  perse- 
verar deciocho  años  que  pasé  este  trabajo,  y  en  esta¿'=  grandes 
sequedades,  por  no  poder,  como  digo,  discurrir.  En  todos  estos, 
si  no  era  acabando  de  comulgar,  jamás  osaba  comenzar  a  te- 
ner oración  sin  un  libro;  que  tanto  temía  mi  alma  estar  sin 
él  en  oración,  como  si  con  mucha  gente  fuera  a  pelear.  Con 
este  remedio,  que  era  como  una  compañía  u  escudo  en  que  había 
de  recibir  los  golpes  de  los  muchos  pensamientos,  andaba  con- 
solada. Porque  la  sequedad  no  era  lo  ordinario;  mas  era  siem- 
pre cuando  me  faltaba  libro,  que  era  luego  disbaratada  el  alma; 
y  los  pensamientos  perdidos  con  esto  los  comenzaba  a  recoger, 
y  como  por  halago  llevaba  el  alma.  Y  muchas  veces  en  habien- 
do el  libro,  no  era  menester  más.  Otras  leía  poco,  otras  mucho, 


CñPITüLO    IV  25 

conforme  a  la  merced  que  el  Señor  me  hacía.  Parecíame  a  mí 
en  este  principio  que  digo,  que  uniendo  yo  libros  y  como  tener 
soledad,  que  no  habría  peligro  que  me  sacase  de  tanto  bien; 
y  creo  con  el  favor  de  Dios  fuera  ansí,  si  tuviera  maestro  u  per- 
sona que  me  avisara  de  huir  las  ocasiones  en  los  principios,  y 
me  hiciera  salir  de  ellas,  si  entrara,  con  brevedad;  y  si  el  demonio 
me  acometiera  entonces  descubiertamente,  parecíame  en  ninguna 
manera  tornara  gravemente  a  pecar.  Mas  fue  tan  sutil  y  yo  tan 
ruin,  que  todas  mis  determinaciones  rae  aprovecharon  poco,  aun- 
que muy  mucho  los  días  que  serví  a  Dios,  para  poder  sufrir 
las  terribles  enfermedades  que  tuve,  con  tan  gran  paciencia  como 
Su  Majestad  me  dio. 

Muchas  veces  he  pensado  espantada  de  la  gran  bondad  de 
Dios,  y  regaládose  mi  alma  de  ver  su  gran  manificencia  y  miseri- 
cordia. Sea  bendito  por  todo,  que  he  visto  claro  no  dejar  sin 
pagarme,  aún  en  esta  vida,  ningún  deseo  bueno.  Por  ruines  y 
imperfetas  que  fuesen  mis  obras,  este  Señor  mío  las  iba  mijorando 
y  perficionando  y  dando  valor,  y  los  males  y  pecados  luego  los 
ascondía.  Aun  en  los  ojos  de  quien  los  ha  visto  permite  Su  Ma- 
jestad se  cieguen,  y  los  quita  de  su  memoria.  Dora  las  culpas; 
hace  que  resplandezca  una  virtud  que  el  mesmo  Señor  pone  en 
mí,  casi  haciéndome  fuerza  para  que  la  tenga. 

Quiero  tornar  a  lo  que  me  han  mandado.  Digo,  que  si  hubie- 
ra de  decir  por  menudo  de  la  manera  que  el  Señor  se  había 
conmigo  en  estos  principios,  que  fuera  menester  otro  entendi- 
miento que  el  mío  para  saber  encarecer  lo  que  en  este  caso  le 
debo  y  mi  ingratitud  y  maldad,  pues  todo  esto  olvidé.  Sea 
por  siempre  bendito,   que  tanto  me  ha  sufrido.  Amén. 


CAPITULO  V 

PROSIGUE  EN  LñS  GRñNDES  ENFERMEDADES  QUE  TUVO  Y  LA  PACIENCIA 
QUE  EL  SEÑOR  LE  DIO  EN  ELLAS,  Y  COMO  SACA  DE  LOS  MALES 
BIENES,  SIGUN  SE  VERA  EN  UNA  COSA  QUE  LE  ACAECIÓ  EN  ESTE 
LUGAR  QUE  SE  FUE  A  CURAR. 


Olvidé  de  decir  cómo  en  el  año  del  noviciado  pasé  grandes 
desasosiegos  con  cosas  que  en  sí  tenían  poco  tomo,  mas  culpá- 
banme sin  tener  culpa  hartas  veces.  Yo  lo  llevaba  con  harta  pena 
y  imperfeción;  aunque  con  el  gran  contento  que  tenía  de  ser 
monja,  todo  lo  pasaba.  Como  me  vían  procurar  soledad  y  me  vían 
llorar  por  mis  pecados  algunas  veces,  pensaban  era  descontento, 
y  ansí  lo  decían.  Era  aficionada  a  todas  las  cosas  de  religión, 
mas  no  a  sufrir  ninguna  que  pareciese  menosprecio.  Holgába- 
me de  ser  estimada;  era  curiosa  en  cuanto  hacía;  todo  me  pa- 
recía virtud;  aunque  esto  no  me  será  disculpa,  porque  para  todo 
sabía  lo  que  era  procurar  mi  contento,  y  ansí  la  inorancia  no 
quita  la  culpa.  Alguna  tiene  no  estar  fundado  el  monesterio  en 
mucha  perfeción.  Yo,  como  ruin,  íbame  a  lo  que  vía  falta  y  de- 
jaba lo  bueno. 

Estaba  una  monja  entonces  enferma  de  grandísima  enfer- 
medad, y  muy  penosa,  porque  eran  unas  bocas  en  el  vientre  que 
se  le  habían  hecho  de  opilaciones,  por  donde  echaba  lo  que 
comía.  Murió  presto  de  ello.  Yo  vía  a  todas  temer  aquel  mal; 
a  mí  hacíame  gran  envidia  su  paciencia.  Pedía  a  Dios  que,  dán- 
domela ansí  a  mí,  me  diese  las  enfermedades  que  fuese  servido. 


28  VIDñ    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

Ninguna  me  parece  temía,  porque  estaba  tan  puesta  en  ganar 
bienes  eternos,  que  por  cualquier  medio  me  determinaba  a  ga- 
narlos. Y  espantóme,  porque  aun  no  tenía,  a  mi  parecer,  amor 
de  Dios,  como  después  que  comencé  a  tener  oración  me  parecía 
s  mí  le  he  tenido;  sino  una  luz  de  parecerme  todo  de  poca  estima 
lo  que  se  acaba,  y  de  mucho  precio  los  bienes  que  se  pueden  ga- 
nar con  ello,  pues  son  eternos.  También  me  oyó  en  esto  Su  Ma- 
jestad, que  antes  de  dos  años  estaba  tal  que,  aunque  no  el  mñl 
de  aquella  suerte,  creo  no  fué  menos  penoso  y  trabajoso  el  que 
tres  años  tuve,  como  ahora  diré. 

Venido  d  tiempo  que  estaba  aguardando  en  el  lugar  (1) 
que  digo  que  estaba  con  mi  hermana  para  curarme,  lleváronme 
con  harto  cuidado  de  mi  regalo  mi  padre  g  hermana,  y  aquella 
monja  mi  amiga,  que  había  salido  conmigo,  que  era  muy  mucho 
lo  que  me  quería.  Aquí  comenzó  el  demonio  a  descomponer  mi 
alma,  aunque  Dios  sacó  de  ello  harto  bien.  Estaba  una  persona 
de  la  Ilesia  que  risidía  en  aquel  lugar  adonde  me  fui  a  curar, 
de  harto  buena  calidad  y  entendimiento;  tenía  letras,  aunque 
no  muchas.  Yo  comencéme  a  confesar  con  él,  que  siempre  fui 
amiga  de  letras,  aunque  gran  daño  hicieron  a  mi  alma  confeso- 
res medio  letrados,  porque  no  los  tenía  de  tan  buenas  letras 
como  quisiera.  He  visto  por  expiriencia  que  es  mijor,  siendo  vir- 
tuosos y  de  santas  costumbres,  no  tener  ningunas;  porque  ni 
ellos  se  fían  de  sí,  sin  preguntar  a  quien  las  tenga  buenas,  ni  yo 
me  fiara;  y  buen  letrado  nunca  me  engañó.  Estotros  tampoco 
me  debían  de  querer  engañar,  sino  no  sabían  más.  Yo  pensaba 
que  sí,  y  que  no  era  obligad^  a  más  de  creerlos,  como  era  cosa 
ancha  lo  que  me  decían  y  de  más  libertad;  que  si  fuera  apretada, 
yo  soy  tan  ruin,  que  buscara  otros.  Lo  que  era  pecado  venial 
decíanme  que  no  era  ninguno;  lo  que  era  gravísimo  mortal,  que 
era  venial.  Esto  me  hizo  tanto  daño,  que  no  es  mucho  lo  diga 
aquí  para  aviso  de  otras  de  tan  gran  mal,  que  para  delante  de 
Dios  bien  veo  no  me  es  disculpa,  que  bastaban  ser  las  cosas 
de  su  natural  no  buenas  para  que  yo  me  guardara  de  ellas.  Creo 


1      Castellanos  de  le  Cafiada. 


CAPITULO    V  29 

permitió  Dios  por  mis  pecados  ellos  se  engañasen  y  me  engañasen 
a  mí.  Yo  engañé  a  otras  hartas  con  decirles  lo  mesmo  que  a  mí 
me  habían  dicho.  Duré  en  esta  ceguedad  creo  más  de  dicisiete 
años,  hasta  que  un  Padre  Dominico  (1),  gran  letrado,  me  des- 
engañó en  cosas,  y  los  de  la  Compañía  de  Jesús  del  todo  me 
hicieron  tanto  temer,  agraviándome  (2)  tan  malos  principios,  como 
después   diré. 

Pues  comenzándome  a  confesar  con  este  que  digo,  él  se  afi- 
cionó en  extremo  a  mí,  porque  entonces  tenía  poco  que  confesar 
para  lo  que  después  tuve,  ni  lo  había  tenido  después  de  monja.  No 
fué  la  afeción  de  éste  mala,  mas  de  demasiada  afeción  venía  a 
no  ser  buena.  Tenía  entendido  de  mí  que  no  me  determinaría 
a  hacer  cosa  contra  Dios  que  fuese  grave  por  ninguna  cosa, 
y  él  también  me  asiguraba  lo  mesmo,  y  ansí  era  mucha  la  conver- 
sación. Mas  mis  tratos  entonces,  con  el  embebecimiento  de  Dios 
que  traía,  lo  que  más  gusto  me  daba  era  tratar  cosas  de  él ;  y  como 
era  tan  niña,  "hacíale  confusión  ver  esto,  y  con  la  gran  voluntad 
que  me  tenía,  comenzó  a  declararme  su  perdición.  Y  no  era  poca, 
porque  había  casi  siete  años  que  estaba  en  muy  peligroso  estado 
con  afeción  y  trato  con  una  mujer  del  mesmo  lugar,  y  con  esto 
decía  misa.  Era  cosa  tan  pública,  que  tenía  perdida  la  honra  y 
la  fama,  y  nadie  le  osaba  hablar  contra  esto.  A  mí  hízoseme 
gran  lástima,  porqué  le  quería  mucho;  que  esto  tenía  yo  de  gran 
liviandad  y  ceguedad,  que  me  parecía  virtud  ser  agradecida  y 
tener  ley  a  quien  me  quería.  ¡Maldita  sea  tal  ley,  que  se  extiende 
hasta  ser  contra  la  de  Dios!  Es  un  desatino  que  se  usa  en  ej 
mundo,  que  me  desatina:  que  debemos  todo  el  bien  que  nos  hacen 
a  Dios,  y  tenemos  por  virtud,  aunque  sea  ir  contra  El,  no  que- 
brantar esta  amistad.  ¡Oh  ceguedad  del  mundo!  Fuérades  Vos 
servido,  Señor,  que  yo  fuera  ingratísima  contra  todo  él,  y  con- 
tra Vos  no  lo  fuera  un  punto;  mas  ha  sido  todo  a  el  revés  por 
mis  pecados. 

Procuré  saber  y  informarme  más  de  personas  de  su  casa; 
supe  más  la  perdición,  y  vi  que  el  pobre  no  tenía  tanta  culpa; 


1  P.  Vicente  Bairón,  teólogo  profundo,  confesor  también  de  su  padie  D.  Alonso. 

2  Por  agravándome. 


30  VIDft    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

porque  la  desventurada  de  la  mujer  le  tenía  puesto  hechizos  en 
un  idolillo  de  cobre,  que  le  había  rogado  le  trajese  por  amor 
de  ella  a  el  cuello,  y  éste  nadie  había  sido  poderoso  de  podér- 
sele quitar.  Yo  no  creo  es  verdad  esto  de  hechizos  determina- 
damente; mas  diré  esto  que  yo  vi,  para  aviso  de  que  se  guarden 
los  hombres  de  mujeres  que  este  trato  quieren  tener,  y  crean,  que 
pues  pierden  la  vergüenza  a  Dios  (que  ellas  más  que  los  hombres 
son  obligadas  a  tener  honestidad),  que  ninguna  cosa  de  ellas  pue- 
den confiar.  Que  a  trueco  de  llevar  adelante  su  voluntad  y  aque- 
lla afeción  que  el  demonio  les  pone,  no  miran  nada.  Aunque  yo  he 
sido  tan  ruin,  en  ninguna  de  esta  suerte  yo  no  caí,  ni  jamás 
pretendí  hacer  mal,  ni  aunque  pudiera,  quisiera  forzar  la  vo- 
luntad para  que  me  la  tuvieran,  porque  me  guardó  el  Señor 
de  esto;  mas  si  me  dejara,  hiciera  el  mal  que  hacía  en  lo  demás, 
que  de  mí  ninguna  cosa  hay  que  fiar. 

Pues  como  supe  esto,  comencé  a  mostrarle  más  amor.  Mi 
intención  buena  era,  la  obra  mala;  pues  por  hacer  bien,  por 
grande  que  sea,  no  había  de  hacer  un  pequeño  mal.  Tratábale 
muy  ordinario  de  Dios.  Esto  debía  aprovecharle,  aunque  más 
creo  le  hizo  al  caso  el  quererme  mucho;  porque  por  hacerme  pla- 
cer, me  vino  a  dar  el  idolillo,  el  cual  hice  echar  luego  en  un  río. 
Quitado  éste,  comenzó,  como  quien  despierta  de  un  gran  sueño,  a 
irse  acordando  de  todo  lo  que  había  hecho  aquellos  años;  y  es- 
pantándose de  si,  doliéndose  de  su  perdición,  vino  a  comenzar 
a  aborrecerla.  Nuestra  Señora  le  debía  ayudar  mucho,  que  era 
muy  devoto  de  su  Conceción,  y  en  aquel  día  hacía  gran  fie.sta. 
En  fin,  dejó  del  todo  de  verla,  y  no  se  hartaba  de  dar  gracias 
a  Dios  por  haberle  dado  luz.  ñ.  cabo  de  un  año  en  punto,  desde 
el  primer  día  que  yo  le  vi,  murió.  Y  había  estado  muy  en  servicio 
de  Dios,  porque  aquella  afición  grande  que  me  tenía,  nunca 
entendí  ser  mala,  aunque  pudiera  ser  con  más  puridad;  mas  tam- 
bién hubo  ocasiones  para  que,  si  no  le  tuviera  muy  delante  a 
Dios,  hubiera  ofensas  suyas  más  graves.  Como  he  dicho,  cosa 
que  yo  entendiera  era  pecado  mortal,  no  la  hiciera  entonces. 
Y  paréceme  que  le  ayudaba  a  tenerme  amor  ver  esto  en  mí;  que 
creo  todos  los  hombres  deben  ser  más  amigos  de  mujeres  que 


CAPITULO    V  3! 

ven  encunadas  a  virtud;  y  aun  para  lo  que  acá  pretenden,  de- 
ben de  ganar  con  ellos  más  por  aquí,  sigún  después  diré.  Tengo 
por  cierto  está  en  carrera  de  salvación  (1).  Murió  muy  bien 
y  muy  quitado  de  aquella  ocasión;  parece  quiso  el  Señor  que 
por  estos  medios  se  salvase. 

Estuve  en  aquel  lugar  tres  meses  con  grandísimos  traba- 
jos, porque  la  cura  fué  más  recia  que  pedía  mi  complexión.  A 
los  dos  meses,  a  poder  de  medicinas,  me  tenía  casi  acabada  la 
vida;  y  el  rigor  del  mal  de  corazón,  de  que  me  fui  a  curar,  era 
mucho  más  recio,  que  algunas  veces  me  parecían  con  dientes 
agudos  me  asíarj  de  él,  tanto  que  se  temió  era  rabia.  Con  la  falta 
grande  de  virtud,  porque  ninguna  cosa  podía  comer,  si  no  era 
bebida,  de  grande  hastío,  calentura  muy  contina,  y  tan  gastada, 
porque  casi  un  mes  me  había  dado  una  purga  cada  día,  estaba 
tan  abrasada,  que  se  me  comenzaron  a  encoger  los  nervios  con 
dolores  tan  incomportables,  que  día  ni  noche  ningún  sosiego  po- 
día tener;    una  tristeza   muy   profunda. 

Con  esta  ganancia  me  tornó  a  traer  mi  padre,  adonde  tor- 
naron a  verme  médicos.  Todos  rae  desahuciaron,  que  decían,  sobre 
todo  este  mal,  decían  estaba  ética.  De  esto  se  me  daba  a  mí  poco; 
los  dolores  eran  los  que  me  fatigaban,  porque  eran  en  un  ser 
desde  los  pies  hasta  la  cabeza;  porque  de  niervos  son  intolera- 
bles, sigún  decían  los  médicos;  y  como  todos  se  encogían,  cierto, 
si  yo  no  lo  hubiera  por  mi  culpa  perdido,  era  recio  tormento. 
En  esta  reciedumbre  no  estaría  más  de  tres  meses,  que  parecía 
imposible  poderse  sufrir  tantos  males  juntos.  Ahora  rae  espanto 
y  tengo  por  gran  merced  del  Señor  la  paciencia  que  Su  Majestad 
me  dio,  que  se  vía  claro  venir  de  El.  Mucho  me  aprovechó  para 
tenerla,  haber  leído  la  historia  de  Job  en  los  Morales  de  San 
Gregorio  (2),  que  parece  previno  el  Señor  con  esto,  y  con  haber 


1  Refiérese  al  sacerdote  que  conoció  en  Becedas. 

2  Religiosamente  guardan  las  Descalzas  de  San  José  de  Avila  dos  abultados  tomos  de 
los  Morales  de  San  Gregorio,  que  se  cree  manejó  la  Santa.  Pd  principio  del  segundo  volumen 
viene  esta  nota:  "Estos  Morales  son  los  de  nuestra  santa  Me.  u  en  las  oras  de  dormir  arrimaba 
a  ellos  su  santa  cabeza,  tj  algunas  señales  que  tienen  yzo  con  sus  santas  manos,  apuntando 
cosas  que  la  acían  devoción».  Acerca  de  estas  apuntaciones,  debo  advertir  que  la  mayor  parte, 
lo  mismo  que  muchas  del  Mbecedario  espiritual,  no  son  de  la  Santa,  contra  lo  que  han 
supuesto    muchos    escritores.    Tienen,    además,    muy    escaso  valor  místico,  y  algunas   son    hasta 


32  VIDA     DE    SftNTñ     TERESA     DE    JESUS 

comenzado  a  tener  oración,  para  que  yo  lo  pudiese  llevar  con 
tanta  conformidad.  Todas  mis  pláticas  eran  con  El.  Traía  muy 
ordinario  estas  palabras  de  Job  en  el  pensamiento,  y  decíalas: 
«Pues  recibimos  los  bienes  de  la  mano  del  Señor,  .¿por  qué  no 
sufriremos  los  males?»  (1).  Esto  parece  rae  ponía  esfuerzo. 

Vino  la  fiesta  de  Nuestra  Señora  de  Agosto,  que  hasta  en- 
tonces desde  Abril  había  sido  el  tormento,  aunque  los  tres  pos- 
treros meses  mayor.  Di  priesa  a  confesarme,  que  siempre  era 
muy  amiga  de  confesarme  a  menudo.  Pensaron  que  era  miedo  de 
morirme,  y  por  no  me  dar  pena,  mi  padre  no  me  dejó.  ¡Oh  amor 
de  carne  demasiado,  que  aunque  sea  de  tan  católico  padre  y 
tan  avisado,  que  lo  era  harto,  que  no  fué  inorancia,  me  pudiera 
hacer  gran  daño!  Dióme  aquella  noche  un  parajismo  (2),  que  me 
duró  estar  sin  ningún  sentido  cuatro  días  poco  menos.  En  esto  me 
dieron  el  Sacramento  de  la  Unción,  y  cada  hora  u  memento  (3) 
pensaban  expiraba,  y  no  hacían  sino  decirme  el  credo,  como  si 
alguna  cosa  entendiera.  Teníanme  a  veces  por  tan  muerta,  que 
hasta  la  cera  me  hallé  después  en  los  ojos  (4). 

La  pena  de  mi  padre  era  grande  de  no  me  haber  dejado  con- 
fesar; clamores  y  oraciones  a  Dios,  muchas.  Bendito  sea  El  que 
quiso  oírlas,  que  tiniendo  día  y  medio  abierta  la  sepoltura  en 
mi  monesterio,  esperando  el  cuerpo  allá  y  hechas  las  honras  en 
uno  de  nuestros  frailes,  fuera  de  aquí,  quiso  el  Señor  tornase  en 


triviales;  una  razón  más  para  sospechar  que  no  fueron  escritas  por  la  ilustre  Doctora.  La  varie- 
dad de  letras  que  se  observa  en  estas  apostillas  marginales,  indican  que  los  libros  fueron  también 
leídos  en  tiempos  antiguos  por  otras  personas.  Véanse,  por  ejemplo,  las  notas  de  las  página.s 
33,  57,  230  jj  otras  muchas  del  ñbecedario  ij  de  las  78  y  13'1  de  los  Morales,  que  ciertamente 
no  son  de  Santa  Teresa.  Aunque  no  tantos  como  el  Tercer  ñbecedario,  tienen  los  Morales  sus 
llamadas  al  margen  u  pasajes  subrayados.  La  edición  fué  hecha  en  Sevilla,  en  ia  imprenta  de 
J.  Cromberger,  año  de  1527. 

1  Job,  II,  10. 

2  Así  emplea  siempre  la  Santa  esta  palabra  por  parasismo  o  paroxismo  que  decimos  hoy. 
5      Por  momento,  de  uso  muy  frecuente  en  Santa  Teresa. 

4  Acerca  de  esta  gravísima  enfermedad  de  la  Santa,  cuenta  el  P.  Ribera  (Vida,  1.  I,  c.  7): 
«La  sepultura  estaba  abierta  en  la  Encarnación  y  estaban  esperando  el  cuerpo  para  enterrarle,  y 
monjas  estaban  allí  que  habían  enviado  para  estar  con  el  cuerpo,  y  hubiéranla  enterrado  si  su 
padre  no  lo  estorbara  muchas  veces,  contra  el  parecer  de  todos;  porque  conocía  mucho  el  pulso 
y  no  se  podía  persuadir  que  estuviese  muerta,  y  cuando  decían  que  se  enterrase,  decía:  esta  hija 
no  es  para  enterrari>.  Un  descuido  de  su  hermano  Lorenzo  estuvo  a  punto  de  acabar  con  la 
enferma.  Cuenta  el  mismo  historiador,  en  el  capítulo  citado,  que  «velándola  una  noche  de  éstas 
Lorenzo  de  Cepeda,  su  hermano,  se  durmió,  y  una  vela  que  tenía  sobre  la  cama  se  acabó,  y  se 
quemaban  las  almohadas  y  mantas  y  colcha  de  la  cama,  y  si  él  no  despertara  al  humo,  se 
pudiera  quemar  o  acabar  de  morir  la  enferma». 


CAPITULO    V  33 

mí.  Luego  me  quise  confesar.  Comulgué  con  hartas  lágrimas, 
ñas,  a  mi  parecer,  que  no  eran  con  el  sentimiento  y  pena  de  sólo 
haber  ofendido  a  Dios,  que  bastara  para  salvarme,  si  el  en- 
gaño que  traía  de  los  que  me  habían  dicho  no  eran  algunas  cosas 
pecado  mortal,  que  cierto  he  visto  después  lo  eran,  no  me  apro- 
vechara. Porque  los  dolores  eran  incomportables;  con  que  quedé 
el  sentido  poco,  aunque  la  confesión  entera,  a  mi  parecer,  de 
todo  lo  que  entendí  había  ofendido  a  Dios.  Que  esta  merced 
me  hizo  Su  Majestad,  entre  otras,  que  nunca,  después  que  co- 
mencé a  comulgar,  dejé  cosa  por  confesar  que  yo  pensase  era 
pecado,  aunque  fuese  venial,  que  le  dejase  de  confesar.  Mas  sin 
duda  me  parece  que  lo  iba  harto  mi  salvación,  si  entonces  me 
muriera,  por  ser  los  confesores  tan  poco  letrados  por  una  parte, 
y  por  otra  ser  yo  ruin,  y  por  muchas. 

Es  verdad,  cierto,  que  me  parece  estoy  con  tan  gran  espanto 
llegando  aquí,  y  viendo  cómo  parece  me  resucitó  el  Señor,  que 
estoy  casi  temblando  entre  mí.  Paréceme  fuera  bien,  oh  ánima 
mía,  que  miraras  del  peligro  que  el  Señor  te  había  librado,  y 
ya  que  por  amor  no  le  dejabas  de  ofender,  lo  dejaras  por  te- 
mor, que  pudiera  otras  mil  veces  matarte  en  estado  más  peli- 
groso. Creo  no  añado  (1)  muchas  en  decir  otras  mil,  aunque  me 
riña  quien  me  mandó  moderase  el  contar  mis  pecados,  y  harto 
hermoseados  van.  Por  amor  de  Dios  le  pido,  de  mis  culpas  no 
quite  nada,  pues  se  ve  más  aquí  la  raanificencia  de  Dios,  y  lo 
que  sufre  a  un  alma.  Sea  bendito  para  siempre.  Plega  a  Su  Majes- 
tad que  antes  me  consuma  que  le  deje  yo  más  de  querer. 


1      El  original;  añido. 


CAPITULO  VI 

TRATA  DE  LO  MUCHO  QUE  DEBIÓ  A  EL  SEÑOR  EN  DARLE  COMFOR- 
MIDAD  CON  TAN  GRANDES  TRABAJOS,  Y  COMO  TOMO  POR  MEDIA- 
NERO Y  ABOGADO  AL  GLORIOSO  SAN  JOSEF,  Y  LO  MUCHO  QUE  LE 
APROVECHO. 

Quedé  de  estos  cuatro  días  de  parajismo  de  manera,  que 
sólo  ei  Señor  puede  saber  los  incomportables  tormentos  que 
sentía  en  mí.  La  lengua  hecha  pedazos  de  mordida;  la  garganta 
de  no  haber  pasado  nada  g  de  la  gran  flaqueza  que  me  ahogaba, 
que  aun  el  agua  no  podía  pasar.  Toda  me  parecía  estaba  des- 
coyuntada, con  grandísimo  desatino  en  la  cabeza.  Toda  enco- 
gida hecha  un  ovillo,  porque  en  esto  paró  el  tormento  de  aquellos 
días,  sin  poderme  menear,  ni  brazo,  ni  pie,  ni  mano,  ni  cabeza, 
más  que  si  estuviera  muerta,  si  no  me  meneaban;  sólo  un  dedo 
me  parece  podía  menear  de  la  mano  derecha.  Pues  llegar  a  mí, 
no  había  cómo,  porque  todo  estaba  tan  lastimado,  que  no  lo  po- 
día sufrir.  En  una  sábana,  una  de  un  cabo  y  otra  de  otro  (1),  me 
meneaban;  esto  fué  hasta  Pascua  florida.  Sólo  tenía,  que  si  no 
llegaban  a  mí,  los  dolores  me  cesaban  muchas  veces;  y  a  cuento 
de  descansar  un  poco,  me  contaba  por  buena,  que  traía  temor 
me  había  de  faltar  la  paciencia;  y  ansí  quedé  muy  contenta  de 
verme  sin  tan  agudos  y  continos  dolores,  aunque  a  los  recios 
fríos  de  cuartanas  dobles  con  que  quedé,  recísimas,  los  tenia 
incomportables;   el  hastío  muy  grande. 


Dejó  la  Santa  incompleta  la  frase  omitiendo  de  otro. 


56  VIDft    DE     SANTA    TERESA    DE     JESÚS 

Di  luego  tan  gran  priesa  de  irme  a  el  monesterio,  que  me 
hice  llevar  ansí.  A  la  que  esperaban  muerta,  recibieron  con  alma; 
mas  el  cuerpo  peor  que  muerto,  para  dar  pena  verle.  El  extremo 
de  flaqueza  no  se  puede  decir,  que  sólo  los  huesos  tenía  ya; 
digo  que  estar  ansí  me  duró  más  de  ocho  meses.  El  estar  tullida, 
aunque  iba  mijorando,  casi  tres  años.  Cuando  comencé  a  andar 
a  gatas,  alababa  a  Dios.  Todos  los  pasé  con  gran  conformidad, 
y  si  no  fué  estos  principios,  con  gran  alegría;  porque  todo  se 
me  hacía  nonada,  comparado  con  los  dolores  y  tormentos  del 
principio;  estaba  muy  conforme  con  la  voluntad  de  Dios,  aunque 
me  dejase  ansí  siempre.  Parécerae  era  toda  mi  ansia  de  sanar 
por  estar  a  solas  en  oración,  como  venía  mostrada,  porque  en 
la  enfermería  no  había  aparejo.  Confesábame  muy  a  menudo; 
trataba  mucho  de  Dios,  de  manera  que  edificaba  a  todas  y  se 
espantaban  de  la  paciencia  que  el  Señor  me  daba;  porque,  a 
no  venir  de  mano  de  Su  Majestad,  parecía  imposible  poder 
sufrir  tanto  mal  con  tanto  contento. 

Gran  cosa  fué  haberme  hecho  la  merced  en  la  oración,  que 
me  había  hecho,  que  ésta  me  hacía  entender  qué  cosa  era  amarle; 
porque  de  aquel  poco  tiempo  vi  nuevas  en  mí  estas  virtudes, 
aunque  no  fuertes,  pues  no  bastaron  a  sustentarme  en  justicia. 
xMo  tratar  mal  de  nadie  por  poco  que  fuese,  sino  lo  ordinario 
era  excusar  toda  mormur ación;  porque  traía  muy  delante  cómo 
no  había  de  querer,  ni  decir  de  otra  persona  lo  que  no  quería  di- 
jesen de  mí.  Tomaba  esto  en  harto  extremo  para  las  ocasiones 
que  había,  aunque  no  tan  perfetamente,  que  algunas  veces,  cuan- 
do me  las  daban  grandes,  en  algo  no  quebrase;  mas  lo  contino 
era  esto;  y  ansí;  a  las  que  estaban  conmigo  y  me  trataban,  persua- 
día tanto  a  esto,  que  se  quedaron  en  costumbre.  Vínose  a  entender 
que  adonde  yo  estaba  tenían  siguras  las  espaldas,  y  en  esto  esta- 
ban con  las  que  yo  tenía  amistad  y  deudo,  y  enseñaba;  aunque  en 
otras  cosas  tengo  bien  que  dar  cuenta  a  Dios  de  el  mal  ejem- 
plo que  les  daba.  Plega  a  Su  Majestad  me  perdone,  que  de 
muchos  males  fui  causa,  aunque  no  con  tan  dañada  intención 
como  después  sucedía  la  obra. 

Quedóme   deseo   de   soledad,    amiga   de  tratar   y   hablar   en 


CAPITULO    VI  57 

Dios;  que  si  yo  hallara  con  quién,  más  contento  y  recreación 
m€  daba,  que  toda  la  pulicía  u  grosería,  por  mijor  decir,  de 
la  conversación  del  mundo;  comulgar  y  confesar  muy  más  a  me- 
nudo y  desearlo;  amiguísima  de  leer  buenos  libros;  un  gran- 
dísimo arrepentimiento  en  habiendo  ofendido  a  Dios,  que  muchas 
veces  me  acuerdo,  que  no  osaba  tener  oración,  porque  temía  la 
grandísima  pena  que  había  de  sentir  de  haberle  ofendido,  como 
un  gran  castigo.  Esto  me  fué  creciendo  después  en  tanto  extre- 
mo, que  no  sé  yo  a  qué  compare  este  tormento.  Y  no  era  poco 
ni  mucho  por  temor,  jamás,  sino  como  se  me  acordaba  los  re- 
galos que  el  Señor  me  hacía  en  la  oración  y  lo  mucho  que  le 
debía,  y  vía  cuan  mal  se  lo  pagaba,  no  lo  podía  sufrir,  y  enojá- 
bame en  extremo  de  las  muchas  lágrimas  que  por  la  culpa  lloraba, 
cuando  vía  mi  poca  enmienda,  que  ni  bastaban  determinaciones, 
ni  fatiga  en  que  me  vía  para  no  tornar  a  caer  en  puniéndome 
en  la  ocasión.  Parecíanme  lágrimas  engañosas,  y  parecíame  ser 
después  mayor  la  culpa,  porque  vía  la  gran  merced  que  me  hacía 
el  Señor  en  dármelas,  y  tan  gran  arrepentimiento.  Procuraba 
confesarme  con  brevedad,  y  a  mi  parecer,  hacía  de  mi  parte  lo 
que  podía  para  tornar  en  gracia.  Estaba  todo  el  daño  en  no  quitar 
de  raíz  las  ocasiones,  y  en  los  confesores  que  me  ayudaban  poco. 
Que  a  decirme  en  el  peligro  que  andaba,  y  que  tenía  obligación 
a  no  traer  aquellos  tratos,  sin  duda  creo  se  remediara;  porque 
en  ninguna  vía  sufriera  andar  en  pecado  mortal  sólo  un  día,  si 
yo  lo  entendiera.  Todas  estas  señales  de  temer  a  Dios  me  vinie- 
ron con  la  oración,  y  la  mayor  era  ir  envuelto  en  amor,  porque 
no  se  me  ponía  delante  el  castigo.  Todo  lo  que  estuve  tan  mala 
me  duró  mucha  guarda  de  mi  conciencia  cuanto  a  pecados  mor- 
tales. ¡Oh,  válame  Dios,  que  deseaba  yo  la  salud  para  más  ser- 
virle, y  fué  causa  de  todo  mi  daño! 

Pues  como  me  vi  tan  tullida,  y  en  tan  poca  edad,  y  cuál 
me  habían  parado  los  médicos  de  la  tierra,  determiné  acudir 
a  los  del  cielo  para  que  me  sanasen,  que  todavía  deseaba  la  sa- 
lud, aunque  con  mucha  alegría  lo  llevaba.  Y  pensaba  algunas 
veces,  que  si  estando  buena  me  había  de  condenar,  que  mijor 
estaba    ansí;    mas   todavía   pensaba   que   serviría   mucho   más    a 


38  VIDA    DE    SñNTñ    TERESA    DE    JESÚS 

Dios  con  la  salud.  Este  es  nuestro  engaño,  no  nos  dejar  del  todo 
a  lo  que  el  Señor  hace,  que  sabe  mijor  lo  que  nos  conviene. 

Comencé  a  )hacer  devociones  de  misas,  y  cosas  muy  aprobadas 
de  oraciones,  que  nunca  fui  amiga  de  otras  devociones  que  hacen 
algunas  personas,  en  especial  mujeres,  con  cerimonias  que  yo  no 
podía  sufrir,  y  a  ellas  les  hacía  devoción;  después  se  ha  dado 
a  entender  no  convenían,  que  eran  supresticiosas ;  y  tomé  por 
abogado  y  señor  a  el  glorioso  San  Josef,  y  encomendéme  mucho 
a  él.  Vi  claro,  que  ansí  de  esta  necesidad,  como  de  otras  mayores 
de  honra  y  pérdida  de  alma,  este  Padre  y  Señor  mío  me  sacó 
con  más  bien  que  yo  le  sabía  pedir.  No  me  acuerdo  hasta  hora  (1), 
haberle  suplicado  cosa  que  la  haya  dejado  de  hacer.  Es  cosa 
que  espanta  las  grandes  mercedes  que  me  ha  hecho  Dios  por 
medio  de  este  bienaventurado  Santo,  de  los  peligros  que  me  ha 
librado,  ansí  de  cuerpo  como  de  alma;  que  a  otros  Santos 
parece  les  dio  el  Señor  gracia  para  socorrer  en  una  necesidad; 
a  este  glorioso  Santo  tengo  expiriencia  que  socorre  en  todas,  y 
que  quiere  el  Señor  darnos  a  entender  que  ansí  como  le  fué 
sujeto  en  la  tierra,  que  como  tenía  nombre  de  padre  siendo 
ayo,  le  podía  mandar,  ansí  en  el  cielo  hace  cuanto  le  pide.  Esto 
han  visto  otras  algunas  personas,  a  quien  yo  decía  se  encomen- 
dasen a  él,  también  por  expiriencia;  y  aún  hoy  muchas  que  le 
son  devotas,  de  nuevo  expirimentando  esta  verdad  (2). 

Procuraba  yo  hacer  su  fiesta  con  toda  la  solenidad  que 
podía  (3),  más  llena  de  vanidad  que  de  espíritu,  quiriendo  se 
hiciese  muy  curiosamente  y  bien,  aunque  con  buen  intento;  mas 
esto  tenía  malo,  si  algún  bien  el  Señor  me  daba  gracia  que  hicie- 
se, que  era  lleno  de  imperfeciones,  y  con  muchas  faltas.  Para 
el  mal,  y  curiosidad,  y  vanidad  tenía  gran  maña  y  diligencia;  el 
Señor  me  perdone.   Querría  yo   persuadir   a  todos  fuesen  devo- 


1  Por  ahora. 

2  Este  pasaje  se  venía  imprimiendo  muy  defectuosamente  en  la  siguiente  forma:  -jEsto  han 
visto  otras  algunas  personas,  a  quien  yo  decía  se  encomendaba  a  él,  también  por  expiriencia;  u 
aún  hay  muchas  que  le  son  devotas  de  nuevo,  experimentando  esta  verdad». 

3  En  muchos  conventos  de  España  existía  la  costumbre  en  el  siglo  XVI  de  que  cada  reli- 
giosa, si  disponía  de  haberes,  costease,  una  vez  al  año,  por  su  propia  cuenta,  la  fiesta  de  algún 
santo  al  cual  fuese  particularmente  devota.  Tal  costumbre  se  guardaba  en  la  Encarnación,  y 
Santa  Teresa  solía  celebrar  el  del  glorioso  San  José. 


capiTüLo  VI  39 

tos  de  este  glorioso  Santo,  por  la  gran  expiricncia  que  tengo  de 
los  bienes  que  alcanza  de  Dios.  No  he  conocido  persona  que 
de  veras  le  sea  devota  y  haga  particulares  servicios,  que  no  la 
vea  más  aprovechada  en  la  virtud;  porque  aprovecha  en  gran 
manera  a  las  almas  que  a  él  se  encomiendan.  Paréceme  ha  al- 
gunos años,  que  cada  año  en  su  día  le  pido  una  cosa,  y  siempre 
la  veo  cumplida;  si  va  algo  torcida  la  petición,  él  la  endereza, 
para  más  bien  mío. 

Si  fuera  persona  que  tuviera  autoridad  de  escribir,  de  buena 
gana  me  alargara  en  decir  muy  por  menudo  las  mercedes  que  ha 
hecho  este  glorioso  Santo  a  mí  y  a  otras  personas;  mas  por  no 
hacer  más  de  lo  que  me  mandaron,  en  muchas  cosas  seré  corta, 
más  de  lo  que  quisiera,  en  otras  más  larga  que  era  menester; 
en  fin,  como  quien  en  todo  lo  bueno  tiene  poca  descrición.  Sólo 
pido,  por  amor  de  Dios,  que  lo  pruebe  quien  no  me  creyere,  y  verá 
por  expiriencia  el  gran  bien  que  es  encomendarse  a  este  glo- 
rioso Patriarca,  y  tenerle  devoción;  en  especial  personas  de  ora- 
ción siempre  le  habían  de  ser  aficionadas.  Que  no  sé  cómo  se 
puede  pensar  en  la  Reina  de  los  Angeles,  en  el  tiempo  que  tanto 
pasó  con  el  Niño  Jesús,  que  no  den  gracias  a  San  Josef  por  lo 
bien  que  les  ayudó  en  ellos.  Quien  no  hallare  maestro  que  le 
enseñe  oración,  tome  este  glorioso  Santo  por  maestro,  y  no  erra- 
rá en  2s  camino.  Plega  el  Señor  no  haya  yo  errado  en  atreverme 
a  hablar  en  él;  porque  aunque  publico  serle  devota,  en  los  ser- 
vicios y  en  imitarle  siempre  he  faltado.  Pues  él  hizo,  como  quien 
es,  en  hacer  de  manera  que  pudiese  levantarme,  y  andar,  y  no 
estar  tullida;  y  yo,  como  quien  soy,  en  usar  mal  de  esta  merced. 

¡Quién  dijera  que  había  tan  presto  de  caer,  después  de 
tantos  regalos  de  Dios,  después  de  haber  comenzado  Su  Majestad 
a  darme  virtudes,  que  ellas  mesmas  me  despertaban  a  servirle; 
después  de  haberme  visto  casi  muerta,  y  en  tan  gran  peligro 
de  ir  condenada;  después  de  haberme  resucitado  alma  y  cuerpo, 
que  todos  los  que  me  vieron  se  espantaban  de  verme  viva!  i  Qué 
es  esto.  Señor  mío,  en  tan  peligrosa  vida  hemos  de  vivir?  Que 
escribiendo  esto  estoy  y  me  parece  que  con  vuestro  favor  y 
por  vuestra  misericordia  podría  decir  lo  que  San  Pablo,  aunque 


40  VIDA    DE      SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

no  con  esa  pcrfeción:  Que  no  vivo  yo  ya,  sino  que  Vos,  Criador 
mío,  vivís  en  mí  (1),  sigún  ha  algunos  años  qu€,  a  lo  qiiG  puedo 
entender,  me  tenéis  de  vuestra  mano,  y  me  veo  con  deseos  y  de- 
termmaciones,  y  en  alguna  manera  probado  por  expiriencia  en 
estos  años  ein  muchas  cosas,  de  no  hacer  cosa  contra  vuestra 
voluntad,  por  pequeña  que  sea,  aunque  debo  hacer  hartas  ofen- 
sas a  Vuestra  Majestad  sin  entenderlo.  Y  también  me  parece 
que  no  se  me  ofrecerá  cosa  por  vuestro  amor  que  con  gran  de- 
terminación me  deje  de  poner  a  ella,  y  en  algunas  me  habéis 
Vos  ayudado  para  que  salga  con  ellas,  y  no  quiero  mundo  ni 
cosa  de  él,  ni  me  parece  rae  da  contento  cosa  que  n.o  salga  (2)  de 
Vos,  y  lo  demás  me  parece  pesada  cruz.  Bien  me  puedo  engañar, 
y  ansí  será,  que  no  tengo  esto  que  he  dicho;  mas  bien  veis 
Vos,  mi  Señor,  que  a  lo  que  puedo  entender,  no  miento,  y  estoy 
temiendo,  y  con  mucha  razón,  si  me  habéis  de  tornar  a  dejar; 
porque  ya  sé  a  lo  que  llega  mi  fortaleza  y  poca  virtud,  en  no 
me  la  estando  Vos  dando  siempre,  y  ayudando  para  que  no  os 
deje;  y  plega  a  Vuestra  Alajcstad,  que  aun  ahora  no  esté  dejada 
de  Vos,  pareciéndome  todo  esto  de  mí.  ¡No  sé  cómo  queremos 
vivir,  pues  es  todo  tan  incierto!  Parecíame  a  mi.  Señor  mío,  ya 
imposible  dejaros  tan  del  todo  a  Vos,  y  como  tantas  veces  os 
dejé;  no  puedo  dejar  de  temer,  porque  en  apartándoos  un  poco 
de  mi,  daba  con  todo  en  el  suelo.  Bendito  seáis  por  siempre, 
que  aunque  os  dejaba  yo  a  Vos,  no  me  dejastes  Vos  a  mí  tan 
del  todo,  que  no  me  tornase  a  levantar,  con  darme  Vos  siem- 
pre la  mano;  y  muchas  veces.  Señor,  no  la  quería,  ni  quería 
entender  cómo  muchas  veces  me  llamábades  de  nuevo,  como 
ahora  diré. 


1  Galat..  II,  20. 

2  Aunque  la  Santa  dice:  «ni  me  parece  me  da  contento  cosa  que  salga  de  Vos»,  es  evi- 
dente que  quiso  decir:  »ni  me  parece  me  da  contento  cosa  que  no  salga  de  Vos» 


CAPITULO  VII 

TRñTA  POR  LOS  TÉRMINOS  QUE  FUE  PERDIENDO  LAS  MERCEDES  QUE 
EL  SEÑOR  LE  HñBIA  HECHO,  Y  CUñN  PERDIDA  VIDA  COMENZÓ  A 
TENER;  DICE  LOS  DAÑOS  QUE  HAY  EN  NO  SER  MUY  ENCERRADOS 
LOS    MONESTERIOS    DE    MONJAS. 


Pues  ansí  comencé  de  pasatiempo  en  pasatiempo,  de  vanidad 
en  vanidad,  de  ocasión  en  ocasión,  a  meterme  tanto  en  muy  gran- 
des ocasiones  y  andar  tan  estragada  mi  alma  en  muchas  vani- 
dades, que  ya  yo  tenia  vergüenza  de  en  tan  particular  amis- 
tad, como  es  tratar  de  oración,  tornarme  a  llegar  a  Dios;  y  ayu- 
dóme a  esto,  que,  como  crecieron  los  pecados,  comenzóme  a 
faltar  el  gusto  y  regalo  en  las  cosas  de  virtud  (1).  Vía  yo  muyi 


1  Para  que  el  lector  sepa  a  qué  atenerse  en  estas  ponderaciones  tan  humildes  como 
exageradas  que  de  sus  propias  faltas  en  los  primeros  años  de  monja  hace  la  Santa,  lea  las 
siguientes  líneas  del  doctísimo  P.  Domingo  Báñez  que,  como  confesor  que  fué  suyo  muchos 
aflos,  conocía  bien  su  vida.  ñ\  artículo  segundo  del  Proceso  de  beatificación  y  canonización 
hecho  en  Salamanca,  dice:  «En  la  vida  que  hizo  en  la  Encamación  en  su  mocedad,  no  entien-- 
de  que  hubiese  otras  faltas  en  ella  más  de  las  que  comunmente  se  hallan  en  semejantes  religio- 
sas que  se  llaman  mujeres  de  bien,  y  que  en  aquel  tiempo,  que  tiene  por  cierto  se  señaló  siempre 
en  ser  grande  enfermera  y  tener  más  oración  de  la  que  comunmente  se  usa,  aunque  por  su  buena 
gracia  y  donaire  ha  oído  decir  que  era  visitada  de  muchas  personas  de  diferentes  estados;  lo  cual 
ella  lloró  toda  la  vida,  después  que  Dios  la  hizo  merced  de  dalle  más  luz  y  ánimo  para  tratar  de 
perfección  en  su  estado.  Y  esto  lo  sabe,  no  sólo  por  haberlo  oído  decir  a  otros  que  antes  la 
habían  tratado,  sino  también  por  relación  de  la  misma  Teresa  de  Jesús». 

En  materia  de  honestidad  la  Santa  fué  extremada.  Jamás  experimentó  ni  conoció  esta  pasión. 
Ella  misma  nos  dice  que  las  «cosas  deshonestas  naturalmente  las  aborrecía»,  y  cuantos  trataron  de 
cerca  a  la  esclarecida  Fundadora,  dan  testimonio  de  lo  mismo.  Una  de  las  primeras  descalzas  y  de 
más  virtud  y  talento,  Ana  de  Jesús,  declara  en  un  expediente  de  beatificación:  «Yo  oí  decir  a  los  que 
en  particular  sabían  las  cosas  de  su  alma,  que  naturalmente  era  castísima,  y  ansí  pareció  dicién- 
dole  una  de  nosotras  había  leído  que  los  deleites  espirituales  despertaban  alguna  vez  los  corpo-* 
rales,  qué  era.  Respondiónos:  No  sé,  cierto;  jamás  me  aconteció  ni  pensé  podría  ser»  (Cfr.  Me- 
morias historiales,  1.  R.  n.  161).  Depone  Petronila  Bautista,  del  convento  de  S.  José  de  Avila, 
en   las   informaciones   hechas  en    esta   ciudad  para  la  canonización  de  la  Santa:  «Al  artículo  60 


42  VIDA    DE    SñNTfi    TERESA    DE    JESÚS 

claro,  Señor  mío,  que  me  faltaba  esto  a  mí,  por  faltaros  yo  a 
Vos.  Este  fué  el  más  terrible  engaño  que  el  demonio  me  podía 
hacer  debajo  de  parecer  humildad,  que  comencé  a  temer  de  te- 
ner oración,  de  verme  tan  perdida;  y  parecíame  era  raijor  andar 
como  los  muchos,  pues  en  ser  ruin  era  de  los  peores,  y  rezar 
lo  que  estaba  obligada,  y  vocalmente,  que  no  tener  oración  men- 
tal, y  tanto  trato  con  Dios,  la  que  merecía  estar  con  los  demo- 
nios, y  que  engañaba  a  la  gente;  porque  en  lo  exterior  tenía 
buenas  aparencias.  Y  ansí  no  es  de  culpar  a  la  casa  adonde  es- 
taba, porque  con  mi  maña  procuraba  me  tuviesen  en  buena  opi- 
nión, aunque  no  de  advertencia,  fingiendo  cristiandad;  porque 
en  esto  de  hiproquesía  y  vanagloria,  gloria  a  Dios,  jamás  me 
acuerdo  haberle  ofendido,  que  yo  entienda,  que  en  viniéndome 
primer  movimiento,  me  daba  tanta  pena,  que  el  demonio  iba 
con  pérdida  y  yo  quedaba  con  ganancia,  y  ansí  en  esto  muy  poco 
me  ha  tentado  jamás.  Por  ventura  si  Dios  primitiera  me  ten- 
tara en  esto  tan  recio  como  en  otras  cosas,  también  cayera;  mas 
Su  Majestad  hasta  ahora  me  ha  guardado  en  esto;  sea  por  siem- 
pre bendito.  Antes  me  pesaba  mucho  de  que  me  tuviesen  en  buena 
opinión,   como  yo  sabía  lo  secreto  de  mí. 

Este  no  me  tener  por  tan  ruin,  venía  que  como  me  vían  tan 
moza,  y  en  tantas  ocasiones,  y  apartarme  muchas  veces  a  soledad 
a  rezar  y  leer  mucho,  hablar  de  Dios,  amiga  de  hacer  pintar 
su  imagen  en  muchas  partes,  y  de  tener  oratorio,  y  procurar 
en  él  cosas  que  hiciesen  devoción,  no  decir  mal,  otras  cosas 
de  esta  suerte,  que  tenían  aparencia  de  virtud;  y  yo  que  de  vana 
me  sabía  estimar  en  las  cosas  que  en  el  mundo  se  suelen  tener 
por  estima.  Con  esto  me  daban  tanta  y  más  libertad  que  a 
las  muy  antiguas,  y  tenían  gran  siguridad  de  mí;  porque  tomar 
yo  libertad,  ni  hacer  cosa  sin  licencia,  digo  por  agujeros,  u  pa- 
redes, u  de  noche,  nunca  me  parece  lo  pudiera  acabar  conmigo 
en  monesterio  hablar  de  esta  suerte,  ni  lo  hice,  porque  me  tuvo 


dijo:  que  sabe,  vio  g  conoció  que  la  Santa  Madre  fué  acabadísima  o  perfecta  en  el  don  de  la 
castidad,  de  tal  manera,  que  la  Santa  Madre,  tratando  de  las  \Trtudes,  la  dijo  a  esta  declarante 
la  señalada  merced  que  Dios  Nuestro  Señor  la  había  hecho  en  este  particular;  porque  no  sabía  lo 
que  era  tentación  ni  en  toda  su  vida  lo  había  experimentados.  Súfrase  esta  larga  nota  en  gracia 
al  esclarecimiento  de  una  verdad  que  [con  sobrada  frecuencia  olvidan,  al  hablar  de  Santa  Teresa, 
muchos  escritores  mundanos,  y  otros  que  no  parecen  serlo  tanto. 


CAPITULO    VII  43 

g1  Señor  de  su  mano.  Parecíame  a  mí,  que  con  advertencia  y  de 
propósito  miraba  muchas  cosas,  que  poner  la  honra  de  tantas 
en  aventura,  por  ser  yo  ruin,  siendo  ellas  buenas,  que  era  muy 
mal  hecho;  como  si  fuera  bien  otras  cosas  que  hada.  A  la  ver- 
dad, no  iba  el  mal  de  tanto  acuerdo  como  esto  fuera,  aunquei 
era  mucho. 

Por  esto  me  parece  a  mí  me  hizo  harto  daño  no  estar  en 
monesterio  encerrado;  porque  la  libertad  que  las  que  eran  buenas 
podían  tener  con  bondad,  porque  no  debían  más,  que  no  se  pro- 
metía clausura,  para  mí  que  soy  ruin  hubiérame  cierto  llevado 
a  el  infierno,  si  con  tantos  remedios  y  medios,  el  Señor,  con 
muy  particulares  mercedes  suyas,  no  me  hubiera  sacado  de  este 
peligro;  y  ansí  me  parece  lo  es  grandísimo  monesterio  de  muje- 
res con  libertad,  y  que  más  me  parece  es  paso  para  caminar  al 
infierno  las  que  quisieren  ser  ruines,  que  remedio  para  sus 
flaquezas.  Esto  no  se  tome  por  el  mío,  porque  hay  tantas  que 
sirven  muy  de  veras  y  con  mucha  perfeción  al  Señor,  que  no 
puede  Su  Majestad  dejar,  sigún  es  bueno,  de  favorecerlas,  y 
no  es  de  los  muy  abiertos,  y  en  él  se  guarda  toda  religión,  sino 
de  otros  que  yo  sé  y  he  visto. 

Digo  que  me  hace  gran  lástima,  que  ha  menester  el  Señor 
hacer  particulares  llamamientos,  y  no  una  vez  sino  muchas,  para 
que  se  salven,  sigún  están  autorizadas  las  honras  y  recreacio- 
nes del  mundo,  y  tan  mal  entendido  a  lo  que  están  obligadas, 
que  plega  a  Dios  no  tengan  por  virtud  lo  que  es  pecado,  como 
muchas  veces  yo  lo  hacía;  y  hay  tan  gran  dificultad  en  hacerlo 
entender,  que  es  menester  el  Señor  ponga  muy  de  veras  en  ello 
su  mano.  Si  los  padres  tomasen  mi  consejo,  ya  que  no  quieran 
mirar  a  poner  sus  hijas  adonde  vayan  camino  de  salvación,  sino 
con  más  peligro  que  en  el  mundo,  que  lo  miren  por  lo  que  toca  a 
su  honra;  y  quieran  más  casarlas  muy  bajamente,  que  meterlas 
en  monesterios  semejantes,  sino  son  muy  bien  inclinadas,  y  plega 
a  Dios  aproveche,  u  se  las  tenga  en  su  casa.  Porque  si  quiere 
ser  ruin,  no  se  podrá  encubrir  sino  poco  tiempo,  y  acá  muy 
mucho,  y,  en  fin,  lo  descubre  el  Señor;  y  no  sólo  daña  a  sí, 
sino  a  todas;   y  a  las  veces  las  pobrecitas  no  tienen  culpa,  por- 


44  VIDñ    DE    SílNTñ    TERESA    DE    JESÚS 

que  se  van  por  lo  que  hallan.  Y  es  lástima  de  muchas  que  stí 
quieren  apartar  del  mundo,  ij  pensando  que  se  van  a  servir  a  el 
Señor  y  a  apartar  de  los  peligros  del  mundo,  se  hallan  en  diez 
mundos  juntos,  que  ni  saben  cómo  se  valer,  ni  remediar;  que  la 
mocedad,  y  sensualidad  y  demonio  las  convida  y  enclina  a  si- 
guir  algunas  cosas  que  son  de  el  mesmo  mundo.  Ve  allí  que  lo 
tienen  por  bueno,  a  manera  de  decir.  Paréceme  como  los  desven- 
turados de  los  herejes  en  parte,  que  se  quieren  cegar  y  hacer 
entender  que  es  bueno  aquello  que  siguen,  y  que  lo  creen  ansí 
sin  creerlo;  porque  dentro  de  sí  tienen  quien  les  diga  que  es  malo. 

¡Oh  grandísimo  mal!  grandísimo  mal  de  religiosos,  no  digo 
ahora  más  mujeres  que  hombres,  adonde  no  se  guarda  religión; 
adonde  en  un  monesterio  hay  dos  caminos  de  virtud  y  religión, 
y  falta  de  religión,  y  todos  casi  se  andan  por  igual;  antes,  mal 
dije,  no  por  igual,  que  por  nuestros  pecados  camínase  más  el 
más  imperfeto,  y  como  hay  más  de  él,  es  más  favorecido.  Usase 
tan  poco  el  de  la  verdadera  religión,  que  más  ha  de  temer  el 
fraile  y  la  monja  que  ha  de  comenzar  de  veras  a  siguir  del  todo 
su  llamamiento  a  los  mesnios  de  su  casa,  que  a  todos  los  demonios. 
Y  más  cautela  y  disimulación  ha  de  tener  para  hablar  en  la  amis- 
tad que  desea  tener  con  Dios,  que  en  otras  amistades  y  volunta- 
des que  el  demonio  ordena  en  los  monesterios.  Y  no  sé  de  qué 
nos  espantamos  haya  tantos  males  en  la  Iglesia;  pues  los  que 
habían  de  ser  los  dechados  para  que  todos  sacasen  virtudes,  tie- 
nen tan  borrada  la  labor  que  el  espíritu  de  los  Santos  pasados 
dejaron  en  las  religiones.  Plega  la  Divina  Majestad  ponga  re- 
medio en  ello,  como  ve  que  es  menester.  Amén. 

Pues  comenzando  yo  a  tratar  estas  conversaciones,  no  me 
pareciendo,  como  vía  que  se  usaban,  que  había  de  venir  a  mi  alma 
el  daño  y  destraimiento  que  después  entendí  era  semejantes 
tratos,  pareciéndome  que  cosa  tan  general  como  es  este  visitar 
en  muchos  monesterios,  que  no  me  haría  a  mí  más  mal  que  a 
las  otras,  que  yo  vía  eran  buenas;  y  no  miraba  que  eran  muy 
mijores,  y  que  lo  que  en  mí  fué  peligro,  en  otras  no  k  sería 
tanto;  que  alguno  dudo  yo  le  deja  de  haber,  aunque  no  sea  sino 
tiempo  mal  gastado.  Estando  con  una  persona,  bien  al  principio 


CAPITULO    VII  45 

del  conocerla,  quiso  el  Señor  darme  a  entender  que  no  me 
convenían  aquellas  amistades,  y  avisarme  y  darme  luz  en  tan 
gran  ceguedad.  Represénteseme  Cristo  delante  con  mucho  rigor, 
dándome  a  entender  lo  que  de  aquello  no  le  pesaba  (1).  Vile 
con  los  ojos  del  alma  más  claramente  que  le  pudiera  ver  con  los 
del  cuerpo,  y  quedóme  tan  imprimido,  que  há  esto  más  de  ven- 
tiséis  años,  y  me  parece  lo  tengo  presente.  Yo  quedé  muy  espan- 
tada, y  turbada,  y  no  quería  ver  más  a  con  quien  estaba. 

Hízome  mucho  daño  no  saber  yo  que  era  posible  ver  nada, 
si  no  era  con  los  ojos  de  el  cuerpo;  y  el  demonio,  que  me  ayudó 
a  que  lo  creyese  ansí,  y  hacerme  entender  era  imposible,  y  que 
se  me  había  antojado,  y  que  podía  ser  el  demonio,  y  otras  cosas 
de  esta  suerte;  puesto  que  siempre  me  quedaba  un  parecerme  era 
Dios,  y  que  no  era  antojo.  Mas  como  no  era  a  mi  gusto,  yo  me 
hacía  a  mí  mesma  desmentir;  y  yo,  como  no  lo  osé  tratar  con 
nadie,  y  tornó  después  a  haber  gran  importunación,  asigurándo- 
me  que  no  era  mal  ver  persona  semejante,  ni  perdía  honra,  antes 
que  la  ganaba,  torné  a  la  mesma  conversación,  y  aun  en  otros  tiem- 
pos a  otras,  porque  fué  muchos  años  los  que  tomaba  esta  recrea- 
ción pestilencial,  que  no  me  parecía  a  mí,  como  estaba  en  ello, 
tan  malo  como  era,  aunque  a  veces  claro  vía  no  era  bueno;  mas 
ninguna  no  me  hizo  el  destraimiento  que  esta  que  digo,  porque 
la  tuve  mucha  afición. 

Estando  otra  vez  con  la  mesma  persona,  vimos  venir  hacia 
nosotros,  y  otras  personas  que  estaban  allí  también  lo  vieron, 
una  cosa  a  manera  de  sapo  grande,  con  mucha  más  ligereza  que 
ellos  suelen  andar  (2).  De  la  parte  que  él  vino,  no  puedo  yo 
entender  pudiese  haber  semejante  sabandija  en  mitad  del  día, 
ni  nunca  la  habido,  y  la  operación  que  hizo  en  mí,  me  parece 
no  era  sin  misterio;  y  tampoco  esto  se  me  olvidó  jamás,  i  Oh  gran- 
deza de  Dios,  y  con  cuánto  cuidado  y  piadad  me  estábades  avisan- 
do de  todas  maneras  y  qué  poco  me  aprovechó  a  raí! 


i       E[  P.  Báñez  enmendó  el  original  poniendo;  no  le  agradaba. 

1  A  la  izquieida  de  la  puerta  reglai  de  entrada  ai  monasterio  de  la  Encarnación,  con- 
sérvase, en  la  parte  baja,  un  reducido  locutorio  donde  es  tradición  vio  la  Sama  al  sapo  de 
proporciones  desmesuradas  u  también  a  Cristo  en  la  forma  que  acaba  de  explicar  ueoe 
lincas  más  arriba. 


46  VIDA    DE     SANTA     TERESA    DE    JESÚS 

Tenía  allí  una  monja,  que  era  mi  parienta,  antigua  y  gran 
sicrva  de  Dios  y  de  mucha  religión.  Esta  también  me  avisaba 
algunas  veces ;  y  no  sólo  no  la  creía,  mas  desgustábame  con 
ella,  y  parecíame  se  escandalizaba  sin  tener  por  qué.  He  dicho 
esto  para  que  se  entienda  mi  maldad  y  la  gran  bondad  de  Dios., 
y  cuan  merecido  tenía  el  infierno  por  tan  grande  ingratitud;  y 
también  porque  si  el  Señor  ordenare  y  fuere  servido  en  algún 
tiempo  lea  esto  alguna  monja,  escarmienten  en  mí;  y  les  pido 
yo,  por  amor  de  nuestro  Señor,  huyan  de  semejantes  recrea- 
ciones. Plega  a  Su  Majestad  se  desengañe  alguna  por  mí  de 
cuantas  he  engañado,  diciéndoles  que  no  era  mal,  y  asigurando 
tan  gran  peligro  con  la  ceguedad  que  yo  tenía,  que  de  propósito 
no  las  quería  yo  engañar;  y  por  el  mal  ejemplo  que  las  di,  como 
he  dicho,  fui  causa  de  hartos  males,  no  pensando  hacía  tanto  mal. 

Estando  yo  mala  en  aquellos  primeros  días,  antes  que  su- 
piese valerme  a  mí,  me  daba  grandísimo  deseo  de  aprovechar 
a  los  otros;  tentación  muy  ordinaria  de  los  que  comienzan,  aun- 
que a  mí  me  sucedió  bien.  Como  quería  tanto  a  mi  padre,  deseá- 
bale con  el  bien,  que  yo  me  parecía  tenía  con  tener  oración,  que 
me  parecía  que  en  esta  vida  no  podía  ser  mayor  que  tener 
oración;  y  ansí  por  rodeos,  como  pude,  comencé  a  procurar  con 
él  la  tuviese.  Díle  libros  para  este  propósito.  Como  era  tan  vir- 
tuoso, como  he  dicho,  asentóse  tan  bien  en  él  este  ejercicio,  que 
en  cinco  u  seis  anos  me  parece  sería,  estaba  tan  adelante,  que 
yo  alababa  mucho  a  el  Señor  y  dábame  grandísimo  consuelo. 
Eran  grandísimos  los  trabajos  que  tuvo  de  muchas  maneras;  to- 
dos los  pasaba  con  grandísima  conformidad.  Iba  muchas  veces 
a  verme,  que  se  consolaba  en  tratar  cosas  de  Dios. 

Ya  después  que  yo  andaba  tan  destruida  y  sin  tener  ora- 
ción, como  vía  pensaba  que  era  la  que  solía,  no  lo  pude  sufrir 
sin  desengañarle;  porque  estuve  un  año,  y  más,  sin  tener  oración, 
pareciéndome  más  humildad.  Y  ésta,  como  después  diré,  fué  la 
mayor  tentación  que  tuve,  que  por  ella  me  iba  a  acabar  de  perder; 
que  con  la  oración  un  día  ofendía  a  Dios,  y  tornaba  otros  a 
recogerme  y  apartarme  más  de  la  ocasión.  Como  el  bendito 
hombre  venía  con  esto,  hacíaseme  recio  verle  tan  engañado,  en 


CAPITULO    VII  47 

quG  pensase  trataba  con  Dios  como  solía,  g  díjele  que  ya  yo 
no  tenía  oración,  aunque  no  la  causa.  Púsele  mis  enfermedades 
por  enconviniente,  que  aunque  sané  de  aquella  tan  grave,  siem- 
pre hasta  hora  las  he  tenido,  y  tengo  bien  grandes;  aunque  de 
poco  acá,  no  con  tanta  reciedumbre,  mas  no  se  quitan,  de  muchas 
maneras.  En  especial  tuve  veinte  anos  vómitos  por  las  mañanas, 
que  hasta  más  de  mediodía  me  acaecía  no  poder  desayunarme; 
algunas  veces  más  tarde.  Después  acá  que  frecuento  más  a  menudo 
las  comuniones,  es  a  la  noche  antes  que  me  acueste,  con  mucha 
más  pena,  que  tengo  yo  de  procurarle  con  plumas  u  otras  co- 
sas; porque  si  lo  dejo,  es  mucho  el  mal  que  siento,  y  casi  nunca 
estoy,  a  mi  parecer,  sin  muchos  dolores,  y  algunas  veces  bien 
graves,  en  especial  en  el  corazón;  aunque  el  mal  que  me  to- 
maba muy  contino,  es  muy  de  tarde  en  tarde;  perlesía  recia  y 
otras  enfermedades  de  calenturas  que  solía  tener  muchas  veces 
me  hallo  buena  ocho  años  ha.  De  estos  males  se  me  da  ya  tan 
poco,  que  muchas  veces  me  huelgo,  pareciéndom^  en  algo  se  sirve 
el  Señor. 

Y  mi  padre  me  creyó  que  era  esta  la  causa,  como  él  no  decía 
mentira,  y  ya,  conforme  a  lo  que  yo  trataba  con  él,  no  la  había 
yo  de  decir.  Díjele,  porque  mijor  lo  creyese,  que  bien  vía  yo 
que  para  esto  no  había  disculpa,  que  harto  hacía  en  poder  servir 
el  coro.  Y  aunaue  tampoco  era  causa  bastante  para  dejar  cosa, 
que  no  son  menester  fuerzas  corporales  para  ella,  sino  sólo  amar 
y  costumbre;  que  el  Señor  da  siempre  oportunidad  si  queremos. 
Digo  siempre,  que,  aunque  con  ocasiones,  y  aun  enfermedad, 
algunos  ratos  impida  para  muchos  ratos  de  soledad,  no  deja 
de  haber  otros  que  hay  salud  para  esto,  y  en  la  mesma  enferme- 
dad y  ocasiones,  es  la  verdadera  oración,  cuando  es  alma  que 
ama,  en  ofrecer  aquello  y  acordarse  por  quien  lo  pasa,  y  confor- 
marse con  ello  y  mil  cosas  que  se  ofrecen.  Aquí  ejercita  el  amor, 
que  no  es  por  fuerza  que  ha  de  haberla  cuando  hay  tiempo  de 
soledad,  y  lo  demás  no  ser  oración. 

Con  un  poquito  de  cuidado,  grandes  bienes  se  hallan  en  el 
tiempo  que  con  trabajos  el  Señor  nos  quita  el  tiempo  de  la 
oración;   y   ansí  los  había  yo  hallado  cuando  tenía  buena  con- 


48  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

ciencia.  Mas  él,  con  la  opinión  que  tenía  de  mi,  y  el  amor  que 
me  tenía,  todo  me  lo  creyó,  antes  me  hubo  lástima.  Mas  como 
él  estaba  ya  en  tan  subido  estado,  no  estaba  después  tanto  con- 
migo, sino,  como  me  había  visto,  íbase,  que  decía  era  tiempo 
perdido.  Como  yo  le  gastaba  en  otras  vanidades,  débaseme  poco. 
No  fué  sólo  a  él,  sino  a  otras  algunas  personas  las  que  procuré 
tuviesen  oración.  Aun  andando  yo  en  estas  vanidades,  como  las 
vía  amigas  de  rezar,  las  decía  cómo  temían  meditación,  y  les 
aprovechaba,  y  dábales  libros;  porque  este  deseo  de  que  otros 
sirviesen  a  Dios,  desde  que  comencé  oración,  como  he  dicho,  le 
tenía.  Parecíame  a  mí  que,  ya  que  yo  no  servía  al  Señor  como  lo 
entendía,  que  no  se  perdiese  lo  que  me  había  dado  Su  Majes- 
tad a  entender,  y  que  le  sirviesen  otros  por  mí.  Digo  esto,  para 
que  se  vea  la  gran  ceguedad  en  que  estaba,  que  me  dejaba  perder 
a  mí  y  procuraba  ganar  a  otros. 

En  este  tiempo  dio  a  mi  padre  la  enfermedad  de  que  murió, 
que  duró  algunos  días.  Fuíle  yo  a  curar,  estando  más  enferma 
en  el  alma  que  él  en  el  cuerpo,  en  muchas  vanidades,  aunque 
no  de  manera  que,  a  cuanto  entendía,  estuviese  en  pecado  mor- 
tal en  todo  este  tiempo  más  perdido  que  digo;  porque,  entendién- 
dolo yo,  en  ninguna  manera  lo  estuviera.  Pasé  harto  trabajo  en 
su  enfermedad;  creo  le  serví  algo  de  los  que  él  había  pasado 
en  las  mías.  Con  estar  yo  harto  mala  me  esforzaba,  y,  con  que 
en  faltarme  él  me  faltaba  todo  el  bien  y  regalo,  porque  en  un 
ser  me  le  hacía,  tuve  tan  gran  ánimo  para  no  le  mostrar  pena  y 
estar  hasta  que  murió,  como  si  ninguna  cosa  sintiera,  parecién- 
dome  se  arrancaba  mi  alma  cuando  vía  acabar  su  vida,  porque 
le  quería  mucho. 

Fué  cosa  para  alabar  a  el  Señor  la  muerte  que  murió,  y  la 
gana  que  tenía  de  morirse,  los  consejos  que  nos  daba  después 
de  haber  recibido  la  Extrama-Unción,  el  encargarnos  le  enco- 
mendásemos a  Dios,  y  le  pidiésemos  misericordia  para  él,  y  que 
siempre  le  sirviésemos;  que  mirásemos  se  acababa  todo.  Y  con 
lágrimas  nos  decía  la  pena  grande  que  tenía  de  no  haberle  él  ser- 
vido, que  quisiera  ser  un  fraile,  digo,  haber  sido  de  los  más  es- 
trechos que  hubiera.  Tengo  por  muy  cierto,  que  quince  días  an- 


CAPITULO    VII  49 

t€s  le  dio  el  Señor  a  entender  no  había  de  vivir;  porque  antes 
de  estos,  aunque  estaba  malo,  no  lo  pensaba.  Después,  con  tener 
mucha  mijoría  y  decirlo  los  médicos,  ningún  caso  hacía  de  ello, 
sino  entendía  en  ordenar  su  alma. 

Fué  su  principal  mal  de  un  dolor  grandísimo  de  espaldas, 
que  jamás  se  le  quitaba;  algunas  veces  le  apretaba  tanto,  que  le 
congojaba  mucho.  Díjele  yo,  que,  pues  era  tan  devoto  de  cuando 
el  Señor  llevaba  la  cruz  a  cuestas,  que  pensase  Su  Majestad 
le  quería  dar  a  sentir  algo  de  lo  que  había  pasado  con  aquel 
dolor.  Consolóse  tanto,  que  me  parece  nunca  más  le  oí  quejar. 
Estuvo  tres  días  muy  falto  el  sentido.  El  día  que  murió  se  le 
tornó  el  Señor  tan  entero,  que  nos  espantábamos,  y  le  tuvo  hasta 
que  a  la  mitad  del  credo,  diciéndole  él  mesmo,  expiró.  Quedó 
como  un  ángel;  ansí  me  parecía  a  mí  lo  era  él,  a  manera  de  de- 
cir, en  alma  y  dispusición,  que  la  tenía  muy  buena.  No  sé  para 
qué  he  dicho  esto,  si  no  es  para  culpar  más  mi  ruin  vida,  des- 
pués de  haber  visto  tal  muerte,  y  entender  tal  vida,  que  por 
parecerme  en  algo  a  tal  padre,  la  había  yo  de  mijorar.  Decía 
su  confesor,  que  era  Dominico,  muy  gran  letrado,  que  no  dudaba 
de  que  se  iba  derecho  al  cielo,  porque  había  algunos  años  que 
le  confesaba  y  loaba  su  limpieza  de  conciencia   (1). 


1  Parece  cierto  que  D.  Alonso  Sánchez  de  Cepeda  murió  el  24  de  Diciembre  de  1543.  La 
enfermedad  que  lo  llevó  al  sepulcro,  dice  la  Santa,  que  le  duró  algunos  días.  Quizá  al  presentir 
la  muerte,  se  movió  D.  Alonso  a  otorgar  testamento,  que  lleva  fecha  de  5  de  Diciembre  de  este 
mismo  año,  y  no  de  26  de  Diciembre  de  1544  como  afirma  D.  Miguel  Mir  (Santa  Teresa  de 
Jesús,  t.  I,  p.  144).  En  26  de  Diciembre  de  1543,  se  procedió  a  la  apertura  del  testamento  a  peti- 
ción del  señor  Lorenzo  de  Cepeda,  que  era  hermano  y  téstame r.tario  del  difunto  D.  Alonso.  En  los 
ñutos  del  pleito  a  que  dio  lugar  la  disposición  de  la  última  voluntad  del  padre  de  la  Santa,  se 
dice  textualmente:  «que  al  tiempo  que  falleció  el  dicho  Alonso  de  Cepeda,  que  fué  en  fin  del 
aflo  de  quinientos  cuarenta  g  tres  años,  el  dicho  Alartín  de  Quzm  ín»...  A  magor  abundamiento, 
todos  los  te.stigos  de  Goterrendura  llamados  a  declarar  en  el  pleiio  por  el  mes  de  Octubre  de 
1544,  dicen  «que  había  un  afto,  poco  más  o  menos,  que  era  muerto  D.  Alonso  Sánchez  de  Ce- 
peda». Daremos  en  los  Apéndices  copia  extensa  de  estos  Rutos,  tal  como  los  trae  el  P.  Ma- 
nuel, (Ms.  8.713  de  la  B.  Nacional).  Alargar  la  fecha  de  la  muerte  hasta  principios  de  1545 
como  lo  hace  el  señor  Mir  en  el  lugar  citado,   es  error  cronológico  manifiesto. 

No  se  sabe  donde  fué  enterrado  el  padre  de  la  Santa.  Algunos  escritores  (g  hacen  suya  esta 
opinión  las  Carmelitas  de  París  Oeuvtes  de  Sainte  Thérese,  t.  I,  p.  110),  afirman  que  fué  enterra- 
do en  la  iglesia  de  San  Francisco,  hoy  arruinada.  No  parece  tener  esta  opinión  fundamento  muy 
sólido.  A  mediados  del  siglo  XVII  examinó  la  sepultura  en  que  se  decía  descansar  D.  Alonso, 
el  P.  Antonio  de  la  Madre  de  Dios,  C.  D.  La  sepultura  no  era  del  padre  de  la  Santa,  sino  de 
su  tío,  seglin  rezaba  la  siguiente  inscripción:  «Aquí  yacen  los  muy  ilustres  señores  Francisco 
Alvarez  de  Cepeda  y  D.a  María  de  Ahumada,  su  mujer».  Tal  vez  la  identidad  de  apellidos  y  el 
parentesco,  dio  lugar  a  la  equivocación  indicada.  Mucho  más  probable  es  que  los  restos  de 
D.  Alonso  fueran  a  reposar  junto  a  los  de  su  segunda  mujer  D.a  Beatriz,  en  la  parroquia  de  San 
Juan.  Esta  era  la  co-stumbre  general  de  entonces,  y  no  parece  inverosímil  la  observasen  esposos 
que  tanto  se  habían  querido  en  vida. 


50  VIDñ    DE     SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

Este  Padre  Dominico  (1),  que  era  muy  bueno  y  temeroso 
de  Dios,  me  hizo  harto  provecho;  porque  me  confesé  con  el  y 
tomó  a  hacer  bien  a  mi  alma  con  cuidado,  y  hacerme  entender 
la  perdición  que  traía.  Hacíame  comulgar  de  quince  a  quince  días, 
y  poco  a  poco,  comenzándole  a  tratar,  trátele  de  mi  oración. 
Díjome  que  no  la  dejase,  que  en  ninguna  manera  me  podía  ha- 
cer sino  provecho.  Comencé  a  tornar  a  ella,  aunque  no  a  quitar- 
me de  las  ocasiones,  y  nunca  más  la  dejé.  Pasaba  una  vida  tra- 
bajosísima, porque  en  la  oración  entendía  más  mis  faltas.  Por 
una  parte  me  llamaba  Dios,  por  otra  yo  siguía  a  el  mundo.  Dá- 
banme gran  contento  todas  las  cosas  de  Dios.  Teníanme  atada 
las  del  mundo.  Parece  que  quería  concertar  estos  dos  contrarios, 
tan  enemigo  uno  de  otro,  como  es  vida  espiritual,  y  contentos, 
y  gustos  y  pasatiempos  sensuales.  En  la  oración  pasaba  gran 
trabajo,  porque  no  andaba  el  espíritu  señor,  sino  esclavo;  y  ansí 
no  me  podía  encerrar  dentro  de  mí,  que  era  todo  el  modo  de  pro- 
ceder que  llevaba  en  la  oración,  sin  encerrar  conmigo  mil  vani- 
dades. Pasé  ansí  muchos  años,  que  ahora  me  espanto,  que  sujeto 
bastó  a  sufrir,  que  no  dejase  lo  uno  u  lo  otro.  Bien  sé  que  dejar 
la  oración  no  era  ya  en  mi  mano,  porque  me  tenía  con  las  suyas 
el  que  me  quería  para  hacerme  mayores  mercedes. 

¡Oh,  válame  Dios,  si  hubiera  de  decir  las  ocasiones  que 
en  estos  años  Dios  me  quitaba,  y  cómo  me  tornaba  yo  a  meter 
en  ellas,  y  de  los  peligros  de  perder  del  todo  el  crédito  que  me 
libró!  Yo  a  hacer  obras  para  descubrir  la  que  era,  y  el  Señor 
encubrir  los  males  y  descubrir  alguna  pequeña  virtud,  si  te- 
nía, y  hacerla  grande  en  los  ojos  de  todos,  de  manera  que 
siempre  me  tenían  en  mucho;  porque,  aunque  algunas  veces 
se  traslucían  mis  vanidades,  como  vían  otras  cosas  que  les  parecían 
buenas,  no  lo  creían.  Y  era  que  había  ya  visto  el  Sabidor  de 
todas  las  cosas,  que  era  menester  ansí,  para  que  en  las  que  des- 
pués he  hablado  de  su  servicio,  me  diesen  algún  crédito,  y  mi- 
raba su  soberana  largueza,  no  los  grandes  pecados,  sino  los 
deseos  que  muchas  veces  tenía  de  servirle,  y  la  pena  por  no  tener 
fortaleza  en  mí  para  ponerlo  por  obra. 


1      El  P.  Vicente  Barión. 


CAPITULO    Vil  51 

íOh,  Señor  de  mi  alma!  ¡Cómo  podré  encarecer  las  merce- 
des que  en  estos  años  me  hicistes!  ¡Y  cómo  en  el  tiempo  que  yo 
más  os  ofendía,  en  breve  me  disponíades  con  un  grandísimo 
arrepentimiento  para  que  gustase  de  vuestros  regalos  y  mercedes! 
A  la  verdad,  tomábades,  Rey  mío,  el  más  delicado  y  penoso 
castigo  por  medio  que  para  mí  podía  ser,  como  quien  bien 
entendía  lo  que  me  había  de  ser  más  penoso.  Con  regalos  grandes 
castigábades  mis  delitos.  Y  no  creo  digo  desatino,  aunque  sería 
bien  que  estuviese  desatinada,  tornando  a  la  memoria  ahora  de 
nuevo  mi  ingratitud  y  maldad.  Era  tan  más  penoso  para  mi  con- 
dición recibir  mercedes,  cuando  había  caído  en  graves  culpas, 
que  recibir  castigos;  que  una  de  ellas  me  parece,  cierto,  me  des- 
hacía y  confundía  más  y  fatigaba,  que  muchas  enfermedades, 
con  otros  trabajos  hartos  juntos;  porque  lo  postrero  vía  lo  me- 
recía, y  parecíame  pagaba  algo  de  mis  pecados,  aunque  todo  era 
poco,  sigún  ellos  eran  muchos;  mas  verme  recibir  de  nuevo 
mercedes,  pagando  tan  mal  las  recibidas,  es  un  género  de  tor- 
mento para  mí  terrible,  y  creo  para  todos  los  que  tuvieren  algún 
conocimiento  u  amor  de  Dios,  y  esto  por  una  condición  virtuosa 
lo  podemos  acá  sacar.  Aquí  eran  mis  lágrimas  y  mi  enojo  de  ver 
lo  que  sentía,  viéndome  de  suerte  que  estaba  en  víspera  de  tornar 
a  caer,  aunque  mis  determinaciones  y  deseos  entonces,  por  aquel 
rato,  digo,  estaban  firmes. 

Gran  mal  es  un  alma  sola  entre  tantos  peligros.  Paréceme 
a  mí  que  si  yo  tuviera  con  quien  tratar  todo  esto,  que  me  ayudara 
a  no  tornar  a  caer,  siquiera  por  vergüenza,  ya  que  no  la  tenía 
de  Dios.  Por  eso  aconsejaría  yo  a  los  que  tienen  oración,  en 
especial  al  principio,  procuren  amistad  y  trato  con  otras  perso- 
nas que  traten  de  lo  mesmo;  es  cosa  importantísima,  aunque 
no  sea  sino  ayudarse  unos  a  otros  con  sus  oraciones,  cuanto  más 
que  hay  muchas  más  ganancias.  Y  no  sé  yo  por  qué  (pues  de 
conversaciones  y  voluntades  humanas,  aunque  no  sean  muy  bue- 
nas, se  procuran  amigos  con  quien  descansar,  y  para  más  gozar 
de  contar  aquellos  placeres  vanos),  se  ha  de  primitir  que  quien 
comenzare  de  veras  a  amar  a  Dios  y  a  servirle,  deje  de  '.atar 
con  algunas  personas  sus  placeres  y  trabajos,  que  de  todo  tienen 


52  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

los  que  tienen  oración.  Porque  si  es  de  verdad  el  amistad  que 
quiere  tener  con  Su  Majestad,  no  haya  miedo  de  vanagloria; 
y  cuando  el  primer  movimiento  le  acometa,  salga  de  ello  con 
mérito;  y  creo  que  el  que  tratando  con  esta  intención  lo  tratare, 
que  aprovechará  a  sí,  y  a  los  que  le  oyeren,  y  saldrá  más  ense- 
ñado;  aun  sin  entender  cómo,  enseñará  a  sus  amigos  (1). 

El  que  de  hablar  en  esto  tuviere  vanagloria,  también  la 
terna  en  oir  misa  con  devoción,  si  le  ven,  y  en  hacer  otras  cosas 
que,  so  pena  de  no  ser  cristiano,  las  ha  de  hacer,  y  no  se  han 
de  dejar  por  miedo  de  vanagloria.  Pues  es  tan  importantísimo 
esto  para  almas  que  no  están  fortalecidas  en  virtud,  como  tie- 
nen tantos  contrarios  y  amigos  para  incitar  al  mal,  que  no  sé 
cómo  lo  encarecer.  Paréceme  que  el  demonio  ha  usado  de  este 
ardid  como  cosa  que  muy  mucho  le  importa,  que  se  ascondan 
tanto  de  que  se  entienda  que  de  veras  quieren  procurar  amar 
y  contentar  a  Dios,  como  ha  incitado  se  descubran  otras  volun- 
tades mal  honestas,  con  ser  tan  usadas,  que  ya  parece  se  toma 
por  gala  y  se  publican  las  ofensas  que  en  este  caso  se  hacen 
a  Dios. 

No  sé  si  digo  desatinos;  si  lo  son,  vuestra  merced  los  rompa, 
y  si  no  lo  son,  le  suplico  ayude  a  mi  simpleza  con  añidir  aquí 
mucho;  porque  andan  ya  las  cosas  del  servicio  de  Dios  tan  fla- 
cas, que  es  menester  hacerse  espaldas  unos  a  otros:  los  que  le 
sirven,  para  ir  adelante,  sigún  se  tiene  por  bueno  andar  en  las 
vanidades  y  contentos  del  mundo,  y  para  estos  hay  pocos  ojos; 
y  si  unO  comienza  a  darse  a  Dios,  hay  tantos  que  mormuren,  que 
es  menester  buscar  compañía  para  defenderse,  hasta  que  ya  es- 
tén fuertes  en  no  les  pesar  de  padecer,  y  si  no,  veránse  en  mucho 
aprieto.  Paréceme  que  por  esto  debían  usar  algunos  santos  irse 
a  los  desiertos;  y  es  un  género  de  humildad  no  fiar  de  sí,  sino 
creer   que   para   aquellos   con   quien   conversa   le   ayudará   Dios; 


1  El  pasaje  que  componen  las  tres  últimas  líneas  de  este  párrafo,  ha  sido  uno  de  los  que 
se  han  leído  o  puntuado  mal,  alterando  no  poco  la  idea,  en  todas  las  ediciones  hechas  hasta  el 
día.  Como  se  publica  en  la  presente,  nos  parece  ciato  el  sentido  u  confome  a  lo  que  la  Santa 
quiso  significar.  Donde  el  original  (folio  XXiX)  pone  no  muy  claramente  enseñará,  Fraa  Luis 
de  León  leyó  enseñax,  u  D.  Vicente  de  la  Fuente,  en  la  edición  fotoíípica  enseñanza,  g  en  las 
otras,  como  en  la  edición  príncipe. 


CftPITüLO    VII  55 

y  crec€  la  caridad  con  ser  comunicada,  y  hay  mil  bienes  que  no 
los  osaría  decir  si  no  tuviese  gran  expiriencia  de  lo  mucho  que 
va  en  esto.  Verdad  es  que  yo  soy  más  flaca  y  ruin  que  todos 
los  nacidos;  mas  creo  no  perderá  quien  humillándose,  aunque 
sea  fuerte,  no  lo  crea  de  sí  y  creyere  en  esto  a  quien  tiene  expi- 
riencia. De  mí  sé  decir,  que  si  el  Señor  no  me  descubriera  esta 
verdad  y  diera  medios  para  que  yo  muy  ordinario  tratara  con 
personas  que  tienen  oración,  que  cayendo  y  levantando  iba  a 
dar  de  ojos  en  el  infierno;  porque  para  caer  había  muchos  ami- 
gos que  me  ayudasen;  para  levantarme  hallábame  tan  sola,  que 
ahora  me  espanto  cómo  no  me  estaba  siempre  caída,  y  alabo 
la  misericordia  de  Dios,  que  era  solo  el  que  me  daba  la  mano. 
Sea  bendito  por  siempre  jamás.  Amén, 


CAPITULO     VIII 

TRRTA  DEL  GRñN  BIEN  QUE  LE  HIZO  NO  SE  APaRTAR  DEL  TODO  DE 
LR  ORñCION  PñRñ  NO  PERDER  EL  ALMA,  Y  CUAN  EXCELENTE 
REMEDIO  ES  PARA  GANAR  LO  PERDIDO.  PERSUADE  A  QUE  TODOS 
LA  TENGAN.  DICE  COMO  ES  TAN  GRAN  GANANCIA,  Y  QUE,  AUNQUE 
LA  TORNEN  A  DEJAR^  ES  GRAN  BIEN  USAR  ALGÚN  TIEMPO  DE  TAN 
GRAN    BIEN. 


No  sin  causa  he  ponderado  tanto  este  tiempo  de  mi  vida, 
que  bien  veo  no  dará  a  nadie  gusto  ver  cosa  tan  ruin,  que  cierto 
querría  me  aborreciesen  los  que  esto  legesen,  de  ver  un  alma 
tan  pertinaz  y  ingrata  con  quien  tantas  mercedes  le  ha  hecho; 
y  quisiera  tener  licencia  para  decir  las  muchas  veces  que  en  este 
tiempo  falté  a  Dios,  por  no  estar  arrimada  a  esta  fuerte  coluna 
de  la  oración.  ' 

Pasé  este  mar  tempestuoso  casi  veinte  años  con  estas  caídas, 
y  con  levantarme  y  mal,  pues  tornaba  a  caer;  y  en  vida  tan  baja 
de  pcrfeción,  que  ningún  caso  casi  hacía  de  pecados  veniales,  y 
los  mortales,  aunque  los  temía,  no  como  había  de  ser,  pues  no 
me  apartaba  de  los  peligros.  Sé  decir  que  es  una  de  las  vidas 
penosas  que  me  parece  se  puede  imaginar;  porque  ni  yo  gozaba 
de  Dios,  ni  traía  contento  en  el  mundo.  Cuando  estaba  en  los 
contentos  de  el  mundo,  en  acordarme  lo  que  debía  a  Dios,  era  con 
pena;  cuando  estaba  con  Dios,  las  afeciones  del  mundo  me  des- 
asosegaban; ello  es  una  guerra  tan  penosa,  que  no  sé  cómo  un 
mes  la  pude  sufrir,  cuanti  más  tantos  años.  Con  todo  veo  claro 


56  VIDA    DE    SñMTA    TERESA    DE    JESUS 

la  gran  misericordia  que  el  Señor  hizo  conmigo,  ya  que  había 
de  tratar  en  el  mundo,  que  Luviese  ánimo  para  tener  oración. 
Digo  ánimo,  porque  no  sé  yo  para  qué  cosa  de  cuantas  hay  en 
él  es  menester  mayor,  que  tratar  traición  a  el  rey,  y  saber  que 
lo  sabe,  y  nunca  se  le  quitar  de  delante.  Porque,  puesto  que  siem- 
pre estamos  delante  de  Dios,  paréceme  a  mí  es  de  otra  manera 
los  que  tratan  de  oración,  porque  están  viendo  que  los  mira; 
que  los  demás  podrá  ser  estén  algunos  días,  que  aun  no  se  acuer- 
den que  los  ve  Dios. 

Verdad  es  que  en  estos  años  hubo  muchos  meses,  y  creo 
alguna  vez  año,  que  me  guardaba  de  ofender  a  el  Señor,  y  rae 
daba  mucho  a  la  oración,  y  hacía  algunas  y  hartas  diligencias 
para  no  le  venir  a  ofender.  Porque  va  todo  lo  que  escribo  dicho 
con  toda  verdad,  trato  ahora  esto.  Mas  acuérdaseme  poco  de  estos 
días  buenos,  y  ansí  debían  ser  pocos  y  muchos  (1)  de  los  ruines. 
Ratos  grandes  de  oración  pocos  días  se  pasaban  sin  tenerlos, 
si  no  era  estar  muy  mala  u  muy  ocupada.  Cuando  estaba  mala, 
estaba  mijor  con  Dios;  procuraba  que  las  personas  que  trata- 
ban conmigo  lo  estuviesen,  y  suplicábalo  a  el  Señor;  hablaba 
muchas  veces  en  El.  Ansí  que,  si  no  fué  el  año  que  tengo  dicho, 
en  veintiocho  que  ha  que  comencé  oración,  más  de  los  deciocho 
pasé  esta  batalla  y  contienda  de  tratar  con  Dios  y  con  el  mundo. 
Los  demás  que  ahora  me  quedan  por  decir,  mudóse  la  causa  de 
la  guerra,  aunque  no  ha  sido  pequeña;  mas  con  estar,  a  lo  que 
pienso,  en  servicio  de  Dios  y  con  conocimiento  de  la  vanidad 
que  es  el  mundo,  todo  ha  sido  suave,  como  diré  después. 

Pues  para  lo  que  he  tanto  contado  esto  es,  como  he  ya 
dicho,  para  que  se  vea  la  misericordia  de  Dios  y  mi  ingratitud; 
lo  otro,  para  que  se  entienda  el  gran  bien  que  hace  Dios  a  un 
alma  que  la  dispone  para  tener  oración  con  voluntad,  aunque 
no  esté  tan  dispuesta  como  es  menester,  y  cómo,  si  en  ella  per- 
severa, por  pecados,  y  tentaciones  y  caídas  de  mil  maneras  que 
ponga  el  demonio,  en  fin,  tengo  por  cierto  la  saca  el  Señor  a 
puerto  de  salvación,  como,  a  lo  que  ahora  parece,  me  ha  sacado 
a  mí.  Plega  a  Su  Majestad  no  me  torne  yo  a  perder. 


1      El  original:  mucho. 


CAPITULO    VIII  57 

El  bi€n  qu€  tiene  quien  se  ejercita  en  oración,  hay  muchos 
Santos  y  buenos  que  lo  han  escrito,  digo  oración  mental.  ¡Gloria 
sea  a  Dios  por  ello ! ;  y  cuando  no  fuera  esto,  aunque  soy  poco 
humilde,  no  tan  soberbia  que  en  esto  osara  hablar.  De  lo  que 
yo  tengo  expiriencia  puedo  decir,  y  es  que  por  males  que  haga 
quien  la  ha  comenzado,  no  la  deje;  pues  es  el  medio  por  donde 
puede  tornarse  a  remediar,  y  sin  ella  será  muy  más  dificultoso; 
y  no  le  tiente  el  demonio  por  la  manera  que  a  mí,  a  dejarla 
por  humildad;  crea  que  no  pueden  faltar  sus  palabras;  que  en 
arrepintiéndonos  de  veras  y  determinándose  a  no  le  ofender,  se 
torna  a  la  amistad  que  estaba,  y  hacer  las  mercedes  que  antes 
hacia,  y  a  las  veces  mucho  más,  si  el  arrepentimiento  lo  merece; 
y  quien  no  la  ha  comenzado  por  amor  del  Señor,  le  ruego  yo  no 
carezca  de  tanto  bien.  No  hay  aquí  que  temer,  sino  que  desear; 
porque,  cuando  no  fuere  adelante,  y  se  esforzare  a  ser  perfeto, 
que  merezca  los  gustos  y  regalos  que  a  éstos  da  Dios,  a  poco 
ganar  irá  entendiendo  el  camino  para  el  cielo;  y  si  persevera, 
espero  yo  en  la  misericordia  de  Dios,  que  nadie  le  tomó  por 
amigo  que  no  se  lo  pagase  (1);  que  no  'es  otra  cosa  oración 
mental,  a  mi  parecer,  sino  tratar  de  amistad,  estando  muchas 
veces  tratando  a  solas  con  quien  sabemos  nos  ama,  Y  si  vos 
aun  no  le  amáis,  porque  para  ser  verdadero  el  amor  y  qu2  dure 
el  amistad,  hanse  de  encontrar  las  condiciones,  la  de  el  Señor 
ya  se  sabe  que  no  puede  tener  falta,  la  nuestra  es  ser  viciosa, 
sensual,  ingrata,  no  podéis  acabar  con  vos  de  amarle  tanto  porque 
no  es  de  vuestra  condición;  mas  viendo  lo  mucho  que  os  va  en 
tener  su  amistad,  y  lo  mucho  que  os  ama,  pasáis  por  esta  pena  de 
estar  mucho  con  quien  es  tan  diferente  de  vos. 

¡Oh  bondad  infinita  de  mi  Dios,  que  me  parece  os  veo  y 
me  veo  de  esta  suerte!  jOh  regalo  de  los  ángeles,  que  toda  me 
querría,  cuando  esto  veo,  deshacer  en  amaros!  ¡Cuan  cierto  es 
sufrís  Vos  a  quien  no  os  sufre  que  estéis  con  él!  jOh  qué  buen 
amigo  hacéis,  Señor  mío,  cómo  le  vais  regalando  y  sufriendo, 
y  esperáis  a  que  se  haga  a  vuestra  condición,  y  tan  de  mientra 


1      Como    el   sentido  quedaba   suspenso   en   el   original,   Fr.  Luis  de  León  lo  completó  con 
estas  palabras:  que  no  se  lo  pagase. 


58  VIDñ    DE    SñNTñ    TERESñ    DE    JESÚS 

le  sufrís  Vos  la  suga!  Tomáis  en  cuenta,  mi  Señor,  los  ratos 
que  os  quiere,  y  con  un  punto  de  arrepentimiento  olvidáis  lo 
que  os  ha  ofendido.  H<¿  visto  esto  claro  por  mí,  y  no  veo.  Cria- 
dor mío,  por  qué  todo  el  mundo  no  se  procure  llegar  a  Vos  por 
esta  particular  amistad.  Los  malos,  que  no  son  de  vuestra  con- 
dición se  deben  llegar  (1),  para  que  nos  hagáis  buenos;  con 
que  os  sufran  estéis  con  ellos,  siquiera  dos  horas  cada  día,  aun- 
que ellos  no  estén  con  Vos,  sino  con  mil  revueltas  de  cuidados 
y  pensamientos  de  mundo,  como  yo  hacía.  Por  esta  fuerza  que 
se  hacen  a  querer  estar  en  tan  buena  compañía  (miráis  que  en 
esto  a  los  principios  no  pueden  más,  ni  después  algunas  veces), 
forzáis  vos,  Señor,  los  demonios  para  que  no  los  acometan,  y  que 
cada  día  tengan  menos  fuerza  contra  ellos,  y  dáiselas  a  ellos 
para  vencer.  Sí,  que  no  matáis  a  naide.  Vida  de  todas  las  vidas, 
de  los  que  se  fían  de  Vos,  y  de  los  que  os  quieren  por  amigo; 
sino  sustentáis  la  vida  del  cuerpo  con  más  salud  y  daisla  al 
alma. 

No  entiendo  esto  que  temen  los  que  temen  comenzar  oración 
mental,  ni  sé  de  qué  han  miedo.  Bien  hace  de  ponerle  el  demonio, 
para  hacernos  él  de  verdad  mal,  si  con  miedos  me  hace  no 
piense  en  lo  que  he  ofendido  a  Dios,  y  en  lo  mucho  que  le  debo, 
y  en  que  hay  infierno  y  hay  gloria,  y  en  los  grandes  trabajos  y 
dolores  que  pasó  por  mí.  Esta  fué  toda  mi  oración,  y  ha  sido 
cuanto  anduve  en  estos  peligros,  y  aquí  era  mi  pensar  cuando 
podía,  y  muy  muchas  veces,  algunos  años,  tenía  más  cuenta  con 
desear  se  acabase  la  hora  que  tenía  por  mí  de  estar  y  escuchar 
cuando  daba  el  reloj,  que  no  en  otras  cosas  buenas;  y  hartas 
veces  no  sé  qué  penitencia  grave  se  me  pusiera  delante  que  no 
la  acometiera  de  mijor  gana  que  recogerme  a  tener  oración. 
Y  es  cierto  que  era  tan  incomportable  la  fuerza  que  el  demonio 
me  hacía,  u  mi  ruin  costumbre,  que  no  fuese  a  la  oración,  y  la 
tristeza  que  me  daba  en  entrando  en  el  oratorio,  que  era  menes- 
ter ayudarme  de  todo  mi  ánimo  (que  dicen  no  le  tengo  peque- 
ño, y  se  ha  visto  me  le  dio  Dios  harto  más  que  de  mujer,  sino 


1      Las  palabras  «se  deben  llegar»    que   faltan   en   el    original,    fueron    puestas  en  la  edición 
príncipe. 


CAPITULO    VIII  59 

quG  le  he  empleado  mal),  para  forzarme,  g  en  fin,  me  ayudaba 
el  Señor.  Y  después  que  me  había  hecho  esta  fuerza,  me  hallaba 
con  más  quietud  y  regalo  que  algunas  veces  que  tenía  deseo  de 
rezar. 

Pues  si  a  cosa  tan  ruin  como  yo  tanto  tiempo  sufrió  el  Se- 
ñor, y  se  ve  claro,  que  por  aquí  se  remediaron  todos  mis  males, 
¿qué  persona,  por  malo  que  sea,  podrá  temer?  Porque  por  mucho 
que  lo  sea,  no  lo  será  tantos  años  después  de  haber  recibido 
tantas  mercedes  del  Señor.  ¿Ni  quién  podrá  desconfiar,  pues  a 
mí  tanto  me  sufrió,  sólo  porque  deseaba  y  procuraba  algún  lugar 
y  tiempo  para  que  estuviese  conmigo,  y  esto  muchas  veces  sin  vo- 
luntad, por  gran  fuerza  que  me  hacía  u  me  la  hacía  el  mesmo 
Señor?  Pues  si  a  los  que  no  le  sirven,  sino  que  le  ofenden,  les 
está  tan  bien  la  oración  y  les  es  tan  necesaria,  y  no  puede  naide 
hallar  con  verdad  daño  que  pueda  hacer,  que  no  fuera  mayor 
el  no  tenerla;  los  que  sirven  a  Dios  y  le  quieren  servir,  ¿por 
qué  lo  han  de  dejar?  Por  cierto,  si  no  es  por  pasar  con  más 
trabajo  los  trabajos  de  la  vida,  yo  no  lo  puedo  entender,  y  por 
cerrar  a  Dios  la  puerta,  para  que  en  ella  no  les  dé  contento. 
¡Cierto,  los  he  lástima,  que  a  su  costa  sirven  a  Dios!  Porque 
a  los  que  tratan  la  oración,  el  mesmo  Señor  les  hace  la  costa; 
pues  por  un  poco  de  trabajo,  da  gusto  para  que  con  él  se  pasen 
los  trabajos. 

Porque  de  estos  gustos  que  el  Señor  da  a  los  que  perseveran 
en  la  oración,  se  tratará  mucho,  no  digo  aquí  nada;  sólo  digo 
que  para  estas  mercedes  tan  grandes  que  me  ha  hecho  a  mí, 
es  la  puerta  la  oración;  cerrada  ésta,  no  sé  cómo  las  hará; 
porque,  aunque  quiera  entrar  a  regalarse  con  un  alma  y  regalarla, 
no  hay  por  dónde,  que  la  quiere  sola  y  limpia  y  con  gana  de 
recibirlos.  Si  le  ponemos  muchos  tropiezos,  y  no  ponemos  nada 
en  quitarlos,  ¿cómo  ha  de  venir  a  nosotros?  Y  ¡queremos  nos 
haga  Dios  grandes  mercedes! 

Para  que  vean  su  misericordia  y  el  gran  bien  que  fué  para 
mí  no  haber  dejado  la  oración  y  lición,  diré  aquí,  pues  va  tanto 
en  entender  la  batería  que  da  el  demonio  a  un  alma  para  ga- 
narla, y  el  artificio  y  misericordia  con  que  el  Señor  procura  tor- 


60  VIDñ    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

narla  a  Sí,  y  se  guarden  de  los  peligros  que  yo  no  me  guardé, 
Y  sobre  todo,  por  amor  de  nuestro  Señor,  y  por  el  grande  amor 
con  que  anda  granjeando  tornarnos  a  Sí,  pido  yo  se  guarden 
de  las  ocasiones;  porque  puestos  en  ellas,  no  hay  que  fiar, 
donde  tantos  enemigos  nos  combaten  y  tantas  flaquezas  hay  en 
nosotros,  para  defendernos. 

Quisiera  yo  saber  figurar  la  catividad  que  en  estos  tiem- 
pos traía  mi  alma,  porque  bien  entendía  yo  que  lo  estaba  y  no 
acababa  de  entender  en  qué,  ni  podía  creer  del  todo  que  lo  que 
los  confesores  no  me  agraviaban  tanto,  fuese  tan  malo  como 
yo  lo  sentía  en  mi  alma.  Díjome  uno,  yendo  yo  a  él  con  escrú- 
pulo, que,  aunque  tuviese  subida  contemplación,  no  me  eran  in- 
conveniente semejantes  ocasiones  y  tratos.  Esto  era  ya  a  la  pos- 
tre, que  yo  iba  con  el  favor  de  Dios  apartándome  más  de  los 
peligros  grandes;  mas  no  me  quitaba  del  todo  de  la  ocasión. 
Como  me  vían  con  buenos  deseos  y  ocupación  de  oración,  pa- 
recíales hacía  mucho;  mas  entendía  mi  alma  que  no  era  hacer 
lo  que  era  obligada  por  quien  debía  tanto.  Lástima  la  tengo  ahora 
de  lo  mucho  que  pasó  y  el  poco  socorro  que  de  ninguna  parte 
tenía,  sino  de  Dios,  y  la  mucha  salida  que  le  daban  para  sus  pa- 
satiempos y   contentos,   con  decir  eran  lícitos. 

Pues  el  tormento  en  los  sermones  no  era  pequeño,  y  era  afi- 
cionadísima a  ellos,  de  manera  que  si  vía  a  alguno  predicar  con 
espíritu  y  bien,  un  amor  particular  le  cobraba,  sin  procurarle  yo, 
que  no  sé  quién  me  le  ponía.  Casi  nunca  me  parecía  tan  mal  ser- 
món, que  no  le  oyese  de  buena  gana,  aunque,  al  dicho  de  los 
que  le  oían,  no  predicase  bien.  Si  era  bueno,  érame  muy  particular 
recreación.  De  hablar  de  Dios  u  oir  de  El,  casi  nunca  me  can- 
saba; esto  después  que  comencé  oración.  Por  un  cabo  tenía 
gran  consuelo  en  los  sermones,  por  otro  me  atormentaba;  por- 
que allí  entendía  yo  que  no  era  la  que  había  de  ser  con  mucha 
parte.  Suplicaba  a  el  Señor  me  ayudase,  mas  debía  faltar,  a  lo 
que  ahora  me  parece,  de  no  poner  en  todo  la  confianza  en  Su 
Majestad  y  perderla  de  todo  punto  de  mí.  Buscaba  remedio, 
hacía  diligencias;  mas  no  debía  entender  que  todo  aprovecha 
poco,  si  quitada  de  todo  punto  la  confianza  de  nosotros,  no  la 


Capitulo  Viii  61 

ponemos  en  Dios.  Deseaba  vivir,  que  bien  entendía  que  no  vivía 
sino  que  peleaba  con  una  sombra  de  muerte,  y  no  había  quien 
me  diese  vida,  y  no  la  podía  yo  tomar,  y  quien  me  la  podía  dar 
tenía  razón  de  no  socorrerme,  pues  tantas  veces  me  había  tor- 
nado a  Sí  y  yo  dejádole. 


CAPITULO     IX 


TRATA  POR  QUE  TÉRMINOS  COMENZÓ  EL  SEÑOR  A  DESPERTAR  SU  ALMA 
Y  DARLA  LUZ  EN  TAN  GRANDES  TINIEBLAS,  Y  A  FORTALECER  SUS 
VIRTUDES    PARA    NO    OFENDERLE. 


Pues  ya  andaba  mi  alma  cansada,  y  aunque  quería,  no  la 
dejaban  descansar  las  ruines  costumbres  que  tenía.  Acaecióme 
que  entrando  un  día  en  el  oratorio,  vi  una  imagen  que  habían 
traído  allí  a  guardar,  que  se  había  buscado  para  cierta  fiesta 
que  se  hacía  en  casa.  Era  de  Cristo  muy  llagado,  y  tan  devota, 
que  en  mirándola,  toda  me  turbó  de  verle  tal,  porque  representa- 
ba bien  lo  que  pasó  por  nosotros  (1).  Fué  tanto  lo  que  sentí  de 
lo  mal  que  había  agradecido  aquellas  llagas,  que  el  corazón  me 
parece  se  me  partía,  y  arrójeme  cabe  El  con  grandísimo  de- 
rramamiento de  lágrimas,  suplicándole  me  fortaleciese  ya  de  una 
vez  para  no  ofenderle. 

Era  yo  muy  devota  de  la  gloriosa  Madalena,  y  muy  muchas 
veces  pensaba  en  su  conversión,  en  especial  cuando  comulgaba; 
que  como  sabía  estaba  allí  cierto  el  Señor  dentro  de  mí,  poníame 
a  sus  pies,  pareciéndome  no  eran  de  desechar  mis  lágrimas; 
y  no  sabía  lo  que  decía,  que  harto  hacía  quien  por  sí  me  las 
consentía  derramar,  pues  tan  presto  se  me  olvidaba  aquel  sen- 


1  Esta  imagen,  que  no  representa  a  Jesús  atado  a  la  Columna,  como  algunos  han  dicho, 
sino  un  muu  lastimoso  y  tierno  Eccehomo,  venérase  todavía  en  el  Monasterio  de  la  Encar- 
nación de  Avila. 


64  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

timienío;  y  encomendábame  aquesta  gloriosa  santa  para  que 
rae  alcanzase  perdón. 

Mas  esta  postrera  vez,  de  esta  imagen  que  digo,  me  parece  me 
aprovechó  más,  porque  estaba  ya  muy  desconfiada  de  mí  y  ponía 
toda  mi  confianza  en  Dios.  Paréceme  le  dije  entonces  que  no  me 
había  de  levantar  de  allí  hasta  que  hiciese  lo  que  le  suplicaba. 
Creo  cierto  me  aprovechó,  porque  fui  mijorando  mucho  desde 
entonces.  Tenía  este  modo  de  oración,  que  como  no  podía  dis- 
currir con  el  entendimiento,  procuraba  representar  a  Cristo  den- 
tro de  mí,  y  hallábame  mijor,  a  mi  parecer,  de  las  partes  a 
donde  le  vía  más  solo.  Parecíame  a  mí  que  estando  solo  y  afli- 
gido, como  persona  necesitada,  me  había  de  admitir  a  raí.  De 
estas  siraplicidades  tenía  muchas;  en  especial  me  hallaba  muy 
bien  en  la  oración  del  Huerto,  allí  era  mi  acompañarle.  Pensaba 
en  aquel  sudor  y  aflición  que  allí  había  tenido.  Si  podía,  deseaba 
limpiarle  aquel  tan  penoso  sudor;  mas  acuerdóme  que  jamás 
osaba  determinarrae  a  hacerlo,  como  se  me  representaban  mis  pe- 
cados tan  graves.  Estábarae  allí  lo  más  que  me  dejaban  rnis 
pensamientos  con  El,  porque  eran  muchos  los  que  me  ator- 
mentaban. 

Muchos  años,  las  más  noches,  antes  que  me  durmiese,  cuan- 
do para  dormir  me  encomendaba  a  Dios,  siempre  pensaba  un 
poco  en  este  paso  de  la  oración  del  Huerto,  aun  desde  que  no 
era  monja,  porque  me  dijeron  se  ganaban  muchos  perdones;  y 
tengo  para  mí  que  por  aquí  ganó  muy  mucho  mi  alma,  porque 
comencé  a  tener  oración,  sin  saber  qué  era,  y  ya  la  costumbre 
tan  ordinaria  rae  hacía  no  dejar  esto,  como  el  no  dejar  de  san- 
tiguarme para  dormir. 

Pues  tornando  a  lo  que  decía  de  el  tormento  que  me  daban 
los  pensamientos,  éste  tiene  este  modo  de  proceder  sin  discurso 
del  entendimiento,  que  el  alma  ha  de  estar  muy  ganada  u  per- 
dida, digo  perdida  la  consideración.  En  aprovechando,  apro- 
vecha mucho,  porque  es  en  amar.  Mas  para  llegar  aquí  es  muy 
a  su  costa,  salvo  a  personas  que  quiere  el  Señor  muy  en  breve 
llegarlas  a  oración  de  quietud,  que  yo  conozco  a  algunas:  para 
las  que  van  por  aquí  es  bueno  un  libro  para  presto  recogerse. 


CAPITULO    IX  65 

Aprovechábame  a  mí  también  ver  campo  u  agua,  flores.  En  es- 
tas cosas  hallaba  yo  memoria  del  Criador;  digo,  que  me  des- 
pertaban y  recogían  y  servían  de  libro,  y  en  mi  ingratitud  y 
pecados.  En  cosas  de  el  cielo,  ni  en  cosas  subidas,  era  mi 
entendimiento  tan  grosero,  que  jamás  por  jamás  las  pude  ima- 
ginar, hasta  que  por  otro  modo  el  Señor  me  las  representó. 

Tenía  tan  poca  habilidad  para  con  el  entendimiento  repre- 
sentar cosas,  que  si  no  era  lo  que  vía,  no  me  aprovechaba  nada 
de  mi  imaginación,  como  hacen  otras  personas,  que  pueden  ha- 
cer representaciones  adonde  se  recogen.  Yo  sólo  podía  pensar 
en  Cristo  como  hombre;  mas  es  ansí  que  jamás  le  pude  repre- 
sentar en  mí,  por  más  que  leía  su  hermosura  y  vía  imagines, 
sino  como  quien  está  ciego  u  ascuras,  que,  aunque  habla  con 
una  persona,  y  ve  que  está  con  ella,  porque  sabe  cierto  que  está 
allí,  digo  que  entiende  y  cree  que  está  allí,  mas  no  la  ve.  De 
esta  manera  me  acaecía  a  mí  cuando  pensaba  en  nuestro  Señor. 
A  esta  causa  era  tan  amiga  de  imagines.  ¡Desventurados  de 
los  que  por  su  culpa  pierden  este  bien!  Bien  parece  que  no 
aman  a  el  Señor,  porque  si  le  amaran,  holgáranse  de  ver  su 
retrato,  como  acá  aun  da  contento  ver  el  de  quien  se  quiere 
bien. 

En  este  tiempo  me  dieron  las  Confesiones  de  San  Agus- 
tín (1),  que  parece  el  Señor  lo  ordenó,  porque  yo  no  las  procuré, 
ni  nunca  las  había  visto.  Yo  soy  muy  aficionada  a  San  Agustín, 
porque  el  monesterio,  adonde  estuve  seglar  era  de  su  Orden,  y 
también  por  haber  sido  pecador,  que  en  los  Santos,  que  después 
de  serlo  el  Señor  tornó  a  Sí,  hallaba  yo  mucho  consuelo,  pa- 
reciéndome  en  ellos  había  de  hallar  ayuda;  y  que,  como  los  había 
el  Señor  perdonado,  podía  hacer  a  mí;  salvo  que  una  cosa  me 
desconsolaba,  como  he  dicho,  que  a  ellos  sola  una  vez  los  había 
el  Señor  llamado,  y  no  tornaban  a  caer,  y  a  mí  eran  ya  tantas, 


1  De  las  Confesiones  de  San  Agustín  hizo  una  traducción  en  la  lengua  de  Castilla  el  por" 
tugués  P.  Sebastián  Toscano  u  dedicóla  a  D.a  Leonor  A\ascareñas,  dama  muy  distinguida  en  la 
corte  de  Felipe  II  y  grande  amiga  de  Santa  Teresa.  De  ella  habla  en  el  capítulo  XVII  del  Libro 
de  las  Fundaciones.  La  dedicatoria  de  la  traducción  lleva  fecha  de  15  de  Enero  de  1554.  (Cfr. 
Catálogo  razonado  de  los  autores  portugueses  que  escribieron  en  castellano,  por  DominflO  Gar- 
cía Peres,  AVadrid,  189Ü,  p.  550). 


66  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

que  €sto  me  fatigaba.  Mas  considerando  en  el  amor  que  me  tenía, 
tornaba  a  animarme,  que  de  su  misericordia  jamás  desconfié; 
de  mí  muchas  veces. 

¡Oh,  vélame  Dios,  cómo  me  espanta  la  reciedumbre  que 
tuvo  mi  alma,  con  tener  tantas  ayudas  de  Dios!  Háceme  estar 
temerosa  lo  poco  que  podía  conmigo,  y  cuan  atada  rae  vía  para 
no  me  determinar  a  darme  del  todo  a  Dios.  Como  comencé  a 
leer  las  Confesiones,  paréceme  me  vía  yo  allí;  comencé  a  enco- 
mendarme mucho  a  este  glorioso  Santo.  Cuando  llegué  a  su  con- 
versión y  leí  cómo  oyó  aquella  voz  en  el  Huerto,  no  me  parece 
sino  que  el  Señor  me  la  dio  a  mí,  sigún  sintió  mi  corazón. 
Estuve  por  gran  rato  que  toda  me  deshacía  en  lágrimas,  y  entre 
mí  mesma  con  gran  afleción  y  fatiga.  ¡Oh,  qué  sufre  un  alma, 
vélame  Dios,  por  perder  la  libertad  que  había  de  tener  de  ser 
señora,  y  qué  de  tormentos  padece!  Yo  me  admiro  ahora  cómo 
podía  vivir  en  tanto  tormento;  sea  Dios  alabado,  que  me  dio 
vida  para  salir  de  muerte  tan  mortal. 

Paréceme  que  ganó  grandes  fuerzas  mi  alma  de  la  Divina 
Majestad,  y  que  debía  oir  mis  clamores  y  haber  lástima  de  tantas 
lágrimas.  Comenzóme  a  crecer  la  afición  de  estar  más  tiempo 
con  El,  y  a  quitarme  de  los  ojos  las  ocasiones,  porque  quita- 
das, luego  me  volvía  a  amar  a  Su  Majestad;  que  bien  enten- 
día yo,  a  mi  parecer,  le  amaba,  mas  no  entendía  en  qué  está 
el  amar  de  veras  a  Dios,  como  lo  había  de  entender.  No  me  pa- 
rece acababa  yo  de  disponerme  a  quererle  servir,  cuando  Su 
Majestad  me  comenzaba  a  tornar  a  regalar.  No  parece  sino  que 
lo  que  otros  procuran  con  gran  trabajo  adquirir,  granjeaba  el 
Señor  conmigo,  que  yo  lo  quisiese  recibir,  que  era  ya  en  estos 
postreros  años  darme  gustos  y  regalos.  Suplicar  yo  me  los  diese, 
ni  ternura  de  devoción,  jamás  a  ello  me  atreví;  sólo  le  pedía 
me  diese  gracia  para  que  no  le  ofendiese,  y  me  perdonase 
mis  grandes  pecados.  Como  los  vía  tan  grandes,  aun  desear 
regalos,  ni  gusto,  nunca  de  advertencia  osaba.  Harto  me  parece 
hacía  su  piadad,  y  con  verdad  hacía  mucha  misericordia  conmigo 
en  consentirme  delante  de  sí  y  traerme  a  su  presencia,  que  vía 
yo,  si  tanto  El  no  lo  procura,  no  viniera.  Sola  una  vez  en  mi  vida 


CAPITULO    IX  67 

me  acuerdo  pedirle  gustos,  estando  con  mucha  sequedad;  y  como 
advertí  lo  que  hacía,  quedé  tan  confusa,  que  la  mesma  fatiga 
de  verme  tan  poco  humilde,  me  dio  lo  que  me  había  atrevido 
a  pedir.  Bien  sabía  yo  era  lícito  pedirla,  mas  parecíame  a  mí, 
que  lo  es  a  los  que  están  dispuestos,  con  haber  procurado  lo 
que  es  verdadera  devoción  con  todas  sus  fuerzas,  que  es  no  ofen- 
der a  Dios,  y  estar  dispuestos  y  determinados  para  todo  bien. 
Parecíame  que  aquellas  mis  lágrimas  eran  mujeriles  y  sin  fuerza, 
pues  no  alcanzaba  con  ellas  lo  que  deseaba.  Pues  con  todo,  creo 
me  valieron;  porque,  como  digo,  en  especial  después  de  estas 
dos  veces  de  tan  gran  compunción  de  ellas  y  fatiga  de  mi  corazón, 
comencé  más  a  darme  a  oración  y  a  tratar  menos  en  cosas  que 
me  dañasen,  aunque  aun  no  las  dejaba  del  todo,  sino,  como 
digo,  fuéme  ayudando  Dios  a  desviarme.  Como  no  estaba  Su 
Majestad  esperando  sino  algún  aparejo  en  mí,  fueron  creciendo 
las  mercedes  espirituales  de  la  manera  que  diré.  Cosa  no  usada 
darlas  el  Señor,  sino  a  los  que  están  en  más  limpieza  de  con- 
ciencia. 


CAPITULO     X 

COMIENZA  A  DECLARAR  LAS  MERCEDES  QUE  EL  SEÑOR  LA  HACIA  EN  LA 
ORACIÓN,  Y  EN  LO  QUE  NOS  PODEMOS  NOSOTROS  AYUDAR,  Y  LO 
MUCHO  QUE  IMPORTA  QUE  ENTENDAMOS  LAS  MERCEDES  QUE  EL 
SEÑOR  NOS  HACE.  PIDE  A  QUIEN  ESTO  ENVÍA,  QUE  DE  QUI  ADE- 
LANTE SEA  SECRETO  LO  QUE  ESCRIBIERE ;  PUES  LA  MANDAN  DIGA 
TAN    PARTICULARMENTE    LAS    MERCEDES    QUE    LA    HACE    EL    SEÑOR. 

Tenía  yo  algunas  veces,  como  he  dicho  (1),  aunque  con  mu- 
cha brevedad  pasaba,  comienzo  de  lo  que  ahora  diré.  Acae- 
cíame en  esta  representación  que  hacía  de  ponerme  cabe  Cristo, 
que  he  dicho,  y  aun  algunas  veces  leyendo,  venirme  a  deshora 
un  sentimiento  de  la  presencia  de  Dios,  que  en  ninguna  manera 
podía  dudar  que  estaba  dentro  de  mí,  u  yo  toda  engolfada  en 
El.  Esto  no  era  manera  de  visión;  creo  lo  llaman  mística  Teo- 
logía. Suspende  el  alma  de  suerte  que  toda  parecía  estar  fuera 
de  sí.  Ama  la  voluntad,  la  memoria  me  parece  está  casi  perdida, 
el  entendimiento  no  discurre,  a  mí  parecer,  mas  no  se  pierde; 
mas  como  digo,  no  obra  (2),  sino  está  como  espantado  de  lo 
mucho  que  entiende;  porque  quiere  Dios  entienda  que  de  aque- 
llo que  Su  Majestad  le  representa,   ninguna  cosa  entiende. 


1  En  el  capítulo  IV. 

2  Para  evitar  a  esta  frase  torcidas  interpretaciones,  se  puso  en  las  ediciones  antiguas  la 
siguiente  nota:  «Dice  que  no  obra  el  entendimiento,  porque  como  ha  dicho,  no  discurre  de  unas 
cosas  en  otras,  ni  saca  consideraciones,  porque  le  tiene  ocupado  entonces  la  grandeza  del  bien 
que  se  le  pone  delante;  pero  en  realidad  de  verdad,  si  obra,  pues  pone  los  ojos  en  lo  que 
se  le  presenta,  y  conoce  que  no  lo  puede  entender  como  es;  pues  dice:  ?io  obra,  esto  es,  no 
discurre,  sino  está  como  espantado  de  lo  mucho  que  entiende;  esto  es,  de  la  grandeza  del  objeto 
que  ve;  no  porque  entienda  mucho  dél,  sino  porque  ve  que  es  tanto  él  en  si  que  no  le  puede 
enteramente  entender». 


70  VIDi    DE    SñNTñ    TERESñ    DE    JESÚS 

Primero  había  tenido  muy  contino  una  ternura,  que  en  parte 
algo  de  ella  me  parece  se  puede  procurar:  un  regalo,  que  ni  bien 
es  todo  sensual,  ni  bien  es  espiritual;  todo  es  dado  de  Dios. 
Mas  parece  para  esto  nos  podemos  mucho  ayudar  con  consi- 
derar nuestra  bajeza  y  la  ingratitud  que  tenemos  con  Dios,  lo 
mucho  que  hizo  por  nosotros,  su  Pasión  con  tan  graves  dolo- 
res, su  vida  tan  afligida;  en  deleitarnos  de  ver  sus  obras,  su 
grandeza,  lo  que  nos  ama,  otras  muchas  cosas,  que  quien  con 
cuidado  quiere  aprovechar,  tropieza  muchas  veces  en  ellas,  aun- 
que no  ande  con  mucha  advertencia.  Si  con  esto  hay  algún 
amor,  regálase  el  alma,  enternécese  el  corazón,  vienen  lágri- 
mas; algunas  veces  parece  las  sacamos  por  fuerza,  otras  el  Se- 
ñor parece  nos  la  hace,  para  no  podernos  resistir.  Parece  nos 
paga  Su  Majestad  aquel  cuidadito  con  un  don  tan  grande,  como 
es  el  consuelo  que  da  a  un  alma  ver  que  llora  por  tan  gran  Se- 
ñor; y  no  me  espanto,  que  le  sobra  la  razón  de  consolarse.  Re- 
gálase allí,   huélgase  allí. 

Paréceme  bien  esta  comparación  que  ahora  se  me  ofrece: 
que  son  estos  gozos  de  oración,  como  deben  ser  los  que  están 
en  el  cielo,  que  como  no  han  visto  más  de  lo  que  el  Señor,  con- 
forme a  lo  que  merecen,  quiere  que  vean,  y  ven  sus  pocos  mé- 
ritos, cada  uno  está  contento  con  el  lugar  en  que  está,  con  ha- 
ber tan  grandísima  diferencia  de  gozar  a  gozar  en  el  cielo, 
mucho  más  que  acá  hay  de  unos  gozos  espirituales  a  otros, 
que  es  grandísima.  Y  verdaderamente  un  alma  en  sus  principios, 
cuando  Dios  la  hace  esta  merced,  ya  casi  le  parece  no  hay  más 
que  desear,  y  se  da  por  bien  pagada  de  todo  cuanto  ha  servido; 
y  sóbrale  la  razón,  que  una  lágrima  de  estas,  que,  como  digo, 
casi  nos  las  procuramos,  aunque  sin  Dios  no  se  hace  cosa,  no 
me  parece  a  mí  que  con  todos  los  trabajos  del  mundo  se  pue- 
de comprar,  porque  se  gana  mucho  con  ellas;  ¿y  qué  más  ga- 
nancia que  tener  algún  testimonio  que  contentamos  a  Dios? 
Ansí  que,  quien  aquí  llegare,  alábele  mucho,  conózcase  por  muy 
deudor;  porque  ya  parece  le  quiere  para  su  casa,  y  escogido  para 
su  reino,  si  no  torna  atrás. 

No  cure  de  unas  humildades  que  hay,  de  qu€  pienso  tratar, 


CAPITULO    X  71 

que  les  parece  humildad  no  entender  que  el  Señor  les  va  dando 
dones.  Entendamos  bien,  bien,  como  ello  es,  que  nos  los  da 
Dios  sin  ningún  merecimiento  nuestro,  y  agradezcámoslo  a  Su 
Majestad;  porque  si  no  conocemos  que  recibimos,  no  desperta- 
mos a.  amar.  Y  es  cosa  muy  cierta,  que  mientra  más  vemos  es- 
tamos ricos,  sobre  conocer  somos  pobres,  más  aprovechamiento 
nos  viene,  y  aun  más  verdadera  humildad.  Lo  demás  es  acobar- 
dar el  ánimo  a  parecer  que  no  es  capaz  de  grandes  bienes, 
si  en  comenzando  el  Señor  a  dárselos,  comienza  él  a  atemori- 
zarse con  miedo  de  vanagloria.  Creamos  que  quien  nos  da  los 
bienes,  nos  dará  gracia  para  que,  en  comenzando  el  demonio  a 
tentarle  en  este  caso,  lo  entienda,  y  fortaleza  para  resistir; 
digo,  si  andamos  con  llaneza  delante  de  Dios,  pretendiendo  con- 
tentar sólo  a  El,  y  no  a  los  hombres. 

Es  cosa  muy  clara  que  amamos  más  a  una  persona,  cuando 
mucho  se  nos  acuerda  las  buenas  obras  que  nos  hace.  Pues  si  es 
licito,  y  tan  meritorio,  que  siempre  tengamos  memoria  que  tenemos 
de  Dios  el  ser,  y  que  nos  crió  de  nonada,  y  que  nos  sustenta, 
y  todos  los  demás  beneficios  de  su  muerte  y  trabajos,  que  mucho 
antes  que  nos  criase  los  tenía  hechos  por  cada  uno  de  los  que 
ahora  viven,  ¿por  qué  no  será  lícito,  que  entienda  yo,  y  vea, 
y  considere  muchas  veces,  que  solía  hablar  en  vanidades,  y  que 
ahora  me  ha  dado  el  Señor,  que  no  querría  sino  hablar  sino  en 
El?  He  aquí  una  joya,  que  acordándonos  que  es  dada,  y  ya 
la  poseemos,  forzado  convida  a  amar,  que  es  todo  el  bien  de 
la  oración  fundada  sobre  humildad.  Pues,  ¿qué  será  cuando  vean 
en  su  poder  otras  joyas  más  preciosas,  como  tienen  ya  recibidas 
algunos  siervos  de  Dios,  de  menosprecio  de  mundo,  y  aun  de  sí 
jnesmos?  Está  claro,  que  se  han  de  tener  por  más  deudores  y  más 
obligados  a  servir,  y  entender  que  no  teníamos  nada  de  esto,  y  a 
conocer  la  largueza  del  Señor,  que  a  un  alma  tan  pobre  y  ruin, 
y  de  ningún  merecimiento,  como  la  mía,  que  bastaba  la  primera 
joya  de  estas,  y  sobraba  para  mí,  quiso  hacerme  con  más  rique- 
zas que  yo  supiera  desear. 

Es  menester  sacar  fuerzas  de  nuevo  para  servir,  y  procu- 
rar no  ser  ingratos;   porque  con  esa  condición  las  da  el  Seílor, 


72  VIDft    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

que  si  no  usamos  bien  dd  tesoro  y  del  gran  estado  en  que  nos 
pone,  nos  lo  tornará  a  tomar,  y  quedarnos  hemos  muy  más  po- 
bres, y  dará  Su  Majestad  las  joyas  a  quien  luzga  y  aproveche 
con  ellas  a  sí  y  a  los  otros.  Pues,  ¿cómo  aprovechará  y  gastará 
con  largueza  el  que  no  entiende  que  está  rico?  Es  imposible, 
conforme  a  nuestra  naturaleza,  a  mi  parecer,  tener  ánimo  para 
cosas  grandes,  quien  no  entiende  está  favorecido  de  Dios;  por- 
que somos  tan  miserables  y  tan  inclinados  a  cosas  de  tierra, 
que  mal  podrá  aborrecer  todo  lo  de  acá  de  hecho  con  gran  des- 
asimiento, quien  no  entiende  tiene  alguna  prenda  de  lo  de  allá; 
porque  con  estos  dones,  es  adonde  el  Señor  nos  da  la  fortale- 
za, que  por  nuestros  pecados  nosotros  perdimos.  Y  mal  deseará 
se  descontenten  todos  de  él  y  le  aborrezcan,  y  todas  las  demás 
virtudes  grandes  que  tienen  los  perfetos,  si  no  tiene  alguna  pren- 
da de  el  amor  que  Dios  le  tiene,  y  juntamente  fe  viva.  Porque 
es  tan  muerto  nuestro  natural,  que  nos  vamos  a  lo  que  presen- 
te vemos;  y  ansí  estos  mismos  favores  son  los  que  despiertan 
la  fe  y  la  fortalece.  Ya  puede  ser  que  yo,  como  soy  tan  ruin, 
juzgo  por  mí,  que  oíros  habrá  que  no  hayan  menester  más  de 
la  verdad  de  la  fe  para  hacer  obras  muy  perfetas,  que  yo,  como 
miserable,  todo  lo  he  habido  menester. 

Estos  ellos  lo  dirán;  yo  digo  lo  que  ha  pasado  por  mí,  como 
me  lo  mandan,  y  si  no  fuere  bien,  romperálo  a  quien  lo  envío, 
qu2  sabrá  mijor  entender  lo  que  va  mal  que  yo.  ñ  quien  suplico 
por  amor  áol  Señor,  lo  que  he  dicho  hasta  aquí  de  mi  ruin  vida 
y  pecados  lo  publiquen,  desde  ahora  doy  licencia,  y  a  todos 
mis  confesores,  que  ansí  lo  es  a  quien  esto  va;  y  si  quisieren 
luego  en  mi  vida,  porque  no  engañe  más  el  mundo,  que  piensan 
hay  en  mí  algún  bien;  y  cierto,  cierto,  con  verdad  digo,  a  lo 
que  ahora  entiendo  de  mí,  que  me  dará  gran  consuelo.  Para 
lo  que  de  quí  adelante  dijere,  no  se  la  doy;  ni  quiero,  si  a 
alguien  lo  mostraren,  digan  quién  es,  por  quién  pasó,  ni  quién 
lo  escribió,  que  por  esto  no  me  nombro,  ni  a  nadie,  sino  es- 
cribirlo he  todo  lo  mijor  que  pueda,  para  no  ser  conocida,  y 
ansí  lo  pido  por  amor  de  Dios.  Bastan  personas  tan  letradas 
y  graves  para  autorizar  alguna  cosa  buena,  si  el  Señor  me  diere 


CAPITULO    X  73 

gracia  para  decirla,  que  si  lo  fuere,  será  suga  y  no  mía;  por- 
que yo  sin  letras  ni  buena  vida,  ni  ser  informada  de  letrado 
ni  de  persona  ninguna;  porque  solos  los  que  me  lo  mandan  es- 
cribir (1)  saben  que  lo  escribo,  y  al  presente  no  está  aquí,  y  casi 
hurtando  el  tiempo,  y  con  pena,  porque  me  estorbo  de  hilar, 
por  estar  en  casa  pobre,  y  con  hartas  ocupaciones;  ansí  que, 
aunque  el  Señor  me  diera  más  habilidad  y  memoria,  que  aun  con 
esta  me  pudiera  aprovechar  de  lo  que  oído  u  leído,  es  poquí- 
sima la  que  tengo;  ansí  que  si  algo  bueno  dijere,  lo  quiere  el 
Señor  para  algún  bien;  lo  que  fuere  malo  será  de  mí,  y  vuestra 
merced  lo  quitará.  Para  lo  uno  ni  para  lo  otro,  ningún  prove- 
cho tiene  decir  mi  nombre.  En  vida  está  claro  que  no  s€  ha  de 
decir  de  lo  bueno;  en  muerte  no  hay  para  qué,  sino  para  que 
pierda  autoridad  el  bien,  y  no  le  dar  ningún  crédito,  por  ser 
dicho  de  persona  tan  baja  y  tan  ruin. 

Y  por  pensar  vuestra  merced  hará  esto,  que  por  amor  de 
el  Señor  le  pido,  y  los  demás  que  lo  han  de  ver,  escribo  con 
libertad;  de  otra  manera  sería  con  gran  escrúpulo,  fuera  de  de- 
cir mis  pecados,  que  para  esto  ninguno  tengo;  para  lo  demás 
basta  ser  mujer  para  caérseme  las  alas,  cuanti  más  mujer  y  ruin. 
Y  ansí  lo  que  fuere  más  de  decir  simplemente  el  discurso  de 
mi  vida,  tome  vuestra  merced  para  sí,  pues  tanto  me  ha  importu- 
nado escriba  alguna  declaración  de  las  mercedes  que  me  hace 
Dios  en  la  oración,  si  fuere  conforme  a  las  verdades  de  nuestra 
santa  fe  católica;  y  si  no,  vuestra  merced  lo  queme  luego,  que 
yo  a  esto  me  sujeto;  y  diré  lo  que  pasa  por  mí,  para  que,  cuan- 
do sea  conforme  a  esto,  podrá  hacer  a  vuestra  merced  algún  pro- 
vecho; y  si  no,  desengañará  mi  alma,  para  que  no  gane  el  demo- 
nio adonde  me  parece  gano  yo;  que  ya  sabe  el  Señor,  como  des- 
pués diré,  que  siempre  he  procurado  buscar  quien  me  dé  luz. 

Por  claro  que  yo  quiera  decir  estas  cosas  de  oración,  será 
bien  escuro  para  quien  no  tuviere  expiriencia.  Algunos  impedi- 


1      Fueron  estos  «El  Maestro  Fray  Domingo  Bánez  y  Fray  García  de  Toledo»,  dice  el  Padre 

Gracián  en  una  de  las  notas  manuscritas  que  tenía  puestas  en  un  ejemplar  de  la  primera  edición 

de  las   obras  de  la  Santa.    De   él   las   copió  el  P.  Andrés  de  la  Encarnación   en   las   Memorias 

historiales,  1.  R.,  n.  138,    como  queda  dicho  en  el  Prólogo    al   Libro  de  la  Vida   de  la  presente 

edición. 

6  * 


74  VIDñ    DE    SñNTA    TERESA    DE    JESÚS 

mentos  diré,  que  a  mi  entender  lo  son  para  ir  adelante  en  este 
camino,  y  otras  cosas  en  que  hay  peligro,  de  lo  que  el  Señor 
me  ha  enseñado  por  expiriencia,  y  después  tratádolo  yo  con 
grandes  letrados  y  personas  espirituales  de  muchos  anos,  y  ven 
que  en  solos  veinte  y  siete  años  que  ha  que  tengo  oración,  me 
ha  dado  el  Señor,  me  ha  dado  Su  Majestad  la  expiriencia,  con 
andar  en  tantos  tropiezos  y  tan  mal  este  camino,  que  a  otros  en 
cuarenta  y  siete,  y  en  treinta  y  siete,  que  con  penitencia  y  siem- 
pre virtud  han  caminado  por  él.  Sea  bendito  por  todo,  y  sírva- 
se de  mí,  por  quien  Su  Majestad  es,  que  bien  sabe  mi  Señor, 
que  no  pretendo  otra  cosa  en  esto,  sino  que  sea  alabado  y  en- 
grandecido un  poquito  de  ver  que  en  un  muladar  tan  sucio  y 
de  mal  olor,  hiciese  huerto  de  tan  suaves  flores.  Plega  a  Su  Ma- 
jestad que  por  mi  culpa  no  las  torne  yo  a  arrancar,  y  se  torne 
a  ser  lo  que  era.  Esto  pido  yo  por  amor  de  el  Señor  le  pida  vues- 
tra merced,  pues  sabe  la  que  soy  con  más  claridad  que  aquí  me  lo 
ha  dejado  decir. 


CAPITULO  XI 

DICE  EN  QUE  ESTA  LR  FALTA  DE  NO  AMAR  A  DIOS  CON  PERFECION 
EN  BREVE  tiempo;  COMIENZA  A  DECLARAR,  POR  UNA  COMPARACIÓN 
QUE  PONE,  CUATRO  GRADOS  DE  ORACIÓN;  VA  TRATANDO  AQUÍ  DEL 
PRIMERO.  ES  MUY  PROVECHOSO  PARA  LOS  QUE  COMIENZAN  Y  PARA 
LOS  QUE  NO  TIENEN  GUSTOS  EN  LA  ORACIÓN, 

Pu€s  hablando  ahora  de  los  que  comienzan  a  ser  siervos 
de  el  amor,  que  no  me  parece  otra  cosa  determinarnos  a  siguir 
por  este  camino  de  oración,  al  que  tanto  nos  amó,  es  una  dini- 
dad  tan  grande,  que  me  regalo  extrañamente  en  pensar  en  ella; 
porque  el  temor  servil  luego  va  fuera,  si  en  este  primer  estado 
vamos  como  hemos  de  ir.  ¡Oh  Señor  de  mi  alma  y  Bien  mío! 
¿Por  qué  no  quisistes  que  en  determinándose  un  alma  a  ama- 
ros, con  hacer  lo  que  puede  en  dejarlo  todo,  para  mijor  se  em- 
plear en  este  amor  de  Dios,  luego  gozase  de  subir  a  tener  este 
amor  perfeto?  Mal  he  dicho;  había  de  decir  y  quejarme,  por- 
que no  queremos  nosotros,  pues  toda  la  falta  nuestra  es  en  no 
gozar  luego  de  tan  gran  dinidad;  pues  en  llegando  a  tener  con 
perfeción  este  verdadero  amor  de  Dios,  tray  consigo  todos  los 
bienes.  Somos  tan  caros  y  tan  tardíos  de  darnos  del  todo  a 
Dios,  que,  como  Su  Majestad  no  quiere  gocemos  de  cosa  tan 
preciosa   sin   gran   precio,   no   acabamos   de   disponernos. 

Bien  veo  que  no  le  hay  con  que  se  pueda  comprar  tan  gran 
bien  en  la  tierra;  mas  si  hiciésemos  lo  que  podemos  en  no  nos 
asir  a  cosa  de  ella,  sino  que  todo  nuestro  cuidado  y  trato  fuese 


76  VIDA    DE    SANTñ    TERESA    DE    JESÚS 

en  €l  cielo,  creo  yo  sin  duda  muy  en  breve  se  nos  daría  este 
bien,  si  en  breve  del  todo  nos  dispusiésemos,  como  algunos 
santos  lo  hicieron.  Mas  parécenos  que  lo  damos  todo;  y  es 
que  ofrecemos  a  Dios  la  renta  u  los  frutos,  y  quedémonos  con 
la  raíz  y  posesión.  Determinámonos  a  ser  pobres,  y  es  de  gran 
merecimiento;  mas  muchas  veces  tornamos  a  tener  cuidado  y 
diligencia  para  que  no  nos  falte,  no  sólo  lo  necesario,  sino  lo 
superfluo,  y  a  granjear  los  amigos  que  nos  lo  den,  y  ponernos 
en  mayor  cuidado,  y,  por  ventura,  peligro,  porque  no  nos  falte, 
que  antes  teníamos  en  poseer  la  hacienda.  Parece  también  que 
dejamos  la  honra  en  ser  religiosos,  u  en  haber  ya  comenzado 
a  tener  vida  espiritual  y  a  siguir  perfeción,  y  no  nos  han  toca- 
do en  un  punto  de  honra,  cuando  no  se  nos  acuerda  la  hemos 
ya  dado  a  Dios,  y  nos  queremos  tornar  a  alzar  con  ella,  y  to- 
mársela, como  dicen,  de  las  manos,  después  de  haberle  de  nues- 
tra voluntad,  al  parecer,  hecho  Señor.  Ansí  son  todas  las  otras 
cosas. 

¡Donosa  manera  de  buscar  amor  de  Dios!  Y  luego  le  que- 
remos a  manos  llenas,  a  manera  de  decir,  tenernos  nuestras 
afeciones,  ya  que  no  procuramos  efetuar  nuestros  deseos,  y  no 
acabarlos  de  levantar  de  la  tierra;  y  muchas  consolaciones  es- 
pirituales con  esío  no  viene  bien,  ni  me  parece  se  compadece  esto 
con  estotro.  Ansí  que,  porque  no  se  acaba  de  dar  junto,  no  se 
nos  da  por  junto  este  tesoro.  Plega  el  Señor  que  gota  a  gota 
nos  le  dé  Su  Majestad,  aunque  sea  costándonos  todos  los  traba- 
jos del  mundo. 

Harto  gran  misericordia  hace  a  quien  da  gracia  y  ánimo 
para  determinarse  a  procurar  con  todas  sus  fuerzas  este  bien; 
porque  si  persevera,  no  se  niega  Dios  a  nadie;  poco  a  poco  va 
habilitando  él  el  ánimo  para  que  salga  con  esta  Vitoria,  Digo 
ánimo,  porque  son  tantas  las  cosas  que  el  demonio  pone  delante 
a  los  principios  para  que  no  comiencen  este  camino  de  hecho,  como 
quien  sabe  el  daño  que  de  aquí  le  viene,  no  sólo  en  perder 
aquel  alma,  sino  muchas.  Si  el  que  comienza  se  esfuerza  con 
el  favor  de  Dios  a  llegar  a  la  cumbre  de  la  perfición,  creo  ja- 
más va  solo  a  el  cielo,  siempre  lleva  mucha  gente  tras  sí;  como 


CAPITULO  xr  77 

a  buen  capitán,  le  da  Dios  quien  vaya  en  su  compañía.  Póneles 
tantos  peligros  y  dificultades  delante,  que  no  es  menester  poco 
ánimo  para  no  tornar  atrás,  sino  muy  mucho,  y  mucho  favor 
de  Dios. 

Pues  hablando  de  los  principios  de  los  que  ya  van  deter- 
minados a  siguir  este  bien  y  a  salir  con  esta  empresa  (que  de 
lo  demás  que  comencé  a  decir  de  mística  Teología,  que  creo 
se  llama  ansí,  diré  más  adelante),  en  estos  principios  está  todo 
el  mayor  trabajo;  porque  son  ellos  los  que  trabajan,  dando  el 
Señor  el  caudal,  que  en  los  otros  grados  de  oración  lo  más 
es  gozar,  puesto  que  primeros  y  medianos  y  postreros,  todos 
llevan  sus  cruces,  aunque  diferentes;  que  por  este  camino  que 
fué  Cristo  han  de  ir  los  que  le  siguen,  si  no  se  quieren  perder; 
y  bienaventurados  trabajos,  que  aun  acá  en  la  vida  tan  sobra- 
damente se  pagan.  Habré  de  aprovecharme  de  alguna  compara- 
ción, aunque  yo  las  quisiera  excusar  por  ser  mujer,  y  escribir 
simplemente  lo  que  me  mandan;  mas  este  lenguaje  de  espíritu 
es  tan  malo  de  declarar  a  los  que  no  saben  letras,  como  yo, 
que  habré  de  buscar  algún  modo,  y  podrá  ser  las  menos  veces 
acierte  a  que  venga  bien  la  comparación;  servirá  de  dar  re- 
creación a  vuestra  merced  de  ver  tanta  torpeza.  Paréceme  ahora 
a  mí  que  he  leído  u  oído  esta  comparación,  que  como  tengo 
mala  memoria,  ni  sé  adonde,  ni  a  qué  propósito;  mas  para 
el  mío  ahora  conténtame. 

Ha  de  hacer  cuenta  el  que  comienza,  que  comienza  a  hacer 
un  huerto  en  tierra  muy  infrutuosa,  que  lleva  muy  malas  yerbas, 
para  que  se  deleite  el  Señor.  Su  Majestad  arranca  las  malas 
yerbas,  y  ha  de  plantar  las  buenas.  Pues  hagamos  cuenta  que 
está  ya  hecho  esto  cuando  se  determina  a  tener  oración  un  alma, 
y  lo  ha  comenzado  a  usar;  y  con  ayuda  de  Dios,  hemos  de 
procurar,  como  buenos  hortelanos,  que  crezcan  estas  plantas  y 
tener  cuidado  de  regarlas,  para  que  no  se  pierdan,  sino  que  ven- 
gan a  echar  flores  que  den  de  sí  gran  olor,  para  dar  recreación 
a  este  Señor  nuestro,  y  ansí  se  venga  a  deleitar  muchas  veces 
a  esta  huerta  y   a  holgarse  entre  estas  virtudes. 

Pues  veamos  ahora  de  la  manera  que  se  puede  regar  para 


78  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

que  entendamos  lo  que  hemos  de  hacer,  y  el  trabajo  que  nos  ha 
de  costar,  si  es  mayor  que  la  ganancia,  u  hasta  qué  tanto  tiempo 
se  ha  de  tener.  Parcceraie  a  mí  que  se  puede  regar  de  cuatro  ma- 
neras: u  con  sacar  el  agua  de  un  pozo,  que  es  a  nuestro  gran 
trabajo;  u  con  noria  y  arcaduces,  que  se  saca  con  un  torno  (yo 
lo  he  sacado  algunas  veces),  es  a  menos  trabajo  que  estotro,  y 
sácase  más  agua;  u  de  un  río  u  arroyo;  esto  se  riega  muy  mijor, 
que  queda  más  harta  la  tierra  de  agua,  y  no  se  ha  menester  regar 
tan  a  menudo  y  es  a  menos  trabajo  mucho  del  hortolano  (1);  u 
con  llover  mucho,  que  lo  riega  el  Señor  sin  trabajo  ninguno 
nuestro,  y  es  muy  sin  comparación  mijor  que  todo  lo  que 
queda  dicho. 

Ahora,  pues,  aplicadas  estas  cuatro  maneras  de  agua  de 
que  se  ha  de  sustentar  este  huerto,  porque  sin  ella  perderse  ha,  es 
lo  que  a  mí  me  hace  al  caso,  y  ha  parecido  que  se  podrá  declarar 
algo  de  cuatro  grados  de  oración,  en  que  el  Señor,  por  su  bon- 
dad, ha  puesto  algunas  veces  mi  alma.  Plega  a  su  bondad  atine 
a  decirlo,  de  manera  que  aproveche  a  una  de  las  personas  que  esto 
me  mandaron  escribir  (2),  que  la  ha  traído  el  Señor  en  cuatro 
meses,  harto  más  adelante  que  yo  estaba  en  decisiete  años.  Hasc 
dispuesto  mijor,  y  ansí  sin  trabajo  suyo  riega  este  verjel  con 
todas  estas  cuatro  aguas,  aunque  la  postrera  aun  no  se  le  da 
sino  a  gotas ;  mas  va  de  suerte,  que  presto  se  engolfará  en 
ella,  con  ayuda  del  Señor;  y  gustaré  se  ría,  si  le  pareciere  des- 
atino,  la  manera  del   declarar. 

De  los  que  comienzan  a  tener  oración,  podemos  decir  son 
los  que  sacan  el  agua  del  pozo;  que  es  muy  a  su  trabajo,  como 
tengo  dicho,  que  han  de  cansarse  en  recoger  los  sentidos;  que 
como  están  acostumbrados  a  andar  derramados,  es  harto  tra- 
bajo. Han  menester  irse  acostumbrando  a  no  se  les  dar  nada  de 
ver  ni  oír,  y  aun  ponerlo  por  obra  las  horas  de  la  oración,  sino 
estar  en  soledad,  y  apartados  pensar  su  vida  pasada;  aunque 
esto,  primeros  y  postreros,  todos  lo  han  de  hacer  muchas  ve- 


1  Como  se  habrá  observado,  la  Santa  escribe  de  dos  maneras  esta  palabra;  en  este  pasaje, 
folio  43,  línea  26  del  autógrafo,  puso  hortelano,  rj  lo  corrigió  luego  poi  hortolano. 

2  «El  P.  Pedro  Ibáñez»,  dice  el  P.  Gracián  en  el  lugar  aniba  citado. 


CAPITULO    XI  79 

CCS.  Hay  más  y  menos  de  pensar  en  esto,  como  después  diré. 
Al  principio  aun  da  pena,  que  no  acaban  de  entender  que  se 
arrepienten  de  los  pecados;  y  sí  hacen,  pues  se  determinan  a 
servir  a  Dios  tan  de  veras.  Han  de  procurar  tratar  de  la  vida 
de  Cristo,  y  cánsase  el  entendimiento  en  esto.  Hasta  aquí  po- 
demos adquirir  nosotros,  entiéndese  con  el  favor  de  Dios,  que 
sin  éste  ya  se  sabe  no  podemos  tener  un  buen  pensamiento.  Esto 
es  comenzar  a  sacar  agua  del  pozo;  y  aun  plega  a  Dios  lo  quiera 
tener,  mas  al  menos  no  queda  por  nosotros,  que  ya  vamos  a  sa- 
carla, y  hacemos  lo  que  podemos  para  regar  estas  flores.  Y  es 
Dios  tan  bueno,  que,  cuando  por  lo  que  Su  Majestad  sabe,  por 
ventura  para  gran  provecho  nuestro,  quiere  que  esté  seco  el 
pozo,  haciendo  lo  que  es  en  nosotros,  como  buenos  hortolanos, 
sin  agua  sustenta  las  flores  y  hace  crecer  las  virtudes.  Llamo 
agua  aquí  las  lágrimas,  y  aunque  no  las  haya,  la  ternura  y  sen- 
timiento interior  de  devoción. 

¿Pues  qué  hará  aquí  el  que  ve  que  en  muchos  días  no  hay 
sino  sequedad,  y  desgusto  y  desabor;  y  tan  mala  gana  para  venir 
a  sacar  el  agua,  que  si  no  se  le  acordase  que  hace  placer  y  ser- 
vicio al  Señor  de  la  huerta,  y  mirase  a  no  perder  todo  lo  servi- 
do, ij  aun  lo  que  espera  ganar  del  gran  trabajo  que  es  echar 
muchas  veces  el  caldero  en  el  pozo  y  sacarle  sin  agua,  lo  de- 
jaría todo?  Y  muchas  veces  le  acaecerá,  aun  para  esto,  no  se 
le  alzar  los  brazos,  ni  podría  tener  un  buen  pensamiento:  que 
este  obrar  con  el  entendimiento,  entendido  va  que  es  el  sacar 
agua  del  pozo.  Pues  como  digo,  ¿qué  hará  aquí  el  hortolano? 
Alegrarse  y  consolarse,  y  tener  por  grandísima  merced  de  tra- 
bajar en  huerto  de  tan  gran  Emperador;  y  pues  sabe  le  contenta 
en  aquello,  y  su  intento  no  ha  de  ser  contentarse  a  sí,  sino  a 
El,  alábele  mucho,  que  hace  de  él  confianza,  pues  ve  que  sin  pa- 
garle nada,  tiene  tan  gran  cuidado  de  lo  que  le  encomendó;  y 
ayúdele  a  llevar  la  cruz,  y  piense  que  toda  la  vida  vivió  en  ella, 
y  no  quiera  acá  su  reino  ni  deje  jamás  la  oración;  y  ansí  se 
determine,  aunque  para  toda  la  vida  le  dure  esta  sequedad,  no 
dejar  a  Cristo  caer  con  la  cruz;  tiempo  verná  que  se  lo  pague 
por  junto.  No  haya  miedo  que  se  pierda  el  trabajo,  a  buen  amo 


80  VIDñ    DE    SñNTñ    TERESA    DE    JESÚS 

sirve,  mirándole  está,  no  haga  caso  de  malos  pensamientos;  mire 
que  también  los  representaba  el  demonio  a  San  Jerónimo  en 
el  desierto  (1). 

Su  precio  se  tienen  estos  trabajos,  que,  como  quien  los  pasó 
muchos  años,  que  cuando  una  gota  de  agua  sacaba  de  este  bendi- 
to pozo,  pensaba  me  hacía  Dios  merced.  Sé  que  son  grandísimos, 
y  me  parece  es  menester  más  ánimo  que  para  otros  muchos  traba- 
jos de  el  mundo.  Mas  he  visto  claro  que  no  deja  Dios  sin  gran 
premio,  aun  en  esta  vida,  porque  es  ansí  cierto,  que  una  hora 
de  las  que  el  Señor  me  ha  dado  de  gusto  de  Sí,  después  acá  me 
parece  quedan  pagadas  todas  las  congojas  que  en  sustentarme  en 
la  oración  mucho  tiempo  pasé.  Tengo  para  mí,  que  quiere  el  Se- 
ñor dar  muchas  veces  a  el  principio,  y  otras  a  la  postre,  estos 
tormentos,  g  otras  muchas  tentaciones,  que  se  ofrecen,  para  pro- 
bar a  sus  amadores  y  saber  si  podrán  beber  el  cáliz  y  ayudarle 
a  llevar  la  cruz,  antes  que  ponga  en  ellos  grandes  tesoros.  Y 
para  bien  nuestro  creo  nos  quiere  Su  Majestad  llevar  por  aquí, 
para  que  entendamos  bien  lo  poco  que  somos;  porque  son  de  tan 
gran  dinidad  las  mercedes  de  después,  que  quiere  por  expirien- 
cia  veamos  antes  nuestra  miseria,  primero  que  nos  las  dé;  por- 
que no  nos  acaezca  lo  que  a  Lucifer. 

¿Qué  hacéis  Vos,  Señor  mío,  que  no  sea  para  mayor  bien 
de  el  alma,  que  entendéis  que  es  ya  vuestra,  y  que  se  pone  en 
vuestro  poder,  para  siguiros  por  donde  fuer  des  (2)  hasta  muerte 
de  Cruz,  y  que  está  determinada  ayudárosla  a  llevar  y  a  no 
dejaros  solo  con  ella?  Quien  viere  en  sí  esta  determinación... 
¡no,  no  hay  que  temer,  gente  espiritual;  no  hay  por  qué  se 
afligir!;  puesto  ya  en  tan  alto  grado,  como  es  querer  tratar  a 
solas  con  Dios,  y  dejar  los  pasatiempos  de  el  mundo,  lo  más 
está  hecho.  Alabad  por  ello  a  Su  Majestad,  y  fiad  de  su  bondad, 
que   nunca  faltó   a  sus   amigos.   Atapados   los  ojos  de  pensar, 


1  Alude  a  la  epístola  22  del  Santo  ad  Eustochium,  en  que  le  da  cuenta  de  lo  mucho  que 
sufría,  porque  su  imaginación,  aun  en  la  vasta  soledad  eremítica  a  que  se  había  retirado,  le  traía 
muy  al  vivo  las  pompas  y  disoluciones  de  la  Roma  pagana.  «O  quoties  ego  ipse  in  eremo  con- 
stitutus,  et  in  illa  vasta  solitudine  quae  exusta  solis  ardoribus  horridum  monachls  praestat  habi- 
taculum,  putabam  me  romanis  interesse  deliciis». 

2  Por  fuéredes. 


CñPITÜLO    XI  81 

¿por  qué  da  aquél  de  tan  pocos  días  devoción,  y  a  mí  no  en 
tantos  afios?  Creamos  es  todo  para  más  bien  nuestro;  guíe 
Su  Majestad  por  donde  quisiere;  ga  no  somos  nuestros,  sino 
suyos;  harta  merced  nos  hace  en  querer  que  queramos  cabar  en 
su  huerto,  y  estamos  cabe  el  Señor  de  él,  que  cierto  está  con 
nosotros.  Si  El  quiere  que  crezcan  estas  plantas  y  flores,  a 
unos  con  dar  agua,  que  saquen  de  este  pozo,  a  otros  sin  ella, 
¿qué  se  me  da  a  mí?  Haced  vos,  Señor,  lo  que  quisierdes  (1), 
no  os  ofenda  yo,  no  se  pierdan  las  virtudes,  si  alguna  me  ha- 
béis ya  dado,  por  sola  vuestra  bondad;  padecer  quiero,  Señor, 
pues  Vos  padecisteis.  Cúmplase  en  mí  de  todas  maneras  vuestra 
voluntad;  y  no  plega  a  Vuestra  Majestad,  que  cosa  de  tanto 
precio  como  vuestro  amor,  se  dé  a  gente  que  os  sirve  sólo  por 
gustos. 

Hase  de  notar  mucho,  y  dígolo  porque  lo  sé  por  expiriencia, 
que  el  alma  que  en  este  camino  de  oración  mental  comienza  a 
caminar  con  determinación  y  puede  acabar  consigo  de  no  hacer 
mucho  caso,  ni  consolarse,  ni  desconsolarse  mucho,  porque  fal- 
ten estos  gustos  y  ternura  u  la  dé  el  Señor,  que  tiene  andado 
gran  parte  de  el  camino;  y  no  haya  miedo  de  tornar  atrás,  aun- 
que más  tropiece,  porque  va  comenzado  el  edificio  en  firme 
fundamento.  Sí,  que  no  está  el  amor  de  Dios  en  tener  lágrimas, 
ni  estos  gustos  y  ternura  que  por  la  mayor  parte  los  deseamos 
y  consolamos  con  ellos;  sino  en  servir  con  justicia  y  fortaleza 
de  ánimo  y  humildad.  Recibir,  más  me  parece  a  mí  eso,  que  no 
dar  nosotros  nada. 

Para  mujercitas  como  yo,  flacas  y  con  poca  fortaleza,  me 
parece  a  mí  conviene,  como  Dios  ahora  lo  hace,  llevarme  con 
regalos;  porque  pueda  sufrir  algunos  trabajos  que  ha  querido 
Su  Majestad  tenga;  mas  para  siervos  de  Dios,  hombres  de  tomo, 
de  letras,  de  entendimiento,  que  veo  hacer  tanto  caso  de  que 
Dios  no  los  da  devoción,  que  me  hace  desgusto  oirlo.  No  digo 
yo  que  no  la  tomen,  si  Dios  se  la  da,  y  la  tengan  en  mucho, 
porque  entonces  verá  Su  Majestad  que  conviene;  mas  que  cuando 


1      Por  qmsiéredes. 


82  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÜS 

no  la  tuvieren,  que  no  se  fatiguen,  y  que  entiendan  que  no  es 
menester,  pues  Su  Majestad  no  la  da,  y  anden  señores  de  si  mes- 
mos.  Crean  que  es  falta;  go  lo  he  probado  y  visto.  Crean  que 
es  imperfeción  y  no  andar  con  libertad  de  espíritu,  sino  flacos 
para  acometer. 

Esto  no  lo  digo  tanto  por  los  que  comienzan,  aunque  pongo 
tanto  en  ello,  porque  les  importa  mucho  comenzar  con  esta  li- 
bertad y  determinación,  sino  por  otros;  que  habrá  muchos  que 
lo  ha  que  comenzaron  y  nunca  acaban  de  acabar;  y  creo  es  gran 
parte  este  no  abrazar  la  cruz  desde  el  principio,  que  andarán 
afligidos,  pareciéndoles  no  hacen  nada.  En  dejando  de  obrar  el 
entendimiento,  no  lo  pueden  sufrir;  y  por  ventura  entonces  en- 
gorda la  voluntad  y  toma  fuerza,  y  no  lo  entienden  ellos.  Hemos 
de  pensar  que  no  mira  el  Señor  en  estas  cosas,  que,  aunque  a  nos- 
otros nos  parecen  faltas,  no  lo  son;  ya  sabe  Su  Majestad  nuestra 
miseria  y  bajo  natural,  mijor  que  nosotros  mesmos;  y  sabe  que 
ya  estas  almas  desean  siempre  pensar  en  El  y  amarle.  Esta  de- 
terminación es  la  que  quiere.  Estotro  afligimiento  que  nos  da- 
mos, no  sirve  de  más  de  inquietar  el  alma,  y  si  había  de  estar 
inhábil  para  aprovechar  una  hora,  que  lo  esté  cuatro.  Porque  muy 
muchas  veces  (yo  tengo  grandísima  expiriencia  dello,  y  sé  que 
es  verdad,  porque  lo  he  mirado  con  cuidado  y  tratado  después 
a  personas  espirituales),  que  viene  de  indispusición  corporal,  que 
somos  tan  miserables,  que  participa  esta  encarceladita  de  esta  po- 
bre alma  de  las  miserias  de  el  cuerpo;  y  las  mudanzas  de  los 
tiempos  y  las  vueltas  de  los  humores  muchas  veces  hacen  que, 
sin  culpa  suya,  no  pueda  hacer  lo  que  quiere,  sino  que  padezca 
de  todas  maneras;  y  mientra  más  la  quieren  forzar  en  estos 
tiempos,  es  peor,  y  dura  más  el  mal;  sino  que  haya  discreción 
para  ver  cuando  es  de  esto,  y  no  la  ahoguen  a  la  pobre.  Entien- 
dan son  enfermos;  múdese  la  hora  de  la  oración,  y  hartas  veces 
será  algunos  días. 

Pasen  como  pudieren  este  destierro,  que  harta  mala  ventura 
es  de  un  alma  que  ama  a  Dios,  ver  que  vive  en  esta  miseria,  y 
que  no  puede  lo  que  quiere,  por  tener  tan  mal  huésped  como 
este  cuerpo.  Dije  con  discrición,  porcfue  alguna  vez  el  demonio 


CAPITULO    XI  83 

lo  hará;  y  ansí  €s  bien,  ni  siempre  dejar  la  oración  cuando  hay 
gran  distraimiento  y  turbación  en  el  entendimiento,  ni  siempre 
atormentar  el  alma  a  lo  que  no  puede.  Otras  cosas  hay  exteriores 
de  obras  de  caridad  y  de  lición,  aunque  a  veces  aun  no  estará 
para  esto.  Sirva  entonces  a  el  cuerpo  por  amor  de  Dios,  porque 
otras  veces  muchas  sirva  él  a  el  alma;  y  tome  algunos  pasatiem- 
pos santos  de  conversaciones,  que  lo  sean,  u  irse  al  campo,  como 
aconsejare  el  confesor.  Y  en  todo  es  gran  cosa  la  expiriencia, 
que  da  a  entender  lo  que  nos  conviene,  y  en  todo  se  sirve  Dios. 
Suave  es  su  yugo,  y  es  gran  negocio  no  traer  el  alma  arrastrada, 
como  dicen,  sino  llevarla  con  su  suavidad,  para  su  mayor  apro- 
vechamiento. 

Ansí  que  torno  a  avisar,  y  aunque  lo  diga  muchas  veces  no 
va  nada,  que  importa  mucho,  que  de  sequedades,  ni  de  inquietud, 
y  destraimiento  en  los  pensamientos,  naide  se  apriete  ni  aflija. 
Si  quiere  ganar  libertad  de  espíritu  y  no  andar  siempre  atri- 
bulado, comience  a  no  se  espantar  de  la  cruz,  y  vera  cómo  se 
la  ayuda  también  a  llevar  el  Señor,  y  con  el  contento  que  anda 
y  el  provecho  que  saca  de  todo;  porque  ya  se  ve  que  si  el  pozo 
no  mana,  que  nosotros  no  podemos  poner  el  agua.  Verdad  es  que 
no  hemos  de  estar  descuidados,  para  que  cuando  la  haya,  sacar- 
la; porque  entonces  ya  quiere  Dios  por  este  medio  multiplicar 
las  virtudes. 


CAPITULO     XÍI 

« 

PROSICÜUE  EN  ESTE  PRIMER  ESTADO;  DICE  HñSTñ  DONDE  PODEMOS 
LLEGAR  CON  EL  FAVOR  DE  DIOS  POR  NOSOTROS  MESMOS  Y  EL  DAÑO 
QUE  ES  QUERER,  HASTA  QUE  EL  SEÑOR  LO  HAGA,  SUBIR  EL  ESPÍRITU 
ñ    COSAS    SOBRENATURALES    Y   EXTRAORDINARIAS.' 


Lo  que  he  pretendido  dar  a  entender  en  este  capítulo  pa- 
sado, aunque  me  he  divertido  mucho  en  otras  cosas,  por  parccer- 
rne  muy  necesarias,  es  decir  hasta  lo  que  podemos  nosotros  ad- 
quirir, y  cómo  en  esta  primera  devoción  podemos  nosotros  ayu- 
darnos algo;  porque  en  pensar  y  escudrinar  lo  que  el  Señor  pasó 
por  nosotros,  muévenos  a  compasión,  y  es  sabrosa  esta  pena  y 
las  lágrimas  que  proceden  de  aquí;  y  de  pensar  la  gloria  que 
esperamos  y  el  amor  que  el  Señor  nos  tuvo  y  su  resurreción, 
muévenos  a  gozo,  que  ni  es  del  todo  espiritual,  ni  sensual,  sino 
gozo  virtuoso,  y  la  pena  muy  meritoria.  De  esta  manera  son  todas 
las  cosas  que  causan  devoción  adquirida  con  el  entendimiento 
en  parte,  aunque  no  podía  merecer  ni  ganar,  si  no  la  da  Dios. 
Estále  muy  bien  a  un  alma,  que  no  la  ha  subido  de  aquí,  no  pro- 
curar subir  ella;  y  nótese  esto  mucho,  porque  no  le  aprove- 
chará más  de  perder. 

Puede  en  este  estado  hacer  muchos  atos  para  determinarse 
a  hacer  mucho  por  Dios,  y  despertar  el  amor;  otros  para  ayudar 
a  crecer  las  virtudes,  conforme  a  lo  que  dice  un  libro  llamado 
Arte  de  servir  a  Dios  (1),  que  es  muy  bueno  y  apropiado  para 


Imprimióse  por  primeía  vez  el  excelente  libro  Mtte  de  servir  a  Dios  del  piadoso  francis- 


86  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

los  que  están  en  este  estado,  porque  obra  el  entendimiento. 
Puede  representarse  delante  de  Cristo,  y  acostumbrarse  a  enamo- 
rarse mucho  de  su  sagrada  Humanidad,  y  traerle  siempre  con- 
sigo y  hablar  con  El,  pedirle  para  sus  necesidades,  y  quejársele 
de  sus  trabajos,  alegrarse  con  El  en  sus  contentos,  y  no  olvi- 
darle por  ellos,  sin  procurar  oraciones  compuestas,  sino  palabras 
conforme  a  sus  deseos  y  necesidad.  Es  ecelente  manera  de  apro- 
vechar y  muy  en  breve;  y  quien  trabajare  a  traer  consigo  esta 
preciosa  compañía,  y  se  aprovechare  mucho  de  ella,  y  de  veras 
cobrare  amor  a  este  Señor,  a  quien  tanto  debemos,  yo  le  doy 
por  aprovechado. 

Para  esto  no  se  nos  ha  de  dar  nada  de  no  tener  devoción,  como 
tengo  dicho,  sino  agradecer  a  el  Señor  que  nos  deja  andar  deseo- 
sos de  contentarle,  aunque  sean  flacas  las  obras.  Este  modo 
de  traer  a  Cristo  con  nosotros  aprovecha  en  todos  estados,  y  es 
un  medio  sigurísimo  para  ir  aprovechando  en  el  primero  y  llegar 
en  breve  a  el  sigundo  grado  de  oración,  y  para  los  postreros 
andar  siguros  de  los  peligros  que  el  demonio  puede  poner. 

Pues  esto  es  lo  que  podemos;  quien  quisiere  pasar  de  aquí 
y  levantar  el  espíritu  a  sentir  gustos,  que  no  se  los  dan,  es  per- 
der lo  uno  y  lo  otro,  a  mi  parecer;  porque  es  sobrenatural,  y 
perdido  el  entendimiento,  quédase  el  alma  desierta  y  con  mucha 
sequedad.  Y  como  este  edificio  todo  va  fundado  en  humildad, 
mientra  más  llegados  a  Dios,  más  adelante  ha  de  ir  esta  virtud, 
y  si  no,  va  todo  perdido.  Y  parece  algún  género  de  soberbia 
querer  nosotros  subir  a  más,  pues  Dios  hace  demasiado,  sigún 
somos,  en  allegarnos  cerca  de  Sí.  No  se  ha  de  entender  que  digo 
esto  por  el  subir  con  el  pensamiento  a  pensar  cosas  altas  de 
el  cielo  u  de  Dios,  y  las  grandezas  que  allá  hay  y  su  gran  sa- 
biduría; porque  aunque  yo  nunca  lo  hice  (que  no  tenía  habi- 
lidad, como  he  dicho,  y  me  hallaba  tan  ruin,  que  aun  para  pensar 
cosas  de  la  tierra,  me  hacía  Dios  merced  de  que  entendiese  esta 
verdad,  que  no  era  poco  atrevimiento,  cuanti  más  para  las  del 


cano  P.  Alonso  de  Madrid,  en  Sevilla,  año  1521.  Dentro  del  mismo  siglo  XVI  alcanzó  muchas 
reimpresiones.  Una  edición  de  esta  obra  ha  sido  hecha  en  Valencia  en  1903  por  el  P.  Jaime  Sola, 
o.  F.  M.  Se  ha  publicado  también  en  la  Nueva  Biblioteca  de  autores  españoles,  Madrid,  1911. 


CAPITULO    XII  87 

cielo),  otras  personas  se  aprovecharán,  en  especial  si  tienen  le- 
tras, que  es  un  gran  tesoro  para  este  ejercicio,  a  mi  parecer, 
si  son  con  humildad.  De  unos  días  acá  lo  he  visto  por  algunos 
letrados,  que  ha  poco  que  comenzaron  g  han  aprovechado  muy 
mucho;  y  esto  me  hace  tener  grandes  ansias  porque  muchos 
fuesen  espirituales,  como  adelante  diré  (1). 

Pues  lo  que  digo  no  se  suban  sin  que  Dios  los  suba,  es  len- 
guaje de  espíritu;  entenderme  ha  quien  tuviere  alguna  expiriencia, 
que  yo  no  lo  sé  de  decir,  si  por  aquí  no  se  entiende.  En  la 
mística  Teología  que  comencé  a  decir,  pierde  de  obrar  el  en- 
tendimiento, porque  le  suspende  Dios  (2),  como  después  de- 
clararé más,  si  supiere,  y  El  me  diere  para  ello  su  favor.  Pre- 
sumir ni  pensar  de  suspenderle  nosotros,  es  lo  que  digo  no  se 


1  Muchos  fueron  los  que  con  la  conversación  edificativa  de  Santa  Teresa  aprovecharon 
sus  almas.  Merecen  especial  mención  los  PP.  Pedro  Ibáñez,  Domingo  Báñez  y  García  de  Tole- 
do, de  la  Orden  de  Santo  Domingo;  el  P.  Baltasar  Alvarez,  de  la  Compañía  de  Jesús,  g  más 
tarde,  el  P.  Jerónimo  Gracián,  que  fué,  sin  duda,  la  persona  a  quien  más  en  este  mundo  amó  en 
Dios  la  inmortal  Reformadora.  Acerca  de  los  buenos  efectos  del  trato  espiritual  con  Santa  Teresa, 
declaró  D.  Juan  Carrillo,  secretario  del  Obispo  de  Avila,  D.  Alvaro  de  Mendoza,  y  después  del 
cardenal  archiduque  Alberto,  en  las  Informaciones  de  Madrid  de  1595:  «Muchas  veces  oyó  este 
testigo  a  la  dicha  Madre  Teresa  de  Jesús  tratar  de  Nuestro  Señor  con  un  amor  y  fervor  tan 
grande,  que  pegaba  a  quien  la  oía  y  encendía  grandes  deseos  de  agradar  a  Dios.  Y  de  la 
oración  decía  tan  altas  cosas  y  tan  conformes  al  dictamen  de  la  razón,  que  admiraban  a  cual- 
quiera grande  entendimiento,  y  dejaba  en  él  una  satisfacción  muy  grande  de  que  aquello  era  del 
cielo,  y  que  el  Espíritu  Santo  alumbraba  aquella  alma,  y  ansí  fueron  infinidad  de  ellas  las  que 
redujo...  Porque  la  fuerza  que  tenía  en  decir  en  esta  parte,  parecía  más  que  humana,  y  era  con 
tanta  suavidad  y  caridad,  que  atraía  a  cuantos  la  hablaban...  Y  su  trato  de  ordinario  era  de 
oración,  y  jamás  trataba  con  una  persona  que  no  la  inclinase  a  esto,  y  saliesen  los  que  con 
ella  trataban  con  grandes  deseos  de  imitar  lo  que  ella  decía  y  hacía».  (Cfr.  Memorias  histo- 
riales, 1.  P.,  n.  66). 

2  En  la  edición  de  las  Obras  de  la  Santa  hecha  en  Salamanca  en  1589,  se  puso  aquí  esta 
nota,  entonces  muy  conveniente  y  que  hoy  tampoco  huelga,  «El  suspender  Dios  el  pensamiento 
o  entendimiento  de  que  habla  aquí  la  Santa  Madre,  y  lo  llama  mística  Teología,  es  presentarle 
delante  un  bulto  de  cosas  sobrenaturales  y  divinas  y  infundir  en  él  gran  copia  de  luz  para  que 
las  vea  con  una  vista  simple  y  sin  discurso,  ni  consideración,  ni  trabajo.  Y  esto  con  tanta  fuerza 
que  no  puede  atender  a  otra  cosa,  ni  divertirse.  Y  no  para  el  negocio  en  solo  ver  y  admirar,  sino 
pasa  la  luz  a  la  voluntad,  y  tórnase  fuego  en  ella  que  la  enciende  en  amor.  De  manera,  que 
quien  esto  padece,  por  el  tiempo  que  lo  padece,  tiene  el  entendimiento  enclavado  en  lo  que  ve, 
y  espantado  dello,  y  la  voluntad  ardiendo  en  amor  dello  mismo,  y  la  memoria  del  todo  ociosa; 
porque  el  alma  ocupada  con  el  gozo  presente  no  admite  otra  memoria.  Pues  deste  elevamiento  o 
suspensión,  dice,  que  es  sobrenatural,  quiere  decir,  que  nuestra  alma  en  ello  más  propiamente  pa- 
dece que  hace.  Y  dice  que  nadie  presuma  elevarse  desta  manera  antes  que  le  eleven;  lo  uno 
porque  excede  toda  nuestra  industria,  y  así  será  en  balde;  lo  otro,  porque  será  falta  de  humildad. 
Y  avisa  desto  la  Santa  Madre  con  grande  causa,  porque  hay  libros  de  oración  que  aconsejan  a 
los  que  oran,  que  suspendan  el  pensamiento  totalmente,  y  que  no  figuren  en  la  imaginación  cosa 
ninguna,  ni  aún  resuellen,  de  que  sucede  quedarse  fríos  y  indevotos».  Para  la  inteligencia  de  esta 
y  de  otras  frases  que  emplea  la  Santa  y  los  escritores  místicos,  es  digno  de  recomendación  el 
breve,  claro  y  docto  tratado  que  compuso  el  P.  Diego  de  San  José,  C.  D.,  que  ha  venido 
publicándose  con  las  obras  de  S.  Juan  de  la  Cruz,  bajo  el  título  de  Hpuntamientos  y  adverten- 
cias en  tres  discursos.  Puede  verse  en  la  nueva  edición  de  los  escritos  del  Santo,  que  ha  pu- 
blicado en  Toledo  el  P.  Gerardo  de  San  Juan  de  la  Cruz,  t.  III,  p.  465. 


8o  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESUS 

haga,  ni  se  deje  de  obrar  con  él,  porque  nos  quedaremos  bobos 
y  fríos,  y  ni  haremos  lo  uno  ni  lo  otro;  que  cuando  el  Señor 
le  suspende  y  hace  parar,  dale  de  qué  se  espante  y  se  ocupe, 
y  que  sin  discurrir  entienda  más  en  un  credo  que  nosotros  pode- 
mos entender  con  todas  nuestras  diligencias  de  tierra  en  muchos 
años.  Ocupar  las  potencias  del  alma  y  pensar  hacerlas  estar  que- 
das, es  desatino.  Y  torno  a  decir  que,  aunque  no  se  entiende,  es 
de  no  gran  humildad,  aunque  no  con  culpa,  con  pena  sí,  que  será 
trabajo  perdido,  y  queda  el  alma  con  un  desgustillo  como  quien 
va  a  saltar  y  la  asen  por  detrás,  que  ya  parece  ha  empleado 
su  fuerza  y  hállase  sin  efetuar  lo  que  con  ella  quería  hacer; 
y  en  la  poca  ganancia  que  queda,  verá,  quien  lo  quisiere  mirar, 
esto  poquillo  de  falta  de  humildad  que  he  dicho.  Porque  esto 
tiene  ecelente  esta  virtud,  que  no  hay  obra,  a  quien  ella  acom- 
pañe, que  deje  el  alma  desgustada.  Paréceme  lo  he  dado  a  en- 
tender, y  por  ventura  será  sola  para  mí.  ñbra  el  Señor  los  ojos 
de  los  que  lo  leyeren  con  la  expiriencia,  que  por  poca  que  sea, 
luego  lo  entenderán. 

Hartos  años  estuve  yo  que  leía  muchas  cosas  y  no  enten- 
día nada  de  ellas;  y  mucho  tiempo  que,  aunque  me  lo  daba  Dios, 
palabra  no  sabía  decir  para  darlo  a  entender,  que  no  me  ha 
costado  esto  poco  trabajo.  Cuando  Su  Majestad  quiere,  en  un 
punto  lo  enseña  todo,  de  manera  que  yo  me  espanto.  Una  cosa 
puedo  decir  con  verdad,  que  aunque  hablaba  con  muchas  per- 
sonas espirituales,  que  querían  darme  a  entender  lo  que  el  Se- 
ñor me  daba  para  que  se  lo  supiese  decir,  y  es  cierto  que  era 
tanta  mi  torpeza,  que  poco  ni  mucho  me  aprovechaba,  u  quería 
el  Señor,  como  Su  Majestad  fué  siempre  mi  maestro,  (sea  por 
todo  bendito,  que  harta  confusión  es  para  mí  poder  decir  esto 
con  verdad),  que  no  tuviese  a  nadie  que  agradecer;  y  sin  que- 
rer, ni  pedirlo  (que  en  esto  no  he  sido  nada  curiosa,  porque 
fuera  virtud  serlo,  sino  en  otras  vanidades),  dármelo  Dios  en 
un  punto  a  entender  con  toda  claridad  y  para  saberlo  decir, 
de  manera  que  se  espantaban,  y  yo  más  que  mis  confesores,  por- 
que entendía  mijor  mi  torpeza.  Esto  ha  poco,  y  ansí  lo  que  el 
Señor  no  me  ha  enseñado  no  lo  procuro,  sino  es  lo  que  toca  a 
mi  conciencia. 


CAPITULO    XII  89 

Torno  otra  vez  a  avisar  que  va  mucho  en  no  subir  el  espí- 
ritu, si  el  Señor  no  le  subiere;  qué  cosa  es,  se  entiende  luego. 
En  especial  para  mujeres  es  más  malo,  que  podrá  el  demonio 
causar  alguna  ilusión,  aunque  tengo  por  cierto,  no  consiente  el 
Señor  dañe  a  quien  con  humildad  se  procura  llegar  a  El;  antes 
sacará  más  provecho  y  ganancia  por  donde  el  demonio  le  pensare 
hacer  perder.  Por  ser  este  camino  de  los  primeros  más  usado,  y 
importan  mucho  los  avisos  que  he  dado,  me  he  alargado  tanto,  y 
habránlos  escrito  en  otras  partes  muy  mijor,  yo  lo  confieso,  y  que 
con  harta  confusión  y  vergüenza  lo  he  escrito,  aunque  no  tanta 
como  había  de  tener.  Sea  el  Señor  bendito  por  todo,  que  a  una 
como  yo  quiere  y  consiente  hable  en  cosas  suyas,  tales  y  tan 
subidas. 


7  * 


©ñPITULO    xin 

PROSIGUE  EN  ESTE  PRIMER  ESTñDO  Y  PONE  AVISOS  PARA  ALGUNAS 
TENTACIONES  QUE  EL  DEMONIO  SUELE  PONER  ALGUNAS  VECES. 
DA  AVISOS  PARA  ELLAS.  ES  MUY  PROVECHOSO. 


Hamc  parecido  decir  algunas  tentaciones  que  he  visto  que 
se  tienen  a  los  principios,  y  algunas  tenido  yo,  y  dar  algunos 
avisos  de  cosas  que  me  parecen  necesarias.  Pues  procúrese  a 
los  principios  andar  con  alegría  y  libertad;  que  hay  algunas  per- 
sonas que  parece  se  les  ha  de  ir  la  devoción,  si  se  descuidan 
un  poco.  Bien  es  andar  con  temor  de  sí,  para  no  se  fiar  poco 
ni  mucho  de  ponerse  en  ocasión  donde  suele  ofender  a  Dios,  que 
esto  es  muy  necesario,  hasta  estar  ya  muy  enteros  en  la  virtud. 
Y  no  hay  muchos  que  lo  puedan  estar  tanto,  que  en  ocasiones 
aparejadas  a  su  natural,  se  puedan  descuidar.  Que  siempre,  mien- 
tra vivimos,  aun  por  humildad,  es  bien  conocer  nuestra  mise- 
rable naturaleza;  mas  hay  muchas  cosas  adonde  se  sufre,  como 
he  dicho,  tomar  recreación,  aun  para  tornar  a  la  oración  más 
fuertes.  En  todo  es  menester  discreción. 

•  Tener  gran  confianza,  porque  conviene  mucho  no  apocar  los 
deseos,  sino  creer  de  Dios  que,  si  nos  esforzamos  poco  a  poco, 
aunque  no  sea  luego,  podremos  llegar  a  lo  que  muchos  santos 
con  su  favor;  que  si  ellos  nunca  se  determinaran  a  desearlo  y 
poco  a  poco  a  ponerlo  por  obra,  no  subieran  a  tan  alto  estado. 
Quiere  Su  Majestad  y  es  amigo  de  ánimas  animosas,  como  va- 
yan con  humildad  y  ninguna  confianza  de  sí;   y  no  he  visto  a 


92  VIDñ    DE    SñNTñ    TERESA    DE    JESÚS 

ninguna  de  éstas  que  quede  baja  en  este  camino,  ni  ninguna  alma 
cobarde,  con  amparo  de  humildad,  que  en  muchos  años  ande  lo 
que  estotros  en  muy  pocos.  Espántame  lo  mucho  que  hace  en  este 
camino  animarse  a  grandes  cosas;  aunque  luego  no  tenga  fuer- 
zas el  alma,  da  un  vuelo  y  llega  a  mucho,  aunque  como  avecita 
que  tiene  pelo  malo,  cansa  y  queda. 

Otro  tiempo  traía  yo  delante  muchas  veces  lo  que  dice  San 
Pablo,  que  todo  se  puede  en  Dios  (1);  en  mí  bien  entendía 
no  podía  nada.  Esto  me  aprovechó  mucho,  y  lo  que  dice  San 
Agustín:  Dame,  Señor,  lo  qae  me  mandas,  y  manda  lo  que  qui- 
sieres (2).  Pensaba  muchas  veces  que  no  había  perdido  nada 
San  Pedro  en  arrojarse  en  la  mar  aunque  después  temió  {3). 
Estas  primeras  determinaciones  son  gran  cosa,  aunque  en  este 
primer  estado  es  menester  irse  más  detiniendo  y  atados  a  la 
discreción  y  parecer  de  maestro;  mas  han  de  mirar  que  sea 
tal,  que  no  los  enseñe  a  ser  sapos,  ni  que  se  contente  con  que 
se  muestre  el  alma  a  sólo  cazar  lagartijas.  Siempre  la  humildad 
delante  para  entender  que  no  han  de  venir  estas  fuerzas  de 
las   nuestras. 

Mas  es  menester  entendamos  cómo  ha  de  ser  esta  humJldad; 
porque  creo  el  demonio  hace  mucho  daño  para  no  ir  muy  ade- 
lante gente  que  tiene  oración,  con  hacerlos  entender  mal  de  la 
humildad,  haciendo  que  nos  parezca  soberbia  tener  grandes  de- 
seos ij  querer  imitar  a  los  santos  y  desear  ser  mártires.  Luego 
nos  dice  u  hace  entender  que  las  cosas  de  los  santos  son  para 
admirar,  mas  no  para  hacerlas  los  que  somos  pecadores.  Esto 
también  lo  digo  yo;  mas  hemos  de  mirar  cuál  es  de  espantar  y 
cuál  de  imitar.  Porque  no  sería  bien  si  una  persona  flaca  y  en- 
ferma se  pusiese  en  muchos  ayunos  y  penitencias  ásperas,  yéndo- 
se a  un  desierto,  adonde  ni  pudiese  dormir,  ni  tuviese  qué  co- 
mer u  cosas  semejantes;  mas  pensar  que  nos  podemos  esfor- 
zar, con  el  favor  de  Dios,  a  tener  un  gran  desprecio  de  mundo, 
un  no  estimar  honra,  un  no  estar  atado  a  la  hacienda;   que  te- 


1  DMip..  IV,  13. 

2  «Da  quod  jubes  et  jube  quod  vis».  (Conf.,  1.  X,  c.  XXIX). 

3  Matth.,  XIV,  30. 


CAPITULO    XIII  93 

n€mos  unos  corazones  tan  apretados,  que  parece  nos  ha  de 
faltar  la  tierra,  en  quiriéndonos  descuidar  un  poco  de  el  cuer- 
po y  dar  a  el  espíritu.  Luego  parece  ayuda  a  el  recogimiento 
tener  muy  bien  lo  que  es  menester,  porque  los  cuidados  inquie- 
tan a  la  oración. 

De  esto  me  pesa  a  mí,  que  tengamos  tan  poca  confianza  de 
Dios,  y  tanto  amor  propio,  que  nos  inquiete  ese  cuidado.  Y  es 
ansí,  que  a  donde  está  tan  poco  medrado  el  espíritu  como  esto, 
unas  naderías  nos  dan  tan  gran  trabajo,  como  a  otros  cosas  gran- 
des y  de  mucho  tomo,  y  en  nuestro  seso  presumimos  de  espiri- 
tuales. Paréceme  ahora  a  mí  esta  manera  de  caminar,  un  querer 
concertar  cuerpo  y  alma  para  no  perder  acá  el  descanso  y  go- 
zar allá  de  Dios;  y  ansí  será  ello  si  se  anda  en  justicia,  y  va- 
mos asidos  a  virtud;  mas  es  paso  de  gallina:  nunca  con  él  se 
llegará  a  la  libertad  de  espíritu.  Manera  de  proceder  muy  buena 
me  parece  para  estado  de  casados,  que  han  de  ir  conforme  a 
su  ilamamiento;  mas  para  otro  estado,  en  ninguna  manera  deseo 
tal  manera  de  aprovechar,  ni  me  harán  creer  es  buena,  porque 
la  he  probado;  y  siempre  rne  estuviera  ansí,  si  el  Señor,  por 
su  bondad,  no  me  enseñara  otro  atajo. 

Aunque  en  esto  de  deseos  siempre  los  tuve  grandes,  mas 
procuraba  esto  que  he  dicho,  tener  oración,  mas  vivir  a  mi  pla- 
cer. Creo,  si  hubiera  quien  me  sacara  a  volar,  más  me  hubiera 
puesto  en  que  estos  deseos  fueran  con  obra;  mas  hay  por  nues- 
tros pecados  tan  pocos,  tan  contados,  que  no  tengan  discreción 
demasiada  en  este  caso,  que  creo  es  harta  causa  para  que  los  que 
comienzan  no  vayan  más  presto  a  gran  perfeción;  porque  el 
Señor  nunca  falta  ni  queda  por  El;  nosotros  somos  los  fal- 
tos y  miserables. 

También  se  pueden  imitar  los  santos  en  procurar  soledad  y 
silencio  y  otras  muchas  virtudes,  que  no  nos  matarán  estos  ne- 
gros cuerpos,  que  tan  concertadamente  se  quieren  llevar  para 
desconcertar  el  alma;  y  el  demonio  ayuda  mucho  a  hacerlos  in- 
hábiles cuando  ve  un  poco  de  temor.  No  quiere  él  más  para 
hacernos  entender  que  todo  nos  ha  de  matar  y  quitar  la  salud; 
hasta  tener  lágrimas  nos  hace  temer  de  cegar.   He  pasado  por 


94  VIDñ    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

esto,  y  por  eso  lo  sé;  y  no  sé  yo  qué  mijor  vista  ni  salud  po- 
demos desear  que  perderla  por  tal  causa.  Como  soy  tan  enfer- 
ma, hasta  que  me  determiné  en  no  hacer  caso  del  cuerpo  ni  de 
la  salud,  siempre  estuve  atada,  sin  valer  nada;  y  ahora  hago 
bien  poco.  Mas  como  quiso  Dios  entendiese  este  ardid  de  el 
demonio,  y  como  me  ponía  delante  el  perder  la  salud,  decía  yo: 
poco  va  en  que  me  muera.  ¡Sí!...  i  el  descanso!...  ¡No  he  ya 
menester  descanso,  sino  cruz.  Ansí  otras  cosas.  Vi  claro  que  en 
muy  muchas,  aunque  yo  de  hecho  soy  harto  enferma,  que  era 
tentación  de  el  demonio  u  flojedad  mía;  que  después  que  no 
estoy  tan  mirada  y  regalada,  tengo  mucha  más  salud.  Ansí  que 
va  mucho  a  los  principios  d€  comenzar  oración  a  no  amilanar  los 
pensamientos,  y  créanme  esto,  porque  lo  tengo  por  expiriencia; 
y  para  que  escarmienten  en  mí,  aun  podría  aprovechar  decir 
estas  mis  faltas. 

Otra  tentación  es  luego  muy  ordinaria,  que  es  desear  que 
todos  sean  muy  espirituales,  como  comienzan  a  gustar  del  sosiego 
y  ganancia  que  es.  El  desearlo  no  es  malo;  el  procurarlo  podría 
ser  no  bueno,  si  no  hay  mucha  discreción  y  disimulación  en 
hacerse  de  manera  que  no  parezca  enseñan;  porque  quien  hu- 
biere de  hacer  algún  provecho  en  este  caso,  es  menester  que 
tenga  las  virtudes  muy  fuertes  para  que  no  dé  tentación  a  los 
otros.  Acaecióme  a  mí,  y  por  eso  lo  entiendo,  cuando,  como 
he  dicho,  procuraba  que  otras  tuviesen  oración,  que,  como  por 
una  parte  me  vían  hablar  grandes  cosas  de  el  gran  bien  que 
era  tener  oración,  y  por  otra  parte  me  vían  con  gran  pobreza 
de  virtudes,  tenerla  yo,  traíalas  tentadas  ij  desatinadas.  Y  con 
harta  razón,  que  después  me  lo  han  venido  a  decir;  porque  no 
sabían  cómo  se  podía  compadecer  lo  uno  con  lo  otro;  y  era 
causa  de  no  tener  por  malo  lo  que  de  suyo  lo  era,  por  ver  que 
lo  hacía  yo  algunas  veces,  cuando  les  parecía  algo  bien  de  mí. 

Y  esto  hace  el  demonio,  que  parece  se  ayuda  de  las  virtu- 
des que  tenemos  buenas  para  autorizar  en  lo  que  puede  el  mal 
que  pretende,  que,  por  poco  que  sea,  cuando  es  en  una  comuni- 
dad, debe  ganar  mucho,  cuanti  más  que  lo  que  yo  hacía  malo 
era  muy   mucho.   Y   ansí,   en  muchos   años,   solas  tres  se  apro- 


CAPITULO    XIII  95 

vecharon  de  lo  que  les  decía  (1);  y  después  que  ya  el  Señor 
me  había  dado  más  fuerzas  en  la  virtud,  se  aprovecharon  en 
dos  u  tres  años  muchas,  como  después  diré.  Y  sin  esto,  hay 
otro  gran  inconveniente,  que  es  perder  el  alma;  porque  lo  más 
que  hemos  de  procurar  al  principio  es  sólo  tener  cuidado  de 
sí  sola  y  hacer  cuenta  que  no  hay  en  la  tierra  sino  Dios  y  ella; 
y  esto  es  lo  que  le  conviene  mucho. 

Da  otra  tentación  (y  todas  van  con  un  celo  de  virtud  que 
es  menester  entenderse  y  andar  con  cuidado),  de  pena  de  los  pe- 
cados y  faltas  que  ven  en  los  otros.  Pone  el  demonio  que  es  sólo 
la  pena  de  querer  que  no  ofendan  a  Dios  y  pesarle  por  su  honra, 
y  luego  querrían  remediarlo.  Inquieta  esto  tanto,  que  impide  la 
oración;  y  el  mayor  daño  es  pensar  que  es  virtud  y  perfeción 
y  gran  celo  de  Dios.  Dejo  las  penas  que  dan  pecados  públicos, 
si  los  hubiese  en  costumbre,  de  una  Congregación,  u  daños 
de  la  Ilesia,  de  estas  herejías,  adonde  vemos  perder  tantas  almas; 
que  ésta  es  muy  buena,  y  como  lo  es  buena,  no  inquieta.  Pues 
lo  siguro  será  del  alma  que  tuviere  oración  descuidarse  de  todo 
y  de  todos,  y  tener  cuenta  consigo  y  con  contentar  a  Dios. 
Esto  conviene  muy  mucho,  porque  si  hubiese  de  decir  los  ye- 
rros que  he  visto  suceder,   fiando  en  la  buena  intención... 

Pues  procuremos  siempre  mirar  las  virtudes  y  cosas  bue- 
nas que  viéremos  en  los  otros,  y  atapar  sus  defetos  con  nuestros 
grandes  pecados.  Es  una  manera  de  obrar,  que,  aunque  luego 
no  se  haga  con  perfeción,  se  viene  a  ganar  una  gran  virtud, 
que  es  tener  a  todos  por  mijores  que  nosotros,  y  comiénzase 
a  ganar  por  aquí,  con  el  favor  de  Dios  (que  es  menester  en  todo, 
y  cuando  falta,  excusadas  son  las  diligencias),  y  suplicarle  nos 
dé  esta  virtud,  que  con  que  las  hagamos,  no  falta  a  nadie.  Miren 
también  este  aviso  los  que  discurren  mucho  con  el  entendimien- 
to, sacando  muchas  cosas  de  una  cosa  y  muchos  concetos;  que 
de  los  que  no  pueden  obrar  con  él,  como  yo  hacia,  no  hay 
que  avisar,   sino  que  tengan  paciencia,   hasta  que  el  Señor  les 


1  Estas  tres  personas  fueron,  según  el  P.  Gracián,  María  de  S.  Pablo,  Ana  de  los  Angeles 
U  D.8  María  de  Cepeda.  Lo  mismo  dice  la  M,  María  de  S.  José,  hermana  del  V.  Padie  Gracián. 
(Cíi.  Ms.  12.&3Ó  de  la  Biblioteca  Nacional). 


96  VIDñ    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

dé  €n  qué  se  ocupen  y  luz,  pues  ellos  pueden  tan  poco  por  sí, 
que  antes  los  embaraza  su  entendimiento  que  los  ayuda. 

Pues  tornando  a  los  que  discurren,  digo  que  no  se  les  vaya 
todo  el  tiempo  en  esto;  porque,  aunque  es  muy  meritorio,  no 
les  parece,  como  es  oración  sabrosa,  que  ha  de  haber  día  de 
domingo,  ni  rato  que  no  sea  trabajar.  Luego  les  parece  es  per- 
dido el  tiempo,  y  tengo  yo  por  muy  ganada  esta  pérdida;  sino 
que,  como  he  dicho,  se  representen  delante  de  Cristo,  y  sin 
cansancio  del  entendimiento  se  estén  hablando  y  regalando  con 
El,  sin  cansarse  en  componer  razones,  sino  presentar  necesida- 
des, y  la  razón  que  tiene  para  no  nos  sufrir  allí.  Lo  uno  un 
tiempo,  y  lo  otro  otro;  porque  no  se  canse  el  alma  de  comer 
siempre  un  manjar.  Estos  son  muy  gustosos  y  provechosos;  si 
el  gusto  se  usa  a  comer  de  ellos,  train  consigo  gran  sustentamien- 
to para  dar  vida  a  el  alma  y  muchas  ganancias. 

Quiéreme  declarar  más,  porque  estas  cosas  de  oración  to- 
das son  dificultosas,  y  si  no  se  halla  maestro,  muy  malas  de 
entender.  Y  esto  hace  que,  aunque  quisiera  abreviar,  y  bastaba 
para  el  entendimiento  bueno  de  quien  me  mandó  escribir  estas 
cosas  de  oración  sólo  tocarlas,  mi  torpeza  no  da  lugar  a  decir 
y  dar  a  entender  en  pocas  palabras  cosa  que  tanto  importa  de- 
clararla bien.  Que  como  yo  pasé  tanto,  he  lástima  a  los  que 
comienzan  con  solos  libros,  que  es  cosa  extraña  cuan  diferente- 
mente se  entiende  de  lo  que  después  de  cxpirimentado  se  ve. 
Pues  tornando  a  lo  que  decía,  ponémonos  a  pensar  un  paso  de 
la  Pasión,  digamos  el  de  cuando  estaba  el  Señor  a  la  coluna. 
Anda  el  entendimiento  buscando  las  causas  que  allí  da  a  entender, 
los  dolores  grandes  y  pena  que  Su  Majestad  ternía  en  aquella 
soledad,  y  otras  muchas  cosas  que,  si  el  entendimiento  es  obra- 
dor, podrá  sacar  de  aquí,  u  que  si  es  letrado,  es  el  modo  de  ora- 
ción en  que  han  de  comenzar,  y  de  mediar  y  acabar  todos,  y 
muy  ecelente  y  siguro  camino,  hasta  que  el  Señor  los  lleve 
a  otras  cosas  sobrenaturales. 

Digo  todos,  porque  hay  muchas  almas  que  aprovechan  más 
en  otras  meditaciones  que  en  la  de  la  Sagrada  Pasión.  Que, 
ansí  como  hay  muchas  mors^das  en  el  cielo,  hay  muchos  caminos. 


CAPITULO  xiri  97 

Algunas  personas  aprovechan  considerándose  en  el  infierno,  y 
otras  en  el  cielo,  y  se  afligen  en  pensar  en  el  infierno,  otras 
en  la  muerte.  Algunas,  si  son  tiernas  de  corazón,  se  fatigan 
mucho  de  pensar  siempre  en  la  Pasión,  y  se  regalan  y  apro- 
vechan en  mirar  el  poder  y  grandeza  de  Dios  en  las  criaturas, 
y  el  amor  que  nos  tuvo,  que  en  todas  las  cosas  se  representa. 
Y  es  admirable  manera  de  proceder,  no  dejando  muchas  veces 
la  Pasión  y  vida  de  Cristo,  que  es  de  donde  nos  ha  venido 
y  viene  todo  el  bien. 

Ha  menester  aviso  el  que  comienza  para  mirar  en  lo  que 
aprovecha  más.  Para  esto  es  muy  necesario  el  maestro,  si  es 
expirimentado,  que  si  no,  mucho  puede  errar,  y  traer  un  alma 
sin  entenderla  ni  dejarla  a  sí  mesma  entender;  porque,  como 
sabe  que  es  gran  mérito  estar  sujeta  a  maestro,  no  osa  salir 
de  lo  que  le  manda.  Yo  he  topado  almas  acorraladas  y  afligi- 
das por  no  tener  expiricncia  quien  las  enseñaba,  que  me  hacían 
lástima,  y  alguna  que  no  sabía  ya  qué  hacer  de  sí;  porque 
no  entendiendo  el  espíritu,  afligen  alma  y  cuerpo,  y  estorban 
el  aprovechamiento.  Una  trató  conmigo  que  la  tenía  el  maestro 
atada  ocho  años  había,  a  que  no  la  dejaba  salir  de  propio 
conocimiento,  y  teníala  ya  el  Señor  en  oración  de  quietud,  y 
ansí  pasaba  mucho  trabajo. 

Y  aunqu€  esto  del  conocimiento  propio  jamás  se  ha  de  dejar, 
ni  hay  alma  en  este  camino  tan  gigante  (1)  que  no  haya  menester 
muchas  veces  tornar  a  ser  niño  y  a  mamar  (y  esto  jamás  se  ol- 
vide, quizá  lo  diré  más  veces,  porque  importa  mucho),  porque 
no  hay  estado  de  oración  tan  subido,  que  muchas  veces  no  sea 
necesario  tornar  a  el  principio.  Y  en  esto  de  los  pecados  y  cono- 
cimiento propio,  es  el  pan  con  que  todos  los  "manjares  se  han 
de  comer,  por  delicados  que  sean,  en  este  camino  de  oración, 
y  sin  este  pan  no  se  podrían  sustentar.  Mas  hase  de  comer 
con  tasa,  que  después  que  un  alma  se  ve  ya  rendida  y  entiende 
claro  no  tiene  cosa  buena  de  sí,  y  se  ve  avergonzada  delante 
de  tan  gran  Rey,  y  ve  lo  poco  que  le  paga  para  lo  mucho  que 


1      La  Santa:  gigate. 


98  VIDA    DE    SñNTA    TERESA    DE    JESÜS 

le  debe,  ¿qué  necesidad  hay  de  gastar  el  tiempo  aquí?,  sino 
irnos  a  otras  cosas  que  el  Señor  pone  delante,  y  no  es  razón 
las  dejemos,  que  Su  Majestad  sabe  mijor  que  nosotros  de  lo 
que  nos  conviene  comer. 

Ansí  que  importa  mucho  ser  el  maestro  avisado,  digo  de 
buen  entendimiento,  y  que  tenga  expiriencia;  si  con  esto  tiene 
letras,  es  grandísimo  negocio.  Mas  si  no  se  pueden  hallar  estas 
tres  cosas  juntas,  las  dos  primeras  importan  más;  porque  le- 
trados puede  procurar  para  comunicarse  con  ellos  cuando  tuvieren 
necesidad.  Digo  que  a  los  principios,  si  no  tienen  oración,  apro- 
vechan poco  letras.  No  digo  que  no  traten  con  letrados,  porque 
espíritu  que  no  vaya  comenzado  en  verdad,  yo  más  le  querría 
sin  oración;  y  es  gran  cosa  letras,  porque  éstas  nos  enseñan  a 
los  que  poco  sabemos,  y  nos  dan  luz,  y  llegados  a  verdades 
de  la  Sagrada  Escritura,  hacemos  lo  que  debemos:  de  devocio- 
nes a  bobas  nos  libre  Dios. 

Quiérome  declarar  más,  que  creo  me  meto  en  muchas  cosas. 
Siempre  tuve  esta  falta,  de  no  me  saber  dar  a  entender,  como 
he  dicho,  sino  a  costa  de  muchas  palabras.  Comienza  una  monja 
a  tener  oración:  si  un  simple  la  gobierna  y  se  le  antoja,  harála 
entender  que  es  mijor  que  le  obedezca,  a  él  que  a  su  superior,  y 
sin  malicia  suya,  sino  pensando  acierta;  porque  si  no  es  de 
Religión,  parecerle  ha  es  ansí.  Y  si  es  mujer  casada,  dirála  que 
es  mijor  cuando  ha  de  entender  en  su  casa,  estarse  en  oración, 
aunque  descontente  a  su  marido;  ansí  que  no  sabe  ordenar  el 
tiempo  ni  las  cosas  para  que  vayan  conforme  a  verdad.  Por 
faltarle  a  él  la  luz,  no  la  da  a  los  otros  aunque  quiere.  Y  aun- 
que para  esto  parece  no  son  menester  letras,  mi  opinión  ha 
sido  siempre,  y  será,  que  cualquier  cristiano  procure  tratar  con 
quien  las  tenga  buenas,  si  puede,  y  mientra  más  mijor;  y  los 
que  van  por  camino  de  oración  tienen  de  esto  mayor  necesidad, 
y  mientra  más  espirituales  más, 

Y  no  se  engañe  con  decir  que  letrados  sin  oración  no  son 
para  quien  la  tiene.  Yo  he  tratado  hartos,  porque  de  unos  años 
acá  lo  he  más  procurado  con  la  mayor  necesidad,  y  siempre  fui 
amiga   de  ellos,   que   aunque   algunos   no   tienen   expiriencia,   no 


CAPITULO    XIII  99 

aborrecen  a  el  espíritu,  ni  le  inoran;  porque  en  la  Sagrada  Escri- 
tura que  tratan,  siempre  halla  la  verdad  de  el  buen  espíritu. 
Tengo  pa  mí  que  persona  de  oración  que  trate  con  letrados, 
si  ella  no  se  quiere  engañar,  no  la  engañará  el  demonio  con 
ilusiones,  porque  creo  temen  en  gran  manera  las  letras  humildes 
y   virtuosas,   y   saben   serán   descubiertos  y   saldrán   con   pérdida. 

He  dicho  esto,  porque  hay  opiniones  de  que  no  son  le- 
trados para  gente  de  oración,  si  no  tienen  espíritu.  Ya  dije 
es  menester  espiritual  maestro;  mas  si  éste  no  es  letrado,  gran 
inconveniente  es.  Y  será  mucha  ayuda  tratar  con  ellos,  como 
sean  virtuosos;  aunque  no  tengan  espíritu  me  aprovechará,  y 
Dios  le  dará  a  entender  lo  que  ha  de  enseñar,  y  aun  le  hará  es- 
piritual para  que  nos  aproveche.  Y  esto  no  lo  digo  sin  haberlo 
probado,  y  acaecídome  a  mí  con  más  de  dos.  Digo  que  para  ren- 
dirse un  alma  del  todo  a  estar  sujeta  a  solo  un  maestro,  que 
yerra  mucho  en  no  procurar  que  sea  tal,  si  es  religioso,  pues 
ha  de  estar  sujeto  a  su  Perlado,  que  por  ventura  le  faltarán 
todas  tres  cosas,  que  no  será  pequeña  cruz,  sin  que  él  de  su  vo- 
luntad sujete  su  entendimiento  a  quien  no  le  tenga  bueno.  Al 
menos  esto  no  lo  he  yo  podido  acabar  conmigo,  ni  me  parece 
conviene.  Pues  si  es  seglar,  alabe  a  Dios  que  puede  escoger 
a  quien  ha  de  estar  sujeto,  y  no  pierda  esta  tan  virtuosa  liber- 
tad ;  antes  esté  sin  ninguno  hasta  hallarle,  que  el  Señor  se  le 
dará,  como  vaya  fundado  todo  en  humildad  y  con  deseo  de 
acertar.  Yo  le  alabo  mucho,  y  las  mujeres  y  los  que  no  saben 
letras  le  habíamos  siempre  de  dar  infinitas  gracias,  porque  haya 
quien  con  tantos  trabajos  haya  alcanzado  la  verdad  que  los 
inorantes  inoramos. 

Espántanme  muchas  veces  letrados,  religiosos  en  especial, 
con  el  trabajo  que  han  ganado  lo  que  sin  ninguno,  más  de 
preguntarlo,  me  aproveche  a  mí.  jY  que  haya  personas  que  no 
quieran  aprovecharse  de  esto!  ¡No  plega  a  Dios!  Véolos  sujetos 
a  los  trabajos  de  la  Religión,  que  son  grandes,  con  penitencias 
y  mal  comer,  sujetos  a  la  obediencia,  que  algunas  veces  me  es 
gran  confusión,  cierto;  con  esto,  mal  dormir,  todo  trabajo,  todo 
cruz;    paréceme  sería  gran  mal  que  tanto  bien  ninguno  por  su 


100  VIDA    DE    SANTA    TERESA     DE    JESÚS 

culpa  lo  pierda.  Y  podrá  ser  que  pensemos  algunos  que  estamos 
libres  de  estos  trabajos,  y  nos  lo  dan  guisado,  como  dicen,  y 
viviendo  a  nuestro  placer;  que  por  tener  un  poco  de  más  ora- 
ción, nos  hemos  de  aventajar  a  tantos  trabajos. 

¡Bendito  seáis  vos,  Señor,  que  tan  inhábil  y  sin  provecho 
me  hecistes;  mas  alabóos  muy  mucho,  porque  despertáis  a  tan- 
tos que  nos  despierten!  Había  de  ser  muy  contina  nuestra  ora- 
ción por  estos  que  nos  dan  luz.  ¿Qué  seríamos  sin  ellos  entre 
tan  grandes  tempestades  como  ahora  tiene  la  Iglesia?  Si  algunos 
ha  habido  ruines,  más  resplandecerán  los  buenos.  Plega  el  Se- 
ñor los  tenga  de  su  mano  y  los  ayude  para  que  nos  ayuden. 
Amén. 

Mucho  he  salido  de  propósito  de  lo  que  comencé  a  decir; 
mas  todo  es  propósito  para  ios  que  comienzan  que  comiencen 
camino  tan  alto,  de  manera  que  vayan  puestos  en  verdadero 
camino.  Pues  tornando  a  lo  que  decía,  de  pensar  a  Cristo  a 
la  coluna,  es  bueno  discurrir  un  rato  y  pensar  las  penas  que 
allí  tuvo,  y  por  qué  las  tuvo,  y  quién  es  el  que  las  tuvo,  y  el 
amor  con  que  las  pasó;  mas  que  no  se  canse  siempre  en  andar 
a  buscar  esto,  sino  que  se  esté  allí  con  El,  acallado  el  .enten- 
dimiento. Si  pudiere,  ocuparle  en  que  mire  que  le  mira,  y  le 
acompañe,  y  hable,  y  pida,  y  se  humille  y  regale  con  El,  y 
acuerde  que  no  merecía  estar  allí.  Cuando  pudiere  hacer  esto, 
aunque  sea  al  principio  de  comenzar  oración,  hallará  grande 
provecho,  y  hace  muchos  provechos  esta  manera  de  oración;  aJ 
menos  hallóle  mi  alma.  No  sé  si  acierto  a  decirlo;  vuestra  mer- 
ced lo  verá.  Plega  el  Señor  acierte  a  contentarle  siempre.  Amén. 


CAPÍTULO     XIV 

COMIENZA  A  DECLARAR  EL  SIGUNDO  GRADO  DE  ORACIÓN,  OUE  ES  YA 
DAR  EL  SEÑOR  A  EL  ALMA  A  SENTIR  GUSTOS  A^AS  PARTICULARES. 
DECLÁRALO  PARA  DAR  A  ENTENDER  COMO  SON  YA  SOBRENATURALES. 
ES    HARTO    DE    NOTAR. 


Pues  ya  queda  dicho  con  el  trabajo  que  se  riega  este  ver- 
jel, y  cuan  a  fuerza  de  brazos,  sacando  el  agua  del  pozo ;  digamos 
ahora  el  sigundo  modo  de  sacar  el  agua!  que  el  Señor  del  huer- 
to ordenó  para  que  con  artificio  de  con  un  torno  y  arcaduces 
sacase  el  hortelano  más  agua  y  a  menos  trabajo,  y  pudiese 
descansar  sin  estar  contino  trabajando.  Pues  este  modo  aplica- 
do a  la  oración  que  llaman  de  quietud,  es  lo  que  yo  ahora  quiero 
tratar. 

Aquí  se  comienza  a  recoger  el  alma,  toca  ya  aquí  cosa  so- 
brenatural, porque  en  ninguna  manera  ella  puede  ganar  aquello 
por  diligencias  que  haga.  Verdad  es  que  parece  que  algún  tiem- 
po se  ha  cansado  en  andar  el  torno,  y  trabajar  con  el  entendi- 
miento, y  henchídose  los  arcaduces;  mas  aquí  está  el  agua  más 
alto,  y  ansí  se  trabaja  muy  menos  que  en  sacarlo  del  pozo.  Digo 
que  está  más  cerca  el  agua,  porque  la  gracia  dase  más  claramen- 
te a  conocer  a  el  alma.  Esto  es  un  recogerse  las  potencias  den- 
tro de  sí  para  gozar  de  aquel  contento  con  más  gusto;  mas 
no  se  pierden  ni  se  duermen;  sola  la  voluntad  se  ocupa,  de  ma- 
nera que,  sin  saber  cómo,  se  cativa;  sólo  da  consentimiento  para 
que  la  encarcele  Dios,  como  quien  bien  sabe  ser  cativo  de  quien 


102  VIDA    DE    SñNTñ    TERESA  DÉ    JESÚS 

ama.  ¡Oh  Jesús  y  Señor  mío,  qué  nos  vale  aquí  vuestro  amor!, 
porque  éste  tiene  al  nuestro  tan  atado,  que  no  deja  libertad 
para  amar  en  aquel  punto  a  otra  cosa  sino  a  Vos. 

Las  otras  dos  potencias  ayudan  a  la  voluntad  para  que  vaya 
haciéndose  hábil  para  gozar  de  tanto  bien;  puesto  que  algunas 
veces,  aun  estando  unida  la  voluntad,  acaece  desayudar  harto. 
Mas  entonces  no  haga  caso  de  ellas,  sino  estése  en  su  gozo  y 
quietud;  porque,  si  las  quiere  recoger,  ella  y  ellas  perderán; 
que  son  entonces  como  unas  palomas  que  no  se  contentan  con 
el  cebo  que  les  da  el  dueño  del  palomar  sin  trabajarlo  ellas,  y 
van  a  buscar  de  comer  por  otras  partes,  y  hallan  tan  mal,  que  se 
tornan;  y  ansí  van  y  vienen,  a  ver  si  les  da  la  voluntad  de  lo 
que  goza.  Si  el  Señor  quiere,  échales  cebo,  detiénense,  y  si 
no,  tornan  a  buscar;  y  deben  pensar  que  hacen  a  la  voluntad 
provecho,  y  a  las  veces  en  querer  la  memoria  u  imaginación 
representarla  lo  que  goza,  la  dañará.  Pues  tenga  aviso  de  haber- 
se con  ellos,  como  diré. 

Pues  todo  esto  que  pasa  aquí  es  con  grandísimo  consuelo, 
y  con  tan  poco  trabajo,  que  no  cansa  la  oración,  aunque  dure 
mucho  rato;  porque  el  entendimiento  obra  aquí  muy  paso  a  paso, 
y  saca  muy  mucha  más  agua,  que  no  sacaba  de  el  pozo;  las 
lágrimas  que  Dios  aquí  da,  ya  van  con  gozo;  aunque  se  sienten, 
no  se  procuran. 

Este  agua  de  grandes  bienes  y  mercedes  que  el  Señor  da 
aquí,  hacen  crecer  las  virtudes  muy  más  sin  comparación  que 
en  la  oración  pasada;  porque  se  va  ya  esta  alma  subiendo  de 
su  miseria,  y  dásele  ya  un  poco  de  noticia  de  los  gustos  de  la 
gloria.  Esto  creo  las  hace  más  crecer  y  también  llegar  más 
cerca  de  la  verdadera  virtud,  de  donde  todas  las  virtudes  vie- 
nen, que  es  Dios;  porque  comienza  Su  Majestad  a  comunicarse 
a  esta  alma,  y  quiere  que  sienta  ella  cómo  se  le  comunica.  Co- 
miénzase luego,  en  llegando  aquí,  a  perder  la  codicia  de  lo  de 
acá,  y  pocas  gracias;  porque  ve  claro  que  un  memento  de  aquel 
gusto  no  se  puede  haber  acá,  ni  hay  riquezas,  ni  señoríos,  ni 
honras,  ni  deleites  que  basten  a  dar  un  cierra  ojo  y  abre  de  este 
contentamiento,   porque  es  verdadero,  y   contento  que  se  ve  que 


CAPITULO    XIV  103 

nos  contenta.  Porque  los  de  acá,  por  maravilla  me  parece  enten- 
demos adonde  está  este  contento,  porque  nunca  falta  un  sí,  no: 
aquí  todo  es  sí  en  aquel  tiempo;  el  no  viene  después,  por  ver 
que  se  acabó,  y  que  no  lo  puede  tornar  a  cobrar,  ni  sabe  cómo; 
porque  si  se  hace  pedazos  a  penitencias  y  oración,  y  todas  las 
demás  cosas,  si  el  Señor  no  lo  quiere  dar,  aprovecha  poco.  Quie- 
re Dios  por  su  grandeza  que  entienda  esta  alma  que  está  Su 
Majestad  tan  cerca  de  ella,  que  ya  no  ha  menester  enviarle  men- 
sajeros, sino  hablar  ella  mesma  con  El,  y  no  a  voces,  porque 
está   ya  tan   cerca,   que   en   meneando  los   labios   la   entiende. 

Parece  impertinente  decir  esto,  pues  sabemos  que  siempre 
nos  entiende  Dios,  y  está  con  nosotros.  En  esto  no  hay  que 
dudar  que  es  ansí;  mas  quiere  este  Emperador  y  Señor  nues- 
tro que  entendamos  aquí  que  nos  entiende,  y  lo  que  hace  su 
presencia,  y  que  quiere  particularmente  comenzar  a  obrar  en 
el  alma  en  la  gran  satisfación  interior  y  exterior  que  la  da,  y 
en  la  diferencia  que,  como  he  dicho,  hay  de  este  deleite  y  contento 
a  los  de  acá,  que  parece  hinche  el  vacío  que  por  nuestros  peca- 
dos teníamos  hecho  en  el  alma.  Es  en  lo  muy  íntimo  de  ella 
esta  satisfación,  y  no  sabe  por  dónde  ni  cómo  le  vino,  ni  muchas 
veces  sabe  qué  hacer,  ni  qué  querer,  ni  qué  pedir.  Todo  parece 
lo  halla  junto,  y  no  sabe  lo  que  ha  hallado,  ni  aun  yo  sé  cómo 
darlo  a  entender;  porque  para  hartas  cosas  eran  menester  le- 
tras. Porque  aquí  viniera  bien  dar  aquí  a  entender,  qué  es  auxilio 
general  u  particular,  que  hay  muchos  que  lo  inoran,  y  cómo 
este  particular  quiere  el  Señor  aquí  que  casi  le  vea  el  alma 
por  vista  de  ojos,  como  dicen,  y  también  para  muchas  cosas, 
que  irán  erradas;  mas  como  lo  han  de  ver  personas  que  entien- 
da si  hay  yerro,  voy  descuidada;  porque  ansí  de  letras  como 
de  espíritu,  sé  que  lo  puedo  estar,  yendo  a  poder  de  quien  va, 
que  entenderá  y  quitarán  lo  que  fuere  mal. 

Pues  querría  dar  a  entender  esto,  porque  son  principios,  y 
cuando  el  Señor  comienza  a  hacer  estas  mercedes,  la  mesma 
alma  no  las  entiende,  ni  sabe  qué  hacer  de  sí.  Porque  si  la  lleva 
Dios  por  camino  de  temor,  como  hizo  a  mí,  es  gran  trabajo, 
si  no  hay   quien  la   entienda;    y   csle  gran  gusto  verse  pintada, 


104  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

y  entonces  v€  claro  va  por  allí.  Y  es  gran  bien  saber  lo  que 
ha  de  hacer,  para  ir  aprovechando  en  cualquier  estado  de  estos; 
porque  he  yo  pasado  mucho  y  perdido  harto  tiempo,  por  no 
saber  qué  hacer.  Y  he  gran  lástima  a  almas  que  se  ven  solas 
cuando  llegan  aquí;  porque,  aunque  he  leído  muchos  libros  es- 
pirituales, aunque  tocan  en  lo  que  hace  al  caso,  decláranse  muy 
poco;  y  si  no  es  alma  muy  ejercitada,  aun  declarándose  mucho, 
terna  harto  que  hacer  en  entenderse. 

Ouerría  mucho  el  Señor  me  favoreciese  para  poner  los  efe- 
tos  que  obran  en  el  alma  estas  cosas,  que  ya  comienzan  a  ser 
sobrenaturales,  para  que  se  entienda  por  los  efetos  cuándo  es 
espíritu  de  Dios.  Digo  se  entienda  conforme  a  lo  que  acá  se 
puede  entender,  aunque  siempre  es  bien  andemos  con  temor  y  re- 
cato; que,  aunque  sea  de  Dios,  alguna  vez  podrá  trasfigurarse 
el  demonio  en  ángel  (1)  de  luz;  y  si  no  es  alma  muy  ejercitada, 
no  lo  entenderá;  y  tan  ejercitada,  que  para  entender  esto  es 
menester  llegar  muy  en  la  cumbre  de  la  oración.  Ayúdame  poco 
el  poco  tiempo  que  tengo,  y  ansí  ha  menester  Su  Majestad  ha- 
cerlo, porque  he  de  andar  con  la  Comunidad,  y  con  otras  har- 
tas ocupaciones  (como  estoy  en  casa  que  ahora  se  comienza  (2), 
como  después  se  verá),  y  ansí  es  muy  sin  tener  asiento  lo  que 
escribo,  sino  a  pocos  a  pocos,  y  esto  quisiérale,  porque  cuando 
el  Señor  da  espíritu,  pónese  con  facilidad  y  mijor.  Parece  como 
quien  tiene  un  dechado  delante,  que  está  sacando  aquel  labor; 
mas  si  el  espíritu  falta,  no  hay  más  concertar  este  lenguaje  que 
si  fuese  algarabía,  a  manera  de  decir,  aunque  hagan  muchos 
años  pasado  en  oración.  Y  ansí  me  parece  es  grandísima  venta- 
ja, cuando  lo  escribo,  estar  en  ello;  porque  veo  claro  no  so  yo 
quien  lo  dice,  que  ni  lo  ordeno  con  el  entendimiento,  ni  sé  des- 
pués cómo  lo  acerté  a  decir:   esto  me  acaece  muchas  veces. 

Ahora  tornemos  a  nuestra  huerta  u  verjel,  y  veamos  cómo 
comienzan  estos  árboles  a  empreñarse  para  florecer  y  dar  des- 
pués fruto,  y  las  flores  y  claveles  lo  mesmo  para  dar  olor.  Re- 


1  El  original:  ágel. 

2  Hace  referencia  al  convsnfo  de  San  José  de  Avjt«. 


CAPITULO    XIV  105 

gálamc  esta  comparación,  porque  muchas  veces  en  mis  principios 
(y  plega  el  Señor  haya  yo  ahora  comenzado  a  servir  a  Su  Ma- 
jestad, digo  principio  de  lo  que  diré  de  quí  adelante  de  mi  vida), 
me  era  gran  deleite  considerar  ser  mi  alma  un  huerto  y  al 
Señor  que  se  paseaba  en  él.  Suplicábale  aumentase  el  olor  de 
las  florecitas  de  virtudes  que  comenzaban,  a  lo  que  parecía,  a 
querer  salir,  y  que  fuese  para  su  gloria,  y  las  sustentase,  pues 
yo  no  quería  nada  para  mí,  y  cortase  las  que  quisiese,  que 
ya  sabía  habían  de  salir  mijores.  Digo  cortar,  porque  vienen 
tiempos  en  el  alma  que  no  hay  memoria  de  este  huerto;  todo 
parece  está  seco  y  que  no  ha  de  haber  agua  para  sustentarle, 
ni  parece  hubo  jamás  en  el  alma  cosa  de  virtud.  Pásase  mucho 
trabajo,  porque  quiere  el  Señor  que  le  parezca  a  el  ¡jobre  hortola- 
no  que  todo  el  que  ha  tenido  en  sustentarle  y  regarle  va  perdido. 
Entonces  es  el  verdadero  escardar  y  quitar  de  raíz  las  hier- 
becillas,  aunque  sean  pequeñas,  que  han  quedado  malas,  con 
conocer  no  hay  diligencia  que  baste  si  el  agua  de  la  gracia  nos 
quita  Dios,  y  tener  en  poco  nuestra  nada,  y  aun  menos  que  nada. 
Gánase  aquí  mucha  humildad;  tornan  de  nuevo  a  crecer  las 
flores. 

¡Oh  Señor  mío  y  Bien  mío!  ¡Que  no  puedo  decir  esto  sin 
lágrimas  y  gran  regalo  de  mi  alma,  que  queráis  vos,  Señor, 
estar  ansí  con  nosotros,  y  estáis  en  el  Sacramento,  que  con  toda 
verdad  se  puede  creer,  pues  lo  es,  y  con  gran  verdad  podemos 
hacer  esta  comparación;  y  si  no  es  por  nuestra  culpa,  nos  pode- 
mos gozar  con  Vos,  y  que  Vos  os  holgáis  con  nosotros,  pues  decís 
ser  vuestro  deleite  estar  con  los  hijos  de  los  hombres!  (1).  ¡Oh 
Señor  mío!  ¿Qué  es  esto?  Siempre  que  oyó  esta  palabra  me 
es  gran  consuelo,  aun  cuando  era  muy  perdida.  ¿Es  posible, 
Señor,  que  hay  alma  que  llegue  a  que  Vos  la  hagáis  mercedes- 
semejantes  y  regalos,  y  a  entender  que  Vos  os  holgáis  con  ella, 
que  os  torne  a  ofender  después  de  tantos  favores  y  tan  grandes 
muestras  del  amor  que  la  tenis,  que  no  se  puede  dudar,  pues  se 
ve  clara  la  obra?   ¡Sí  hay,  por  cierto,  y  no  una  vez,  sino  muchas, 


1      Ihov.,  VIH,  31. 


106  VIDñ    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

que  so  yo!  Y  plega  vuestra  bondad,  Señor,  que  sea  yo  sola 
la  ingrata,  y  la  que  haya  hecho  tan  gran  maldad,  y  tenido 
tan  ecesiva  ingratitud;  porque  aun  ya  de  ella  algún  bien  ha 
sacado  vuestra  infinita  bondad;  y  mientra  mayor  mal,  más  res- 
plandece el  gran  bien  de  vuestras  misericordias.  ¡Y  con  cuánta 
razón  las  puedo  yo  para  siempre  cantar!  Suplicóos  yo,  Dios 
mío,  sea  ansí  y  las  cante  y  sin  fin,  ya  que  habéis  tenido  por 
bien  de  hacerlas  tan  grandísimas  conmigo,  que  espantan  los  que 
las  ven,  y  a  mí  me  saca  de  mí  muchas  veces,  para  poderos 
mijor  alabar  a  Vos;  que  estando  en  mí  sin  Vos  no  podría. 
Señor  mío,  nada,  sino  tornar  a  ser  cortadas  estas  flores  de  este 
huerto,  de  suerte  que  esta  miserable  tierra  tornase  a  servir  de 
muladar  como  antes.  No  lo  primitáis,  Señor,  ni  queráis  se  pierda 
alma  que  con  tantos  trabajos  comprastes,  y  tantas  veces  de  nuevo 
la  habéis  tornado  a  rescatar  y  quitar  de  los  dientes  del  espanto- 
so dragón. 

Vuestra  merced  me  perdone  que  salgo  de  propósito,  y  como 
hablo  a  ini  propósito  no  se  espante,  que  es  como  toma  a  el  alma 
lo  que  se  escribe,  que  a  las  veces  hace  harto  de  dejar  de  ir 
adelante  en  alabanzas  de  Dios,  como  se  le  representa  escribien- 
do lo  mucho  que  le  debe.  Y  creo  no  le  hará  a  vuestra  merced 
mal  gusto,  porque  entramos,  me  parece,  podemos  cantar  una 
cosa,  aunque  (1)  en  diferente  manera;  porque  es  mucho  más 
lo  que  yo  debo  a  Dios,  porque  me  ha  perdonado  más,  como 
vuestra  merced  sabe. 


1      Por  yerro  mecánico  el  oiiginal  dice  en  que. 


CAPITULO     XV 

PROSIGUE  EN  LA  MESMñ  MATERIA,  Y  DA  ALGUNOS  AVISOS  DE  COMO  SE 
HAN  DE  HABER  EN  ESTA  ORACIÓN  DE  QUIETUD.  TRATA  DE  COMO 
HAY  MUCHAS  ALMAS  QUE  LLEGAN  A  TENER  ESTA  ORACIÓN  Y  POCAS 
QUE  PASEN  ADELANTE.  SON  MUY  NECESARIAS  Y  PROVECHOSAS  LAS 
COSAS    QUE    aquí    SE    TOCAN. 


Ahora  tornemos  a  g1  propósito.  Esta  quietud  y  recogimiento 
de  el  alma  es  cosa  que  se  siente  mucho  en  la  satisfación  y  paz 
que  en  ella  se  pone,  con  grandísimo  contento  y  sosiego  de  las 
potencias  y  muy  suave  deleite.  Parccele,  como  no  ha  llegado 
a  más,  que  no  le  queda  que  desear,  y  que  de  buena  gana  diría 
con  San  Pedro  que  fuese  allí  su  morada  (1).  No  osa  bullirse 
ni  menearse,  que  de  entre  las  manos  le  parece  se  le  ha  de  ir 
aquel  bien;  ni  resolgar  algunas  veces  no  querría.  No  entien- 
de la  pobrecita,  que  pues  ella  por  sí  no  pudo  nada  pa  traer 
a  sí  a  aquel  bien,  que  menos  podrá  detenerle  más  de  lo  que  el 
Señor  quisiere.  Ya  he  dicho  que  en  este  primer  recogimiento 
y  quietud,  no  faltan  las  potencias  del  alma;  mas  está  tan  sa- 
tisfecha con  Dios,  que  mientra  aquello  dura,  aunque  las  dos 
potencias  se  disbaraten,  como  la  voluntad  está  unida  con  Dios, 
no  se  pierde  la  quietud  y  el  sosiego,  antes  ella  poco  a  poco  torna 
a  recoger  el  entendimiento  y  memoria.  Porque,  aunque  ella  aun 


1      Matth.,  XVII,  1. 


108  VIDñ    DE    SñNTA    TERESñ    DE    JESÚS 

no  está  de  todo  punto  engolfada,  está  tan  bien  ocupada  sin  sa- 
ber cómo,  que,  por  mucha  diligencia  que  ellas  pongan,  no  la 
pueden  quitar  su  contento  y  gozo;  antes  muy  sin  trabajo  se 
va  ayudando,  para  que  esta  centellica  de  amor  de  Dios  no  se 
apague. 

Plega  a  Su  Majestad  me  dé  gracia  para  que  yo  dé  €sto 
a  entender  bien,  porque  hay  muchas,  muchas  almas  que  llegan 
a  este  estado  y  pocas  las  que  pasan  adelante,  y  no  sé  quién 
tiene  la  culpa.  A  buen  siguro  que  no  falta  Dios,  que  ya  que  Su 
Majestad  hace  merced  que  llegue  a  este  punto,  no  creo  cesará 
de  hacer  muchas  más,  si  no  fuese  por  nuestra  culpa.  Y  va  mu- 
cho en  que  el  alma  que  llega  aquí  conozca  la  dinidad  grande  en 
que  está,  y  la  gran  merced  que  le  ha  hecho  el  Señor,  y  cómo 
de  buena  razón  no  había  de  ser  de  la  tierra;  porque  ya  parece 
la  hace  su  bondad  vecina  del  cielo,  si  no  queda  por  su  culpa, 
y  desventurada  será  si  torna  atrás.  Yo  pienso  será  para  ir  hacia 
bajo,  como  yo  iba,  si  la  misericordia  de  el  Señor  no  me  torna- 
ra; porque,  por  la  mayor  parte,  será  por  graves  culpas,  a  mi 
parecer;  ni  es  posible  dejar  tan  gran  bien  sin  gran  ceguedad 
de  mucho  mal. 

Y  ansí  ruego  yo,  por  amor  del  Señor,  a  las  almas  a  quien 
Su  Majestad  ha  hecho  tan  gran  merced  de  qu€  lleguen  a  este 
estado,  que  se  conozcan  y  tengan  en  mucho,  con  una  humilde  y 
santa  presunción  para  no  tornar  a  las  ollas  de  Egito.  Y  si  por 
su  flaqueza  y  maldad,  y  ruin  y  miserable  natural  cayeren,  como 
yo  hice,  siempre  tengan  delante  el  bien  que  perdieron,  y  tengan 
sospecha,  y  anden  con  temor,  que  tienen  razón  de  tenerle,  que 
si  nio  tornan  a  la  oración  han  de  ir  de  mal  en  peor.  Que  ésta 
llamo  yo  verdadera  caída,  la  que  aborrece  el  camino  por  donde 
ganó  tanto  bien;  y  con  estas  almas  hablo,  que  no  digo  que  no 
han  de  ofender  a  Dios  y  caer  en  pecados,  aunque  sería  razón 
se  guardase  mucho  d¿  ellos  quien  ha  comenzado  a  recibir  estas 
mercedes;  mas  somos  miserables.  Lo  que  aviso  mucho  es  que 
no  deje  la  oración,  que  allí  entenderá  lo  que  hace,  y  ganará 
arrepentimiento  de  el  Señor  y  fortaleza  para  levantarse;  y  crea, 
crea,  qu€  si  de  esta  se  aparta,  que  lleva,  a  mi  parecer,  peligro^ 


CAPITULO    XV  109 

No  sé  si  entiendo  lo  que  digo,  porque,  como  he  dicho,  juzgo 
por   mí. 

Es,  pues,  esta  oración  una  centellica  que  comienza  el  Se- 
ñor a  encender  en  el  alma  del  verdadero  amor  suyo,  y  quiere 
que  el  alma  vaya  entendiendo  qué  cosa  es  este  amor  con  regalo. 
Esta  quietud,  y  recogimiento,  y  centellica,  si  es  espíritu  de  Dios, 
y  no  gusto  dado  de  el  demonio  u  procurado  por  nosotros,  aun- 
que a  quien  tiene  expiriencia  es  imposible  no  entender  luego 
que  no  es  cosa  que  se  puede  adquirir,  sino  que  este  natura] 
nuestro  es  tan  ganoso  de  cosas  sabrosas,  que  todo  lo  prueba; 
mas  quédase  muy  en  frío  bien  en  breve,  porque,  por  mucho  que 
quiera  comenzar  a  hacer  arder  el  fuego  para  alcanzar  este  gusto, 
np  parece  sino  que  le  echa  agua  para  matarle.  Pues  esta  cen- 
tellica puesta  por  Dios,  por  pequeñita  que  es,  hace  mucho  ruido; 
y  si  no  la  mata  por  su  culpa,  ésta  es  la  que  comienza  a  encen- 
der el  gran  fuego  que  echa  llamas  á¿  sí,  como  diré  en  su  lugar, 
del  grandísimo  amor  de  Dios  que  hace  Su  Majestad  tengan  las 
almas  perfetas. 

Es  esta  centella  una  señal  u  prenda  que  da  Dios  a  esta 
alma,  de  que  la  escoge  ya  para  grandes  cosas,  si  ella  se  apareja 
para  recibirlas;  es  gran  don,  mucho  más  de  lo  que  yo  podré 
decir.  Esme  gran  lástima,  porque,  como  digo,  conozco  muchas 
almas  que  llegan  aquí;  y  que  pasen  de  aquí,  como  han  de  pasar, 
son  tan  pocas,  que  se  me  hace  vergüenza  decirlo.  No  digo  yo 
que  hay  pocas,  que  muchas  debe  haber,  que  por  algo  nos  sus- 
tenta Dios;  digo  lo  que  he  visto.  Querríalas  mucho  avisar,  que 
miren  no  ascondan  el  talento,  pues  que  parece  las  quiere  Dios 
escoger  para  provecho  de  otras  muchas,  en  especial  en  estos 
tiempos,  que  son  menester  amigos  fuertes  de  Dios  para  susten- 
tar los  flacos;  y  los  que  esta  merced  conocieren  en  sí,  tén- 
ganse por  tales,  si  saben  responder  con  las  leyes  que  aun  la 
buena  amistad  de  el  mundo  pide;  y  si  no,  como  he  dicho, 
teman  y  hayan  miedo  no  se  hagan  a  sí  mal,  y  plega  a  Dios 
sea  a  sí  solos. 

Lo  que  ha  de  hacer  el  almia  en  los  tiempos  de  esta  quietud, 
no  es   más   de   con   suavidad  y   sin   ruido.   Llamo   ruido,   andar 


lio  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÜS 

con  el  entendimiento  buscando  muchas  palabras  g  consideracio- 
nes para  dar  gracias  de  este  beneficio  y  amontonar  pecados  su- 
yos y  faltas,  para  ver  que  no  lo  merece.  Todo  esto  se  mueve 
aqui,  y  representa  el  entendimiento,  y  bulle  la  memoria,  que 
cierto  esta?  potencias  a  mí  me  cansan  a  ratos,  que  con  tener 
poca  memoria,  no  la  puedo  sojuzgar.  La  voluntad,  con  sosiego 
y  cordura,  entienda  que  no  se  negocia  bien  con  Dios  a  fuerza  de 
brazos,  y  que  éstos  son  unos  leños  grandes  puestos  sin  descrc- 
ción  para  ahogar  esta  centella,  y  conózcalo,  y  con  humildad 
diga:  Señor,  ¿qué  puedo  yo  aquí?  ¿Qué  tiene  que  ver  la  sierva 
con  el  Señor,  y  la  tierra  con  el  cielo?  U  palabras  que  se  ofrecen 
aquí  de  amor,  fundada  mucho  en  conocer  que  es  verdad  lo  que 
dice  y  no  haga  caso  del  entendimiento,  que  es  un  moledor.  Y  si 
ella  le  quiere  dar  parte  de  lo  que  goza  u  trabaja  por  reco- 
gerle, que  muchas  veces  se  verá  en  esta  unión  de  la  voluntad 
y  sosiego,  y  el  entendimiento  muy  desbaratado,  y  vale  más 
que  le  deje,  que  no  que  vaya  ella  tras  él,  digo  la  voluntad, 
sino  estése  ella  gozando  de  aquella  merced,  y  recogida  como 
sabia  abeja;  porque  si  ninguna  entrase  en  la  colmena,  sino  que 
por  traerse  unas  a  otras  se  fuesen  todas,  mal  se  podría  labrar 
la  miel. 

Ansí  que  perderá  mucho  el  alma,  si  no  tiene  aviso  en  esto; 
en  especial  si  es  el  entendimiento  agudo,  que  cuando  comienza 
a  ordenar  pláticas  y  buscar  razones  en  tantito,  si  son  bien  di- 
chas, pensará  hace  algo.  La  razón  que  aqui  ha  de  haber,  es 
entender  claro  que  no  hay  ninguna,  para  que  Dios  nos  haga 
tan  gran  merced,  sino  sola  su  bondad;  y  ver  que  estamos  tan 
cerca,  y  pedir  a  Su  Majestad  mercedes,  y  rogarle  por  la  Ilesia, 
y  por  los  que  se  nos  ha  encomendado,  y  por  las  ánimas  de 
purgatorio,  no  con  ruido  de  palabras,  sino  con  sentimiento  de 
desear  que  nos  oya.  Es  oración  que  comprehende  mucho,  y  se 
alcanza  más  que  por  mucho  relatar  el  entendimiento.  Despierte 
en  sí  la  voluntad  algunas  razones  que  de  la  mesma  razón  se  re- 
presentarán de  verse  tan  mijorada  para  avivar  este  amor,  y  haga 
algunos  atos  amorosos  de  qué  hará  por  quien  tanto  debe,  sin, 
como  he  dicho,   admitir   ruido   del   entendimiento,   a  que  busque 


CAPITULO    XV  11  i 

grandes  cosas.  Más  hacen  aquí  al  caso  unas  pajitas  puestas  con 
humildad  (y  menos  serán  que  pajas  si  las  ponemos  nosotros), 
y  más  le  ayudan  a  encender,  que  no  mucha  leña  junta  de  razones 
muy  dotas,  a  nuestro  parecer,  que  en  un  credo  la  ahogarán.  Esto 
es  bueno  para  los  letrados  que  me  lo  mandan  escribir,  por- 
que, por  la  bondad  de  Dios,  todos  llegan  aquí,  y  podrá  ser  se 
les  vaya  el  tiempo  en  aplicar  Escrituras;  y  aunque  no  les  deja- 
rán de  aprovechar  mucho  las  letras  antes  y  después,  aquí  en 
estos  ratos  de  oración,  poca  necesidad  hay  de  ellas,  a  mi  parecer, 
si  no  es  para  intibiar  la  voluntad;  porque  el  entendimiento  está 
entonces,  de  verse  cerca  de  la  luz,  con  grandísima  claridad, 
que  aun  yo,  con  ser  la  que  soy,  parezco  otra. 

Y  es  ansí  que  me  ha  acaecido  estando  en  esta  quietud,  con  no 
entender  casi  cosa  que  rece  en  latín,  en  especial  del  Salterio, 
no  sólo  entender  el  verso  en  romance,  sino  pasar  adelante  en  re- 
galarme de  ver  lo  que  el  romance  quiere  decir.  Dejemos  si  hu- 
biesen de  predicar  u  enseñar,  que  entonces  bien  es  ayudarse 
de  aquel  bien,  para  ayudar  a  los  pobres  de  poco  saber,  como 
yo,  que  es  gran  cosa  la  caridad  y  este  aprovechar  almas  siempre, 
yendo  desnudamente  por  Dios.  Ansí  que  en  estos  tiempos  de 
quietud,  dejar  descansar  el  alma  con  su  descanso;  quédense  las 
letras  a  un  cabo;  tiempo  verná  que  aprovechen  a  el  Señor,  y  las 
tengan  en  tanto,  que  por  ningún  tesoro  quisieran  haberlas  de- 
jado de  saber,  sólo  para  servir  a  Su  Majestad,  porque  ayudan 
mucho;  mas  delante  de  la  Sabiduría  infinita,  créanme  que  vale 
más  un  poco  de  estudio  de  humildad  y  un  ato  de  ella,  que  toda 
la  ciencia  del  mundo,  ñquí  no  hay  que  argüir,  sino  que  conocer 
lo  que  somos  con  llaneza,  y  con  simpleza  representarnos  delante 
de  Dios,  que  quiere  se  haga  el  alma  boba,  como  a  la  verdad 
lo  es  delante  de  su  presencia,  pues  Su  Majestad  se  humilla  (1) 
tanto,  que  la  sufre  cabe  sí,  siendo  nosotros  lo  que  somos. 

También  se  mueve  el  entendimiento  a  dar  gracias  muy  com- 
puestas;   mas   la   voluntad,   con   sosiego,   con   un   no   osar   alzar 


1  Sin  borrar  el  P.  Báñez  la  palabra  humilla,  puso  debajo  humana,  línea  27  del  folio  Ó3, 
vuelto,  del  manusciito  original.  En  las  impresiones  no  se  tuvo  en  consideración  la  enmienda 
del  Padre. 


112  VIDñ    DE    SñNTñ    TERESñ    DE    JESÚS 

los  ojos  con  el  publicano,  hace  más  hacimiento  de  gradas,  que 
cuanto  el  entendimiento,  con  trastornar  la  retórica,  por  ventura 
puede  hacer.  En  fin,  aquí  no  se  ha  de  dejar  del  todo  la  oración 
mental,  ni  algunas  palabras  aun  vocales,  si  quisieren  alguna  vez 
u  pudieren;  porque  si  la  quietud  es  grande,  puédese  mal  ha- 
blar, si  no  es  con  mucha  pena.  Siéntese,  a  mi  parecer,  cuando 
es  espíritu  de  Dios  u  procurado  de  nosotros,  con  comienzo  de 
devoción  que  da  Dios,  y  queremos,  como  he  dicho,  pasar  nosotros 
a  esta  quietud  de  la  voluntad,  no  hace  efeto  ninguno;  acábase 
presto,  deja  sequedad.  Si  es  de  el  demonio,  alma  ejercitada  pa- 
réceme  lo  entenderá;  porque  deja  inquietud  y  poca  humildad, 
y  poco  aparejo  para  los  efetos  que  hace  el  de  Dios;  no  deja 
luz  en  el  entendimiento  ni  firmeza  en  la  verdad   (1). 

Puede  hacer  aquí  poco  daño  u  ninguno,  si  el  alma  ende- 
reza su  deleite  y  suavidad  que  allí  siente  a  Dios,  y  poner  en  El 
sus  pensamientos  y  deseos,  como  queda  avisado;  no  puede  ga- 
nar nada  el  demonio,  antes  primitirá  Dios  que  con  el  mesmo 
deleite  que  causa  en  el  alma,  pierda  mucho;  porque  éste  ayudará 
a  que  el  alma,  como  piense  que  es  Dios,  venga  muchas  veces  a 
la  oración  con  codicia  de  El;  y  si  es  alma  humilde  y  no  curiosa, 
ni  interesal  de  deleites,  aunque  sean  espirituales,  sino  amiga  de 
cruz,  hará  poco  caso  del  gusto  que  da  el  demonio,  lo  que  no  podrá 
ansí  hacer  si  es  espíritu  de  Dios,  sino  tenerlo  en  muy  mucho.  Mas 
cosa  que  pone  el  demonio,  como  él  es  todo  mentira,  con  ver  que 
el  alma  con  el  gusto  y  deleite  se  humilla  (que  en  esto  ha  de 
tener  mucho,  en  todas  las  cosas  de  oración  y  gustos  procurar 
salir  humilde),  no  tornará  muchas  veces  el  demonio,  viendo  su 
pérdida.  Por  esto,  y  por  otras  muchas  cosas,  avisé  yo  en  el  pri- 
mer modo  de  oración,  en  la  primera  agua,  que  es  gra  negoción  (2) 
comenzar  las  almas  oración,  comenzándose  a  desasir  de  todo 
género  de  contentos,  y  entrar  determinadas  a  sólo  ayudar  a 
llevar  la  cruz  a  Cristo,   como  buenos  caballeros,  que  sin  sueldo 


1  Parece  que  debíi3  decir  voluntad,  más  lógico  sin  duda  atendido  el  sentido  de  la  frase.  Sin 
embargo,  el  original,  folio  5^1,  línea  2C,  pone  muy  claramente  verdad. 

2  Así  lo  dice  la  Santa,  y  la  frase  tiene  más  energía    que    no:    es  'gran   neffocio,    como   se 
venía  imprimiendo  basta  a.hora  desde  Fr.  Luis  de  León. 


CAPÍTULO    XV  113 

quieren  servir  a  su  Rey,  pues  le  tienen  bien  siguro.  Los  ojos 
en  el  verdadero  y  perpetuo  reino  que  pretendemos  ganar. 

Es  muy  gran  cosa  traer  esto  siempre  delante,  en  especial 
en  los  principios;  que  después  tanto  se  ve  claro,  que  antes  es 
menester  olvidarlo  para  vivir  que  procurarlo  traer  a  la  memoria 
lo  poco  que  dura  todo,  y  cómo  no  es  todo  nada,  y  en  lo  no- 
nada que  se  ha  de  estimar  el  descanso.  Parece  que  esto  es  cosa 
muy  baja,  y  ansí  es  verdad,  que  los  que  están  adelante  en  más 
perfeción,  temían  por  afrenta  y  entre  sí  se  correrían,  si  pensasen 
que  porque  se  han  de  acabar  los  bienes  de  este  mundo  los  dejan, 
sino  que,  aunque  durasen  para  siempre,  se  alegran  de  dejarlos 
por  Dios;  y  mientra  más  perfetos  fuesen  más;  y  mientra  más 
duraren  más. 

Aquí  en  éstos  está  ya  crecido  el  amor,  y  él  es  el  que  obra; 
mas  a  los  que  comienzan  esles  cosa  importantísima,  y  no  lo 
tengan  por  bajo,  que  es  gran  bien  el  que  se  gana,  y  por  eso 
lo  aviso  tanto,  que  les  será  menester,  aun  a  los  muy  encumbra- 
dos en  oración,  algunos  tiempos  que  los  quiere  Dios  probar,  y 
parece  que  Su  Majestad  los  deja.  Que,  como  ya  he  dicho,  y  no 
querría  esto  se  olvidase,  en  esta  vida  que  vivimos,  no  crece 
el  alma  como  el  cuerpo,  aunque  decimos  que  sí,  y  de  verdad 
crece.  Mas  un  niño,  después  que  crece  y  echa  gran  cuerpo  y  ya  le 
tiene  de  hombre,  no  torna  a  descrecer  y  a  tener  pequeño  cuerpo; 
acá  quiere  el  Señor  que  sí,  a  lo  que  yo  he  visto  por  mí,  que 
no  lo  sé  por  más.  Debe  ser  por  humillarnos  para  nuestro  gran 
bien,  y  para  que  no  nos  descuidemos  mientras  estuviéremos  en 
este  destierro;  pues  el  que  más  alto  estuviere,  más  se  ha  de 
temer  y  fiar  menos  de  sí.  Vienen  veces  que  es  menester  para 
librarse  de  ofender  a  Dios,  estos  que  ya  están  tan  puesta  su  vo- 
luntad en  la  suya,  que  por  no  hacer  una  imperfeción  se  dejarían 
atormentar  y  pasarían  mil  muertes,  que  para  no  hacer  pecados, 
sigún  se  ven  combatidos  de  tentaciones  y  persecuciones,  se  ha 
menester  aprovecharse  de  las  primeras  armas  de  la  oración,  y 
tornen  a  pensar  que  todo  se  acaba,  y  que  hay  cielo  y  infierno, 
y  otras  cosas  de  esta  suerte. 

Pues   tornando    a    lo   qu«   decía,    gran   fundamento   es    para 


Il4  VIDñ    DE    SANTA    TERESA    DE    JÉSÜS 

librarse  de  los  ardides  y  gustos  que  da  el  demonio,  el  comen- 
zar con  determinación  de  llevar  camino  de  cruz  desde  el  prin- 
cipio, y  no  los  desear,  pues  el  mesmo  Señor  mostró  este  camino 
de  perfección,  diciendo:  Toma  tu  cruz,  y  sigúeme  (1).  El  es 
nuestro  dechado;  no  hay  que  temer  quien  por  sólo  contentarle 
siguiere  sus  consejos. 

En  el  aprovechamiento  que  vieren  en  sí,  entenderán  que  no 
es  demonio,  que  aunque  tornen  a  caer,  queda  una  señal  de  que 
estuvo  allí  el  Señor,  que  es  levantarse  presto,  y  éstas  que  ahora 
diré.  Cuando  es  el  espíritu  de  Dios,  no  es  menester  andar  ras- 
treando cosas  para  sacar  humildad  y  confusión;  porque  el  mes- 
mo Señor  la  da  de  manera  bien  diferente  de  la  que  nosotros 
podemos  ganar  con  nuestras  consideracioncillas,  que  no  son  nada 
en  comparación  de  una  verdadera  humildad  con  luz  que  ensena 
aquí  el  Señor,  que  hace  una  confusión  que  hace  deshacer.  Esto 
es  cosa  muy  conocida,  el  conocimiento  que  da  Dios  para  que  co- 
nozcamos que  ningún  bien  tenemos  de  nosotros;  y  mientra  ma- 
yores mercedes  más.  Pone  un  gran  deseo  de  ir  adelante  en  la 
oración,  y  no  la  dejar  por  ninguna  cosa  de  trabajo  que  le  pu- 
diese suceder;  a  todo  se  ofrece:  una  siguridad  con  humildad  y 
temor  de  que  ha  de  salvarse.  Echa  luego  el  temor  servil  del 
alma,  y  pónele  el  fiel  temor  muy  más  crecido.  Ve  que  se  le  co- 
mienza un  amor  con  Dios  muy  sin  interese  suyo;  desea  ratos 
áe  soledad  para  gozar  más  de  aquel  bien. 

En  fin,  por  no  rae  cansar,  es  un  principio  de  todos  los  bie- 
nes, un  estar  ya  las  flores  en  térmi.no,  que  no  les  falta  casi 
nada  para  brotar;  y  esto  verá  muy  claro  el  alma;  y  en  ninguna 
manera  por  entonces  se  podrá  determinar  a  que  no  estuvo  Dios 
con  ella,  hasta  que  se  torna  a  ver  con  quiebras  y  imperfeciones, 
que  entonces  todo  lo  teme,  y  es  bien  que  tema;  aunque  almas 
hay  que  les  aprovecha  más  creer  cierto  que  es  Dios,  que  todos 
ios  temores  que  la  pueden  poner;  porque  si  de  suyo  es  amoro- 
sa y  agradecida,  más  la  hace  tornar  a  Dios  la  memoria  de 
la  merced  que   la  hizo,   que  todos   los   castigos   de   el   infierno 


1      Matul.,  XVI,  n. 


CAPITULO    XV  115 

que    la    representen;    al    menos    la    mía,    aunque    tan    ruin,    esto 
me  acaecía. 

Porque  las  señales  de  el  buen  espíritu  se  irán  diciendo,  mas, 
como  a  quien  le  cuestan  muchos  trabajos  sacarlos  en  limpio, 
no  las  digo  ahora  aquí.  Creo,  con  el  favor  de  Dios,  en  esto 
atinaré  algo;  porque,  dejado  la  expiriencia  en  que  he  mucho  en- 
tendido, sclo  de  algunos  letrados  muy  letrados,  y  personas  muy 
santas,  a  quien  es  razón  se  dé  crédito,  y  no  anden  las  almas 
tan  fatigadas  cuando  llegaren  aquí  por  la  bondad  de  el  Señor, 
como  yo  he  andado. 


CAPITULO    XVÍ 

TRATA  TERCER  GRADO  DE  ORACIÓN,  Y  VA  DECLARANDO  COSAS  MUY  SU- 
BIDAS, Y  LO  PUE  PUEDE  EL  ALMA  QUE  LLEGA  AQUÍ,  Y  LOS  EFETOS 
QUE  HACEN  ESTAS  MERCEDES  TAN  GRANDES  DEL  SEÑOR.  ES  MUY 
PARA  LEVANTAR  EL  ESPÍRITU  EN  ALABANZAS  DE  DIOS  Y  PARA 
GRAN   CONSUELO   DE   QUIEN   LLEGARE    AQUÍ. 


Vengamos  ahora  a  hablar  de  la  tercera  agua  con  que  se  riega 
esta  huerta,  que  es  agua  corriente  de  río  o  de  fuente,  que  se  riega 
muy  a  menos  trabajo,  aunque  alguno  da  el  encaminar  el  agua. 
Quiere  el  Señor  aquí  ayudar  a  el  hortolano,  de  manera  que  casi 
El  es  él  hortolano  y  el  que  lo  hace  todo.  Es  un  sueño  de  las 
potencias,  que  ni  del  todo  se  pierden,  ni  entienden  cómo  obran. 
El  gusto  y  suavidad  y  deleite  es  más  sin  comparación  que  lo 
pasado;  es  que  da  el  agua  a  la  garganta  a  esta  alma  de  la 
gracia,  que  no  puede  ya  ir  adelante,  ni  sabe  cómo,  ni  tornar 
atrás;  querría  gozar  de  grandísima  gloria.  Es  como  uno  que  está 
con  la  candela  en  la  mano,  que  le  falta  poco  para  morir  muerte  que 
la  desea.  Está  gozando  en  aquella  agonía  con  el  mayor  deleite 
que  se  puede  decir;  no  me  parece  que  es  otra  cosa,  sino  un 
morir  casi  de  el  todo  a  todas  las  cosas  de  el  mundo,  y  estar 
gozando  de  Dios.  Yo  no  sé  otros  términos  cómo  lo  decir,  ni  cómo 
lo  declarar,  ni  entonces  sabe  el  alma  qué  hacer ;  porque  ni  sabe 
si  hable,  ni  si  calle,  ni  si  ría  ni  si  llore.  Es  un  glorioso  des- 
atino, una  celestial  locura,  adonde  se  deprende  la  verdadera  sa- 
biduría, y  es  deleitosísima  manera  de  gozar  el  alma. 


118  VIDñ    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

Y  es  ansí  que  ha  que  me  dio  el  Señor  en  abundancia  esta 
oración,  creo  cinco  y  aun  seis  años,  muchas  veces,  y  que  ni  yo 
la  entendía,  ni  la  supiera  decir;  y  ansí  tenía  por  mí,  llegada  aquí, 
decir  muy  poco  u  nonada.  Bien  entendía  que  no  era  del  todo 
unión  de  todas  las  potencias,  y  que  era  más  que  la  pasada,  muy 
claro;  mas  yo  confieso  que  no  podía  determinar  ni  entender 
cómo  era  esta  diferencia.  Creo  por  la  humildad  qu€  vuestra  mer- 
cad ha  tenido  en  querese  ayudar  de  una  simpleza  tan  grande 
como  la  mía,  me  dio  el  Señor  hoy,  acabando  de  comulgar, 
esta  oración,  sin  poder  ir  adelante,  y  me  puso  estas  comparacio- 
nes, y  enseñó  la  manera  de  decirlo,  y  lo  que  ha  de  hacer  aquí 
el  alma;  que  cierto  yo  me  espanté  y  entendí  en  un  punto.  Muchas 
veces  estaba  ansí  como  desatinada  y  embriagada  en  este  amor, 
y  jamás  había  podido  entender  cómo  era.  Bien  entendía  que  era 
Dios,  mas  no  podía  entender  cómo  obraba  aquí;  porque,  en 
hecho  de  verdad,  están  casi  de  el  todo  unidas  las  potencias,  mas 
no  tan  engolfadas  que  no  obren.  Gustado  he  en  extremo  de 
haberlo  ahora  entendido.  Bendito  sea  el  Señor,  que  ansí  me 
ha  regalado. 

Sólo  ti€ne  habilidad  las  potencias  para  ocuparse  todas  en 
Dios;  no  parece  se  osa  bullir  ninguna,  ni  la  podemos  hacer 
menear,  si  con  mucho  estudio  no  quisiésemos  divirtirnos,  y  aun 
no  me  parece  que  del  todo  se  podría  entonces  hacer.  Habíanse 
aquí  muchas  palabras  en  alabanzas  de  Dios,  sin  concierto,  si 
el  mesmo  Señor  no  las  concierta;  al  menos  el  entendimiento 
no  vale  aquí  nada:  querría  dar  voces  en  alabanzas  el  alma,  y 
está  que  no  cabe  en  sí;  un  desasosiego  sabroso.  Ya,  ya  se 
abren  las  flores,  ya  comienzan  a  dar  olor.  Aquí  querría  el  alma 
que  todos  la  viesen  y  entendiesen  su  gloria  pa  alabanzas  de 
Dios,  y  ,que  la  ayudasen  a  ello,  y  darles  parte  de  su  gozo,  porque 
no  puede  tanto  gozar.  Paréceme  que  es  como  la  que  dice  él 
Evagelio,  que  quería  llamar,  u  llamaba  a  sus  vecinas  (1).  Esto 
me  parece  debía  sentir  el  admirable  espíritu  de  el  real  profeta 
David,   cuando  tañía   y   cantaba   con   la   arpa,   en   alabanzas   de 

1      Luc,  XV,  6  y  9. 


CAPITULO    XVI  119 

Dios.   Deste   glorioso  Rey   so   go   muy   devota,   y   querría   todos 
lo  fuesen,  en  especial  los  que  somos  pecadores  (1). 

¡Oh,  válame  Dios!  ¡Cuál  está  un  alma  cuando  está  ansí!- 
Toda  ella  querría  fuese  lenguas  para  alabar  a  el  Señor.  Dice 
mil  desatinos  santos,  atinando  siempre  a  contentar  a  quien  la 
tiene  ansí.  Yo  sé  persona  (2),  que  con  no  ser  poeta,  que  le 
acaecía  hacer  de  presto  coplas  muy  sentidas  declarando  su  pena 
bien,  no  hecha  de  su  entendimiento,  sino  que,  para  más  gozar 
la  gloria  que  tan  sabrosa  pena  le  daba,  se  quejaba  de  ella  a 
su  Dios.  Todo  su  cuerpo  y  alma  querría  se  despedazase  para 
mostrar  el  gozo  que  con  esta  pena  siente.  ¿Qué  se  le  porná  en- 
tonces delante  de  tormentos,  que  no  le  fuese  sabroso  pasarlos 
por  su  Señor?  Ve  claro  que  no  hacían  casi  nada  los  mártires 
de  su  parte  en  pasar  tormentos,  porque  conoce  bien  el  alma 
viene  de  otra  parte  la  fortaleza.  ¿Mas  qué  sentirá  de  tornar 
a  tener  seso  para  vivir  en  el  mundo,  y  de  haber  de  tornar  a  los 
cuidados  y  cumplimientos  de  él?  Pues  no  me  parece  he  encare- 
cido cosa  que  no  queda  baja  en  este  modo  de  gozo  que  el  Se- 
ñor quiere  en  este  destierro  que  goce  un  alma.  Bendito  seáis 
por  siempre,  Señor;  alábenos  todas  las  cosas  por  siempre.  Que- 
red ahora,  Rey  mío,  suplícooslo  yo,  que  pues,  cuando  esto  escribo, 
no  estoy  fuera  de  esta  santa  locura  celestial  por  vuestra  bon- 
dad y  misericordia,  que  tan  sin  méritos  míos  me  hacéis  esta 
merced,  que  u  estén  todos  los  que  yo  tratare  locos  de  vuestro 
amor,  u  primitáis  que  no  trate  yo  con  nadie,  u  ordenad.  Señor, 
cómo  no  tenga  ya  cuenta  en  cosa  del  mundo,  u  me  saca  de  él.  No 
puede  ya.  Dios  mío,  esta  vuestra  sierva  sufrir  tantos  trabajos 
como  de  verse  sin  Vos  le  vienen,  que  si  ha  de  vivir,  no  quiere 
descanso  en  esta  vida,  ni  se  le  deis  Vos.  Querría  ya  esta  alma 
verse  libre;  el  comer  la  mata;  el  dormir  la  congoja;  ve  que 
se  le  pasa  el  tiempo  de  la  vida,  pasar  en  regalo,  y  que  nada 
ya  la  puede  regalar  fuera  de  Vos;  que  parece  vive  contra  natura, 
pues  ya  no  querría  vivir  en  sí  sino  en  Vos. 


1  Figura  la  festividad  del  Rey  David  en  el  Calendario  de  los  Carmelitas  revisado  en  1564 
por  el  Capítulo  General. 

2  Era  la  misma  Santa  Madre. 


120  VlDñ    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

¡Oh  verdadero  Señor  y  gloria  raía,  qué  delgada  y  pesadísima 
cruz  tenéis  aparejada  a  los  que  llegan  a  este  estado!  Delgada, 
porque  es  suave;  pesada,  porque  vienen  veces  que  no  hay  sufri- 
miento que  la  sufra;  y  no  se  querría  jamás  ver  libre  de  ella,  si 
no  fuese  para  verse  ya  con  Vos.  Cuando  se  acuerda  que  no  os  ha 
servido  en  nada,  y  que  viendo  os  puede  servir,  querría  car- 
garse muy  más  pesada,  y  nunca  hasta  la  fin  del  mundo  morirse; 
no  tiene  en  nada  su  descanso*  a  treco  (1)  de  haceros  un  pequeño 
servicio;  no  sabe  qué  desee,  mas  bien  entiende  que  no  desea 
otra  cosa  sino  a  Vos. 

¡Oh  hijo  mío!  Que  es  tan  humilde,  que  ansí  se  quiere  nom- 
brar a  quien  esto  va  dirigido,  y  me  lo  manda  escribir  (2),  sea 
sólo  para  vos  algunas  cosas  de  las  que  viere  vuestra  merced  salgo 
de  términos;  porque  no  hay  razón  que  baste  a  no  me  sacar  de  ella 
cuando  me  saca  el  Señor  de  mí;  ni  creo  soy  yo  la  que  hablo  desde 
esta  mañana  que  comulgué;  parece  que  sueño  lo  que  veo,  y  no 
querría  ver  sino  enfermos  de  este  mal  que  estoy  yo  ahora.  Suplico 
a  vuestra  merced  seamos  todos  locos,  por  amor  de  quien  por 
nosotros  se  lo  llamaron.  Pues  dice  vuestra  merced  que  me  quiere, 
en  disponerse  para  que  Dios  le  haga  esta  merced,  quiero  que  me 
lo  muestre,  porque  veo  muy  pocos  que  no  los  vea  con  seso 
demasiado  pa  lo  que  les  cumple.  Ya  puede  ser  que  tenga  yo 
más  que  todos;  no  me  lo  consienta  vuestra  merced,  Padre  mío, 
pues  es  mi  confesor  (3),  y  a  quien  he  fiado  mi  alma;  desen- 
gáñeme con  verdad,  que  se  usan  muy  poco  estas  verdades. 

Este  concierto  querría  hiciésemos  los  cinco  que  al  presente 
nos  amamos  en  Cristo  (4),  que  como  otros  en  estos  tiempos  se 
juntaban  en  secreto  para  contra  Su  Majestad  y  ordenar  malda- 
des y  herejías,  procurásemos  juntarnos  alguna  vez  para  desen- 
gañar unos  a  otros,  y  decir  en  lo  que  podríamos  enmendarnos  y 


1  En  vez  de  a  trueque. 

2  Habla  del  P.  Pedro  Ibáñez.  Las  palabras  del  origina!,  folio  67,  línea  20:  que  es  tan 
humilde  que  ansí  se  quiere  nombrar  a  quien  esto...  están  borradas  por  otra  mano  que  la  de  la 
autora.  Quizá  fuera  el  P.  Bánez. 

3  Después  de  esta  palabra,  hay  otras  tres  o  cuatro  tachadas,  de  suerte  que  impiden  su 
lectura;  sin  embargo,  no  se  interrumpe  el  sentido;  debe  dg  ser  algiín  inciso,  que  envuelve  algún 
tierno  elogio  para  el  mismo  esclarecido  Padre. 

4  Pudieron  ser  estos  el  Mtro.  Daza,  Francisco  de  Salcedo,  D.a  Guiomar  de  UUoa,  u 
el  Padre   Ibáñez. 


CAPITULO    XVI  121 

contentar  más  a  Dios:  qu€  no  hag  quien  tan  bien  se  conozca  a  sí, 
como  conocen  los  que  nos  miran,  si  es  con  amor  g  cuidado  de 
aprovecharnos  (1).  Digo  en  secreto,  porque  no  se  usa  ya  este 
lenguaje;  hasta  los  predicadores  van  ordenando  sus  sermones  para 
no  descontentar  (2).  Buena  intención  ternán,  g  la  obra  lo  será, 
mas  ansí  se  enmiendan  pocos.  ¿Mas  cómo  no  son  muchos  los  que 
por  los  sermones  dejan  los  vicios  públicos?  ¿Sabe  qué  me  pa- 
rece? Porque  tienen  mucho  seso  los  que  los  predican.  No  están 
sin  él,  con  el  gran  fuego  de  amor  de  Dios,  como  lo  estaban  los 
Apóstoles,  ü  ansí  calienta  poco  esta  llama;  no  digo  yo  sea  tanta 
como  ellos  tenían,  mas  querría  que  fues€  más  de  lo  que  veo. 
¿Sabe  vuestra  merced  en  qué  debe  ir  mucho?  En  tener  ya  aborre- 
cida la  vida,  y  en  poca  estima  la  honra;  que  no  se  les  daba 
más,  a  trueco  de  decir  una  verdad  y  sustentarla  para  gloria  de 
Dios,  perderlo  todo  que  ganarlo  todo;  que  a  quien  de  veras 
lo  tiene  todo  arriscado  por  Dios,  igualmente  lleva  lo  uno  que 
lo  otro.  No  digo  yo  que  soy  ésta,  mas  querríalo  ser. 

¡Oh  gran  libertad!  Tener  por  cativerio  haber  de  vivir  y  tra- 
tar conforme  a  las  leyes  de  el  mundo,  que  como  ésta  se  alcan- 
ce de  el  Señor,  no  hay  esclavo  que  no  lo  arrisque  todo  por  res- 
catarse y  tornar  a  su  tierra.  Y  pues  este  es  el  verdadero  camino, 
no  hay  que  parar  en  él,  que  nunca  acabaremos  de  ganar  tan  gran 
tesoro,  hasta  que  se  nos  acabe  la  vida.  El  Señor  nos  dé  para  esto 
su  favor.  Rompa  vuestra  merced  esto  que  he  dicho,  si  le  pare- 
ciere, y  tómelo  por  carta  para  sí,  y  perdóneme  que  he  estado 
muy  atrevida. 


1  En  lo  que  dice  de  las  herejías  refiérese  a  las  reuniones  clandestinas  que  celebraban  en 
Valladolid  varios  herejes,  o  sospechosos  de  herejía,  presididos  por  el  doctor  Agustín  Cazalla, 
canónigo  de  Salamanca,  capellán  ¡j  predicador  de  Carlos  V.  Terminaron  con  el  auto  celebrado 
en  21  de  Mayo  de  1559  en  la  misma  ciudad,  en  el  cual  fueron  condenadas  personas  de  mucha 
calidad,  como  doña  Ana  Enríquez,  hermana  del  Marqués  de  Alcañices.  Fué  uno  de  los  autos 
que  más  consternación  causaron  en  España.  En  su  propaganda  heretical,  llegaron  los  partidarios 
de  Cazalla  hasta  Avila,  donde  pretendieron  hablar  con  doña  Guiomar  de  UUoa  g  otras  señoras 
piadosas,  g  aun  a  la  misma  Santa  Madre.  Esta  solía  referir,  según  declara  Ana  de  Jesús  en  las 
Informaciones  de  Salamanca,  del  año  1597,  que  «cuando  las  herejías  de  Cazalla  y  sus  secuaces, 
habían  querido  éstos  tratar  a  doña  Guiomar  de  Ulloa  y  otras  señoras  viudas  y  religiosas,  y  que 
sabiendo  que  trataban  con  personas  de  diferentes  Ordenes,  dijeron  no  querían  entrar  ellos  en 
casas  de  tantas  puertas;  y  con  esto  se  libraron  de  saber  nada  de  ellos.  Y  a  la  misma  Santa 
también  la  codiciaron  hablar  antes  que  supiesen  trataba  con  tantos».  (Cf.  Memorias  historiales, 
Q  A.,  n.  67). 

2  Al  margen  del  original  añadió  el  P.  Domingo  Báñez:  Legant  praedicatores. 


CAPITULO    XVII 

PROSIGUE  EN  Lñ  MESMñ  MATERIA  DE  DECLARAR  ESTE  TERCER  GRADO 
DE  oración;  acaba  DE  DECLARAR  LOS  EFETOS  QUE  HACE;  DICE 
EL  IMPEDIMENTO  QUE  AQUÍ  HACE  LA  IMAGINACIÓN  Y  MEMORIA, 

RazonablementG  está  dicho  de  este  modo  de  oración,  y  lo  que 
ha  de  hacer  el  alma,  u  por  mijor  decir,  hace  Dios  en  ella,  que 
es  el  que  toma  ya  el  oficio  de  hortelano,  y  quiere  que  ella  huel- 
gue. Sólo  consiente  la  voluntad  en  aquellas  mercedes  que  goza, 
y  se  ha  de  ofrecer  a  todo  lo  que  en  ella  quisiere  hacer  la  verdade- 
ra sabiduría,  porque  es  menester  ánimo,  cierto;  porque  es  tanto  el 
gozo,  que  parece  algunas  veces  no  queda  un  punto  para  acabar  el 
ánima  de  salir  de  este  cuerpo:  y  qué  venturosa  muerte  seria. 

Aquí  me  parece  viene  bien,  como  a  vuestra  merced  se  dijo, 
dejarse  del  todo  en  los  brazos  de  Dios:  si  quiere  llevarla  al 
cielo,  vaya;  si  al  infierno,  no  tiene  pena,  como  vaya  con  su 
Bien;  si  acabar  del  todo  la  vida,  eso  quiere;  si  que  viva  mil  años, 
también;  haga  Su  Majestad  como  de  cosa  propia;  ya  no  es  suya 
el  alma  de  sí  mesma;  dada  está  del  todo  a  el  Señor;  descuídese 
del  todo.  Digo  que  en  tan  alta  oración  como  esta  (que  cuando  la 
da  Dios  a  el  alma,  puede  hacer  todo  estoi  y  mucho  más,  que  estos 
son  sus  efetos)  y  entiende  que  lo  hace  sin  ningún  cansancio  del 
entendimiento;  sólo  me  parece  está  como  espantada  de  ver  cómo 
el  Señor  hace  tan  buen  hortolano,  y  no  quiere  que  tome  él  traba- 
jo ninguno,  sino  que  se  deleite  en  comenzar  a  oler  las  flores. 
Que  en  una  llegada  de  estas,  por  poco  que  dure,  como  <es  tal  el 


124  VIDñ    DE    SflNTñ    TERESA    DE    JESÚS 

hortelano,  en  fin  Criador  de  el  agua,  dala  sin  medida;  y  lo 
que  la  pobre  de  el  alma  con  trabajo  por  ventura  de  veinte 
años  de  cansar  el  entendimiento  no  ha  podido  acaudalar,  hácelo 
este  hortolano  celestial  en  un  punto,  y  crece  la  fruta,  y  madúrala 
de  manera  que  se  puede  sustentar  de  su  huerto,  quiriéndolo  el 
Señor.  Mas  no  le  da  licencia  que  reparta  la  fruta,  hasta  que  él 
€sté  tan  fuerte  con  lo  que  ha  comido  de  ella,  que  no  se  le  vaya 
en  gostaduras,  y  no  dándole  nada  de  provecho,  ni  pagándosela 
a  quien  la  diere,  sino  que  los  mantenga  y  dé  de  comer  a  su 
costa,  y  quedarse  ha  él  por  ventura  muerto  de  hambre.  Esto 
bien  entendido  va  para  tales  entendimientos,  y  sabránlo  aplicar 
mijor  que  yo  lo  sabré  decir  y  cansóme. 

En  fin,  es  que  las  virtudes  quedan  ahora  más  fuertes  que 
en  la  oración  de  quietud  pasada;  porque  se  ve  otra  el  alma  (1), 
y  no  sabe  cómo  comienza  a  obrar  grandes  cosas  con  el  olor 
que  dan  de  sí  las  flores,  que  quiere  el  Señor  se  abran,  para 
que  ella  vea  que  tiene  virtudes,  aunque  ve  muy  bien  que  no  las 
podía  ella,  ni  ha  podido  ganar  en  muchos  años,  y  que  en  aquello 
poquito  el  celestial  hortolano  se  las  dio.  Aquí  es  muy  mayor  la 
humildá  y  más  profunda,  que  al  alma  queda,  que  en  lo  pasado; 
porque  ve  más  claro  que  poco  ni  mucho  hizo,  sino  consentir 
que  la  hiciese  el  Señor  mercedes  y  abrazarlas  la  voluntad. 

Paréceme  este  modo  de  oración  unión  muy  conocida  de 
toda  el  alma  con  Dios,  sino  que  parece  quiere  Su  Majestad  dar 
licencia  a  las  potencias  para  que  entiendan  y  gocen  de  lo  mucho 
que  obra  allí.  Acaece  algunas  y  muy  muchas  veces,  estando 
unida  la  voluntad  (para  que  vea  vuestra  merced  puede  ser  esto  y 
lo  entienda  cuando  lo  tuviere;  al  menos  a  mí  trájome  tonta,  y 
por  eso  lo  digo  aquí),  entiéndese  que  está  la  voluntad  atada 
y  gozando,  y  en  mucha  quietud  está  sola  la  voluntad,  y  está 
por  otra  parte  el  entendimiento  y  memoria  tan  libres,  que  pue- 
den tratar  en  negocios  y  entender  en  obras  de  caridad.  Esto, 
aunque  parece  todo  uno,  es  diferente  de  la  oración  de  quietud 
que  dije,  en  parte,  porque  allí  está  el  alma  que  no  se  querría 


J      El  alma.  Están  escritas  a,\  margen  egtas  dos  palabras  de  letra  de  la  Santa. 


CAPITULO   xvl'i  i  25 

bullir  ni  menear,  gozando  en  aquel  ocio  santo  de  María;  en  esta 
oración  puede  también  ser  Marta;  ansí  que  está  casi  obrando 
juntamente  en  vida  ativa  y  contemplativa,  y  entender  en  obras 
de  caridad  y  negocios  que  convengan  a  su  estado,  y  leer,  aunque 
no  del  todo  están  señores  de  sí,  y  entienden  bien  que  está  la 
mijor  parte  del  alma  en  otro  cabo.  Es  como  si  estuviésemos  ha- 
blando con  uno,  y  por  otra  parte  nos  hablase  otra  persona,  que 
ni  bien  estaremos  en  lo  uno,  ni  bien  en  lo  otro. 

Es  cosa  que  se  siente  muy  claro,  y  da  mucha  satisfación 
y  contento  cuando  se  tiene,  y  es  muy  gran  aparejo  para  que 
en  tiniendo  tiempo  de  soledad  u  desocupación  de  negocios,  ven- 
ga el  alma  a  muy  sosegada  quietud.  Es  un  andar  como  una 
persona  que  «stá  en  sí  satisfecha,  que  no  tiene  necesidad  de 
comer,  sino  que  siente  el  estómago  contento,  de  manera  que  no 
a  todo  manjar  arrostraría;  mas  no  tan  harta  que,  si  los  ve  bue- 
nos, d€j€  de  comer  de  buena  gana.  Ansí  no  le  satisface,  ni  que- 
rría entonces  contento  del  mundo,  porque  en  sí  tiene  el  que  le 
satisface  más:  mayores  contentos  de  Dios,  deseos  de  satisfacer 
su  deseo,  de  gozar  más,  de  estar  con  El;  esto  es  lo  que  quiere. 

Hay  otra  manera  de  unión,  que  aun  no  es  entera  unión, 
mas  es  más  que  la  que  acabo  de  decir;  y  no  tanto  como  la  que 
se  ha  dicho  de  esta  tercer  agua.  Gustará  vuestra  merced  mucho  de 
que  el  Señor  se  las  dé  todas,  si  no  las  tienen  ya,  de  hallarlo 
escrito  y  entender  lo  que  es;  porque  una  merced  es  dar  el  Señor 
la  merced,  y  otra  es  entender  qué  merced  es  y  qué  gracia;  otra 
es  saber  decirla  y  dar  a  entender  cómo  es.  Y  aunque  no  parece 
es  menester  más  de  la  primera  para  no  andar  el  alma  confusa 
y  medrosa,  y  ir  con  más  ánimo  por  el  camino  del  Señor,  llevando 
debajo  de  los  pies  todas  las  cosas  del  mundo,  es  gran  prove- 
cho entenderlo,  y  merced;  que  por  cada  una  es  razón  alabe 
mucho  a  el  Señor  quien  la  tiene,  y  quien  no,  porque  la  dio  Su 
Majestad  a  alguno  de  los  que  viven,  para  que  nos  aprovechase 
a  inosotros.  Ahora,  pues,  acaece  muchas  veces  esta  manera  de 
unión,  que  quiero  decir  (en  especial  a  mí,  que  me  hace  Dios  esta 
merced  de  esta  suerte  muy  muchas),  que  coge  Dios  la  voluntad, 
y  aun  el  entendimiento,  a  mi  parecer,  porque  no  discurre,  sino 


126  VIDA    DE    SANTñ    TERESA    DE    JESUS 

está  ocupado  gozando  de  Dios,  como  quien  está  mirando  y  ve 
tanto  que  no  sabe  hacia  donde  mirar;  uno  por  otro  se  le  pierde 
de  vista,  que  no  dará  señas  de  cosa.  La  memoria  queda  libre, 
y  junto  con  la  imaginación  debe  ser,  y  ella,  como  se  ve  sola,  es 
para  alabar  a  Dios  la  guerra  que  da,  y  cómo  procura  desasose- 
garlo todo;  a  mí  cansada  me  tiene  y  aborrecida  la  tengo,  y  mu- 
chas veces  suplico  a  el  Señor,  si  tanto  me  ha  de  estorbar, 
me  la  quite  en  estos  tiempos.  Algunas  veces  le  digo:  ¿Cuándo, 
mi  Dios,  ha  de  estar  ya  toda  junta  mi  alma  en  vuestra  alabanza, 
y  no  hecha  pedazos,  sin  poder  valerse  a  sí?  Aquí  veo  el  mal 
que  nos  causa  el  pecado,  pues  ansí  nos  sujetó'  a  no  hacer  lo  que 
queremos  de  estar  siempre  ocupados  en  Dios. 

Digo  que  me  acaece  a  veces,  y  hoy  ha  sido  la  una,  y  ansí 
lo  tengo  bien  en  la  memoria,  que  veo  deshacerse  mi  alma,  por 
verse  junta  donde  está  la  mayor  parte,  y  ser  imposible,  sino  que 
le  da  tal  guerra  la  memoria  y  imaginación,  que  no  la  dejan 
valer;  y  como  faltan  las  otras  potencias,  no  valen,  aun  para 
hacer  mal,  nada;  harto  hacen  en  desasosegar,  digo  para  hacer 
mal,  porque  no  tienen  fuerza  ni  paran  en  un  ser;  como  el  en- 
tendimiento no  la  ayuda  poco  ni  mucho,  a  lo  que  le  representa, 
no  para  en  nada,  sino  de  uno  en  otro,  que  no  parece  sino  de 
estas  maripositas  de  las  noches,  importunas  y  desasosegadas: 
ansí  anda  de  un  cabo  a  otro.  En  extremo  me  parece  le  viene  a 
el  propio  esta  comparación;  porque  aunque  no  tiene  fuerza  para 
hacer  ningún  mal,  importuna  a  los  que  la  ven.  Para  esto  no  sé 
qué  remedio  haya,  que  hasta  ahora  no  me  le  ha  dado  Dios  a 
entender;  que  de  buena  gana  le  tomaría  para  mí,  que  me  atormen- 
ta, como  digo,  muchas  veces.  Represéntase  aquí  nuestra  miseria, 
y  muy  claro  el  gran  poder  de  Dios;  pues  ésta  que  queda  suelta, 
tanto  nos  daña  y  nos  cansa,  y  las  otras,  que  están  con  Su  Ma- 
jestad, el  descanso  que  nos  dan.    - 

El  postrer  remedio  que  he  hallado,  a  cabo  de  haberme  fa- 
tigado hartos  años,  es  lo  que  dije  en  la  oración  de  quietud, 
que  no  se  haga  caso  de  ella  más  que  de  un  loco,  sino  dejarla 
con  su  tema,  que  sólo  Dios  se  la  puede  quitar;  y,  en  fin,  aquí 
por  esclava  queda.  Hémoslo  de  sufrir  con  paciencia,  como  hizo 


CAPITULO  xvn  127 

Jacob  a  Lía ;  porque  harta  merced  nos  hace  el  Señor  que  gocemos 
de  Raquel.  Digo  que  queda  esclava;  porque,  en  fin,  no  puede, 
por  mucho  que  haga,  traer  a  sí  las  otras  potencias;  antes  ellas, 
sin  ningún  trabajo,  la  hacen  venir  muchas  veces  a  sí.  Algunas 
es  Dios  servido  de  haber  lástima  de  verla  tan  perdida  g  desaso- 
segada, con  deseo  de  estar  con  las  otras,  y  consiéntela  Su  Ma- 
jestad se  queme  en  el  fuego  de  aquella  vela  divina,  donde  las 
otras  están  ya  hechas  polvo,  perdido  su  ser  natural,  casi  (1)  es- 
tando sobrenatural  gozando  tan  grandes  bienes. 

En  todas  estas  maneras  que  de  esta  postrera  agua  de  fuente 
he  dicho,  es  tan  grande  la  gloria  y  descanso  del  alma,  que  muy 
conocidamente  aquel  gozo  y  deleite  participa  de  él  el  cuerpo, 
y  esto  muy  conocidamente,  y  quedan  tan  crecidas  las  virtudes 
como  he  dicho.  Parece  ha  querido  el  Señor  declarar  estos  esta- 
dos en  que  se  ve  el  alma,  a  mi  parecer,  como  acá  se  puede  dar 
a  entender.  Trátelo  vuestra  merced  con  persona  espiritual,  que 
haya  llegado  aquí  y  tenga  letras.  Si  le  dijere  que  está  bien, 
crea  que  se  lo  ha  dicho  Dios,  y  téngalo  en  mucho  a  Su  Majes- 
tad; porque,  como  he  dicho,  andando  el  tiempo,  se  holgará  mucho 
de  entender  lo  que  es,  mientra  no  le  diere  la  gracia,  aunque 
se  la  dé  de  gozarlo,  para  entenderlo.  Como  le  haya  dado  Su  'Ma- 
jestad la  primera,  con  su  entendimiento  y  letras  lo  entenderá  por 
aquí.  Sea  alabado  por  todos  los  siglos  de  los  siglos  por  todo. 
Amén. 


1       Casi.  Pone  esta  palabra  la  Santa  al  margen. 


CAPITULO     XVIII 

EN  QUE  TRATA  DEL  CUARTO  GRADO  DE  ORACIÓN;  COMIENZA  A  DECLARAR 
«POR  ECELENTE  MANERA»  LA  GRAN  DINIDAD  EN  QUE  EL  SEÑOR 
PONE  A  EL  ALMA  QUE  ESTA  EN  ESTE  ESTADO:  ES  PARA  ANI- 
MAR MUCHO  A  LOS  QUE  TRATAN  DE  ORACIÓN,  PA  QUE  SE  ES- 
FUERCEN A  LLEGAR  A  TAN  ALTO  ESTADO,  PUES  SE  PUEDE  AL- 
CANZAR EN  LA  TIERRA,  AUNQUE  NO  POR  MERECERLO,  SINO  POR 
LA  BONDAD  DE  EL  SEÑOR.  «LÉASE  CON  ADVERTENCIA,  PORQUE 
SE  DECLARA  POR  MUY  DELICADO  MODO,  Y  T]¡ENE  COSAS  MUCHO 
DE  NOTAR»  (1). 

El  Señor  me  enseñe  palabras  como  se  pueda  decir  algo  de 
la  fcuarta  agua.  Bien  es  menester  su  favor,  aún  más  que  para  la  pa- 
sada; porque  en  ella  aun  siente  el  alma  no  está  muerta  de  el 
todo,  que  ansí  lo  podemos  decir,  pues  lo  está  a  el  mundo.  Mas, 
como  dije,  tiene  sentido  para  entender  que  está  en  él,  g  sentir 
su  soledad,  g  aprovéchase  de  lo  exterior  para  dar  a  entender 
lo  que  siente,  siquiera  por  señas.  En  toda  la  oración  g  mo- 
dos de  ella,  que  queda  dicho,  alguna  cosa  trabaja  el  hortolano; 
aunque  en  estas  postreras  va  el  trabajo  acompañado  de  tanta 
gloria  g  consuelo  de  el  alma,  que  jamás  querría  salir  de  él; 
g  ansí  no  se  siente  por  trabajo,  sino  por  gloria.  Acá  no  hag 
sentir,  sino  gozar  sin  entender  lo  que  se  goza.  Entiéndese  que 
se  goza  un  bien,   adonde  junto  se  encierran  todos  los  bienes; 


1      Las   palabras   entrecomilladas   del  título   fueron  tachadas   por   la   Santa,  tal   vez   por   el 
elogio  que  de  la  doctrina  encierran. 


130  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESUS 

mas  no  se  comprehende  este  bien.  Ocúpanse  todos  los  sentidos 
en  €ste  gozo,  de  manera  que  no  queda  ninguno  desocupado 
para  poder  (1)  en  otra  cosa  exterior  ni  interiormente.  Antes 
dábaseles  licencia  para  que,  como  digo,  hagan  algunas  mues- 
tras del  gran  gozo  que  sienten;  acá  el  alma  goza  más  sin  com- 
paración, y  puédese  dar  a  entender  muy  menos,  porque  no  queda 
poder  en  el  cuerpo,  ni  el  alma  le  tiene  para  poder  comuni- 
car aquel  gozo.  En  aquel  tiempo  todo  le  seria  gran  embarazo, 
y  tormento  y  estorbo  de  su  descanso;  y  digo,  que  si  es  unión 
ds  todas  las  potencias,  que,  aunque  quiera,  estando  en  ello  digo, 
no  puede,  y  si  puede,  ya  no  es  unión. 

El  cómo  es  esta  que  llaman  unión,  y  lo  que  es,  yo  no  lo 
sé  dar  a  entender.  En  la  mística  Teulogía  se  declara,  que  yo  los 
vocablos  no  sabré  nombrarlos,  ni  sé  entender  qué  es  mente,  ni 
qué  diferencia  tenga  del  alma,  u  espíritu  tampoco;  todo  me  pa- 
rece una  cosa;  bien  que  el  alma  alguna  vez  sale  de  sí  mesma,  a 
manera  de  un  fuego  que  está  ardiendo,  y  hecho  llama,  y  algunas 
veces  crece  este  fuego  con  ímpetu.  Esta  llama  sube  muy  arriba 
del  fuego,  mas  no  por  eso  es  cosa  diferente,  sino  la  mesma  llama 
que  está  en  el  fuego.  Esto  vuestras  mercedes  lo  entenderán,  que 
yo  no  lo  sé  más  decir,  con  sus  letras. 

Lo  que  yo  pretendo  declarar  es  qué  siente  el  alma  cuando 
está  en  esta  divina  unión.  Lo  que  es  unión,  ya  se  está  enten- 
dido, que  es  dos  cosas  divisas  hacerse  una.  ¡Oh  Señor  mío,  qué 
bueno  sois!  Bendito  seáis  para  siempre;  alábenos,  Dios  mío, 
todas  las  cosas,  que  ansí  nos  amastes  de  manera  que  con  verdad 
podamos  hablar  de  esta  comunicación,  que  aun  en  este  destierro 
tenéis  con  las  almas;  y  aún  con  las  que  son  buenas  es  gran 
largueza  y  mananimidad.  En  fin,  vuestra.  Señor  mío,  que  dais 
como  quien  sois.  ¡Oh  largueza  infinita,  cuan  maníficas  son  vues- 
tras obras!  Espanta  a  quien  no  tiene  ocupado  el  entendimiento 
en  cosas  de  la  tierra,  que  no  tenga  ninguno  para  entender  ver- 
dades.   ¡Pues   que   hagáis   a   almas   que  tanto  os   han  ofendido 


1      Hoy  diríamos  obrar.  En  esta  acepción  lo  emplea  la  Santa.  No  hay  necesidad  de  añadir- 
le  el  verbo  entender,  como  lo  han  hecho  algunos  editores,  aunque  no  Fraij  Luis  de  León. 


CAPITULO    XVIII  151 

mercedes  tan  soberanas!  Cierto  a  mí  me  acaba  el  entendimiento; 
y  cuando  llego  a  pensar  en  esto,  no  puedo  ir  adelante.  ¿Dónde 
ha  de  ir  que  no  sea  tornar  atrás?  Pues  daros  gracias  por  tan 
grandes  mercedes,  no  sabe  cómo.  Con  decir  disbarates  me  re- 
medio algunas  veces. 

Acaéceme  muchas,  cuando  acabo  de  recibir  estas  mercedes, 
me  las  comienza  Dios  a  hacer  (que  estando  en  ellas,  ya  he 
dicho  que  no  hay  poder  hacer  nada),  decir:  Señor,  mira  lo  que 
hacéis,  no  olvidéis  tan  presto  tan  grandes  males  míos,  ya  que 
para  perdonarme  lo  hayáis  olvidado,  pa  poner  tasa  en  las  mer- 
cedes os  suplico  se  os  acuerde.  No  pongáis.  Criador  mío,  tan 
precioso  licor  en  vaso  tan  quebrado,  pues  habéis  ya  visto  de 
otras  veces  que  le  torno  a  derramar.  No  pongáis  tesoro  semejan- 
te adonde  aún  no  está,  como  ha  de  estar  perdida  del  todo  la 
codicia  de  consolaciones  de  la  vida,  que  lo  gastará  mal  gastado. 
¿Cómo  dais  la  fuerza  de  esta  ciudad  y  llaves  de  la  fortaleza  de 
ella  a  tan  cobarde  alcaide,  que  al  primer  combate  de  los  enemigos 
los  deja  entrar  dentro?  No  sea  tanto  el  amor,  oh  Rey  eterno,  que 
pongáis  en  aventura  joyas  tan  preciosas.  Parece,  Señor  mío,  se 
da  ocasión  para  que  se  tengan  en  poco,  pues  las  ponéis  en  poder 
de  cosa  tan  ruin,  tan  baja,  tan  flaca  y  miserable,  y  de  tan 
poco  tomo,  que  ya  que  trabaje  por  no  las  perder  con  vuestro 
favor  (y  no  es  menester  pequeño,  sigún  yo  soy),  no  puede  dar 
con  ellas  a  ganar  a  nadie.  En  fin,  mujer,  y  no  buena,  sino  ruin. 

Parece  que  no  sólo  se  asconden  los  talentos,  sino  que  se 
entierran,  en  ponerlos  en  tierra  tan  astrosa.  No  soléis  Vos  hacer, 
Señor,  semejantes  grandezas  y  mercedes  a  un  alma,  sino  para 
que  aproveche  a  muchas.  Ya  sabéis,  Dios  mío,  que  de  toda  vo- 
luntad y  corazón  os  lo  suplico,  y  he  suplicado  algunas  veces, 
y  tengo  por  bien  de  perder  el  mayor  bien  que  se  posee  en  la 
tierra,  porque  las  hagáis  Vos  a  quien  con  este  bien  más  apro- 
veche, porque  crezca  vuestra  gloria.  Estas  y  otras  cosas  me  ha 
acaecido  decir  muchas  veces.  Vía  después  mi  necedad  y  poca 
humildad;  porque  bien  sabe  el  Señor  lo  que  conviene,  y  que  no 
había  fuerzas  en  mi  alma  para  salvarse,  si  Su  Majestad  con 
tantas  mercedes  no  se  las  pusiera. 


132  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESUS 

También  pretendo  decir  las  gracias  y  efetos  que  quedan  en 
el  alma,  y  qué  es  lo  que  puede  de  suyo  hacer,  u  si  es  parte  para 
llegar  a  tan  gran  estado. 

Acaece  venir  este  levantamiento  de  espíritu,  u  juntamiento 
con  el  amor  celestial;  que,  a  mi  entender,  es  diferente  la  unión 
del  levantamiento  en  esta  mesma  unión.  A  quien  no  lo  hubiere 
probado  lo  postrero,  parecerle  ha  que  no;  y  a  mi  parecer, 
que  con  ser  todo  uno,  obra  el  Señor  de  diferente  manera,  y  en 
el  crecimiento  del  desasir  de  las  criaturas,  más  mucho  en  el 
vuelo  del  espíritu.  Yo  he  visto  claro  ser  particular  merced,  aun- 
que, como  digo,  sea  todo  uno,  u  lo  parezca;  mas  un  fuego  pe- 
queño también  es  fuego  como  un  grande,  y  ya  se  ve  la  dife- 
rencia que  hay  de  lo  uno|  a  lo  otro.  En  un  fuego  pequeño,  prime- 
ro que  un  hierro  pequeño  se  hace  ascua,  pasa  mucho  espacio; 
mas  si  el  fuego  es  grande,  aunque  sea  mayor  el  hierro,  en  muy 
poquito  pierde  del  todo  su  ser,  al  parecer.  Ansí  me  parece  es 
en  estas  dos  maneras  de  mercedes  del  Señor;  y  sé  que  quien 
hubiere  llegado  a  arrobamientos  lo  entenderá  bien;  si  no  lo 
ha  probado,  parecerle  ha  desatino,  y  ya  puede  ser;  porque 
querer  una  como  yo  hablar  en  una  cosa  tal,  y  dar  a  entender 
algo  de  lo  que  parece  imposible  aun  haber  palabras  con  que 
lo  comenzar,  no  es  mucho  que  desatine. 

Mas  creo  esto  de  el  Señor  (que  sabe  Su  Majestad,  que 
después  de  obedecer,  es  mi  intención  engolosinar  las  almas  de 
un  bien  tan  alto),  que  me  ha  en  ello  de  ayudar.  No  diré  cosa  que 
no  la  haya  expirimentado  mucho.  Y  es  ansí,  que  cuando  comencé 
esta  postrera  agua  a  escribir,  que  me  parecía  imposible  saber 
tratar  cosa,  más  que  hablar  en  griego;  que  ansí  es  ello  dificul- 
toso; con  esto  lo  dejé  y  fui  a  comulgar.  Bendito  sea  el  Señor, 
que  ansí  favorece  a  los  inorantes.  ¡Oh  virtud  de  obedecer,  que 
todo  lo  puedes!  Aclaró  Dios  mi  entendimiento,  unas  veces  con 
palabras  y  otras  puniéndome  delante  como  lo  había  de  decir,  que, 
como  hizo  en  la  oración  pasada.  Su  Majestad  parece  quiere 
decir  lo  que  yo  no  puedo  ni  sé.  Esto  que  digo  es  entera  ver- 
dad, y  ansí  lo  que  fuere  bueno,  es  suya  la  dotrina;  lo  malo,  está 
claro,  es  de  el  piélago  de  los  males,  que  so  yo;   y  ansí  digo, 


CAPITULO    XVIII  133 

que  si  hubiere  personas  que  hayan  llegado  a  las  cosas  de  ora- 
ción, que  el  Señor  ha  hecho  merced  a  esta  miserable,  que  debe 
haber  muchas,  y  quisiesen  tratar  estas  cosas  conmigo,  parecién- 
doles  descaminadas,  que  ayudará  el  Señor  a  su  sierva  para  que 
saliera  con  su  verdad  adelante. 

Ahora,  hablando  de  esta  agua  que  viene  de  el  cielo,  para  con 
su  abundancia  henchir  y  hartar  todo  este  huerto  de  agua,  si 
nunca  dejara,  cuando  lo  hubiera  menester,  de  darlo  el  Señor, 
ya  se  ve  qué  descanso  tuviera  el  hortolano.  Y  a  no  haber  invierno, 
sino  ser  siempre  el  tiempo  templado,  nunca  faltaran  flores  y 
frutas,  ya  se  ve  qué  deleite  tuviera;  mas,  mientra  vivimos,  es 
imposible:  siempre  ha  de  haber  cuidado  de  cuanto  faltare  la  un 
agua,  procurar  la  otra.  Esta  de  el  cielo  viene  muchas  veces 
cuando  más  descuidado  está  el  hortolano.  Verdad  es  que  a  los 
principios  casi  siempre  es  después  de  larga  oración  mental;  que 
de  un  grado  en  otro  viene  el  Señor  a  tomar  esta  avecita  y  poner- 
la en  el  nido  para  que  descanse.  Como  la  ha  visto  volar  mucho 
rato,  procurando  con  el  entendimiento  y  voluntad  y  con  todas 
sus  fuerzas  buscar  a  Dios  y  contentarle,  quiérela  dar  el  premio, 
aun  en  esta  vida;  ¡y  qué  gran  premio,  que  basta  un  memento 
para  quedar  pagados  todos  los  trabajos  que  en  ella  puede  haber! 

Estando  ansí  el  alma  buscando  a  Dios,  siente  con  un  deleite 
grandísimo  y  suave  casi  desfallecer  toda  con  una  manera  de  des- 
mayo, que  le  va  faltando  el  huelgo  y  todas  las  fuerzas  corpora- 
les; de  manera  que,  si  no  es  con  mucha  pena,  no  puede  aun 
menear  las  manos;  los  ojos  se  le  cierran  sin  quererlos  cerrar, 
u  si  los  tiene  abiertos,  no  ve  casi  nada;  ni  si  lee,  acierta  a  decir 
letra,  ni  casi  atina  a  conocerla  bien;  ve  que  hay  letra,  mas 
como  el  entendimiento  no  ayuda,  no  la  sabe  leer,  aunque  quiera; 
oye,  mas  no  entiende  lo  que  oye.  Ansí  que  de  los  sentidos 
no  se  aprovecha  nada,  si  no  es  para  no  la  acabar  de  dejar  a  su 
placer,  y  ansí  antes  la  dañan.  Hablar  es  por  demás,  que  no 
atina  a  formar  palabra,  ni  hay  fuerza,  ya  que  atinase,  para  po- 
derla pronunciar;  porque  toda  la  fuerza  exterior  se  pierde  y  se 
aumenta  en  las  de  el  alma  para  mijor  poder  gozar  de  su  gloria. 
El  deleite  exterior  que  se  siente  es  grande  y  muy  conocido. 


134  VIDñ    DE    SñNTA    TERESA    DE    JESÚS 

Esta  oración  no  hace  daño  por  larga  que  sea;  al  menos 
a  mí  nunca  me  le  hizo,  ni  me  acuerdo  hacerme  el  Señor  ninguna 
vez  esta  merced  por  mala  que  estuviese,  que  sintiese  mal,  antes 
quedaba  con  gran  mijoría.  Mas  ¿qué  mal  puede  hacer  tan  gran 
bien?  Es  cosa  tan  conocida  las  operaciones  exteriores,  que  no 
se  puede  dudar  que  hubo  gran  ocasión,  pues  ansí  quitó  las  fuer- 
zas  con   tanto   deleite   para   dejarlas   mayores. 

Verdad  es  que  a  los  principios  pasa  en  tan  breve  tiempo, 
al  menos  a  mí  ansí  me  acaecía,  que  en  estas  señales  exteriores 
ni  en  la  falta  de  los  sentidos,  no  se  da  tanto  a  entender  cuan- 
do pasa  con  brevedad;  mas  bien  se  entiende  en  la  sobra  de  las 
mercedes  que  ha  sido  grande  la  claridad  de  el  sol  que  ha  estado 
allí,  pues  ansí  la  ha  derretido.  Y  nótese  esto,  que  a  mi  parecer, 
por  largo  que  sea  el  espacio  de  estar  el  alma  en  esta  suspensión 
de  todas  las  potencias,  es  bien  breve;  cuando  estuviese  media 
hora,  es  muy  mucho;  yo  nunca,  a  mi  parecer,  estuve  tanto. 
Verdad  es  que  se  puede  mal  sentir  lo  que  se  está,  pues  no  se 
siente;  mas  digo  que  de  una  vez  es  muy  poco  espacio  sin  tornar 
alguna  potencia  en  sí.  La  voluntad  es  la  que  mantiene  la  tela, 
mas  las  otras  dos  potencias  presto  tornan  a  importunar.  Como 
la  voluntad  está  queda,  tórnalas  a  suspender,  y  están  otro  poco  y 
tornan  a  vivir. 

En  esto  se  puede  pasar  algunas  horas  de  oración  y  se  pa- 
san; porque  comenzadas  las  dos  potencias  a  emborrachar  y  gus- 
tar de  aquel  vino  divino,  con  facilidad  se  tornan  a  perder  de 
sí  para  estar  muy  más  ganadas  y  acompañan  a  la  voluntad,  y 
se  gozan  todas  tres.  Mas  este  estar  perdidas  de  el  todo,  y  sin 
ninguna  imaginación  en  nada,  que  a  mi  entender  también  se 
pierde  del  todo,  digo  que  es  breve  espacio;  aunque  no  tan  del 
todo  tornan  en  sí,  que  no  pueden  estar  algunas  horas  como  des- 
atinadas, tornando  de  poco  en  poco  a  cogerlas  Dios  consigo. 

Ahora  vengamos  a  lo  interior  de  lo  que  el  alma  aquí  siente. 
Dígalo  quien  lo  sabe,  que  no  se  puede  entender,  cuanto  más 
decir.  Estaba  yo  pensando  cuando  quise  escribir  esto  (acabando 
de  comulgar  y  de  estar  en  esta  raesma  oración  que  escribo), 
qué  hacía  el  alma  en  aquel  tiempo.  Díjome  el  Señor  estas  pala- 


CAPITULO    XVIII  135 

bras:  Destácese  toda,  hija,  para  ponerse  más  en  mí:  ya  no  es  ella 
la  que  vive,  sino  Yo:  como  no  puede  comprehender  lo  que  en- 
tiende, es  no  entender  entendiendo.  Quien  lo  hubiere  probado 
entenderá  algo  de  esto,  porque  no  se  puede  decir  más  claro,  por 
ser  tan  escuro  lo  que  allí  pasa.  Sólo  podré  decir  que  se  representa 
estar  junto  con  Dios,  y  queda  una  certidumbre,  que  en  ninguna 
manera  se  puede  dejar  de  creer.  Aquí  faltan  todas  las  poten- 
cias, g  s€  suspenden  de  manera,  que  en  ninguna  manera,  como  he 
dicho,  se  entiende  que  qbran.  Si  estaba  pensando  en  un  paso, 
ansí  se  pierde  de  la  memoria,  como  si  nunca  la  hubiera  habido 
de  él;  si  lee,  en  lo  que  leía  no  hay  acuerdo  ni  parar;  si  rezar 
tampoco.  Ansí  que  a  esta  mariposilla  importuna  de  la  memoria 
aquí  se  le  queman  las  alas,  ya  no  se  puede  más  bullir.  La  volun- 
tad debe  estar  bien  ocupada  en  amar,  mas  no  entiende  cómo  ama; 
el  entendimiento,  si  entiende,  no  se  entiende  cómo  entiende,  al 
menos  no  puede  comprehender  nada  de  lo  que  entiende.  A  mí 
no  me  parece  que  entiende;  porque,  como  digo,  no  se  entiende; 
yo  no  acabo  de  entender  esto. 

Acaecióme  a  mí  una  inorancia  a  el  principio,  que  no  sabía 
que  estaba  Dios  en  todas  las  cosas,  y  como  me  parecía  estar  tan 
presente,  parecíame  imposible.  Dejar  de  creerlo  que  estaba  allí, 
no  podía,  por  parecerme  casi  claro  había  entendido  estar  allí  su 
mesma  presencia.  Los  que  no  tenían  letras  me  decían  que  estaba 
sólo  por  gracia;  yo  no  lo  podía  creer,  porque,  como  digo, 
parecíame  estar  presente,  y  ansí  andaba  con  pena.  Un  gran  le- 
trado de  la  Orden  del  glorioso  Santo  Domingo  (1)  me  quitó 
de  esta  duda,  que  me  dijo  estar  presente,  y  cómo  se  comunicaba 
con  nosotros,  que  me  consoló  harto.  Es  de  notar  y  entender 
que  siempre  este  agua  del  cielo,  este  grandísimo  favor  del  Se- 
ñor, deja  el  alma  con  grandísimas  ganancias,  como  ahora  diré. 


1      Probablemente  era  el  P.  Domingo  Báñez,  aunque   el  P.  Gracián   y    María   de   San   José 
dicen  que  fué  el  P.  Vicente  Barrón. 


CAPITULO     XIX 

PROSIGUE  EN  LA  MESMA  MATERIA.  COMIENZA  A  DECLARAR  LOS  EFETOS 
QUE  HACE  EN  EL  ALMA  ESTE  GRADO  DE  ORACIÓN.  PERSUADE 
MUCHO  A  QUE  NO  TORNEN  ATRÁS,  AUNQUE  DESPUÉS  DE  ESTA 
MERCED  TORNEN  A  CAER,  NI  DEJEN  LA  ORACIÓN.  DICE  LOS  DAÑOS 
QUE  VERNAN  DE  NO  HACER  ESTO.  ES  MUCHO  DE  NOTAR  Y  DE 
GRAN  CONSOLACIÓN  PARA  LOS  FLACOS  Y  PECADORES. 


Queda  el  alma  de  esta  oración  y  unión  con  grandísima  ternu- 
ra, de  manera  que  se  querría  deshacer,  no  de  pena,  sino  de  unas 
lágrimas  gozosas.  Hállase  bañada  de  ellas  sin  sentirlo,  ni  saber 
cuándo  ni  cómo  los  lloró;  mas  dale  gran  deleite  ver  aplacado 
aquel  ímpetu  de  el  fuego  con  agua  que  le  hace  más  crecer:  pa- 
rece esto  algarabía  y  pasa  ansí.  Acaecídome  ha  algunas  veces 
en  este  término  de  oración  estar  tan  fuera  de  mí,  que  no  sabía 
si  era  sueno  u  si  pasaba  en  verdad  la  gloria  que  había  sentido,, 
y  de  verme  llena  de  agua,  que  sin  pena  distilaba  con  tanto  ím- 
petu y  presteza,  que  parece  lo  echaba  de  sí  aquella  nube  del 
cielo,  vía  que  no  había  sido  sueño;  esto  era  a  los  principios 
que  pasaba  con  brevedad. 

Queda  el  ánima  animosa,  que  si  en  aquel  punto  la  hiciesen 
pedazos  por  Dios,  le  sería  gran  consuelo.  Allí  son  las  promesas 
y  determinaciones  heroicas,  la  viveza  de  los  deseos,  el  encomenzar 
a  aborrecer  el  mundo,  el  ver  muy  claro  su  vanidad;  está  muy  más 
aprovechada  y  altamente  que  en  las  oraciones  pasadas,  y  la 
humildad  más  crecida;  porque  ve  claro  que  para  aquella  ecesiva 

10  * 


138  VíDñ    DE    S/iNTñ    TERESA    DE    JESÚS 

merced  y  grandiosa,  no  hubo  deligencia  suya,  ni  fué  parte  para 
traerla  ni  para  tenerla.  Vese  claro  indinísima;  porque  en  pieza 
a  donde  entra  mucho  sol  no  hay  telaraña  ascondida;  ve  su  mi- 
seria. Va  tan  fuera  la  vanagloria,  que  no  le  parece  la  podría 
tener;  porque  ya  es  por  vista  de  ojos  lo  poco  o  ninguna  cosa 
puede,  que  allí  no  hubo  casi  consentimiento,  sino  que  parece, 
aunque  no  quiso,  le  cerraron  la  puerta  a  todos  los  sentidos  para 
que  más  pudiese  gozar  de  el  Señor:  quédase  sola  con  El,  ¿qué 
ha  de  hacer  sino  amarle?  Ni  ve,  ni  oye,  si  no  fuese  a  fuerza 
de  brazos;  poco  hay  que  le  agradecer.  Su  vida  pasada  se  le  re- 
presenta después,  y  la  gran  misericordia  de  Dios  con  gran  ver- 
dad, y  sin  haber  menester  andar  a  caza  el  entendimiento,  que 
allí  ve  guisado  lo  que  ha  de  comer  y  entender.  De  sí  ve  que 
merece  el  infierno,  y  que  le  castigan  con  gloria;  desbécese  en 
alabanzas  de  Dios,  y  yo  me  querría  deshacer  ahora.  Bendito 
seáis,  Señor  mío,  que  ansí  hacéis  de  pecina  (1)  tan  sucia  como  yo, 
agua  tan  clara  que  sea  para  vuestra  mesa.  Seáis  alabado  ¡oh 
regalo  de  los  ángeles!  que  ansí  queréis  levantar  un  gusano  tan  vil. 
Queda  algún  tiempo  este  aprovechamiento  en  el  alma;  puede 
ya,  con  entender  claro  que  no  es  suya  la  fruta,  comenzar  a  re- 
partir de  ella,  y  no  le  hace  falta  a  sí.  Comienza  a  dar  muestras 
de  alma  que  guarda  tesoros  del  cielo,  y  a  tener  deseo  de  repar- 
tirlos con  otros,  y  suplicar  a  Dios  no  sea  ella  sola  la  rica.  Co- 
mienza a  aprovechar  a  los  prójimos,  casi  sin  entenderlo,  ni 
hacer  nada  de  sí;  ellos  lo  entienden,  porque  ya  las  flores  tienen 
tan  crecido  el  olor,  que  les  hace  desear  llegarse  a  ellas.  Entiende 
que  tiene  virtudes,  y  ven  la  fruta  que  es  codiciosa:  querríanle 
ayudar  a  comer.  Si  esta  tierra  está  muy  cavada  con  trabajos,  y 
persecuciones,  y  mormuracionss  y  enfermedades,  que  pocos  deben 
llegar  aquí  sin  esto,  y  si  está  mullida,  con  ir  muy  desasida  de 
propio  interese,  el  agua  se  embebe  tanto,  que  casi  nunca  se  seca. 
Mas  si  es  tierra,  que  aun  se  está  en  la  tierra,  y  con  tantas  es- 
pinas como  yo  a  el  principio  estaba,  y  aun  no  quitada  de  las 


1  No  sé  por  qué  se  ha  venido  imprimiendo  esta  palabra  de  diversos  modos.  La  Sania  !a 
emplea  con  mucha  propiedad.  Defínela  el  Diccionario  de  la  Academia.  «Cieno  negruzco  que  se 
forma  en  los  charcos  o  cauces  donde  hay  materias  orgánicas  en  descomposición». 


CAPITULO    XIX  139 

ocasiones,  ni  tan  agradecida  como  merece  tan  gran  merced,  tór- 
nase la  tierra  a  secar;,  y  si  el  hortolano  se  descuida,  y  el  Señor 
por  sola  su  bondad  no  torna  a  querer  llover,  dad  por  perdida 
la  huerta,  que  ansí  me  acaeció  a  mí  algunas  veces;  que,  cierto, 
yo  me  espanto,  y  si  no  hubiera  pasado  por  mí,  no  lo  pudiera 
creer.  Escríbelo  para  consuelo  de  almas  flacas,  como  la  mía,  que 
nunca  desesperan,  ni  dejen  de  confiar  en  la  grandeza  de  Dios, 
Aunque  después  de  tan  encumbradas,  como  es  llegarlas  el  Señor 
aquí,  cayan,  no  desmayen,  si  no  se  quieren  perder  del  todo;  que 
lágrimas  todo  lo  ganan;  un  agua  tray  otra. 

Una  de  las  cosas  porque  me  animé,  siendo  la  que  soy,  a 
obedecer  en  escribir  esto,  y  dar  cuenta  de  mi  ruin  vida  y  de  las 
mercedes  que  me  ha  hecho  el  Señor,  con  no  servirle,  sino  ofen- 
derle, ha  sido  ésta;  que,  cierto,  yo  quisiera  aquí  tener  gran 
autoridad  para  que  se  me  creyera  esto:  a  el  Señor  suplico  Su 
Majestad  la  dé.  Digo  que  no  desmaye  nadie  de  los  que  han  co- 
menzado a  tener  oración  con  decir:  si  torno  a  ser  malo,  es 
peor  ir  adelante  con  el  ejercicio  de  ella.  Yo  lo  creo  si  se  deja  la 
oración  y  no  se  enmienda  de  el  mal;  mas  si  no  la  deja,  crea  que 
le  sacará  a  puerto  de  luz.  Hízome  en  esto  gran  batería  el  demo- 
nio, y  pasé  tanto  en  parecerme  poca  humildad  tenerla,  siendo  tan 
ruin,  que,  como  ya  he  dicho,  la  dejé  año  y  medio,  al  menos  un 
año,  que  de  el  medio  no  me  acuerdo  bien;  y  no  fuera  más,  ni 
fué,  que  meterme  yo  mesma,  sin  haber  menester  demonios  que 
me  hiciesen  ir  a  el  infierno.  ¡Oh,  válame  Dios,  qué  ceguedad 
tan  grande!  i  Y  qué  bien  acierta  el  demonio,  para  su  propósito,  en 
cargar  aquí  la  mano!  Sabe  el  traidor,  que  alma  que  tenga  con 
perseverancia  oración,  la  tiene  perdida,  y  que  todas  las  caídas 
que  la  hace  dar,  la  ayudan,  por  la  bondad  de  Dios,  a  dar  después 
mayor  salto  en  lo  que  es  su  servicio:  algo  le  va  en  ello. 

¡Oh  Jesús  mío!  ¡qué  es  ver  un  alma  que  ha  llegado  aquí 
caída  en  un  pecado,  cuando  Vos  por  vuestra  misericordia  la  tor- 
náis a  dar  la  mano  y  la  levantáis!  ¡cómo  conoce  la  multitud 
de  vuestras  grandezas  y  misericordias,  y  su  miseria!  Aquí  es  e] 
deshacerse  de  veras  y  conocer  vuestras  grandezas;  aquí  el  no 
osar  alzar  los  ojos;   aquí  es  el  levantarlos  para  conocer  lo  que 


140  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JE:íUS 

OS  debe;  aquí  se  hace  devota  de  la  Reina  del  Cielo  para  que  os 
aplaque;  aquí  envoca  los  Santos  que  cayeron,  después  de  ha- 
berlos Vos  llamado,  para  que  la  aguden;  aquí  es  el  parecer  que 
todo  le  viene  ancho  lo  que  le  dais,  porque  ve  no  merece  la  tierra 
que  pisa;  el  acudir  a  los  Sacramentos;  la  fe  viva  que  aquí  le 
queda  de  ver  la  virtud  que  Dios  en  ellos  puso;  el  alabaros 
porque  dejastes  tal  medicina  g  ungüento  pa  nuestras  llagas, 
que  no  las  sobresanan,  sino  que  del  todo  las  quitan.  Espántanse 
de  esto;  ¿g  quién,  Señor  de  mi  alma,  no  se  ha  de  espantar  de 
misericordia  tan  grande  g  merced  tan  crecida,  a  traición  tan  fea 
g  abominable?  Que  no  sé  cómo  no  se  me  parte  el  corazón,  cuando 
€sto  escribo,  porque  soy  ruin. 

Con  estas  lagrimillas  que  aquí  lloro,  dadas  de  Vos  (agua 
de  tan  mal  pozo,  en  lo  que  es  de  mi  parte),  parece  que  os  hago 
pago  de  tantas  traiciones,  siempre  haciendo  males,  y  procuran- 
do deshacer  las  mercedes  que  Vos  me  habéis  hecho.  Ponedlas 
Vos,  Señor  mío,  valor;  aclarad  agua  tan  turbia,  siquiera  por- 
que no  dé  a  alguno  tentación  en  echar  juicios,  como  me  Ja  ha 
dado  a  mí,  pensando  por  qué,  Señor,  dejáis  unas  personas 
muy  santas,  que  siempre  os  han  servido  y  trabajado,  criadas 
en  relisión,  g  siéndolo,  g  no  como  yo,  que  no  tenía  más  de  el 
nombre,  y  ver  claro  que  no  las  hacéis  las  mercedes  que  a  mí. 
Bien  vía  go,  Bien  mío,  que  les  guardáis  Vos  el  premio  para 
dársele  junto  y  que  mi  flaqueza  ha  menester  esto,  y  a  ellos, 
como  fuertes,  os  sirven  sin  ello,  y  los  tratáis  como  a  gente  es- 
forzada y  no  interesal. 

Mas  con  todo  sabéis  Vos,  mi  Señor,  qu2  clamaba  muchas 
veces  delante  de  Vos,  disculpando  a  las  personas  que  me  mormu- 
raban, porque  me  parecía  les  sobraba  razón.  Esto  era  ya.  Se- 
ñor, después  que  me  teníades  por  vuestra  bondad  para  que  tanto 
no  os  ofendiese,  g  go  estaba  ga  desviándome  de  todo  lo  que  me 
parecía  os  podía  enojar;  que  en  haciendo  yo  esto,  comenzastes, 
Señor,  a  abrir  vuestros  tesoros  para  vuestra  sierva.  No  parece 
esperábades  otra  cosa  sino  que  hubiese  voluntad  y  aparejo  en 
mí  para  recibirlos,  sigún  con  brevedad  comenzastes  a  no  sólo 
darlos,  sino  a  querer  entendiesen  me  los  dábades. 


CñPlTÜLO    XIX  14) 

Esto  entendido,  comenzó  a  tenerse  buena  opinión  de  la  que 
todas  aun  no  tenían  bien  entendido  cuan  mala  era,  aunque  mucho 
se  traslucía.  Comenzó  la  mormuración  y  persecución  de  golpe, 
y  a  mi  parecer  con  mucha  causa;  y  ansí  no  tomaba  con  nadie 
enemistad,  sino  suplicábaos  a  Vos  mirásedes  la  razón  que  tenían. 
Decían  que  me  quería  hacer  santa  y  que  inventaba  novedades, 
no  habiendo  llegado  entonces  con  gran  parte  aun  a  cumplir 
toda  mi  Regla,  ni  a  las  muy  buenas  y  santas  monjas  que  en  casa 
había,  ni  creo  llegaré,  si  Dios  por  su  bondad  no  lo  hace  todo 
de  su  parte;  sino  antes  lo  era  yo  para  quitar  lo  bueno  y  poner 
costumbres  que  no  lo  eran;  al  menos  hacía  lo  que  podía  para 
ponerlas,  y  en  el  mal  podía  mucho.  Ansí  que  sin  culpa  suya 
me  culpaban.  No  digo  eran  sólo  monjas,  sino  otras  personas: 
descubríanme  verdades,   porque  lo  primitíades  Vos. 

Una  vez  rezando  las  Horas  (como  yo  algunas  tenía  esta 
tentación)  llegué  a  el  verso  que  dice:  J astas  es,  Domine,  y  tas 
juicios  (1).  Comencé  a  pensar  cuan  gran  verdad  era;  que  en  esto 
no  tenía  el  demonio  fuerza  jamás  para  tentarme  de  manera  que 
yo  dudase  tenéis  Vos,  mi  Señor,  todos  los  bienes,  ni  en  ninguna 
cosa  de  la  fe;  antes  me  parecía,  mientra  más  sin  camino  natural 
iban,  más  firme  la  tenía,  y  me  daba  devoción  grande.  En  ser 
Todopoderoso,  quedaban  conclusas  en  mí  todas  las  grandezas 
que  hiciérades  Vos;  y  en  esto,  como  digo,  jamás  tenía  duda. 
Pues  pensando  cómo  con  justicia  primitíades  a  muchas  que  había, 
como  tengo  dicho,  muy  vuestras  siervas,  y  que  no  tenían  los  re- 
galos y  mercedes  que  me  hacíades  a  mí,  siendo  la  que  era, 
respondístesme,  Señor:  Sírveme  tá  a  Mí,  y  no  te  metas  en  eso. 
Fué  la  primera  palabra  que  entendí  hablarme  Vos,  y  ansí  me 
espantó  mucho;  porque  después  declararé  esta  manera  de  en- 
tender, con  otras  cosas,  no  lo  digo  aquí,  que  es  salir  del  propó- 
sito, y  creo  harto  he  salido.  Casi  no  sé  lo  que  me  he  dicho. 
No  puede  ser  menos,  sino  que  ha  vuestra  merced  de  sufrir  estos 
intrcvalos;  porque  cuando  veo  lo  que  Dios  me  ha  sufrido  y  me 
veo  en  este  estado,  no  es  mucho  pierda  el  tino  de  lo  que  digo  y 


1      La  Santa   no   completa   este   texto,  sin  duda  no  ocurrió  íntegro  en  aquel  momento  a  su 
memoria.  Dice  David  en  et  Salmo  CXVIII:  «Justus  es  Domine,  et  rectum  judicium  tuura». 


142  VIDA    DE    SANTA    TERESA     DE    JESÚS 

he  de  decir.  Pkga  el  Señor  que  siempre  sean  esos  mis  desatinos, 
y  que  no  primita  ya  Su  Majestad  tenga  yo  poder  para  ser  contra 
El  un  punto;    antes'  en  este  que  estoy  me  consuma. 

Basta  ya  para  ver  sus  grandes  misericordias,  no  una,  sino 
muchas  veces  que  ha  perdonado  tanta  ingratitud,  ñ  San  Pedro 
una  vez  que  lo  fué,  a  mí  muchas;  que  con  razón  me  tentaba  el 
demonio  no  pretendiese  amistad  estrecha  con  quien  trataba  ene- 
mistad tan  pública.  ¡Qué  ceguedad  tan  grande  la  mía!  ¿Adonde 
pensaba.  Señor  mío,  hallar  remedio  sino  en  Vos?»  ¡Qué  disba- 
rate huir  de  la  luz  para  andar  siempre  tropezando!  ¡Qué  hu- 
mildad tan  soberbia  inventaba  en  mí  el  demonio,  apartarme  de 
estar  arrimada  a  la  coluna  y  báculo  que  me  ha  de  sustentar  para 
no  dar  tan  gran  caída!  Ahora  me  santiguo,  y  no  me  parece  que 
h€  pasado  peligro  tan  peligroso  como  esta  invención  que  el  de- 
monio me  enseñaba  por  vía  de  humildad.  Poníame  en  el  pensa- 
miento que  cómo  cosa  tan  ruin,  y  habiendo  recibido  tantas 
mercedes,  había  de  llegarme  a  la  oración;  que  me  bastaba  rezar 
lo  que  debía,  como  todas;  mas  que  aún,  pues  esto  no  hacía 
bien,  cómo  querría  hacer  más;  que  era  poco  acatamiento  y 
tener  en  poco  las  mercedes  de  Dios.  Bien  era  pensar  íj  entender 
esto;  mas  ponerlo  por  obra  fué  el  grandísimo  mal.  Bendito 
seáis  Vos,  Señor,  que  ansí  me  remediastes. 

Principio  de  la  tentación  que  hacía  a  Judas  me  parece  ésta; 
sino  que  no  osaba  el  traidor  tan  al  descubierto;  mas  él  viniera 
de  poco  en  poco  a  dar  conmigo  adonde  dio  con  él.  Miren  esto, 
por  amor  de  Dios,  todos  los  que  tratan  oración.  Sepan  que  el 
tiempo  que  estuve  sin  ella  era  mucho  más  perdida  mi  vida; 
mírese  qué  buen  remedio  me  daba  el  demonio  y  qué  donosa 
humildad;  un  desasosiego  en  mí  grande.  Mas,  ¿cómo  había  de 
sosegar  mi  alma?  Apartábase  la  cuitada  de  su  sosiego,  tenía 
presentes  las  mercedes  y  favores,  vía  los  contentos  de  acá  ser 
asco:  cómo  pudo  pasar,  me  espanto.  Era  con  esperanza,  que 
nunca  yo  pensaba,  a  lo  que  ahora  me  acuerdo,  porque  debe 
haber  esto  más  de  veinte  y  un  años,  dejaba  de  estar  determinada 
de  tornar  a  la  oración;  mas  esperaba  a  estar  muy  limpia  de 
pecados.   ¡Oh  qué  mal  encaminada  iba  en  esta  esperanza! 


CñPITÜLO    XIX  143 

Hasta  el  día  del  juicio  me  la  libraba  el  demonio,  pa  de 
allí  llevarme  a  el  infierno.  Pues  uniendo  oración  y  lición,  que 
era  ver  verdades  y  el  ruin  camino  que  llevaba,  y  importunando 
a  el  Señor  con  lágrimas  muchas  veces,  era  tan  ruin,  que  no  me 
podía  valer.  Apartada  de  esto,  puesta  en  pasatiempos  con  mu- 
chas ocasiones  y  pocas  ayudas,  y  osaré  decir  ninguna  sino  para 
ayudarme  a  caer,  ¿qué  esperaba  sino  lo  dicho?  Creo  tiene  mu- 
cho delante  de  Dios  un  fraile  de  Santo  Domingo  (1),  gran  le- 
trado, que  él  me  despertó  de  este  sueño;  él  me  hizo,  como  creo 
he  dicho,  comulgar  de  quince  a  quince  días,  y  de  el  mal  no  tanto ; 
comencé  a  tornar  en  mí,  aunque  no  dejaba  de  hacer  ofensas  a  el 
Señor;  mas  como  no  había  perdido  el  camino,  aunque  poco  a 
poco,  cayendo  y  levantando,  iba  por  él;  ij  el  que  no  deja  de 
andar  y  ir  adelante,  aunque  tarde,  llega.  No  parece  es  otra 
cosa  perder  el  camino  sino  dejar  la  oración.  Dios  nos  libre 
por  quien  El  es. 

Queda  de  aquí  entendido,  y  nótese  mucho  por  amor  de  el 
Señor,  que,  aunque  un  alma  llegue  a  hacerla  Dios  tan  grandes 
mercedes  en  la  oración,  que  no  se  fíe  de  sí,  pues  puede  caer, 
ni  se  ponga  en  ocasiones  en  ninguna  manera.  Mírese  mucho, 
que  va  mucho,  que  el  engaño  que  aquí  puede  hacer  el  demonio 
después,  aunque  la  merced  sea  cierto  de  Dios,  es  aprovecharse 
el  traidor  de  la  mesma  merced  en  lo  que  puede,  y  a  presoi- 
nas  no  crecidas  en  las  virtudes,  ni  mortificadas,  ni  desasidas; 
porque  aquí  no  quedan  fortalecidas  tanto  que  baste,  como  ade- 
lante diré,  para  ponerse  en  las  ocasiones  y  peligros,  por  gran- 
des deseos  y  determinaciones  que  tengan.  Es  ecelente  dotrina 
esta,  y  no  mía,  sino  enseñada  de  Dios;!"  y  ansí  querría  que  per- 
sonas inorantes,  como  yo,  la  supiesen.  Porque  aunque  esté  un 
alma  en  este  estado,  no  ha  de  fiar  de  sí  para  salir  a  combatir, 
porque  hará  harto  en  defenderse.  Aquí  son  menester  armas  para 
defenderse  de  los  demonios,  y  aun  no  tiene  fuerzas  para  pelear 
contra  ellos,  y  traerlos  debajo  de  los  pies,  como  hacen  los  que 
están  en  el  estado  que  diré  después. 


1      P.  Vicente  Bairón. 


144  VlDñ    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÜS 

Este  €s  el  engaño  con  que  coge  el  demonio,  que,  como  se 
ve  un  alma  tan  llegada  a  Dios,  y  ve  la  diferencia  que  hay  de  el 
bien  del  cielo  al  de  la  tierra,  y  el  amor  que  la  muestra  el 
Señor,  de  este  amor  nace  confianza  y  siguridad  de  no  caer 
de  lo  que  goza.  Parécele  que  ve  claro  el  premio,  que  no  es  posible 
ya  en  cosa  que  aun  para  la  vida  es  tan  deleitosa  y  suave,  de- 
jarla por  cosa  tan  baja  y  sucia  como  es  el  deleite;  y  con  esta 
confianza  quítale  el  demonio  la  poca  que  ha  de  tener  de  sí;  y 
como  digo,  pónese  en  los  peligros,  y  comienza  con  buen  celo 
a  dar  de  la  fruta  sin  tasa,  creyendo  que  ya  no  hay  que  temer 
de  sí.  Y  esto  no  va  con  soberbia,  que  bien  entiende  el  alma  que 
no  puede  de  sí  nada,  sino  de  mucha  confianza  de  Dios,  sin  dis- 
crición,  porque  no  mira  que  aun  tiene  pelo  malo.  Puede  salir 
del  nido,  y  sácala  Dios,  mas  aun  no  está  para  volar;  porque 
las  virtudes  aun  no  están  fuertes,  ni  tiene  expiriencia  para  cono- 
cer los  peligros,  ni  sabe  el  daño  que  hace  en  confiar  de  sí. 

Esto  fué  lo  que  a  mí  me  destruyó;  y  para  esto  y  para 
todo  hay  gran  necesidad  de  maestro  y  trato  con  personas  espi- 
rituales. Bien  creo  que  el  alma  que  llega  Dios  a  este  estado,  si 
muy  del  todo  no  deja  a  Su  Majestad,  que  no  la  dejará  de  fa- 
vorecer ni  la  dejará  perder;  mas  cuando,  como  he  dicho,  ca- 
yere, mire,  mire  por  amor  del  Señor  no  la  engañen  en  que  deje 
la  oración,  como  hacía  a  mí  con  humildad  falsa,  como  ya  lo  he 
dicho,  y  muchas  veces  lo  querría  decir.  Fíe  de  la  bondad  de  Dios, 
que  es  mayor  que  todos  los  males  que  podemos  hacer,  y  no  se 
acuerda  de  nuestra  ingratitud,  cuando  nosotros,  conociéndonos, 
queremos  tornar  a  su  amistad,  ni  de  las  mercedes  que  nos  ha 
hecho  para  castigarnos  por  ellas;  antes  ayudan  a  perdonarnos 
más  presto,  como  a  gente  que  ya  era  de  su  casa  y  ha  comidoi, 
como  dicen,  de  su  pan.  Acuérdense  de  sus  palabras  y  miren 
lo  que  ha  hecho  conmigo,  que  primero  me  cansé  de  ofenderle 
que  Su  Majestad  dejó  de  perdonarme.  Nunca  se  cansa  de  dar,  ni 
se  pueden  agotar  sus  misericordias;  no  nos  cansemos  nosotros 
de  recibir.  Sea  bendito  para  siempre,  amén,  y  alábenle  todas 
las  cosas. 


CAPITULO    XX 

EN  püE  TRATA  DE  LA  DIFERENCIA  QUE  HAY  DE  UNION  A  ARROBA- 
MIENTO. DECLARA  9UE  COSA  ES  ARROBAMIENTO,  Y  DICE  ALGO 
DE  EL  BIEN  QUE  TIENE  EL  ALMA  QUE  EL  SEÑOR  POR  SU  BONDAD 
LLEGA  A  EL.  DICE  LOS  EFETOS  QUE  HACE.  ES  DE  MUCHA  AD- 
MIRACIÓN. 

Querría  saber  declarar  con  el  favor  de  Dios  la  diferencia 
que  hay  de  unión  a  arrobamiento,  u  elevamiento,  u  vuelo  que 
llaman  de  espíritu,  y  arrebatamiento,  que  todo  es  uno.  Digo 
que  estos  diferentes  nombres  todo  es  una  cosa,  y  también  se 
llama  éxtasi  (1).  Es  grande  la  ventaja  que  hace  a  la  unión;  los 
efetos  muy  mayores  hace  y  otras  hartas  operaciones ;  porque 
la  unión  parece  principio,  y  medio,  y  fin,  y  lo  es  en  lo  enterior; 
mas  ansí  como  estotros  fines  son  en  más  alto  grado,  hace  los 
efetos  interior  y  exteriormente.  Declárelo  el  Señor,  como  ha  he- 
cho lo  demás,  que,  cierto,  si  Su  Majestad  no  me  hubiera  dado  a 
entender  por  qué  modos  y  maneras  se  puede  algo  decir,  yo  no 
supiera. 

Consideremos  ahora  que  esta  agua  postrera  que  hemos  di- 
cho, es  tan  copiosa,  que  si  no  es  por  no  lo  consentir  la  tierra, 


1  La  edición  hecha  en  Salamanca  en  1589  pone  esta  nota:  «Dice  que  el  arrobamiento  hace 
ventaja  a  la  unión:  que  es  decir  que  el  alma  goza  de  Dios  más  en  el  arrobamiento  u  que  se 
apodera  della  Dios  más  que  en  la  unión.  Y  vese  ser  así,  porque  en  el  arrobamiento  se  pierde  el 
uso  de  las  potencias  exteriores  y  interiores.  Y  en  decir  que  la  unión  es  principio,  medio  u  fin, 
quiere  decir  que  la  pura  unión  casi  siempre  es  por  una  misma  manera;  mas  en  el  atrobamiento, 
hay  grados,  en  que  unos  son  como  principio,  iJ  otros  como  medio,  y  otros  como  fin.  Y  por  esta 
causa  tiene  diferentes  nombres,  que  unos  significan  lo  menos  del  u  otros  lo  más  alto  y  perfeto, 
como  se  declara  en  otras  partes». 


146  VlDñ    DE    S.1NTA    TERESñ    DE    JESÚS 

podemos  creer  que  se  está  con  nosotros  esta  nube  de  la  gran 
Majestad  acá  en  esta  tierra.  Mas  cuando  este  gran  bien  le  agra- 
decemos, acudiendo  con  obras  sigún  nuestras  fuerzas,  coge  el 
Señor  el  alma,  digamos  ahora  a  manera  que  las  nubes  cogen 
los  vapores  de  la  tierra,  y  levántala  toda  de  ella  (helo  oído  ansí 
esto,  de  que  cogen  las  nubes  los  vapores  u  el  sol)  (1),  y  sube  la 
nube  al  cielo,  y  llévala  consigo,  y  comiénzala  a  mostrar  cosas 
de  el  reino  que  le  tiene  aparejado.  No  sé  si  la  comparación  cua- 
dra;  mas  en  hecho  de  verdad  ello  pasa  ansí. 

En  €stos  arrobamientos  parece  no  anima  el  alma  en  el  cuer- 
po, y  ansí  se  siente  muy  sentido  faltar  de  él  el  calor  natural: 
vase  enfriando,  aunque  con  grandísima  suavidad  y  deleite.  Aquí 
no  hay  ningún  remedio  de  resistir,  que  en  la  unión,  como  estamos 
en  nuestra  tierra,  remedio  hay;  aunque  con  pena  y  fuerza,  re- 
sistir se  puede  casi  siempre.  Acá  las  más  veces  ningún  remedio 
hay,  sino  que  muchas,  sin  prevenir  el  pensamiento  ni  ayuda 
ninguna,  viene  un  ímpetu  tan  acelerado  y  fuerte,  que  veis  y 
sentís  levantarse  esta  nube  u  esta  águila  caudalosa,  y  cogeros 
con  sus  alas. 

Y  digo  que  se  entiende  y  veisos  llevar,  y  no  sabéis  dón- 
de; porque  aunque  es  con  deleite,  la  flaqueza  de  nuestro  na- 
tural hace  temer  a  los  principios,  y  es  menester  ánima  deter- 
minada y  animosa,  mucho  más  que  para  lo  que  queda  dicho, 
para  arriscarlo  todo,  venga  lo  que  viniere,  y  dejarse  en  las 
manos  de  Dios,  y  ir  adonde  nos  llevaren  de  grado,  pues  os 
llevan,  aunque  os  pese.  Y  en  tanto  extremo,  que  muy  muchas 
veces  querría  yo  resistir,  y  pongo  todas  mis  fuerzas,  en  es- 
pecial algunas,  que  es  en  público,  y  otras  hartas  en  secreto,  te- 
miendo ser  engañada.  Algunas  podía  algo  con  gran  quebran- 
tamiento, como  quien  pelea  con  un  jayán  fuerte,  quedaba  des- 
pués cansada;  otras  era  imposible,  sino  que  me  llevaba  el  alma, 
y  aun  casi  ordinario  la  cabeza  tras  ella,  sin  poderla  tener,  y 
algunas  todo  el  cuerpo,  hasta  levantarle  (2). 


1  La  cláusula  entre  paréntesis,  está  puesta  al  margen  de  letra  de  la  Santa. 

2  En  los  Expedientes  de  beatificación  g  canonización  de  la  Santa  Aladre,  son  muchas  las 
Carmelitas  Descalzas  que  deponen  haberla  visto  en  tales  momentos  de   éxtasis  y  arrobamientos. 


CAPITULO    XX  147 

Esto  ha  sido  pocas,  porque  como  una  vez  fuese  adonde  está- 
bamo-s  juntas  €n  el  coro,  y  yendo  a  comulgar,  estando  de  rodi- 
llas, dábame  grandísima  pena;  porque  me  parecía  cosa  muy 
extraordinaria,  y  que  había  de  haber  luego  mucha  nota;  y  ansí 
mandé  a  las  monjas,  porque  es  ahora  después  que  tengo  oficio 
de  Priora,  no  lo  dijesen.  Mas  otras  veces,  como  comenzaba  a 
ver  iba  a  hacer  el  Señor  lo  mesmo,  y  una  estando  personas 
principales  de  señoras,  que  era  la  fiesta  de  la  Vocación  (1)  en 
un  sermón,  tendíame  en  el  suelo,  y  allegábanse  a  tenerme  el 
cuerpo,  y  todavía  se  echaba  de  ver.  Supliqué  mucho  a  eí  Señor 
que  no  quisiese  ya  darme  más  mercedes  que  tuviesen  muestras 
exteriores;  porque  yo  estaba  cansada  ya  de  andar  en  tanta 
cuenta,  y  que  aquella  merced  podía  Su  Majestad  hacérmela  sin 
que  se  entendiese.  Parece  ha  sido  por  su  bondad  servido  de 
oírme,  que  nunca  más  hasta  hora  lo  he  tenido;  verdad  es  que 
ha  poco. 

Es  ansí  que  me  parecía,  cuando  quería  resistir,  que  desde 
debajo  de  ios  pies  me  levantaban  fuerzas  tan  grandes,  que  no 
sé  cómo  lo  comparar,  que  era  con  mucho  más  ímpetu  que  esto- 
tras cosas  de  espíritu,  y  ansí  quedaba  hecha  pedazos;  porque 
es  una  pelea  grande,  y  en  fin  aprovecha  poco  cuando  el  Señor 


como  tendremos  lugar  de  leerlos  en  los  Apéndices,  La  apostilla  que  el  P.  Gracián  pone  a  este 
pasaje  dice  así:  «La  Madre  María  Bautista  la  vio  dos  veces».  La  hermana  del  P.  Gracián,  Alaría 
de  S.  José,  escribe  lo  mismo:  «Viola  por  dos  veces  levantada  de  la  tierra  la  M.  María  Baptista». 
Hace  mérito  de  este  favor  divino  la  venerable  Madre  María  de  San  Jerónimo  en  una  relación 
inédita  de  las  virtudes  de  su  santa  prima,  que  guardan  las  Carmelitas  de  S.  José  de  Avila,  \j  de 
la  cual  poseo  fotografía:  «Tornando  a  lo  que  decía,  escribe  la  venerable  Madre,  del  cuidado  que 
traía  de  encubrir  su  oración,  comenzóle  de  manera  una  vez  que  le  levantaba  el  cuerpo  de  la  tie- 
rra; fué  a  tiempo  que  iba  a  comulgar,  y  como  ella  comenzó  a  sentir  esto,  asióse  con  entrambas 
manos  a  la  reja  para  tenerse  fuertemente;  porque  le  dio  gran  pena  que  le  comunicasen  cosas  tan 
exteriores,  ij  así  decía  que  le  había  costado  mucha  oración  pedir  al  Señor  se  lo  quitase,  jj  así  se 
lo  quitó.  Que  aunque  también  le  daba  pena  los  arrobamientos  delante  de  nosotras,  ya,  en  fin,  lo 
pasaba;  mas  de  la  gente  de  fuera,  era  mucho  lo  que  sentía,  y  disimulábalo  con  decir  que  era  en- 
ferma del  corazón;  y  así,  cuando  esto  le  ocurría  delante  de  alguien,  pedía  que  le  diesen  algo  de 
comer  y  de  beber  para  por  aquí  dar  a  entender  que  era  necesidad  de  enfermedad».  De  estos  mis- 
mos favores  habla  también  la  V.  M.  Isabel  de  Sto.  Domingo.  (Cfr.  Vida  de  la  bendita  M.  Isa- 
bel de  Sto.  Domingo,  por  Juan  Bautista  de  Lanuza,  1.  II,  c.  25.  Madrid,  1638),  Un  caso  muy 
curioso  refiere  Petronila  Bautista  en  el  Proceso  de  Avila:  «Estando  Fray  Domingo  Bailes,  grave 
religioso  catedrático  de  la  Universidad  de  Salamanca  y  confesor  de  la  Santa  Madre,  haciendo 
una  plática  a  las  religiosas  de  este  conventó  (de  S.  Joseph),  la  Santa  Madre  quedó  arrobada,  y 
el  dicho  Padre  se  quitó  la  capilla  y  dejó  la  plática  y  puso  gran  silencio  hasta  que  volvió 
en  sí». 

1  Por  este  tiempo  Santa  Teresa  fué  particularmente  favorecida  de  estos  ímpetus  extra- 
ordinarios de  amor.  El  arrobo  que  aquí  describe,  ocurrió  en  San  José  de  Avila  por  los  años 
de  1565. 


148  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESüS 

quiere,  que  no  hay  poder  contra  su  poder.  Otras  veces  es  ser- 
vido de  contentarse  con  que  veamos  nos  quiere  hacer  la  merced, 
y  que  no  queda  por  Su  Majestad;  y  resistiéndose  por  hu- 
mildad, deja  los  raesmos  efetos  que  si  del  todo  se  consintiese. 

A  los  que  esto  hace  son  grandes.  Lx)  uno  muéstrase  el  gran 
poder  del  Señor,  y  cómo  no  somos  parte,  cuando  Su  Majestad 
quiere,  de  detener  tampoco  el  cuerpo  como  el  alma,  ni  somos 
señores  de  ello,  sino  que,  mal  que  nos  pese,  vemos  que  hay  su- 
perior, y  que  estas  mercedes  son  dadas  de  El,  y  que  de  nosotros 
no  podemos  en  nada,  nada,  y  imprímese  mucha  humildad.  Y 
aun  yo  confieso  qué  gran  temor  me  hizo;  al  principio  gran- 
dísimo; porque  verse  ansí  levantar  un  cuerpo  de  la  tierra,  que 
aunque  el  espíritu  le  lleva  tras  sí  y  es  con  suavidad  grande, 
si  no  se  resiste,  no  se  pierde  el  sentido,  al  menos  yo  estaba  de 
manera  en  mí  que  podía  entender  era  llevada.  Muéstrase  una 
majestad  de  quien  puede  hacer  aquello,  que  espeluza  los  cabe- 
llos, y  queda  un  gran  temor  de  ofender  a  tan  gran  Dios;  éste 
envuelto  en  grandísimo  amor,  que  se  cobra  de  nuevo,  a  quien 
vemos  le  tiene  tan  grande  a  un  gusano  tan  podrido,  que  no  pa- 
rece se  contenta  con  llevar  tan  de  veras  el  alma  a  sí,  sino  que 
quiere  el  cuerpo,  aun  siendo  tan  mortal  y  de  tierra  tan  sucia 
como  por  tantas  ofensas  se  ha  hecho. 

También  deja  un  desasimiento  extraño,  que  yo  no  podré  decir 
cómo  es;  paréceme  que  puedo  decir  es  diferente  en  alguna  ma- 
nera. Digo  más  que  estotras  cosas  de  sólo  espíritu;  porque  ya 
que  estén  cuanto  a  el  espíritu  con  todo  desasimiento  de  las  cosas, 
aquí  parece  quiere  el  Señor  el  mesmo  cuerpo  lo  ponga  por  obra; 
y  hácese  una  extrañeza  nueva  para  con  las  cosas  de  la  tierra, 
que  es  muy  más  penosa  la  vida.  Después  da  una  pena,  que  ni 
la  podemos  traer  a  nosotros,  ni  venida  se  puede  quitar.  Yo  qui- 
siera harto  dar  a  entender  esta  gran  pena  y  creo  no  podré, 
mas  diré  algo  si  supiere. 

Y  hase  de  notar,  que  estas  cosas  son  ahora  muy  a  la  pos- 
tre, después  de  todas  las  visiones  y  revelaciones  que  escribiré, 
y  el  tiempo  que  solía  tener  oración,  adonde  el  Señor  me  daba 
tan  grande  gustos  y  regalos.  Ahora,  ya  que  eso  no  cesa  algunas 


CftPITULO    XX  149 

veces,  las  más  y  lo  más  ordinario  es  esta  pena  que  ahora  diré. 
Es  mayor  y  menor.  De  cuando  es  mayor  quiero  ahora  decir; 
porque  aunque  adelante  diré  de  estos  grandes  ímpetus  que  me 
daban  cuando  me  quiso  el  Señor  dar  los  arrobamientos,  no  tiene 
más  que  ver,  a  mi  parecer,  que  una  cosa  muy  corporal  a  una 
muy  espiritual,  y  creo  no  lo  encarezco  mucho.  Porque  aquella 
pena  parece,  aunque  la  siente  el  alma,  es  en  compañía  del  cuer- 
po; entramos  parece  participan  de  ella,  y  no  es  con  el  extremo  del 
desamparo  que  en  ésta.  Para  la  cual,  como  he  dicho,  no  somos 
parte,  sino  muchas  veces  a  deshora  viene  un  deseo,  que  no  sé 
cómo  se  mueve.  Y  de  este  deseo,  que  penetra  toda  el  alma  en  un 
punto,  se  comienza  tanto  a  fatigar,  que  sube  muy  sobre  sí  y 
de  todo  lo  criado,  y  pónela  Dios  tan  desierta  de  todas  las  co- 
sas, que,  por  mucho  que  ella  trabaje,  ninguna  que  la  acompañe 
le  parece  hay  en  la  tierra,  ni  ella  la  querría,  sino  morir  en 
aquella  soledad.  Que  la  hablen,  y  ella  se  quiera  hacer  toda  la 
fuerza  posible  a  hablar,  aprovecha  poco;  que  su  espíritu,  aun- 
que ella  más  haga,  no  se  quita  de  aquella  soledad.  Y  con  parecer- 
me  que  está  entonces  lejísimo  Dios,  a  veces  comunica  sus  gran- 
dezas por  un  modo  el  más  extraño  que  se  puede  pensar;  y  ansí 
no  se  sabe  dejcir  (1),  ni  creo  lo  creerá,  ni  entenderá  sino  quien  hu- 
biere pasado  por  ello;  porque  no  es  la  comunicación  para  con- 
solar, sino  para  mostrar  la  razón  que  tiene  de  fatigarse  de  es- 
tar ausente  de  bien  que  en  sí  tiene  todos  los  bienes. 

Con  esta  comunicación  crece  el  deseo  y  el  extremo  de  sole- 
dad en  que  se  ve  con  una  pena  tan  delgada  y  penetrativa,  que, 
aunque  el  alma  se  estaba  puesta  en  aquel  desierto,  que  al  pie 
de  la  letra  me  parece  se  puede  entonces  decir,  y  por  ventura 
lo  dijo  el  real  Profeta,  estando  en  la  mesraa  soledad,  sino  que 
como  a  santo  se  la  daría  el  Señor  a  sentir  en  más  ecesiva  ma- 
nera: VigUavif  ei  fadus  siim  sicut  passer  solitarias  iti  tecto  (2). 
Y  ansí  se  me  representa  este  verso  entonces,  que  me  parece  lo 
veo  yo  en  mí;   y  consuélame  ver  que  han  sentido  otras  perso- 


1  Por  eíror  material  escribió  la  Santa  me.  sz  sabe  decir. 

2  Salmo  CI,  8.  Santa  Teresa  escribe  así  el  texto  latino:  Vigilavi  eé  fatus  sun  sicud  passer 
soliiatius  yn  teclo. 


150  VIDA    DE    SñNTñ    TERESA    DE    JESÚS 

ñas  tan  gran  extremo  de  soledad,  cuan  ti  más  tales.  A.nsí  pare- 
ce que  €stá  el  alma,  no  en  sí,  sino  en  el  tejado  u  techo  de  sí 
mesma  y  de  todo  lo  criado;  porque  aun  encima  de  lo  muy  supe- 
rior del  alma  me  parece  que  €stá. 

Otras  veces  parece  anda  el  alma  como  necesitadísima,  di- 
ciendo y  preguntando  a  sí  mesma:  ¿Dónde  está  tu  Dios?  (1). 
Es  de  mirar  que  el  romance  (2)  de  estos  versos,  yo  no  sabía  bien 
el  que  era,  y  después  que  lo  entendía,  me  consolaba  de  ver  que 
me  los  había  traído  el  Señor  a  la  memoria  sin  procurarlo  yo. 
Otras  me  acordaba  de  lo  que  dice  San  Pablo,  que  está  crucifica- 
do al  mundo  (3).  No  digo  yo  que  sea  esto  ansí,  que  ya  lo  veo; 
mas  parécerae  que  está  ansí  el  alma,  que  ni  del  cielo  le  viene 
consuelo,  ni  está  en  él,  ni  de  la  tierra  le  quiere,  ni  está  en 
ella,  sino  como  crucificada  entre  el  cielo  y  la  tierra,  padeciendo, 
sin  venirle  socorro  de  ningún  cabo.  Porque  el  que  le  viene  del 
cielo,  que  es,  como  he  dicho,  una  noticia  de  Dios  tan  admirable, 
muy  sobre  todo  lo  que  podemos  desear,  es  para  más  tormento; 
porque  acrecienta  el  deseo  de  manera  que,  a  mi  parecer,  la 
gran  pena  algunas  veces  quita  el  sentido,  sino  que  dura  poco 
sin  él.  Parecen  unos  tránsitos  de  la  muerte;  salvo  que  tray  con- 
sigo un  tan  gran  contento  este  padecer,  que  no  sé  yo  a  qué  lo 
comparar.  Ello  es  un  recio  martirio  sabroso;  pues  todo  lo  que 
se  le  puede  representar  a  el  alma  de  la  tierra,  aunque  sea  lo 
que  le  suele  ser  más  sabroso,  ninguna  cosa  admite;  luego  parece 
lo  lanza  de  sí.  Bien  entiende  que  no  quiere  sino  a  su  Dios;  mas 
no  ama  cosa  particular  de  El,  sino  todo  junto  le  quiere,  y  no 
sabe  lo  que  quiere.  Digo  no  sabe,  porque  no  representa  nada  la 
imaginación;  ni,  a  mi  parecer,  mucho  tiempo  de  lo  que  está  ansí, 
no  obran  las  potencias ;  como  en  la  unión  y  arrobamiento  el  gozo, 
aquí  la  pena  las  suspende. 

¡Oh  Jesús!  ¡Quién  pudiera  dar  a  entender  bien  a  vuestra 
merced  esto,  aun  para  que  me  dijera  lo  que  es,  porque  es  en 
lo  que  ahora  anda  siempre  mi  alma!  Lo  más  ordinario,  en  vién- 


1  Ps.  XLI,  4. 

2  El  original:  romace. 

3  Gal.,  VI,  14. 


CAPITULO    XX  151 

dose  desocupada,  es  puesta  en  estas  ansias  de  muerte,  y  teme 
cuando  ve  que  comienzan,  porque  no  se  ha  de  morir;  mas,  lle- 
gada a  estar  en  ello,  lo  que  hubiese  de  vivir  querría  en  este 
padecer;  aunque  es  tan  ecesivo,  que  el  sujeto  le  puede  mal 
llevar,  y  ansí  algunas  veces  se  me  quitan  todos  los  pulsos  casi, 
sigún  dicen  las  que  algunas  veces  se  llegan  a  mí  de  las  hermanas, 
que  ya  más  lo  entienden,  y  las  canillas  muy  abiertas,  y  las  manos 
tan  yertas,  que  yo  no  las  puedo  algunas  veces  juntar,  y  ansí 
me  queda  dolor  hasta  otro  día  en  los  pulsos  y  en  el  cuerpo,  que 
parece  me  han  descoyuntado. 

Yo  bien  pienso  alguna  vez  ha  ds  ser  el  Señor  servido,  si  va 
adelante  como  ahora,  que  se  acabe  con  acabar  la  vida,  que,  a 
mi  parecer,  bastante  es  tan  gran  pena  para  ello,  sino  que  no  lo 
merezco  yo.  Toda  la  ansia  es  morirme  entonces;  ni  me  acuer- 
do de  purgatorio,  ni  de  los  grandes  pecados  que  he  hecho,  por. 
donde  merecía  el  infierno.  Todo  se  me  olvida  con  aquella  ansia 
de  ver  a  Dios ;  y  aquel  desierto  y  soledad  le  parece  mijor  que 
toda  la  compañía  del  mundo.  Si  algo  la  podría  dar  consuelo,  es 
tratar  con  quien  hubiese  pasado  por  este  tormento  y  ver  que, 
aunque  se  queje  de  él,  nadie  le  parece  la  ha  de  creer. 

También  la  atormenta,  que  esta  pena  es  tan  crecida,  que  no 
querría  soledad  como  otras,  ni  compañía,  sino  con  quien  se 
pueda  quejar.  Es  como  uno  que  tiene  la  soga  a  la  garganta 
y  se  está  ahogando,  que  procura  tomar  huelgo;  ansí  me  parece 
que  este  deseo  de  compañía  es  de  nuestra  flaqueza;  que,  como 
nos  pone  la  pena  en  peligro  de  muerte,  que  esto  sí,  cierto,  hace 
(yo  me  he  visto  en  este  peligro  algunas  veces  con  grandes  en- 
fermedades y  ocasiones,  como  he  dicho,  y  creo  podría  decir 
es  éste  tan  grande  como  todos),  ansí  el  deseo  que  el  cuerpo  y 
alma  tienen  de  no  se  apartar,  es  el  que  pide  socorro  para  tomar 
huelgo,  y  con  decirlo,  y  quejarse,  y  divertirse,  buscar  remedio 
para  vivir  muy  contra  voluntad  de  el  espíritu,  u  de  lo  superior 
de  el  alma,  que  no  querría  salir  de  esta  pena. 

No  sé  yo  si  atino  a  lo  que  digo,  u  si  lo  sé  decir,  mas  a 
todo  mi  parecer  pasa  ansí.  Mire  vuestra  merced  qué  descanso 
puede  tener  en  esta  vida;  pues  el  que  había,  que  era  la  oración 


152  VIDA    DE    SñNTñ    TERESA    DE    JESÚS 

y  sokdad,  porque  allí  me  consolaba  el  Señor,  es  ga  lo  más  or- 
dinario este  tormento,  y  es  tan  sabroso,  y  ve  el  alma  que  es 
de  tanto  precio,  que  ya  le  quiere  más  que  todos  los  regalos 
que.  solía  tener.  Parécele  más  siguro,  porque  es  camino  de  cruz, 
y  en  sí  tiene  un  gusto  muy  de  valor  a  mi  parecer;  porque  no 
participa  con  el  cuerpo,  sino  pena,  y  el  alma  es  la  que  padece, 
y  goza  sola  del  gozo  y  contento  que  da  este  padecer.  No  sé  yo 
cómo  puede  ser  esto,  mas  ansí  pasa;  que  a  mi  parecer,  no  tro- 
caría esta  merced  que  el  Señor  me  hace  (que  bien  de  su  mano 
y,  como  he  dicho,  nonada  adquirida  de  mí,  porque  es  muy 
muy  sobrenatural),  por  todas  las  que  después  diré;  no  digo 
juntas,  sino  tomada  cada  una  por  sí.  Y  no  se  deje  de  tener  acuerdo, 
que  es  después  de  todo  lo  que  va  escrito  en  este  libro  y  en  lo 
que  ahora  me  tiene  el  Señor;  digo  que  estos  ímpetus  es  des- 
pués de  las  mercedes  que  aquí  van,  que  me  ha  hecho  el  Señor  (1). 

Estando  yo  a  los  principio  con  temor  (como  me  acaece  casi 
en  cada  merced  que  me  hace  el  Señor,  hasta  que  con  ir  adelante 
Su  Majestad  asigura),  me  dijo  que  no  temiese,  y  que  tuviese  en 
más  esta  merced  que  todas  las  que  me  había  hecho;  que  en  esta 
pena  se  purificaba  el  alma,  y  se  labra  u  purifica  como  el  oro  en 
el  crisol,  para  poder  mijor  poner  los  esmaltes  de  sus  dones,  y 
que  se  purgaba  allí  lo  que  había  de  estar  en  purgatorio.  Bien  en- 
tendía yo  era  gran  merced,  mas  quedé  con  mucha  más  siguridad, 
y  mi  confesor  me  dice  que  es  bueno.  Y  aunque  yo  temí,  por  ser 
yo  tan  ruin,  nunca  podía  creer  que  era  malo,  antes  el  muy  so- 
brado bien  me  hacía  temer,  acordándome  cuan  mal  lo  tengo 
merecido.   Bendito  sea  el   Señor   que  tan  bueno   es.   Amén. 

Parece  que  he  salido  de  propósito,  porque  comencé  a  decir 
de  arrobamientos,  y  esto  que  he  dicho  aún  es  más  que  arro- 
bamiento, y  ansí  deja  los  efetos  que  he  dicho. 

Ahora  tornemos  a  arrobamiento,  de  lo  que  en  ellos  es  más 
ordinario.  Digo  que  muchas  veces  me  parecía  me  dejaba  el 
cuerpo  tan  ligero,  que  toda  la  pesadumbre  de  él  me  quitaba,  y 
algunas   era  tanto,   que  casi   no  entendía  poner  los  pies  en  el 


1      La  cláusula  «digo  que  estos  ímpetus»,  está  puesta  al  margen  poi  Santa  Teresa. 


CAPITULO    XX  153 

suelo;  pues  cuando  está  en  el  arrobamiento  el  cuerpo  queda  como 
muerto  sin  poder  nada  de  sí  muchas  veces,  y  como  le  toma 
se  queda  siempre:  si  sentado,  si  las  manos  abiertas,  si  cerradas. 
Porque,  aunque  pocas  veces  se  pierde  el  sentido,  algunas  me  ha 
acaecido  a  mí  perderle  del  todo,  pocas  y  poco  rato.  Mas  lo  or- 
dinario es  que  se  turba,  y  aunque  no  puede  hacer  nada  de  sí, 
cuanto  a  lo  exterior,  no  deja  de  entender  y  oir  como  cosa  de 
lejos.  No  digo  que  entiende  y  oye  cuando  está  en  lo  subido 
de  él.  Digo  subido,  en  los  tiempos  que  se  pierden  las  potencias, 
porque  están  muy  unidas  con  Dios,  que  entonces  no  ve,  ni  oy€, 
ni  siente,  a  mi  parecer;  mas,  como  dije  en  la  oración  de  unión 
pasada,  este  trasformamiento  de  el  alma  de  el  todo  en  Dios  dura 
poco;  mas  eso  que  dura,  ninguna  potencia  se  siente  ni  sabe  lo 
que  pasa  allí.  No  debe  ser  para  que  se  entienda  mientra  vivimos 
en  la  tierra,  al  menos  no  lo  quiere  Dios,  que  no  debemos  ser 
capaces  para  ello.  Yo  esto  he  visto  por  mí. 

Diráme  vuestra  merced  que  cómo  dura  alguna  vez  tantas 
horas  el  arrobamiento.  Y  muchas  veces  lo  que  pasa  por  mí  es 
que,  como  dije  en  la  oración  pasada,  gózase  con  intrevalos. 
Muchas  veces  se  engolfa  el  alma,  u  la  engolfa  el  Señor  en  sí, 
por  mijor  decir,  y  uniéndola  ansí  un  poco,  quedase  con  sola 
la  voluntad.  Paréceme  es  este  bullicio  de  estotras  dos  potencias 
como  el  que  tiene  una  lengüecilla  de  estos  relojes  de  sol,  que 
nunca  para;  mas  cuando  el  Sol  de  Justicia  quiere,  hácelas  de- 
tener. Esto  digo  que  es  poco  rato;  mas  como  fué  grande  el 
ímpetu  y  lievantamicnto  de  espíritu,  y  aunque  éstas  tornen  a  bullir- 
se, queda  engolfada  la  voluntad,  hace  como  señora  del  todo  aquella 
operación  en  el  cuerpo;  porque  ya  que  las  otras  dos  poten- 
cias bullidoras  la  quieran  estorbar,  de  los  enemigos  los  menos, 
no  la  estorben  también  los  sentidos;  y  ansí  hace  que  estén 
suspendidos,  porque  lo  quiere  así  el  Señor.  Y  por  la  mayor 
parte  están  cerrados  los  ojos,  aunque  no  queramos  cerrarlos; 
y  si  abiertos  alguna  vez,  como  ya  dije,  no  atina  ni  advierte  lo 
que  v€. 

Aquí  es  mucho  menos  lo  que  puede  hacer  de  sí,  para  que 

cuando  se  tornaren   las   potencias   a  juntar   no  haya  tanto  que 

11  * 


154  VIDA    DE    SRNTR    TERESñ    DE    JESÚS 

hacer.  Por  eso,  a  quien  el  Señor  diere  esto,  no  se  desconsuele 
cuando  se  vea  ansí,  atado  el  cuerpo  muchas  horas,  y  a  veces  el 
entendimiento  g  memoria  divertidos.  Verdad  es  que  lo  wdinario 
es  estar  embebidas  en  alabanzas  de  Dios,  u  en  querer  comprehen- 
dcr  y  entender  lo  que  ha  pasado  por  ellas;  y  aun  para  esto  no 
están  bien  despiertas,  sino  como  una  persona  que  ha  mucho 
dormido  y  soñado,  y  aun  no  acaba  de  despertar. 

Declaróme  tanto  en  esto,  porque  sé  que  hay  ahora,  aun  en 
este  lugar,  personas  a  quien  el  Señor  hace  estas  mercedes; 
y  si  los  que  las  gobiernan  no  han  pasado  por  esto,  por  ventura 
les  parecerá  que  han  de  estar  como  muertas  en  arrobamiento,  en 
especial  si  no  son  letrados;  y  lastima  lo  que  se  padece  con  los 
confesores  que  no  lo  entienden,  como  yo  diré  después.  Quizá 
yo  no  sé  lo  que  digo;  vuestra  merced  lo  entenderá,  si  atino  en 
algo,  pues  el  Señor  le  ha  ya  dado  expiriencia  de  ello,  aunque  como 
no  es  de  mucho  tiempo,  quizá  no  había  mirádolo  tanto  como 
yo.  Ansí  que,  aunque  mucho  lo  procuro,  por  buenos  ratos  no 
hay  fuerza  en  el  cuerpo  para  poderse  menear;  todas  las  llevó 
el  alma  consigo.  Muchas  veces  queda  sano,  que  estaba  bien  en- 
fermo y  lleno  de  grandes  dolores,  y  con  más  habilidad,  porque 
es  cosa  grande  lo  que  allí  se  da;  y  quiere  el  Señor  algunas 
veces,  como  digo,  lo  goce  el  cuerpo,  pues  ya  obedece  a  lo  que 
quiere  el  alma.  Después  que  torna  en  sí,  si  ha  sido  grande  el 
arrobamiento,  acaece  andar  un  día  u  dos,  y  aun  tres,  tan  ab- 
sortas las  potencias,  u  como  embobecida,  que  no  parece  anda 
en  sí. 

Aquí  es  la  pena  de  haber  de  tornar  a  vivir;  aquí  le  nacie- 
ron las  alas  para  bien  volar;  ya  se  le  ha  caído  el  pelo  malo; 
aquí  se  levanta  ya  de  el  todo  la  bandera  por  Cristo,  que  no 
parece  otra  cosa,  sino  que  este  alcaide  de  esta  fortaleza  se  sube, 
u  le  suben,  a  la  torre  más  alta,  a  levantar  la  bandera  por  Dios. 
Mira  a  los  de  abajo  como  quien  está  en  salvo;  ya  no  teme 
los  peligros,  antes  los  desea,  como  quien  por  cierta  manera  se 
le  da  allí  siguridad  de  la  vitoria.  Vese  aquí  muy  claro  en  lo 
po(x>  que  todo  lo  de  acá  se  ha  de  estimar  y  lo  nonada  que  es. 
Quien  está  de  lo  alto  alcanza  muchas  cosas.  Ya  no  quiere  querer 


CAPITULO    XX  155 

ni  tener  libre  albedrío  aun  querría  (1),  g  ansí  lo  suplica  a  el 
Señor;  dale  las  llaves  de  su  voluntad.  Hele  aquí  el  hortolano 
hecho  alcaide;  no  quiere  hacer  cosa,  sino  la  voluntad  del  Señor; 
ni  serlo  él  de  sí,  ni  de  nada,  ni  de  un  pero  de  esta  huerta; 
sino  que,  si  algo  bueno  hay  en  ella,  lo  reparta  Su  Majestad;  que 
de  quí  adelante  no  quiere  cosa  propia,  sino  que  haga  de  todo 
conforme  a  su  gloria  y  a  su  voluntad. 

Y  en  hecho  de  verdad  pasa  ansí  todo  esto,  si  los  arroba- 
mientos son  verdaderos,  que  queda  el  alma  con  los  efetos  y 
aprovechamiento  que  queda  dicho.  Y  si  no  son  éstos,  dudaría  yo 
mucho  serlos  de  parte  de  Dios,  antes  temería  no  sean  los  rabia- 
mientos  que  dice  San  Vicente  (2).  Esto  entiendo  yo  y  he  visto 
por  expiriencia,  quedar  aquí  el  alma  señora  de  todo,  y  con  li- 
bertad en  un  hora,  y  menos,  que  ella  no  se  puede  conocer.  Bien 
ve  que  no  es  suyo,  ni  sabe  cómo  se  le  dio  tanto  bien,  mas  en- 
tiende claro  el  grandísimo  provecho  que  cada  rabto  (3)  de  estos 
tray.  No  hay  quien  lo  crea,  si  no  ha  pasado  por  ello;  y  ansí  no 
creen  a  la  pobre  alma,  como  la  han  visto  ruin,  y  tan  presto  la  ven 
pretender  cosas  tan  animosas;  porque  luego  da  en  no  se  contentar 
con  servir  en  poco  a  el  Señor,  sino  en  lo  más  que  ella  puede. 
Piensan  es  tentación  y  disbarate.  Si  entendiesen  no  nace  de  ella, 
sino  de  el  Señor,  a  quien  ya  ha  dado  las  llaves  de  su  voluntad, 
no  se  espantarían. 

Tengo  para  mí,  que  un  alma  que  allega  a  este  estado,  que 
ya  ella  no  habla,  ni  hace  cosa  por  sí,  sino  (4)  que  todo  lo 
que  ha  de  hacer,  tiene  cuidado  este  soberano  Rey.   ¡Oh,  válame 


1  El  P.  Báftez  sustituyó  la  frase  «ni  tener  libre  albedrío  aun  querría»,  por  «ni  tener  otra 
voluntad  sino  la  de  Nuestro  Señor».  La  edición  príncipe  publicó  este  período  conforme  a  la 
enmienda  del  P.  Báftez. 

2  Pudo  ver  la  Santa  la  palabra  rabiamientos  en  el  tratado  de  Vita  spiñtuali,  de  San  Vicente 
Ferrer.  Léese  en  el  capítulo  YN:  «Si  dicerent  tibi  aliqui  quod  sit  contra  íidem,  et  contra  Scri- 
pturam  sacram,  aut  contra  bonos  mores,  abhorreas  eorum  visionem  et  judicia,  tanquam  stultas 
dementias,  et  earum  raptus,  sicut  rabiamenta».  Santa  Teresa  leería  esta  obra  en  la  versión  caste^ 
llana  que  por  mandato  del  cardenal  Cisneros  se  publicó  en  Toledo  con  la  vida  de  Sta.  Angela 
de  Foligno  y  la  Regla  de  Sta.  Clara.  Libto  {de  la  bienaveniurada  sancta  Rngela  de  Foligno... 
ítem,  primera  regla  de  la  bienaventurada  virgen  santa  clara.  ítem  un  tractado  del  bienaventU" 
rado  Sant  Vicente  de  la  vida  et  instrucción  espititual  (sic)...  Hcabáronse  a  XXIII  días  del  mes 
de  Mayo  de  mil  &  quinientos  6í  diez  años.  El  mismo  año  del  nacimiento  de  la  Santa  volvió  a 
imprimirse  esta  obra. 

3  Por  rapto. 

'i  Esta  cláusula  está  tachada  en  el  original,  aunque  no  por  la  Santa,  a  lo  que  se  me 
alcanza. 


156  VIDA    DE    SHNTñ    TERESA    DE    JESÚS 

Dios,  qué  claro  se  ve  aquí  la  declaración  del  verso,  y  cómo  se 
entiende  tenía  razón,  y  la  ternán  todos  de  pedir  alas  de  palo- 
ma (1).  Entiéndese  claro  es  vuelo  el  que  da  el  espíritu  para  le- 
vantarse de  todo  lo  criado  y  de  sí  mesmo  el  primero;  mas  es 
vuelo  suave,  es  vuelo  deleitoso,  vuelo  sin  ruido. 

¡Qué  señorío  tiene  un  alma  que  el  Señor  llega  aquí,  que 
lo  mire  todo  sin  estar  enredada  en  ello!  ¡Qué  corrida  está  de 
el  tiempo  que  lo  tuvo!  ¡qué  espantada  de  su  ceguedad!  ¡qué 
lastimada  de  los  que  están  en  ella,  en  especial  si  es  gente  de 
oración  y  a  quien  Dios  ya  regala!  Querría  dar  voces  para  dar 
a  entender  qué  engañados  están;  y  aun  ansí  lo  hace  algunas 
veces,  y  Iluévenle  en  la  cabeza  mil  persecuciones,  Tiénenla  por 
poco  humilde,  y  que  quiere  enseñar  a  de  quien  había  de  de- 
prender, en  especial  si  es  mujer.  Aquí  es  el  condenar,  y  con 
razón,  porque  no  saben  el  ímpetu  que  la  mueve,  que  a  veces 
no  se  puede  valer,  ni  puede  sufrir  no  desengañar  a  los  que 
quiere  bien  y  desea  ver  sueltos  de  esta  cárcel  de  esta  vida,  que 
no  es  menos,  ni  le  parece  menos,  en  la  que  ella  ha  estado. 

Fatígase  de  el  tiempo  en  que  miró  puntos  de  honra  y 
en  el  engaño  que  traía  de  creer  que  era  honra  lo  que  el 
mundo  llama  honra:  ve  que  es  grandísima  mentira  y  que  to- 
dos andamos  en  ella.  Entiende  que  la  verdadera  honra  no  es 
mentirosa,  sino  verdadera,  tiniendo  en  algo  lo  que  es  algo,  y 
lo  que  no  es  nada  tenerlo  en  nonada,  pues  todo  es  nada,  y  me- 
nos que  nada,  lo  que  se  acaba  y  no  contenta  a  Dios.  Ríese  de 
sí,  de  el  tiempo  que  tenía  en  algo  los  dineros  y  codicia  de  ellos, 
aunque  en  esta  nunca  creo,  y  es  ansí  verdad,  confesé  culpa, 
harta  culpa  era  tenerlos  en  algo.  Si  con  ellos  se  pudiera  com- 
prar el  bien  que  ahora  veo  en  mí,  tuviéralos  en  mucho;  mas  ve 
que  este  bien  se  gana  con  dejarlo  todo. 

¿Qué  es  esto  que  se  compra  con  estos  dineros  que  deseamos? 
¿es  cosa  de  precio?  ¿es  cosa  durable?  ¿u  para  qué  los  que- 
remos? Negro  descanso  se  procura,  que  tan  caro  cuesta.  Muchas 
veces  se  procura  con  ellos  el  infierno,  y  se  compra  fuego  per- 

1      Ps.  LIV,  7. 


CAPITULO    XX  157 

durable  y  pena  sin  fin.  ¡Oh,  si  todos  diesen  en  tenerlos  por 
tierra  sin  provecho,  qué  concertado  andaría  el  mundo,  qué  sin 
tráfagos!  ¡Con  qué  amistad  se  tratarían  todos,  si  faltase  interese 
de  honra  y  de  dineros!   Tengo  para  mí  se  remediaría  todo. 

Ve  de  los  deleites  tan  gran  ceguedad,  y  cómo  con  ellos  com- 
pra trabajo,  aun  para  esta  vida  y  desasosiego.  ¡Qué  inquietud! 
¡qué  poco  contento!  ¡qué  trabajar  en  vano!  Aquí  no  sólo  las 
telarañas  ve  de  su  alma,  y  las  faltas  grandes,  sino  un  polvito 
que  haya,  por  pequeño  que  sea,  porque  el  sol  está  muy  claro; 
y  ansí,  por  mucho  que  trabaje  un  alma  en  perficionarse,  si  de 
veras  la  coge  este  Sol,  toda  se  ve  muy  turbia.  Es  como  el  agua 
que  está  en  un  vaso,  que  si  no  le  da  €l  sol,  está  muy  claro; 
si  da  €n  él,  vese  que  está  todo  lleno  de  motas.  Al  pie  de  la  letra 
es  esta  comparación;  ant€s  de  estar  éi  alma  en  este  éxtasi,  pa- 
récete que  tray  cuidado  de  no  ofender  a  Dios,  y  que  conforme 
a  sus  fuerzas  hace  lo  que  puede;  mas  llegada  aquí,  que  le  da 
este  Sol  de  Justicia,  que  la  hace  abrir  los  ojos,  ve  tantas  motas, 
que  los  querría  tornar  a  cerrar.  Porque  aun  no  es  tan  hija  de  esta 
águila  caudalosa,  que  pueda  mirar  este  Sol  de  en  hito  en  hito; 
mas  por  poco  que  los  tenga  abiertos,  vese  toda  turbia.  Acuérdase 
de  el  verso  que  dice:  ¿Quién  será  justo  delante  de  Ti?  (1). 

Cuando  mira  este  divino  Sol,  dislúmbrale  la  claridad;  como 
se  mira  a  sí,  el  barro  la  atapa  los  ojos,  ciega  €stá  esta  palomita. 
Ansí  acaece  muy  muchas  veces  quedarse  ansí  ciega  del  todo, 
absorta,  espantada,  desvanecida  de  tantas  grandezas  como  ve. 
Aquí  se  gana  la  verdadera  humildad,  para  no  se  le  dar  nada 
de  decir  bienes  de  sí,  ni  que  lo  digan  otros.  Reparte  el  Señor  del 
huerto  la  fruta  y  no  ella;  y  ansí  no  se  le  pega  nada  a  las  ma- 
nos, todo  el  bien  que  tiene  va  guiado  a  Dios;  si  algo  dice  de  sí, 
es  para  su  gloria.  Sabe  que  no  tiene  nada  él  allí,  y  aunque 
quiera  no  puede  inorarlo;  porque  lo  ve  por  vista  de  ojos,  que, 
mal  que  le  pese,  se  los  hace  cerrar  a  las  cosas  del  mundo,  y  que 
los  tenga  abiertos  para  entender  verdades. 

1      Ps.  CXLII,  2. 


CAPITULO     XXI 

PROSIGUE  Y  ACABA  ESTE  POSTRER  GRADO  DE  ORACIÓN;  DICE  LO  QUE 
SIENTE  EL  ALMA  QUE  ESTA  EN  EL  DE  TORNAR  A  VIVIR  EN  EL 
MUNDO,  Y  DE  LA  LUZ  QUE  LA  DA  EL  SEÑOR  DE  LOS  ENGAÑOS 
DE    EL.    TIENE    BUENA   DOTRINA. 


Pu€s  acabando  en  lo  qu€  iba,  digo  que  no  ha  menester  aquí 
consentimiento  de  esta  alma;  ya  se  le  tiene  dado,  y  sabe  que  con 
voluntad  se  entregó  en  sus  manos,  y  que  no  k  puede  engañar, 
porque  es  sabidor  de  todo.  No  es  como  acá,  que  está  toda  la  vida 
llena  de  engaños  y  dobleces;  cuando  pensáis  tenéis  una  vo- 
luntad ganada,  sigún  lo  que  os  muestra,  venís  a  entender  que 
todo  es  mentira.  No  hay  ya  quien  viva  en  tanto  tráfago,  en  es- 
pecial si  hay  algún  poco  de  interese.  Bienaventurada  alma,  que 
la  tray  el  Señor  a  entender  verdades,  i  Oh  qué  estado  este  para 
los  reyes!  ¡Cómo  les  valdría  mucho  más  procurarle,  que  no 
gran  señorío!  ¡qué  retitud  habría  en  el  reino!  ¡qué  de  males  se 
excusarían  y  habrían  excusado!  Aquí  no  se  teme  perder  vida  ni 
honra  por  amor  de  Dios.  ¡Qué  gran  bien  este  para  quien  está  más 
obligado  a  mirar  la  honra  del  Señor  que  todos  los  que  son 
menos,  pues  han  de  ser  los  reys  (1)  a  quien  sigan!  Por  un  punto 
de  aumento  en  la  fe  y  de  haber  dado  luz  en  algo  a  los  herejes, 
perdería  mil  reinos,  y  con  razón.  Otro  ganar  es  un  reino  que 
no  se  acaba,  que  con  sola  una  gota  que  gusta  un  alma  de  esta 

1      Por  r^es. 


160  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

agua  de  él,  parece  asco  todo  lo  de  acá.  Pues  cuando  fuere  estar 
engolfada  en  todo,  ¿qué  será? 

¡Oh  Señor!  Si  me  diérades  estado  para  decir  a  voces  esto, 
no  me  creyeran,  como  hacen  a  muchos  que  lo  saben  decir  de 
otra  suerte  que  yo;  mas  al  menos  satisficiérame  yo.  Paréccme 
que  tuviera  en  poco  la  vida  por  dar  a  entender  una  sola  verdad 
de  estas;  no  sé  después  lo  que  hiciera,  que  no  hay  que  fiar  de 
mi;  con  ser  la  que  soy,  me  dan  grandes  ímpetus  por  decir  esto 
a  los  que  mandan,  que  me  deshacen.  De  que  no  puedo  más, 
tornóme  a  Vos,  Señor  mío,  a  pediros  remedio  para  todo;  y  bien 
sabéis  Vos  que  muy  de  buena  gana  me  desposeería  yo  de  las 
mercedes  que  me  habéis  hecho,  con  quedar  en  estado  que  no 
os  ofendiese  y  las  daría  a  los  reys;  porque  sé  que  sería  imposi- 
ble consentir  cosas  que  ahora  se  consienten,  ni  dejar  de  haber 
grandísimos  bienes  (1). 

¡Oh  Dios  mío!  Daldes  (2)  a  entender  a  lo  que  están  obliga- 
dos; pues  los  quisistes  Vos  señalar  en  la  tierra  de  manera,  que 
aun  he  oído  decir  hay  señales  en  el  cielo  cuando  lleváis  a  al- 
guno (3).  Que,  cierto,  cuando  pienso  esto  me  hace  devoción,  que 
queráis  Vos,  Rey  mío,  que  hasta  en  esto  entiendan  os  han  de 
imitar  en  vida,  pues  en  alguna  manera  hay  señal  en  el  cielo, 
como  cuando  moristes  Vos,  en  su  muerte. 

Mucho  me  atrevo.  Rómpalo  vuestra  merced  si  mal  le  parece; 
y  crea  se  lo  diría  mijor  en  presencia,  si  pudiese,  u  pensase  me 
han  de  creer,  porque  los  encomiendo  a  Dios  mucho,  y  querría  me 
aprovechase.  Todo  lo  hace  aventurar  la  vida,  que  deseo  muchas 
veces  estar  sin  ella,  y  era  por  poco  precio  aventurar  a  ganar 
mucho;  porque  no  hay  ya  quien  viva,  viendo  por  vista  de  ojos 
el  gran  engaño  en  que  andamos  y  la  ceguedad  que  traemos. 


1  Yendo  a  la  fundación  de  Toledo  en  1569  u  pasando  por  la  Corte,  hizo  llegar  la  Santa  a 
Felipe  II,  por  medio  de  la  Princesa  doña  Juana,  algunos  avisos  que  impresionaron  vivamente  al 
Reg,  quien  mostró  deseos  de  conocer  personalmente  a  la  célebre  Fundadora.  Probablemente  nunca 
se  vieron;  pero  el  Rey  Prudente  hizo  siempre  mucha  estima  de  la  Santa  y  la  favoreció  no  poco 
para  llevar  adelante  su  obra  de  reformación.  (Véase  la  declaración  hecha  en  Zaragoza  por  la 
M.  Isabel  de  Sto.  Domingo  en  las  Informaciones  de  la  beatificación  de  Santa  Teresa). 

2  Por  dadles. 

3  Alude  aquí  Santa  Teresa  a  cierta  creencia  popular,  aun  no  desarraigada  del  todo  en  Es" 
paña,  de  que  al  morir  algún  monarca  o  poderoso  señor  había  señales  en  el  cielo,  como  el 
enrojecimiento  del  disco  lunar,  la  caída  o  lluvia  de  estrellas,  etc. 


CAPITULO    XXI  161 

Llegada  un  alma  aquí,  no  es  sólo  deseos  los  que  tiene  por 
Dios;  Su  Majestad  la  da  fuerzas  para  ponerlos  por  obra.  No 
se  le  pone  cosa  delante  en  que  piense  le  sirve  a  que  no  se 
abalance,  y  no  hace  nada,  porque,  como  digo,  ve  claro  que  no 
es  todo  nada,  sino  contentar  a  Dios.  El  trabajo  es  que  no 
hay  qué  se  ofrezca  a  las  que  son  de  tan  poco  provecho  como  yo. 
Sed  Vos,  Bien  mío,  servido  venga  algún  tiempo  en  que  yo  pueda 
pagar  algún  cornado  (1)  de  lo  mucho  que  os  debo;  ordenad  Vos, 
Señor,  como  fuer  des  servido,  cómo  esta  vuestra  sierva  os  sirva 
en  algo.  Mujeres  eran  otras  y  han  hecho  cosas  heroicas  por 
amor  de  Vos.  Yo  no  soy  para  más  de  parlar,  y  ansí  no  queréis 
Vos,  Dios  mío,  ponerme  en  obras;  todo  se  va  en  palabras  y  de- 
seos cuanto  he  de  servir;  y  aun  para  esto  no  tengo  libertad, 
porque  por  ventura  faltara  en  todo. 

Fortaleced  Vos  mi  alma  y  disponedla  primero.  Bien  de  todos 
los  bienes  y  Jesús  mío,  y  ordenad  luego  modos  como  haga  algo 
por  Vos,  que  no  hay  ya  quien  sufra  recibir  tanto  y  no  pagar  nada. 
Cueste  lo  que  costare.  Señor,  no  queráis  que  vaya  delante  de 
Vos  tan  vacías  las  manos,  pues  conforme  a  las  obras  se  ha  de 
dar  el  premio,  ñquí  está  mi  vida,  aquí  está  mi  honra  y  mi  vo- 
luntad; todo  os  lo  he  dado;  vuestra  soy;  disponed  de  mí  confor- 
me a  la  vuestra.  Bien  veo  yo,  mi  Señor,  lo  poco  que  puedo;  mas 
llegada  a  Vos,  subida  en  esta  atalaya  adonde  se  ven  verdades, 
no  os  apartando  de  mí,  todo  lo  podré;  que  si  os  apartáis,  por 
poco  que  sea,  iré  adonde  estaba,  que  era  a  el  infierno. 

i  Oh,  qué  es  un  alma  que  se  ve  aquí,  haber  de  tornar  a  tratar 
con  ¡todos,  a  mirar  y  ver  esta  farsa  de  esta  vida  tan  mal  concertada, 
a  gastar  el  tiempo  en  cumplir  con  el  cuerpo,  durmiendo  y  comien- 
do! Todo  la  cansa,  no  sabe  cómo  huir;  vese  encadenada  y  presa; 
entonces  siente  más  verdaderamente  el  cativerio  que  traemos  con 
los  cuerpos  y  la  miseria  de  la  vida.  Conoce  la  razón  que  tenía 
San  Pablo  de  suplicar  a  Dios  le  librase  de  ella  (2) ;  da  voces  con 
él;   pide  a  Dios  libertad,  como  otras  veces  he  dicho.  Mas  aquí 


1  Moneda  del  reinado  de  Sancho  IV  de  Castilla.  Aunque  no  era  corriente  en  tiempo  de  la 
Santa,  su  nombre  se  había  incorporado  a  la  lengua  vulgar.  Valía  alrededor  de  un  cuarto. 

2  Jld  Rom.,  VII,  24. 


162  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

€s  con  tan  gran  ímpetu  muchas  veces,  que  parece  se  quiere  salir 
el  alma  de  el  cuerpo  a  buscar  esta  libertad,  ya  que  no  la  sacan. 
Anda  como  vendida  en  tierra  ajena,  y  lo  que  más  la  fatiga  es 
no  hallar  muchos  que  se  quejen  íX)n  ella  y  pidan  esto,  sino 
lo  más  ordinario  es  desear  vivir.  ¡Oh,  si  no  estuviésemos  asidos 
a  nada  ni  tuviésemos  puesto  nuestro  contento  en  cosa  de  la  tierra, 
cómo  la  pena  que  nos  daría  vivir  siempre  sin  El  templaría  el 
miedo  de  la  muerte  con  el  deseo  de  gozar  de  la  vida  verdadera! 

Considero  algunas  veces  cuando  una  como  yo,  por  haberme 
el  Señor  dado  esta  luz  con  tan  tibia  caridad  y  tan  incierto  el 
descanso  verdadero,  por  no  lo  haber  merecido  mis  obras,  siento 
tanto  verme  en  este  destierro  muchas  veces,  ¿qué  sería  el  senti- 
miento de  los  sanios?  ¿Qué  debía  de  pasar  San  Pablo  y  la  Mada- 
lena  y  otros  semejantes,  en  quien  tan  crecido  estaba  este  fuego 
de  amor  de  Dios?  Debía  ser  un  continuo  martirio.  Paréceme  que 
quien  me  da  algún  alivio,  y  con  quien  descanso  de  tratar,  son 
las  personas  que  hallo  de  estos  deseos;  digo  deseos  con  obras. 
Digo  con  obras,  porque  hay  algunas  personas  que  a  su  parecer 
están  desasidas,  y  ansí  lo  publican  y  había  ello  de  ser,  pues 
su  estado  lo  pide  y  los  muchos  años  que  ha  que  algunas  han  co- 
menzado camino  de  perfeción;  mas  conoce  bien  esta  alma  desde 
muy  lejos  los  que  lo  son  de  palabras,  o  los  que  ya  estas  pala- 
bras han  confirmado  con  obras;  porque  tiene  entendido  el  poco 
provecho  que  hacen  los  unos  y  el  mucho  los  otros;  y  es  cosa 
que,  a  quien  tiene  expiriencia,  lo  ve  muy  claramente. 

Pues  dicho  ya  estos  efetos  que  hacen  los  arrobamientos 
que  son  de  espíritu  de  Dios.  Verdad  es  que  hay  más  u  meaos; 
digo  menos,  porque  a  los  principios,  aunque  hace  estos  efetos, 
no  están  expirimentados  con  obras,  y  no  se  puede  ansí  enten- 
der que  los  tiene;  y  también  va  creciendo  la  perfeción  y  procu- 
rando no  hay  memoria  de  telaraña,  y  esto  requiere  algún  tiem- 
po; y  mientra  más  crece  el  amor  y  humildad  en  el  alma,  mayor 
olor  dan  de  sí  estas  flores  de  virtudes  pa  sí  y  para  los  otros. 
Verdad  es  que  de  manera  puede  obrar  el  Señor  en  el  alma  en  un 
rabto  de  estos,  que  quede  poco  que  trabajar  a  el  alma  en  adquirir 
perfeción;    porque  no  podrá  nadie  creer,   si  no  lo  expirimenta, 


CAPITULO    XXI  163 

lo  qu€  el  Señor  la  da  aquí,  que  no  hay  diligencia  nuestra  que 
a  esto  llegue,  a  mi  parecer.  No  digo  que  con  el  favor  de  el  Se- 
ñor, ayudándose  muchos  años,  por  los  términos  que  escriben  los 
que  han  escrito  de  oración,  principios  y  medios,  no  llegarán  a 
la  perfeción  y  desasimiento  mucho  con  hartos  trabajos;  mas 
no  en  tan  breve  tiempo,  como  sin  ninguno  nuestro  obra  el  Señor 
aquí,  y  determinadamente  saca  el  alma  de  la  tierra  y  le  da  se- 
ñorío sobre  lo  que  hay  en  ella,  aunque  en  esta  alma  no  haya 
más  merecimientos  que  había  en  la  mía,  que  no  lo  puede  más 
encarecer,  porque  era  casi  ninguno. 

El  por  qué  lo  hace  Su  Majestad,  es  porque  quiere,  y,  como 
quiere,  hácelo;  y  aunque  no  haya  en  ella  disposición,  la  dispone 
para  recibir  el  bien  que  Su  Majestad  le  da.  Ansí  que  no  todas 
veces  los  da  porque  se  lo  han  merecido  en  granjear  bien  el 
huerto,  aunque  es  muy  cierto  a  quien  esto  hace  bien  y  procura 
desasirse,  no  dejar  de  regalarle;  sino  que  es  su  voluntad  mos- 
trar su  grandeza  algunas  veces  en  la  tierra  que  es  más  ruin,  como 
tengo  dicho,  y  dispónela  para  todo  bien,  de  manera  que  parece 
no  es  ya  parte  en  cierta  manera  para  tornar  a  vivir  en  las  ofen- 
sas de  Dios  que  solía.  Tiene  el  pensamiento  tan  habituado  a 
entender  lo  que  es  verdadera  verdad,  que  todo  lo  demás  le  pa- 
rece juego  de  niños.  Ríese  entre  sí  algunas  veces  cuando  ve  a 
personas  graves  de  oración  y  relisión  hacer  mucho  caso  de  unos 
puntos  de  honra,  que  esta  alma  tiene  ya  debajo  de  los  pies. 
Dicen  que  es  discreción  y  autoridad  de  su  estado  para  más 
aprovechar.  Sabe  ella  muy  bien  que  aprovecharía  más  en  un  día 
que  pospusiese  aquella  autoridad  de  estado  por  amor  de  Dios, 
que  con  ella  en  diez  años. 

Ansí  vive  vida  trabajosa  y  con  siempre  cruz,  mas  va  en 
gran  crecimiento.  Cuando  parece  a  los  que  las  tratan  están 
muy  en  la  cumbre,  desde  a  poco  están  muy  más  mijoradas,  por- 
que siempre  las  va  favoreciendo  más.  Dios  es  alma  suya;  es  el 
que  la  tiene  ya  a  cargo,  y  ansí  le  luce;  porque  parece  asistente- 
mente  la  está  siempre  guardando  para  que  no  le  ofenda,  y  favo- 
reciendo y  despertando  para  que  le  sirva.  En  llegando  mi  alma 
a  que  Dios  la  hiciese  esta  tan  gran  merced,  cesaron  mis  males, 


164  VIDñ    DE    SANTA    TERESA    DE     JESÚS 

g  ¡me  dio  el  Señor  fortaleza  para  salir  de  ellos,  y  no  me  hacía 
más  estar  en  las  ocasiones  y  con  gente  que  me  solía  destraer, 
que  si  no  estuviera;  antes  me  ayudaba  lo  que  me  solía  dañar; 
todo  me  era  medios  para  conocer  más  a  Dios  y  amarle,  y  ver 
lo  que  le  debía  y  pesarme  de  la  que  había  sido. 

Bien  entendía  yo  no  venía  aquello  de  mí,  ni  lo  había  ga- 
nado con  mi  diligencia,  que  aun  no  había  habido  tiempo  para 
ello.  Su  Majestad  me  había  dado  fortaleza  para  ello  por  su  sola 
bondad.  Hasta  ahora,  desde  que  me  comenzó  el  Señor  a  hacer 
esta  merced  de  estos  arrobamientos,  siempre  ha  ido  creciendo 
esta  fortaleza,  y  por  su  bondad  me  ha  tenido  de  su  mano  para 
no  tornar  atrás;  ni  me  parece,  como  es  ansí,  hago  nada  casi 
de  mi  parte,  sino  que  entiendo  claro  el  Señor  es  el  que  obra. 
Y  por  esto  me  parece  que  a  almas  que  el  Señor  hace  estas  mer- 
cedes, que  yendo  con  humildad  y  temor,  siempre  entendiendo 
el  mesmo  Señor  lo  hace,  y  nosotros  casi  nonada,  que  se  podía 
poner  entre  cualquiera  gente.  Aunque  sea  más  destraída  y  vicio- 
sa, no  le  hará  al  caso,  ni  moverá  en  nada;  antes,  como  he  dicho, 
le  ayudará,  y  serle  ha  modo  para  sacar  muy  mayor  aprovecha- 
miento. Son  ya  almas  fuertes  que  escoge  el  Señor  para  aprovechar 
a  otras;  aunque  esta  fortaleza  no  viene  de  sí.  De  poco  en  poco, 
en  llegando  el  Señor  aquí  un  alma,  le  va  comunicando  muy 
grande  secretos. 

Aquí  son  las  verdaderas  revelaciones  en  este  éxtasi,  y  las 
grandes  mercedes  y  visiones,  y  todo  aprovecha  para  humillar 
y  fortalecer  el  alma,  y  que  tenga  en  menos  las  cosas  de  esta  vida, 
y  conozca  mas  claro  las  grandezas  de  el  premio  que  el  Señor 
tiene  aparejado  a  los  que  le  sirven.  Plega  a  Su  Majestad  sea 
alguna  parte  la  grandísima  largueza  que  con  esta  miserable  pe- 
cadora ha  tenido  para  que  se  esfuercen  y  animen  los  que  esto 
leyeren  a  dejarlo  todo  del  todo  por  Dios;  pues  tan  cumpli- 
damente paga  Su  Majestad,  que  aun  en  esta  vida  se  ve  claro  el 
premio  y  la  ganancia  que  tienen  los  que  le  sirven:  ¿qué  será 
en  la  otra? 


CAPITULO     XXII 

EN  QUE  TRATA  CUAN  SIGURO  CAMINO  ES  PARA  LOS  CONTEMPLATIVOS  NO 
LEVANTAR  EL  ESPÍRITU  A  COSAS  ALTAS^  SI  EL  SEÑOR  NO  LE 
LEVANTA,  Y  COMO  HA  DE  SER  EL  MEDIO  PARA  LA  MAS  SUBIDA 
CONTEMPLACIÓN  LA  HUMANIDAD  DE  CRISTO.  DICE  DE  UN  EN- 
GAÑO EN  QUE  ELLA  ESTUVO  UN  TIEMPO.  ES  MUY  PROVECHOSO 
ESTE    CAPITULO. 


Una  cosa  quiero  decir,  a  mi  parecer  importante,  si  a  vuestra 
merced  le  pareciere  bien;  servirá  de  aviso,  que  podría  ser  ha- 
berle menester ;  porque  en  algunos  libros  que  están  escritos  de 
oración,  tratan,  que  aunque  el  alma  no  puede  por  sí  llegar  a 
este  estado,  porque  es  todo  obra  sobrenatural  que  el  Señor  obra 
en  ella,  que  podrá  ayudarse  levantando  el  espíritu  de  todo  lo 
criado,  y  subiéndole  con  humildad,  después  de  muchos  años  que 
haya  ido  por  la  vida  purgativa  y  aprovechando  por  la  ilumina- 
tiva. No  sé  yo  bien  por  qué  dicen  iluminativa;  entiendo  que  de 
los  que  van  aprovechando.  Y  avisan  mucho  que  aparten  de  sí  toda 
imaginación  corpórea,  y  que  se  lleguen  a  contemplar  en  la  Di- 
vinidad; porque  dicen  que,  aunque  sea  la  Humanidad  de  Cristo, 
a  los  que  llegan  ya  tan  adelante,  que  embaraza  u  impide  a  la 
más  perfeta  contemplación.  Train  lo  que  dijo  el  Señor  a  los 
Apóstoles  cuando  la  venida  del  Espíritu  Santo  (1),  digo  cuando 
subió  a  los  cielos,  para  este  propósito.  Paréceme  a  mí  que  si  tu- 


1      Joan.,  XVI,  7. 


loo  VTDñ    DE    SñNTñ    TERESñ    DE    JESÚS 

vieran  la  fe  como  la  tuvieron  después  que  vino  el  Espíritu  Santo, 
d€  que  era  Dios  g  hombre,  no  les  impidiera;  pues  no  se  dijo 
esto  a  la  Madre  de  Dios,  aunque  le  amaba  más  que  todos  (1). 
Porque  les  parece,  que  como  esta  obra  toda  es  espíritu,  que 
cualquiera  cosa  corpórea  la  puede  estorbar  u  impidir;  y  que 
considerarse  en  cuadrada  manera  g  que  está  Dios  de  todas  par- 
tes, ü  verse  engolfado  en  El,  es  lo  que  han  de  procurar.  Esto 
bien  me  parece  a  mí  algunas  veces;  mas  apartarse  del  todo  de 
Cristo,  ü  que  entre  en  cuenta  este  divino  Cuerpo  con  nuestras 
miserias  ni  con  todo  lo  criado,  no  lo  puedo  sufrir.  Plega  a  Su 
Majestad  que  me  sepa  dar  a  entender   (2). 

Yo  no  lo  contradigo,  porque  son  letrados  y  espirituales, 
y  saben  lo  que  dicen,  y  por  muchos  caminos  y  vías  lleva  Dios 
las  almas,  como  ha  llevado  la  mía,  quiero  yo  ahora  decir,  en 
lo  demás  no  me  entremeto,  y  en  el  peligro  en  que  me  vi,  por 
querer  conformarme  con  lo  que  leía.  Bien  creo  que  quien  llegare 
a  tener  unión  y  no  pasare  adelante,  digo  a  arrobamientos  y 
visiones  y  otras  mercedes  que  hace  Dios  a  las  almas,  que 
terna  lo  dicho  por  lo  mijor,  como  yo  lo  hacía;  y  si  me  hubiera 
estado  en  ello,  creo  nunca  hubiera  llegado  a  lo  que  ahora,  por- 
que, a  mi  parecer,  es  engaño;  ya  puede  ser  sea  la  engañada, 
mas  diré  lo  que  me  acaeció. 


1  Este  período,  desde  las  palabras  «Paréceme  a  mí»,  lo  trae  la  Santa  en  nota  marginal. 

2  Encomia  en  este  capítulo  las  excelencias  de  la  Humanidad  de  Cristo  como  argumento 
continuo  de  meditación  contra  el  parecer,  muy  válido  en  su  tiempo,  de  que  en  ciertos  grados  de 
contemplación  mística  debía  prescindir  el  alma  de  todo  objeto  corpóreo,  incluso  del  inefable 
misterio  de  la  Encarnación.  Es  uno  de  los  más  hermosos  e  interesantes  capítulos  que  escribió 
Santa  Teresa.  Todos  los  místicos  posteriores  han  prestado  asentimiento  completo  a  la  doctrina 
transcendental  que  con  tanta  seguridad,  claridad  u  método  expone  aquí  la  iluminada  Doctora. 
El  P.  José  de  Jesús  María  escribió  un  tratadito  comentando  este  capítulo  de  la  Santa.  Hablando 
de  él  el  P.  Manuel  de  Sta.  María,  da  los  siguientes  pormenores:  «En  un  libro  en  cuarto  de  la 
librería  de  dicho  convento  de  Duruelo,  agregado  de  diferentes  pastorales  impresas,  como  son  la 
de  N.  P.  General  Fray  Antonio  de  la  Asunción  y  dos  de  nuestro  venerable  P.  Alonso  de  Jesús 
María,  encuadernadas  juntas  debajo  de  un  forro  de  pergamino  con  su  título  en  la  parte  de 
afuera  de  Cartas  pastorales,  encuentro,  a  su  final,  un  manuscrito  cuyo  título  es:  Declaración  del 
capítulo  veinte  y  dos  de  él  libro  que  nuestra  gloriosa  Madre  Sta.  Teresa  de  Jesús  escribió  de 
su  vida  por  obediencia;  y  concordancia  de  su  doctrina  con  la  de  los  santos  muy  ilustrados  en 
la  sabiduría  mística  y  escolástica,  acerca  de  cómo  se  han  de  ejercitar  dentro  de  la  contempla" 
ción  las  memorias  de  la  vida  y  pasión  de  Cristo  Nuestro  Señor  sin  impedir  los  efectos  sobre" 
naturales  de  ella.  Tiene  treinta  y  dos  fojas,  y  aunque  al  principio,  ni  tampoco  a  su  final,  se 
pone  nombre  de  autor,  porque  no  está  firmado  dicho  papel,  pero  expresa  ser  obra  de  N.  P.  José 
de  Jesús  María  la  aprobación  original  con  que  finaliza,  del  doctor  Martín  Ramírez,  catedrático 
de  Prima  de  Teología  de  Toledo,  fecha  en  esta  ciudad  a  veinte  de  Agosto  de  mil  seiscientos 
veintidós».  (Cfr.  Espicilegio  historial.  Ms.  8.713  de  la  B.  N).  Hay  copia  de  esta  obra  en  los  ma- 
nuscritos 8.273  y  11.330  de  laJB.  Nacional.  Los  Carmelitas  Descalzos  de  Toledo  poseen  otro. 


CAPITULO     XXII  1 67 

Como  yo  no  tenía  maestro  y  leía  en  estos  libros,  por  donde 
poco  a  poco  yo  pensaba  entender  algo,  y  después  entendí,  que 
si  el  Señor  no  me  mostrara  yo  pudiera  poco  con  los  libros 
deprender,  porque  no  era  nada  lo  que  entendía  hasta  que  Su 
Majestad  por  expiriencia  me  lo  daba  a  entender,  ni  sabía  lo  que 
hacía,  en  comenzando  a  tener  algo  de  oración  sobrenatural, 
digo  de  quietud,  procuraba  desviar  toda  cosa  corpórea,  aunque 
ir  levantando  el  alma  yo  no  osaba,  que,  como  era  siempre  tan 
ruin,  vía  que  era  atrevimiento;  mas  parecíame  sentir  la  presen- 
cia de  Dios,  como  es  ansí,  y  procuraba  estarme  recogida  con 
El;  y  es  oración  sabrosa,  si  Dios  allí  ayuda,  y  el  deleite  mucho; 
y  como  se  ve  aquella  ganancia  y  aquel  gusto,  ya  no  había  quien 
me  hiciese  tornar  a  la  Humanidad,  sino  que,  en  hecho  de  verdad, 
me  parecía  me  era  impedimento.  ¡Oh  Señor  de  mi  alma  y  Bien 
mío  Jesucristo  crucificado!  No  me  acuerdo  vez  de  esta  opinión 
que  tuve  que  no  me  da  pena;  y  me  parece  que  hice  una  gran 
traición,   aunque  con  inorancia. 

Había  sido  yo  tan  devota  toda  mi  vida  de  Cristo,  porque 
esto  era  ya  a  la  postre,  digo  a  la  postre,  de  antes  que  el  Señor 
me  hiciese  estas  mercedes  de  arrobamientos  y  visiones  (1).  Duró 
muy  poco  estar  en  esta  opinión,  y  ansí  siempre  tornaba  a  mi 
costumbre  de  holgarme  con  este  Señor;  en  especial  cuando  co- 
mulgaba, quisiera  yo  siempre  traer  delante  de  los  ojos  su  retra- 
to y  imagen,  ya  que  no  podía  traerle  tan  esculpido  en  mi  alma 
como  yo  quisiera.  ¿Es  posible.  Señor  mío,  que  cupo  en  mi  pen- 
samiento, ni  un  hora,  que  Vos  me  habíades  de  impidir  para  mayor 
bien?  ¿De  dónde  me  vinieron  a  mí  todos  los  bienes  sino  de 
Vos?  No  quiero  pensar  que  en  esto  tuve  culpa,  porque  me  lasti- 
mo mucho,  que  cierto  era  inorancia;  y  ansí  quesistes  Vos,  por 
vuestra  bondad,  remediarla  con  darme  quien  me  sacase  de  este 
yerro,  y  después  con  que  os  viese  yo  tantas  veces,  como  adelan- 
te diré,  para  que  más  claro  entendiese  cuan  grande  era,  y  que 
lo  dijese  a  muchas  personas,  que  lo  he  dicho,  y  para  que  lo 
pusiese  ahora  aquí. 


1       «DiQo  a  la  postre»  e-tc,  viene  al  margen  de  letia  de  la  Santa. 


168  VIDñ    DE    SANTH    TERESA    DE    JESÚS 

Tengo  para  mí,  que  la  causa  de  no  aprovechar  más  muchas 
almas  y  llegar  a  muy  gran  libertad  de  espíritu,  cuando  llegan 
a  tener  oración  de  unión,  es  por  esto.  Paréceme  que  hay  dos 
razones  en  que  puedo  fundar  mi  razón,  y  quizá  no  diga  nada, 
mas  lo  que  dijere,  helo  visto  por  expiriencia,  que  se  hallaba 
muy  mal  mi  alma  hasta  que  el  Señor  la  dio  luz;  porque  todos 
sus  gozos  eran  a  sorbos,  y  salida  de  allí  no  se  hallaba  con  la 
compañía  que  después  para  los  trabajos  y  tentaciones.  La  una 
€s,  que  va  un  poco  de  poca  humildad  tan  solapada  y  ascondida, 
que  no  se  siente.  ¿Y  quién  será  el  soberbio  y  miserable,  como 
yo,  que  cuando  hubiere  trabajado  toda  su  vida  con  cuantas  pe- 
nitencias y  oraciones  y  persecuciones  se  pudieren  imaginar,  no 
se  halle  por  muy  rico  y  muy  bien  pagado,  cuando  le  consienta 
el  Señor  estar  a  el  pie  de  la  Cruz  con  San  Juan?  No  sé  en 
qué  seso  cabe  no  se  contentar  con  esto,  sino  en  el  mío,  que  de 
todas  maneras  fué  perdido  en  lo  que  había  de  ganar. 

Pues  si  todas  veces  la  condición  u  enfermedad,  por  ser 
penoso  pensar  en  la  Pasión,  no  se  sufre,  ¿quién  nos  quita  estar 
con  El  después  de  resucitado,  pues  tan  cerca  le  tenemos  en  el 
Sacramento,  adonde  ya  está  glorificado,  y  no  le  miraremos  tan 
fatigado  y  hecho  pedazos,  corriendo  sangre,  cansado  por  los 
caminos,  perseguido  de  los  que  hacía  tanto  bien,  no  creído  de 
los  Apóstoles?  Porque,  cierto,  no  todas  veces  hay  quien  sufra 
pensar  en  tantos  trabajos  como  pasó.  Hele  aquí  sin  pena,  lleno 
de  gloria,  esforzando  a  los  unos,  animando  a  los  otros,  antes 
que  subiese  a  los  cielos.  Compañero  nuestro  en  el  Santísimo 
Sacramento,  que  no  parece  fué  en  su  mano  apartarse  un  memento 
de  nosotros.  ¡Y  que  haya  sido  en  la  mía  apartarme  yo  de  Vos, 
Señor  mío,  por  más  serviros!  Que  ya  cuando  os  ofendía  no  os 
conocía;  ¡mas  que,  conociéndoos,  pensase  ganar  más  por  este 
camino!  ¡Oh  qué  mal  camino  llevaba,  Señor!  Ya  me  parece  iba 
sin  camino,  si  Vos  no  me  tornárades  a  él,  que  en  veros  cabe 
mí,  he  visto  todos  los  bienes.  No  me  ha  venido  trabajo  que 
(mirándoos  a  Vos  cual  estuvistes  delante  de  los  jueces,  no  se 
me  haga  bueno  de  sufrir.  Con  tan  buen  amigo  presente,  con 
tan   buen   capitán,   que   se   puso   en   lo   primero   en   el   padecer, 


CAPITULO     XXII  1 69 

todo  se   puede   sufrir.   Es   ayuda   y   da   esfuerzo;    nunca   falta; 
es   amigo  verdadero. 

Y  veo  yo  claro,  y  he  visto  después,  que  para  contentar  a 
Dios  y  que  nos  haga  grandes  mercedes,  quiere  sea  por  manos 
de  esta  Humanidad  sacratísima,  en  quien  dijo  Su  Majestad  se  de- 
leita. Muy,  muy  muchas  veces  lo  he  visto  por  expiriencia:  hémelo 
dicho  el  Señor.  He  visto  claro  que  por  esta  puerta  hemos  de 
entrar,  si  queremos  nos  muestre  la  soberana  Majestad  grandes 
secretos.  Ansí  que  vuestra  merced,  señor  (1),  no  quiera  otro  ca- 
mino, aunque  esté  en  la  cumbre  de  contemplación;  por  aquí  va 
siguro.  Este  Señor  nuestro  es  por  quien  nos  vienen  todos  los 
bienes;  El  lo  enseñará;  mirando  su  vida,  es  el  mijor  dechado. 
¿Qué  más  queremos  de  un  tan  buen  amigo  a  el  lado,  que  no  nos 
dejará  en  los  trabajos  y  tribulaciones,  como  hacen  los  de  el 
mundo?  Bienaventurado  quien  de  verdad  le  amare  y  siempre  le 
trajere  cabe  sí.  Miremos  a  el  glorioso  San  Pablo,  que  no  parece 
se  le  caía  de  la  boca  siempre  Jesús,  como  quien  le  tenía  bien 
en  el  corazón.  Yo  he  mirado  con  cuidado,  después  que  esto 
he  entendido,  de  algunos  santos,  grandes  contemplativos,  y  no 
iban  por  otro  camino.  San  Francisco  da  muestra  de  ello  en  las 
llagas;  San  Antonio  de  Padua  el  Niño;  San  Bernardo  se  delei- 
taba en  la  Humanidad;  Santa  Catalina  de  Sena,  otros  muchos, 
que   vuestra  merced  sabrá  mijor   que  yo. 

Esto  de  apartarse  de  lo  corpóreo,  bueno  debe  ser,  cierto, 
pues  gente  tan  espiritual  lo  dice;  mas,  a  mi  parecer,  ha  de  ser 
estando  el  alma  muy  aprovechada;  porque  hasta  esto,  está  claro, 
se  ha  de  buscar  el  Criador  por  las  criaturas.  Todo  es  como  la 
merced  el  Señor  hace  a  cada  alma:  en  eso  no  me  entremeto.  Lo 
que  querría  dar  a  entender  es,  que  no  ha  de  entrar  en  esta  cuen- 
ta la  sacratísima  Humanidad  de  Cristo.  Y  entiéndase  bien  este 
punto,  que  querría  saberme  declarar. 

Cuando  Dios  quiere  suspender  todas  las  potencias,  como 
en  los  modos  de  oración  que  quedan  dichos  hemos  visto,  claro 


1  Así  llama  al  P.  García  de  Toledo.  Tal  vez  empleó  esta  palabra  en  atención  a  su  noble" 
za,  pues  sabido  es  que  el  P.  García  de  Toledo  era  hijo  de  los  Condes  de  Oropesa.  Escribiendo 
la  Santa  a  D.  Alvaro  de  Mendoza,  emplea  el  mismo  tratamiento  al  hablar  de  este  exce- 
lente Dominico. 

12  * 


170  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

está,  qu€  aunque  no  queramos,  se  quita  esta  presencia.  Entonces 
vaya  en  hora  buena;  dichosa  tal  pérdida  que  es  para  gozar 
más  de  lo  que  nos  parece  se  pierde;  porque  entonces  se  emplea 
el  alma  toda  en  amar  a  quien  el  entendimiento  ha  trabajado  co- 
nocer, y  ama  lo  que  no  comprehendió,  y  goza  de  lo  que  no  pudie- 
ra tan  bien  gozar,  si  no  fuera  perdiéndose  a  sí  para,  como  digo, 
más  ganarse.  Mas  que  nosotros  de  maña  y  con  cuidado  nos  acos- 
tumbremos a  'no  procurar  con  todas  nuestras  fuerzas  traer  delante 
siempre,  y  pluguiese  a  el  Señor  fuese  siempre,  esta  sacratísima 
Humanidad,  esto  digo  que  no  me  parece  bien  y  que  es  andar 
el  alma  en  el  aire,  como  dicen;  porque  parece  no  tray  arrimo, 
por  mucho  que  le  parece  anda  llena  de  Dios.  Es  gran  cosa  mien- 
tra vivimos  y  somos  humanos  traerle  humano,  que  este  es  el 
otro  inconveniente  que  digo  hay.  El  primero,  ya  comencé  a  decir, 
es  un  poco  de  falta  de  humildad,  de  quererse  levantar  el  alma 
hasta  que  el  Señor  la  levante,  y  no  contentarse  con  meditar 
cosa  tan  preciosa,  y  querer  ser  María  antes  que  haya  trabajado 
con  Marta.  Cuando  el  Señor  quiere  que  lo  sea,  aunque  sea  desde 
el  primer  día,  no  hay  que  temer;  mas  comidámonos  nosotros, 
como  ya  creo  otra  vez  he  dicho.  Esta  motila  de  poca  humildad, 
aunque  no  parece  es  nada,  para  querer  aprovechar  en  la  con- 
templación hace  mucho  daño. 

Tornando  a  el  sigundo  punto,  nosotros  no  somos  ángeles, 
sino  tenemos  cuerpo.  Querernos  hacer  ángeles  estando  en  la 
tierra,  y  tan  en  la  tierra  como  yo  estaba,  es  desatino;  sino  que 
ha  menester  tener  arrimo  el  pensamiento  para  lo  ordinario,  ya 
que  algunas  veces  el  alma  salga  de  sí,  u  ande  muchas  tan  llena 
de  Dios,  que  no  haya  menester  cosa  criada  para  recogerla.  Esto 
no  es  tan  ordinario,  que  en  negocios  y  persecuciones  y  trabajos, 
cuando  no  se  puede  tener  tanta  quietud,  y  en  tiempo  de  seque- 
dades, es  muy  buen  amigo  Cristo,  porque  le  miramos  Hombre,  y 
vémosle  con  flaquezas  y  trabajos,  y  es  compañía,  y  habiendo 
costumbre,  es  muy  fácil  hallarle  cabe  sí,  aunque  veces  vernán 
que  lo  uno  ni  lo  otro  se  pueda.  Para  esto  es  bien  lo  que  ya  he 
dicho,  no  nos  mostrar  a  procurar  consolaciones  de  espíritu,  venga 
lo  que  viniere,  abrazado  con  la  cruz,  es  gran  cosa.  Desierto  que- 


CAPITULO     XXII  171 

dó  este  Señor  de  toda  consolación;  solo  le  dejaron  en  los  tra- 
bajos. No  le  dejemos  nosotros,  que,  para  más  subir,  El  nos  dará 
mijor  la  mano  que  nuestra  diligencia,  y  se  ausentará  cuando 
viere  que  conviene  y  que  quiere  el  Señor  sacar  el  alma  de  sí,  como 
he  dicho. 

Mucho  contenta  a  Dios  ver  un  alma  que  con  humildad  pone 
por  tercero  a  su  Hijo,  y  le  ama  tanto,  que  aun  quiriendo  Su 
Majestad  subirle  a  muy  gran  contemplación,  como  tengo  dicho, 
se  conoce  por  indino,  diciendo  con  San  Pedro:  Apartaos  de  mi, 
Señor,  que  soy  hombre  pecador  (1).  Esto  he  probado;  de  este 
arte  ha  llevado  Dios  mi  alma.  Otros  irán,  como  he  dicho,  por 
otro  atajo;  lo  que  yo  he  entendido  es,  que  todo  este  cimiento 
de  la  oración  va  fundado  en  humildad,  y  que,  mientra  más  se 
abaja  un  alma  en  oración,  más  la  sube  Dios.  No  me  acuerdo  ha- 
berme hecho  merced  muy  señalada,  de  las  que  adelante  diré, 
que  no  sea  estando  deshecha  de  verme  tan  ruin;  y  aun  procu- 
raba Su  Majestad  darme  a  entender  cosas  para  ayudarme  a  cono- 
cerme, que  yo  no  las  supiera  imaginar.  Tengo  para  mí,  que  cuan- 
do el  alma  hace  de  su  parte  algo  para  ayudarse  en  esta  oración 
de  unión,  que  aunque  luego  luego  parece  la  aprovecha,  que,  como 
cosa  no  fundada,  se  tornará  muy  presto:  a  caer;  y  he  miedo  que 
nunca  llegará  a  la  verdadera  pobreza.de  espíritu,  que  es  no  bus- 
car consuelo  ni  gusto  en  la  oración,  que  los  de  la  tierra  ya  están 
dejados,  sino  consolación  en  los  trabajos  por  amor  de  El  que 
siempre  vivió  en  ellos,  y  estar  en  ellos,  y  en  las  sequedades 
quieta,  aunque  algo  se  sienta;  no  para  dar  inquietud  y  la  pena 
que  a  algunas  personas,  que  si  no  están  siempre  trabajando 
con  el  entendimiento  y  con  tener  devoción,  piensan  que  va  todo 
perdido,  como  si  por  su  trabajo  se  mereciese  tanto  bien.  No  digo 
que  no  se  procure  y  estén  con  cuidado  delante  de  Dios;  mas 
que  si  no  pudieren  tener  aún  un  buen  pensamiento,  como  otra 
vez  he  dicho,  que  no  se  maten.  Siervos  sin  provecho  somos,  ¿qué 
pensamos  poder? 

Mas  quiere  el  Señor  que  conozcamos  esto,  y  andemos  hechos 

1      Luc,  V,  8. 


172  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

asnillos  para  traer  la  noria  de  el  agua  que  queda  dicha,  que, 
aunque  cerrados  los  ojos  g  no  entendiendo  lo  que  hacen,  sacarán 
más  que  el  hortolano  con  toda  su  diligencia.  Con  libertad  se  ha 
de  andar  en  este  camino,  puestos  en  las  manos  de  Dios;  si  Su 
Majestad  nos  quisiere  subir  a  ser  de  los  de  su  cámara  y  secreto, 
ir  de  buena  gana;  si  no,  servir  en  oficios  bajos,  g  no  sentarnos 
en  el  mijor  lugar,  como  he  dicho  alguna  vez.  Dios  tiene  cuidado 
más  que  nosotros,  g  sabe  para  lo  que  es  cada  uno.  ¿De  qué  sirve 
gobernarse  a  sí  quien  tiene  ga  dada  toda  su  voluntad  a  Dios? 
ñ  mi  parecer  muy  menos  se  sufre  aquí  que  en  el  primer  grado 
de  la  oración  g  mucho  más  daña:  son  bienes  sobrenaturales  (1). 
Si  uno  tiene  mala  voz,  por  mucho  que  se  esfuerce  a  cantar,  no 
se  le  hace  buena;  si  Dios  quiere  dársela,  no  ha  El  menester  an- 
tes dar  voces.  Pues  supliquemos  siempre  nos  haga  mercedes,  ren- 
dida el  alma,  aunque  confiada  de  la  grandeza  de  Dios.  Pues 
para  que  esté  a  los  pies  de  Cristo  la  dan  licencia,  que  procure 
no  quitarse  de  allí;  esté  como  quiera;  imite  a  la  Madalena,  que 
de  que  esté  fuerte.  Dios  la  llevará  a  el  desierto. 

Ansí  que  vuestra  merced,  hasta  que  halle  quien  tenga  más 
expiriencia  que  go  g  lo  sepa  mijor,  estése  en  esto.  Si  son  perso- 
nas que  comienzan  a  gustar  de  Dios,  no  las  crea,  que  les  parece 
les  aprovecha,  g  gustan  más  agudándose.  ¡Oh,  cuando  Dios 
quiere,  cómo  viene  a  el  descubierto  sin  estas  aguditas,  que,  aun- 
que más  hagamos,  arrebata  el  espíritu,  como  un  gigante  tomaría 
una  paja,  g  no  basta  resistencia!  ¡Qué  manera  para  creer,  que 
cuando  El  quiere,  espera  a  que  vuele  el  sapo  por  sí  mesmo! 
Y  aun  más  dificultoso  g  pesado  me  parece  levantarse  nuestro  es- 
píritu, si  Dios  no  le  levanta;  porque  está  cargado  de  tierra  g 
de  mil  empedimentos,  g  aprovéchale  poco  querer  volar,  que, 
aunque  es  más  su  natural  que  de  el  sapo,  está  ga  tan  metido  en 
el  cieno,  que  lo  perdió  por  su  culpa. 

Pues  quiero  concluir  con  esto,  que  siempre  que  se  piense 
de  Cristo,  nos  acordemos  del  amor  con  que  nos  hizo  tantas  mer- 
cedes, g  cuan  grande  nos  le  mostró  Dios  en  darnos  tal  prenda 


1      El  original:  son  bienes  sobrenatural. 


CAPITULO     XXII  1 73 

d€l  que  nos  tiene:  que  amor  saca  amor.  Y  aunque  sea  muy  a 
los  principios  y  nosotros  muy  ruines,  procuremos  ir  mirando  esto 
siempre  y  despertándonos  para  amar,  porque  si  una  vez  nos 
hace  el  Señor  merced  que  se  nos  imprima  en  el  corazón  este 
amor,  sernos  ha  todo  fácil  y  obraremos  muy  en  breve  y  muy 
sin  trabajo.  Dénosle  Su  Majestad,  pues  sabe  lo  mucho  que  nos 
conviene,  por  el  que  El  nos  tuvo,  y  por  su  glorioso  Hijo,  a 
quien  tan  a  su  costa  nos  le  mostró.  Amén. 

Una  cosa  querría  preguntar  a  vuestra  merced:  cómo  en  co- 
menzando el  Señor  a  hacer  mercedes  a  un  alma  tan  subidas, 
como  es  ponerla  en  perfeta  contemplación,  que  de  razón  había  de 
quedar  perfeta  del  todo  luego  (de  razón,  sí  por  cierto;  porque 
quien  tan  gran  merced  recibe,  no  había  más  de  querer  consuelos 
de  la  tierra),  pues  ¿por  qué  en  arrobamiento,  y  en  cuando  está 
ya  el  alma  más  habituada  a  recibir  mercedes,  parece  que  tray 
consigo  los  efetos  tan  más  subidos,  y  mientra  más,  más  desasi- 
da, pues  en  un  punto  que  el  Señor  llega  la  puede  dejar  santi- 
ficada? ¿Cómo  después,  andando  el  tiempo,  la  deja  el  mesmo 
Señor  con  perfeción  en  las  virtudes?  Esto  quiero  yo  saber, 
que  no  lo  sé;  mas  bien  sé  es  diferente  lo  que  Dios  deja  de  for- 
taleza, cuando  a  el  principio  no  dura  más  que  cerrar  y  abrir  los 
ojos,  y  casi  no  se  siente  sino  en  los  efetos  que  deja,  u  cuando 
va  más  a  la  larga  esta  merced.  Y  muchas  veces  paréceme  a  mí, 
si  es  el  no  se  disponer  del  todo  luego  el  alma,  hasta  que  el 
Señor  poco  a  poco  la  cría,  y  la  hace  determinar,  y  da  fuerzas 
de  varón,  para  que  dé  del  todo  con  todo  en  el  suelo,  como  lo 
hizo  con  la  Madalena,  con  brevedad;  hácelo  en  otras  personas, 
conforme  a  lo  que  ellas  hacen  en  dejar  a  Su  Majestad  hacer. 
No  acabamos  de  creer,  que  aun  en  esta  vida  da  Dios  ciento 
por  uno. 

También  pensaba  yo  esta  comparación:  que  puesto  que  sea 
todo  uno  lo  que  se  da  a  los  que  más  adelante  van,  que  en  el 
principio  es  como  un  manjar  que  comen  del  muchas  personas, 
y  las  que  comen  poquito,  quédales  sólo  buen  sabor  por  un  rato; 
las  que  más,  ayuda  a  sustentar;  las  que  comen  mucho,  da  vida 
y  fuerza;  y  tantas  veces  se  puede  comer  y  tan  cumplido  de  este 


174  VIDR    DE    SñNTñ    TERESA    DE    JESÚS 

manjar  de  vida,  que  ya  no  coman  cosa  que  les  sepa  bien,  sino 
él.  Porque  ve  el  provecho  que  le  hace;  y  tiene  ya  tan  hecho  el 
gusto  a  esta  suavidad,  que  querría  más  no  vivir  que  haber  de 
comer  otras  cosas,  que  no  sean  sino  para  quitar  el  buen  sabor 
que  el  buen  manjar  dejó.  También  una  compañía  santa  no  hace 
su  conversación  tanto  provecho  de  un  día  como  de  muchos;  y 
tantos  pueden  ser  los  que  estemos  con  ella,  que  seamos  como 
ella,  si  nos  favorece  Dios.  Y  en  fin,  todo  está  en  lo  que  Su  Ma- 
jestad quiere  y  a  quien  quiere  darlo;  mas  mucho  va  en  deter- 
minarse a  quien  ya  comienza  a  recibir  esta  merced,  en  desasirse 
de  todo  y  tenerla  en  lo  que  €s  razón. 

También  me  parece  que  anda  Su  Majestad  a  probar  quién 
le  quiere,  si  no  uno,  si  no  otro,  descubriendo  quién  es  con  deleite 
tan  soberano,  por  avivar  la  fe,  si  está  muerta,  de  lo  que  nos 
ha  de  dar,  diciendo:  Mira,  que  esto  es  una  gota  de  el  mar  gran- 
dísimo de  bienes,  por  no  dejar  nada  por  hacer  con  los  que  ama; 
y  como  ve  que  le  reciben,  ansí  da  y  se  da.  Quiere  a  quien  le 
quiere;  y  ¡qué  bien  querido,  y  qué  buen  amigo!  ¡Oh  Señor 
de  mi  alma,  y  quién  tuviera  palabras  para  dar  a  entender  qué 
dais  a  [los  que  se  fían  de  Vos,  y  qué  pierden  los  que  llegan  a 
este  estado  y  se  quedan  consigo  mesmos!  No  queréis  Vos  esto. 
Señor;  pues  más  que  esto  hacéis  Vos,  que  os  venís  a  una  posa- 
da tan  ruin  como  la  mía.  Bendito  seáis  por  siempre  jamás. 

Torno  a  suplicar  a  vuestra  merced,  que  estas  cosas  que  he 
escrito  de  oración,  si  las  tratare  con  personas  espirituales,  lo 
sean;  porque  si  no  saben  más  de  un  camino,  u  se  han  quedado 
en  el  medio,  no  podrán  así  atinar;  y  hay  algunas  que  desde 
luego  las  lleva  Dios  por  muy  subido  camino,  y  paréceles  que  ansí 
podrán  los  otros  aprovechar  allí,  y  quietar  el  entendimiento,  y 
no  se  aprovechar  de  medios  de  cosas  corpóreas,  y  quedarse 
han  secos  como  un  palo.  Y  algunos  que  hayan  tenido  un  poco 
de  quietud,  luego  piensan  que  como  tienen  lo  uno,  pueden  hacer 
lo  otro;  y  en  lugar  de  aprovechar,  desaprovecharán,  como  he 
dicho;  ansí  que  en  todo  es  menester  expiriencia  y  discreción. 
El  Señor  nos  la  dé  por  su  bondad. 


CAPITULO     XXIII 

EN  QUE  TORNA  A  TRATAR  DEL  DISCURSO  DE  SU  VIDA,  Y  COMO  COMEN- 
ZÓ A  TRATAR  DE  MAS  PERFECION  Y  POR  QUE  MEDIOS.  ES  PRO- 
VECHOSO PARA  LAS  PERSONAS  QUE  TRATAN  DE  GOBERNAR  ALMAS 
QUE  TIENEN  ORACIÓN  SABER  COMO  SE  HAN  DE  HABER  EN  LOS 
PRINCIPIOS,  Y  EL  PROVECHO  QUE  LE  HIZO  SABERLA  LLEVAR. 


Quiero  ahora  tornar  adonde  dejé  de  mi  vida  (1),  que  me 
he  detenido  creo  más  de  lo  que  me  había  de  detener,  porque 
se  entienda  mijor  lo  que  está  por  venir.  Es  otro  libro  nuevo  de 
quí  adelante,  digo  otra  vida  nueva;  la  de  hasta  aquí  era  mía, 
la  que  he  vivido  desde  que  comencé  a  declarar  estas  cosas  de 
oración,  es  que  vivía  Dios  en  mí,  a  lo  que  me  parecía;  porque 
entiendo  yo  era  imposible  salir  en  tan  poco  tiempo  de  tan  malas 
costumbres  y  obras.  Sea  el  Señor  alabado,  que  me  libró  de  mí. 

Pues  comenzando  a  quitar  ocasiones  y  a  darme  más  a  la 
oración,  comenzó  el  Señor  a  hacerme  las  mercedes,  como  quien 
deseaba,  a  lo  que  pareció,  que  yo  las  quisiese  recibir.  Comen- 
zó Su  Majestad  a  darme  muy  ordinario  oración  de  quietud, 
y  muchas  veces  de  unión,  que  duraba  mucho  rato.  Yo,  como  en 
estos  tiempos  habían  acaecido  grandes  ilusiones  en  mujeres  y 
engaños  que  las  había  hecho  el  demonio  (2),  comencé  a  temer, 


1  Capítulo  IX. 

2  Recuérdese  la  historia  de  la  famosa  Sor  Magdalena  de  la  Cruz  en  Córdoba,  y  otras 
célebres  ilusas  jj  revelanderas  que  la  Inquisición  hubo  de  castigar.  En  el  tomo  de  Relaciones 
históricas  de  los  siglos  XVI  y  XVII  se  publicó  la  historia  de  este  caso  escrita  por  una  monja 


176  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

como  era  tan  grande  el  deleite  y  suavidad  que  sentía,  y  muchas 
veces  sin  poderlo  excusar;  puesto  que  vía  en  mí  por  otra  parte 
una  grandísima  siguridad  que  era  Dios,  en  especial  cuando  estaba 
en  la  oración,  y  vía  que  quedaba  de  allí  muy  mijorada  y  con 
más  fortaleza.  Mas  en  destrayéndome  un  poco,  tornaba  a  temer 
y  a  pensar  si  quería  €Í  demonio,  haciéndome  entender  que  era 
bueno,  suspender  el  entendimiento  para  quitarme  la  oración  men- 
tal, y  que  no  pudiese  pensar  en  la  Pasión,  ni  aprovecharme  del 
entendimiento,  que  me  parecía  a  mí  mayor  pérdida,  como  no 
lo  entendía. 

Mas  como  Su  Majestad  quería  ya  darme  luz  para  que  no  le 
ofendiese  ya  y  conociese  lo  mucho  que  le  debía,  creció  de 
suerte  este  miedo,  que  me  hizo  buscar  con  diligencia  personas 
espirituales  con  quien  tratar,  que  ya  tenía  noticia  de  algunos, 
porque  habían  venido  aquí  los  de  la  Compañía  de  Jesús,  a 
quien  yo,  sin  conocer  a  ninguno,  era  muy  aficionada  de  solo 
saber  el  modo  que  llevaban  de  vida  y  oración;  mas  no  me  ha- 
llaba dina  de  hablarlos,  ni  fuerte  para  obedecerlos,  que  esto  me 
hacía  más  temer;  porque  tratar  con  ellos  y  ser  la  que  era,  ha- 
cíaseme  cosa  recia   (1). 

En  esto  anduve  algún  tiempo,  hasta  que  ya  con  mucha  ba- 
tería que  pasé  en  mí  y  temores,  rae  determiné  a  tratar  con  una 
persona  espiritual  para  preguntarle  qué  era  la  oración  que  yo 
tenía,  y  que  me  diese  luz  si  iba  errada,  y  hacer  todo  lo  que  pu- 
diese por  no  ofender  a  Dios;  porque  la  falta,  como  he  dicho, 
que  vía  en  mí   de  fortaleza,   me  hacía  estar  tan  tímida.    ¡Qué 


del  mismo  monasterio  en  15't4.  Hechos  semejantes  eran  en  aquella  época  harto  frecuentes  en 
Europa,  como  se  deduce  de  la  Historia  Eclesiástica.  Según  el  P.  Ribera  (Vida  de  Sía.  Teresa, 
1.  I,  c.  X),  el  caso  de  Córdoba  «puso  espanto  a  toda  España». 

1  Fundaron  los  Padres  de  la  Compañía  en  Avila  en  1554  el  Colegio  de  San  Gil,  de  donde 
salieron  varios  confesores  de  la  Santa  que  hicieron  mucho  bien  a  su  alma.  Gozaban  fama  de 
buenos  directores  de  espíritu.  Hablando  de  ellos  dice  Julián  de  Avila:  «Ha  dado  Dios  a  estos 
Padres  un  don  particular,  y  es  como  tratando  a  uno  como  si  tratasen  a  todos,  ü  tratando  a 
todos  como  si  tratasen  a  uno;  ij  esto  lo  causa  la  unidad  de  la  verdad  u  en  conformarse  todos 
en  la  verdadera  doctrina  de  Jesucristo»  (Vida  de  Santa  Teresa,  p.  I,  c.  X).  El  P.  Luis  Muñoz 
decía  al  P.  General  en  carta  de  30  de  Julio  de  1573.  «Este  colegio  está  en  muy  buen  punto 
cuanto  a  lo  espiritual  ü  temporal,  porque,  por  la  misericordia  del  Señor,  en  él  hay  mucha  paz 
a  siempre  la  ha  habido;  y  se  ha  procedido  con  suavidad  y  aprovechamiento  de  todos,  dando  mu- 
cho ejemplo  y  muestra  cada  uno  de  su  virtud,  y  la  ciudad  está  bien  afecta,  porque  nos  tienen 
amor,  y  muéstranlo  en  las  obras,  y  cuasi  todo  lo  principal  de  ella  acude  a  nuestra  casa  por 
el  remedio  de  sus  almas  y  de  todas  sus  cosas»  (Vid.  Historia  de  la  Compañía  de  Jesús,  por 
el  P.  Antonio  Astráin,  t.  III,  p.  202). 


CAPITULO  xxm  177 

engaño  tan  grande,  vélame  Dios,  que  para  querer  ser  buena  me 
apartaba  de  el  bien!  En  esto  debe  poner  mucho  el  demonio  en 
el  principio  de  la  virtud,  porque  yo  no  podía  acabarlo  conmigo. 
Sabe  él  que  está  todo  el  medio  de  un  alma  en  tratar  con  amigos 
de  Dios,  g  ansí  no  había  término  para  que  go  a  esto  me  deter- 
minase. Aguardaba  a  enmendarme  primero,  como  cuando  dejé 
la  oración,  g  por  ventura  nunca  lo  hiciera,  porque  estaba  ga  tan 
caída  en  cosillas  de  mala  costumbre,  que  no  acababa  de  entender 
eran  malas,  que  era  menester  aguda  de  otros,  g  darme  la  mano 
para  levantarme.  Bendito  sea  el  Señor  que,  en  fin,  la  suga  fué 
la  primera. 

Como  go  vi  iba  tan  adelante  mi  temor,  porque  crecía  la 
oración,  parecióme  que  en  esto  había  algún  gran  bien  u  gran- 
dísimo mal;  porque  bien  entendía  ga  era  cosa  sobrenatural  lo 
que  tenía,  porque  algunas  veces  no  lo  podía  resistir;  tenerlo 
cuando  go  quería  era  excusado.  Pensé  en  mí  que  no  tenía  reme- 
dio si  no  procuraba  tener  limpia  conciencia  g  apartarme  de 
toda  ocasión,  aunque  fuese  de  pecados  veniales,  porque,  siendo 
espíritu  de  Dios,  clara  estaba  la  ganancia;  si  era  demonio, 
procurando  go  tener  contento  a  el  Señor  g  no  ofenderle,  poco 
daño  me  podía  hacer,  antes  él  quedaría  con  pérdida.  Determina- 
da en  esto,  g  suplicando  siempre  a  Dios  me  agudase,  procurando 
lo  dicho  algunos  días,  vi  que  no  tenía  fuerza  mi  alma  para  salir 
con  tanta  perfeción  a  solas,  por  algunas  afeciones  que  tenía  a 
cosas  que,  aunque  de  sugo  no  eran  mug  malas,  bastaban  para 
estragarlo  todo. 

Dijéronme  de  un  clérigo  letrado  que  había  en  este  lugar  (1), 
que  comenzaba  el  Señor  a  dar  a  entender  a  la  gente  su  bondad 
g  buena  vida,  go  procuré  por  medio  de  un  caballero  santo,  que 
hag  en  este  lugar  (2).  Es  casado,  mas  de  vida  tan  enjemplar  g 


1  El  Maestro  Gaspar  Daza,  docto  y  piadoso  sacerdote,  muu  devoto  de  la  Santa,  de  la 
que  fué  confesor  por  algún  tiempo  u  ayudó  mucho  en  la  fundación  del  Monasterio  de  San 
José.  Murió  en  1592.  Sus  restos,  con  los  de  su  madre  y  hermana,  reposan  en  la  capilla  de 
San  Lorenzo,   que  es  una  de  las  que  tiene  la  iglesia   de  las  Descalzas. 

2  Francisco  de  Salcedo,  ejemplar  caballero  abulense,  grande  amigo  de  Santa  Teresa  y  fa- 
vorecedor de  su  Reforma,  estuvo  casado  con  D.a  Mencía  del  Águila,  prima  de  D.a  Catalina  del 
Águila,  mujer  de  D.  Pedro  de  Cepeda,  tío  de  la  Santa.  Muerta  D.a  Mencía,  se  hizo  sacerdote. 
Menciónale  la  Santa  muchas  veces  en  sus  escritos  como  hombre  muy  dado  a  la  oración.  Murió 


178  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESüS 

virtuosa,  y  de  tanta  oración  y  caridad,  que  en  todo  él  resplan- 
dece su  bondad  y  perfeción.  Y  con  mucha  razón,  porque  grande 
bien  han  venido  a  muchas  almas  por  su  medio,  por  tener  tantos 
talentos,  que  aun  con  no  le  ayudar  su  estado,  no  puede  dejar  con 
ellos  de  obrar.  Mucho  entendimiento,  y  muy  apacible  para  todos, 
su  conversación  no  pesada,  tan  suave  y  agraciada,  junto  con 
ser  reta  y  santa,  que  da  contento  grande  a  los  que  trata.  Todo 
lo  ordena  para  gran  bien  de  las  almas  que  conversa,  y  no  pa- 
rece tray  otro  estudio,  sino  hacer  por  todos  los  que  él  ve  se 
sufre,  y  contentar  a  todos. 

Pues  este  bendito  y  santo  hombre,  con  su  industria,  me 
parece  fué  principio  para  que  mi  alma  se  salvase.  Su  humildad 
a  mi  espántame,  que  con  haber,  a  lo  que  creo,  poco  menos  de 
cuarenta  años  que  tiene  oración,  no  se  si  son  |dos  u  tres  menos, 
y  lleva  toda  la  vida  de  perfeción,  que,  a  lo  que  parece,  sufre 
su  estado;  porque  tiene  una  mujer  tan  gran  sierva  de  Dios  y  de 
tanta  caridad,  que  por  ella  no  se  pierde.  En  fin,  como  mujer  de 
quien  Dios  sabía  había  de  ser  tan  gran  siervo  suyo,  la  escogió. 

Estaban  deudos  suyos  casados  con  parientes  míos  (1)  y 
también  con  otro  harto  siervo  de  Dios,  que  estaba  casado  con 
una  prima  mía,  tenía  mucha  comunicación.  Por  esta  vía  procuré 
viniese  a  hablarme  este  clérigo,  que  digo,  tan  siervo  de  Dios, 
que  era  muy  su  amigo  (2),  con  quien  pensé  confesarme  y  tener 
por  maestro.  Pues  trayéndole  para  que  me  hablase,  y  yo  con 
grandísima  confusión  de  verme  presente  de  hombre  tan  santo, 
dile  parte  de  mi  alma  y  oración,  que  confesarme  no  quiso;  dijo 
que  era  muy  ocupado,  y  era  ansí.  Comenzó  con  determinación 
santa  a  llevarme  como  a  fuerte,  que  de  razón  había  de  estar 
sigún  la  oración  vio  que  tenía,  para  que  en  ninguna  manera  ofen- 
diese a  Dios.  Yo,   como  vi  su  determinación  tan  de  presto  en 


en  1580  u  fué  enterrado  en  la  iglesia  primitiva  de  San  José,  en  la  capilla  de  San  Pablo,  que  él 
mismo  había  fundado.  Como  prueba  de  la  mucha  devoción  de  este  caballero,  dice  Fr.  Jerónimo 
de  San  José  que,  siendo  seglar  ü  casado,  oyó  por  espacio  de  veinte  años  teología  en  el  Cole- 
gio de  Santo  Tomás,  de  Padres  Dominicos  de  Avila.  En  una  nota  al  capítulo  IX  de  la  primera 
parte  de  la  Vida  de  Santa  Teresa  por  Ribera,  dice  Gracián  del  caballero  santo:  «Conocíle  jj 
traté  con  él  muchas  cosas  destas  de  la  Madre  Teresa». 

1  Provenía  este  parentesco  por  parte  de  D.a  Mentía  del  Águila,  como   queda  dicho  en 
la  nota  anterior. 

2  El  Maestro  Daza. 


CAPITULO  xxrii  179 

cosillas  que,  como  digo,  yo  no  tenía  fortaleza  para  salir  luego 
con  tanta  perfeción,  afligíme,  y  como  vi  que  tomaba  las  cosas 
de  mi  alma  como  cosa  que  en  una  vez  había  de  acabar  con  ella, 
ijo  vía  que  había  menester  mucho  más  cuidado. 

En  fin,  entendí  no  eran  por  los  medios  que  él  me  daba  por 
donde  yo  me  había  de  remediar;  porque  eran  para  alma  más 
perfeta;  y  yo,  aunque  en  las  mercedes  de  Dios  estaba  adelante, 
estaba  muy  en  los  principios  en  las  virtudes  y  mortificación.  Y 
cierto,  si  no  hubiera  de  tratar  más  de  con  él,  yo  creo  nunca 
medrara  mi  alma;  porque  de  la  af lición  que  me  daba  de  ver  cómo 
yo  no  hacía,  ni  me  parece  podía,  lo  que  él  me  decía,  bastaba 
para  perder  la  esperanza  y  dejarlo  todo.  Algunas  veces  me  ma- 
ravillo, que  siendo  persona  que  tiene  gracia  particular  en  co- 
menzar allegar  almas  a  Dios,  cómo  no  fué  servido  entendiese  la 
mía,  ni  se  quisiese  encargar  de  ella,  y  veo  fué  todo  para  mayor 
bien  mío,  porque  yo  conociese  y  tratase  gente  tan  santa  como  la 
de  la  Compañía  de  Jesús. 

De  esta  vez  quedé  concertada  con  este  caballero  santo  (1), 
para  que  alguna  vez  me  viniese  a  ver.  ñquí  se  vio  su  gran 
humildad,  querer  tratar  con  persona  tan  ruin  como  yo.  Comenzó- 
me a  visitar  y  a  animarme,  y  decirme  que  no  pensase  que  en  un 
día  me  había  de  apartar  de  todo,  que  poco  a  poco  lo  haría  Dios; 
que  en  cosas  bien  livianas  había  él  estado  algunos  años,  que  no 
las  había  podido  acabar  consigo.  ¡Oh  humildad,  qué  grandes 
bienes  haces  adonde  estás,  y  a  los  que  se  llegan  a  quien  la 
tiene!  Decíame  este  santo,  que  a  mi  parecer  con  razón  le  puedo 
poner  este  nombre,  flaquezas,  que  a  él  le  parecían  que  lo  eran 
con  su  humildad,  para  mi  remedio;  y  mirado  conforme  a  su 
estado,  no  era  falta  ni  imperfeción,  y  conforme  a  el  mío,  era 
grandísima  tenerlas.  Yo  no  digo  esto  sin  propósito,  porque  pa- 
rece me  alargo  en  menudencias,  y  importan  tanto  para  comenzar 
a  aprovechar  un  alma  y  sacarla  a  volar,  que  aun  no  tiene  plu- 
mas, como  dicen,  que  no  lo  creerá  nadie,  sino  quien  ha  pasado 
por  ello.   Y  porque  espero  yo   en  Dios  vuestra  merced  ha  de 


1      Así  acostumbra  llamar  la  Santa  a  Francisco  de  Salcedo. 


180  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

aprovechar  muchas,  lo  digo  aquí,  qu€  fué  toda  mi  salud  saberme 
curar,  y  tener  humildad  y  caridad  para  estar  conmigo,  y  sufri- 
miento de  ver  que  no  en  todo  me  enmendaba.  Iba  con  discreción 
poco  a  poco  dando  maneras  para  vencer  el  demonio.  Yo  le  co- 
mencé a  tener  tan  grande  amor,  que  no  había  para  mí  mayor 
descanso  que  el  día  que  le  vía,  aunque  era  pocos.  Cuando  tar- 
daba, luego  me  fatigaba  mucho,  pareciéndome  que  por  ser  tan 
ruin  no  me  vía. 

Como  él  fué  entendiendo  mis  imperf^ciones  tan  grandes, 
y  aun  serían  pecados,  aunque  después  que  le  traté  más  enmen- 
dada estaba,  y  como  le  dije  las  mercedes  que  Dios  me  hacía 
para  que  me  diese  luz,  di  jome  que  no  venía  lo  uno  con  lo  otro, 
que  aquellos  regalos  eran  ya  de  personas  que  estaban  muy  apro- 
vechadas y  mortificadas,  que  no  podía  dejar  de  temer  mucho, 
porque  le  parecía  mal  espíritu  en  algunas  cosas,  aunque  no  se 
determinaba,  mas  que  pensase  bien  todo  lo  que  entendía  de  mi 
oración  y  se  lo  dijese.  Y  era  el  trabajo,  que  yo  no  sabía  poco 
ni  mucho  decir  lo  que  era  mi  oración;  porque  esta  merced  de 
saber  entender  qué  es,  y  saberlo  decir,  ha  poco  me  lo  dio  Dios. 

Como  rae  dijo  esto,  con  el  miedo  que  yo  traía,  fué  grande 
mi  af lición  y  lágrimas;  porque,  cierto,  yo  deseaba  contentar  a 
Dios  y  no  me  podía  persuadir  a  que  fuese  demonio,  mas  temía 
por  mis  grandes  pecados  me  cegase  Dios  para  no  lo  entender. 
Mirando  libros  para  ver  si  sabría  decir  la  oración  que  tenía, 
hallé  en  uno  que  llaman  Subida  del  monte  (1),  en  lo  que  toca 
a  unión  del  alma  con  Dios,  todas  las  señales  que  yo  tenía  en 
aquel  no  pensar  nada,  que  esto  era  lo  que  yo  más  decía,  que  no 
podía  pensar  nada  cuando  tenía  aquella  oración;  y  señalé  con 
unas  rayas  las  partes  que  eran,  y  dile  el  libro,  para  que  él  y  el 
otro  clérigo   (2)  que  he  dicho,  santo  y  siervo  de  Dios,  lo  mi- 


1  Publicóse  poi  primera  vez  este  libro  en  Sevilla  el  año  de  1535  con  el  título  de  -Sw- 
bida  del  Monte  Sión  por  la  vía  contemplativa.  Contiene  el  conocimiento  nuestro  y  el  sesfui" 
miento  de  Christo  y  el  reverenciar  a  Dios  en  la  contemplación  quieta;  copilado  en  un  convento 
de  frailes  menores.  Su  autor  fué  Bernardino  de  Laredo,  célebre  médico  de  D.  Juan  II  de  PortU" 
gal,  u  más  tarde  lego  franciscano.  En  las  ediciones  del  siglo  XVI  salió  el  libro  sin  nombre  de 
autor,  pero  en  la  de  Alcalá  de  1617  se  suplió  la  omisión.  {Cfr.  Tipografía  complutense,  por 
Juan  Catalina  García). 

2  El  Maestro  Daza. 


cñPiTDLO  xxm  181 

rasen  y  hi€  dijesen  lo  que  había  de  hacer,  y  que  si  les  pareciese 
dejaría  la  oración  del  todo,  que  para  qué  me  había  yo  de  meter 
en  esos  peligros,  pues  a  cabo  de  veinte  años  casi  que  había 
que  la  tenía,  no  había  salido  con  ganancia,  sino  con  engaños  del 
demonio,  que  mijor  era  no  la  tener.  Aunque  también  esto  se  me 
hacía  recio,  porque  ya  yo  había  probado  cuál  estaba  mi  alma 
sin  oración.  Ansí  que  todo  lo  vía  trabajoso,  como  el  que  está 
metido  en  un  río,  que  a  cualquier  parte  que  vaya  de  él,  teme  más 
peligro,  y  él  se  €stá  casi  ahogando.  Es  un  trabajo  muy  grande 
este,  y  de  estos  he  pasado  muchos,  como  diré  adelante;  que  aun- 
que parece  no  importa,  por  ventura  hará  provecho  entender  cómo 
se  ha  de  probar  el  espíritu. 

Y  es  grande,  cierto,  el  trabajo  que  se  pasa,  y  es  menester 
tiento,  en  especial  con  mujeres,  porque  es  mucha  nuestra  flaque- 
za, y  podría  venir  a  mucho  mal,  diciéndoles  muy  claro  es  de- 
monio; sino  mirarlo  muy  bien,  y  apartarlas  de  los  peligros  que 
puede  haber,  y  avisarlas  en  secreto  pongan  mucho,  y  le  tengan 
ellos,  que  conviene.  Y  en  esto  hablo  como  quien  le  cuesta  harto 
trabajo  no  le  tener  algunas  personas  con  quien  he  tratado  mi 
oración,  sino  preguntando  unos  y  otros  por  bien,  me  han  hecho 
harto  daño,  que  se  han  divulgado  cosas  que  estuvieran  bien  se- 
cretas, pues  no  son  para  todos,  y  parecía  las  publicaba  yo.  Creo 
sin  culpa  suya  lo  ha  primitido  el  Señor,  para  que  yo  padeciese. 
No  digo  que  decían  lo  que  trataba  con  ellos  en  confisión;  mas, 
como  eran  personas  a  quien  yo  daba  cuenta  por  mis  temores 
para  que  me  diesen  luz,  parecíame  a  mí  habían  de  callar.  Con 
todo,  nunca  osaba  callar  cosa  a  personas  semejantes.  Pues  digo 
que  se  avise  con  mucha  discreción,  animándolas  y  aguardando 
tiempo,  que  el  Señor  las  ayudará  como  ha  hecho  a  mí;  que  si 
no,  grandísimo  daño  me  hiciera  sigún  era  temerosa  y  medrosa. 
Con  el  gran  mal  de  corazón  que  tenía,  espantóme  cómo  no  me 
hizo  mucho  mal. 

Pues  como  di  el  libro,  y  hecha  relación  de  mi  vida  y  peca- 
dos lo  mijor  que  pude  por  junto,  que  con  confesión,  por  ser 
seglar,  mas  bien  di  a  entender  cuáii  ruin  era,  los  dos  siervos 
de  Dios  miraron   con   gran   caridad  y   amor   lo  que  me   conve- 


182  VIDA    DE    SñNTR    TERESA    DE    JESÚS 

nía  (1).  Venida  la  respuesta,  que  yo  con  harto  temor  esperaba, 
y  habiendo  encomendado  a  muchas  personas  que  me  encomen- 
dasen a  Dios,  y  yo  con  harta  oración  aquellos  días,  con  harta 
fatiga  vino  a  mí,  y  díjome  que  a  todo  su  parecer  de  entramos 
era  demonio,  que  lo  que  me  convenía  era  tratar  con  un  padre 
de  la  Compañía  de  Jesús,  que  como  yo  le  llamase  diciendo 
tenía  necesidad  vernía,  y  que  le  diese  cuenta  de  toda  mi  vida 
por  una  confesión  general,  y  de  mi  condición,  y  todo  con  mu- 
cha claridad,  que  por  la  virtud  de  el  sacramento  de  la  confesión 
le  daría  Dios  más  luz,  que  eran  muy  expirimentados  en  cosas  de 
espíritu.  Que  no  saliese  de  lo  que  me  dijese  en  todo,  porque 
estaba  en  mucho  peligro-  si  no  había  quien  me  gobernase. 

K  mí  me  dio  tanto  temor  y  pena,  que  no  sabía  qué  me  hacer; 
todo  era  llorar;  y  estando  en  un  oratorio  muy  afligida,  no  sabien- 
do qué  había  de  ser  de  mí,  leí  en  un  libro,  que  parece  el  Señor  me 
lo  puso  en  las  manos,  que  decía  San  Pablo :  Que  era  Dios  muy 
fiel,  que  nunca  a  los  que  le  amaban  consentía  ser  de  el  demonio 
engañados  (2).  Esto  me  consoló  muy  mucho.  Comencé  a  tratar 
de  mi  confesión  general  y  poner  por  escrito  todos  los  males  y 
bienes,  un  discurso  de  mi  vida  lo  más  claramente  que  yo  entendí 
y  supe,  sin  dejar  nada  por  decir.  Acuerdóme  que  como  vi  después 
que  lo  escribí  tantos  males  y  casi  ningún  bien,  que  me  dio  una 
aflición  y  fatiga  grandísima.  También  me  daba  pena  que  me 
vi€sen  en  casa  tratar  con  gent€  tan  santa  como  los  de  la  Com- 
pañía de  Jesús,  porque  temía  mi  ruindad,  y  parecíame  quedaba 
obligada  más  a  no  lo  ser  y  quitarme  de  mis  pasatiempos,  y  si 
esto  no  hacía  que  era  peor,  y  ansí  procuré  con  la  sacristana  y 
portera  no  lo  dijesen  a  nadie.  Aprovechóme  poco,  que  acertó 
a  estar  a  la  puerta  cuando  me  llamaron  quien  lo  dijo  por  todo 
el  convento.  Mas  ¡qué  de  embarazos  pone  el  demonio,  y  qué  de 
temores  a  quien  se  quiere  llegar  a  Dios! 

Tratando  con  aquel  siervo  de  Dios  (3),  que  lo  era  harto 
y  bien  avisado,  toda  mi  alma,  como  quien  bien  sabía  este  len- 


1  Salcedo  ij  Daza. 

2  I  ad  Cor.,  X,  13. 

3  Era  el  P.  Juan  de  Prádanos,  religioso  de  la  Compañía.  Murió  santamente  en  Valladolld. 


CAPITULO    XXIII  183 

guaje,  me  declaró  lo  que  era  y  me  animó  mucho.  Dijo  ser  espíritu 
de  Dios  muy  conocidamente,  sino  que  era  menester  tornar  de 
nuevo  a  la  oración;  porque  no  iba  bien  fundada,  ni  había  co- 
menzado a  ¡entender  mortificación.  Y  era  ansí,  que  aun  el  nombre 
no  me  parece  entendía;  y  que  en  ninguna  manera  dejase  la 
oración,  sino  que  me  esforzase  mucho,  pues  Dios  me  hacía  tan 
particulares  mercedes;  que  qué  sabía  si  por  mis  medios  quería 
el  Señor  hacer  bien  a  muchas  personas,  y  otras  cosas,  que  pa- 
rece profetizó  lo  que  después  el  Señor  ha  hecho  conmigo,  que 
ternía  mucha  culpa  si  no  respondía  a  las  mercedes  que  Dios  me 
hacía.  En  todo  me  parecía  habla  en  él  el  Espíritu  Santo  para 
curar  mi  alma,  sigún  se  imprimía  en  ella. 

Hízome  gran  confusión;  llevóme  por  medios  que  parecía 
del  todo  m€  tornaba  otra.  ¡Qué  gran  cosa  es  entender  un  alma! 
Díjome  tuviese  cada  día  oración  en  un  paso  de  la  Pasión,  y 
que  me  aprovechase  de  él,  y  qu€  no  pensase  sino  en  la  Humani- 
dad, y  que  aquellos  recogimientos  y  gustos  resistiese  cuanto  pu- 
diese, de  manera  que  no  los  diese  lugar  hasta  que  él  me  dijese 
otra  cosa. 

Dejóme  consolada  y  esforzada,  y  el  Señor  que  me  ayudó, 
y  a  él  para  que  entendiese  mi  condición,  y  cómo  me  había  de 
gobernar.  Quedé  determinada  de  no  salir  de  lo  que  me  man- 
dase en  ninguna  cosa,  y  ansí  lo  hice  hasta  hoy.  Alabado  sea  el 
Señor,  que  me  ha  dado  gracia  para  obedecer  a  mis  confesores, 
aunque  imperfetamente.  Y  casi  siempre  han  sido  de  estos  ben- 
ditos hombres  de  la  Compañía  de  Jesús,  aunque  imperfetamente, 
como  digo,  los  he  siguido.  Conocida  mijoría  comenzó  a  tener  mi 
alma,  como  ahora  diré. 


CAPITULO     XXIV 

PROSIGUE  EN  LO  COMENZADO,  Y  DICE  COMO  FUE  APROVECHÁNDOSE  SU 
ALMA  DESPUÉS  QUE  COMENZÓ  A  OBEDECER,  Y  LO  POCO  QUE  LE 
APROVECHABA  EL  RESISTIR  LAS  MERCEDES  DE  DIOS,  Y  COMO  SU 
MAJESTAD    SE    LAS    IBA    DANDO    MAS    CUMPLIDAS. 


Quedó  mi  alma  de  esta  confesión  tan  blanda,  que  me  parecía 
no  hubiera  cosa  a  que  no  me  dispusiera;  y  ansí  comencé  a 
hacer  mudanza  en  muchas  cosas,  aunque  el  confesor  no  me 
apretaba,  antes  parecía  hacía  poco  caso  de  todo.  Y  esto  me  movía 
más,  porque  lo  llevaba  por  modo  de  amar  a  Dios,  y  como  que 
dejaba  libertad  y  no  premio,  si  yo  no  me  le  pusiese  por  amor. 
Estuve  ansí  casi  dos  meses,  haciendo  todo  mi  poder  en  resis- 
tir los  regalos  y  mercedes  de  Dios.  Cuanto  a  lo  exterior  víase 
la  mudanza,  porque  ya  el  Señor  me  comenzaba  a  dar  ánimo  para 
pasar  por  algunas  cosas  que  decían  personas  que  me  conocían, 
pareciéndoles  extremos,  y  aun  en  la  mesma  casa  (1).  Y  de  lo 
que  antes  hacía,  razón  tenían,  que  era  extremo;  mas  de  lo  que 
era  obligada  a  el  hábito  y  profisión  que  hacía,  quedaba  corta. 

Gané  de  este  resistir  gustos  y  regalos  de  Dios,  enseñarme 
Su  Majestad,  porque  antes  me  parecía  que  para  darme  regalos 
en  la  oración,  era  menester  mucho  arrinconamiento,  y  casi  no 
me  osaba  bullir.  Después  vi  lo  poco  que  hacía  al  caso;  porque 
cuando  más  procuraba  divertirme,   más  me  cubría  el   Señor   de 


1      La  Encarnación  de  Avila. 

13 


186  VIDñ    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

aquella  suavidad  y  gloria,  que  me  parecía  toda  me  rodeaba,  y 
que  por  ninguna  parte  podía  huir,  y  ansí  era.  Yo  traía  tanto 
cuidado  que  me  daba  pena.  El  Señor  le  traía  mayor  a  hacer- 
me mercedes  y  a  señalarse  mucho  más  que  solía  en  estos  dos 
meses  para  que  yo  mijor  entendiese  no  era  más  en  mi  mano. 
Comencé  a  tomar  de  nuevo  amor  a  la  sacratísima  Humanidad; 
comenzóse  a  asentar  la  oración  como  edificio  que  ya  llevaba 
cimiento  y  a  aficionarme  a  más  penitencia,  de  que  yo  CvStaba 
descuidada,  por  ser  tan  grandes  mis  enfermedades. 

Díjome  aquel  varón  santo  que  me  confesó  (1),  que  .algunas 
cosas  no  me  podían  dañar;  que  por  ventura  me  daba  Dios  tanto 
mal  porque  yo  no  hacía  penitencia;  me  la  quería  dar  Su  Ma- 
jestad. Mandábame  hacer  algunas  mortificaciones  no  muy  sa- 
brosas para  mí.  Todo  lo  hacía,  porque  parecíame  que  me  lo 
mandaba  el  Señor,  y  dábale  gracia  para  que  me  lo  mandase  de 
manera  que  yo  le  obedeciese.  Iba  ya  sintiendo  mi  alma  cualquie- 
ra ofensa  que  hiciese  a  Dios,  por  pequeña  que  fuese,  de  ma- 
nera que  si  alguna  cosa  superfina  traía,  no  podía  recogerme 
hasta  que  me  la  quitaba.  Hacía  mucha  oración  porque  el  Señor 
me  tuviese  de  su  mano;  pues  trataba  con  sus  siervos,  primi- 
tiese  no  tornase  atrás,  que  me  parecía  fuera  gran  delito,  y  que 
habían  ellos  de  perder  crédito  por  mí. 

En  este  tiempo  vino  a  este  lugar  el  Padre  Francisco  (2),  que 
era  Duque  de  Gandía,  y  había  algunos  años  que,  dejándolo  todo, 
había  entrado  en  la  Compañía  de  Jesús.  Procuró  mi  confesor 
y  el  caballero  que  he  dicho  también  vino  a  mí,  para  que  le  ha- 


1  Ei  P.  Juan  de  Prádanos,  probablemente  el  primer  confesor  que  tuvo  la  Santa  de  la 
Compañía  de  Jesús,  aunque  la  dirigió  sólo  por  dos  meses.  Murió  este  siervo  de  Dios,  como 
es  dicho,  en  Valladolid,   año  de  1597. 

2  Nombrado  S.  Francisco  de  Borja  Comisario  de  la  Compañía  de  Jesús  en  España,  visitó 
en  diversas  ocasiones  el  Colegio  de  S.  Gil,  de  Avila.  En  una  de  estas  visitas,  hecha  en  1557, 
conoció  a  la  M.  Teresa  en  la  Encarnación  y  quedó  muy  prendado  de  su  virtud.  Doña  Juana 
de  Velasco,  Duquesa  de  Gandía,  depone  acerca  de  esto  en  las  Informaciones  de  beatificación  de 
la  Santa:  «Al  artículo  ciento  quince  digo,  que  he  oído  hablar  mucho  al  Duque  de  Gandía, 
Padre  Francisco  de  Borja,  que  fué  General  de  la  Compañía  de  Jesús,  del  espíritu,  vida  y  san- 
tidad de  la  M.  Teresa  de  Jesús,  y  al  P.  Baltasar  Alvarez,  de  la  misma  Compañía,  y  al  señor 
Obispo  de  Tarazona,  personas  de  grande  espíritu,  los  cuales  comunicaban  la  dicha  M.  Teresa 
de  Jesús,  y  que  la  veneraban  como  a  Santa».  También  consultó  a  S.  Francisco  de  Borja  sobre 
el  espíritu  de  Santa  Teresa  el  P.  Baltasar  Alvarez,  y  el  Santo  lo  aprobó  (Cfr.  Memorias  his- 
toriales,  1.  R.,  n.  124). 


CAPITULO    XXIV  187 

blase  y  dkse  cuenta  de  la  oración  que  tenía,  porque  sabía 
iba  adelante  en  ser  muy  favorecido  y  regalado  de  Dios,  que, 
como  quien  había  mucho  dejado  por  El,  aun  en  esta  vida  le 
pagaba.  Pues  después  que  me  hubo  oído,  díjome  que  era  espí- 
ritu de  Dios,  y  que  le  parecía  que  no  era  bien  ya  resistirle 
más,  que  hasta  entonces  estaba  bien  hecho,  sino  que  siempre 
comenzase  la  oración  en  un  paso  de  la  Pasión;  y  que  si  después 
el  Señor  me  llevase  el  espíritu,  que  no  lo  resistiese,  sino  que 
dejase  llevarle  a  Su  Majestad,  no  lo  procurando  yo.  Como 
quien  iba  bien  adelante  dio  la  medicina  y  consejo,  que  hace  mu- 
cho en  esto  la  expiriencia.  Dijo  que  era  yerro  resistir  ya  más. 
Yo  quedé  muy  consolada,  y  el  caballero  también;  holgábase 
mucho  que  dijese  era  de  Dios,  y  siempre  me  ayudaba  y  daba 
avisos  en  lo  que  podía,  que  era  mucho. 

En  este  tiempo  mudaron  a  mi  confesor  de  este  lugar  a  otro, 
lo  que  yo  sentí  muy  mucho,  porque  pensé  me  había  de  tornar 
a  ser  ruin,  y  no  me  parecía  posible  hallar  otro  como  él.  Quedó 
mi  alma  como  en  un  desierto,  muy  desconsolada  y  temerosa; 
no  sabía  qué  hacer  de  mí.  Procuróme  llevar  una  parienta  mía 
a  su  casa,  y  yo  procuré  ir  luego  a  procurar  otro  confesor  en 
los  de  la  Compañía.  Fué  el  Señor  servido  que  comencé  a  tomar 
amistad  con  una  señora  viuda  de  mucha  calidad  y  oración,  que 
trataba   con  ellos   mucho    (1).   Hízome   confesar   a  su   confesor, 


1  Dona  Guiomar  o  Jerónima  de  UUoa,  hija  de  D.  Pedro  de  Ulloa  y  D.a  Aldonza  de 
Guzmán,  de  apellidos  ilustres  ambos.  Viuda  D.a  Guiomar  a  los  veinticinco  años,  dióse  com-' 
pletamente  a  la  virtud  e  intimó  mucho  con  la  Santa  desde  1557.  Ayudó  no  poco  en  los  co- 
mienzos de  la  Descalcez  a  la  Santa  Reformadora,  de  lo  cual  ella  da  público  y  agradecido 
testimonio  en  carta  de  31  de  Diciembre  de  1561  a  su  hermano  D.  Lorenzo  de  Cepeda  y  en 
otras  muchas  partes  de  sus  escritos.  De  madre  e  hija  hace  el  P.  Jerónimo  de  San  José  el  si- 
guiente cumplido  elogio:  «Las  dos  señoras  viudas...  fueron  las  que  desde  el  principio  de  la 
fundación  deste  convento  (San  José  de  Avila)  hasta  que  del  todo  se  hizo  y  concluyó,  ayu- 
daron mucho  a  la  Santa.  Eran  ambas  muy  siervas  de  Dios  madre  e  hija.  La  madre,  que  se 
llamaba  Aldonza  de  Guzmán,  natural  de  Avila,  fué  casada  en  Toro  con  el  capitán  Pedro  de 
Ulloa,  Regidor  de  aquella  ciudad.  La  hija  se  llamaba  D.a  Guiomar  de  Ulloa,  habiendo  casado 
en  Avila  con  Francisco  de  Avila,  caballero  principal,  enviudó  como  la  madre;  y  ambas  des- 
pués vivían  juntas  y  se  ocupaban  en  obras  de  virtud.  La  D.a  Guiomar  fué  persona  de  mucho 
recogimiento  y  oración,  como  testifica  nuestra  Santa  Madre...  Tuvo  gran  amistad  y  comunicación 
con  ella,  y  fué  la  que  principalmente  acudía  a  todos  sus  negocios,  y  en  cuyo  nombre  se 
hacían  las  diligencias  públicas  en  orden  a  la  fundación  deste  convento.  Después  de  ya  hecho, 
quiso  recogerse  en  él,  en  compañía  de  la  Santa  y  ser  una  de  sus  hijas  y  subditas,  y  ha- 
biendo entrado  y  probado  la  vida,  no  pudo  perseverar  en  ella,  por  tener  muy  quebrantada  la 
salud,  y  así  hubo  de  volverse  a  su  casa,  donde  continuando  sus  buenos  y  santos  ejercicios, 
acabó  en  paz».  Historia  'del  Carmen  Descalzo,  1.   III,  c.  XI,   p.   579. 


188  VIDñ    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

y  estuve  en  su  casa  muchos  días;  vivía  cerca.  Yo  me  holgaba 
por  tratar  mucho  con  ellos,  que  de  sólo  entender  la  santidad 
de  su  trato,  era  grande  el  provecho  que  mi  alma  sentía. 

Este  Padre  (1)  me  comenzó  a  poner  en  más  perfeción. 
Decíame  que  para  d€l  todo  contentar  a  Dios,  no  había  de  dejar 
nada  por  hacer.  También  con  harta  maña  y  blandura,  porque  no 
estaba  aún  mi  alma  nada  fuerte,  sino  muy  tierna,  en  especial  en 
dejar  algunas  amistades  que  tenía,  aunque  no  ofendía  a  Dios  con 
ellas.  Era  mucha  afeción,  y  parecíame  a  mí  era  ingratitud  de- 
jarlas; y  ansí  le  decía,  que,  pues  no  ofendía  a  Dios,  que  por 
qué  había  de  ser  desagradecida.  El  me  dijo  que  lo  encomen- 
dase a  Dios  unos  días,  y  rezase  el  hiño  de  Veni  Creator, 
porque  me  diese  luz  de  cuál  era  lo  mijor.  Habiendo  estado 
un  día  mucho  en  oración,  y  suplicando  a  el  Señor  me  ayudase 
a  contentarle  en  todo,  comencé  el  hiño,  y  estándole  dicien- 
do, vínome  un  arrebatamiento  tan  súpito,  que  casi  me  sacó  de  mí, 
cosa  que  yo  no  pude  dudar,  porque  fué  muy  conocido.  Fué 
la  primera  vez  que  el  Señor  me  hizo  esta  merced  de  arroba- 
mientos. Entendí  estas  palabras:  Ya  no  quiero  que  tengas  con- 
versación con  hombres,  sino  con  ángeles  (2).  A  mí  me  hizo  mu- 
cho espanto,  porque  el  movimiento  del  ánima  fué  grande,  y  muy 
en  el  espíritu  se  me  dijeron  estas  palabras,  y  ansí  me  hizo  te- 
mor, aunque  por  otra  parte  gran  consuelo,  que  en  quitándoseme 
el  temor  que  a  mi  parecer  causó  la  novedad,  me  quedó. 

Ello  se  ha  cumplido  bien,  que  nunca  más  yo  he  podido 
asentar  en  amistad,  ni  tener  consolación,  ni  amor  particular  sino 


1  Fué  el  P.  Baltasar  Alvarez  uno  de  los  más  aventajados  directores  espirituales  que  tuvo  Santa 
Teresa,  si  bien  en  ocasiones  se  mostró  tímido  y  vacilante  en  su  dirección,  como  veremos  en  el  capí- 
tulo XXVIII.  Había  nacido  el  P.  Baltasar  en  Cervera,  obispado  de  Calahorra,  en  1533.  Ingresó  en 
la  Compañía  en  1555  y  el  de  1558  ordenóse  de  sacerdote.  Desempeñó  con  mucho  acierto  u  pruden- 
cia importantes  cargos  en  la  Compañía  y  murió  religiosamente  en  el  Colegio  de  Belmonte,  a  25 
de  Julio  de  1580.  La  Santa  Fundadora  sintió  mucho  la  muerte  de  su  antiguo  director  espiritual. 
Trasladado  el  P.  Prádanos  de  Avila,  a  principios  de  1557,  Santa  Teresa  continuó  confesándose 
con  otro  Padre  de  la  Compañía,  cuyo  nombre  se  ignora,  aunque  hay  quien  opina  que  fué  el 
P.  Hernando  Alvarez  del  Águila,  hermano  de  D.a  Mencía,  mujer  de  D.  Francisco  de  Salcedo, 
hasta  el  1558  que  tomó  por  director  al  P.  Baltasar  y  la  confesó  por  espacio  de  seis  años.  En 
Medina  del  Campo,  donde  estaba  desde  1556,  ayudó  muy  eficazmente  a  la  fundación  de  Car- 
melitas Descalzas  que  allí  hizo  Santa  Teresa  en  1567.  El  P.  La  Puente  encarece  mucho  las 
virtudes  de  este  santo  jesuíta  en  la  vtda  que  de  él  escribió.  En  las  notas  del  P.  Qracián  al  c.  XI 
del  libro  I  de  la  Vida  de  Sta.  Teresa,  por  Ribera,  dice  del  P.  Alvarez:  «Conoscíle  jj  traté  con 
él  cosas  de  la  Madre,  y  era  hombre  muy  recto  y  docto». 

2  Sucedió  esto  en  1558,  viviendo  la  Santa  en  el  convenro  de  la*  Encarnación. 


CñPITÜLO    XXIV  189 

a  personas  que  entiendo  le  tienen  a  Dios  g  le  procuran  servir, 
ni  ha  sido  en  mi  mano,  ni  me  hace  al  caso  ser  deudos  ni  ami- 
gos. Si  no  entiendo  esto  u  es  persona  que  trata  de  oración, 
€sm€  cruz  penosa  tratar  con  nadie.  Esto  es  ansí  a  todo  mi  pa- 
recer, sin  ninguna  falta. 

Desde  aquel  día  go  quedé  tan  animosa  para  dejarlo  todo 
por  Dios,  como  quien  había  querido  en  aquel  memento,  que  no 
me  parece  fué  más,  dejar  otra  a  su  sierva.  Ansí  que  no  fué 
menester  mandármelo  más;  que  como  me  vía  el  confesor  tan 
asida  en  esto,  no  había  osado  determinadamente  decir  que  lo 
hiciese.  Debía  aguardar  a  que  el  Señor  obrase,  como  lo  hizo,  ni 
yo  pensé  salir  con  ello;  porque  ga  go  mesma  lo  había  procu- 
rado, g  era  tanta  la  pena  que  me  daba,  que  como  cosa  que  me 
parecía  no  era  inconveniente,  lo  dejaba;  ga  aquí  me  dio  el  Señor 
libertad  g  fuerza  para  ponerlo  por  obra.  Ansí  se  lo  dije  a  e] 
confesor,  g  lo  dejé  todo  conforme  a  como  me  lo  mandó.  Hizo 
harto  provecho  a  quien  go  trataba  ver  en  mí  esta  determinación. 

Sea  Dios  bendito  por  siempre,  que  en  un  punto  me  dio  la 
libertad  que  go,  con  todas  cuantas  diligencias  había  hecho  mu- 
chos años  había,  no  pude  alcanzar  conmigo,  haciendo  hartas 
veces  tan  gran  fuerza  que  me  costaba  harto  de  mi  salud.  Como 
fué  hecho  de  quien  es  poderoso  g  Señor  verdadero  de  todo, 
ninguna  pena  me  dio. 


CAPITULO     XXV 

EN  QUE  TRATA  EL  MODO  Y  MANERA  COMO  SE  ENTIENDEN  ESTAS  HABLAS 
QUE  HACE  DIOS  AL  ALMA  SIN  OÍRSE,  Y  DE  ALGUNOS  ENGAÑOS  QUE 
PUEDE  HABER  EN  ELLO,  Y  EN  QUE  SE  CONOCERÁ  CUANDO  LO  ES. 
ES  DE  MUCHO  PROVECHO  PARA  QUIEN  SE  VIERE  EN  ESTE  GRADO 
DE   ORACIÓN   PORQUE   SE  DECLARA  MUY   BIEN   Y   DE   HARTA  DOTRINA. 

Paréceme  será  bien  declarar  cómo  es  este  hablar  que  hace 
Dios  a  el  alma  y  lo  que  ella  siente,  para  que  vuestra  merced  lo 
entienda;  porque  desde  esta  vez  que  he  dicho  que  el  Señor  me 
hizo  esta  merced,  es  muy  ordinario  hasta  ahora,  como  se  verá 
en  lo  que  está  por  decir  (1).  Son  unas  palabras  muy  formadas, 
mas  con  los  oídos  corporales  no  se  oyen,  sino  entiéndense  muy 
más  claro  que  si  se  oyesen;  y  dejarlo  de  entender,  aunque 
mucho  se  resista,  es  por  demás.  Porque  cuando  acá  no  quere- 
mos oir,  podemos  tapar  los  oídos,  u  advertir  a  otra  cosa,  de 
manera  que,  aunque  se  oya,  no  se  entienda.  En  esta  plática  que 
hace  Dios  a  el  alma,  no  hay  remedio  ninguno,  sino  que,  aunque 
me  pese,  me  hacen  escuchar  y  estar  el  entendimiento  tan  entero 
para  entender  lo  que  Dios  quiere  entendamos,  que  no  basta 
querer  ni  no  querer.  Porque  el  que  todo  lo  puede,  quiere  que 
entendamos  se  ha  de  hacer  lo  que  quiere,  y  se  muestra  Señor 
verdadero  de  nosotros.  Esto  tengo  muy  expirimentado,  porque 
me  duró  casi  dos  años  el  resistir,  con  el  gran  miedo  que  traía; 
y  ahora  lo  pruebo  algunas  veces,  mas  poco  me  aprovecha. 


1      En  el  cap.  XIX  habla  de  esta  merced  u  se  reflere  al  tiempo  que  media  entre  1555  u  1557. 


192  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

Yo  querría  declarar  los  engaños  que  puede  haber  aquí,  aun- 
que a  quien  tiene  mucha  expiriencia  paréceme  será  poco  u  nin- 
guno. Mas  ha  de  ser  mucha  la  expiriencia  y  la  diferencia  que 
hay  cuando  es  espíritu  bueno  u  cuando  es  malo,  u  cómo  puede 
también  ser  aprehensión  del  mesmo  entendimiento,  que  podría 
acaecer  u  hablar  el  mesmo  espíritu  a  sí  mesmo.  Esto  no  sé 
yo  si  puede  ser,  mas  aun  hoy  me  ha  parecido  que  sí.  Cuan- 
do es  de  Dios,  tengo  muy  probado  en  muchas  cosas  que  se  me 
decían  dos  y  tres  años  antes,  y  todas  se  han  cumplido,  y  hasta 
ahora  ninguna  ha  salido  mentira,  y  otras  cosas,  adonde  se  ve 
claro  ser  espíritu  de  Dios,  como  después  se  dirá. 

Paréceme  a  mí,  que  podría  una  persona,  estando  encomen- 
dando una  cosa  a  Dios  con  gran  afeto  y  aprehensión,  parecerle 
entiende  alguna  cosa,  si  se  hará  u  no,  y  es  muy  posible;  aunque 
a  quien  ha  entendido  de  estotra  suerte,  verá  claro  lo  que  es, 
porque  es  mucha  la  diferencia.  Y  si  es  cosa  que  el  entendimiento 
fabrica,  por  delgado  que  vaya,  entiende  que  ordena  él  algo  y 
que  habla.  Que  no  es  otra  cosa  sino  ordenar  uno  la  plática, 
u  escuchar  lo  que  otro  le  dice,  y  verá  el  entendimiento  que 
entonces  no  escucha,  pues  que  obra,  y  las  palabras  que  él  fabri- 
ca son  como  cosa  sorda,  fantaseada  y  no  con  la  claridad  que 
estotras.  Y  aquí  está  en  nuestra  mano  divertirnos,  como  callar 
cuando  hablamos;  en  estotro  no  hay  términos.  Y  otra  señal,  más 
que  todas,  que  no  hace  operación,  porque  estotra  que  habla 
el  Señor  es  palabras  y  obras;  y  aunque  las  palabras  no  sean  de 
devoción,  sino  de  reprehensión,  a  la  primera  disponen  un  alma, 
y  la  habilita,  y  enternetíe  y  da  luz,  y  regala  y  quieta;  y  si  esta- 
ba con  sequedad  u  alboroto  y  desasosiego  de  alma,  como  con  la 
mano  se  le  quita  y  aun  mijor,  que  parece  quiere  el  Señor  se 
entienda  que  es  poderoso  y  que  sus  palabras  son  obras. 

Paréceme  que  hay  la  diferencia  que  si  nosotros  habláse- 
mos u  oyésemos,  ni  más  ni  menos;  porque  lo  que  hablo,  como 
he  dicho,  voy  ordenando  con  el  entendimiento  lo  que  digo; 
mas  si  me  hablan,  no  hago  más  de  oír  sin  ningún  trabajo.  Lo 
uno  va  como  una  cosa  que  no  nos  podemos  bien  determinar,  si 
es  como  uno  que  está  medio  dormido.  Estotro  es  voz  tan  clara. 


CAPITULO    XXV  193 

que  no  se  pierde  una  sílaba  de  lo  que  se  dice.  Y  acaece  ser  a 
tiempos,  que  está  el  entendimiento  y  alma  tan  alborotada  y  des- 
traída que  no  acertaría  a  concertar  una  buena  razón,  y  halla 
guisadas  grandes  sentencias  que  le  dicen,  que  ella,  aun  estando 
muy  recogida,  no  pudiera  alcanzar,  y  a  la  primera  palabra, 
como  digo,  la  mudan  toda;  en  especial  si  está  en  arrobamiento, 
que  las  potencias  están  suspensas,  ¿cómo  se  entenderán  cosas  que 
no  habían  venido  a  la  memoria  aun  antes?  ¿Cómo  vernán  enton- 
ces, que  no  obra  casi,  y  la  imaginación  está  como  embobada? 

Entiéndase  que  cuando  se  ven  visiones  u  se  entienden  estas 
palabras,  a  mi  parecer,  nunca  es  en  tiempo  que  está  unida  el 
alma  en  el  mesmo  arrobamiento;  que  en  este  tiempo,  como  ya 
dejo  declarado,  creo  en  la  sigunda  agua  (1),  del  todo  se  pierden 
todas  las  potencias,  y  a  mi  parecer,  allí  ni  se  puede  ver,  ni  en- 
tender ni  oir.  Está  en  otro  poder  toda,  y  en  este  tiempo,  que  es 
muy  breve,  no  me  parece  la  deja  el  Señor  para  nada  libertad. 
Pasado  este  breve  tiempo,  que  se  queda  aún  en  el  arrobamiento 
el  alma,  es  esto  que  digo;  porque  quedan  las  potencias  de  ma- 
nera, que,  aunque  no  están  perdidas,  casi  nada  obran;  están 
como  absortas  y  no  hábiles  para  concertar  razones.  Hay  tantas 
para  entender  la  diferencia,  que  si  una  vez  se  engañase,  no  serán 
muchas. 

Y  digo  que  si  es  alma  ejercitada  y  está  sobre  aviso,  lo  verá 
muy  claro;  porque  dejadas  otras  cosas  por  donde  se  ve  lo  que 
he  dicho,  ningún  efeto  hace,  ni  el  alma  lo  admite;  porque  esto- 
tro, mal  que  nos  pese,  y  wo  se  da  crédito,  antes  se  entiende  que 
es  devanear  de  el  entendimiento,  casi  como  no  se  haría  caso  de 
una  persona  que  sabéis  tiene  frenesí.  Estotro  es  como  si  lo  oyé- 
semos a  una  persona  muy  santa  u  letrada  y  de  gran  autoridad, 
que  sabemos  no  nos  ha  de  mentir.  Y  aun  es  baja  comparación, 
porque  train  algunas  veces  una  majestad  consigo  estas  pala- 
bras, que  sin  acordarnos  quién  las  dicen,  si  son  de  reprensión 
hacen  temblar;  y  si  son  de  amor,  hacen  deshacerse  en  amar;  y  son 
cosas,  como  he  dicho,  que  estaban  bien  lejos  de  la  memoria,  y 


1      Habló  la  Santa   de  esta  materia  en  los  capítulos  XVIII  y   XX. 


194  VIDñ    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

dícense  tan  de  presto  sentencias  tan  grandes,  que  era  menester 
mucho  tiempo  para  haberlas  de  ordenar,  y  en  ninguna  manera 
me  parece  se  puede  entonces  inorar  no  ser  cosa  fabricada  de 
nosotros.  Ansí  que  en  esto  no  hay  que  me  detener,  que  por  mara- 
villa me  parece  puede  haber  engaño  en  persona  ejercitada,  si 
ella  mesma  de  advertencia  no  se  quiere  engañar. 

Acaecídome  ha  muchas  veces,  si  tengo  alguna  duda,  no  creer 
lo  que  me  dicen,  y  pensar  si  se  me  antojó  (esto  después  de  pasa- 
do, que  entonces  es  imposible),  y  verlo  cumplido  desde  ha  mu- 
cho tiempo;  porque  hace  el  Señor  que  quede  en  la  memoria,  que 
no  se  puede  olvidar;  y  lo  que  es  del  entendimiento,  es  como 
primer  movimiento  del  pensamiento,  que  pasa  y  se  olvida.  Esto- 
tro es  como  obra  que,  aunque  se  olvide  algo  y  pase  tiempo,  no 
tan  del  todo  que  se  pierda  la  memoria  de  que  en  fin  se  dijo; 
salvo  si  no  ha  mucho  tiempo,  u  son  palabras  de  favor  u  do- 
trina;  mas  de  profecía  no  hay  olvidarse,  a  mi  parecer,  al  menos 
a  mí,  aunque  tengo  poca  memoria. 

Y  torno  a  decir  que  me  parece  si  un  alma  no  fuese  tan  desal- 
mada que  lo  quiera  fingir,  que  sería  harto  mal,  y  decir  que  lo 
entiende  no  siendo  ansí;  mas  dejar  de  ver  claro  que  ella  lo  or- 
dena y  lo  parla  entre  sí,  paréceme  no  lleva  camino,  si  ha  en- 
tendido el  espíritu  de  Dios,  que  si  no,  toda  su  vida  podrá  estarse 
en  ese  engaño  y  parecerle  que  entiende,  aunque  yo  no  sé  cómo. 
U  esta  alma  lo  quiere  entender  u  no;  si  se  está  deshaciendo  de 
lo  que  entiende,  y  en  ninguna  manera  querría  entender  nada 
por  mil  temores  y  otras  muchas  causas  que  hay  para  tener  de- 
seo de  estar  quieta  en  su  oración  sin  estas  cosas,  ¿cómo  da 
tanto  espacio  a  el  entendimiento  que  ordene  razones?  Tiempo 
es  menester  para  esto.  Acá,  sin  perder  ninguno,  quedamos  en- 
señadas, y  se  entienden  cosas  que  parece  era  menester  un  mes 
para  ordenarlas.  Y  el  mesmo  entendimiento  y  alma  quedan  es- 
pantadas de  algunas  cosas  que  se  entienden. 

Esto  es  ansí,  y  quien  tuviere  expiriencia,  verá  que  es  a  el 
pie  de  la  letra  todo  lo  que  he  dicho.  Alabo  a  Dios  porque  lo 
he  sabido  ansí  decir.  Y  acabo  con  que  me  parece,  siendo  del 
entendimiento,  cuando  lo  quisiésemos  lo  podríamos  entender,  y 


CAPITULO    XXV  195 

cada  vez  que  tenemos  oración,  nos  podría  parecer  entendemos. 
Mas  en  estotro  no  es  ansí,  sino  que  estaré  muchos  días,  que 
aunque  quiera  entender  algo,  €s  imposible;  y  cuando  otras  ve- 
ces no  quiero,  como  he  dicho,  lo  tengo  de  entender.  Paréceme  que 
quien  quisiere  engañar  a  los  otros,  diciendo  que  entienden  de 
Dios  lo  que  es  de  sí,  que  poco  le  cuesta  decir  que  lo  oye  con 
los  oídos  corporales;  y  es  ansí  cierto  con  verdá,  que  jamás 
pensé  había  otra  manera  de  oir  ni  entender,  hasta  que  lo  vi  por 
mí;  y  ansí,  como  he  dicho,  me  cuesta  harto  trabajo. 

Cuando  es  demonio,  no  sólo  no  deja  buenos  efetos,  mas  dé- 
jalos malos.  Esto  me  ha  acaecido  no  más  de  dos  o  tres  veces,  y 
he  sido  luego  avisada  del  Señor  cómo  era  demonio.  Dejado  la 
gran  sequedad  que  queda,  es  una  inquietud  en  el  alma  a  manera  de 
otras  muchas  veces  que  ha  primitido  el  Señor  que  tenga  grandes 
tentaciones  y  trabajos  de  alma  de  diferentes  maneras;  y  aun- 
que me  atormente  hartas  veces,  como  adelante  diré,  es  una  in- 
quietud que  no  se  sabe  entender  de  dónde  viene,  sino  que  parece 
resiste  el  alma,  y  se  alborota,  y  aflige  sin  saber  de  qué;  porque 
lo  que  él  dice  no  es  malo  sino  bueno.  Pienso  si  siente  un  espí- 
ritu a  otro.  El  gusto(  y  deleite  que  él  da,  a  mi  parecer,  es  dife- 
rente en  gran  manera.  Podía  él  engañar  con  estos  gustos  a  quien 
no  tuviere  u  hubiere  tenido  otros  de  Dios. 

De  veras  digo  gustos,  una  recreación  suave,  fuerte,  impre- 
sa, deleitosa,  quieta,  que  unas  devocioncitas  de  el  alma  de  lá- 
grimas y  otros  sentimientos  pequeños,  que  al  primer  airecito  de 
persecución  se  pierden  estas  florecitas,  no  las  llamo  devocio- 
nes, aunque  son  buenos  principios  y  santos  sentimientos,  mas 
no  para  determinar  estos  efetos  de  buen  espíritu  u  malo.  Y  ansí 
es  bien  andar  siempre  con  gran  aviso,  porque  cuando  a  perso- 
nas que  no  están  más  adelante  en  la  oración,  que  hasta  esto  fá- 
cilmente podrían  ser  engañados  si  tuviesen  visiones  u  revela- 
ciones. Yo  nunca  tuve  cosa  de  estas  postreras  hasta  haberme 
Dios  dado  por  sólo  su  bondad  oración  de  unión,  si  no  fué  la 
primera  vez  que  dije  (1)  que  ha  muchos  años  que  vi  a  Cristo, 


1      Véase  el  capítulo  VII. 


196  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

que  pluguiera  a  Su  Majestad  entendiera  yo  era  verdadera  vi- 
sión, como  después  lo  he  entendido,  que  no  me  fuera  poco  bien. 
Ninguna  blandura  queda  en  el  alma,  sino  como  espantada  y  con 
gran  desgusto. 

Tengo  por  muy  cierto  que  el  demonio  no  engañará,  ni  lo 
primitirá  Dios,  a  alma  que  de  ninguna  cosa  se  fía  de  sí  y  está 
fortalecida  en  la  fe,  que  entienda  ella  de  sí,  que  por  un  punto 
de  ella  morirá  mil  muertes.  Y  con  este  amor  a  la  fe,  que  infunde 
luego  Dios,  que  es  una  fe  viva,  fuerte,  siempre  procura  ir  con- 
forme a  lo  que  tiene  la  Ilesia,  preguntando  a  unos  y  a  otros, 
como  quien  tiene  ya  hecho  asiento  fuerte  en  estas  verdades,  que 
no  la  moverían  cuantas  revelaciones  pueda  imaginar,  aunque  vie- 
se abiertos  los  cielos,  un  punto  de  lo  que  tiene  la  Ilesia.  Si  al- 
guna vez  se  viese  vacilar  en  su  pensamiento  contra  esto  u  dete- 
nerse en  decir:  Pues  si  Dios  me  dice  esto,  también  puede  ser 
verdad,  como  lo  que  decía  a  los  santos,  no  digo  que  lo  crea, 
sino  que  el  demonio  la  comience  a  tentar  por  primer  movimien- 
to, que  detenerse  en  ello  ya  se  ve  que  es  malísimo,  mas  aun 
primeros  movimientos  muchas  veces  en  este  caso  creo  no  vernán 
si  el  alma  está  en  esto  tan  fuerte  como  la  hace  el  Señor  a  quien 
da  estas  cosas,  que  le  parece  desmenuzaría  los  demonios  sobre 
una   verdad   de  lo  que .  tiene  la   Ilesia  muy   pequeña. 

Digo  que  si  no  viere  en  sí  esta  fortaleza  grande,  y  que 
ayude  a  ella  la  devoción  u  visión,  que  no  la  tenga  por  sigura. 
Porque,  aunque  no  se  sienta  luego  el  daño,  poco  a  poco  podría 
hacerse  grande,  que  a  lo  que  yo  veo  y  sé  de  expiriencia,  de  tal 
manera  queda  el  crédito  de  que  es  Dios,  que  vaya  conforme  a 
la  Sagrada  Escritura;  y  como  un  tantico  torciese  de  esto,  mucha 
más  firmeza  sin  comparación  me  parece  ternía  en  que  es  demo- 
nio que  ahora  tengo  de  que  es  Dios,  por  grande  que  la  tenga. 
Porque  entonces  no  es  menester  andar  a  buscar  señales,  ni  qué 
espíritu  es,  pues  está  tan  clara  esta  señal  para  creer  que  es  de- 
monio, que  si  entonces  todo  el  mundo  me  asigurase  que  es  Dios, 
no  lo  creería.  El  caso  es  que  cuando  es  demonio,  parece  que 
se  asconden  todos  los  bienes  y  huyen  de  el  alma,  sigún  queda 
desabrida  y  alborotada  y  sin  ningún  efeto  bueno;   porque  aun- 


CAPITULO    XXV  197 

que  parece  pone  deseos,  no  son  fuertes;  la  humildad  que  deja 
es  falsa,  alborotada  g  sin  suavidad.  Parécerae  que  a  quien  tiene 
expiriencia  de  el  buen  espíritu,  lo  entenderá. 

Con  todo,  puede  hacer  muchos  embustes  el  demonio,  y  ansí 
no  hay  cosa  en  esto  tan  cierta,  que  no  lo  sea  más  temer  y  ir 
siempre  con  aviso,  y  tener  maestro  que  sea  letrado,  y  no  le  ca- 
llar nada,  y  con  esto  ningún  daño  puede  venir;  aunque  a  mí 
hartos  me  han  venido  por  estos  temores  demasiados  que  tienen 
algunas  personas.  En  especial  me  acaeció  una  vez  que  se  habían 
juntado  muchos  a  quien  yo  daba  gran  crédito,  y  era  razón  se 
le  diese;  que,  aunque  yo  ya  no  trataba  sino  con  uno,  y  cuando 
él  me  lo  mandaba  hablaba  a  otros,  unos  con  otros  trataban  mucho 
de  mi  remedio,  que  me  tenían  mucho  amor  y  temían  no  fuese 
engañada.  Yo  también  traía  grandísimo  temor  cuando  no  estaba 
en  la  oración,  que  estando  en  ella  y  haciéndome  el  Señor  alguna 
merced,  luego  me  asiguraba.  Creo  eran  cinco  u  seis  (1),  todos  muy 
siervos  de  Dios;  y  di  jome  mi  confesor  que  todos  se  determina- 
ban en  que  era  demonio,  que  no  comulgase  tan  amenudo,  y  que 
procurase  distraerme  de  suerte  que  no  tuviese  soledad.  Yo  era 
temerosa  en  extremo,  como  he  dicho,  ayudábame  el  mal  de  co- 
razón, que  aun  en  una  pieza  sola  no  osaba  estar  de  día  muchas 
veces.  Yo,  como  vi  que  tantos  lo  afirmaban  y  yo  no  lo  podía 
creer,  dióme  grandísimo  escrúpulo,  pareciendo  poca  humildad; 
porque  todos  eran  más  de  buena  vida  sin  comparación  que  yo, 
y  letrados,  que  por  qué  no  los  había  de  creer.  Forzábame 
lo  que  podía  para  creerlo,  y  pensaba  que  mi  ruin  vida,  y  que 
conforme  a  esto  debían  decir  verdad. 

Fuíme  de  la  Iglesia  con  esta  aflición,  y  éntreme  en  un  ora- 
torio, habiéndome  quitado  muchos  días  de  comulgar,  quitada 
la  soledad,  que  era  todo  mi  consuelo,  sin  tener  persona  con  quien 
tratar,  porque  todos  eran  contra  mí.  Unos  me  parecía  burlaban 


1  Varios  fueron  los  confesores  que  por  probar  la  obediencia  de  la  Santa  la  privaron  algu-' 
nas  veces  de  la  sagrada  Comunión.  Entre  otros,  hizo  esta  prueba  el  P.  Baltasar  Alvarez, 
como  refiere  en  su  vida  el  P.  Luis  de  la  Puente  c.  XI.  ñ.  estas  pruebas  hace  referencia  ella  misma 
en  el  capítulo  VI  de  Las  Fundaciones  cuando  dice:  «Como  hacía  una  persona  que  la  quitaban 
muchas  veces  los  discretos  confesores  la  comunión,  porque  era  a  menudo;  ella,  aunque  lo  sentía 
muu  tiernamente,   por  otra  parte  deseaba  más  la  honra  de  Dios  que  la  suya  etc». 


198  VIDñ    DE    SANTñ    TERESA     DE    JESÚS 

de  mí,  cuando  de  ello  trataba,  como  que  se  me  antojaba;  otros 
avisaban  al  confesor  que  se  guardase  de  mí;  otros  decían  que 
era  claro  demonio;  sólo  €l  confesor,  que,  aunque  conformaba 
con  ellos,  por  probarme,  sigún  después  supe,  siempre  me  con- 
solaba, y  me  decía  que,  aunque  fuese  demonio,  no  ofendiendo 
yo  a  Dios,  no  me  podía  hacer  nada,  que  ello  se  me  quitaría,  que 
lo  rogase  mucho  a  Dios;  y  él  y  todas  las  personas  que  confe- 
saba lo  hacían  harto,  y  otras  muchas;  y  yo  toda  mi  oración,  y 
cuantos  entendía  eran  siervos  de  Dios,  porque  Su  Majestad  me 
llevase  por  otro  camino;  y  esto  me  duró  no  sé  si  dos  años,  que 
era  contino  pedirlo  a  el  Señor, 

ñ  mí  ningún  consuelo  me  bastaba,  cuando  pensaba  que  era 
posible  qu€  tantas  veces  me  había  de  hablar  el  demonio.  Porque 
de  que  no  tomaba  horas  de  soledad  para  oración,  en  conversa- 
ción me  hacía  el  Señor  recoger,  y  sin  poderlo  yo  excusar,  me 
decía  lo  que  era  servido,  y  aunque  me  pesaba,  lo  había  de  oir. 

Pues  estándorae  sola,  sin  tener  una  persona  con  quien  des- 
cansar, ni  podía  rezar,  ni  leer,  sino  como  persona  espantada 
de  tanta  tribulación  y  temor  de  si  me  había  de  engañar  el  demo- 
nio, toda  alborotada  y  fatigada,  sin  saber  qué  hacer  de  mí.  En 
esta  aflición  me  vi  algunas  y  muchas  veces,  aunque  no  me  pa- 
rece ninguna  en  tanto  extremo.  Estuve  ansí  cuatro  u  cinco  ho- 
ras, que  consuelo  del  cielo  ni  de  la  tierra  no  había  para  mí,  sino 
que  me  dejó  el  Señor  padecer,  temiendo  mil  peligros.  ¡Oh  Se- 
ñor mío,  cómo  sois  Vos  el  amigo  verdadero,  y  como  poderoso, 
cuando  queréis  podéis,  y  nunca  dejáis  de  querer  si  os  quieren! 
Alábenos  todas  las  cosas,  Señor  del  mundo.  ¡Oh,  quién  diese 
voces  por  él  para  decir  cuan  fiel  sois  a  vuestros  amigos!  Todas 
las  cosas  faltan;  Vos,  Señor  de  todas  ellas,  nunca  faltáis.  Poco 
es  lo  que  dejáis  padecer  a  quien  os  ama.  ¡Oh  Señor  mío,  qué 
delicada  y  pulida  y  sabrosamente  los  sabéis  tratar!  ¡Oh,  quién 
nunca  se  hubiera  detenido  en  amar  a  nadie  sino  a  Vos!  Parece, 
Señor,  que  probáis  con  rigor  a  quien  os  ama,  para  que  en  el  ex- 
tremo del  trabajo  se  entienda  el  mayor  extremo  de  vuestro  amor. 
¡Oh  Dios  mío,  quién  tuviera  entendimiento  y  letras,  y  nue- 
vas palabras  para  encarecer  vuestras  obras  como  lo  entiende  mi 


CAPITULO    XXV  199 

alma!  Fáltame  todo,  Señor  mío;  mas  si  Vos  no  me  desamparáis, 
no  os  faltaré  yo  a  Vos.  Levántense  contra  mí  todos  los  letrados, 
persíganme  todas  las  cosas  criadas,  atorméntenme  los  demonios, 
no  me  faltéis  Vos,  Señor,  que  ya  tengo  expiriencia  de  la  ganan- 
cia con  que  sacáis  a  quien  sólo  en  Vos  confía.  Pues  estando  en 
esta  gran  fatiga,  aun  entonces  no  había  comenzado  a  tener  nin- 
guna visión,  solas  estas  palabras  bastaban  para  quitármela  y 
quietarme  del  todo:  No  hayas  miedo,  hija,  que  Yo  soy  y  no  te 
desampararé ,  no  temas. 

Paréceme  a  mí  sigún  estaba,  que  era  menester  muciías  ho- 
ras para  persuadirme  a  que  me  sosegase,  y  que  no  bastara  nadie. 
Heme  aquí  con  solas  estas  palabras  sosegada,  con  fortaleza,  con 
ánimo,  con  siguridad,  con  una  quietud  y  luz,  que  en  un  punto  vi 
mi  alma  hecha  otra,  y  me  parece  que  con  todo  el  mundo  disputara 
que  era  Dios.  ¡Oh  qué  buen  Dios!  ¡Oh  qué  buen  Señor  y  qué 
poderoso!  No  sólo  da  el  consejo,  sino  el  remedio.  Sus  palabras 
son  obras.  ¡Oh,  válame  Dios,  y  cómo  fortalece  la  fe  y  se  aumenta 
el  amor! 

Es  ansí,  cierto,  que  muchas  veces  me  acordaba  de  cuando 
el  Señor  mandó  a  los  vientos  que  estuviesen  quedos  en  la 
mar,  cuando  se  levantó  la  tempestad,  y  así  decía  yo:  ó  Quién  es 
éste  qu€  ansí  le  obedecen  todas  mis  potencias,  y  da  luz  en  tan 
gran  escuridad  en  un  memento,  y  hace  blando  un  corazón  que 
parecía  piedra,  da  agua  de  lágrimas  suaves  adonde  parecía  había 
de  haber  mucho  tiempo  sequedad?  ¿quién  pone  estos  deseos? 
¿quién  da  este  ánimo?  Que  me  acaeció  pensar  ¿de  qué  temo? 
¿qué  es  esto?  Yo  deseo  servir  a  este  Señor;  no  pretendo  otra 
cosa  sino  contentarle;  no  quiero  contento,  ni  descanso,  ni  otro 
bien,  sino  hacer  su  voluntad,  que  de  esto  bien  cierta  estaba,  a  mi 
parecer,  que  lo  podía  afirmar. 

Pues  si  este  Señor  es  poderoso,  como  veo  que  lo  es,  y  sé  que 
lo  es,  y  que  son  sus  esclavos  los  demonios,  y  de  esto  no  hay  que 
dudar,  pues  es  fe,  siendo  yo  sierva  de  este  Señor  y  Rey,  ¿qué 
mal  me  pueden  ellos  hacer  a  mí?  ¿Por  qué  no  he  yo  de  tener 
fortaleza  para  combatirme  con  todo  el  infierno?  Tomaba  una 
cruz  en  la  mano,  y  parecía  verdaderamente  darme  Dios  ánimo, 


200  VIDil    DE    SñNTñ    TERESA    DE    JESÚS 

que  yo  me  vi  otra  en  un  breve  tiempo,  que  no  temiera  tomarme 
con  ellos  a  brazos,  que  me  parecía  fácilmente  con  aquella  cruz 
los  venciera  a  todos;  y  ansí  dije:  ahora  vení  todos,  que  siendo 
sierva  del  Señor,  yo  quiero  ver  qué  me  podéis  hacer. 

Es  sin  duda  que  me  parecía  me  habían  miedo,  porque  yo 
quedé  sosegada,  y  tan  sin  temor  de  todos  ellos,  que  se  me  qui- 
taron todos  los  miedos  que  solía  tener  hasta  hoy;  porque,  aunque 
algunas  veces  los  vía,  como  diré  después,  no  los  he  habido  más 
casi  miedo,  ante  me  parecía  ellos  me  le  habían  a  mí.  Quedóme 
un  señorío  contra  ellos,  bien  dado  del  Señor  de  todos,  que  no 
se  rae  da  más  de  ellos  que  de  moscas.  Parécenme  tan  cobardes, 
que  en  viendo  que  los  tienen  en  poco,  no  les  queda  fuerza.  No 
saben  estos  enemigos  derecho  acometer  sino  quien  ven  que  se 
les  rinde,  u  cuando  lo  primite  Dios,  para  más  bien  de  sus  sier- 
vos, que  los  tiente  y  atormenten.  Pluguiese  a  Su  Majestad  te- 
miésemos a  quien  hemos  de  temer,  y  entendiésemos  nos  puede 
venir  mayor  daño  de  un  pecado  venial  que  de  todo  el  infierno 
junto,  pues  €s  ello  ansí. 

Que  espantados  nos  train  estos  demonios,  porque  nos  quere- 
mos nosotros  espantar  con  otros  asimientos  de  honras  y  hacien- 
das y  deleites;  que  entonces,  juntos  ellos  con  nosotros  mesmos, 
que  nos  somos  contrarios,  amando  y  quiriendo  lo  que  hemos 
de  aborrecer,  mucho  daño  nos  harán;  porque  con  nuestras  mes- 
mas  armas  les  hacemos  que  peleen  contra  nosotros,  puniendo  en 
sus  manos  con  las  que  nos  hemos  de  defender.  Esta  es  la  gran 
lástima;  mas  si  todo  lo  aborrecemos  por  Dios,  y  nos  abrazamos 
con  la  cruz,  y  tratamos  servirle  de  verdad,  huye  él  de  estas  ver- 
dades como  de  pestilencia.  Es  amigo  de  mentiras  y  la  mesma  men- 
tira. No  hará  pato  con  quien  anda  en  verdad.  Cuando  él  ve  es- 
curecido  el  entendimiento,  ayuda  lindamente  a  que  se  quiebren 
los  ojos;  porque  si  a  uno  ve  ya  ciego  en  poner  su  descanso  en 
cosas  vanas,  y  tan  vanas,  que  parecen  las  de  este  mundo  cosa  de 
juego  de  niños,  ya  él  ve  que  éste  es  niño,  pues  trata  como  tal, 
y  atrévese  a  luchar  con  él  una  y  muchas  veces. 

Plega  el  Señor  que  no  sea  yo  de  estos,  sino  que  me  favo- 
rezca Su  Majestad  para  entender  por  descanso  lo  que  es  des- 


CAPITULO    XXV  201 

canso,  y  por  honra  lo  que  €s  honra,  y  por  deleite  lo  que  es 
deleite,  g  no  todo  a  el  revés;  g  una  higa  para  todos  los  demo- 
nios (1),  que  ellos  me  temerán  a  mí.  No  entiendo  estos  miedos: 
¡demonio!  ¡demonio!  a  donde  podemos  decir:  ¡Dios!  ¡Dios!, 
y  hacerle  temblar.  Si,  que  ya  sabemos  que  no  se  puede  menear 
si  el  Señor  no  lo  primite.  ¿Qué  es  esto?  Es  sin  duda  que  tengo 
ya  más  miedo  a  los  que  tan  grande  le  tienen  a  el  demonio  que 
a  él  mesmo;  porque  él  no  me  puede  hacer  nada,  y  estotros,  en 
especial  si  son  confesores,  inquietan  mucho,  y  he  pasado  algunos 
años  de  tan  gran  trabajo,  que  ahora  me  espanto  cómo  lo  he 
podido  sufrir.  Bendito  sea  el  Señor  que  tan  de  veras  me  ha 
ayudado. 


1  Covarrubias  en  su  Tesoro,  define  la  higa  diciendo:  «Es  una  manera  de  menosprecio  que 
hacemos  cerrando  el  puño  u  mostrando  el  dedo  pulgar  por  el  dedo  índice  u  el  medio:  difrazada 
pulla».  El  amuleto  que  representaba  este  feo  ademán  solía  ser  de  coral  o  azabache.  Se  creía  que 
libraba  del  aojamiento  (mal  de  ojo).  Por  eso  se  llevaba  como  preservativo  contra  los  maleficia- 
dores. Era,  además,  una  forma  de  menosprecio  a  alguno,  muy  usada  en  nuestra  antigua  litera-' 
tura.  Véase,  por  ejemplo,  en  el  capítulo  XXXII  de  la  primera  parte  del  Quijote;  en  la  Dorotea  de 
Lope  de  Vega,  escena  IV  del  acto  segundo;  en  Francisco  de  Osuna:  Norte  de  los  estados,  y  en 
otras  obras  de  aquellos  tiempos.  También  en  otras  literaturas  se  empleaba  esta  frase  en  el  mismo 
sentido  de  desprecio:  far  la  fica,  dicen  los  italianos;  y  los  franceses:  faire  la  figue,  si  bien,  como 
entre  nosotros,  ha  caído  ya  en  desuso.  Según  Salomón  Reinach  en  su  obra  Cuites,  mythes  et  re" 
ligions,  t.  I,  p.  38,  era  también  conocida  en  los  pueblos  y  religiones  antiguos.  Nuestro  famoso 
Don  Enrique  de  Villena  escribió  sobre  esto  cosas  muy  peregrinas  y  divertidas  en  su  estrafalario 
Tractado  del  aojamiento  y  fascinología. 


H 


CAPITULO    XXVI 


PROSIGUE  EN  Lñ  MESMA  MATERIA;  VA  DECLARANDO  Y  DICIENDO  COSAS 
QUE  LE  HAN  ACAECIDO  QUE  LA  HACÍAN  PERDER  EL  TEMOR  Y 
AFIRMAR   QUE   ERA   BUEN   ESPÍRITU   EL  QUE   LA   HABLABA. 


Tengo  por  una  d€  las  grandes  mercedes  que  me  ha  hecho 
el  Señor  este  ánimo  que  rae  dio  contra  los  demonios;  porque 
andar  un  alma  acobardada  y  temerosa  de  nada,  sino  de  ofender 
a  Dios,  es  grandísimo  inconveniente,  pues  tenemos  Rey  todopo- 
deroso g  tan  gran  Señor,  que  todo  lo  puede  g  a  todos  sujeta. 
No  hay  que  temer  andando,  como  he  dicho,  en  verdad  delante 
de  Su  Majestad  g  con  limpia  conciencia.  Para  esto,  como  he  di- 
cho, querría  go  todos  los  temores,  para  no  ofender  en  un  punto 
a  quien  en  el  mesmo  punto  nos  puede  deshacer;  que,  contento 
Su  Majestad,  no  hag  quien  sea  contra  nosotros  que  no  lleve  las 
manos  en  la  cabeza.  Podráse  decir  que  ansí  es;  mas  que  ¿quién 
será  esta  alma  tan  reta  que  del  todo  le  contente?  g  que  por 
eso  teme.  No  la  mía  por  cierto,  aue  es  mug  miserable  g  sin  pro- 
vecho, g  llena  de  mil  miserias;  mas  no  ejecuta  Dios  como  las 
gentes,  que  entiende  nuestras  flaquezas;  mas  por  grandes  con- 
jeturas siente  el  alma  en  sí  si  le  ama  de  verdad;  porque  las 
que  llegan  a  este  estado,  no  anda  el  amor  disimulado  como  a  los 
principios,  sino  con  tan  grandes  ímpetus  g  deseo  de  ver  a  Dios, 
como  después  diré  u  queda  ga  dicho;  todo  cansa,  todo  fatiga, 
todo  atormenta.  Si  no  es  con  Dios  u  por  Dios,  no  hag  descanso 


204  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

que  no  canse,  porque  se  ve  ausente  de  su  verdadero  descanso, 
y  ansí  es  cosa  muy  clara  que,  como  digo,  no  pasa  en  disimulación. 

Acaecióme  otras  veces  verme  con  grandes  tribulaciones  y 
murmuraciones  sobre  cierto  negocio  que  después  diré,  de  casi 
todo  el  lugar  a  donde  estoy  y  de  mi  Orden,  y  afligida  con  mu- 
chas ocasiones  que  había  para  inquietarme,  y  decirme  el  Señor: 
¿De  qué  temes?  ¿no  sabes  que  soy  todopoderoso?  Yo  cumpliré 
lo  que  te  he  prometido.  Y  ansí  se  cumplió  bien  después;  y  quedar 
luego  con  una  fortaleza,  que  de  nuevo  me  parece  me  pusiera  en 
emprehender  otras  cosas,  aunque  me  costasen  más  trabajos  para 
servirle  y  me  pusiera  de  nuevo  a  padecer.  Es  esto  tantas  veces, 
que  no  lo  podría  yo  contar.  Muchas  las  que  me  hacía  reprehensio- 
nes y  hace  cuando  hago  imperfeciones,  que  bastan  a  deshacer  un 
alma.  Al  menos  train  consigo  el  enmendarse,  porque  Su  Majes- 
tad, como  he  dicho,  da  el  consejo  y  el  remedio.  Otras  traerme 
a  la  memoria  mis  pecados  pasados,  en  especial  cuando  el  Señor 
me  quiere  hacer  alguna  señalada  merced,  que  parece  ya  se  ve 
el  alma  en  el  verdadero  juicio;  porque  le  representan  la  ver- 
dad con  conocimiento  claro,  que  no  sabe  adonde  se  meter.  Otras 
avisarme  de  algunos  peligros  míos  y  de  otras  personas;  cosas 
por  venir,  tres  u  cuatro  años  antes,  muchas,  y  todas  se  han 
cumplido:  algunas  podía  ser  señalar.  Ansí  que  hay  tantas  cosas 
para  entender  que  es  Dios,  que  no  se  puede  inorar,  a  mi  parecer. 

Lo  más  siguro  es,  yo  ansí  lo  hago,  y  sin  esto  no  ternía 
sosiego  ni  es  bien  que  mujeres  le  tengamos,  pues  no  tenemos 
letras,  y  aquí  no  puede  haber  daño  sino  muchos  provechos,  como 
muchas  veces  me  ha  dicho  el  Señor,  que  no  deje  de  comunicar 
toda  mi  alma  y  las  mercedes  que  el  Señor  me  hace  con  el  confe- 
sor, y  que  sea  letrado,  y  que  le  obedezca.  Esto  muchas  veces. 
Tenía  yo  un  confesor  que  me  mortificaba  mucho,  y  algunas  veces 
me  afligía  y  daba  gran  trabajo,  porque  me  inquietaba  mucho, 
y  era  el  que  más  me  aprovechó,  a  lo  que  me  parece  (1).  Y  aun- 
que le  tenía  mucho  amor,  tenía  algunas  tentaciones  por  dejarle, 
y  parecíame  me  estorbaban  aquellas  penas  que  me  daba  de  la 


1      Padre  Baltasar  Alvarcz. 


CAPITULO    XXVI  205 

oración.  Cada  vez  que  estaba  determinada  a  esto,  entendía  luego 
que  no  lo  hiciese,  g  una  reprehensión  que  me  deshacía  más  que 
cuanto  el  confesor  hacía.  Algunas  veces  me  fatigaba:  cuestión 
por  un  cabo  y  reprehensión  por  otro;  y  todo  lo  había  menester, 
sigún  tenía  poco  doblada  la  voluntad.  Díjome  una  vez,  que  no 
era  obedecer  si  no  estaba  determinada  a  padecer;  que  pusiese  los 
ojos  en  lo  que  El  había  padecidoí  y  todo  se  me  haría  fácil. 

Aconsejóme  una  vez  un  confesor  que  a  los  principios  me 
había  confesado,  que  ya  que  estaba  probado  ser  buen  espíritu, 
que  callase  y  no  diese  ya  parte  a  nadie,  porque  mijor  era  ya 
estas  cosas  callarlas.  A  mí  no  me  pareció  mal,  porque  yo  sentía 
tanto  cada  vez  que  las  decía  al  confesor,  y  era  tanta  mi  afrenta, 
que  mucho  más  que  confesar  pecados  graves  lo  sentía  algunas 
veces;  en  especial,  si  eran  las  mercedes  grandes,  parecíame  no  me 
habían  de  creer  y  que  burlaban  de  mí.  Sentía  yo  tanto  esto,  que 
me  parecía  era  desacato  a  las  maravillas  de  Dios,  que  por  esto 
quisiera  callar.  Entendí  entonces  que  había  sido  muy  mal  acon- 
sejada de  aquel  confesor,  que  en  ninguna  manera  callase  cosa  al 
que  me  confesaba,  porque  en  esto  había  gran  siguridad,  y  ha- 
ciendo lo  contrario  podría  ser  engañarme  alguna  vez. 

Siempre  que  el  Señor  me  mandaba  una  cosa  en  la  oración, 
si  el  confesor  me  decía  otra,  me  tornaba  el  raesmo  Señor  a  decir 
que  le  obedeciese;  después  Su  Majestad  le  volvía  para  que  me 
lo  tornase  a  mandar.  Cuando  se  quitaron  muchos  libros  de  ro- 
mance, que  no  se  leyesen  (1),  yo  sentí  mucho,  porque  algunos  me 
daba  recreación  leerlos,  y  yo  no  podía  ya  por  dejarlos  en  latín, 
me  dijo  el  Señor:  No  tengas  pena,  que  Yo  te  daré  libro  vivo. 
Yo  no  podía  entender  por  qué  se  me  había  dicho  esto,  porque 
aun  no  tenía  visiones;  después,  desde  a  bien  pocos  días,  lo  en- 
tendí muy  bien,  porque  he  tenido  tanto  en  qué  pensar  y  reco- 
germe en  lo  que  vía  presente,  y  ha  tenido  tanto  amor  el  Señor 


1  Don  Femando  de  Valdés,  gran  Inquisidor  de  España,  publicó  en  1559  un  índice  prohi" 
hiendo  la  lectura,  no  sólo  de  libros  que  contenían  herejías,  sino  también  muchos  de  devoción 
escritos  en  romance,  que,  a  juicio  de  Valdés,  podían  hacer  daño  a  las  almas  sencillas.  Fray  Luis 
de  Granada  en  una  carta  al  arzobispo  Carranza  decía  con  mucha  gracia,  hablando  de  este  índi- 
ce: tY  con  todo  esto  habrá  un  pedazo  de  trabajo,  por  estar  el  Arzobispo  tan  contrario  a  cosas, 
como  él  llama,  de  contemplación  para  mujeres  de  carpinteros».  Esta  carta,  según  el  P.  Cuervo, 
fué  escrita  entre  el  17  h  22  de  Agosto  de  1559.  (Cfr.  Obras  de  Granada,  t.  XIV,  p.  MI). 


206  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JES  US 

conmigo  para  enseñarme  de  muchas  maneras,  que  muy  poca,  u 
casi  ninguna  necesidad  he  tenido  de  libros.  Su  Majestad  ha 
sido  el  libro  verdadero  adonde  he  visto  las  verdades.  ¡Bendito 
sea  tal  libro,  que  deja  imprimido  lo  que  se  ha  de  leer  y  hacer 
de  manera  que  no  se  puede  olvidar!  ¿Quién  ve  a  el  Señor  cubier- 
to de  llagas  y  afligido  con  persecuciones,  que  no  las  abrace,  y 
las  ame  y  las  desee?  ¿Quién  ve  algo  de  la  gloria  que  da  a  los 
que  le  sirven,  que  no  conozca  es  todo  nonada  cuanto  se  puede 
hacer  y  padecer,  pues  tal  premio  esperamos?  ¿Quién  ve  los 
tormentos  que  pasan  los  condenados,  que  no  se  le  hagan  delei- 
tes los  tormentos  de  acá  en  su  comparación,  y  conozcan  lo  mu- 
cho que  deben  a  el  Señor  en  haberlos  librado  tantas  veces  de 
aquel  lugar? 

Porque  con  el  favor  de  Dios  se  dirá  más  de  algunas  cosas, 
quiero  ir  adelante  en  el  proceso  de  mi  vida.  Plega  a  el  Señor 
haya  sabido  declararme  en  esto  que  he  dicho;  bien  creo  que 
quien  tuviere  expiriencia  lo  entenderá  y  verá  que  he  atinado 
a  decir  algo;  quien  no,  no  me  espanto  le  parezca  desatino  todo; 
basta  decirlo  yo  para  quedar  disculpado,  ni  yo  culparé  a  quien 
lo  dijere.  El  Señor  me  deje  atinar  en  cumplir  su  voluntad,  ñmén. 


CAPITULO     XXVII 


EN  QUE  TRATA  OTRO  MODO  CON  QUE  ENSEÑA  EL  SEÑOR  AL  ALMA  Y 
SIN  HABLARLA  LA  DA  A  ENTENDER  SU  VOLUNTAD  POR  UNA  MA- 
NERA ADMIRABLE.  TRATA  TAMBIÉN  DE  DECLARAR  UNA  VISION 
Y  GRAN  MERCED  QUE  LA  HIZO  EL  SEÑOR  NO  IMAGINARIA.  ES 
MUCHO    DE    NOTAR    ESTE    CAPITULO. 


Pues  tornando  a  d  discurso  de  mi  vida,  con  esta  afli- 
ción  de  penas  y  con  grandes  oraciones,  como  he  dicho  que 
se  hacían,  porque  el  Señor  me  llevase  por  otro  camino  que  fuese 
más  siguro,  pues  este  me  decían  era  tan  sospechoso.  Verdad  es 
que,  aunque  yo  lo  suplicaba  a  Dios,  por  mucho  que  quería  desear 
otro  camino,  como  vía  tan  mijorada  mi  alma,  si  no  era  alguna 
vez  cuando  estaba  muy  fatigada  de  las  cosas  que  me  decían  y 
miedos  que  me  ponían,  no  era  en  mi  mano  desearlo,  aunque 
siempre  lo  pedía.  Yo  me  vía  otra  en  todo;  no  podía,  sino  po- 
níame en  las  manos  de  Dios,  que  El  sabía  lo  que  me  convenía, 
que  cumpliese  en  mí  lo  que  era  su  voluntad  en  todo.  Vía  que 
por  este  camino  le  llevaba  para  el  cielo,  y  que  antes  iba  a  el  in- 
fierno; que  había  de  desear  esto,  ni  creer  que  era  demonio,  no 
me  podía  forzar  a  mí,  aunque  hacía  cuanto  podía  por  creerlo  y 
desearlo,  mas  no  era  en  mi  mano.  Ofrecía  lo  que  hacía,  si  era 
alguna  buena  obra,  por  eso.  Tomaba  santos  devotos  porque  me 
librasen  de  el  demonio.  Andaba  novenas,  encomendábame  a  San 
Hilarión,   a  San  Miguel,   ángel,   con  quien  por   esto  tomé   nue- 


208  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÜS 

vamente  devoción,  y  otros  muchos  santos  importunaba  mostrase 
el  Señor  la  verdad,  digo  que  lo  acabasen  con  Su  Majestad. 

A  cabo  de  dos  años  que  andaba  con  toda  esta  oración  mía 
y  de  otras  personas  para  lo  dicho,  u  que  el  Señor  me  llevase  por 
otro  camino  u  declarase  la  verdad,  porque  eran  muy  continas  las 
hablas  que  he  dicho  me  hacía  el  Señor,  me  acaeció  esto.  Estando 
un  día  del  glorioso  San  Pedro  en  oración,  vi  cabe  mí  u  sentí, 
por  mijor  decir,  que  con  los  ojos  del  cuerpo  ni  de  el  alma  no  vi 
nada,  mas  parecíame  estaba  junto-  cabe  mí  Cristo,  y  vía  ser  EJ 
el  que  me  hablaba,  a  mi  parecer.  Yo,  como  estaba  inorantísima 
de  que  podía  haber  semejante  visión,  dióme  gran  temor  a] 
principio,  y  no  hacía  sino  llorar,  aunque  en  diciéndome  una 
palabra  sola  de  asigurarme,  quedaba  como  solía,  quieta  y  con 
regalo  y  sin  ningún  temor.  Parecíame  andar  siempre  a  mi  lado  Je- 
sucristo, y  como  no  era  visión  imaginaria,  no  vía  en  qué  forma; 
mas  estar  siempre  al  lado  derecho,  sentíalo  muy  claro,  y  que 
era  testigo  de  todo  lo  que  yo  hacía,  y  que  ninguna  vez  que  me 
recogiese  un  poco  u  no  estuviese  muy  divertida,  podía  inorar 
que  estaba  cabe  mí. 

Luego  fui  a  mi  confesor  harto  fatigada  a  decírselo.  Pre- 
g'untóme  que  en  qué  forma  le  vía.  Yo  le  dije  que  no  le  vía, 
Díjome  que  cómo  sabía  yo  que  era  Cristo.  Yo  le  dije  que  no 
sabía  cómo,  mas  que  no  podía  dejar  de  entender  estaba  cabe 
mí,  y  lo  vía  claro,  y  sentía,  y  que  el  recogimiento  de  el  alma  era 
muy  mayor  en  oración  de  quietud  y  muy  contina,  y  los  efetos 
que  eran  muy  otros  que  solía  tener,  y  que  era  cosa  muy  clara. 
No  hacía  sino  poner  comparaciones  para  darme  a  entender;  y, 
cierto,  para  esta  manera  de  visión,  a  mi  parecer,  no  la  hay  que 
mucho  cuadre;  ansí  como  es  de  las  más  subidas,  sigún  des- 
pués me  dijo  un  santo  hombre  y  de  gran  espíritu,  llamado  Fray 
Pedro  de  Alcántara,  de  quien  después  haré  más  mención,  y  me 
han  dicho  otros  letrados  grandes,  y  que  es  adonde  menos  se 
puede  entremeter  el  demonio  de  todas,  ansí  no  hay  términos 
para  decirla  acá  las  que  poco  sabemos,  que  los  letrados  mijor 
lo  darán  a  entender.  Porque,  si  digo  que  con  los  ojos  del  cuer- 
po ni  del  alma  no  le  veo,  porque  no  es  imaginaria  visión,  ¿cómo 


CAPITULO    XXVII  209 

entiendo  y  me  afirmo  con  más  claridad  que  está  cabe  mí  que  si 
lo  viese?  Porque  parecer  que  es  como  una  persona  que  está 
ascuras,  que  no  ve  a  otra  que  está  cabe  ella,  u  si  es  ciega,  no 
va  bien,  ñlguna  semejanza  tiene,  mas  no  mucha,  porque  siente 
con  los  sentidos,  u  la  oye  hablar,  u  menear  u  la  toca.  Acá  no 
hay  nada  de  esto,  ni  se  ve  escuridad;  sino  que  se  representa  por 
una  noticia  a  el  alma,  más  clara  que  el  sol.  No  digo  que  se  ve 
sol,  ni  claridad,  sino  una  luz  que,  sin  ver  luz,  alumbra  el  en- 
tendimiento para  que  goce  el  alma  de  tan  gran  bien.  Tray  consigo 
grandes  bienes. 

No  es  como  una  presencia  de  Dios  que  se  siente  muchas 
veces,  en  especial  los  que  tienen  oración  de  unión  y  quietud; 
que  parece  en  quiriendo  comenzar  a  tener  oración  hallamos  con 
quien  hablar,  y  parece  entendemos  nos  oye  por  los  efetos  y  sen- 
timientos espirituales  que  sentimos  de  gran  amor  y  fe,  y  otras 
determinaciones  con  ternura.  Esta  gran  merced  es  de  Dios,  y 
téngalo  en  mucho  á  fcfuien  lo  ha  dado ;  porque  es  muy  subida  ora- 
ción, mas  no  es  visión,  que  entiéndese  que  está  allí  Dios  por 
los  efetos  que,  como  digo,  hace  a  el  alma,  que  por  aquel  modo 
quiere  Su  Majestad  darse  a  sentir;  acá  vese  claro  que  está  aquí 
Jesucristo,  Hijo  de  la  Virgen.  En  estotra  oración  represéntanse 
unas  influencias  de  la  Divinidad;  aquí,  junto  con  éstas,  se  ve 
nos  acompaña  y  quiere  hacer  mercedes  también  la  Humanidad 
Sacratísima. 

Pues  preguntóme  el  confesor:  ¿quién  dijo  que  era  Jesu- 
cristo? El  me  lo  dice  muchas  veces,  respondí  yo;  mas  antes  que 
me  lo  dijese,  se  emprimió  en  mi  entendimiento  que  era  El,  y  antes 
de  esto  me  lo  decía  y  no  le  vía.  Si  una  persona  que  yo  nunca 
hubiese  visto,  sino  oído  nuevas  de  ella,  me  viniese  a  hablar  estan- 
do ciega,  u  en  gran  escuridad,  y  me  dijese  quién  era,  creerlo  hía, 
mas  no  tan  determinadamente  lo  podría  afirmar  ser  aquella  per- 
sona, como  si  la  hubiera  visto.  Acá,  sí,  que  sin  verse  se  imprime 
con  una  noticia  tan  clara,  que  no  parece  se  puede  dudar;  que 
quiere  el  Señor  esté  tan  esculpido  en  el  entendimiento,  que  no 
se  puede  dudar  más  que  lo  que  se  ve  ni  tanto;  porque  en  esto 
algunas  veces  nos  queda  sospecha  si  se  nos  antojó;  acá,  aunque 


210  VIDA    DE     SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

d€  presto  dé  €sta  sospecha,  queda  por  una  parte  gran  certidum- 
bre, que  no  tiene  fuerza  la  duda. 

Ansí  es  también  en  otra  manera  que  Dios  enseña  el  alma 
y  la  habla  sin  hablar,  de  la  manera  que  queda  dicha.  Es  un 
lenguaje  tan  del  cielo,  que  acá  se  puede  mal  dar  a  entender 
aunque  más  queramos  decir,  si  el  Señor  por  expiriencia  no  lo 
enseña.  Pone  el  Señor,  lo  que  quiere  que  el  alma  entienda,  en 
lo  muy  interior  del  alma,  y  allí  lo  representa  sin  imagen  ni  for- 
ma de  palabras,  sino  a  manera  de  esta  visión  que  queda  dicha. 
Y  nótese  mucho  esta  manera  de  hacer  Dios  que  entienda  el  alma 
lo  que  El  quiere,  y  grandes  verdades  y  misterios;  porque  mu- 
chas veces  lo  que  entiendo  cuando  el  Señor  me  declara  alguna 
visión  que  quiere  Su  Majestad  representarme,  es  ansí;  y  paré- 
cerne  que  es  adonde  el  demonio  se  puede  entremeter  menos,  por 
estas   razones.   Si  ellas   no   son   buenas,   yo   me   debo   engañar. 

Es  una  cosa  tan  de  espíritu  esta  manera  de  visión  y  de 
lenguaje,  que  ningún  bullicio  hay  en  las  potencias  ni  en  los  sen- 
tidos, a  mi  parecer,  por  donde  el  demonio  pueda  sacar  nada. 
Esto  es  alguna  vez  y  con  brevedad,  que  otras  bien  me  parece 
a  mí  que  no  están  suspendidas  las  potencias  ni  quitados  los 
sentidos,  sino  muy  en  sí,  que  no  es  siempre  esto  en  contempla- 
ción, antes  muy  pocas  veces;  mas  estas  que  son,  digo  que  no 
obramos  nosotros  nada  ni  hacemos  nada:  todo  parece  obra  de  el 
Señor.  Es  como  cuando  ya  está  puesto  el  manjar  en  el  estó- 
mago sin  comerle,  ni  saber  nosotros  cómo  se  puso  allí,  mas  en- 
tiende bien  que  está;  aunque  aquí  no  se  entiende  el  manjar  que 
es  ni  quién  le  puso,  acá  sí;  mas  cómo  se  puso  no  lo  sé,  que  ni 
se  vio,  ni  le  entiende,  ni  jamás  se  había  movido  a  desearlo,  ni 
había  venido  a  mi  noticia  a  que  esto  podía  ser. 

En  la  habla  que  hemos  dicho  antes,  hace  Dios  a  el  enten- 
dimiento que  advierta,  aunque  le  pese,  a  entender  lo  que  se 
dice,  que  allá  parece  tiene  el  alma  otros  oídos  con  que  oye,  y 
que  la  hace  escuchar,  y  que  no  se  divierta;  como  a  uno  que 
oyese  bien,  y  no  le  consintiesen  atapar  los  oídos,  y  le  hablasen 
junto  a  voces,  aunque  no  quisiese,  lo  oiría.  Y,  en  fin,  algo 
hace,   pues  está  atento  a  entender  lo  que  le  hablan,  ñcá   nin- 


CAPITULO    XXVII  211 

guna  cosa,  que  aun  esto  poco  que  €s  sólo  escuchar,  que  hacía 
en  lo  pasado,  se  le  quita.  Todo  lo  halla  guisado  y  comido;  no 
hay  más  que  hacer  de  gozar.  Como  uno  que  sin  deprender  ni 
haber  trabajado  nada  para  saber  leer,  ni  tampoco  hubiese  es- 
tudiado nada,  hallase  toda  la  ciencia  sabida  ya  en  sí,  sin  saber 
cómo  ni  dónde,  pues  aun  nunca  había  trabajado,  aun  para  de- 
prender el  Abecé. 

Esta  comparación  postrera  me  parece  declara  algo  de  este 
don  celestial,  porque  se  ve  el  alma  en  un  punto  sabia,  y  tan  de- 
clarado el  misterio  de  la  Santísima  Trinidad,  y  de  otras  cosas 
muy  subidas,  que  no  hay  teólogo  con  quien  no  se  atreviese  a 
disputar  de  la  verdad  de  estas  grandezas.  Quédase  tan  espantada, 
que  basta  una  merced  de  estas  para  trocar  toda  un  alma  y  hacerla 
no  amar  cosa  sino  a  quien  ve  que,  sin  trabajo  ninguno  suyo, 
la  hace  capaz  de  tan  grandes  bienes,  y  le  comunica  secretos,  y 
trata  con  ella  con  tanta  amistad  y  amor  que  no  se  sufre  escribir. 
Porque  hace  algunas  mercedes  que  consigo  train  la  sospecha, 
por  ser  de  tanta  admiración  y  hechas  a  quien  tampoco  las  ha 
merecido,  que  si  no  hay  muy  viva  fe  no  se  podrán  creer.  Y 
ansí  yo  pienso  decir  pocas  de  las  que  el  Señor  me  ha  hecho  a 
mí,  si  no  me  mandaren  otra  cosa,  sino  son  algunas  visiones  que 
pueden  para  alguna  cosa  aprovechar,  u  para  que,  a  quien  el  Se- 
ñor las  diere,  no  se  espante  pareciéndole  imposible,  como  hacía 
yo,  u  para  declararle  el  modo  y  camino  por  donde  el  Señor  me 
ha  llevado,  que  es  lo  que  rae  mandan  escribir. 

Pues  tornando  a  esta  manera  de  entender,  lo  que  me  pa- 
rece es  que  quiere  el  Señor  de  todas  maneras  tenga  esta  alma 
alguna  noticia  de  lo  que  pasa  en  el  cielo,  y  paréceme  a  mí,  que 
ansí  como  allá  sin  hablar  se  entiende,  lo  que  yo  nunca  supe 
cierto  es  ansí,  hasta  que  el  Señor  por  su  bondad  quiso  que  lo 
viese,  y  me  lo  mostró  en  un  arrobamiento,  ansí  es  acá,  que  se 
entiende  Dios  y  el  alma  con  sólo  querer  Su  Majestad  que  lo 
entienda,  sin  otro  artificio,  para  darse  a  entender  el  amor  que 
se  tienen  estos  dos  amigos.  Como  acá  si  dos  personas  se  quieren 
mucho  y  tienen  buen  entendimiento,  aun  sin  señas  parece  que 
se  entienden  con  sólo  mirarse.  Esto  debe  ser  aquí,  que  sin  ver 


212  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

nosotros,  como  de  hito  en  hito  se  miran  estos  dos  amantes, 
como  lo  dice  el  Esposo  a  la  Esposa  en  los  Cantares  (1),  a  lo 
que  creo,  lo  he  oído  que  es  aquí. 

¡Oh  beninidad  admirable  de  Dios  que  ansí  os  dejáis  mirar 
de  unos  ojos  que  tan  mal  han  mirado  como  los  de  mi  alma! 
Quedan  ya,  Señor,  de  esta  vista  acostumbrados  en  no  mirar  cosas 
bajas,  ni  que  les  contente  ninguna  fuera  de  Vos.  ¡Oh  ingratitud 
de  los  mortales!  ¿Hasta  cuándo  ha  de  llegar?  Que  sé  go  por 
expiriencia  que  es  verdad  esto  que  digo,  y  que  es  lo  menos 
de  lo  que  Vos  hacéis  con  un  alma  que  traéis  a  tales  términos, 
lo  que  se  puede  decir.  ¡Oh  almas  que  habéis  comenzado  a  tener 
oración  y  las  que  tenéis  verdadera  fe!  ¿qué  bienes  podéis  bus- 
car aun  en  esta  vida,  dejemos  lo  que  se  gana  para  sin  fin,  que 
sea  como  el  menor  de  estos?  , 

Mira  que  es  ansí  cierto,  que  se  da  Dios  a  sí  a  los  que  todo 
lo  dejan  por  El.  No  es  acetador  de  personas,  a  todos  ama,  no 
tiene  nadie  excusa  por  ruin  que  sea,  pues  ansí  lo  hace  conmi- 
go trayéndome  a  tal  estado.  Mira  que  no  es  cifra  lo  que  digo 
de  lo  que  se  puede  decir ;  sólo  va  dicho  lo  que  es  menester 
para  darse  a  entender  esta  manera  de  visión  y  merced  que  hace 
Dios  a  el  alma;  mas  no  puedo  decir  lo  que  se  siente  cuando  el 
Señor  la  da  a  entender  secretos  y  grandezas  suyas,  el  deleite 
tan  sobre  cuantos  acá  se  pueden  entender,  que  bien  con  razón  hace 
aborrecer  los  deleites  de  la  vida,  que  son  basura  todos  juntos. 
Es  asco  traerlos  a  ninguna  comparación  aquí,  aunque  sea  para 
gozarlos  sin  fin.  Y  de  estos,  ¿qué  da  el  Señor?  Sola  una  gota  de 
agua  del  gran  río  caudaloso  que  nos  está  aparejado. 

Vergüenza  es,  y  yo  cierto  la  he  de  mí,  y  si  pudiera  haber 
afrenta  en  el  cielo,  con  razón  estuviera  yo  allá  más  afrentada 
que  nadie.  ¿Por  qué  hemos  de  querer  tantos  bienes  y  deleites 
y  gloria  para  sin  fin,  todos  a  costa  de  el  buen  Jesú?  ¿No  llo- 
raremos siquiera  con  las  hijas  de  Jerusalén  ya  que  no  le  ayu- 
demos a  llevar  la  cruz  con  el  Cirineo?  ¿Qué,  con  placeres  y 
pasatiempos  hemos  de  gozar  lo  que  El  nos  ganó  a  costa  de  tanta 

1      Cant.,  IV,  9. 


CAPITULO    XXVII  213 

sangre?  Es  imposible.  ¿Y  con  honras  vanas  pensamos  reme- 
dar un  desprecio  como  El  sufrió  para  que  nosotros  reinemos 
para  siempre.  No  lleva  camino.  Errado,  errado  va  el  camino; 
nunca  llegaremos  allá.  Dé  voces  vuestra  merced  en  decir  estas 
verdades,  pues  Dios  me  quitó  a  mí  esta  libertad.  R  mí  me  las 
querría  dar  siempre,  g  oyóme  tan  tarde  y  entendí  a  Dios, 
como  se  verá  por  lo  escrito,  que  me  es  gran  confusión  hablar  en 
esto  y  ansí  quiero  callar,  sólo  diré  lo  que  algunas  veces  con- 
sidero. 

Plega  a  el  Señor  me  traga  a  términos  que  yo  pueda  gozar 
de  este  bien,  i  Qué  gloria  acidental  será  y  qué  contento  de  los 
bienaventurados  que  ya  gozan  desto,  cuando  vieren  que,  aunque 
tarde,  no  les  quedó  cosa  por  hacer  por  Dios  de  las  que  le  fué 
posible,  ni  dejaron  cosa  por  darle  de  todas  las  maneras  que  pu- 
dieron, conforme  a  sus  fuerzas  y  estado,  y  el  que  más,  más! 
¡Qué  rico  se  hallará  el  que  todas  las  riquezas  dejó  por  Cristo! 
¡qué  honrado  el  que  no  quiso  honra  por  El,  sino  que  gustaban  de 
verse  muy  abatido!  ¡qué  sabio  el  que  se  holgó  de  que  le  tuviesen 
por  loco,  pues  lo  llamaron  a  la  mesma  Sabiduría!  ¡qué  pocos  hay 
ahora  por  nuestros  pecados!  Ya,  ya  parece  se  acabaron  los  que 
las  gentes  tenían  por  locos,  de  verlos  hacer  obras  heroicas  de 
verdaderos  amadores  de  Cristo.  ¡Oh  mundo,  mundo,  cómo  vas 
ganando  honra  en  haber  pocos  que  te  conozcan! 

Mas  si  pensamos  se  sirve  ya  más  Dios  de  que  nos  tengan 
por  sabios  y  por  discretos.  Eso,  eso  debe  ser,  sigún  se  usa  dis- 
creción; luego  nos  parece  es  poca  edificación  no  andar  con 
mucha  compostura  y  autoridad  cada  uno  en  su  estado.  Hasta 
el  fraile,  y  clérigo  y  monja  nos  parecerá  que  traer  cosa  vieja 
y  remendada  es  novedad  y  dar  escándalo  a  los  flacos;  y  aun 
estar  muy  recogidos  y  tener  oración,  sigún  está  el  mundo  y  tan 
olvidadas  las  cosas  de  perfeción  de  grandes  ímpetus  que  tenían 
los  santos,  que  pienso  hace  más  daño  a  las  desventuras  que 
pasan  en  estos  tiempos,  que  no  haría  escándalo  a  nadie  dar  a 
entender  los  relisiosos  por  obras,  como  lo  dicen  por  palabras, 
en  lo  poco  que  se  ha  de  tener  el  mundo,  que  de  estos  escándalos 
el  Señor  saca  de  ellos  grandes  provechos.  Y  si  unos  se  escan- 


214  VIDñ    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

dalizan,  otros  se  remuerden;  siquiera  que  hubiese  un  debujo  de 
lo  que  pasó  por  Cristo  y  sus  Apóstoles,  pues  ahora  más  que 
nunca  es  menester. 

Y  qué  bueno  nos  le  llevó  Dios  ahora  en  el  bendito  Fray 
Pedro  de  Alcántara!  No  está  ya  el  mundo  para  sufrir  tanta  per- 
feción.  Dicen  que  están  las  saludes  más  flacas  y  que  no  son  los 
tiempos  pasados.  Este  santo  hombre  de  este  tiempo  era;  estaba 
grueso  el  espíritu,  como  en  los  otros  tiempos,  y  ansí  tenía  el  mun- 
do debajo  de  los  pies.  Que,  aunque  no  anden  desnudos  ni  hagan 
tan  áspera  penitencia  como  el,  muchas  cosas  hay,  como  otras 
veces  he  dicho,  para  repisar  el  mundo,  y  el  Señor  las  enseña 
cuando  ve  ánimo.  ¡Y  cuan  grande  le  dio  Su  Majestad  a  este 
santo  que  digo  para  hacer  cuarenta  y  siete  años  tan  áspera  pe- 
nitencia, como  todos  saben!  Quiero  decir  algo  de  ella,  que  sé 
es  toda  verdad. 

Di  jome  a  mí  y  a  otra  persona  (1),  de  quien  se  guardaba 
poco,  y  a  mí  el  amor  que  me  tenía  era  la  causa,  porque  quiso 
el  Señor  le  tuviese  para  volver  por  mí  y  animarme  en  tiempo 
de  tanta  necesidad,  como  he  dicho  y  diré,  paréceme  fueron  cua- 
renta años  los  que  me  dijo  había  dormido  sola  hora  y  media 
entre  noche  y  día,  y  éste  era  el  mayor  trabajo  de  penitencia 
que  había  tenido  en  los  principios  de  vencer  el  sueño,  y  para 
esto  estaba  siempre  u  de  rodillas  u  en  pié.  Lo  que  dormía  era 
sentado,  y  la  cabeza  arrimada  a  un  maderillo  que  tenía  hincado 
en  la  pared.  Echado,  aunque  quisiera,  no  podía,  porque  su  celda, 
como  se  sabe,  no  era  más  larga  de  cuatro  pies  y  medio.  En  to- 
dos estos  años  jamás  se  puso  la  capilla,  por  grandes  vsoles  y  aguas 
que  hiciese,  ni  cosa  en  los  pies,  ni  vestida  (2)  sino  un  hábito  de 
sayal,  sin  ninguna  otra  cosa  sobre  las  carnes,  y  éste  tan  angosto 
como  se  podía  sufrir,  y  un  mantillo  de  lo  mesmo  encima.  Decíame 


1  Esta  persona  de  quien  habla  aquí  la  Santa  era  la  venerable  María  Díaz  (Maridíoz)  de 
mucha  fama  en  Avila  por  sus  grandes  virtudes.  Tuvo  por  maestro  de  espíritu  a  San  Pedro 
de  Alcántara.  En  su  correspondencia  habla  la  Santa  de  esta  piadosa  mujer  con  mucho  encare- 
cimiento. Atribuyese  a  San  Pedro  de  Alcántara  el  dicho  de  que  Avila  encerraba  dentro  de  sus 
muros  tres  santas  a  la  vez:  la  Madre  Teresa,  María  Díaz  del  Vivar  y  Catalina  Dávila,  de  noble 
familia  esta  última. 

2  San  Pedro  de  Alcántara  de  quien  la  Santa,  agradecida  a  sus  buenos  servicios,  hace  aquí 
el  más  cumplido  elogio  que  se'conoce  del   austero   franciscano,    nació   en  1499  en  Alcántara  de 


CAPITULO    XXVII  215 

que  en  los  grandes  fríos  se  le  quitaba,  y  dejaba  la  puerta  ij  venta- 
nilla abierta  d^  la  celda  para,  con  ponerse  después  el  manto  y 
cerrar  la  puerta,  contentaba  el  cuerpo  para  que  sosegase  con  más 
abrigo.  Comer  a  tercero  día  era  muy  ordinario.  Y  díjome  que 
de  qué  me  espantaba,  que  muy  posible  era  a  quien  se  acostum- 
braba a  ello.  Un  su  compañero  me  dijo  que  le  acaecía  estar 
ocho  días  sin  comer.  Debía  ser  estando  en  oración,  porque  tenía 
grandes  arrobamientos  y  ímpetus  de  amor  de  Dios,  de  que  una 
vez  yo  fui  testigo. 

Su  pobreza  era  extrema  y  mortificación  en  la  mocedad,  que 
me  dijo  que  le  había  acaecido  estar  tres  años  en  una  casa  de  su 
Orden  y  no  conocer  fraile,  si  no  era  por  la  habla;  porque  no  al- 
zaba los  ojos  jamás,  y  ansí  a  las  partes  que  de  necesidad  había 
de  ir  no  sabía,  sino  íbase  tras  los  frailes.  Esto  le  acaecía  por  los 
caminos.  A  mujeres  jamás  miraba;  esto  muchos  años.  Decíame 
que  ya  no  se  le  daba  más  ver  que  no  ver;  mas  era  muy  viejo 
cuando  le  vine  a  conocer,  y  tan  extrema  su  flaqueza,  que  no  pa- 
recía sino  hecho  de  raíces  de  árboles.  Con  toda  esta  santidad  era 
muy  afable,  aunque  de  pocas  palabras,  si  no  era  con  preguntarle. 
En  éstas  era  muy  sabroso,  porque  tenia  muy  lindo  entendimiento. 
Otras  cosas  muchas  quisiera  decir,  sino  que  he  miedo  dirá  vuestra 
merced  que  para  qué  me  meto  en  esto,  y  con  él  lo  he  escrito.  Y 
ansí  lo  dejo,  con  que  fué  su  fin  como  la  vida,  predicando  y  amo- 
nestando a  sus  frailes.  Como  vio  ya  se  acababa,  dijo  el  salmo 
de  Laetatus  sum  in  his  qaae  dicta  sunt  mihi  (1),  y  hincado  de 
rodillas,   murió. 

Después,  ha  sido  el  Señor  servido  yo  tenga  más  en  él  que 
en  la  vida,  aconsejándome  en  muchas  cosas.  Hele  visto  muchas 
veces  con  grandísima  gloria.  Díjome  la  primera  que  me  apareció, 
que  bienaventurada  penitencia  que  tanto  premio  había  merecido, 


Extremadura.  Habiendo  tomado  el  hábito  de  San  Francisco  en  los  Frailes  Menores,  distin- 
guióse por  sus  grandes  penitencias  g  mucha  oración.  Autorizado  por  la  Santa  Sede,  promovió 
una  reforma  en  su  Orden  con  la  fundación  del  convento  del  Pedroso  en  1540.  Murió  en  18  de 
Octubre  de  1562  en  Arenas,  provincia  de  Avila.  El  Santo  consoló  mucho  a  Santa  Teresa  en  días 
de  grande  aflicción  para  ella,  le  aseguró  que  su  oración  era  buena  y  la  alentó  a  que  prosiguiese 
en  su  obra  de  Reforma  del  Carmen.  En  los  Apéndices  veremos  unas  cartas  suyas  a  la  Santa  y 
un  documento  interesante  aprobando  con  sólidas  razones  su  espíritu. 
1      Ps.  CXXI.  El  original:  Letatun  sun  ynis  que  dita  sim  miqui. 


216  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÜS 

y  otras  muchas  cosas.  Un  año  antes  qu€  muriese,  me  apareció  es- 
tando ausente  y  supe  se  había  de  morir,  y  se  lo  avisé,  estando  al- 
gunas leguas  de  aquí.  Cuando  expiró,  me  apareció  y  dijo  cómo 
se  iba  a  descansar.  Yo  no  lo  creí,  y  dijelo  a  algunas  personas,  y 
desde  a  ocho  días  vino  la  nueva  cómo  era  muerto,  u  comenzado 
a  vivir  para  siempre,  por  mijor  decir. 

Hela  quí  acabada  esta  aspereza  de  vida  con  tan  gran  glo- 
ria; paréceme  que  mucho  más  me  consuela  que  cuando  acá  es- 
taba. Di  jome  una  vez  el  Señor  que  no  le  pedirían  cosa  en  su 
nombre  que  no  la  oyese.  Muchas  que  le  he  encomendado  pida  al 
Señor,  las  he  visto  cumplidas.  Sea  bendito  por  siempre.  Amén. 

Mas  qué  hablar  he  hecho  para  despertar  a  vuestra  merced  a 
no  estimar  en  nada  cosa  de  esta  vida,  como  si  no  lo  supiese,  u  no 
estuviera  ya  determinado  a  dejarlo  todo  y  puéstolo  por  obra. 
Veo  tanta  perdición  en  el  mundo,  que  aunque  no  aproveche  más 
decirlo  yo  de  cansarme  de  escribirlo,  me  es  descanso,  que  todo 
es  contra  mí  lo  que  digo.  El  Señor  me  perdone  lo  que  en  este 
caso  le  he  ofendido,  y  vuestra  merced,  que  le  canso  sin  propósito. 
Parece  que  quiero  haga  penitencia  de  lo  que  yo  en  esto  pequé. 


CAPITULO     XXVIII 

EN  QUE  TRATñ  LñS  GRANDES  MERCEDES  QUE  LA  HIZO  EL  SEÑOR, 
Y  COMO  LE  APARECIÓ  LA  PRIMERA  VEZ.  DECLARA  QUE  ES  VISION 
IMAGINARIA.  DICE  LOS  GRANDES  EFETOS  Y  SEÑALES  QUE  DEJA 
CUANDO  ES  DE  DIOS.  ES  MUY  PROVECHOSO  CAPITULO  Y  MUCHO 
DE  NOTAR. 


Tornando  a  nuestro  propósito,  pasé  algunos  días,  pocos, 
con  esta  visión  muy  continua,  y  hacíame  tanto  provecho  que  no 
salía  de  oración;  y  aun  cuanto  hacía  procuraba  fuese  de  suerte, 
que  no  descontentase  a  el  que  claramente  vía  estaba  por  testigo. 
Y  aunque  a  veces  temía  con  lo  mucho  que  me  decían,  durábame 
poco  el  temor,  porque  el  Señor  me  asiguraba.  Estando  un  día  en 
oración,  quiso  el  Señor  mostrarme  solas  las  manos,  con  tan  gran- 
dísima hermosura  que  no  lo  podría  yo  encarecer.  Hízome  gran 
temor,  porque  cualquier  novedad  me  le  hace  grande  en  los  prin- 
cipios de  cualquiera  merced  sobrenatural  que  el  Señor  me  haga. 
Desde  a  pocos  días  vi  también  aquel  divino  rostro,  que  del  todo 
me  parece  me  dejó  asorta.  No  podía  yo  entender  por  qué  el  Se- 
ñor se  mostraba  ansí  pocoí  a  poco,  pues  después  me  había  de  hacer 
merced  de  que  yo  le  viese  del  todo,  hasta  después  que  he  en- 
tendido que  me  iba  Su  Majestad  llevando  conforme  a  mi  flaqueza 
natural.  Sea  bendito  por  siempre,  porque  tanta  gloria  junta,  tan 
bajo  y  ruin  sujeto  no  la  pudiera  sufrir,  y  como  quien  esto  sabía, 
iba  el  piadoso  Señor  dispuniendo. 

15  * 


218  VIDñ    DE    SñNTñ    TERÉSñ    DE    JESÜS 

Parecerá  a  vuestra  merced  que  no  era  menester  mucho  esfuer- 
zo para  ver  unas  manos  y  rostro  tan  hermoso.  Sonlo  tanto  los 
cuerpos  glorificados,  que  la  gloria  que  train  consigo  ver  cosa 
tan  sobrenatural  hermosa,  desatina;  y  ansí  me  hacía  tanto  te- 
mor, que  toda  me  turbaba  y  alborotaba,  aunque  después  quedaba 
con  certidumbre  y  siguridad,  y  con  tales  efetos  que  presto  se 
perdía  el  temor  (1). 

Un  día  de  San  Pablo,  estando  en  misa,  se  me  representó  todo 
esta  Humanidad  sacratísima,  como  se  pinta  resucitado,  con  tanta 
hermosura  y  majestad  como  particularmente  escribí  a  vuestra  mer- 
ced cuando  mucho  me  lo  mandó  (2).  Y  hacíaseme  harto  de  mal, 
porque  no  se  puede  decir,  que  no  sea  deshacerse;  mas  lo  mijor 
que  supe  ya  lo  dije,  y  ansí  no  hay  para  qué  tornarlo  a  decir  aquí. 
Sólo  digo  que  cuando  otra  cosa  no  hubiese  para  deleitar  la  vista 
en  el  cielo,  sino  la  gran  hermosura  de  los  cuerpos  glorificados, 
es  grandísima  gloria,  en  especial  ver  la  Humanidad  de  Jesucristo 
Señor  Nuestro,  aun  acá  que  se  muestra  Su  Majestad  conforme 
a  lo  que  puede  sufrir  nuestra  miseria;  ¿qué  será  adonde  del  todo 
se  goza  tal  bien?  Esta  visión,  aunque  es  imaginaria,  nunca  la  vi 
con  los  ojos  corporales,  ni  ninguna,  sino  con  los  ojos  del  alma. 

Dicen  los  que  lo  saben  mijor  que  yo,  que  es  más  perfeta  la 
pasada  que  ésta,  y  ésta  más  mucho  que  las  que  se  ven  con  los 
ojos  corporales.  Esta  dicen  que  es  la  más  baja  y  adonde  más 
ilusiones  puede  hacer  el  demonio,  aunque  entonces  no  podía  yo 
entender  tal,  sino  que  deseaba,  ya  que  se  me  hacía  esta  merced, 
que  fuese  viéndola  con  los  ojos  corporales  para  que  no  me  dijese 


1  Los  iniciados  en  la  mística  Teología  saben  muy  bien  que  hay  tres  especies  de  visión: 
corporal,  imaginaria  e  intelectual.  La  primera  se  dice  cuando  se  ve  alguna  cosa  mediante  los 
sentidos  exteriores,  y  corresponde  a  la  vía  purgativa;  la  segunda  consiste  en  cierta  representa- 
ción que  se  verifica  en  la  fantasía  y  es  propia  de  la  vía  iluminativa;  la  tercera  es  la  que  se 
percibe  inmediatamente  en  el  entendimiento  y  dice  relación  directa  a  la  vía  unitiva.  Claro  es  que 
en  las  tres  vías  se  pueden  tener  los  tres  géneros  de  visión,  pero  hay  cierta  correspondencia 
entre  ellas,  según  el  orden  que  hemos  indicado.  Santa  Teresa  tuvo  muchas  visiones  imaginarias 
e  intelectuales.  En  la  clasiñcación  que  de  ellas  hace  en  sus  escritos  se  acomoda  en  todo  a  la 
doctrina  del  Angélico  Doctor.  (Cfr.  S.  Thm.,  Summa,  I  p.,  q.  93,  art.  6,  y  I-IL,  q.  174,  art.  1). 
Una  explicación  muy  docta  de  esta  materia  puede  verse  también  en  el  P.  Antonio  del  Espíritu 
Santo,  Directorium  mysticum,  trac.  III,  dip.  V. 

2  Probablemente  la  visión  acaeció  el  25  de  Enero  de  1558.  En  el  capítulo  V  de  la  Unión 
del  alma  con  Ctísto,  dice  Gracián  que  «muchos  años  tuvo  la  Santa  Madre  Teresa  de  Jesús  una 
destas  visiones  imaginarias,  trayendo  continuamente  presente  una  figura  de  Cristo  muy  hermoso 
resucitado,  con  corona  de  espinas  y  llagas,  de  que  hizo  pintar  una  imagen  que  rae  dio  a  mí  y 
yo  se  la  di  al  Duque  de  Alba,  Don  Fernando  de  Toledo». 


CAPITULO    XXVIII  219 

d  confesor  se  me  antojaba.  Y  también  después  de  pasada  me 
acaecía,  esto  era  luego,  luego,  pensar  yo  también  esto  que  se  me 
había  antojado,  y  fatigábame  de  haberlo  dicho  al  confesor,  pensan- 
do si  le  había  engañado.  Este  era  otro  llanto,  y  iba!  a  él  y  decía- 
selo.  Preguntábame  que  si  me  parecía  a  mí  ansí  u  si  había  querido 
engañar.  Yo  le  decía  la  verdad,  porque  a  mi  parecer  no  mentía, 
ni  tal  había  pretendido,  ni  por  cosa  del  mundo  dijera  una  cosa 
por  otra.  Esto  bien  lo  sabía  él,  y  ansí  procuraba  sosegarme,  y 
yo  sentía  tanto  en  irle  con  estas  cosas,  que  no  sé  cómo  el  demonio 
me  ponía  lo  había  de  fingir  para  atormentarme  a  mí  mesma.  Mas 
el  Señor  se  dio  tanta  priesa  a  hacerme  esta  merced  y  declarar 
esta  verdad,  que  bien  presto  se  me  quitó  la  duda  de  si  e  ra  antojo, 
y  después  veo  muy  claro  mi  bobería;  porque  si  estuviera  muchos 
años  imaginando  cómo  figurar  cosa  tan  hermosa,  no  pudiera  ni 
supiera,  porque  ecede  a  todo  lo  que  acá  se  puede  imaginar,  aún 
sola  la  blancura  y  resplandor. 

No  es  resplandor  que  dislumbre,  sino  una  blancura  suave, 
y  el  resplandor  infuso,  que  da  deleite  grandísimo  a  la  vista 
y  no  la  cansa,  ni  la  claridad  que  se  ve  para  ver  esta  hermosura 
tan  divina.  Es  una  luz  tan  diferente  de  la  de  acá,  que  parece  una 
cosa  tan  dislustrada  la  claridad  del  sol  que  vemos,  en  compa- 
ración de  aquella  claridad  y  luz  que  se  representa  a  la  vista, 
que  no  se  querrían  abrir  los  ojos  después.  Es  como  ver  un  agua 
muy  clara,  que  corre  sobre  cristal  y  reverbera  en  ello  el  sol,  a 
una  muy  turbia  y  con  gran  nublado  y  corre  por  encima  de  la 
tierra.  No  porque  se  representa  sol,  ni  la  luz  es  como  la  del 
sol;  parece,  en  fin,  luz  natural,  y  estotra  cosa  artificial  Es  luz 
que  no  tiene  noche,  sino  que,  como  siempre  es  luz,  no  la  turba 
nada.  En  fin,  es  de  suerte  que,  por  gran  entendimiento  que 
una  persona  tuviese,  en  todos  los  días  de  su  vida  podría  imaginar 
cómo  es.  Y  pónela  Dios  delante  tan  presto,  que  aun  no  hubiera 
lugar  para  abrir  los  ojos  si  fuera  menester  abrirlos;  mas  no  hace 
más  estar  abiertos  que  cerrados,  cuando  el  Señor  quiere,  que 
aunque  no  queramos  se  ve.  No  hay  divertimiento  que  baste,  ni 
hay  poder  resistir,  ni  basta  diligencia  ni  cuidado  para  ello.  Esto 
tengo  yo  bien  expirimentado,  como  diré. 


220  VlDñ    DE    SñNTH    TERESA    DE    JESÚS 

Lo  qu€  yo  ahora  querría  decir,  es  el  modo  cómo  el  Señor 
se  muestra  por  estas  visiones;  no  digo  que  declararé  de  qué 
manera  puede  ser  poner  esta  luz  tan  fuerte  en  el  sentido  inte- 
rior, y  en  el  entendimiento  imagen  tan  clara,  que  parece  verdade- 
ramente está  allí,  porque  esto  es  de  letrados.  No  ha  querido  el 
Señor  darme  a  entender  el  cómo;  g  soy  tan  inorante  y  de  tan 
rudo  entendimiento,  que,  aunque  mucho  me  lo  han  querido  decla- 
rar, no  he  aun  acabado  de  entender  el  cómo.  Y  esto  es  cierto, 
que  aunque  a  vuestra  merced  le  parezca  que  tengo  vivo  enten- 
dimiento, que  no  le  tengo,  porque  en  muchas  cosas  lo  he  expi- 
rimentado,  que  no  comprende  más  de  lo  que  le  dan  a  comer, 
como  dicen.  Algunas  veces  se  espantaba  el  que  me  confesaba  de 
mis  inorancias,  y  jamás  me  di  a  entender,  ni  aun  lo  deseaba, 
cómo  hizo  Dios  esto  u  pudo  ser  esto,  ni  lo  preguntaba,  aunque, 
como  he  dicho,  de  muchos  años  acá  trataba  con  buenos  letrados. 
Si  era  una  cosa  pecado  u  no,  esto  sí;  en  lo  demás  no  era  me- 
nester más  para  mí  de  pensar  hízolo  Dios  todo,  y  vía  que  no 
había  de  qué  me  espantar,  sino  por  qué  le  alabar,  y  antes  me 
hacen  devoción  las  cosas  dificultosas,  y  mientra  más  más. 

Diré,  pues,  lo  que  he  visto  por  expiriencia.  El  cómo  el  Señor 
lo  hace,  vuestra  merced  lo  dirá  mijor  y  declarará  todo  lo  que  fuere 
escuro  y  yo  no  supiere  decir.  Bien  me  parecía  en  algunas  cosas 
que  era  imagen  lo  que  vía,  mas  por  otras  muchas  no,  sino  que  era 
«1  mesmo  Cristo,  conforme  a  la  claridad  con  que  era  servido  mos- 
trárseme. Unas  veces  era  tan  en  confuso,  que  me  parecía  imagen, 
no  como  los  debujos  de  acá,  por  muy  perfetos  que  sean,  que  hartos 
he  visto  buenos  (1).  Es  disbarate  pensar  que  tiene  semejanza  lo 
uno  con  lo  otro  en  ninguna  manera,  no  más  ni  menos  que  la  tiene 
una  persona  viva  a  su  retrato,  que  por  bien  que  esté  sacado,  no 
puede  ser  tan  al  natural,  que,  en  fin,  se  ve  es  cosa  muerta.  Más 
dejemos  esto,  que  aquí  viene  bien  y  muy  al  pie  de  la  letra. 

No  digo  que  es  comparación,  que  nunca  son  tan  cabales,  sino 
verdad,  que  hay  la  diferencia  que  de  lo  vivo  a  lo  pintado,  no  más 


1      Bordaba  la  Santa  y  hacía  otras  labores  de  mano  muy  primorosamente,  como  puede  verse 
por  los  trabajos  que  de  ella  se  veneran  en  las  Carmelitas  de  Medina  del  Campo  y  otros  lugares- 


CAPITULO  xxvm  221 

ni  menos.  Porque  si  es  imagen,  es  imagen  viva;  no  hombre  muer- 
to, sino  Cristo  vivo.  Y  da,  a  entender  que  es  hombre  y  Dios;  no 
como  estaba  en  el  sepulcro,  sino  como  salió  de  él  después  de  re- 
sucitado. Y  viene  a  veces  con  tan  grande  majestad,  que  no  hay 
quien  pueda  dudar  si  no  que  es  el  raesmo  Señor,  en  especial  en 
acabando  de  comulgar,  que  ya  sabemos  que  está  allí,  que  nos  lo 
dice  la  fe.  Represéntase  tan  señor  de  aquella  posada,  que  parece, 
toda  deshecha  el  alma,  se  ve  consumir  en  Cristo.  ¡Oh  Jesús  mío, 
quién  pudiese  dar  a  entender  la  majestad  con  que  os  mostráis! 
Y  cuan  Señor  de  todo  el  mundo  y  de  los  cielos,  y  de  otros  mil 
mundos,  y  sin  cuento  mundos  y  cielos  que  Vos  criárades,  entiende 
el  alma,  sigún  con  la  majestad  que  os  representáis,  que  no  es 
nada  para  ser  Vos  Señor  de  ello. 

ñquí  se  ve  claro,  Jesús  mío,  el  poco  poder  de  todos  los  de- 
monios en  comparación  del  vuestro,  y  cómo,  quien  os  tuviere  con- 
tento, puede  repisar  el  infierno  todo.  Aquí  ve  la  razón  que  tuvie- 
ron los  demonios  de  temer  cuando  bajastes  a  el  imbo,  y  tuvieran 
de  desear  otros  mil  ifiernos  más  bajos  para  huir  de  tan  gran 
majestad,  y  veo  que  queréis  dar  a  entender  a  el  alma  cuan  gran- 
de es  y  el  poder  que  tiene  esta  sacratísima  Humanidad  junto 
con  la  Divinidad.  Aquí  se  representa  bien  qué  será  el  día  de  el 
juicio  ver  esta  majestad  de  este  Rey,  y  verle  con  rigor  para  los 
malos;  aquí  es  la  verdadera  humildad  que  deja  en  el  alma  de 
ver  su  miseria,  que  no  la  puede  inorar;  aquí  la  confusión  y  ver- 
dadero arrepentimiento  de  los  pecados,  que,  aun  con  verle  que 
muestra  amor,  no  sabe  adonde  se  meter,  y  ansí  se  deshace  toda. 
Digo  que  tiene  tan  grandísima  fuerza  esta  visión,  cuando  el  Señor 
quiere  mostrar  a  el  alma  mucha  parte  de  su  grandeza  y  majes- 
tad, que  tengo  por  imposible,  si  muy  sobrenatural  no  la  quisiese 
el  Señor  ayudar,  con  quedar  puesta  en  arrobamiento  y  éxtasi, 
que  pierde  el  ver  la  visión  de  aquella  divina  presencia  con  gozar; 
sería,  como  digo,  imposible  sufrirla  ningún  sujeto.  Es  verdad 
que  se  olvida  después.  Tan  imprimida  queda  aquella  majestad  y 
hermosura,  que  no  hay  poderlo  olvidar,  si  no  es  cuando  quiere 
el  Señor  que  padezca  el  alma  una  sequedad  y  soledad  grande 
que  diré  adelante;   que  aun  entonces  de  Dios  parece  se  olvida. 


222  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

Queda  el  alma  otra,  siempre  embebida;  parécele  comienza  de 
nuevo  amor  vivo  de  Dios  en  mug  alto  grado,  a  mi  parecer;  que, 
aunque  la  visión  pasada,  que  dije  que  representa  a  Dios  sin  ima- 
gen, es  más  subida,  que  para  durar  la  memoria  conforme  a  nuestra 
flaqueza,  para  traer  bien  ocupado  el  pensamiento,  es  gran  cosa 
el  quedar  representado  y  puesta  en  la  imaginación  tan  divina 
presencia.  Y  casi  vienen  juntas  estas  dos  maneras  de  visión  siem- 
pre; y  aun  es  ansí  que  lo  vienen,  porque  con  los  ojos  del  alma 
vese  la  ecelencia  y  hermosura  y  gloria  de  la  santísima  Humani- 
dad. Y  por  estotra  manera  que  queda  dicha,  se  nos  da  a  entender 
cómo  es  Dios,  y  poderoso,  y  que  todo  lo  puede,  y  todo  lo  manda, 
y  todo  lo  gobierna  y  todo  lo  hinche  su  amor. 

Es  muy  mucho  de  estimar  esta  visión,  y  sin  peligro,  a  mi 
parecer,  porque  en  los  efetos  se  conoce  no  tiene  fuerza  aquí  el 
demonio.  Paréceme  que  tres  u  cuatro  veces  me  ha  querido  repre- 
sentar de  esta  suerte  a  el  mesmo  Señor,  en  representación  falsa. 
Toma  la  forma  de  carne;  mas  no  puede  contrahacerla  con  la 
gloria  que  cuando  es  de  Dios.  Hace  representaciones  para  des- 
hacer la  verdadera  visión  que  ha  visto  el  alma;  mas  ansí  la  re- 
siste de  isí  y  se  alborota,  y  se  desabre  y  inquieta,  que  pierde  la 
devoción  y  gusto  que  antes  tenía  y  queda  sin  ninguna  oración.  A 
los  principios  fué  esto,  como  he  dicho,  tres  u  cuatro  veces.  Es 
cosa  tan  diferentísima  que,  aun  quien  hubiere  tenido  sola  ora- 
ción de  quietud,  creo  lo  entenderá  por  los  efetos  que  quedan  di- 
chos en  las  hablas.  Es  cosa  muy  conocida,  y  si  no  se  quiere  dejar 
engañar  un  alma,  no  me  parece  la  engañará  si  anda  con  humil- 
dad y  simplicidad.  A  quien  hubiere  tenido  verdadera  visión  de 
Dios,  desde  luego  casi  se  siente;  porque,  aunque  comienza  con 
regalo  y  gusto,  el  alma  lo  lanza  de  sí.  Y  aun,  a  mi  parecer, 
debe  ser  diferente  el  gusto,  y  no  muestra  apariencia  de  amor 
puro  y  casto,  muy  en  breve  da  a  entender  quién  es.  Ansí  que, 
adonde  hay  expiriencia,  a  mi  parecer,  no  podrá  el  demonio 
hacer  daño. 

Pues  ser  imaginación  esto,  es  imposible  de  toda  imposibili- 
dad; ningún  camino  lleva,  porque  sola  la  hermosura  y  blancura 
de  una  mano  es  sobre  toda  nuestra  imaginación.  Pues  sin  acor- 


CAPITULO    XXVIll  223 

darnos  de  ello,  ni  haberlo  jamás  pensado,  ver  en  un  punto  pre- 
sentes cosas  que  en  gran  tiempo  no  pudieran  concertarse  con  la 
imaginación,  porque  va  muy  más  alto,  como  ya  he  dicho,  de  lo 
que  acá  podemos  comprehender,  ansí  que  esto  es  imposible.  Y  si 
pudiésemos  algo  en  esto,  aun  se  ve  claro  por  estotro  que  ahora 
diré.  Porque  si  fuese  representado  con  el  entendimiento,  dejado 
que  no  haría  las  grandes  operaciones  que  esto  hace,  ni  ninguna, 
porque  sería  como  uno  que  quisiese  hacer  que  dormía  y  estáse 
despierto  porque  no  le  ha  venido  el  sueno.  El,  como  si  tiene  ne- 
cesidad u  flaqueza  en  la  cabeza  lo  desea,  adormécese  el  en  sí 
y  hace  sus  diligencias,  y  a  las  veces  parece  hace  algo;  mas  si  no 
es  sueño  de  veras,  no  le  sustentará  ni  dará  fuerza  a  la  cabeza, 
antes  a  las  veces  queda  más  desvanecida.  Ansí  sería  en  parte 
acá,  quedar  el  alma  desvanecida,  mas  no  sustentada  y  fuerte,  antes 
cansada  y  desgustada.  Acá  no  se  puede  encarecer  la  riqueza  que 
queda;  aun  al  cuerpo  da  salud,  y  queda  conortado. 

Esta  razón,  con  otras,  daba  yo  cuando  me  decían  que  era 
demonio,  y  que  se  me  antojaba,  que  fué  muchas  veces,  y  ponía 
comparaciones  como  yo  podía  y  el  Señor  me  daba  a  entender. 
Mas  todo  aprovechaba  poco,  porque  como  había  personas  muy 
santas  en  este  lugar,  y  yo  en  su  comparación  una  perdición,  y 
no  los  llevaba  Dios  por  este  camino,  luego  era  el  temor  en  ellos; 
que  mis  pecados  parece  lo  hacían,  que  de  uno  en  otro  se  rodeaba, 
de  manera  que  lo  venían  a  saber  sin  decirlo  yo  sino  a  mi  con- 
fesor u  a  quien  él  me  mandaba. 

Yo  les  dije  una  vez,  que  si  los  que  me  decían  esto  me  dijeran 
que  a  una  persona  que  hubiese  acabado  de  hablar  y  la  conociese 
mucho,  que  no  era  ella,  sino  que  se  me  antojaba,  que  ellos  lo 
sabían,  que  sin  duda  yo  lo  creyera  más  que  lo  que  había  visto. 
Mas  si  esta  persona  me  dejara  algunas  joyas,  y  se  me  quedaban 
en  las  'manos  por  (prendas  de  mucho  amor,  y  que  antes  no  tenía  ¡nin- 
guna, y  me  vía  rica  siendo  pobre,  que  no  podría  creerlo,  aun- 
que yo  quisiese;  y  que  estas  joyas  se  las  podría  mostrar,  por- 
que todos  los  que  me  conocían  vían  claro  estar  otra  mi  alma, 
y  ansí  lo  decía  mi  confesor;  porque  era  muy  grande  la  dife- 
rencia en  todas  las  cosas,  y  no  disimulada,  sino  muy  con  cía- 


224  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

ridad  lo  podían  todos  ver.  Porque  como  antes  era  tan  ruin,  decía 
yo  que  no  podía  creer  que  si  el  demonio  hacía  esto  para  enga- 
ñarme g  llevarme  a  el  infierno,  tomase  medio  tan  contrario  como 
era  quitarme  los  vicios,  y  poner  virtudes  y  fortaleza;  porque  vía 
claro  con  estas  cosas  quedar  len  una  vez,  otra. 

Mi  confesor,  como  digo,  que  era  un  Padre  bien  santo  de  la 
Compañía  de  Jesús,  respondía  esto  mesmo,  sigún  yo  supe  (1). 
Era  muy  discreto  y  de  gran  humildad,  y  esta  humildad  tan  gran- 
de me  acarreó  a  mí  hartos  trabajos;  porque,  con  ser  de  mucha 
oración  y  letrado,  no  se  fiaba  de  sí,  como  el  Señor  no  le  lleva- 
ba por  este  camino.  Pasólos  harto  grandes  conmigo  de  muchas 
maneras.  Supe  que  le  decían  que  se  guardase  de  mí,  no  le  en- 
gañase el  demonio  con  creerme  algo  de  lo  que  le  decía;  traíanle 
enjemplos  de  otras  personas.  Todo  esto  me  fatigaba  a  mí.  Temía 
que  no  había  de  haber  con  quien  me  confesar,  sino  que  todos 
habían  de  huir  de  mí;  no  hacía  sino  llorar. 

Fué  providencia  de  Dios  querer  él  durar  y  oirme,  sino  que 
era  tan  gran  siervo  de  Dios,  que  a  todo  se  pusiera  por  El;  y  ansí 


1  Habla  aquí  la  Santa  del  P.  Baltasar  Alvaiez.  Como  era  tan  mozo  cuando  comenzó  a 
confesarla  (sólo  tenía  veinticinco  años),  no  es  extraño  temiese  y  desconfiase  de  su  propio  consejo, 
H  consultase  a  otros  de  más  experiencia;  aunque  éstos,  según  se  colige  de  la  Santa,  lejos  de 
mejorar  el  parecer  del  Padre  y  asegurarlo,  lo  ponían  en  mayores  aprietos,  aconsejándole  se  guat" 
dase  mucho  de  aquella  monja.  Por  esta  época  padecía  el  P.  Alvarez  de  encogimiento  o  pusi- 
lanimidad de  espíritu,  y  tenía  también  que  contar  con  su  Rector,  el  P.  Dionisio  Vázquez,  que 
según  los  Bolandos  (Ecta  S.  Teresiae,  núm.  309),  era  de  carácter  rígido  y  duro  con  los  subditos. 
Con  esto  se  comprenderán  fácilmente  las  vacilaciones  del  joven  confesor  en  la  dirección  de  un 
alma  favorecida  por  Dios  con  extraordinarias  mercedes.  El  mismo  P.  Alvarez  lamenta  esta  con- 
dición suya  por  estas  palabras  que  se  leen  en  el  capítulo  XIII  de  la  vida  que  de  él  escribió  el 
P.  La  Puente:  «Tenía  entonces  un  corazón  muy  pequeño,  con  gran  dolor  de  que  no  tenía  las 
partes  que  otros  para  ser  amado  y  estimado  de  elloi,  despedazándome  por  unas  cosas  y  por 
otras...  Por  la  estrechura  de  mi  corazón,  dábanme  pena  las  faltas  de  los  otros  que  estaban  a  mi 
cargo  y  pensaba  era  buen  gobierno  traerlos  podridos». 

Además,  los  Padres  de  la  Compañía  no  aprobaban  por  entonces  incondicionalmente  u  sin 
cautelas  el  espíritu  de  las  Carmelitas  Descalzas,  y  llegaron  a  considerar  su  conversación  menos 
conveniente.  Precisamente  el  mismo  P.  Alvarez  hubo  de  sufrir  no  poco  años  adelante  porque 
en  su  oración  daba  demasiada  importancia  a  la  parte  afectiva,  que  parece  no  se  ajustaba  bien  al 
modo  de  meditar  enseñado  en  los  Ejercicios  de  San  Ignacio,  y  por  su  trato  y  correspondencin 
escrita  con  estas  religiosas,  y  hasta  se  le  aconsejó  por  los  Superiores  lo  moderase.  Entre  los 
avisos  que  el  P.  Avellaneda  dio  en  1577  como  visitador  del  Colegio  de  Villagarcía,  del  que  era 
el  R.  P.  Alvarez  superior  y  maestro  de  novicios,  se  lee  éste:  «No  gastar  tiempo  con  mujeres, 
especialmente  monjas  carmelitas,  en  visitas  y  por  cartas,  sed  suaviier  et  effícaciter  irse  soltando 
de  ellas».  El  general  de  la  Compañía,  P.  Mercurian,  aprobó  lo  hecho  por  el  Visitador  con  el 
P.  Alvarez,  y  en  20  de  Febrero  de  1578  escribía  al  P.  Avellaneda:  «Del  oficio  que  ha  hecho 
con  el  Rector  de  ahí  y  buenos  advertimientos  que  le  dio,  me  he  mucho  consolado,  y  en  una 
que  he  escrito  al  dicho  Rector,  encomendándole  la  visita  de  Aragón,  le  he  confirmado  el 
parecer  de  V.  R.»  (Cfr.  Historia  de  la  Compañía  de  Jesús  en  la  asistencia  de  España,  por  el 
P.  Antonio  Astrain,  t.  III,  c.  VIII). 


CAPITULO  xxvm  225 

m€  d€cía  qu€  no  ofendiese  yo  a  Dios,  ni  saliese  de  lo  que  él  me 
decía,  que  no  hubiese  miedo  me  faltase;  siempre  me  animaba  y 
sosegaba.  Mandábame  siempre  que  no  le  callase  ninguna  cosa; 
yo  ansí  lo  hacía.  El  me  decía  que  haciendo  yo  esto,  que  aunque 
fuese  demonio,  no  me  haría  daño,  antes  sacaría  el  Señor  bien 
de  d  ma|l  que  él  quería  hacer  a  mi  alma;  procuraba  pcrficio- 
narla  en  todo  lo  que  él  podía.  Yo,  como  traía  tanto  miedo,  obede- 
cíale en  todo,  aunque  imperfetamente,  que  harto  pasó  conmigo 
tres  años  (1)  y  más  que  me  confesó,  con  estos  trabajos;  por- 
que en  grandes  persecuciones  que  tuve  y  cosas  hartas  que  primi- 
tía  el  Señor  me  juzgasen  mal,  y  muchas  estando  sin  culpa,  con 
todb  venían  a  él  y  era  culpado  por  mí,  estando  él  sin  ninguna 
culpa. 

Fuera  imposible,  si  no  tuviera  tanta  santidad,  y  el  Señor 
que  le  animaba,  poder  sufrir  tanto,  porque  había  de  responder 
a  los  que  les  parecía  iba  perdida  y  no  le  creían;  y  por  otra  parte 
habíame  de  sosegar  a  mí  y  de  curar  el  miedo  que  yo  traía,  pu- 
niéndomele mayor.  Me  había  por  otra  parte  de  asigurar;  por- 
que a  cada  visión,  siendo  cosa  nueva,  primitía  Dios  me  quedasen 
después  grandes  temores.  Todo  me  procedía  de  ser  tan  pecadora 
yo  y  haberlo  sido.  El  me  consolaba  con  mucha  piadad,  y  si  él 
se  creyera  a  sí  mesmo,  no  padeciera  yo  tanto;  que  Dios  le  daba 
a  entender  la  verdad  en  todo,  porque  el  mesmo  Sacramento  le 
daba  luz,  a  lo  que  yo  creo. 

Los  siervos  de  Dios  que  no  se  asiguraban,  tratábanme  mu- 
cho. Yo,  como  hablaba  con  descuido  algunas  cosas,  que  ellos  to- 
maban por  diferente  intención,  (yo  quería  mucho  a  el  uno  de  ellos, 
porque  le  debía  infinito  mi  alma  y  era  muy  santo);  yo  sentía 
infinito  de  que  vía  no  me  entendía,  y  él  deseaba  en  gran  ma- 
nera mi  aprovechamiento  y  que  el  Señor  me  diese  luz;  y  ansí 
lo  que  yo  decía,  como  digo,  sin  mirar  en  ello,  parecíales  poca 
humildad.  En  viéndome  alguna  falta,  que  verían  muchas,  luego 
era  todo  condenado.  Preguntábanme  algunas  cosas;  yo  respondía 


1  La  confesó  por  espacio  de  seis  años  el  P.  Alvarez,  de  quien  habla  aquí  la  Santa,  aun- 
que  los  tres  o  cuatro  primeros,  es  decir  de  1558  a  1562,  fueron  los  más  penosos  ij  difíciles  por  el 
grande  número  de  gracias  extraordinarias  con  que  durante  este  tiempo  fué  favorecida  del  cielo. 


!226  VIDA    DE    SANTA    TeRESÜ    DE    JESÜS 

con  llaneza  y  descuido;  luego  les  parecía  les  quería  enseñar,  y 
que  me  tenía  por  sabia.  Todo  iba  a  mi  confesor,  porque,  cierto, 
ellos  deseaban  mi  provecho;  él  a  reñirme. 

Duró  esto  harto  tiempo,  afligida  por  muchas  partes,  y  con 
las  mercedes  que  me  hacía  el  Señor,  todo  lo  pasaba.  Digo  esto, 
para  que  se  entienda  el  gran  trabajo  que  es  no  haber  quien  tenga 
expiriencia  en  este  caminó  espiritual,  que  a  no  me  favorecer  tanto 
el  Señor,  no  sé  qué  fuera  de  mí.  Bastantes  cosas  había  para  qui- 
tarme el  juicio,  y  algunas  veces  me  vía  en  términos,  que  no  sabía 
qué  hacer  sino  alzar  los  ojos  a  el  Señor;  porque  contradición  de 
buenos  a  una  mujercilla  ruin  y  flaca  como  yo  y  temerosa,  no 
parece  nada  ansí  dicho,  y  con  haber  yo  pasado  en  la  vida  grandí- 
simos trabajos,  es  éste  de  los  mayores.  Plega  el  Señor  que  yo 
haya  servido  a  Su  Majestad  algo  en  esto,  que  de  que  le  servían 
los  que  me  condenaban  y  argüían  bien  cierta  estoy  y  que  era 
todo  para  gran  bien  mío. 


CAPITULO     XXIX 

PROSIGUE  EN  LO  COMENZADO  Y  DICE  ALGUNAS  MERCEDES  GRANDES 
QUE  LA  HIZO  EL  SEÑOR  Y  LAS  COSAS  QUE  SU  MAJESTAD  LA  DECÍA 
PARA  ASIGüRARLA  Y  PARA  QUE  RESPONDIESE  A  LOS  QUE  LA  CON- 
TRADECÍAN. 


Mucho  he  salido  del  propósito,  porque  trataba  de  decir  las 
causas  que  hag  para  ver  que  no  es  imaginación;  porque  ¿cómo 
podríamos  representar  con  estudio  la  Humanidad  de  Cristo,  y 
ordenando  con  la  imaginación  su  gran  hermosura?  Y  no  era 
menester  poco  tiempo  si  en  algo  se  hjabía  de  parecer  a  ella.  Bien 
la  puede  representar  delante  de  su  imaginación  y  estarla  mirando 
algún  espacio,  y  las  figuras  que  tiene,  y  la  blancura,  y  poco  a 
poco  irla  más  perficionando  y  encomendando  a  la  memoria  aque- 
lla imagen.  Esto,  ¿quién  se  lo  quita?  pues  con  el  entendimiento 
la  pudo  fabricar.  En  lo  que  tratamos  ningún  remedio  hay  de 
esto,  sino  que  la  hemos  de  mirar  cuando  el  Señor  lo  quiere  re- 
presentar, y  como  quiere,  y  lo  que  quiere.  Y  no  hay  quitar  ni 
poner,  ni  modo  para  ello,  aunque  más  hagamos,  ni  pa  verlo 
cuando  queremos,  ni  para  dejarlo  de  ver:  en  quiriendo  mirar 
alguna  cosa  particular,  luego  se  pierde  Cristo. 

Dos  años  y  medio  me  duró,  que  muy  ordinario  me  hacía 
Dios  esta  merced.  Habrá  más  de  tres  que  tan  contino  me  la  quitó 
de  este  modo,  con  otra  cosa  más  subida,  como  quizá  diré  después, 
y  con  ver  que  me  estaba  hablando  y  yo  mirando  aquella  gran  her- 
mosura,   y    la   suavidad   con   que   habla    aquellas   palabras    por 


228  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÜS 

aquella  hermosísima  y  divina  boca,  y  otras  veces  con  rigor,  y  de- 
sear yo  en  extremo  entender  el  color  de  sus  ojos,  u  de  el  tamaño 
qu€  era  (1),  para  que  lo  supiese  decir,  jamás  lo  he  merecido 
ver,  ni  me  basta  procurarlo,  antes  se  me  pierde  la  visión  de  el 
todo.  Bien  que  algunas  veces  veo  mirarme  con  piadad;  mas  tiene 
tanta  fuerza  esta  vista,  que  el  alma  no  la  puede  sufrir,  y  queda 
en  tan  subido  arrobamiento,  que  para  más  gozarlo  todo  pierde 
esta  hermosa  vista.  Ansí  que  aquí  no  hay  que  querer  y  no  que- 
rer. Claro  se  ve  quiere  el  Señor  que  no  haya  sino  humildad  y 
confusión,  y  tomar  lo  que  nos  dieren,  y  alabar  a  quien  lo  da. 

Esto  &s  en  todas  las  visiones,  sin  quedar  ninguna,  que  nin- 
guna cosa  se  puede,  ni  para  ver  menos  ni  más,  hace  ni  deshace 
nuestra  diligencia.  Quiere  el  Señor  que  veamos  muy  claro  no 
es  esta  obra  nuestra,  sino  de  Su  Majestad;  porque  muy  menos 
podemos  tener  soberbia,  antes  nos  hace  estar  humildes  y  teme- 
rosos, viendo  que  como  el  Señor  nos  quita  el  poder  para  ver 
lo  que  queremos,  nos  puede  quitar  estas  mercedes  y  la  gracia, 
y  quedar  perdidos  de  el  todo,  y  que  siempre  andemos  con  miedo 
mientra  en  este  destierro  vivimos. 

Casi  siempre  se  me  representaba  el  Señor  ansí  resucitado, 
y  en  la  Hostia  lo  mesmo,  si  no  eran  algunas  veces  para  esfor- 
zarme, si  estaba  en  tribulación,  que  me  mostraba  las  llagas,  al- 
gunas veces  en  la  cruz,  y  en  el  huerto;  y  con  la  corona  de  espi- 
nas, pocas;  y  llevando  la  cruz  también  algunas  veces,  para, 
como  digo,  necesidades  mías  y  de  otras  personas,  mas  siempre 
la  carne  glorificada.  Hartas  afrentas  y  trabajos  he  pasado  en 
decirlo  y  hartos  temores  y  hartas  persecuciones.  Tan  cierto  les 
parecía  que  tenía  demonio,  que  me  querían  conjurar  algunas  per- 
sonas. De  esto  poco  se  me  daba  a  mí;  mas  sentía  cuando  vía 
yo  que  temían  los  confesores  de  confesarme,  u  cuando  sabía 
les  decían  algo.  Con  todo,  jamás  me  podía  pesar  de  haber  visto 
estas  visiones  celestiales,  y  por  todos  los  bienes  y  deleites  de  el 
mundo  sola  una  vez  no  lo  trocara.  Siempre  lo  tenía  por  gran 


1  Aunque  las  ediciones,  desde  la  príncipe,  han  puesto  el  verbo  en  plural,  refiriéndolo  a 
los  ojos,  algunos,  como  las  Carmelitas  de  París,  (Oeuvres  Completes,  t.  I,  p.  369),  lo  refieren 
a  la  estatura  de  nuestro  Señor. 


CAPITULO    XXIX  229 

merced  de  el  Señor  y  me  parece  un  grandísimo  tesoro,  y  el  mesmo 
Señor  me  asiguraba  muchas  veces.  Yo  me  vía  crecer  en  amarle  muy 
mucho;  íbame  a  quejar  a  El  de  todos  estos  trabajos;  siempre 
salía  consolada  de  la  oración  y  con  nuevas  fuerzas.  A  ellos  no 
los  osaba  yo  contradecir,  porque  vía  era  todo  peor,  que  les  pa- 
recía poca  humildad.  Con  mi  confesor  trataba;  él  siempre  me 
consolaba  mucho  cuando  me  vía  fatigada. 

Como  las  visiones  fueron  creciendo,  uno  de  ellos,  que  an- 
tes me  ayudaba,  que  era  con  quien  me  confesaba  algunas  veces 
que  no  podía  el  ministro,  comenzó  a  decir  que  claro  era  demo- 
nio. Mándanme  que,  ya  que  no  había  remedio  de  resistir,  que 
siempre  me  santiguase  cuando  alguna  visión  viese,  y  diese  higas, 
porque  tuviese  por  cierto  era  demonio,  y  con  esto  no  vernía; 
y  que  no  hubiese  miedo,  que  Dios  me  guardaría  y  me  lo  quita- 
ría (1).  A  mí  me  era  esto  gran  pena;  porque  como  yo  no  po- 
día creer  sino  que  era  Dios,  era  cosa  terrible  para  mí;  y  tam- 
poco podía,  como  he  dicho,  desear  se  me  quitase;   mas,  en  fin, 


1  Sobre  el  significado  de  la  palabra  higas  véase  la  nota  de  la  página  201.  Extraño  sobrema- 
nera parece  que  un  pasaje  sobre  el  que  se  han  escrito  tan  opuestos  y  apasionados  pareceres,  no 
se  hajja  leído  bien,  fuera  de  la  de  Fray  Luis  de  León  y  alguna  otra  de  las  primeras,  en  ninguna 
de  las  ediciones  publicadas  hasta  el  presente,  ni  en  las  reproducciones  que  de  él  se  han  hecho 
con  el  fin  de  comentarlo.  D.  Vicente,  como  era  de  temer,  sin  excluir  su  edición  fototipográfica,  lo 
trae  mal,  y  lo  mismo  D.  Miguel  Mir  (Santa  Teresa  t.  I,  pág.  380  y  382).  Los  Padres  de  la  Com- 
pañía (véase  v.  gr.  los  Bolandos,  Reta  5.  Teresiae,  p.  56),  no  han  restituido  el  texto  a  su  propia 
lectura,  como  parecía  natural,  cuando  trataban  de  disculpar  o  atenuar  la  falta  del  hermano  en  re- 
ligión que  sospechaban  había  cometido  el  desafuero  de  las  higas.  Como  se  ve  por  el  texto,  que 
publicamos  conforme  al  original,  la  Santa  habla  en  plural  dos  veces  nada  menos,  las  mismas  que 
los  editores  le  han  hecho  escribir  en  singular.  Si  bien  Santa  Teresa  no  está  muy  fuerte  en  con- 
cordancias sintáxicas,  poniendo  a  veces  el  verbo  en  plural  regido  de  un  solo  sujeto,  sin 
embargo,  la  atenta  lectura  de  este  período  claramente  manifiesta  que  fueron  varios  los  que  la 
aconsejaron  diese  higas  cuando  tuviese  alguna  visión.  Todos  aquellos  que,  según  nos  cuenta  la 
Santa  en  el  capítulo  XXV,  pág.  197,  temían  que  su  espíritu  fuera  demonio,  como  los  que  in- 
sistían con  el  P.  Alvarez  a  que  se  guardase  de  la  Madre  Teresa,  mencionados  en  el  capítulo 
precedente,  no  dudaron  en  mandarla  que  tratase  de  ahuyentar  por  medio  de  las  higas  tales  re- 
presentaciones. Entre  estos  contábanse  el  Maestro  Daza  y  Francisco  de  Salcedo.  El  P.  Gra- 
dan, al  apostillar  esta  palabra,  dice  que  fué  «Gonzalo  de  Hranda»,  clérigo  de  Avila,  de 
quien  más  adelante  haremos  mérito  por  lo  mucho  que  ayudó  a  la  Santa  en  la  fundación  de 
San  José  y  pleitos  que  por  ella  sostuvo  con  el  Ayuntamiento.  Además  de  estos,  hubo  Padres 
de  la  Compañía  que  opinaban  lo  mismo,  sin  que  nos  sea  dado  averiguar  sus  nombres,  aunque 
se  citan  los  del  P.  Hernando  Alvarez  del  Águila,  Araoz  y  P.  Ripalda.  Tengo  para  mí,  que  no 
sólo  los  mencionados  sino  muchos  otros  religiosos  y  sacerdotes  de  Avila  serían  de  este  parecer, 
ya  que  los  tiempos  que  corrían  eran  muy  recios  por  los  embustes  místicos  de  muchas 
ilusas,  que  la  Inquisición  se  había  visto  obligada  a  sofocar  con  mano  fuerte,  y  el  espíritu  de  la 
Santa  aun  no  había  llegado  al  grado  de  indiscutible  seguridad  que  más  tarde  alcanzo  con  la 
aprobación  de  San  Pedro  de  Alcántara  y  otros  siervos  de  Dios.  Por  otra  parte,  si  el  consejo  no 
es  ciertamente  digno  de  elogio,  tampoco  vemos  que  sea  tan  disparatado  e  inespetuoso  como 
algunos  autores  aparentan,  con  escándalo  algo  farisaico.   Dura  había  de  ser  para  la  Santa  tal 


230  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÜS 

hacía  cuanto  me  mandaban.  Suplicaba  mucho  a  Dios  que  me  libra- 
se áe  ser  engañada;  esto  siempre  lo  hacía,  y  con  hartas  lágrimas, 
aj  a  San  Pedrpí  y  a  San  Pablo,  que  me  dijo  él  Señor,  como  fué 
la  primera  vez  que  me  apareció  en  su  día  (1),  que  ellos  me 
guardarían  no  fuese  engañada;  y  ansí  muchas  veces  los  vía  al 
lado  izquierdo  muy  claramente,  aunque  no  con  visión  imaginaria. 
Eran  estos  gloriosos  Santos  muy  mis  señores. 

Dábame  este  dar  higas  grandísima  pena  cuando  vía  esta 
visión  del  Señor.  Porque  cuando  yo  le  vía  presente,  si  me  hi- 
cieran pedazos,  no  pudiera  yo  creer  que  era  demonio,  y  ansí 
era  un  género  de  penitencia  grande  para  mí;  y  por  no  andar 
tanto  santiguándome,  tomaba  una  cruz  en  la  mano.  Esto  hacía 
casi  siempre;  las  higas  no  tan  contino,  porque  sentía  mucho. 
Acordábame  de  las  injurias  que  le  habían  hecho  los  judíos,  y  su- 
plicábale me  perdonase;  pues  yo  lo  hacía  por  obedecer  a  el  que 
tenía  en  su  lugar,  y  que  no  me  culpase,  pues  eran  los  ministros 
que  El  tenía  puestos  en  su  Ilesia.  Decíame  que  no  se  me  diese 
nada,  que  bien  hacía  en  obedecer;  mas  que  él  haría  que  se 
entendiese  la  verdad.  Cuando  me  quitaban  la  oración,  me  pare- 
ció se  había  enojado.  Díjome  que  les  dijese  que  ya  aquello  era 
tiranía.  Dábame  causas  para  que  entendiese  que  no  era  demonio; 
alguna  diré  después. 

Una  vez,  tiniendo  yo  la  cruz  en  la  mano,  que  la  traía  en  un 
rosario,  me  la  tomó  con  la  suya,  y  cuando  me  la  tornó  a  dar, 
era  de  cuatro  piedras  grandes,  muy  más  preciosas  que  diamantes. 


obediencia,  porque  estaba  cierta  de  que  las  visiones  eran  de  Dios,  pero  no  podemos  juzgar 
por  esta  certeza  a  los  confesores  que  se  lo  mandaban,  cuando  a  juicio  de  ellos  podían  ser 
del  demonio  transfigurado  en  ángel  de  luz.  Véase  sobre  esto  la  docta  disertación  del  P.  Van 
der  Moere  en  /Icta  Sanctae  Teresiae,  págs.  57-62. 

Lamentamos  que  el  P.  Jerónimo  Gracián  no  nos  haya  dado  más  explicaciones  sobre  este 
incidente  memorable  en  la  vida  de  la  Santa.  Habiendo  sido  el  guardador  de  los  secretos  más 
íntimos  de  la  venerable  Fundadora  en  los  últimos  años  de  su  vida,  no  es  inverosímil  que 
revelase  al  P.  Gracián  lo  que  a  los  demás  discretamente  celó,  pues,  según  testimonio  del 
mismo  Padre,  algunas  veces  hablaron  de  ello.  Trata  de  esto  Gracián  en  sus  Scolios  y  Rdi" 
dones  a  la  Vida  de  Santa  Teresa  por  el  P.  Ribera.  (Véase  Santa  Teresa,  por  D.  Miguel  Mir, 
t.  I,  p.  381).  Las  Carmelitas  Descalzas  de  Medina  del  Campo  conservan  un  pequeño  pedazo 
de  asta  o  materia  córnea  y  forma  conoidal,  sujeto  en  su  base  por  un  aro  de  hojalata,  el 
cual  remata  en  una  anilla  de  lo  mismo.  Es  tradición  de  la  Comunidad,  aunque,  según  las 
mismas  religiosas,  no  muy  fundada,  que  con  él  daba  higas  en  las  visiones  a  Nuestro  Seflor 
cuando  los  confesores  se  lo  ordenaban. 

1      Véanse  los  capítulos  XXVII  y  XXVIII. 


CAPITULO    XXIX  231 

sin  comparación,  porque  no  la  hay  casi,  a  lo  que  se  ve,  sobrenatu- 
ral (diamante  parece  cosa  contrahecha  y  imperfeta),  de  las  piedras 
preciosas  que  se  ven  allá.  Tenía  las  cinco  llagas  de  muy  linda 
hechura  (1).  Di  jome  que  ansí  la  vería  de  aquí  adelante,  y  ansí 
me  acaecía  que  no  vía  la  madera  de  que  era,  sino  estas  piedras; 
mas  no  lo  vía  nadie  sino  yo.  En  comenzando  a  mandarme  hiciese 
estas  pruebas  y  resistiese,  era  muy  mayor  el  crecimiento  de  las 
mercedes.  En  quiriéndorae  divirtir,  nunca  salía  de  oración;  aun 
durmiendo  me  parecía  estaba  en  ella,  porque  aquí  era  crecer  el 
amor,  y  las  lástimas  que  yo  decíai  a  lel  Señor,  y  el  no  lo  poder  su- 
frir, ni  era  en  mi  mano,  aunque  yo  quería  y  más  lo  procuraba, 
de  dejar  de  pensar  en  El.  Con  todo  obedecía  cuando  podía,  mas 
podía  poco  u  nonada  en  esto,  y  el  Señor  nunca  me  lo  quitó; 
mas,  aunque  me  decía  lo  hiciese,  asigurábame  por  otro  cabo,  y 
enseñábame  lo  que  les  había  de  decir,  y  ansí  lo  hace  ahora,  y 
dábame  tan  bastantes  razones,  que  a  mí  me  hacía  toda  siguridad. 
Desde  a  poco  tiempo  comenzó  Su  Majestad,  como  me  lo 
tenía  prometido,  a  señalar  más  que  era  El,  creciendo  en  mí  un 
amor  tan  grande  de  Dios,  que  no  sabía  quién  me  le  ponía,  porque 
era  muy  sobrenatural,  ni  yo  le  procuraba.  Víame  morir  con  deseo 
de  ver  a  Dios,  y  no  sabía  adonde  había  de  buscar  esta  vida  si  no 
era  con  la  muerte.  Dábanme  unos  ímpetus  grandes  de  este  amor, 
que,    aunque   no  eran   tan   insufrideros   como   los   que   ya   otra 


1  Este  favor  extraordinario  conccdióselo  Dios  como  justo  premio  a  la  recia  y  difícil  obe- 
diencia que  le  impuso  el  confesor  en  dar  higas.  «Estando  un  día  en  esto,  dice  Ribera  (Vida 
de  Sía.  Teresa,  p.  I,  c.  XI),  g  ella  con  la  cruz  en  la  mano,  que  la  traía  en  el  rosario,  el  Señor, 
que  no  se  espantaba  nada  de  la  cruz,  se  la  tomó  y  se  la  tornó  después  a  dar,  pero  mug  de 
otra  manera  que  la  había  tomado;  porque  parecía  hecha  de  cuatro  piedras  grandes  g  mug  ricas, 
más  que  diamantes  sin  comparación,  g  en' una  de  ellas  estaban  las  cinco  llagas,  de  muy  gracio- 
sa hechura,  g  díjola  que  así  vería  la  cruz  de  allí  adelante».  Jerónimo  de  S.  José  en  su  Historia 
del  Carmen  descalzo,  1.  II,  c.  20,  añade:  «Esta  cruz  se  la  sacó  después  con  grandes^uegos  y 
buena  disimulación,  como  que  no  sabía  lo  que  había  en  ella,  su  hermana  D.a  Juana  de  Ahuma-' 
da  en  Alba...  Es  de  cuatro  cuentas  bien  largas  de  ébano,  de  color  pardo,  como  las  que  ordina- 
riamente se  ponen  en  los  extremos  de  unos  rosarios  grandes  que  se  usan».  De  D.a  Juana  pasó 
a  D.a  María  Enríquez  de  Toledo,  Duquesa  de  Alba.  Muerta  la  Duquesa,  reclamaron  judi- 
cialmente la  cruz  los  Carmelitas,  y  se  la  devolvió,  por  sentencia  recaída  en  24  de  Diciem- 
bre de  1612,  D.a  Francisca  de  Tapia,  antigua  camarera  de  la  Duquesa  difunta.  La  cruz 
quedó  en  los  Padres  Carmelitas  de  Valladolid.  De  estas  diligencias  judiciales  levantó  acta  el 
P.  Diego  de  San  José,  secretario  del  Definitorio  General  del  Carmen  Descalzo,  en  Madrid, 
día  22  de  Febrero  de  1619.  (Cfr.  Ms.  13.  245  de  la  Biblioteca  Nacional).  La  cruz  debió  de 
venerarse  en  nuestro  convento  de  Valladolid  hasta  fines  del  siglo  XVIII.  Más  tarde,  quizá  cuando 
la  Francesada,  esta  reliquia  pasó  a  manos  de  las  Carmelitas  Descalzas.  Restituida  de  nuevo  a 
los  Padres,  donde  se  creía  podría  estar  más  segura,  se  perdió  en  la  funesta  exclaustración 
del  año  35  y  siguientes  de  la  pasada  centuria. 


232  VIDñ    DE    SANTñ    TERESA    DE    JESÚS 

vez  he  dicho  (1),  ni  de  tanto  valor,  yo  no  sabía  qué  me  hacer; 
porque  nada  me  satisfacía,  ni  cabía  en  mí,  sino  que  verdade- 
ramente me  parecía  se  me  arrancaba  el  alma.  ¡Oh  artificio  sobe- 
rano de  el  Señor,  qué  industria  tan  delicada  hacíades  con  vues- 
tra esclava  miserable!  ñscondíadesos  de  mí,  g  apretábadesme  con 
vuestro  amor  con  una  muerte  tan  sabrosa,  que  nunca  el  alma 
querría  salir  de  ella. 

Quien  no  hubiere  pasado  estos  ímpetus  tan  grandes,  es  impo- 
sible poderlo  entender,  que  no  es  desasosiego  del  pecho,  ni  unas 
devociones  que  suelen  dar  muchas  veces,  que  parece  ahogan  el 
espíritu,  que  no  caben  en  sí.  Esta  es  oración  más  baja,  y  hanse 
de  evitar  estos  aceleramientos  con  procurar  con  suavidad  reco- 
gerlos dentro  en  sí  y  acallar  el  alma.  Que  es  esto  como  unos 
niños  que  tienen  un  acelerado  llorar,  que  parece  van  a  bogarse,  y, 
con  darlos  a  beber,  cesa  aquel  demasiado  sentimiento.  Ansí  acá, 
la  razón  ataje  a  encoger  la  rienda,  porque  podría  ser  ayudar  el 
mesmo  natural.  Vuelva  la  consideración  con  temer  no  es  todo  per- 
feto,  sino  que  puede  ser  mucha  parte  sensual,  y  acalle  este  niño 
con  un  regalo  de  amor  que  le  haga  mover  a  amar  por  vía  suave, 
y  no  a  puñadas,  como  dicen.  Que  recojan  este  amor  dentro,  y 
no  como  olla  que  cuece  demasiado,  porque  se  pone  la  leña  sin 
discreción,  y  se  vierte  toda;  sino  que  moderen  la  causa  que 
tomaron  para  ese  fuego,  y  procuren  amatar  la  llama  con  lágrimas 
suaves  y  no  penosas,  que  lo  son  las  de  estos  sentimientos,  y 
hacen  mucho  daño.  Yo  las  tuve  algunas  veces  a  los  principios, 
y  dejábanme  perdida  la  cabeza  y  cansado  el  espíritu  de  suerte, 
que  otro  día  y  más  no  estaba  para  tornar  a  la  oración.  Ansí  que 
es  menester  gran  discreción  a  los  principios  para  que  vaya  todo 
con  swavidad  y  se  muestre  el  espíritu  a  obrar  interiormente;  lo 
exterior  se  procure  mucho  evitar. 

Estotros  ímpetus  son  diferentísimos.  No  ponemos  nosotros 
la  leña,  sino  que  parece  que,  hecho  ya  el  fuego,  de  presto  nos 
echan  dentro  para  que  nos  quememos.  No  procura  el  alma  que 
duela  esta  llaga  de  la  ausencia  del  Señor,  sino  hincan  una  saeta 


1      Capítulo  XX. 


CAPITULO    XXIX  233 

íen  lo  más  vivo  de  las  entrañas  g  corazón'  a  las  veces,  que  no  sabe 
el  alma  que  ha  ni  qué  quiere.  Bien  entiende  que  quiere  a  Dios, 
y  que  la  saeta  parece  traía  gerba  para  aborrecerse  a  sí  por  amor 
de  este  Señor,  y  perdería  de  buena  gana  la  vida  por  El.  No  se 
puede  encarecer  ni  decir  el  modo  con  que  llaga  Dios  el  alma 
y  la  grandísima  pena  que  da,  que  la  hace  no  saber  de  sí;  mas  es 
esta  pena  tan  sabrosa,  que  no  hay  deleite  en  la  vida  que  más 
contento  dé.  Siempre  querría  el  alma,  como  he  dicho,  estar  mu- 
riendo de  este  mal. 

Esta  pena  y  gloria  junta  me  traía  desatinada,  que  no  podía 
yo  entender  cómo  podía  ser  aquello.  ¡Oh,  qué  es  ver  un  alma  he- 
rida! Que  digo  que  se  entiende  de  manera,  que  se  puede  decir 
herida  por  tan  ecelente  causa,  y  ve  claro  que  no  movió  ella  por 
donde  le  viniese  este  amor,  sino  que,  de  el  muy  grande  que  el 
Señor  la  tiene,  parece  cayó  de  presto  aquella  centella  en  ella  que 
la  hace  toda  arder.  ¡Oh,  cuántas  veces  me  acuerdo,  cuando  ansí 
estoy,  de  aquel  verso  de  David:  Quemadtnodum  desiderat  cervus 
ad  fontes  aqtiarum  (1),  que  parece  lo  veo  al  pie  de  la  letra 
en  mí! 

Cuando  no  da  esto  muy  recio  parece  se  aplaca  algo,  al  menos 
busca  el  alma  algún  remedio,  porque  no  sabe  qué  hacer,  con 
algunas  penitencias,  y  no  se  sienten  más,  ni  hace  más  pena  de- 
rramar sangre  que  si  estuviese  el  cuerpo  muerto.  Busca  modos  y 
maneras  para  hacer  algo  que  sienta  por  amor  de  Dios;  mas  es 
tan  grande  el  primer  dolor,  que  no  sé  yo  que  tormento  corporal 
le  quitase.  Como  no  está  allí  el  remedio,  son  muy  bajas  estas 
medicinas  para  tan  subido  mal;  alguna  cosa  se  aplaca  y  pasa  algo 
con  esto,  pidiendo  a  Dios  la  dé  remedio  para  su  mal  y  ningu- 
no ve,  sino  la  muerte,  que  con  ésta  piensa  gozar  de  el  todo  a  su 
Bien.  Otras  veces  da  tan  recio,  que  eso  ni  nada  no  se  puede  hacer, 
que  corta  todo  el  cuerpo,  ni  pies  ni  brazos  no  puede  menear; 
antes  si  está  en  pie  se  sienta  como  una  cosa  trasportada,  que 
no  puede  ni  aún  resolgar,  sólo  da  unos  gemidos,  no  grandes, 
porque  no  puede,  mas  sonlo  en  el  sentimiento. 


1      Ps.  XLII.  El  original:  Q¡te,inaámodun  deai^ted  cervus  a  fontes  aguanm. 


234  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

Quiso  el  Señor  que  vies€  aquí  algunas  veces  esta  visión: 
vía  un  ángel  cabe  mí  hacia  el  lado  izquierdo  en  forma  corporal,  lo 
que  no  suelo  ver  sino  por  maravilla.  Aunque  muchas  veces  se  me 
representan  ángeles,  es  sin  verlos,  sino  como  la  visión  pasada 
que  dije  primero.  Esta  visión  quiso  el  Señor  le  viese  ansí:  no 
era  grande,  sino  pequeño,  hermoso  mucho,  el  rostro  tan  ecendi- 
do  que  parecía  de  los  ángeles  muy  subidos,  que  parecen  todos 
s€  abrasan.  Deben  ser  los  que  llaman  Querubines  (1),  que  los 
nombres  no  me  los  dicen;  mas  bien  veo  que  en  el  cielo  hay  tanta 
diferencia  de  unos  ángeles  a  otros,  y  de  otros  a  otros,  que  no 
lo  sabría  decir.  Víale  en  las  manos  un  dardo  de  oro  largO,  y  al  fin 
de  el  hierro  me  parecía  tener  un  poco  de  fuego.  Este  me  parecía 
meter  por  el  corazón  algunas  veces,  y  que  me  llegaba  a  las  en- 
trañas. Al  sacarle,  me  parecía  las  llevaba  consigo  y  me  dejaba 
toda  abrasada  en  amor  grande  de  Dios.  Era  tan  grande  el  dolor, 
que  me  hacía  dar  aquellos  quejidos;  y  tan  ecesiva  la  suavidad 
que  me  pone  este  grandísimo  dolor,  que  no  hay  desear  que  se 
quite,  ni  se  contenta  el  alma  con  menos  que  Dios.  No  es  dolor 
corporal  sino  espiritual,  aunque  no  deja  de  participar  el  cuerpo 
algo,  y  aun  harto.  Es  un  requiebro  tan  suave  que  pasa  entre 
el  alma  y  Dios,  que  suplico  yo  a  su  bondad  lo  dé  a  gustar  a 
quien  pensare  que  miento  (2). 


1  Santa  Teresa  escribió  Cherubines;  pero  el  P.  Báfiez  puso  al  margen:  más  parece  de  los 
que  llaman  Serañnes,  y  así  lo  imprimió  Fr.  Luis  de  León. 

2  Claramente  dice  la  Santa  que  fué  favorecida  con  esta  regalada  visión  del  querubín 
para  la  fecha  en  que  escribía  esto,  que  probablemente  ocurrió  hacia  el  ano  1562.  Es  tradición 
en  la  comunidad  de  Carmelitas  de  la  Encarnación  de  Avila,  que  recibió  otra  vez  este  mismo 
favor  siendo  Priora  de  aquella  casa  en  el  trienio  de  1571  a  1574.  Escribe  D.a  María  Pinel 
en  la  Historia  manuscrita  del  Convento:  «La  merced  del  dardo  (así  llaman  todavía  las  reli- 
giosas Carmelitas  a  la  fiesta  de  la  Transverberación),  es  menester  entender  que  no  fué  una 
vez  sola,  sino  muchas  las  que  el  Señor  hirió  aquel  pecho;  así  fué  en  el  coro,  en  las  cel- 
das; así  dice  que  los  días  que  le  duraba  esta  visión,  que  fueron  algunos...,  andaba  enajenada 
H  fuera  de  sí,  ij  no  quería  ver  ni  hablar  sino  abrazarse  con  su  pena  tan  sabrosa.  Lo  afirma- 
ban las  religiosas  de  su  tiempo.  Así,  una  de  estas  veces  fué  siendo  Priora  en  su  aposento 
de  la  celda  prioral.  Dormía  en  otro  sobre  aquel,  la  venerable  Ana  María  de  Jesús,  su  tierní- 
sima  hija;  oyó  gemidos  y  bajó  a  ver  si  quería  algo,  y  díjola:  vayase  mi  hija  y  tal  la  suceda». 
Todavía  enseñan  las  religiosas  de  la  Encarnación  esta  celda  prioral. 

Sobre  el  corazón  de  Santa  Teresa  han  corrido,  con  mucho  crédito,  las  más  raras  in- 
venciones. Primero  se  dijo  que  cuando  a  poco  de  morir  la  Santa  se  trasladó  el  cuerpo  a 
Avila,  una  religiosa  del  convento  de  Alba,  poseída  de  extraño  valor,  hundió  un  cuchillo 
en  el  cuerpo  incorrupto  de  la  Santa,  e  introduciendo  la  mano,  arrancó  el  corazón.  Para  re- 
dondear tan  peregrina  invención,  se  dijo  que  el  corazón  iba  chorreando  sangre  en  el  tra- 
yecto que  había  del  sepulcro  a  la  celda  de  la  autora  de  este  latrocinio  piadoso,  y  como  la 
sangre    despedía    celestial    perfume,    incontinenti  vinieron    a    conocer    las    demás    religiosas  él 


CAPITULO    XXIX  235 

Los  días  que  duraba  esto,  andaba  como  embobada;  no  qui- 
siera ver,  ni  hablar,  sino  abrazarme  con  mi  pena,  que  para  mí 
era  mayor  gloria  que  cuantas  hay  en  todo  lo  criado.  Esto  tenía 
algunas  veces,  cuando  quiso  el  Señor  me  viniesen  estos  arro- 
bamientos tan  grandes,  que  aun  estando  entre  gentes,  no  los 
podía  resistir,  sino  que,  con  harta  pena  mía,  se  comenzaron  a  pu- 
blicar. Después  que  los  tengo,  no  siento  esta  pena  tanto,  sino 
la  que  dije  en  otra  parte  antes,  no  me  acuerdo  en  qué  capítulo  (1), 
que  es  muy  diferente  en  hartas  cosas  y  de  mayor  precio;  antes 
en  comenzando  esta  pena,  de  que  ahora  hablo,  parece  arrebata 
el  Señor  el  alma  y  la  pone  en  éxtasi,  y  ansí  no  hay  lugar  de 
tener  pena,  ni  de  padecer,  porque  viene  luego  el  gozar.  Sea  ben- 
dito por  siempre,  que  tantas  mercedes  hace  a  quien  tan  mal 
responde  a  tan  grandes  beneficios. 


hurto,  cogiendo  al  ladrón  con  las  manos  en  la  masa,  como  suele  decirse.  La  lejjenda  no 
está  mal  adobada.  Refiere  la  historia  verdadera  de  la  extracción  del  corazón  de  la  Santa,  la 
M.  Catalina  de  San  Angelo  en  la  declaración  jurada  para  el  Proceso  de  la  beatificación  de  la 
Santa  instruido  en  Salamanca,  año  de  1591.  Declara  la  venerable  Madre:  «El  Sr.  Obispo  Don 
Jerónimo  Manrique,  de  buena  memoria.  Obispo  que  fué  de  Salamanca,  al  tiempo  que  en  este 
convento  hizo  información  de  la  incorrupción  del  cuerpo  de  la  dicha  Santa  Teresa  de  Jesús,  le 
vio  u  tocó  con  sus  manos,  g  trajo  médicos  mug  famosos  que  viesen  el  dicho  santo  cuerpo,  los 
cuales,  viendo  el  dicho  santo  cuerpo  incorrupto  y  con  grande  olor,  quisieron  hacer  experiencia 
de  si  el  dicho  santo  cuerpo  estaba  embalsamado,  y  así  abrieron  el  dicho  santo  cuerpo  por  un 
lado,  y  hallaron  estaba  entero  e  incorrupto  y  sin  preservativo  ninguno,  y  entonces  es  cuando  al 
dicho  santo  cuerpo  le  sacaron  el  corazón,  que  al  presente  está  en  este  convento  con  viril  de 
plata.  El  cual  dicho  corazón,  al  tiempo  que  fué  sacado  del  dicho  santo  cuerpo,  esta  testigo  lo 
guardó  y  le  tuvo  por  algún  tiempo,  que  a  la  sazón,  como  dicho  tiene,  era  Priora». 

No  menos  acreditada  corrió  por  el  mundo  la  falsa  especie,  que  una  devoción  algo  indis- 
creta  g  milagrera  se  encargó  de  propalar,  de  no  sé  que  excrecencias  o  brotes  espinosos  del 
corazón  de  la  Santa,  los  cuales  dieron  ocasión  a  ciertas  imaginaciones  para  discurrir  cabalísticos 
significados  sobre  fenómeno  tan  insólito.  Como  después  se  vio  que  no  había  tales  espinas,  vi-' 
nieron  a  poner  en  peligro  de  risa  g  de  chacota,  lo  que  debe  ser  tratado  siempre  con  seriedad, 
respeto  y  veneración.  Por  fortuna,  estos  excesos  de  devoción  mal  entendida,  tienden  a  des- 
aparecer. En  artístico  relicario  de  plata  se  venera  hoy  el  santo  Corazón  en  las  Carmelitas  de 
Alba  de  Torraes.  El  Papa  Benedicto  XIII  concedió  fiesta  y  oficio  propio  de  la  Transverberación 
el  25  de  Mayo  de  1726.  La  fiesta  se  celebra  entre  nosotros  el  27  de  Agosto.  A  petición  del 
Rey  de  España,  hecha  por  medio  del  cardenal  Belluga,  Clemente  XII,  con  fecha  11  de  Diciembre 
de  1733,  otorgó  que  el  Oficio  de  la  Transverberación  concedido  a  los  Carmelitas  Descalzos  se 
extendiese  a  todos  sus  reinos.  (Cfr.  BuUanum  Carmelitarum,  p.  IV,  pág.  236). 

1      Capítulo  XX. 


CAPITULO    XXX 

TORNA  A  CONTAR  EL  DISCURSO  DE  SU  VIDA  Y  COMO  REMEDIO  EL  SEÑOR 
MUCHO  DE  SUS  TRABAJOS  CON  TRAER  A  EL  LUGAR  A  DONDE  ESTABA 
EL  SANTO  VARÓN  FRAY  PEDRO  DE  ALCÁNTARA,  DE  LA  ORDEN  DEL 
GLORIOSO  SAN  FRANCISCO.  TRATA  DE  GRANDES  TENTACIONES  Y  TRA- 
BAJOS  INTERIORES   QUE   PASABA  ALGUNAS   VECES. 

Pues  viendo  yo  lo  pooo  u  nonada  que  podía  hacer  para  no 
tener  estos  ímpetus  tan  grandes,  también  temía  de  tenerlos;  por- 
que pena  y  contento  no  podía  yo  entender  cómo  podía  estar  junto. 
Que  ya  pena  corporal  y  contento  espiritual,  ya  lo  sabía  que  era 
bien  posible;  mas  tan  ecesiva  pena  espiritual,  y  con  tan  gran- 
dísimo gusto,  esto  me  desatinaba.  Aun  no  cesaba  en  procurar  re- 
sistir, mas  podía  tan  poco,  que  algunas  veces  me  cansaba.  Am- 
parábame con  la  cruz  y  queríame  defender  del  que  con  ella 
nos  amparó  a  todos.  Vía  que  no  me  entendía  nadie,  que  esto 
muy  claro  lo  entendía  yo;  mas  no  lo  osaba  decir  sino  a  mi 
confesor,  porque  esto  fuera  decir  bien  de  verdad  que  no  tenía 
humildad. 

Fué  el  Señor  servido  remediar  gran  parte  de  mi  trabajo, 
y  por  entonces  todo,  con  traer  a  este  lugar  a  el  bendito  Fray 
Pedro  de  Alcántara,  de  quien  ya  hice  mención,  y  dije  algo  de 
su  penitencia;  que  entre  otras  cosas,  me  certificaron  había 
traído  veinte  años  silicio  de  hoja  de  lata  contino.  Es  autor  de 
unos  libros  pequeños  de  oración,  que  ahora  se  tratan  mucho,  de 
romance,   porque  como  quien  bien  la  había  ejercitado,  escribió 


238  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

harto  provechosamente  para  los  que  la  tienen  (1).  Guardó  la  pri- 
mera Regla  del  bienaventurado  San  Francisco  con  todo  rigor,  y 
lo  demás  que  allá  queda  algo  dicho. 

Pues  como  la  viuda  (2)  sierva  de  Dios,  que  "he  dicho,  y 
amiga  mía,  supo  que  estaba  aquí  tan  gran  varón  y  sabía  mi  ne- 
cesidad, porque  era  testigo  de  mis  afliciones,  y  me  consolaba 
harto,  porque  era  tanta  su  fe  que  no  podía  sino  creer  que  era 
espíritu  de  Dios  el  que  todos  los  más  decían  era  del  demonio; 
y  como  es  persona  de  harto  buen  entendimiento  y  de  mucho  se- 
creto, y  a  quien  el  Señor  hacía  harta  merced  en  la  oración,  quiso 
Su  Majestad  darla  luz  en  lo  que  los  letrados  inoraban.  Dábanme 
licencia  mis  confesores  que  descansase  con  ella  algunas  cosas, 
porque  por  hartas  causas  cabía  en  ella.  Cabíale  parte  algunas 
veces  de  las  mercedes  que  el  Señor  me  hacía,  con  avisos  harto  pro- 
vechosos para  su  alma.  Pues  como  lo  supo,  para  que  mijor  le 
pudiese  tratar,  sin  decirme  nada,  recaudó  licencia  de  mi  Provin- 
cial, para  que  ocho  días  estuviese  en  su  casa,  y  en  ella  y  en  al- 
gunas Ilesias  le  hablé  (3)  muchas  veces  esta  primera  vez  que 
estuvo  aquí,  que  después  en  diversos  tiempos  le  comuniqué  mu- 
cho. Como  le  di  cuenta  en  suma  de  mi  vida  y  manera  de  proceder 


1  «Estando  ella,  dice  a  este  propósito  su  primer  biógrafo  P.  Ribera  en  el  capítulo  XII 
de  la  primera  parte  de  la  Vida  de  Santa  Teresa,  por  las  visiones  que  habremos  dicho,  en 
gran  duda,  y  no  sabiendo  cómo  se  pudiese  compadecer  un  gran  dolor  espiritual  con  tan  ex^ 
trafia  suavidad  en  el  mismo  espíritu,  u  viendo  que  no  bastaba  para  resistir  a  los  dones  de 
Dios,  y  que  no  la  entendían,  y  estando  por  todo  esto  muy  penada,  consolóla  Nuestro  Señor 
con  la  venida  del  santo  Fray  Pedro  de  Alcántara,  Comisario  que  era  entonces  de  los  Padres 
Descalzos  del  glorioso  Padre  San  Francisco.  Entonces  D.a  Quiomar  de  Ulloa,  que  sabía  mucho 
de  sus  cosas  y  la  quería  mucho,  pidió  licencia  al  Provincial  del  Carmen  y  trujóla  a  su  casa,  y 
así  se  dio  orden  para  que  la  Madre,  a  veces  en  casa  de  D.a  Quiomar,  a  veces  en  algunas  igle- 
sias, pudiese  hablar  y  dar  cuenta  de  sí  a  este  varón».  Doña  Quiomar  conoció  a  San  Pedro  de 
Alcántara  en  Plasencia  a  poco  de  casarse  con  Don  Francisco  de  Dávila,  y  allí  comenzó  a  darle 
cuenta  de  su  espíritu.  Los  libros  que  la  Santa  menciona  son  un  Tratado  de  la  oración  y  medi" 
tación,  compendio,  a  lo  que  parece,  de  la  obra  que  con  el  mismo  título  compuso  Fray  Luis 
de  Granada,  una  Breve  traducción  para  los  que  comienzan  a  servir  a  Dios,  Tres  cosas  que 
debe  hacer  el  que  desea  salvarse,  una  Oración  devotísima,  y  una  Petición  especial  de  amor 
de  Dios.  Todos  estos  escritos  están  llenos  de  reminiscencias  del  Tercer  Abecedario.  Juntos, 
con  un  tratado  de  Savonarola  sobre  los  tres  votos,  se  publicaron,  en  pequeño  volumen  en  XII.o, 
el  año  de  1560  en  Lisboa.  (Véase  «Biografía  de  Fr.  Luis  de  Granada  con  unos  artículos  litera- 
rios donde  se  muestra  que  el  venerable  Padre  y  no  S.  Pedro  de  Alcántara  es  el  verdadero  y 
único  autor  del  Libro  de  la  oracióni>,  por  el  P.  J,  Cuervo.  Madrid,  1896;  y  La  vie  franciscaine 
en  Espagne  entre  les  deux  couronnements  de  Charles^Quint,  en  la  Revista  de  Archivos  y 
Bibliotecas,  Julio-Agosto  de  1914,  p.  19).  Uno  de  los  mayores  beneficios  que  hizo  en  esta  visita 
S.  Pedro  de  Alcántara,  fu~é  asegurar  al  P.  Alvarez  y  a  Salcedo  que  era  bueno  el  espíritu  de  la 
Santa  y  que  no  la  inquietasen,  como  ella  dice  en  la  pág.  240. 

2  Doña  Guiomar  de  Ulloa. 

3  En  la   capilla  de  Mosén  Rubí,  en  la  parroquia  de  Santo  Tomé  y  en  la  Catedral. 


CAPITULO    XXX  239 

de  oración,  con  la  mayor  claridad  que  yo  supe,  que  esto  he  tenido 
siempre,  tratar  con  toda  claridad  y  verdad  con  los  que  comunico 
mi  alma,  hasta  los  primeros  movimientos  querría  yo  les  fuesen 
públicos,  y  las  cosas  más  dudosas  y  de  sospecha;  yo  les  argüía 
con  razones  contra  mí,  ansí  que  sin  doblez  y  encubierta  le  traté 
mi  alma. 

Casi  a  los  principios  vi  que  me  entendía  por  expiriencia,  que 
era  todo  lo  que  yo  había  menester;  porque  entonces  no  me  sabía 
entender  como  ahora,  para  saberlo  decir,  que  después  me  lo 
ha  dado  Dios  que  sepa  entender  y  decir  las  mercedes  que  Su 
Majestad  me  hace,  y  era  menester  que  hubiese  pasado  por  ello 
quien  de  el  todo  me  entendiese  y  declarase  lo  que  era.  El  me  dio 
grandísima  luz,  porque  al  menos  en  las  visiones  que  no  eran 
imaginarias  no  podía  yo  entender  qué  podía  ser  aquello,  y  pa- 
recíame que  en  las  que  vía  con  los  ojos  de  el  alma  tampoco  en- 
tendía cómo  podía  ser;  que,  como  he  dicho,  sólo  las  que  se  ven 
con  los  ojos  corporales  era  de  las  que  rae  parecía  a  raí  había 
de  hacer  caso,  y  éstas  no  tenía. 

Este  santo  hombre  me  dio  luz  en  todo,  y  me  lo  declaró,  y 
dijo  que  no  tuviese  pena,  sino  que  alabase  a  Dios,  y  estuviese 
tan  cierta  que  era  espíritu  suyo,  que  si  no  era  la  fe,  cosa  más 
verdadera  no  podía  haber,  ni  que  tanto  pudiese  creer.  Y  él  se 
consolaba  mucho  conmigo,  y  hacíame  todo  favor  y  merced,  y 
siempre  después  tuvo  mucha  cuenta  conmigo  y  daba  parte  de 
sus  cosas  y  negocios.  Y  como  me  vía  con  los  deseos  que  él 
ya  poseía  por  obra,  que  estos  dábamelos  el  Señor  muy  determina- 
dos, g  me  vía  con  tanto  ánimo,  holgábase  de  tratar  conmigo;  que 
a  quien  el  Señor  llega  a  este  estado,  no  hay  placer  ni  consuelo 
que  se  iguale  a  topar  con  quien  le  parece  le  ha  dado  el  Señor 
principios  de  esto;  que  entonces  no  debía  yo  tener  mucho  más, 
a  lo  que  me  parece,  y  plega  el  Señor  lo  tenga  ahora. 

Húbome  grandísima  lástima.  Díjome  que  uno  de  los  mayo- 
res trabajos  de  la  tierra  era  el  que  había  padecido,  que  es  con- 
tradición  de  buenos,  y  que  todavía  me  quedaba  harto;  porque 
siempre  tenía  necesidad,  y  no  había  en  esta  ciudad  quien  me  en- 
tendiese, mas  que  él  hablaría  a  el  que  me  confesaba,  y  a  uno  de 


240  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

los  que  me  daban  más  pena,  que  era  este  caballero  casado,  que 
ya  he  dicho.  Porque  como  quien  me  tenía  magor  voluntad,  me 
hacía  toda  la  guerra,  y  es  alma  temerosa  y  santa,  y  como  me 
había  visto  tan  poco  había  tan  ruin,  no  acababa  de  asigurarse. 
Y  ansí  lo  hizo  el  santo  varón,  que  los  habló  a  entramos,  y  les 
dio  causas  y  razones  para  que  se  asigurasen  y  no  me  inquie- 
tasen más.  El  confesor  poco  había  menester;  el  caballero  tanto, 
que  aun  no  de  el  todo  bastó,  mas  fué  parte  para  que  no  tanto  me 
amedrentase. 

Quedamos  concertados  que  le  escribiese  lo  que  me  sucedie- 
se más  ahí  adelante  y  de  encomendarnos  mucho  a  Dios;  que 
era  tanta  su  humildad,  que  tenía  en  algo  las  oraciones  de  esta 
miserable,  que  «ra  harta  mi  confusión.  Dejóme  con  grandísimo  con- 
suelo y  contento,  y  con  que  tuviese  la  oración  con  siguridad,  y 
que  no  dudase  de  que  era  Dios;  y  de  lo  que  tuviese  alguna 
duda,  y  por  más  siguridad  de  todo,  diese  parte  a  el  confesor, 
y  con  esto  viviese  sigura.  Mas  tampoco  podía  tener  esa  siguridad 
de  el  todo,  porque  me  llevaba  el  Señor  por  camino  de  temer,  como 
creer  que  era  demonio  cuando  me  decían  que  lo  era.  Ansí  que 
temor  ni  siguridad  nadie  podía  que  yo  la  tuviese  de  manera  que 
les  pudiese  dar  más  crédito  de  el  que  el  Señor  ponía  en  mi  alma; 
ansí  que,  aunque  me  consoló  y  sosegó,  no  le  di  tanto  crédito 
para  quedar  del  todo  sin  temor,  en  especial  cuando  el  Señor  me 
dejaba  en  los  trabajo  de  alma,  que  ahora  diré;  con  todo,  quedé, 
como  digo,  muy  consolada.  No  me  hartaba  de  dar  gracias  a 
Dios  y  a  lel  glorioso  padre  mío  san  Josef ,  que  me  pareció  le  había 
él  traído,  porque  era  Comisario  general  de  la  Custodia  de  San 
Josef,  a  quien  yo  mucho  me  encomendaba  y  a  nuestra  Señora. 
Acaecíame  algunas  veces,  y  aun  ahora  me  acaece,  aunque  no  tan- 
tas, estar  con  tan  grandísimos  trabajos  de  alma  junto  con  tor- 
mentos y  dolores  de  cuerpo,  de  males  tan  recios,  que  no  me  podía 
valerme.  Otras  veces  tenía  males  corporales  más  graves,  y  como 
no  tenía  los  de  el  alma,  los  pasaba  con  mucha  alegría;  mas  cuan- 
do era  todo  junto,  era  tan  gran  trabajo,  que  me  apretaba  muy 
mucho.  Todas  las  mercedes  que  me  había  hecho  el  vSeñor  se  me 
olvidaban;  sólo  quedaba  una  memoria,  como  cosa  que  se  ha  so- 


CAPITULO    XXX  241 

fiado,  para  dar  pena;  porque  se  entorpece  el  entendimiento  de 
suerte,  que  me  hacía  andar  en  mil  dudas  y  sospecha,  parecién- 
dorae  que  yo  no  lo  había  sabido  entender,  y  que  quizá  se  me 
antojaba,  y  qu€  bastaba  que  anduviese  yo  engañada,  sin  que 
engañase  a  los  buenos.  Parecíame  yo  tan  mala,  que  cuantos 
males  y  herejías  s€  habían  levantado,  me  parecía  eran  por  mis 
pecados. 

Esta  es  una  humildad  falsa  que  el  demonio  inventaba  para 
desasosegarme  y  probar  si  puede  traer  el  alma  a  desesperación. 
Tengo  ya  tanta  expiriencia  que  es  cosa  de  demonio,  que,  como 
ya  ve  que  le  entiendo,  no  me  atormenta  en  esto  tantas  veces  como 
solía.  Vese  claro  en  la  inquietud  y  desasosiego  con  que  comien- 
za, y  el  alboroto  que  da  en  el  alma  todo  lo  que  dura,  y  la  cscuri- 
dad  y  aflición  que  en  ella  pone,  la  sequedad  y  mala  dispusición 
para  oración  ni  para  ningún  bien.  Parece  que  ahoga  el  alma  y 
ata  el  cuerpo,  para  que  de  nada  aproveche,  porque  la  humildad 
verdadera,  aunque  se  conoce  el  alma  por  ruin,  y  da  pena  ver  lo 
que  somos,  y  pensamos  grandes  encarecimientos  de  nuestra  mal- 
dad, tan  grandes  como  los  dichos,  y  se  sienten  con  verdad,  no 
viene  con  alboroto,  ni  desasosiega  el  alma,  ni  la  escurece,  ni  da 
sequedad,  antes  la  regala,  y  es  todo  a  el  revés,  con  quietud,  con 
suavidad,  con  luz.  Pena  que  por  otra  parte  conforta  de  ver  cuan 
gran  merced  la  hace  Dios  en  que  tenga  aquella  pena,  y  cuan  bien 
empleada  es.  Duélele  lo  que  ofendió  a  Dios;  por  otra  parte  la 
ensancha  su  misericordia.  Tiene  luz  para  confundirse  a  sí,  y  ala- 
ba a  Su  Majestad  porque  tanto  la  sufrió.  En  estotra  humildad 
que  pone  el  demonio,  no  hay  luz  para  ningún  bien,  todo  parece 
lo  pone  Dios  a  fuego  y  a  sangre.  Represéntale  la  justicia,  y 
aunque  tiene  fe  que  hay  misericordia,  porque  no  puede  tanto  el 
demonio  que  la  haga  perder,  es  de  manera  que  no  me  consuela, 
antes  cuando  mira  tanta  misericordia  le  ayuda  a  mayor  tormen- 
to, porque  me  parece  estaba  obligada  a  más. 

Es  una  invención  de  el  demonio,  de  las  más  penosas,  y  su- 
tiles y  disimuladas  que  yo  he  entendido  de  él,  y  ansí  querría 
avisar  a  vuestra  merced  para  que,  si  por  aquí  le  tentare,  tenga 
alguna   luz,   y   lo  conozca,   si   le   dejare   el  entendimiento   para 


242  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÜS 

conocerlo.  Que  no  piense  que  va  en  letras  y  saber,  que,  aunque 
a  mí  todo  me  falta,  después  de  salida  de  ello,  bien  entiendo  es 
desatino.  Lo  que  he  entendido  es  que  quiere  y  primitc  el  Se- 
ñor y  le  da  licencia,  como  se  la  dió  para  que  tentase  a  Job,  aun- 
que a  jní,  como  a  ruin,  no  es  con  aquel  rigor. 

Hame  acaecido,  y  me  acuerdo  ser  un  día  antes  de  la  víspe- 
ra de  Corpus  Christi,  fiesta  de  quien  yo  soy  devota,  aunque  no 
tanto  como  es  razón.  Esta  vez  duróme  sólo  hasta  el  día,  que 
otras  dúrame  ocho  y  quince  (1)  días,  y  aun  tres  semanas,  y  no  sé 
si  más.  En  especial  las  Semanas  Santas,  que  solía  ser  mi  regalo 
de  oración,  me  acaece  que  coge  de  presto  el  entendimiento  por 
cosas  tan  livianas  a  las  veces,  que  otras  me  riera  yo  de  ellas, 
y  hácele  estar  trabucado  en  todo  lo  que  él  quiere,  y  el  alma 
aherrojada  allí,  sin  ser  señora  de  sí,  ni  poder  pensar  otra  cosa 
más  de  los  disbarates  que  él  la  representa,  que  casi  ni  tienen 
tomo,  ni  atan,  ni  desata,  sólo  ata  para  ahogar  de  manera  el  alma, 
que  no  cabe  en  sí.  Y  es  ansí  que  me  ha  acaecido  parecerme  que 
andan  los  demonios  como  jugando  a  la  pelota  con  el  alma,  y  ella 
que  no  es  parte  para  librarse  de  su  poder.  No  se  puede  decir  lo 
que  en  este  caso  se  padece.  Ella  anda  a  buscar  reparo,  y  primite 
Dios  no  le  halle;  sólo  queda  siempre  la  razón  de  el  libre  al- 
bediío,  no  clara.  Digo  yo  que  debe  ser  casi  tapados  los  ojos, 
como  una  persona  que  muchas  veces  ha  ido  por  una  parte,  que, 
aunque  sea  noche  y  ascuras,  ya  por  el  tino  pasado  sabe  adonde 
puede  tropezar,  porque  lo  ha  visto  de  día  y  guárdase  de  aquel 
peligro.  Ansí  es  para  no  ofender  a  Dios,  que  parece  se  va  por  la 
costumbre.  Dejemos  a  parte  el  tenerla  el  Señor,  que  es  lo  que 
hace  al  caso. 

La  fe  está  entonces  tan  amortiguada  y  dormida,  como  todas 
las  demás  virtudes,  aunque  no  perdida,  que  bien  cree  lo  que  tiene 
la  Iglesia;  mas  pronunciado  por  la  boca,  y  que  parece  por  otro 
cabo  la  aprietan  y  entorpecen,  para  que  casi,  como  cosa  que  oyó 
de  lejos,  le  parece  conoce  a  Dios.  El  amor  tiene  tan  tibio 
que,    si   oye   hablar   en   El,    escucha    como   una   cosa   que   cree 


1      El  original:  quice. 


CAPITULO    XXX  2'-í'Ó 

ser  el  que  es,  porque  lo  tiene  la  Iglesia;  mas  no  hay  memoria  de 
lo  que  ha  expirimentado  en  sí.  Irse  a  rezar,  no  es  sino  más  con- 
goja u  estar  en  soledad;  porque  el  tormento  que  en  sí  se  siente, 
sin  saber  de  qué,  es  incomportable.  A  mi  parecer  es  un  poco  del 
traslado  de  el  infierno.  Esto  es  ansí,  sigún  el  Señor  en  una  vi- 
sión me  dio  a  entender;  porque  el  alma  se  quema  en  sí,  sin  saber 
quién  ni  por  dónde  le  ponen  fuego,  ni  cómo  huir  de  él,  ni  con  qué 
le  matar.  Pues  quererse  remediar  con  leer,  es  como  si  no  se  supie- 
se. Una  vez  me  acaeció  ir  a  leer  una  vida  de  un  santo  para  ver  si 
me  embebería,  g  para  consolarme  de  lo  que  él  padeció,  y  leer 
cuatro  u  cinco  veces  otros  tantos  renglones,  g  con  ser  roman- 
ce, menos  entendía  de  ellos  a  la  postre  que  al  principio,  y  ansí 
lo  dejé.  Esto  me  acaeció  muchas  veces,  sino  que  ésta  se  me 
acuerda  más  en  particular. 

Tener,  pues,  conversación  con  nadie,  es  peor;  porque  un  es- 
píritu tan  desgustado  de  ira  pone  el  demonio,  que  parece  a  todos 
me  querría  comer,  sin  poder  hacer  más,  y  algo  parece  se  hace 
en  irme  a  la  mano,  u  hace  el  Señor  en  tener  de  su  mano  a 
quien  así  está,  para  que  no  diga  ni  haga  contra  sus  prójimos 
cosa  que  los  perjudique  y  en  que  ofenda  a  Dios.  Pues  ir  a  el 
confesor,  esto  es  cierto,  que  muchas  veces  me  acaecía  lo  que  diré, 
que,  con  ser  tan  santos  como  lo  son  los  que  en  este  tiempo  he 
tratado  y  trato,  me  decían  palabras  y  me  reñían  con  un  aspe- 
reza, que  después  que  se  las  decía  yo,  ellos  mesmos  se  espanta- 
ban y  me  decían  que  no  era  más  en  su  mano.  Porque,  aunque 
ponían  muy  por  sí  de  no  lo  hacer  otras  veces,  que  se  les  hacía 
después  lástima  y  aún  escrúpulo,  cuando  tuviese  semejantes  tra- 
bajos de  cuerpo  y  de  alma,  y  se  determinaban  a  consolarme  con 
piadad,  no  podían. 

No  decían  ellos  malas  palabras,  digo  en  que  ofendiesen  a 
Dios,  mas  las  más  desgustadas  que  se  sufrían  para  confesor. 
Debían  pretender  mortificarme,  y  aunque  otras  veces  me  holgaba 
y  estaba  para  sufrirlo,  entonces  todo  me  era  tormento.  Pues  dame 
también  parecer  que  los  engaño,  y  iba  a  ellos  y  avisábalos  muy  a 
las  veras  que  se  guardasen  de  mí,  que  podría  ser  los  engañase. 
Bien  vía  yo  que  de  advertencia  no  lo  haría,  ni  les  diría  mentira. 


244  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÜS 

mas  todo  me  era  temor.  Uno  me  dijo  una  vez,  como  entendía 
la  tentación,  que  no  tuviese  pena,  que  aunque  yo  quisiese  enga- 
ñarle, seso  tenía  él  para  no  dejarse  engañar  (1).  Esto  me  dio 
mucho  consuelo. 

ñlgunas  veces,  y  casi  ordinario,  al  menos  lo  más  contino, 
en  acabando  de  comulgar  descansaba,  y  aun  algunas,  en  lle- 
gando a  el  Sacramento,  luego  a  la  hora  quedaba  tan  buena,  alma 
y  cuerpo,  que  yo  me  espanto.  No  me  parece  sino  que  en  un  punto 
se  deshacen  todas  las  tinieblas  de  el  alma-  y  salido  el  sol,  conocía 
las  tonterías  en  que  había  estado.  Otras,  con  sola  una  palabra 
que  rae  decía  el  Señor,  con  sólo  decir:  No  estés  fatigada:  no 
hayas  miedo,  como  ya  dejo  otra  vez  dicho,  quedaba  de  el  todo 
sana,  u  con  ver  alguna  visión,  como  si  no  hubiera  tenido  nada. 
Regalábame  con  Dios,  quejábame  a  El  cómo  consentía  tantos 
tormentos  que  padeciese;  mas  ello  era  bien  pagado,  que  casi 
siempre  eran  después  en  gran  abundancia  las  mercedes;  no  me 
parece  sino  que  sale  el  alma  del  crisol,  como  el  oro,  más  afinada 
y  clarificada  para  ver  en  sí  al  Señor.  Y  ansí  se  hacen  después  pe- 
queños estos  trabajos,  con  parecer  incomportables,  y  se  desean 
tornar  a  padecer,  si  el  Señor  se  ha  de  servir  más  de  ello.  Y  aun- 
que haya  más  tribulaciones  y  persecuciones,  como  se  pasen  sin 
ofender  a  el  Señor,  sino  holgándose  de  padecerlo  por  El,  todo  es 
para  mayor  ganancia;  aunque  como  se  han  de  llevar,  no  los  llevo 
yo,  sino  harto  imperfetamente. 

Otras  veces  me  venían  de  otra  suerte,  y  vienen,  que  de  todo 
punto  me  parece  se  me  quita  la  posibilidad  de  pensar  cosa  bue- 
na, ni  desearla  hacer,  sino  una  alma  y  cuerpo  del  todo  inútil  y 
pesado;  mas  no  tengo  con  esto  estotras  tentaciones  y  desaso- 
siegos, sino  un  desgusto,  sin  entender  de  qué,  ni  nada  contenta 
a  el  alma.  Procuraba  hacer  buenas  obras  exteriores  para  ocu- 
parme, medio  por  fuerza,  y  conozco  bien  lo  poco  que  es  un  alma 
cuando  se  asconde  la  gracia.  No  me  daba  mucha  pena,  porque 
este  ver  mi  bajeza  me  daba  alguna  satisf ación.  Otras  veces  me 
hallo  que  tampoco  cosa  formada  puedo  pensar  de  Dios,  ni  de 

1      El  P.  Baltasar  Alvarez,  según  Gracián. 


CAPITULO    XXX  245 

bien,  que  vaya  con  asiento,  ni  tener  oración,  aunque  esté  en  so- 
ledad, mas  siento  que  k  conozco. 

El  entendimiento  y  imaginación  entiendo  yo  es  aquí  lo  que 
me  daña,  que  la  voluntad  buena  me  parece  a  mí  que  está  y  dis- 
puesta para  todo  bien;  mas  este  entendimiento  está  tan  perdido, 
que  no  parece  sino  un  loco  furioso,  que  nadie  le  puede  atar,  ni 
soy  señora  de  hacerle  estar  quedo  un  credo.  Algunas  veces  me 
río  y  conozco  mi  miseria,  y  estoyle  mirando,  y  dejóle  a  ver  qué 
hace;  tj,  gloria  a  Dios,  nunca  por  maravilla  va  a  cosa  mala,  sino 
indiferentes,  si  algo  hay  que  hacer  aquí,  y  allí  y  acullá.  Co- 
nozco más  entonces  la  grandísima  merced  que  me  hace  el  Señor 
cuando  tiene  atado  este  loco  en  perfeta  contemplación.  Miro  qué 
sería  si  me  viesen  este  desvarío  las  personas  que  me  tienen  por 
buena.  He  lástima  grande  a  iel  alma  de  verla  en  tan  mala  compa- 
ñía. Deseo  verla  con  libertad,  y  ansí  digoi  a  el  Señor:  ¿cuándo. 
Dios  mío,  acabaré  ya  de  ver  mi  alma  junta  en  vuestra  alabanza, 
que  os  gocen  todas  las  potencias?  No  primitáis.  Señor,  sea  ya 
más  despedazada,  que  no  parece  sino  que  cada  pedazo  anda  por 
su  cabo.  Esto  paso  muchas  veces;  algunas  bien  entiendo  le  hace 
harto  al  caso  la  poca  salud  corporal.  Acuerdóme  mucho  de  el 
daño  que  nos  hizo  el  primer  pecado,  que  de  aquí  me  parece  nos 
vino  ser  incapaces  de  gozar  tanto  bien  en  un  ser,  y  deben  ser 
los  míos,  que,  si  yo  no  hubiera  tenido  tantos,  estuviera  más 
entera  en  el  bien. 

Pasé  también  otro  gran  trabajo,  que  como  todos  los  libros 
que  leía  que  tratan  de  oración  me  parecía  los  entendía  todos, 
y  que  ya  me  había  dado  aquello  el  Señor,  que  no  los  había  me- 
nester, y  ansí  no  los  leía,  sino  vidas  de  Santos,  que,  como  yo 
me  hallo  tan  corta  en  lo  que  ellos  servían  a  Dios,  esto  parece 
me  aprovecha  y  anima.  Parecíame  muy  poca  humildad  pensar 
yo  había  llegado  a  tener  aquella  oración;  y  como  no  podía  aca- 
bar conmigo  otra  cosa,  dábame  mucha  pena,  hasta  que  letrados, 
y  el  bendito  Fray  Pedro  de  Alcántara,  me  dijeron  que  no  se 
me  diese  nada.  Bien  veo  yo  que  en  el  servir  a  Dios  no  he  co- 
menzado, aunque  en  hacerme  Su  Majestad  mercedes,  es  como 
a  muchos  buenos,  y  que  estoy  hecha  una  imperfcción,  si  no  «s 


246  VIDñ    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÜS 

€n  los  d€S€Os  y  en  amar,  que  en  esto  bien  veo  me  ha  favorecido 
el  Señor  para  que  le  pueda  en  algo  servir.  Bien  me  parece  a 
mí  que  le  amo,  mas  las  obras  me  desconsuelan  y  las  muchas 
imperfeciones  que  veo  en  mí. 

Otras  veces  me  da  una  bobcría  de  alma,  digo  yo  que  es, 
que  ni  bien  ni  mal  me  parece  que  hago,  sino  andar  a  el  hilo  de 
'la  gente,  como  dicen,  ni  con  pena,  ni  con  gloria,  ni  la  da  vida,  ni 
muerte,  ni  placer  ni  pesar:  no  parece  se  siente  nada.  Paréceme 
a  mí  que  anda  el  alma  como  un  asnillo  que  pace,  que  se  sustenta 
porque  le  dan  de  comer  y  come  casi  sin  sentirlo;  porque  el 
alma  en  este  estado  no  debe  estar  sin  comer  algunas  grandes  mer- 
cedes de  Dios;  pues  en  vida  tan  miserable  no  le  pesa  de  vivir,  y 
lo  pasa  con  igualdad,  mas  no  se  sienten  movimientos  ni  efetos 
para  que  se  entienda  el  alma. 

Paréceme  ahora  a  mí  como  un  navegar  con  un  aire  muy  so- 
segado, que  se  anda  mucho  sin  entender  cómo;  porque  en  esto- 
tras maneras  son  tan  grandes  los  efetos,  que  casi  luego  ve  el  alma 
su  mijora;  porque  luego  bullen  (1)  los  deseos,  y  nunca  acalca  de 
satisfacerse  un  alma.  Esto  tiene  los  grandes  ímpetus  de  amor 
que  he  dicho,  a  quien  Dios  los  da.  Es  como  unas  fontecicas 
que  yo  he  visto  manar,  que  nunca  cesa  de  hacer  movimiento  el 
arena  hacia  riba  (2).  Al  natural  me  parece  este  enjemplo  u  com- 
paración de  las  almas  que  aquí  llegan.  Siempre  está  bullendo 
el  amor  y  pensando  qué  hará;  no  cabe  en  sí,  como  en  la  fierra 
parece  no  cabe  aquel  agua,  sino  que  la  echa  de  sí.  Ansí  está  e] 
alma  muy  ordinario,  que  no  sosiega,  ni  cabe  en  sí  con  el  amor 
que  tiene;  ya  la  tiene  a  ella  empapada  en  sí;  querría  be- 
biesen los  otros,  pues  a  ella  no  la  hace  falta,  para  que  la  ayuda- 
sen a  alabar  a  Dios.  ¡Oh  qué  de  veces  me  acuerdo  del  agua 
viva  que  dijo  el  Señor  a  la  Samaritana!,  y  ansí  soy  muy  aficio- 
nada a  aquel  Evangelio.  Y  es  ansí,  cierto,  que  sin  entender  como 
ahora  este  bien,  desde  muy  niña  lo  era,  y  suplicaba  muchas 
veces   a  el   Señor   me   diese   aquel   agua,   y   la   tenía   debujada 


1  El  original:  bullan. 

2  Así  lo  escribe  la  Santa. 


CAPITULO    XXX  247 

adonde  estaba  siempre,  con  este  letrero,  cuando  el  Señor  llegó 
a  el  pozo:  Domine,  da  mihi  aquam  (1), 

parece  también  como  un  fuego  que  es  grande,  y  para  que 
no  se  aplaque,  es  menester  haya  siempre  que  quemar,  ñnsí  son 
las  almas  que  digo,  aunque  fuese  muy  a  su  costa,  querrían 
traer  leña  para  que  no  cesase  este  fuego.  Yo  soy  tal,  que  aun 
con  pajas  que  pudiese  echar  en  él  me  contentaría,  y  ansí  me 
acaece  algunas  y  muchas  veces;  unas  me  río  y  otras  me  fatigo 
mucho.  El  movimiento  interior  me  incita  a  que  sirva  en  algo,  de 
que  no  soy  para  más,  en  poner  ramitos  y  flores  á  imagines,  en 
barrer,  en  poner  un  oratorio,  en  unas  cositas  tan  bajas  que 
me  hacía  confusión.  Si  hacía  algo  de  penitencia,  todo  poco  y 
de  manera  que,  a  no  tomar  el  Señor  la  voluntad,  vía  yo  era  sin 
ningún  tomo,  y  yo  mesma  burlaba  de  mí.  Pues  no  tienen  poco 
trabajo  a  ánimas  que  da  Dios  por  su  bondad  este  fuego  de  amor 
suyo  en  abundancia,  faltar  fuerzas  corporales  para  hacer  algo  por 
El.  Es  una  pena  bien  grande;  porque  como  le  faltan  fuerzas 
para  echar  alguna  leña  en  este  fuego  y  ella  muere  porque  no  se 
mate,  paréceme  que  ella  entre  sí  se  consume  y  hace  ceniza,  y  se 
deshace  en  lágrimas,  y  se  quema,  y  es  harto  tormento,  aunque  es 
sabroso. 

Alabe  muy  mucho  a  lel  Señor  el  alma  que  ha  llegado  aquí,  y 
le  da  fuerzas  corporales  para  hacer  penitencia,  u  le  díó  letras 


1  Joan.,  IV,  15.  La  Santa  escribe:  Domine  da  miqui  aquñn.  Estas  palabras  pudo  verlos 
la  Santa  en  un  cuadro  que  tenían  sus  padres,  en  cu¡ja  parte  inferior  se  leen.  Al  morir  D.  Al- 
fonso, pasó  a  la  Encarnación,  donde  actualmente  se  venera.  Fué  muy  devota  !a  Santa  de  este 
paso  evangélico.  Vestigios  de  esta  devoción  se  hallan  en  todas  las  casas  levantadas  por  ella, 
comenzando  por  la  primitiva  de  San  José.  Aun  han  en  su  jardín  un  pozo  llamado  de  la 
Saraaritana,  junto  al  cual  hizo  pintar  la  Santa  a  la  célebre  mujer  de  Sicar,  que  sostuvo  tan 
tierno  coloquio  con  Jesús  junto  al  brocal  de  la  fuente  o  pozo  de  Jacob.  La  pintura  hace  siglos 
que  desapareció.  De  este  pozo  de  las  Descalzas  de  Avila  habla  en  el  capítulo  primero 
del  Libro  de  las  Fundaciones.  Por  su  parte,  Isabel  de  Sto.  Domingo  dice  en  el  Proceso  de 
Avila:  «También  sabe  esta  declarante  que  era  muy  devota  de  los  Santos,  a  muchos  de  los 
cuales  hizo  ermita  en  este  convento  de  S.  Joseph...,  y  junto  a  un  pozo,  una  pintura  de  la  Sa- 
maritana».  Lo  mismo  hizo  en  su  segunda  fundación  de  Medina  del  Campo,  sobre  lo  cual  de- 
clara la  M.  María  de  San  Francisco  en  las  Informaciones  hechas  en  esta  ciudad  para  la  cano- 
nización de  la  Santa:  «Artículo  tercero:  hizo  la  Santa  una  ermita  muy  graciosa  que  llamaban  de 
la  Samaritana,  y  pintó  en  un  lienzo  el  misterio;  y  dentro  de  la  misma  ermita  hizo  un  pozo  de 
agua  viva,  muy  buena  y  suave,  y  de  ella  bebían  la  Santa  y  sus  hijas,  y  la  Santa  solía  decir  a 
Cristo:  Señor,  dadme  del  agua  viva  que  diste  a  esta  santa  Samaritana».  (Cfr.  Memorias  histo~ 
ríales,  1.  R.,  n.  54).  Esta  M.  Francisca,  según  ella  declara  en  este  mismo  lugar,  es  la  que,  siendo 
sacristana  en  el  Convento  de  Alba,  dio  a  D.a  Juana  de  Ahumada  la  cruz  del  rosario  de  la 
Sania,  de  que  hemos  hablado  en  la  pág.  231. 


248  VIDñ    DE    SHNTA    TERESA    DE    JESÚS 

y  takntos,  y  libertad  para  predicar  y  confesar  y  llegar  almas  a 
Dios;  que  no  sabe  ni  entiende  el  bien  que  tiene,  si  no  ha  pasado 
por  gustar  qué  es  no  poder  hacer  nada  en  servicio  de  el  Señor  y 
recibir  siempre  mucho.  Sea  bendito  por  todo  y  denle  gloria  los 
ángeles.  Amén. 

No  sé  si  hago  bien  de  escribir  tantas  menudencias.  Como 
vuestra  merced  me  tornó  a  enviar  a  mandar  que  no  se  me  diese 
nada  de  alargarme,  ni  dejase  nada,  voy  tratando  con  claridad 
y  verdad  lo  que  se  me  acuerda.  Y  no  puede  ser  menos  de  dejarse 
mucho;  porque  sería  gastar  mucho  más  tiempo,  y  tengo  tan  poco, 
como  he  dicho,  y  por  ventura  no  sacar  ningún  provecho. 


CAPITULO     XXXI 

TRATA  DE  ALGUNAS  TENTACIONES  EXTERIORES,  Y  REPRESENTACIONES  QUE 
LA  HACIA  EL  DEMONIO,  Y  TORMENTOS  QUE  LA  DABA.  TRATA  TAM- 
BIÉN ALGUNAS  COSAS  HARTO  BUENAS  PARA  AVISO  DE  PERSONAS 
QUE  VAN  CAMINO  DE  PERFECION. 


Quiero  decir,  ya  que  he  dicho  algunas  tentaciones  g  turba- 
ciones interiores  ij  secretas,  que  el  demonio  rae  causaba  otras 
que  hacia  casi  públicas,  en  que  no  se  podía  inorar  que  era  él. 

Estaba  una  vez  en  un  oratorio,  g  aparecióme  hacia  el  lado 
izquierdo  de  abominable  figura;  en  especial  miré  la  boca,  porque 
me  habló,  que  la  tenía  espantable.  Parecía  le  salía  una  gran  llama 
de  el  cuerpo,  que  estaba  toda  clara  sin  sombra.  Díjome  espan- 
tablemente que  bien  me  había  librado  de  sus  manos,  mas  que  él 
me  tornaría  a  ellas.  Yo  tuve  gran  temor,  y  santigüeme  como  pude, 
g  desapareció,  g  tornó  luego.  Por  dos  veces  me  acaeció  esto. 
Yo  no  sabía  qué  me  hacer;  tenía  allí  agua  bendita,  g  échelo  hacia 
aquella  parte,  g  nunca  más  tornó.  Otra  vez  me  estuvo  cinco  horas 
atormentando  con  tan  terribles  dolores  g  desasosiego  interior 
g  exterior,  que  no  me  parece  se  podía  ga  sufrir.  Las  que  esta- 
ban conmigo,  estaban  espantadas  g  no  sabían  qué  se  hacer,  ni 
go  cómo  valerme. 

Tengo  por  costumbre,  cuando  los  dolores  g  mal  corporal  es 

mug  intolerable,  hacer  atos  como  puedo  entre  mí,  suplicando  a  el 

Señor,  si  se  sirve  de  aquello,  que  me  dé  Su  Majestad  paciencia, 

u  me  esté  uo  ansí  hasta  la  fin  de  el  mundo.  Pues  como  esta  vez 
a  tf  17* 


250  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESüS 

vi  el  padecer  con  tanto  rigor,  remediábame  con  estos  atos  para 
poderlo  llevar,  y  determinaciones.  Quiso  el  Señor  entendiese  cómo 
era  el  demonio,  porque  vi  cabe  raí  un  negrillo  muy  abominable, 
regañando  como  desesperado  de  que  adonde  pretendía  ganar  per- 
día. Yo,  como  le  vi,  reímie,  y  no  hube  miedo,  porque  había  allí 
algunas  conmigo  que  no  se  podían  valer,  ni  sabían  qué  remedio 
poner  a  ¡tanto  tormento,  que  eran  grandes  los  golpes  que  me  hacía 
dar,  sin  poderme  resistir,  con  cuerpo,  y  cabeza  y  brazos;  y  lo 
peor  era  el  desasosiego  interior,  que  de  ninguna  suerte  podía 
tener  sosiego.  No  osaba  pedir  agua  bendita,  por  no  las  poner 
miedo  y  porque  no  entendiesen  lo  que  era. 

De  muchas  veces  tengo  expiriencia  que  no  hay  cosa  con  que 
huyan  más  para  no  tornar.  De  la  cruz  también  huyen  (1),  mas 
vuelven;  debe  ser  grande  la  virtud  de  el  agua  bendita  (2).  Para 
mí  es  particular  y  muy  conocida  consolación  que  siente  mi  alma 
cuando  lo  tomo.  Es  cierto  que  lo  muy  ordinario  es  sentir  una 
recreación,  que  no  sabría  yo  darla  a  entender,  como  un  deleite 
interior  que  toda  el  alma  me  conorta.  Esto  no  es  antojo,  ni  cosa 
que  me  ha  acaecido  sola  una  vez,  sino  muy  muchas  veces,  y  mi- 
rado con  gran  advertencia.  Digamos  como  si  uno  estuviese  con 
mucha  calor  y  sed  y  bebiese  un  jarro  de  agua  fría,  que  parece 
todo  él  sintió  el  refrigerio.  Considero  yo  qué  gran  cosa  es  todo 
lo  que  está  ordenado  por  la  Iglesia,  y  regálame  mucho  ver  que 
tengan  tanta  fuerza  aquellas  palabras,  que  ansí  la  pongan  en  el 
agua  para  que  sea  tan  grande  la  diferencia  que  hace  a  lo  que 
no  es  bendito. 

Pues  como  no  cesaba  el  tormento,  dije:  si  no  se  riesen,  pe- 
diría agua  bendita  (3).  Trajéronmelo  y  echáronmelo  a  mí,  y  no 


1  El  original:  ityn. 

2  Las  palabras  que  acabamos  de  leer  son  un  acabado  elogio  de  la  virtud  del  agua  ben^ 
dita.  Refiere  la  V.  Ana  de  Jesús  en  las  Informaciones  de  la  beatificación  de  la  Santa  hechas  en 
Madrid,  acerca  de  este  extremo:  «Nunca  quería  que  caminásemos  sin  agua  bendita.  Y  por  la 
pena  que  le  daba  si  alguna  vez  se  nos  olvidaba,  llevábamos  calabacillas  de  ella  colgadas  a  la 
cinta,  y  así  siempre  quería  la  pusiéramos  una  en  la  suya  diciéndonos:  no  saben  ellas  el  refri- 
gerio que  se  siente  teniendo  agua  bendita;  que  es  un  gran  bien  gozar  tan  fácilmente  de  la  san- 
gre  de  Cristo.  Y  cuantas  veces  comenzábamos  por  el  camino  a  rezar  el  Oficio  divino,  nos  la 
hacía  tomar». 

3  En  un  Códice  antiguo,  que  se  conservaba  en  nuestro  Archivo  general  de  Madrid,  al 
folio  125  se  leía:  «Era  la  M.  Inés  de  Jesús,  la  que  fué  Priora  tanto  tiempo  en  Medina,  la  que 
estaba  presente  cuando  dijo  la  Santa:  si  no  se  riesen,  diría  qus  me  echasen  agua  bendita,-  jj 


CAPITULO    XXXI  251 

aprovechaba.  Échelo  hacia  donde  estaba,  y  en  un  punto  se  fué, 
y  se  me  quitó  todo  el  mal,  como  si  con  la  mano  me  lo  quitaran, 
salvo  que  quedé  cansada,  como  si  me  hubieran  dado  muchos 
palos.  Hízome  gran  provecho  ver  que,  aun  no  siendo  un  alma 
y  cuerpo  suyo,  cuando  el  Señor  le  da  licencia,  hace  tanto  mal, 
¿qué  hará  cuando  él  lo  posea  por  suyo?  Dióme  de  nuevo  gana 
de  librarme  de  tan  ruin  compañía. 

Otra  vez,  "poco  ha,  me  acaeció  lo  mesmo,  aunque  no  duró 
tanto,  y  yo  estaba  sola;  pedí  agua  bendita,  y  las  que  entraron 
después  que  ya  se  habían  ido  (que  eran  dos  monjas  bien  de 
creer  que  por  ninguna  suerte  dijeran  mentira),  olieron  un  olor 
muy  malo,  como  de  piedra  azufre.  Yo  no  lo  olí;  duró  de  manera 
que  se  pudo  advertir  a  ello.  Otra  vez  estaba  en  el  coro,  y  dióme 
un  gran  ímpetu  de  recogimiento;  fuíme  de  allí,  porque  no  lo  en- 
tendiesen, aunque  cerca  oyeron  todas  dar  golpes  grandes  adonde 
yo  estaba,  y  yo  cabe  mí  oí  hablar,  como  que  concertaban  algo, 
aunque  no  entendí  qué  habla  gruesa;  mas  estaba  tan  en  oración, 
que  no  entendí  cosa,  ni  hube  ningún  miedo.  Casi  cada  vez  era 
cuando  el  Señor  me  hacía  merced  de  que  por  mi  persuasión  se 
aprovechase  algún  alma;  y  es  cierto  que  me  acaeció  lo  que  ahora 
diré;  y  desto  hay  muchos  testigos,  en  especial  quien  ahora  me 
confiesa  (1),  que  lo  vio  por  escrito  en  una  carta;  sin  decirle 
yo  quién  era  la  persona  cuya  era  la  carta,  bien  sabía  él 
quién  era. 

Vino  una  persona  a  mí  que  había  dos  años  y  medio  que 
estaba  en  un  pecado  mortal,  de  los  más  abominables  que  yo  he 
oído,  y  en  todo  este  tiempo,  ni  le  confesaba,  ni  se  enmendaba, 
y  decía  misa.  Y  aunque  confesaba  otros,  este  decía  que  cómo 
le  había  de  confesar  cosa  tan  fea.  Y  tenía  gran  deseo  de  salir 
de  él,  y  no  se  podía  valer  a  sí.  A  mí  hízome  gran  lástima,  y  ver 
que  se  ofendía  a  Dios  de  tal  manera,  me  dio  mucha  pena.  Pro- 
metíle  de  suplicar  mucho  a  Dios  le  remediase,  y  hacer  que  otras 


que  después  la  declaró  la  Santa  lo  que  era.  Y  preguntándola  ella  qué  hacía  en  tanto  tormento, 
respondió  la  Santa  que  pedía  a  Dios,  si  su  Majestad  era  glorificado  en  ello,  la  durase  hasta  el 
día  del  Juicio».  (Cfr.  Memorias  historiales,  letra  R.,  n.  180). 

1      El  P.   Domingo   Báñez  o   García  de  Toledo,    que   confesaban  a  la  Santa   por  los   años 
de  1563  a  1566. 


252  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

personas  lo  hiciese,  que  eran  mijores  que  yo,  g  escribía  a  cierta 
persona  que  él  me  dijo  podía  dar  las  cartas.  Y  es  ansí  que  a 
la  primera  se  confesó;  que  quiso  Dios,  por  las  muchas  personas 
muy  santas  que  lo  habían  suplicado  a  Dios,  qu€  se  lo  había  ^o 
encomendado,  hacer  con  esta  alma  esta  misericordia,  y  yo,  aun- 
que miserable,  hacía  lo  que  podía  con  harto  cuidado.  Escribióme 
que  estaba  ya  con  tanta  mijoría,  que  había  (1)  días  que  no 
caía  en  él;  mas  que  era  tan  grande  el  tormento  que  le  daba 
la  tentación,  que  parecía  estaba  en  el  infierno  sigún  lo  que 
padecía,  que  le  encomendase  a  Dios.  Yo  lo  torné  a  encomendar 
a  mis  hermanas,  por  cuyas  oraciones  debía  el  Señor  hacerme  esta 
merced,  que  lo  tomaron  muy  a  pechos.  Era  persona  que  no  podía 
nadie  atinar  en  quien  era.  Yo  supliqué  a  Su  Majestad  se  aplaca- 
sen aquellos  tormentos  y  tentaciones,  y  se  viniesen  aquellos  de- 
monios a  atormentarme  a  mí,  con  que  yo  no  ofendiese  en  nada 
a  el  Señor.  Es  ansí  que  pasé  un  mes  de  grandísimos  tormentos; 
entonces  eran  estas  dos  cosas  que  he  dicho. 

Fué  el  Señor  servido  que  le  dejaron  a  él;  ansí  me  lo  es- 
cribieron, porque  yo  le  dije  lo  que  pasaba  en  este  mes.  Tomó 
fuerza  su  alma  y  quedó  de  el  todo  libre,  que  no  se  hartaba  de  dar 
gracias  a  el  Señor  y  a  mí,  como  si  yo  hubiera  hecho  algo,  sino 
que  ya  el  crédito  que  tenía  de  que  el  Señor  me  hacía  mercedes 
le  aprovechaba.  Decía  que  cuando  se  vía  muy  apretado,  leía  mis 
cartas  y  se  le  quitaba  la  tentación,  y  estaba  muy  espantado  de 
lo  que  yo  había  padecido  y  cómo  se  había  librado  él.  Y  aun  yo 
rae  espanté,  y  lo  sufriera  otros  muchos  años  por  ver  aquel  alma 
libre.  Sea  alabado  por  todo,  que  mucho  puede  la  oración  de  los 
que  sirven  a  el  Señor,  como  yo  creo  lo  hacen  en  esta  casa  estas 
hermanas;  sino  que,  como  yo  lo  procuraba,  debían  los  demo- 
nios indinarse  más  conmigo,  y  el  Señor  por  mis  pecados  lo 
primitía   (2). 

En  este  tiempo  también  una  noche  pensé  me  ahogaban;  y 
como  echaron  mucha  agua  bendita,  vi  ir  mucha  multitud  de  ellos, 


1  El  original  pone  vía  por  había. 

2  Son  muchos  los  testimonios  de  personas  que  deponen  en  las  Informaciones  pata  la 
canonización  de  la  Santa,  lo  que  hubo  de  sufrir  de  parle  de  los  demonios.  Veremos  algunos  en 
los  Apéndices. 


Capitulo  xxxi  253 

como  quien  se  va  despeñando.  Son  tantas  veces  las  que  estos 
malditos  me  atormentan,  y  tan  poco  el  miedo  que  yo  ga  les  he, 
con  ver  que  no  se  pueden  menear  si  el  Señor  no  les  da  licencia, 
que  cansaría  a  vuestra  merced  y  me  cansaría  si  las  dijese. 

Lo  dicho  aproveche  de  que  el  verdadero  siervo  de  Dios  se 
le  dé  poco  de  estos  espantajos,  que  estos  ponen  para  hacer  te- 
mer; sepan  que  a  cada  vez  que  se  nos  da  poco  de  ellos,  quedan 
con  menos  fuerza  y  el  alma  muy  más  señora.  Siempre  queda 
algún  gran  provecho,  que  por  no  alargar  no  lo  digo;  sólo  diré 
esto  que  me  acaeció  una  noche  de  las  ánimas.  Estando  en  un 
oratorio,  habiendo  rezado  un  noturno  y  diciendo  unas  oraciones 
muy  devotas  que  está  al  fin  de  él,  muy  devotas,  que  tenemos 
en  nuestro  rezado,  se  me  puso  sobre  el  libro  para  que  no  aca- 
base la  oración;  yo  me  santigüé  y  fuese.  Tornando  a  comen- 
zar, tornóse,  creo  fueron  tres  veces  las  que  la  comencé,  y  hasta 
que  eché  agua  bendita,  no  pude  acabar.  Vi  que  salieron  algunas 
almas  de  purgatorio  en  el  inistante  (1),  que  debía  faltarlas  poco, 
y  pensé  si  pretendía  estorbar  esto.  Pocas  veces  le  he  visto  to- 
mando forma,  y  muchas  sin  ninguna  forma,  como  la  visión,  que 
sin  forma  se  ve  claro  está  allí,  como  he  dicho. 

Quiero  también  decir  esto,  porque  me  espantó  mucho.  Es- 
tando un  día  de  la  Trinidad  en  cierto  monesterio  en  el  coro  y 
en  arrobamiento,  vi  una  gran  contienda  de  demonios  contra  án- 
geles. Yo  no  podía  entender  qué  querría  decir  aquella  visión;  an- 
tes de  quince  días  se  entendió  bien  en  cierta  contienda  que  acae- 
ció entre  gente  de  oración  y  muchos  que  no  lo  eran,  y  vino 
harto  daño  a  la  casa  que  era;  fué  contienda  que  duró  mucho,  y 
de  harto  desasosiego.  Otras  veces  vía  mucha  multitud  de  ellos 
enrededor  de  mí,  y  parecíame  estar  una  gran  claridad  que  me 
cercaba  toda,  y  ésta  no  les  consentía  llegar  a  mí  (2),  Entendí 
que  me  guardaba  Dios,  para  que  no  llegasen  a  mí  de  manera  que 
me  hiciesen  ofenderle.  En  lo  que  he  visto  en  mí  algunas  veces, 
entendí  que  era  verdadera  visión.  El  caso  es,  que  ya  tengo  tan 


1  Así  escribe  esta  palabra  la  Santa. 

2  Por  distracción  repite  la  Santa  esta  frase  con  una  pequeña  variante   en   las  dos  prime- 
ras palabras:   »paréceme  estaba  una  gran  claridad... > 


25^  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÜS 

entendido  su  poco  poder,  si  yo  no  soy  contra  Dios,  que  casi 
ningún  temor  los  tengo;  porque  no  son  nada  sus  fuerzas  si  no 
ven  almas  rendidas  a  ellos  y  cobardes,  que  aquí  muestran  ellos 
su  poder  (1).  Algunas  veces,  en  las  tentaciones  que  ya  dije, 
me  parecía  que  todas  las  vanidades  y  flaquezas  de  tiempos  pa- 
sados tornaban  a  despertar  en  mí,  que  tenía  bien  que  encomen- 
darme a  Dios.  Luego  era  el  tormento  de  parecerme,  que  pues  me 
venían  aquellos  pensamientos,  que  debía  de  ser  todo  demonio,  has- 
ta que  me  sosegaba  el  confesor ;  porque  aun  primer  movimiento  de 
mal  pensamiento  me  parecía  a  mí  no  había  de  tener  de  quien 
tantas  mercedes  recibía  del  Señor.  Otras  veces  me  atormentaba 
mucho,  y  aun  ahora  me  atormenta,  ver  que  se  hace  mucho  caso  de 
mí,  en  especial  personas  principales,  y  de  que  decían  mucho  bien. 
En  esto  he  pasado  y  paso  mucho.  Miro  luegoí  a  la  vida  de  Cristo 
y  de  los  santos,  y  paréceme  que  voy  al  revés,  que  ellos  no  iban 
sino  por  desprecio  y  injurias.  Háceme  andar  temerosa,  y  como  que 
no  oso  alzar  la  cabeza,  ni  querría  parecer  lo  que  no  hago. 

Cuando  tengo  persecuciones  anda  el  ánima  tan  señora,  aun- 
que el  cuerpo  lo  siente,  y  por  otra  parte  ando  afligida,  que  yo 
no  sé  cómo  esto  puede  ser;  mas  pasa  ansí,  que  entonces  parece 
está  el  alma  en  su  reino,  y  que  lo  tray  todo  debajo  de  los  pies. 
Dábame  algunas  veces,  y  duróme  hartos  días,  y  parecía  era  vir- 
tud y  humildad  por  una  parte,  y  ahora  veo  claro  que  era  tenta- 
ción. Un  fraile  dominico,  gran  letrado,  me  lo  declaró  bien.  Cuando 
pensaba  que  estas  mercedes  que  el  Señor  me  hace  se  habían 
de  venir  a  saber  en  público,  era  tan  ecesivo  el  tormento,  que  me 
inquietaba  mucho  el  ánima.  Vino  a  términos  que,  considerándolo, 
de  mijor  gana  me  parece  me  determinaba  a  que  me  enterraran 
viva  que  por  esto;  y  ansí,  cuando  me  comenzaron  estos  grandes 
recogimientos  u  arrobamientos  a  no  poder  resistirlos  aún  en  pú- 
blico, quedaba  yo  después  tan  corrida,  que  no  quisiera  parecer 
adonde  nadie  me  viera. 


1  Al  margen  del  manuscrito  original  escribió  el  P.  Domingo  Báñez:  «San  Gregorio  en  Los 
Morales  dice  de  el  demonio  que  es  hormiga  y  león;  viene  a  este  propósito  bien».  Como  la  Santa 
manejaba  esta  obra  del  sabio  Pontífice,  no  es  Inverosímil  fueran  sus  palabras  reminiscencia  de 
anteriores  lecturas.  El  pasaje  de  San  Gregorio  se  halla  en  los  comentarios  al  capítulo  IV  del 
libro  de  Job. 


CAPITULO    XXXI  255 

Estando  una  vez  muy  fatigada  de  esto,  me  dijo  el  Señor,  que 
qué  temía,  que  en  esto  no  podía  sino  haber  dos  cosas:  ti  que 
mormurasen  de  mí,  u  alabarle  a  El;  dando  a  entender,  que  los 
cfue  lo  creían,  le  alabarían,  y  los  que  no,  era  condenarme  sin 
culpa,  y  qu€  entramas  cosas  eran  ganancia  para  mí,  que  no  me 
fatigase.  Mucho  me  sosegó  esto,  y  me  consuela  cuando  se  me 
acuerda.  Vino  a  términos  la  tentación,  que  me  quería  ir  de  este 
lugar  y  dotar  en  otro  monesterio  muy  más  encerrado  que  en  el 
que  yo  al  presente  estaba,  que  había  oído  decir  muchos  extremos 
de  él.  Era  también  de  mi  orden,  y  muy  lejos  (1),  qu€  eso  es  lo 
que  a  mí  me  consolara,  estar  adonde  no  me  conocieran,  y  nunca 
mi  confesor  me  dejó. 

Mucho  me  quitaba  la  libertad  de  el  espíritu  estos  temores, 
que  después  vine  yo  a  entender  no  era  buena  humildad,  pues 
tanto  inquietaba,  y  me  enseñó  el  Señor  esta  verdad,  que  yo 
tan  determinada  y  cierta  estuviera  qu€  no  era  ninguna  cosa  buena 
mía,  sino  de  Dios:  que  ansí  como  no  me  pesaba  de  oir  loar  a 
otras  personas,  antes  me  holgaba  y  consolaba  mucho  de  ver 
que  allí  se  mostraba  Dios,  que  tampoco  me  pesaría  mostrase  en 
mí  sus  obras. 

También  di  en  otro  extremo,  que  fué  suplicar  a  Dios,  y  hacía 
oración  particular,  que  cuando  a  alguna  persona  le  pareciese  algo 
bien  en  mí,  que  Su  Majestad  le  declarase  mis  pecados,  para  que 
viese  cuan  sin  mérito  mío  me  hacía  mercedes,  que  esto  deseo 
yo  siempre  mucho.  Mi  confesor  me  dijo  que  no  lo  hiciese;  mas 
hasta  ahora  poco  ha.  Si  vía  yo  que  una  persona  pensaba  de  mi 
bien  mucho,  por  rodeos,  u  como  podía,  le  daba  a  entender  mis 
pecados,  y  con  esto  parece  descansaba;  también  me  han  puesto 
mucho  escrúpulo  en  esto. 

Procedía  esto,  no  de  humildad,  a  mi  parecer,  sino  de  una 
tentación  venían  muchas.  Parecíame  que  a  todos  los  traía  enga- 


1  El  P.  Federico  de  S.  Antonio  (Vita  délla  Santa  Madre  Teresa  di  Gesú,  1.  I,  c.  22), 
sospecha  si  la  Santa  Madre  pensó  retirarse  a  un  convento  de  Flandes  o  de  Bretaña,  Las  Car- 
melitas de  París  (Oeuvres  de  S.  Tétese,  t.  I,  p.  409),  concretan  más  el  pensamiento,  afirmando  si 
acaso  Santa  Teresa  quiso  ir  al  convento  que  cerca  de  Nantes  edificó  en  1477  la  Beata  Francisca 
de  Amboise.  Nos  parece  que  no  tenía  la  Santa  necesidad  de  salir  de  España  para  hallar  con- 
ventos retirados,  austeros  ij  observantes. 


^56  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÜS 

fiados,  y  aunque  €s  verdad  que  andan  engañados  en  pensar  que 
hay  algún  bien  en  mí,  no  era  mi  deseo  engañarlos,  ni  jamás 
tal  pretendí,  sino  que  el  Señor  por  algún  fin  lo  primite;  y  ansí 
aun  con  los  confesores,  si  no  viera  era  necesario,  no  tratara  ningu- 
na cosa,  que  se  me  hiciera  gran  escrúpulo.  Todos  estos  temorcilJos, 
y  penas  y  sombra  de  humildad,  entiendo  yo  ahora  era  harta  im- 
perfeción,  y  de  no  estar  mortificada;  porque  un  alma  dejada 
en  las  manos  de  Dios,  no  se  le  da  más  que  digan  bien  que  mal, 
si  ella  entiende  bien;  bien  entendido,  como  el  Señor  quiere  ha- 
cerle merced  que  lo  entienda,  que  no  tiene  nada  de  sí.  Fíese  de 
quien  se  lo  da,  que  sabrá  por  qué  lo  descubre,  y  aparéjese  a  la 
persecución,  que  está  cierta  en  los  tiempos  de  ahora,  cuando  de 
alguna  persona  quiere  el  Señor  se  entienda  que  la  hace  semejan- 
tes mercedes;  porque  hay  mil  ojos  para  un  alma  de  éstas,  adonde 
para  mil  almas  de  otra  hechura  no  hay  ninguno. 

A  la  verdad,  no  hay  poca  razón  de  temer,  y  éste  debía 
ser  mi  temor,  y  no  humildad,  sino  pusilaminidad  ( 1 ) ;  porque  bien 
se  puede  aparejar  un  alma  que  ansí  primite  Dios  que  ande  en 
los  ojos  de  el  mundo,  a  ser  mártir  de  el  mundo,  porque  si  ella  no 
se  quiere  morir  a  él,  el  mesmo  mundo  los  matará.  No  veo,  cierto, 
otra  cosa  en  él  que  bien  me  parezca,  sino  no  consentir  faltas 
en  los  buenos,  que  a  poder  de  mormuraciones  no  las  perfecione. 
Digo  que  es  menester  más  ánimo  para,  si  uno  no  está  perfeto, 
llevar  camino  de  perfeción,  que  para  ser  de  presto  mártires; 
porque  la  perfeción  no  se  alcanza  en  breve,  si  no  es  a  quien  el 
Señor  quiere  por  particular  previlegio  hacerle  esta  merced.  E] 
mundo,  en  viéndole  comenzar,  le  quiere  perfeto,  y  de  mil  leguas 
le  entiende  una  faltaíiue  por  ventura  en  él  es  virtud,  y  quien 
le  condena  usa  de  aquello  mesmo  por  vicio,  y  ansí  lo  juzga 
en  el  otro.  No  ha  de  haber  comer,  ni  dormir,  ni,  como  dicen,  re- 
solgar;  y  mientra  en  más  le  tienen,  más  deben  olvidar  que  aun 
se  están  en  el  cuerpo.  Por  perfeta  que  tengan  el  alma,  viven 
aun  en  la  tierra  sujetos  a  sus  miserias,  aunque  más  la  tengan 
debajo  de  los  pies.  Y  ansí,  como  digo,  es  menester  gran  ánimo; 


1      Asf  esciibe  la  Santa  este  vocablo. 


CAPITULO    XXXI  257 

porque  la  pobre  alma  aun  no  ha  comenzado  a  andar  y  quiérenla 
que  vuek;  aun  no  tiene  vencidas  las  pasiones,  y  quieren  que  en 
grandes  ocasiones  estén  tan  entera  como  ellos  leen  estaban  los 
santos  después  de  confirmados  en  gracia.  Es  para  alabar  a  el 
Señor  lo  que  en  esto  pasa,  y  aun  para  lastimar  mucho  el  cora- 
zón; porque  muy  muchas  almas  tornan  atrás,  que  no  saben  las 
pobrecitas  valerse.  Y  ansí  creo  hiciera  la  mía  si  el  Señor  tan 
misericordiosamente  no  lo  hiciera  todo  de  su  parte;  y  hasta  que 
por  su  bondad  lo  puso  todo,  ya  verá  vuestra  merced  que  no  ha 
habido  en  mí  sino  caer  y  levantar. 

Querría  saberlo  decir,  porque  creo  se  engañan  aquí  muchas 
almas  que  quieren  volar  antes  que  Dios  les  dé  alas.  Ya  creo  he 
dicho  otra  vez  esta  comparación,  mas  viene  bien  aquí.  Trataré 
esto,  porque  veo  a  algunas  almas  muy  afligidas  por  esta  causa. 
Como  comienzan  con  grandes  deseos,  y  hervor,  y  determinación 
de  ir  adelante  en  la  virtud,  y  algunas,  cuanto  al  exterior,  todo 
lo  dejan  por  El,  como  ven  en  otras  personas  que  son  más  creci- 
das cosas  muy  grandes  de  virtudes  que  les  da  el  Señor,  que 
no  nos  la  podemos  nosotros  tomar;  ven  en  todos  los  libros  que 
están  escritos  de  oración  y  contemplación  poner  cosas  que  he- 
mos de  hacer  para  subir  a  esta  dinidad,  que  ellos  no  las  pueden 
luego  acabar  consigo,  desconsuélanse.  Como  es  un  no  se  nos 
dar  nada  que  digan  mal  de  nosotros,  antes  tener  mayor  con- 
tento que  cuando  dicen  bien,  una  poca  estima  de  honra,  un 
desasimiento  de  sus  deudos  que,  si  no  tienen  oración,  no  los 
querría  tratar,  antes  le  cansan,  otras  cosas  de  esta  manera  mu- 
chas, que  a  mi  parecer  las  ha  de  dar  Dios,  porque  me  parece 
son  ya  bienes  sobrenaturales,  u  contra  nuestra  natural  incli- 
nación. No  se  fatiguen,  esperen  en  el  Señor,  que  lo  que  ahora 
tienen  en  deseos.  Su  Majestad  hará  que  llegen  a  tenerlo  por 
obra,  con  oración,  y  haciendo  de  su  parte  lo  que  es  en  sí;  por- 
que es  muy  necesario  para  este  nuestro  flaco  natural  tener  gran 
confianza,  y  no  desmayar,  ni  pensar  que,  si  nos  esforzamos, 
dejaremos  de  salir  con  Vitoria. 

Y  porque  tengo  mucha  expiriencia  de  esto,  diré  algo  para  avi- 
so de  vuestra  merced;  no  piense,  aunque  le  parezca  que  sí,  que 


258  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

está  ya  ganada  la  virtud,  si  no  la  expirimenta  con  su  contrario. 
Y  siempre  hemos  de  estar  sospechosos,  y  no  descuidarnos  mien- 
tra vivimos;  porque  mucho  se  nos  pega  luego,  si,  como  digo, 
.no  está  ya  dada  de  el  todo  la  gracia,  para  conocer  lo  que  es  todo, 
y  en  esta  vida  nunca  hay  todo  sin  muchos  peligros.  Parecíame 
a  mi  pocos  años  ha,  que  no  sólo  no  estaba  asida  a  mis  deudos, 
sino  que  me  cansaban;  y  era,  cierto,  ansí,  que  su  conversación  no 
podía  llevar.  Ofrecióse  cierto  negocio  de  harta  importancia,  y 
hube  de  estar  con  una  hermana  mía  a  quien  yo  quería  muy  mu- 
cho antes,  y  puesto  que  en  la  conversación,  aunque  ella  es  mijor 
que  yo,  no  me  hacía  con  ella,  porque  como  tiene  diferente  estado, 
que  es  casada,  no  puede  ser  la  conversación  siempre  en  lo  que 
yo  la  querría,  y  lo  más  que  podía  me  estaba  sola.  Vi  que  me  da- 
ban pena  sus  penas,  más  harto  que  de  prójimo,  y  algún  cuida- 
do (1).  En  fin,  entendí  de  mí  que  no  estaba  tan  libre  como  yo 
pensaba,  y  que  aun  había  menester  huir  la  ocasión,  para  que 
esta  virtud,  que  el  Señor  me  había  comenzado  a  dar,  fuese  en 
crecimiento,  y  ansí  con  su  favor  lo  he  procurado  hacer  siempre 
después  acá. 

En  mucho  se  ha  de  tener  una  virtud  cuando  el  Señor  la  co- 
mienza a  dar,  y  en  ninguna  manera  ponernos  en  peligro  de 
perderla.  Ansí  es  en  cosas  de  honra,  y  en  otras  muchas;  que 
crea  vuestra  merced,  que  no  todos  los  que  pensamos  estamos  des- 
asidos del  todo,  lo  están,  y  es  menester  nunca  descuidar  en 
esto.  Y  cualquiera  persona  que  sienta  en  sí  algún  punto  de  hon- 
ra, si  quiere  aprovechar,  créame  y  dé  tras  este  atamiento,  que 
es  una  cadena  que  no  hay  lima  que  la  quiebre,  si  no  es  Dios  con 
oración  y  hacer  mucho  de  nuestra  parte.  Paréceme  que  es  una 
ligadura  para  este  camino,  que  yo  me  espanto  el  daño  que  hace. 
Veo  a  algunas  personas  santas  en  sus  obras,  que  las  hacen  tan 
grandes  que  espantan  las  gentes.   ¡Válame  Dios!   ¿Por  qué  está 


1  Parece  que  habla  aquí  la  Santa  de  la  fundación  de  S.  José,  para  la  cual  le  prestaron 
muü  buenos  servicios  su  hermana  D.a  Juana  u  el  marido  de  ésta,  Juan  de  Ovalle.  Tenía  la 
buena  hermana  de  Santa  Teresa  sus  penas  matrimoniales,  así  por  la  condición  enfermiza,  ani" 
nada  y  Voltable  de  D.  Juan,  como  por  la  escasez  de  recursos  para  sostener  en  el  rango  con- 
veniente la  calidad  hidalga  de  la  casa.  Ambas  cosas  se  traslucen  muy  claramente  en  algunas 
cartas  de  Santa  Teresa  a  su  hermano  D.  Lorenzo.  El  matrimonio  Ovalle  hubo  de  venir  de  Alba 
a  Avila  para  los  negocios  de  la  fundación,  requerido  por  la  Santa,  en  Agosto  de  1561. 


CAPITULO    XXXI  259 

aún  en  la  tierra  esta  alma?  ¿cómo  no  está  en  la  cumbre  de  la 
perfeción?  ¿qué  es  esto?  ¿quién  detiene  a  quien  tanto  hace  por 
Dios?  ¡Oh,  que  tiene  un  punto  de  honra!  Y  lo  peor  que  tiene 
es  que  no  quiere  entender  que  le  tiene,  y  es  porque  algunas 
veces   le  hace  entender   el   demonio  que  es  obligado   a  tenerle. 

Pues  créanme,  crean  por  amor  de  el  Señor  a  esta  hormiguilla 
que  el  Señor  quiere  que  hable,  que  si  no  quitan  esta  oruga,  que 
ya  que  a  todo  el  árbol  no  dañe,  porque  algunas  otras  virtudes 
quedarán,  mas  todas  carcomidas.  No  es  árbol  hermoso,  sino 
que  él  no  medra,  ni  aun  deja  medrar  a  los  que  andan  cabe  él; 
porque  la  fruta  que  da  de  buen  enjemplo  no  es  nada  sana;  poco 
durará.  Muchas  veces  lo  digo,  que  por  poco  que  sea  el  punto  de 
honra,  es  como  en  el  canto  de  órgano,  que  un  punto  u  compás 
que  se  yerre,  disuena  toda  la  música;  y  es  cosa  que  en  todas 
partes  hace  harto  daño  a  el  alma,  mas  en  este  camino  de  oración 
es  pestilencia. 

ñndas  procurando  juntarte  con  Dios  por  unión,  y  quere- 
mos siguir  sus  consejos  de  Cristo,  cargado  de  injurias  y  testi- 
monios, ¿y  queremos  muy  entera  nuestra  honra  y  crédito?  No  es 
posible  llegar  allá,  que  no  van  por  un  camino.  Llega  el  Señor 
a  el  alma  esforzándonos  nosotros  y  procurando  perder  de  nues- 
tro derecho  en  muchas  cosas.  Dirán  algunos:  no  tengo  en  qué, 
ni  se  me  ofrece;  yo  creo  que  a  quien  tuviere  esta  determinación, 
que  no  querrá  el  Señor  pierda  tanto  bien;  Su  Majestad  ordenará 
tantas  cosas  en  que  gane  esta  virtud,  que  no  quiera  tantas. 
Manos  a  la  obra,  quiero  decir,  las  naderías  y  poquedades  que 
yo  hacía  cuando  comencé  u  alguna  de  ellas;  las  pajitas  que  tengo 
dichas  pongo  en  el  fuego,  que  no  soy  yo  para  más.  Todo  lo 
recibe  el  Señor,  sea  bendito  por  siempre. 

Entre  mis  faltas  tenía  esta,  que  sabía  poco  de  rezado,  y  de 
lo  que  había  de  hacer  en  el  coro  y  cómo  lo  regir,  de  puro 
descuidada  y  metida  en  otras  vanidades,  y  vía  a  otras  novicias 
que  me  podían  enseñar.  Acaecíame  no  les  preguntar,  porque  no 
entendiesen  yo  sabía  poco.  Luego  se  pone  delante  el  buen  enjem- 
plo, esto  es  muy  ordinario.  Ya  que  Dios  me  abrió  un  poco  los 
ojos,    aun   sabiéndolo,   tantito   que  estaba   en   duda,    lo   pregun- 


260  VIDA    DE    SftNTft    TERESA    DE    JESÜS 

taba  a  las  niñas;  ni  p^rdí  honra  ni  crédito,  antes  quiso  g1  Señor, 
a  mi  parecer,  darme  después  más  memoria.  Sabía  mal  cantar, 
sentía  tanto  si  no  tenía  estudiado  lo  que  me  encomendaban,  g 
no  por  el  hacer  falta  delante  del  Señor,  que  esto  fuera  virtud, 
sino  por  las  muchas  que  me  oían,  que  de  puro  honrosa  me 
turbaba  tanto,  que  decía  muy  menos  de  lo  que  sabía.  Tomé  des- 
pués por  mí,  cuando  no  lo  sabía  muy  bien,  decir  que  no  lo  sabía. 
Sentía  harto  a  los  principios,  y  después  gustaba  de  ello.  Y  es 
ansí  que  como  comencé!  a  no  se  me  dar  nada  de  que  se  entendiese 
no  lo  sabía,  que  lo  decía  muy  mijor,  y  que  la  negra  honra  me 
quitaba  supiese  hacer  esto  que  yo  tenía  por  honra,  que  cada 
uno  la  pone  en  lo  que  quiere. 

Con  estas  naderías,  que  no  son  nada,  y  harto  nada  so  yo, 
pues  esto  me  daba  pena,  de  poco  en  poco  se  van  haciendo  con 
atos.  Y  cosas  poquitas  como  estas,  que  en  ser  hechas  por  Dios 
les  da  Su  Majestad  tomo,  ayuda  su  Majestad  para  cosas  mayores. 
Y  lansí  en  cosas  de  humildad  me  acaecía,  que  de  ver  que  todas 
aprovechaban  si  no  yo,  porque  nunca  fui  para  nada,  de  que 
se  iban  de  el  coro,  coger  todos  los  mantos  (1).  Parecíame  ser- 
vía a  aquellos  ángeles  que  allí  alababan  a  Dios,  hasta  que,  no 
sé  cómo,  vinieron  a  entenderlo,  que  no  me  corrí  yo  poco;  porque 
no  llegaba  mi  virtud  a  querer  que  entendiesen  estas  cosas,  y  no 
debía  ser  por  humilde,  sino  porque  no  se  riesen  de  mí  como 
eran  tan  nonada. 


1  Habla  la  Santa  en  todo  este  capítulo  muu  heimosamente  de  la  virtud  de  la  humildad, 
del  ningún  caso  que  debe  hacerse  de  naderías  de  honra,  que  el  mundo  tiene  en  tanta  estima  y 
de  lo  mucho  que  la  mortificaban,  cuando  pública  o  privadamente  alaban  sus  cualidades.  Sabe^ 
mos  por  las  deposiciones  jurídicas  de  Ana  de  Jesús,  Isabel  de  Santo  Domingo  y  otras  primitivas 
Descalzas,  que  la  Santa,  al  abrazar  la  Reforma,  quiso  ser  hermana  lega,  para  de  esta  suerte 
entender  mejor  en  los  oficios  más  humildes  del  convento.  De  las  alabanzas  de  las  gentes,  Yepes 
(Vida,  1.  III,  c.  VII),  pone  en  labios  de  la  Santa  Reformadora  estas  palabras:  ^Tres  cosas  han  dicho 
de  mí,  afirmaba  Santa  Teresa  a  un  religioso  Descalzo  que  la  acompañaba  en  la  fundación  de 
Burgos,  en  todo  el  discurso  de  mi  vida:  que  era,  cuando  moza,  de  buen  parecer,  que  era  discreta, 
y  ahora  dicen  algunos  que  soy  santa.  Las  dos  primeras,  en  algún  tiempo  las  creí,  y  me  he  con- 
fesado por  haber  dado  crédito  a  esta  vanidad;  pero  en  la  tercera,  nunca  me  he  engañado  tanto, 
que  ha  jamás  venido  a  creerla».  Hablando  el  P.  Gracián  en  una  nota  al  capítulo  XV  del  libro 
cuarto  de  la  Vida  de  la  Santa  por  Ribera,  da  una  versión  algo  distinta  de  estas  palabras,  y,  por 
de  contado,  más  autorizada.  Decía  la  Santa  al  P.  Jerónimo  que  «el  mundo  la  había  levantado 
tres  falsos  testimonios  sin  algún  fundamento:  el  primero,  cuando  moza,  en  decir  que  era  hermo- 
sa, porque,  cuando  oyendo  esto  se  miraba  al  espejo,  no  acababa  de  atinar  por  qué  le  levantaban 
tan  gran  mentira,  siendo  tan  fea;  el  segundo,  de  bien  entendida,  poique  cuando  ella  vía  el  en- 
tendimiento de  sus  hijas,  se  avergonzaba  en  hablar  delante  de  ellas;  el  tercero,  que  era  buena,  y 
que  éste  no  podía  llevar  en  paciencia  cuando  conocía  sus  faltas». 


CAPITULO    XXXI  261 

¡Oh  Señor  mío,  qué  vergüenza  es  ver  tantas  maldades  y 
contar  unas  arenitas,  que  aun  no  las  levantaba  de  la  tierra  por 
vuestro  servicio,  sino  que  todo  iba  envuelto  en  mil  miserias! 
No  manaba  aún  el  agua  debajo  de  estas  arenas  de  vuestra  gracia 
pa  que  las  hiciese  levantar.  ¡Oh  Criador  mío,  quién  tuviera 
alguna  cosa  que  contar  entre  tantos  males  que  fuera  de  tomo, 
pues  cuento  las  grandes  mercedes  que  he  recibido  de  Vos!  Es 
ansí,  Señor  mío,  que  no  sé  cómo  puede  sufrirlo  mi  corazón,  ni 
cómo  podrá  quien  esto  legere  dejarme  de  aborrecer  viendo  tan 
mal  servidas  tan  grandísimas  mercedes,  g  que  no  he  vergüenza 
de  contar  estos  servicios,  en  fin,  como  míos.  Sí  tengo.  Señor 
mío;  mas  el  no  tener  otra  cosa  que  contar  de  mi  parte,  me  hace 
decir  tan  bajos  principios  para  que  tenga  esperanza  quien  los^ 
hiciere  grandes,  que,  pues  estos  parece  ha  tomado  el  Señor  en 
cuenta,  los  tomará  mijor.  Plega  a  Su  Majestad  me  dé  gracia 
para  que  no  esté  siempre  en  principios.  Amen. 


CAPITULO    XXXII 

EN  QUE  TRRTR.  COMO  QUISO  EL  SEÑOR  PONERLA  EN  ESPÍRITU  EN  UN 
LUGAR  DE  EL  INFIERNO,  QUE  TENIA  POR  SUS  PECADOS  MERECIDO. 
CUENTA  UNA  CIFRA  DE  LO  QUE  ALLÍ  SE  LE  REPRESENTO,  PARA  LO 
QUE  FUE.  COMIENZA  A  TRATAR  LA  A1ANERA  Y  MODO  COMO  SE  FUNDO 
EL    MONESTERIO,    ADONDE    AHORA    ESTA,    DE    SAN    JOSEF. 


Después  de  mucho  tiempo  que  el  Señor  me  había  hecho  ga 
muchas  de  las  mercedes  que  he  dicho,  y  otras  muy  grandes,  es- 
tando un  día  en  oración,  me  hallé  en  un  punto  toda,  sin  saber 
cómo,  que  me  parecía  estar  metida  en  el  infierno.  Entendí  que 
quería  el  Señor  que  viese  el  lugar  que  los  demonios  allá  me 
tenían  aparejado,  y  yo  merecido  por  mis  pecados  (1).  Ello  fué 
en  brevísimo  espacio;  mas,  aunque  yo  viviese  muchos  años,  me 
parece  imposible  olvidárseme.  Parecíame  la  entrada  a  manera 
de  un  callejón  muy  largo  y  estrecho,  a  manera  de  horno  muy 
bajo,  y  escuro  y  angosto;  el  suelo  me  pareció  de  un  agua  como 
lodo  muy  sucio  y  de  pestilencial  olor,  y  muchas  sabandijas  malas 
en  él;  a  el  cabo  estaba  una  concavidad  metida  en  una  pared,  a 
manera  de  una  alacena,  adonde  me  vi  meter  en  mucho  estrecho. 
Todo  esto  era  deleitoso  a  la  vista  en  comparación  de  lo  que 
allí  sentí.  Esto  que  he  dicho  va  mal  encarecido. 


1  Diremos  aquí  con  el  P.  Ribera,  (Vida  de  Sta.  Teresa,  1.  I,  c.  VIII),  que  la  pudieron  mos- 
trar el  lugar,  «no  que  entonces  hubiera  merecido,  sino  que  viniera  a  merecer  por  el  camino  que 
llevaba».  Sobre  el  alcance  que  debe  darse  a  estas  manifestaciones  humildes  de  Santa  Teresa, 
dejamos  nota  en  las  páginas  11  y  41. 


264  VIDA    DE    SANTñ    TERESA    DE    JESÚS 

Estotro  m€  parece  que  oun  principio  de  encarecerse  como 
es  no  le  puede  haber,  ni  se  puede  entender;  mas  sentí  un  fuego 
en  el  alma,  que  yo  no  puedo  entender  cómo  poder  decir  de  la 
manera  que  es.  Los  dolores  corporales  tan  incomportables,  que, 
con  haberlos  pasado  en  esta  vida  gravísimos,  y,  sigún  dicen 
los  médicos,  los  mayores  que  se  pueden  acá  pasar,  porque  fué 
encogérseme  todos  los  nervios  cuando  me  tullí,  sin  otros  muchos 
de  muchas  maneras  que  he  tenido,  y  aun  algunos,  como  he  dicho, 
causados  de  el  demonio,  no  es  todo  nada  en  comparación  de  lo 
que  allí  sentí,  y  ver  que  habían  de  ser  sin  fin  y  sin  jamás 
cesar.  Esto  no  es,  pues,  nada  en  comparación  de  el  agonizar  de  el 
alma,  un  apretamiento,  un  ahogamiento,  una  afleción  tan  senti- 
ble (1)  y  con  tan  desesperado  y  afligido  descontento,  que  yo  no 
sé  cómo  lo  encarecer.  Porque  decir  que  es  un  estarse  siempre 
arrancando  el  alma,  es  poco;  porque  aun  parece  que  otro  os 
acaba  la  vida;  mas  aquí  el  alma  mesma  es  la  que  se  despedaza. 
El  caso  es  que  yo  no  sé  cómo  encarezca  aquel  fuego  interior,  y 
aquel  desesperamiento  sobre  tan  gravísimos  tormentos  y  dolores. 
No  vía  yo  quién  me  los  daba,  mas  sentíame  quemar  y  desmenu- 
zar a  lo  que  me  parece;  y  digo  que  aquel  fuego  y  desesperación 
interior  es  lo  peor. 

Estando  en  tan  pestilencial  lugar,  tan  sin  poder  esperar 
consuelo,  no  hay  sentarse,  ni  echarse,  ni  hay  lugar,  aunque 
me  pusieron  en  éste  como  agujero  hecho  en  la  pared;  porque 
estas  paredes,  que  son  espantosas  a  la  vista,  aprietan  ellas  raesmas, 
y  todo  ahoga;  no  hay  luz,  sino  todo  tinieblas  escurísimas.  Yo 
no  entiendo  cómo  puede  ser  esto,  que,  con  no  haber  luz,  lo 
que  a  la  vista  ha  de  dar  pena,  todo  se  ve.  No  quiso  el  Señor 
entonces  viese  más  de  todo  el  infierno;  después  he  visto  otra 
visión  de  cosas  espantosas,  de  algunos  vicios  el  castigo.  Cuanto 
a  la  vista,  muy  más  espantosos  me  parecieron;  mas  como  no  sentía 
la  pena,  no  me  hicieron  tanto  temor;  que  en  esta  visión  quiso 
el  Señor  que  verdaderamente  yo  sintiese  aquellos  tormentos  y 
aflición  en   el   espíritu,   como  si   el   cuerpo  lo   estuviera   pade- 


1      Asi  lo  escrfte  la  Santa  \¡  es  palabia  muy  expresiva  u  hermosa. 


CAPITULO    XXXII  265 

ciendo.  Yo  no  sé  cómo  ello  fué,  mas  bien  entendí  ser  gran  mer- 
ced, y  que  quiso  el  Señor  yo  viese  por  vista  de  ojos  de  dónde 
me  había  librado  su  misericordia.  Porque  no  es  nada  oírlo  decir, 
ni  haber  yo  otras  veces  pensado  en  diferentes  tormentos,  aun- 
que pocas,  que  por  temor  no  se  llevaba  bien  mi  alma,  ni  que 
los  demonios  atenazan,  ni  otros  diferentes  tormentos  que  he  leído, 
no  es  nada  con  esta  pena,  porque  es  otra  cosa.  En  fin,  como  de 
debujo  a  la  verdad,  y  el  quemarse  acá  es  muy  poco  en  compa- 
ración de  este  fuego  de  allá. 

Yo  quedé  tan  espantada,  y  aun  lo  estoy  ahora  escribiéndolo, 
con  que  ha  casi  seis  años,  y  es  ansí  que  me  parece  el  calor 
natural  me  falta  de  temor  aquí  adonde  estoy.  Y  ansí  no  me 
acuerdo  vez  que  tengo  trabajo  ni  dolores,  que  no  me  parezca 
nonada  todo  lo  que  acá  se  puede  pasar;  y  ansí  me  parece,  en 
parte,  que  nos  quejamos  sin  propósito.  Y  ansí,  torno  a  decir, 
que  fué  una  de  las  mayores  mercedes  que  el  Señor  me  ha  hecho, 
porque  me  ha  aprovechado  muy  mucho,  ansí  para  perder  el 
miedo  a  las  tribulaciones  y  contradiciones  de  esta  vida,  como  para 
esforzarme  a  padecerlas  y  dar  gracias  a  el  Señor,  que  me  libró, 
a  lo  que  ahora  me  parece,  de  males  tan  perpetuos  y  terribles. 

Después  acá,  como  digo,  todo  me  parece  fácil  en  compa- 
ración de  un  memento  que  se  haya  de  sufrir  lo  que  yo  en  él 
allí  padecí.  Espántame  cómo  habiendo  leído  muchas  veces  li- 
bros adonde  se  da  algo  a  entender  las  penas  de  el  infierno, 
cómo  no  las  temía,  ni  tenía  en  lo  que  son.  ¿Adonde  estaba? 
¿cómo  me  podía  dar  cosa  descanso  de  lo  que  me  acarreaba  ir 
a  tan  mal  lugar?  Seáis  bendito.  Dios  mío,  por  siempre.  Y  ¡cómo 
se  ha  parecido  que  me  queríades  Vos  mucho  más  a  mí  que  yo 
me  quiero!  \Qué  de  veces,  Señor,  me  librastes  de  cárcel  tan  te- 
nebrosa, y  cómo  me  tornaba  yo  a  meter  en  ella  contra  vuestra 
voluntad! 

De  aquí  también  gané  la  grandísima  pena  que  me  da  las 

muchas  almas  que  se  condenan,   de  estos  luteranos  en  especial, 

porque  eran  ya  por  el  bautismo  miembros  de  la  Iglesia,  y  los 

ímpetus   grandes   de   aprovechar   almas,    que   me   parece,    cierto, 

a  mí  que  por  librar  una  sola  de  tan  gravísimos  tormentos,  pasá- 
is * 


266  VIDñ    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

ría  yo  muchas  muertes  muy  de  buena  gana.  Miro  que  si  vemos 
acá  una  persona  que  bien  queremos,  en  especial,  con  un  gran 
trabajo  u  dolor,  parece  que  nuestro  mesmo  natural  nos  con- 
vida a  compasión,  y  si  es  grande  nos  aprieta  a  nosotros.  Pues 
ver  a  un  alma  para  sin  fin  en  el  sumo  trabajo  de  los  trabajos, 
¿quién  lo  ha  de  poder  sufrir?  No  hay  corazón  que  lo  lleve  sin 
gran  pena;  pues  acá  con  saber  que,  en  fin,  se  acabará  con  la 
vida  y  que  ya  tiene  término,  aun  nos  mueve  a  tanta  compasión; 
estotro  que  no  le  tiene,  no  sé  cómo  podemos  sosegar  viendo 
tantas  almas  como  lleva  cada  día  el  demonio  consigo. 

Esto  también  me  hace  desear  que  en  cosa  que  tanto  im- 
porta no  nos  contentemos  con  menos  de  hacer  todo  lo  que  pu- 
diéremos de  nuestra  parte;  no  dejemos  nada,  y  plega  a  el  Señor 
sea  servido  de  darnos  gracia  para  ello.  Cuando  yo  considero 
que,  aunque  era  tan  malísima,  traía  algún  cuidado  de  servir  a 
Dios  y  no  hacía  algunas  cosas  que  veo  que,  como  quien  no  hace 
nada,  se  las  tragan  en  el  mundo,  y  en  fin,  pasaba  grandes  enfer- 
medades y  con  mucha  paciencia,  que  me  la  daba  el  Señor;  no 
era  inclinada  a  mormurar,  ni  a  decir  mal  de  nadie,  ni  me  parece 
podía  querer  mal  a  nadie,  ni  era  codiciosa,  ni  envidia  jamás 
me  acuerdo  tener,  de  manera  que  fuese  ofensa  grave  del  Señor, 
y  otras  algunas  cosas,  que,  aunque  era  tan  ruin,  traía  temor 
de  Dios  lo  más  contino,  y  veo  adonde  me  tenían  ya  los  de- 
monios aposentada;  y  es  verdad  que,  sigún  mis  culpas,  aun 
me  parece  merecía  más  castigo;  mas  con  todo,  digo  que  era  te- 
rrible tormento,  y  que  es  peligrosa  cosa  contentarnos,  ni  traer 
sosiego  ni  contento  el  alma  que  anda  cayendo  a  cada  paso  en 
pecado  mortal;  sino  que,  por  amor  de  Dios,  nos  quitemos  de 
las  ocasiones,  que  el  Señor  nos  ayudará  como  ha  hecho  a  mí. 
Plega  a  Su  Majestad  que  no  me  deje  de  su  mano  para  que  yo 
torne  a  caer,  que  ya  tengo  visto  adonde  he  de  ir  a  parar.  No 
lo  primita  el  Señor,  por  quien  Su  Majestad  es.  Amén. 

Andando  yo  después  de  haber  visto  esto  y  otras  grandes  co- 
sas y  secretos,  que  el  Señor  por  quien  es  me  quiso  mostrar,  de 
la  gloria  que  se  dará  a  los  buenos  y  pena;  a  los  malos,  deseando 
modo  y  manera  en  que  pudiese  hacer  penitencia  de  tanto  mal, 


CAPITULO    XXXII  267 

y  merecer  algo  para  ganar  tanto  bien,  deseaba  huir  de  gentes, 
y  acabar  ya  de  en  todo  en  todo  apartarme  del  mundo.  No  sosegaba 
mi  espíritu,  mas  no  desasosiego  inquieto,  sino  sabroso;  bien  se 
vía  que  era  de  Dios,  y  que  le  había  dado  Su  Majestad  a  el  alma 
calor  para  disistir  (1)  otros  manjares  más  gruesos  de  los  que 
comía. 

Pensaba  qué  podría  hacer  por  Dios,  y  pensé  que  lo  primero 
era  siguir  el  llamamiento  que  Su  Majestad  me  había  hecho  a 
rclisión,  guardando  mi  Regla  con  la  mayor  perfeción  que  pu- 
diese. Y  aunque  en  la  casa  adonde  estaba  había  muchas  siervas 
de  Dios  y  era  harto  servido  en  ella,  a  causa  de  tener  gran  ne- 
cesidad, salían  las  monjas  muchas  veces  a  partes  adonde  con 
toda  honestidad  y  relisión  podíamos  estar.  Y  también  no  estaba 
fundada  en  su  primer  rigor  la  Regla,  sino  guardábase  conforme 
a  lo  que  en  toda  la  Orden,  que  es  con  Bula  de  relajación  (2) ;  y 
también  otros  inconvenientes,  que  me  parecía  a  mí  tenía  mucho 
regalo,  por  ser  la  casa  grande  y  deleitosa  (3).  Mas  este  inconve- 
niente de  salir,  aunque  yo  era  la  que  mucho  lo  usaba,  era  gran- 
de para  mí,  ya  porque  algunas  personas,  a  quien  los  perlados 
no  podían  decir  de  no,  gustaban  estuviese  yo  en  su  compañía, 
y  importunados,  mandábanmelo,  y  ansí,  sigún  se  iba  ordenando, 
pudiera  poco  estar  en  el  monesterio,  porque  el  demonio  en  parte 
debía  ayudar  para  que  no  estuviese  en  casa,  que  todavía,  como 
comunicaba  con  algunas  lo  que  los  que  me  trataban  me  enseña- 
ban, hacíase  gran  provecho. 

Ofrecióse  una  vez  estando  con  una  persona  (4),  decirme  a 
mí  y  a  otras,  que  si  no  seríamos  para  ser  monjas  de  la  manera 


1  Emplea  esta  palabra  en  el  sentido  de  digetit  o  resistir. 

2  El  Papa  Eu0enio  IV  publicó  esta  Bula  de  mitigación  de  la  Regla  carmelitana  en  1432. 

3  Monasterio  de  la  Encarnación. 

4  Esta  fué  Alaría  de  Ocampo,  hija  de  D.  Diego  de  Cepeda  ü  D.a  Beatriz  de  la  Cruz  y 
Ocampo,  primos  de  Sta.  Teresa.  Regresando  la  Santa  de  la  romería  de  Guadalupe,  en  1548  o 
1549,  pasó  por  la  Puebla  de  Montalbán,  donde  conoció  por  primera  vez  a  D.a  María  en  casa 
de  una  tía  suya.  Entonces  formó  el  propósito  la  Santa  de  llevarla  consigo,  el  cual  verificó  más 
adelante.  Cuando  el  célebre  coloquio  en  la  celda  de  la  M.  Teresa  en  la  Encarnación  sobre  la  vida 
reformada,  tenía  su  sobrina  diecisiete  años.  De  las  Franciscanas  mitigadas  de  Avila,  salieron  las 
Descalzas  de  la  misma  Orden,  bajo  el  Patronato  de  D.a  Juana,  hermana  de  Felipe  II.  Estable- 
cidas en  Valladolid,  se  trasladaron  luego  a  Madrid  En  todo  este  negocio  de  reformación  tomó 
mucha  parte  S.  Pedro  de  Alcántara.  Pasando  por  Madrid  Sta.  Teresa,  paró  en  varias  ocasiones  en 
esta  casa.  Abaría    de    Ocampo,  que  en  1563   se   hizo  Descalza  en  Avila,  no   sólo   estimuló   a   la 


268  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

de  las  Descalzas,  que  aun  posible  era  poder  hacer  un  monesterio. 
Yo,  como  andaba  en  estos  deseos,  comencélo  a  tratar  con  aquella 
señora  mi  compañera  viuda  (1),  que  ya  he  dicho  que  tenía 
el  mesmo  deseo.  Ella  comenzó  a  dar  trazas  para  darle  renta,  que 
ahora  veo  yo  que  no  llevaban  mucho  camino,  y  el  deseo  que 
de  ello  teníamos  nos  hacía  parecer  que  sí.  Mas  yo,  por  otra 
parte,  como  tenía  tan  grandísimo  contento  en  la  casa  ^que  estaba, 
porque  era  muy  a  rni  gusto  y  la  celda  en  que  estaba  (2),  todavía 
me  detenía.  Con  todo  concertamos  de  encomendarlo  mucho  a 
Dios. 

Habiendo  un  día  comulgado,  mandóme  mucho  Su  Majestad 
lo  procurase  con  todas  mis  fuerzas,  haciéndome  grandes  pro- 
mesas de  que  no  se  dejaría  de  hacer  el  monesterio,  y  que  se  ser- 
viría mucho  en  el,  y  que  se  llamase  San  Josef,  y  que  a  la  una 
puerta  nos  guardaría  El  y  Nuestra  Señora  la  otra,  y  que  Cristo 
andaría  con  nosotras,  y  que  sería  una  estrella  que  diese  de  sí 
gran  resplandor;  y  que,  aunque  las  Relisiones  estaban  relaja- 
das, que  no  pensase  se  servía  poco  en  ellas;  que  qué  sería  de  el 
mundo  si  no  fuese  por  los  relisiosos;  que  dijese  a  mi  confesor 
esto,  que  me  mandaba,  y  que  le  rogaba  El  que  no  fuese  contra 
ello  ni  me  lo  estorbase. 


Santa  para  la  reforma,  sino  que  ofreció  mil  ducados  paia  el  nuevo  monasterio.  En  un  papel 
que  por  orden  de  su  confesor  la  venerable  Madre  dejó  escrito,  dice  hablando  de  esta  limosna: 
€Luego  que  ofrecí  los  mil  ducados  para  comenzar  la  fundación  del  monasterio,  se  me  apareció 
Cristo  Nuestro  Señor  a  la  columna,  muy  afligido  y  lastimado,  y  me  agradeció  mucho  esta  li- 
mosna u  el  querer  favorecer  esta  fundación,  como  era  la  primera,  y  me  dijo  lo  mucho  que  se 
había  de  servir  en  ella.  Fué  grandísimo  el  regalo  que  con  esta  visión  sintió  mi  alma,  y  la  esforzó 
de  tal  manera,  que  al  punto  determiné  de  tomar  el  hábito  g  así  le  tomé  dentro  de  seis  meses 
que  se  fundó  San  José».  (Cfr.  Historia  del  Carmen  Descalzo,  1.  III,  c.  3,  p.  513). 

Acerca  de  la  conversación  de  donde  salió  la  Reforma,  contaba  la  venerable  María  Bau- 
tista,  siendo  todavía  seglar  en  las  Calzadas,  que  «estando  un  día  la  Santa  con  ella  y  otras  reli- 
giosas de  la  Encarnación,  comenzaron  a  discurrir  de  vidas  de  Santos  del  Yermo,  y  en  este 
tiempo  dijeron  algunas  de  ellas  que  ya  que  no  podían  ir  al  Yermo,  que  si  hubiera  un  monas- 
terio pequeño  y  de  pocas  monjas,  que  allí  se  juntaran  todas  a  hacer  penitencia;  y  la  dicha 
Madre  Teresa  de  Jesús  las  dijo  que  tratasen  de  reformarse  y  guardar  la  Regla  primitiva,  que 
ella  pediría  a  Dios  las  alumbrase  lo  que  más  convenía,  y  que  entonces  dijo  María  Bautista: 
Madre,  haga  un  monasterio  como  decimos,  que  yo  ayudaré  a  V.  R.  con  mi  legítima.  Y  estando 
en  esta  conversación  llegó  la  Sra.  D.a  Guiomar  de  UUoa,  a  la  cual  contó  la  dicha  Madre  Teresa 
de  Jesús  el  discurso  que  habían  ella  g  aquellas  muchachas  sus  parientas;  y  la  dicha  D.a  Guio- 
mar  de  Ulloa,  dijo:  Madre,  yo  también  ayudaré  a  lo  que  pudiere  con  esta  obra  tan  santa».  Así 
lo  depone  María  de  San  José,  que  se  lo  oyó  referir  a  la  dicha  M.  María  Bautista.  (Cfr.  Me- 
morias historiales,  1.  R.,  n.  141). 

1  D.a  Guiomar  de  Ulloa,  de  quien  ya  dejamos  nota  en  el  capítulo  XXIV,  página  187. 

2  La  celda  habitada  por  la  Santa  durante  veinte  y  siete  anos  bien  merece  una  descrip- 
ción más  larga  que  permite  una  nota,  y  por  lo  tanto  hablaremos  de  ella  en  los  Apéndices. 


CAPITULO    XXXII  269 

Era  esta  visión  con  tan  grandes  eMos,  y  de  tal  manera 
es  esta  habla  que  me  hacía  el  Señor,  que  go  no  podía  dudar  que 
era  El.  Yo  sentí  grandísima  pena,  porque  en  parte  se  rae  repre- 
sentaron los  grandes  desasosiegos  y  trabajos  que  me  había  de 
costar,  y  como  estaba  tan  contentísima  en  aquella  casa,  que, 
aunque  antes  lo  trataba,  no  era  con  tanta  determinación  ni 
certidumbre  que  sería.  Aquí  parecía  se  me  ponía  premio,  y  como 
vía  comenzaba  cosa  de  gran  desasosiego,  estaba  en  duda  de  lo 
que  haría.  Mas  fueron  muchas  veces  las  que  el  Señor  me  tornó 
a  hablar  en  ello,  puniéndome  delante  tantas  causas  y  razones, 
que  yo  vía  ser  claras  y  que  era  su  voluntad,  que  ya  no  osé  hacer 
otra  cosa  sino  decirlo  a  mi  confesor,  y  dilc  por  escrito  todo  lo 
que  pasaba  (1). 

El  no  osó  determinadamente  decirme  que  lo  dejase,  mas 
vía  que  no  llevaba  camino  conforme  a  razón  natural,  por  haber 
poquísima  y  casi  ninguna  posibilidad  en  mi  compañera,  que  era 
la  que  lo  había  de  hacer.  Di  jome  que  lo  tratase  con  mi  perlado, 
y  que  lo  que  él  hiciese,  eso  hiciese  yo.  Yo  no  trataba  estas 
visiones  con  el  perlado,  sino  aquella  señora  trató  con  él,  que 
quería  hacer  este  monesterio;  y  el  Provincial  (2)  vino  muy  bien 
en  ello,  que  es  amigo  de  toda  relisión,  y  dióle  todo  el  favor 
que  fué  menester,  y  díjole  que  él  admitiría  la  casa.  Trataron 
de  la  renta  que  había  de  tener,  y  nunca  queríamos  fuesen  más 
de  trece,  por  muchas  causas.  Antes  que  lo  comenzásemos  a  tra- 
tar, escribimos  a  el  santo  Fray  Pedro  de  Alcántara  todo  lo 
que  pasaba,  y  aconsejónos  que  no  lo  dejásemos  de  hacer,  y  dió- 
nos  su  parecer  en  todo  (3). 

No  se  hubo  comenzado  a  saber  por  el  lugar,  cuando  no 
se  podía  escribir  en  breve  la  gran  persecución  que  vino  sobre 
nosotras;  los  dichos,  las  risas,  el  decir  que  era  disbarate.  A  mí, 


1  P.  Baltasar  Alvarez. 

2  Este  Provincial  no  es  el  P.  Ángel  de  Salazar,  como  se  ha  venido  afirmando,  sino  el 
P.  Gregorio  Fernández,  que  desempeñó  este  cargo  desde  1559  hasta  fines  de  1561.  Este  Padre 
había  sido  Prior  de  Avila  en  1541,  ü  Provincial  de  1551  a  1553. 

3  Mucho  ayudó  este  siervo  de  Dios  a  la  Santa  en  los  comienzos  de  su  Reforma.  El 
mismo  vino  a  Avila  y  le  indicó  los  términos  en  que  había  de  redactarse  la  petición  al  Reve- 
rendísimo de  la  Orden  de  Carmelitas,  P.  Nicolás  Audet,  para  obtener  licencia  de  fundación  del 
monasterio  reformado  que  se  intentaba. 


270  VIDñ    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÜS 

que  bien  me  estaba  en  mi  monesterio;  a  la  mi  compañera  tanta 
persecución  que  la  traían  fatigada.  Yo  no  sabía  qué  me  hacer; 
en  parte  me  parecía  que  tenían  razón.  Estando  ansí  muy  fatigada 
lencomendándome  a  Dios,  comenzó  Su  Majestad  a  consolarmie  y  a 
animarme.  Díjome  que  aquí  vería  lo  que  habían  pasado  los  santos 
que  habían  fundado  las  relisiones;  que  mucha  más  persecución 
tenía  por  pasar  de  las  que  yo  podía  pensar,  que  no  se  nos 
diese  nada.  Decíame  algunas  cosas  que  dijese  a  mi  compañera,  y 
lo  que  más  me  espantaba  yo,  es  que  luego  quedábamos  consola- 
das de  lo  pasado  y  con  ánimo  para  resistir  a  todos.  Y  es  ansí, 
que  de  gente  de  oración  y  todo,  en  fin,  el  lugar  no  había  casi 
persona  que  entonces  no  fuese  contra  nosotras  y  le  pareciese 
grandísimo  disbarate. 

Fueron  tantos  los  dichos  y  lel  alboroto  de  mi  mesmo  moneste- 
rio, que  a  el  Provincial  le  pareció  recio  ponerse  contra  todos,  y 
ansí  mudó  el  parecer  y  no  la  quiso  admitir.  Dijo  que  la  renta  no 
era  sigura,  y  que  era  poca,  y  que  era  mucha  la  contradición;  y  en 
todo  parece  tenía  razón,  y,  en  fin,  lo  dejó  y  no  lo  quiso  admi- 
tir. Nosotras,  que  ya  parecía  teníamos  recibidos  los  primeros 
golpes,  diónos  muy  gran  pena;  en  especial  me  la  dio  a  mí  de  ver 
a  el  Provincial  contrario,  que  con  quererlo  él,  tenía  yo  disculpa 
con  todos.  A  la  mi  compañera  ya  no  la  querían  asolver  si  no 
lo   dejaba   porque   decían   era   obligada    a   quitar   el    escándalo. 


1  Cuando  fueron  conocidos  los  propósitos  de  reformación  que  deseaba  realizarla  Madre 
Teresa,  hubo  muchas  murmuraciones  en  el  pueblo,  disputando  sobre  ellos  con  calor  u  apasio- 
namiento, ü  generalmente,  condenando  a  la  Reformadora.  Para  más  mortiñcarla,  oponían  a  su 
virtud,  que  juzgaban  inquieta,  invencionera  ¡j  aparatosa,  la  de  Maridíaz,  austera  y  recogida.  Y 
como  si  tanta  contradicción  fuera  poca,  se  trató  del  asunto  en  el  pulpito,  hablándose  desafo- 
radamente contra  la  proyectada  reforma  y  su  autora,  sin  que  la  presencia  de  la  Madre,  que  asistía 
al  sermón  con  D.a  Juana  de  Ahumada,  contuviese  al  disparatado  predicador.  D.a  Juana  pasó 
malísimo  rato,  porque  todo  el  auditorio  era  ojos  para  ver  a  su  hermana;  pero  ésta  se  sonreía 
tranquilamente.  Teresa  de  Jesús,  sobrina  de  la  Santa,  cuenta  este  hecho  en  la  siguiente  forma:  «Estando 
con  su  hermana  D.a  Juana  de  Ahumada,  fueron  un  día  al  sermón  a  la  iglesia  de  Santo  Tomé, 
y  un  religioso  de  cierta  Orden,  que  predicaba  allí,  comenzó  a  reprender  ásperamente,  como  de 
algún  gran  pecado  público,  diciendo  de  las  monjas  que  salían  de  sus  monasterios  a  fundar  nue- 
vas Ordenes,  que  era  para  sus  libertades,  y  otras  palabras  tan  pesadas,  que  D.a  Juana  estaba 
afrentada,  y  haciendo  propósitos  de  irse  a  Alba,  o  a  su  casa,  y  hacer  a  nuestra  Santa  Madre 
que  se  volviese  al  monasterio  y  dejase  las  obras.  Con  este  proposito  volvió  a  mirarla,  y  vio 
que  con  gran  paz  se  estaba  riendo.  Dióla  esto  más  enojo  y  díjola  algunas  razones  sobre  ello; 
pero  luego  la  mudó  Dios,  y  dejando  los  propósitos  dichos,  se  quedó  aquí  en  Avila,  y  tuvo  a 
nuestra  Santa  Madre  en  su  casa,  prosiguiendo  en  la  obra  comenzada»,  (Cfr.  Declaración  de 
Teresa  de  Jesús  en  el  Proceso  de  Avila  para  la  canonización  de  la  Santa).  Quién  fuese  este 
predicador,  no  se  sabe,  y  nos  parece  poco  justo  D.  Miguel  Mir  (Vida  de  Santa  Teresa,  t.  I, 
1.  II,  c.  2),  cuando  supone  que  fué  el  P.  Jerónimo  Ripalda. 


CAPITULO    XXXII  !27i 

Ella  fué  a  un  gran  letrado,  muy  gran  siervo  de  Dios,  de 
la  Orden  de  Santo  Domingo,  a  decírselo  y  darle  cuenta  de 
todo  (1).  Esto  fué  aún  antes  que  el  Provincial  lo  tuviese  dejado, 
porque  en  todo  el  lugar  no  teníamos  quien  nos  quisiese  dar  pa- 
recer, y  ansí  decían  que  sólo  era  por  nuestras  cabezas.  Dio  esta 
señora  relación  de  todo  y  cuenta  de  la  renta  que  tenía  de  su 
mayorazgo  a  este  santo  varón,  con  harto  deseo  nos  ayudase, 
porque  era  el  mayor  letrado  que  entonces  había  en  el  lugar  y 
pocos  más  en  su  Orden.  Yo  le  dije  todo  lo  que  pensábamos  ha- 
cer, y  algunas  causas.  No  le  dije  cosa  de  revelación  ninguna, 
sino  las  razones  naturales  que  me  movían;  porque  no  quería  yo 
nos  diese  parecer  sino  conforme  a  ellas.  El  nos  dijo  que  le 
diésemos  de  término  ocho  días  para  responder,  y  que  si  es- 
tábamos determinadas  a  hacer  lo  que  él  dijese.  Yo  le  dije  que 
sí;  mas  aunque  yo  esto  decía,  y  me  parece  lo  hiciera,  porque  (2), 
nunca  jamás  se  me  quitaba  una  siguridad  de  que  se  había  de 
hacer.  Mi  compañera  tenía  más  fe;  nunca  ella  por  cosa  que  la 
dijesen   se   determinaba    a   dejarlo. 

Yo,  aunque  como  digo,  me  parecía  imposible  dejarse  de 
hacer,  de  tal  manera  creo  ser  verdadera  la  revelación,  como  no 
vaya  contra  lo  que  está  en  la  Sagrada  Escritura  u  contra  las 
leyes  de  la  Iglesia  que  somos  obligados  a  hacer;  porque,  aunque 
a  mí  verdaderamente  me  parecía  era  de  Dios,  si  aquel  letrado 
me  dijera  que  no  lo  podíamos  hacer  sin  ofenderle,  y  que  íbamos 
contra  conciencia,  paréceme  luego  me  apartara  de  ello  y  busca- 
ra otro  medio;  ma¡s  a  mí  no  me  daba  el  Señor  sino  éste.  Decíame 
después  este  siervo  de  Dios,  que  lo  había  tomado  a  cargo  con 
toda  determinación  de  poner  mucho  en  que  nos  apartásemos  de 
hacerlo,  porque  ya  había  venido  a  su  noticia  el  clamor  de  el  pue- 
blo, y  también  le  parecía  desatino  como  a  todos,  y  en  sabiendo 


1  Trátase  aquí  del  P.  Pedro  Ibáñez,  de  la  Orden  de  Santo  Domingo,  muü  aventajado  en 
letras  u  virtud,  u  autor  de  una  doctísima  disertación,  que  en  los  Apéndices  publicaremos  ínte- 
gra, aprobando  la  excelencia  del  espíritu  de  .Santa  Teresa.  Este  Padre  fué  uno  de  los  que  más 
eficaz  auxilio  prestaron  a  la  Santa  en  los  trances  más  difíciles  de  su  vida  interior  a  de  refor- 
madora. Natural  de  Calahorra,  profesó  en  el  Convento  de  Padres  Dominicos  de  San  Esteban 
de  Salamanca.  Fué  profesor  de  Teología  en  Avila  y  Rector  y  Regente  del  Colegio  de  San 
Gregorio  de  Valladolid.  Lleno  de  virtudes,  murió  el  2  de  Febrero  de  1565  en  Tríanos  (León). 

2  Aquí  üene  borrada  el  original  una  línea,  según  presumo,  por  el  P.  Domingo  Báñez. 


272  VlDñ    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

habíamos  ido  a  él,  le  envió  a  avisar  un  caballero,  que  mirase  lo 
que  hacía,  que  no  nos  ayudase,  y  que,  en  comenzando  a  mirar 
en  lo  que  nos  había  de  responder,  g  a  pensar  en  el  negocio  y  el 
intento  que  llevábamos  y  manera  de  concierto  y  relisión,  se 
l€  asentó  ser  muy  en  servicio  de  Dios,  y  que  no  había  de  dejar 
de  hacerse.  Y  ansí  nos  respondió  nos  diésemos  priesa  a  con- 
cluirlo, y  dijo  la  manera  y  traza  que  se  había  de  tener;  y  aun- 
que la  hacienda  era  poca,  que  algo  se  había  de  fiar  de  Dios; 
que  quien  lo  contradijese  fuese  a  el,  que  él  respondería;  y  ansí 
siempre  nos  ayudó,  como  después  diré. 

Con  esto  fuimos  muy  consoladas,  y  con  que  algunas  perso- 
nas santas,  que  nos  solían  ser  contrarias,  estaban  ya  más  apla- 
cadas, y  algunas  nos  ayudaban.  Entre  ellas  era  el  caballero  santo, 
de  quien  ya  he  hecho  mención,  que,  como  lo  es,  y  le  parecía 
llevaba  camino  de  tanta  perfeción,  por  ser  todo  nuestro  funda- 
mento en  oración,  aunque  los  medios  le  parecían  muy  dificultosos 
y  sin  camino,  rendía  su  parecer  a  que  podía  ser  cosa  de  Dios, 
que  el  mesmo  Señor  le  debía  mover,  Y  ansí  hizo  a  el  Maestro, 
que  es  el  clérigo  siervo  de  Dios  que  dije  que  había  hablado 
primero,  que  es  espejo  de  todo  el  lugar,  como  persona  que  le 
tiene  Dios  en  él  para  remedio  y  aprovechamiento  de  muchas  al- 
mas, y  ya  venía  en  ayudarme  en  el  negocio  (1).  Y  estando  en  es- 
tos términos,  y  siempre  con  ayuda  de  muchas  oraciones,  y  tinien- 
do  comprada  ya  la  casa  en  buena  parte,  aunque  pequeña;  mas  de 
esto  a  (mí  no  se  me  daba  nada,  que  me  había  dicho  el  Señor  que 
entrase  como  pudiese,  que  después  yo  vería  lo  que  Su  Majes- 
tad hacía:  ¡y  cuan  bien  que  lo  he  visto!  Y  ansí,  aunque  vía  ser 
poca  la  renta,  tenía  creído  el  Señor  lo  había  por  otros  medios 
de  ordenar  y  favorecernos. 


1      El  Maestro  Gaspar  Daza. 


CAPITULO    XXXIII 


PROCEDE  EN  LA  MESMA  MATERIA  DE  LA  FUNDACIÓN  DEL  GLORIOSO  SAN 
JOSEF.  DICE  COMO  LE  MANDARON  QUE  NO  ENTENDIESE  EN  ELLA, 
Y  EL  TIEMPO  QUE  LO  DEJO,  Y  ALGUNOS  TRABAJOS  QUE  TUVO,  Y 
COMO   LA  CONSOLABA  EN  ELLOS  EL  SEÑOR. 


Pues  estando  los  negocios  en  este  estado  y  tan  al  punto  de 
acabarse,  que  otro  día  se  habían  de  hacer  las  escrituras,  fué 
cuando  el  Padre  Provincial  nuestro  mudó  parecer.  Creo  fué  mo- 
vido por  ordenación  divina,  sigún  después  ha  parecido;  por- 
que, como  las  oraciones  eran  tantas,  iba  el  Señor  perfecionando 
la  obra  y  ordenando  que  se  hiciese  de  otra  suerte.  Como  él 
no  lo  quiso  admitir,  luego  mi  confesor  me  mandó  no  entendiese 
más  en  ello,  con  que  sabe  el  Señor  los  grandes  trabajos  y  afli- 
ciones  que  hasta  traerlo  a  aquel  estado  me  había  costado.  Como 
se  dejó  y  quedó  ansí,  confirmóse  más  ser  todo  disbarate  de 
mujeres  y  a  (crecer  la  morrauración  sobre  mí,  con  habérmelo  man- 
dado hasta  entonces  mi  Provincial. 

Estaba  muy  malquista  en  todo  mi  monesterio  (1),  porque 
quería  hacer  monesterio  más  encerrado.  Decían  que  las'  afren- 
taba, que  allí  podía  también  servir  a  Dios,  pues  había  otras  mi- 
jores  que  yo,  que  no  tenía  amo^r  a  la  casa,  que  mijor  era  procu- 
rar renta  para  ella  que  para  otra  parte.  Unas   decían  que  me 


1      La  Encamación. 


274  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

echasen  en  la  cárcel   (1);   otras,  bien  pocas,  tornaban  algo  de 
mí.  Yo  bien  vía  que  en  muchas  cosas  tenían  razón,  y  algunas 
veces   dábales    discuento;   aunque,    como   no   había    de   decir   lo 
principal,   que  era   mandármelo  el   Señor,   no   sabía   qué   hacer, 
y  ansí  callaba.  Otras  hacíame  Dios  muy  gran  merced  que  todo 
esto  no  me  daba  inquietud,  sino  con  tanta  facilidad  y  contento 
lo  dejé,  como  si  no  me  hubiera  costado  nada.  Y  esto  no  lo  podía 
nadie  creer,  ni  aun  las  mesmas  personas  de  oración  que  me  tra- 
taban, sino  que  pensaban  estaba  muy  penada  y  corrida,  y  aun 
mi  mesmo  confesor  no  lo  acababa  de  creer.  Yo,  como  me  parecía 
había  hecho  todo  lo  que  había  podido,   parecíame  no  era  más 
obligada   para   lo  que  me   había   mandado  el   Señor,   y   quedá- 
bame en  la  casa,   que  yo  estaba  muy  contenta  y   a  mi  placer. 
Aunque  jamás  podía  dejar  de  creer  que  había  de  hacerse,  yo  no 
vía  ya  medio,  ni  sabía  cómo  ni  cuándo,  mas  teníalo  muy  cierto. 
Lo  que  mucho  me  fatigó  fué  una  vez  que  mi  confesor  (2), 
como  si  yo  hubiera  hecho  cosa  contra  su  voluntad  (también  debía 
el  Señor  querer  que  de  aquella  parte  que  más  me  había  de  do- 
ler no  me  dejase  de  venir  trabajo,  y  ansí  en  esta  multitud  de 
persecuciones,   que  a  mí  me  parecía    había    de    venirme   de  él 
consuelo),  me  escribió  que  ya  vería  que  era  todo  sueño  en  lo 
que  había  sucedido,  que  me  enmendase  de  allí  adelante  en  no 
querer  salir  con  nada  ni  hablar  más  en  ello,  pues  vía  el  escán- 
dalo que  había  sucedido,   y  otras   cosas,   todas  para  dar  pena. 
Esto  me  la  dio  mayor  que  todo  junto,   pareciéndorae  si  había 
sido  yo  ocasión  y  tenido  culpa  en  que  se  ofendiese  y  que  si 
estas   visiones  eran  ilusión,   que  toda  la  oración  que  tenía  era 
engaño,   y  que  yo  andaba  muy  engañada  y  perdida,  /apretóme 
esto  en  tanto  extremo,  que  estaba  toda  turbada  y  con  grandísima 
afleción.  Mas  el  Señor,  que  nunca  me  faltó,  que  en  todos  estos 
trabajos  que  he  contado  hartas  veces  me  consolaba  y  esforzaba, 
que  no  hay  para  qué  lo  decir  aquí,  me  dijo  entonces  que  no  me 
fatigase,  que  yo  había  mucho  servido  a  Dios,  y  no  ofendídole  en 


1  Era  una  celda  oscura,  que  todavía  se  conserva  en  la  Encarnación.    En  aquellos  tiempos 
muchos  monasterios  disponían  de  celdas  semejantes. 

2  E!  P.  Baltasar  Alvarez. 


CAPITULO    XXXIII  275 

aquel  negocio;  que  hiciese  lo  que  me  mandaba  el  confesor  en 
callar  por  entonces,  hasta  que  fuese  tiempo  de  tornar  a  ello. 
Quedé  tan  consolada  y  contenta,  que  me  parecía  todio  nada  la 
persecución  que  había  sobre  mí. 

ñquí  me  ensenó  el  Señor  el  grandísimo  bien  que  es  pasar 
trabajos  y  persecuciones  por  El;  porque  fué  tanto  el  acrecenta- 
miento qu€  vi  en  mi  alma  de  amor  de  Dios  y  otras  muchas  co- 
sas, que  yo  me  espantaba;  y  esto  me  hace  no  poder  dejar  de 
desear  trabajos.  Y  las  otras  personas  pensaban  que  estaba  muy 
corrida;  y  sí  estuviera  si  el  Señor  no  me  favoreciera  en  tanto 
extremo  con  merced  tan  grande.  Entonces  me  comenzaron  más 
grandes  los  ímpetus  de  amor  de  Dios  que  tengo  dicho,  y  mayores 
arrobamientos,  aunque  yo  callaba  y  no  decía  a  nadie  estas  ga- 
nancias. El  santo  varón  dominico  (1)  no  dejaba  de  tener  por 
tan  cierto  como  yo  que  se  había  de  hacer;  y  como  yo  no  quería 
entender  en  ello,  por  no  ir  contra  la  obediencia  de  mi  confesor, 
negociábalo  él  con  mi  compañera,  y  escribían  a  Roma  y  daban 
traza. 

También  comenzó  aquí  el  demonio,  de  una  persona  en  otra, 
procurar  se  entendiese  que  había  yo  visto  alguna  revelación  en 
este  negocio,  y  iban  a  mí  con  mucho  miedo  a  decirme  que 
andaban  los  tiempos  recios,  y  que  podría  ser  me  levantasen  algo 
y  fuesen  a  los  inquisidores.  A  mí  me  cayó  esto  en  gracia,  y  me 
hizo  reir,  porque  en  este  caso  jamás  yo  temí,  que  sabía  bien  de 
mí  que  en  cosa  de  la  fe,  contra  la  menor  cerimonia  de  la  Iglesia 
que  alguien  viese  yo  iba,  por  ella  u  por  cualquier  verdad  de 
la  Sagrada  Escritura,  me  pornía  yo  a  morir  mil  muertes;  y  dije 
que  de  eso  no  temiesen,  que  harto  mal  sería  para  mi  alma,  si  en 
ella  hubiese  cosa  que  fuese  de  suerte  que  yo  temiese  la  Inquisi- 
ción (2).  Que  si  pensase  había  para  qué,  yo  me  la  iría  a  buscar; 
y  que  si  era  levantado,  que  el  Señor  me  libraría  y  quedaría 
con  ganancia.  Y  trátelo  con  este  padre  mío  dominico  que,  como 


1  P.  Pedro  Ibáñez. 

2  Si  bien  las  obras  de  la  Santa,  como  hemos  visto  en  los  Preliminares,  fueron  delatadas  a 
la  Inquisición,  no  parece  que  se  la  denunciase  a  ella  misma,  como  lo  fueron  tantas  otras  per- 
sonas de  sü  tiempo. 


276  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÜS 

digo,  era  gran  ktrado,  que  podía  bien  asigurar  con  lo  que  él 
me  dijese,  g  díjele  entonces  todas  las  visiones  g  modo  de  ora- 
ción g  las  grandes  mercedes  que  me  hacía  el  Señor,  con  la 
imagor  claridad  que  pude,  g  supliquéle  lo  mirase  mug  bien,  g 
me  dijese  si  había  algo  contra  la  Sagrada  Escritura,  g  lo  que 
de  todo  sentía.  El  me  asiguró  mucho,  g  a  ¡mi  parecer  le  hizo  pro- 
vecho; porque  aunque  él  era  mug  bueno,  de  ahí  adelante  se  dio 
mucho  más  a  la  oración,  g  se  apartó  en  un  monesterio  de  su 
Orden,  adonde  hag  mucha  soledad  (1),  para  mijor  poder  ejerci- 
tarse en  esto,  adonde  estuvo  más  de  dos  años;  g  sacóle  de  allí  la 
obediencia,  que  sintió  harto;  porque  le  hubieron  menester,  como 
era  persona  tal. 

Yo  en  parte  sentí  mucho  cuando  se  fué,  aunque  no  se  lo  es- 
torbé, por  la  gran  falta  que  me  hacía.  Mas  entendí  su  ga- 
nancia; porque  estando  con  harta  pena  de  su  ida,  me  dijo  el 
Señor  que  me  consolase  g  no  la  tuviese,  que  bien  guiado  iba. 
Vino  tan  aprovechada  su  alma  de  allí  g  tan  adelante  en  apro- 
vechamiento de  espíritu,  que  me  dijo  cuando  vino  que  por  nin- 
guna cosa  quisiera  haber  dejado  de  ir  allí.  Y  go  también  podía 
decir  lo  mesmo;  porque  lo  que  antes  me  asiguraba  g  conso- 
laba con  solas  sus  letras,  ga  lo  hacía  también  con  la  expiriencia 
de  espíritu,  que  tenía  harta  de  cosas  sobrenaturales;  g  trájole 
Dios  a  tiempo  que  vio  Su  Majestad  había  de  ser  menester  para 
agudar  a  su  obra  de  este  monesterio,  que  quería  Su  Majestad 
se  hiciese. 

Pues  estuve  en  este  silencio,  g  no  entendiendo  ni  hablando 
en  este  negocio,  cinco  u  seis  meses,  g  nunca  el  Señor  rae  lo 
mandó.  Yo  no  entendía  qué  era  la  causa;  mas  no  se  me  podía 
quitar  de  el  pensamiento  que  se  había  de  hacer.  A  el  fin  de  este 
tiempo,  habiéndose  ido  de  aquí  el  Retor  que  estaba  en  la  Com- 
pañía de  Jesús,  trajo  Su  Majestad  aquí  otro  mug  espiritual,  g 
de  gran  ánimo,  g  entendimiento  g  buenas  letras,  a  tiempo 
que  go  estaba  con  harta  necesidad;  porque  como  el  que  me 
confesaba  tenía  superior,  g  ellos  tienen  esta  virtud  en  extremo 


1      Se  retiró  al  convento  de  Tríanos. 


capiTüLO  XXXIII  277 

de  no  s€  bullir  sino  conforme  a  la  voluntad  de  su  mayor,  aun- 
que él  entendía  bien  mi  espíritu  y  tenía  deseo  de  que  fuese 
muy  adelante,  no  se  osaba  en  algunas  cosas  determinar,  por 
hartas  causas  que  para  ello  tenía.  Y  ya  mi  espíritu  iba  con 
ímpetus  tan  grandes,  que  sentía  mucho  tenerle  atado,  y  con  todo, 
no  salía  de  lo  que  me  mandaba  (1). 

Estando  un  día  con  gran  aflición  de  parecerme  el  confesor 
no  me  creía,  díjome  el  Señor  que  no  me  fatigase,  que  presto 
se  acabaría  aquella  pena.  Yo  me  alegré  mucho,  pensando  que 
era  que  me  había  de  morir  presto,  y  traía  mucho  contento  cuando 
se  me  acordaba.  Después  vi  claro  era  la  venida  de  este  Retor 
que  digo;  porque  aquella  pena  nunca  más  se  ofreció  en  qué  la 
tener,  a  causa  de  que  el  Retor  que  vino  no  iba  a  la  mano  a  el  mi- 
nistro que  era  mi  confesor,  antes  le  decía  que  me  consolase 
lí  que  no  había  de  qué  temer,  y  que  no  me  llevase  por  camino  tan 
apretado,  que  dejase  obrar  el  espíritu  de  el  Señor,  que  a  veces 
parecía  con  estos  grandes  ímpetus  de  espíritu  no  le  quedaba  a  el 
alma  cómo  resolgar. 

Fuéme  a  ver  este  Retor,  y  mandóme  el  confesor  tratase  con 
él  con  toda  libertad  y  claridad.  Yo  solía  sentir  grandísima  con- 
tradición en  decirlo,  y  es  ansí  que  en  entrando  en  el  confesona- 
rio (2),  sentí  en  mi  espíritu  un  no  sé  qué,  que  antes  ni  después  no 
me  acuerdó  haberlo  (3)  con  nadie  sentido,  ni  yo  sabré  decir  cómo 
fué,  ni  por  comparaciones  podría.  Porque  fué  un  gozo  espiri- 
tual, y  un  entender  mi  alma  que  aquella  alma  la  había  de  enten- 
der y  que  conformaba  con  ella,  aunque,  como  digo,  no  entiendo 
cómo.  Porque  si  le  hubiera  hablado  u  me  hubieran  dado  gran- 


1  El  Rector  que  salió  de  Avila  fué  el  P.  Dionisio  Vázquez,  confesor  de  S.  Francisco  de 
Borja  u  famoso  en  la  Compañía  por  sus  intrigas  con  Felipe  II,  la  Inquisición  jj  la  Santa  Sede 
para  substraer  las  casas  de  España  de  la  jurisdicción  del  General  de  Roma.  Le  sustituyó  en 
el  oficio  el  P.  Gaspar  de  Salazar  en  Abril  de  1561.  Por  ciertas  desavenencias  que  surgieron 
entre  el  Colegio  de  San  Gil  y  el  Obispo  de  Avila  D.  Alvaro  de  Mendoza,  el  Visitador,  P.  Na^ 
dal,  juzgó  oportuno,  cuando  pasó  por  Avila  a  principios  de  1562,  quitar  de  Rector  al  P.  Sala- 
zar.  (Vid.  Historia  de  la  Compañía  de  Jesús,  por  el  P.  Astráin,  t.  II,  p.  144).  Cuando  Santa 
Teresa  regresó  de  su  viaje  a  Toledo,  ya  no  lo  halló  en  el  oficio.  El  poco  tiempo  que  el  P.  Sa- 
lazar estuvo  en  Avila  bastó  para  que  la  Santa  le  cobrase  cariño.  De  él  hace  honorífica  men- 
ción en  varias  de  sus  cartas.  Después  de  haber  desempeñado  el  cargo  de  Rector  en  el  Colegio 
de  Madrid  y  otros  de  la  Compañía,  murió  santamente  en  Alcalá  el  27  de  Septiembre  de  1593. 

2  El  original:  confesorio. 

3  El  original:  líalo. 


278  VIDA  DE  'SANTA  TERESA  DE  JESÚS 

des  nuevas  de  él,  no  era  mucho  darme  gozo  en  entender  que 
había  de  entenderme;  mas  ninguna  palabra  él  a  mí  ni  yo  a  él 
nos  habíamos  hablado,  ni  era  persona  de  quien  yo  tenía  antes 
ninguna  noticia.  Después  he  visto  bien  que  no  se  engañó  mi  es- 
píritu, porque  de  todas  maneras  ha  hecho  gran  provecho  a  mí 
y  a  mi  alma  tratarle;  porque  su  trato  es  mucho  para  personas 
que  ya  parece  el  Señor  tiene  ya  muy  adelante,  porque  él  las  hace 
correr  y  no  ir  paso  a  paso.  Y  su  modo  es  para  desasirlas  de  todo 
y  mortificarlas;  que  en  esto  le  dio  el  Señor  grandísimo  talento, 
también  como  en  otras  muchas  cosas. 

Como  le  comencé  a  tratar,  luego  entendí  su  estilo,  y  vi  ser 
un  alma  pura,  santa  y  con  don  particular  de  el  Señor  para 
conocer  espíritus.  Consoléme  mucho.  Desde  a  poco  gue  le  tra- 
taba comenzó  el  Señor  a  tornarme  a  apretar  que  tornase  a  tratar 
el  negocio  del  monesterio,  y  que  dijese  a  mi  confesor  y  a  este 
Retor  muchas  razones  y  cosas  para  que  no  me  lo  estorbasen. 
Y  algunas  los  hacía  temer,  porque  este  padre  Retor  nunca  dudó 
en  que  era  espíritu  de  Dios;  porque  con  mucho  estudioj  y  cuidado 
miraba  todos  los  efetos.  En  fin,  de  muchas  cosas  no  se  osaron 
atrever  a  estorbármelo. 

Tornó  mi  confesor  a  darme  licencia  que  pusiese  en  ello 
todo  lo  que  pudiese.  Yo  bien  vía  a  el  trabajo  a  que  me  ponía, 
por  ser  muy  sola  y  tener  poquísima  posibilidad.  Concertamos  se 
tratase  con  todo  secreto,  y  ansí  procuré  que  una  hermana  mía  (1),, 
que  vivía  fuera  de  aquí,  comprase  la  casa  y  la  labrase  como  que 
era  para  sí,  con  dineros  que  el  Señor  dio  por  algunas  vías  para 
comprarla;  que  sería  largo  de  contar  cómo  el  Señor  lo  fué  pro- 
veyendo, porque  yo  traía  gran  cuenta  de  no  hacer  cosa  contra 
obediencia;  mas  sabía  que  si  lo  decía  a  mis  perlados,  era 
todo  perdido,  como  la  vez  pasada,  y  aun  ya  fuera  peor.  En  te- 
ner los  dineros,  en  procurarlo,  en  concertarlo  y  hacerlo  labrar, 
pasé  tantos  trabajos,  y  algunos  bien  a  solas,  aunque  mi  compa- 
ñera hacía  lo  que  podía,  mas  podía  poco,  y  tan  poco,  que  era 


1      D.a   Juana  de  Ahumada,   que  residía  en   Alba   con  su  esposo   Juan   de   Ovalle,   según 
queda  dicho  en  e!  capítulo  XXXI,  página  258. 


CAPITULO  xxxiir  279 

casi  nonada,  más  de  hacerse  en  su  nombre  y  con  su  favor;  y 
todo  el  más  trabajo  era  mío,  de  tantas  maneras,  que  ahora  me 
espanto  cómo  lo  pude  sufrir.  Algunas  veces  afligida  decía:  Se- 
ñor mío,  ¿cómo  me  mandáis  cosas  que  parecen  imposibles?  que, 
aunque  fuera  mujer,  ¡  si  tuviera  libertad ! ;  mas  atada  por  tantas 
partes,  sin  dineros  ni  de  dónde  los  tener,  ni  para  Breve,  ni  para 
nada,  ¿qué  puedo  yo  hacer,  Señor? 

Una  vez  estando  en  una  necesidad  que  no  sabía  qué  me 
hacer,  ni  con  qué  pagar  unos  oficiales,  me  apareció  San  Josef, 
mi  verdadero  padre  y  señor,  y  imie  dio!  a  entender  que  no  me  fal- 
tarían, que  los  concertase,  y  ansí  lo  hice  sin  ninguna  blanca,  y  el 
Señor,  por  maneras  que  se  espantaban  los  que  lo  oían,  me  prove- 
yó (1).  Hacíaseme  la  casa  muy  chica,  porque  lo  era  tanto,  que  no 
parece  llevaba  camino  ser  monesterio,  y  quería  comprar  otra  (2); 


1  D,  Lorenzo  de  Cepeda  fué  quien  ayudó  con  su  dinero  a  su  santa  hermana  en  la  cons" 
trucción  del  monasterio  de  San  José.  Después  de  la  batalla  de  Iftaquito,  D.  Lorenzo  se  esta^ 
bleció  en  la  hoy  capital  del  Ecuador,  donde  poseía  extensos  terrenos  y  era  encomendero  de 
buen  número  de  indios  del  valle  de  Chillo.  En  1556  contrajo  matrimonio  en  Lima  con  Juana 
de  Fuentes  Espinosa,  hija  de  D.  Francisco  de  Fuentes,  uno  de  los  primeros  conquistadores  del  Perú, 
que  presenció  la  captura  de  Atahualpa  y  estaba  en  posesión  de  grandes  riquezas.  El  hermano 
de  Santa  Teresa  llegó  a  desempeñar  en  Quito  los  cargos  de  regidor  del  Cabildo,  tesorero  de 
las  Cajas  reales  y  alcalde  de  la  ciudad.  Con  tales  cargos  y  encomiendas  y  la  rica  dote  de  su 
mujer,  gozaba  de  posición  muy  desahogada  y  podía  ayudar  a  sus  hermanas  de  España,  como 
lo  hizo  en  diversas  ocasiones.  Una  de  estas  limosnas  llegó  con  la  oportunidad  que  aquí  enca- 
rece la  Santa  y  aclara  más  en  una  carta  a  D.  Lorenzo,  en  que  le  dice  haberla  recibido  de 
i\ntonio  Moran,  rico  mercader  que  del  Perú  pasaba  a  España.  La  carta  es  de  30  ds  Diciembre 
de  1561.  En  otras  partes  de  estos  escritos  tendremos  ocasión  de  recordar  los  buenos  oficios  de 
este  piadoso  indiano  y  hermano  muy  querido  de  Santa  Teresa  para  con  San  José  de  Avila  y 
otras  fundaciones. 

2  Para  el  nuevo  convento,  compró  la  Santa  por  medio  de  su  cuñado  Juan  de  Ovalle  una 
casita,  y  venida  de  Alba  su  mujer  D.a  Juana  en  Agosto  de  1561,  como  dejamos  apuntado,  se 
establecieron  en  ella  y  comenzaron  las  obras  según  la  dirección  y  traza  de  la  Madre  Teresa, 
que  con  achaque  de  visitar  a  sus  hermanos,  salía  de  la  Encarnación  y  negociaba  con  disimulo 
lo  referente  a  la  nueva  fundación  reformada.  Todos  los  biógrafos  de  Santa  Teresa  comparan  esta 
casita,  por  su  pequenez  y  pobreza,  con  el  portal  de  Belén.  Dejando  para  otro  lugar  noticia 
más  extensa  y  particular  de  ella,  véase  lo  que  dice  Julián  de  Avila  en  su  Vida  de  Sta.  Teresa, 
parí.  II,  cap.  VIII:  «Y  entrando  que  entró  en  la  portería,  junto  a  ella  estaba  una  reja  de  paIo,'e 
muy  cerca  de  la  reja  estaba  el  altar,  aunque  con  decencia,  pero  con  harta  pobreza  y  estrechura; 
porque  en  portería  y  coro,  adonde  el  Santísimo  Sacramento  estaba,  no  me  paresce  a  mí  habría 
arriba  de  diez  pasos:  representaba  bien  a  el  portalico  de  Belén».  Sobre  la  puerta  de  la  iglesia  y 
monasterio  puso  dos  imágenes  pequeñas  de  talla,  de  Nuestra  Señora  y  San  José,  guardianes 
del  monasterio  y  de  la  Reforma  del  Carmen.  Una  campanita,  que  no  pasaba  de  tres  libras  y  por 
añadidura  con  agujero  que  ya  sacó  de  la  fundición,  servía  para  congregarse  al  Oficio  Divino. 
En  163?i,  siendo  General  de  la  Reforma  el  P.  Esteban  de  San  José,  fué  trasladada  a  Pastrana, 
y  con  ella  se  convocaba  a  las  sesiones  de  los  Capítulos  generales  que  allí  acostumbraban  ce- 
lebrarse. Afortunadamente,  a  las  diligencias  de  de  un  buen  amigo  de  las  Descalzas,  llamado 
José  López  Salazar,  eficazmente  apoyadas  por  el  Cardenal  de  Toledo,  la  campanita  que  inundó 
de  consuelo  con  sus  alegres  sones  el  24  de  Agosto  de  1562,  el  corazón  de  la  Madre  Teresa  y 
de  las  cuatro  primitivas  descalzas,  volvió  a  San  José  de  Avila  el  año  de  1868  y  hoy  está  colo- 
cada en  un  corredor  interno,  junto  a  la  campana  de  oficios. 


280  VIDñ    DE    SñNTñ    TERESA    DE    JESÚS 

ni  había  con  qué,  ni  había  manera  para  comprarse,  ni  sabía 
qué  me  hac€r,  que  estaba  junto  a  ella,  también  harto  pequeña 
para  hacer  la  Iglesia;  g  acabando  un  día  de  comulgar  di  jome 
el  Señor:  Ya  te  he  dicho  que  entres  como  pudieres.  Y  a  mane- 
ra de  exclamación  también  m€  dijo:  ¡Oh  codicia  de  el  género 
humano,  que  aun  tierra  piensas  que  te  ha  de  faltar!  ¡Cuántas 
veces  dormí  yo  a  el  sereno  por  no  tener  adonde  me  meter!  Yo 
quedé  muy  espantada,  y  vi  que  tenía  razón;  y  voy  a  la  casita 
y  trácela,  y  hallé,  aunque  bien  pequeño,  monesterio  cabal,  y  no 
curé  de  comprar  más  sitio,  sino  procuré  se  labrase  en  ella  de  ma- 
nera que  se  pueda  vivir,  todo  tosco  y  sin  labrar,  no  más  de  como 
no  fuese  dañosoí  a  la  salud,  y  ansí  se  ha  de  hacer  siempre. 

El  día  de  Santa  Clara,  yendo  a  comulgar,  se  me  apareció 
con  mucha  hermosura;  dijome  que  me  esforzase  y  fuese  adelante 
en  lo  comenzado,  que  ella  me  ayudaría.  Yo  la  tomé  gran  devo- 
ción, y  ha  salido  tan  verdad,  que  un  monesterio  de  monjas  de 
su  Orden  (l),\iue  está  cerca  de  éste,  nos  ayuda  a  sustentar; 
y  lo  que  ha  sido  más,  que  poco  a  poco  trajo  este  deseo  mío  a 
tanta  perfeción,  que  la  pobreza  que  la  bienaventurada  Santa 
tenía  en  su  casa,  se  tiene  en  ésta  y  vivimos  de  limosna.  Que  no 
me  ha  costado  poco  trabajo  que  sea  con  toda  firmeza  y  autori- 
dad del  Padre  Santo,  que  no  se  puede  hacer  otra  cosa,  ni  jamás 
haya  renta  (2).  Y  más  hace  el  Señor,  y  debe  por  ventura  ser  por 
ruegos  de  esta  bendita  Santa,  que  sin  demanda  ninguna  nos 
provee  Su  Majestad  muy  cumplidamente  lo  necesario.  Sea  ben- 
dito por  todo.  ñmén. 

Estando  en  estos  mesmos  días,  el  de  nuestra  Señora  de  la 
Asunción,  en  un  monesterio  de  la  Orden  del  glorioso  Santo  Do- 
mingo, estaba  considerando  los  muchos  pecados  que  en  tiempos 


1  El  monasterio  de  religiosas  de  Santa  Clara,  llamadas  vulgarmente  Cordillas,  de  la  pri.- 
mera  residencia  que  ocuparon.  Siempre  han  mediado  entre  ambas  comunidades  excelentes  rela- 
ciones de  amistad. 

2  El  primer  Breve,  de  7  de  Febrero  de  1562  dirigido,  porque  así  convenía  a  la  nueva  fun- 
dación, a  D.a  Aldonza  de  Guzmán  ij  a  su  hija  D.a  Quiomar  de  UUoa,  les  autoriza  para  que 
puedan  poseer  bienes  en  común,  porque  todavía  no  se  había  resuelto  la  Santa  a  fundar  sin  renta. 
Alentada  a  ello  por  S.  Pedro  de  Alcántara,  se  obtuvo  un  Rescripto  de  la  sagrada  Penitenciaría 
de  5  de  Diciembre  de  1562  en  que  se  faculta  al  nuevo  monasterio  para  vivir  sin  rentas,  de  la 
caridad  pública,  el  cual  fué  confirmado  por  Breve  de  17  de  Julio  de  1565. 


CAPITULO    XXXIII  281 

pasados  había  en  aquella  casa  confesado  y  cosas  de  mi  ruin 
vida.  Vínome  un  arrobamiento  tan  grande,  que  casi  me  sacó  de 
mí  (1).  Sentéme,  y  aun  paréceme  que  no  pude  ver  alzar  ni  oir 
misa,  que  después  quedé  con  escrúpulo  de  esto.  Parecióme  es- 
tando ansí,  que  me  vía  vestir  una  ropa  de  mucha  blancura  y  cla- 
ridad, y  al  principio  no  vía  quién  me  la  vestía.  Después  vi  a 
Nuestra  Señora  hacia  el  lado  derecho,  y  a  mi  padre  San  Josef 
a  el  izquierdo,  que  me  vestían  aquella  ropa.  Dióseme  a  entender 
que  estaba  ya  limpia  de  mis  pecados.  Acabada  de  vestir,  y  yo 
con  grandísimo  deleite  y  gloria,  luego  me  pareció  asirme  de 
las  manos  Nuestra  Señora.  Díjome  que  la  daba  mucho  con- 
tento en  servir  al  glorioso  San  Josef,  que  creyese  que  lo  que 
pretendía  de  el  monesterio  se  haría,  y  en  él  se  serviría  mucho  el 
Señor  y  ellos  dos;  que  no  temiese  habría  quiebra  en  esto  ja- 
más, aunque  la  obediencia  que  daba  no  fuese  a  mi  gusto,  por- 
que ellos  nos  guardarían,  y  que  ya  su  Hijo  nos  había  prometido 
andar  con  nosotras;  que  para  señal  que  sería  esto  verdad,  me 
daba  aquella  joya.  Parecíame  haberme  echado  a  el  cuello  un 
collar  de  oro  muy  hermoso,  asida  una  cruz  a  él  de  mucho  valor. 
Este  oro  y  piedras  es  tan  diferente  de  lo  de  acá,  que  no  tiene 
comparación;  porque  es  su  hermosura  muy  diferente  de  lo  que 
podemos  acá  imaginar,  que  no  alcanza  el  entendimiento  a  enten- 
der de  qué  era  la  ropa,  ni  cómo  imaginar  el  blanco  que  el  Señor 
quiere  que  se  represente,  que  parece  todo  lo  de  acá  como  un 
debujo  de  tizne,  a  manera  de  decir. 

Era  grandísima  la  hermosura  que  vi  en  Nuestra  Señora, 
aunque  por  figuras  no  determiné  ninguna  particular,  sino  toda 
junta  la  hechura  de  el  rostro,  vestida  de  blanco  con  grandísimo 
resplandor,  no  que  dislumbra,  sino  suave.  A  el  glorioso  San  Jo- 
sef no  vi  tan  claro,  aunque  bien  vi  que  estaba  allí,  como  las 
visiones  que  he  dicho,  que  no  se  ven.  Parecíame  Nuestra  Se- 
ñora muy  niña.  Estando  ansí  conmigo  un  poco,  y  yo  con  gran- 


1  Se  cree  haber  recibido  la  Santa  en  1561  esta  merced  en  la  capilla  llamada  del  Santísimo 
Cristo,  de  la  iglesia  de  Santo  Tomás  de  Avila.  Junto  al  altar,  muéstrase  una  antigua  abertura 
en  la  pared  dispuesta  para  confesonario  con  un  letrero  que  reza:  «Aquí  se  confesaba  Santa 
Teresa  de  Jesús». 

19  * 


282  VIDA    DE    SANTiFl    TERESA    DE    JESÚS 

dísima  gloria  y  contento,  más  a  mi  parecer  que  nunca  le  había 
tenida,  g  nunca  quisiera  quitarme  de  él,  parecióme  que  los  vía 
subir  a  (el  cielo  con  mucha  multitud  de  ángeles.  Yo  quedé  con  mu- 
cha soledad,  aunque  tan  consolada  g  elevada,  g  recogida  en  ora- 
ción g  enternecida,  que  estuve  algún  espacio,  que  menearme  ni 
hablar  no  podía,  sino  casi  fuera  de  mí.  Quedé  con  un  ímpetu 
grande  de  deshacerme  por  Dios,  g  con  tales  efetos,  g  todo  pasó 
de  suerte  que  nunca  pude  dudar,  aunque  mucho  lo  procurase, 
no  ser  cosa  de  Dios.  Dejóme  consoladísima  g  con  mucha  paz. 

En  lo  que  dijo  la  Reina  de  los  Angeles  de  la  obediencia,  es 
que  a  mí  se  me  hacía  de  mal  no  darla  a  la  Orden,  g  habíame 
dicho  el  Señor  que  no  convenía  dársela  a  ellos.  Dióme  las  cau- 
sas para  que  en  ninguna  manera  convenía  lo  hiciese,  sino  que 
enviase  a  Roma  por  cierta  vía,  que  también  me  dijo;  que  El 
haría  viniese  recaudo  por  allí;  g  ansí  fué,  que  se  envió  por 
donde  el  Señor  me  dijo,  que  nunca  acabábamos  de  negociarlo, 
g  vino  mug  bien.  Y  para  las  cosas  que  después  han  sucedido, 
convino  mucho  se  diese  la  obediencia  a  el  obispo;  mas  entonces 
no  le  conocía  go,  ni  aun  sabía  qué  perlado  sería,  g  quiso  el 
Señor  fuese  tan  bueno  g  favoreciese  tanto  a  esta  casa,  como 
ha  sido  menester  para  la  gran  contradición  que  ha  habido  en 
ella,  como  después  diré,  g  para  ponerla  en  el  estado  que  está. 
Bendito  sea   El   que   ansí   lo  ha   hecho  todo.   Amén    (1). 


1  Cuando  la  fundación  del  Convento  de  San  José  era  obispo  de  Avila  D.  Alvaro  de  Men- 
doza, que  había  tomado  posesión  de  su  sede  el  4  de  Diciembre  de  1560.  Hijo  de  D.  Juan  Hur- 
tado de  Mendoza  y  D.a  María  Sarmiento,  Condesa  de  Ribadavia,  fué  muy  devoto  de  la  Santa 
desde  que  la  habló  en  la  Encarnación,  y  gran  favorecedor  de  su  Reforma.  Las  Carmelitas  des- 
calzas de  S.  José  conservan  algunas  cartas  de  este  ilustre  Prelado.  Por  disposición  testdraentaria 
suya  fué  enterrado  en  la  capilla  mayor  de  este  monasterio.  Su  sepulcro,  con  la  estatua  orante  de 
D.  Alvaro,  está  en  el  presbiterio,  al  lado  de  la  epístola.  Fué  su  intención  que  reposasen  enfrente 
suya  los  venerables  restos  de  Santa  Teresa,  si  bien,  por  diversas,  causas  no  llegaron  a  reali- 
zarse estos  piadosos  deseos.  El  Breve  no  lo  procuró  directamente  la  Santa,  sino  por  medio  de 
su  amiga  D.a  Guiomar,  a  cuyo  nombre,  juntamente  con  el  de  D.a  Aldonza,  se  expidió  en  Roma. 


r*"^  '  CAPITULO     XXXIV 


TRATA  COMO  EN  ESTE  TIEMPO  CONVINO  QUE  SE  AUSENTASE  DE  ESTE 
LUGAR.  DICE  LA  CAUSA,  Y  COMO  LA  MANDO  IR  SU  PERLADO  PARA 
CONSUELO  DE  UNA  SEÑORA  MUY  PRINCIPAL  QUE  ESTABA  MUY  AFLI- 
GIDA. COMIENZA  A  TRATAR  LO  QUE  ALLÁ  LE  SUCEDIÓ  Y  LA  GRAN 
MERCED  QUE  EL  SEÑOR  LA  HIZO  DE  SER  MEDIO  PARA  QUE  SU 
MAJESTAD  DESPERTASE  A  UNA  PERSONA  MUY  PRINCIPAL  PARA 
SERVIRLE  MUY  DE  VERAS,  Y  QUE  ELLA  TUVIESE  FAVOR  Y  AMPARO 
DESPUÉS    EN    EL.    BS    MUCHO    DE    NOTAR. 


Pu€s  por  mucho  cuidado  qu€  go  traía  para  que  no  se  enten- 
diese, no  podía  hacerse  tan  secreto  toda  esta  obra  que  no  se  en- 
tendiese mucho  en  algunas  personas;  unas  lo  creían  y  otras  uo. 
Yo  temía  harto  que,  venido  el  Provincial,  si  algo  le  dijesen 
de  ello,  me  había  de  mandar  no  entender  en  ello,  g  luego  era 
todo  cesado.  Proveyólo  el  Señor  de  esta  manera:  que  se  ofreció 
en  un  lugar  grande  (1),  más  de  veinte  leguas  de  éste,  que  es- 
taba una  señora  muy  afligida,  a  causa  de  habérsele  muerto  su 
marido;  estábalo  en  tanto  extremo,  que  se  temía  su  salud  (2), 
Tuvo  noticia  de  esta  pecadorcilla,  que  lo  ordenó  el  Señor  ansí, 


1  Toledo. 

2  Era  esto  señora  D.a  Luisa  de  la  Cetda,  qtie  vivía  en  Toledo  u  acababa  de  perder  a  su 
marido  Arias  Pardo  de  Saavedra  (1561),  opulento  caballero,  uno  de  los  más  ricos  de  Espafla, 
Mariscal  de  Castilla,  Seflor  de  las  villas  de  Malagón,  Paracuellos  y  Fernán  Caballero  u  sobrino 
del  Cardenal  Pardo  de  Tavera,  Arzobispo  de  Toledo.  Era  hija  D.a  Luisa  de  Juan  de  la  Cerda, 
Duque  de  Medinaceli,  próximo  pariente  de  los  antiguos  Reyes  de  Espafla,  ija  que  procedía  este 
título  del  primoflénito  de  Alfonso  el  Sabio.  (Cfi.  Monazchia.  Hispánica,  t.  I,  1.  II,  c.  1). 


284  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

que  la  dijesen  bien  de  mí,  para  otros  bienes  que  de  aquí  suce- 
dieron. Q>nocía  esta  señora  mucho  a  el  Provincial,  y  como  era 
persona  principal  y  supo  que  yo  estaba  en  monesterio  que  sa- 
lían, pónele  el  Señor  tan  gran  deseo  de  verme,  pareciéndole 
que  se  consolaría  conmigo,  que  no  debía  ser  en  su  mano,  sino 
luego  procuró,  por  todas  las  vías  que  pudo,  llevarme  allá,  en- 
viando a  el  Provincial,  que  estaba  bien  lejos.  El  me  envió  un 
mandamiento,  con  preceto  de  obediencia,  que  luego  fuese  con 
otra  compañera;   yo  lo  supe  la  noche  de  Navidad. 

Hízome  algún  alboroto  y  mucha  pena  ver  que,  por  pensar 
que  había  en  mí  algún  bien,  me  quería  llevar,  que,  como  yo  me 
vía  tan  ruin,  no  podía  sufrir  esto.  Encomendándome  mucho  a 
Dios  estuve  todos  los  Maitines,  u  gran  parte  de  ellos,  en  gran 
arrobamiento.  Di  jome  el  Señor  que  no  dejase  de  ir,  y  que  no 
escuchase  pareceres,  porque  pocos  me  aconsejarían  sin  temeri- 
dad; que,  aunque  tuviese  trabajos,  se  sirviría  mucho  Dios,  y 
que  para  este  negocio  de  el  monesterio  convenía  ausentarme  havSta 
ser  venido  el  Breve;  porque  el  demonio  tenía  armada  una  gran 
trama  venido  el  Provincial,  que  no  temiese  de  nada,  que  El  me 
ayudaría  allá.  Yo  quedé  muy  esforzada  y  consolada.  Díjelo  a  el 
Retor.  Díjome  que  en  ninguna  manera  dejase  de  ir,  porque  otros 
me  decían  que  no  sufría,  que  era  invención  del  demonio  para 
que  allá  me  viniese  algún  mal;  que  tornase  a  enviar  a  el 
Provincial. 

Yo  obedecí  a  el  Retor,  y  con  lo  que  en  la  oración  había  en- 
tendido, iba  sin  miedo,  aunque  no  sin  grandísima  confusión  de 
v€r  el  título  con  que  me  llevaban  y  cómo  se  engañaban  tanto. 
Esto  me  hacía  importunar  más  al  Señor  para  que  no  me  dejase. 
Consolábame  mucho  que  había  casa  de  la  Compañía  de  Jesús 
en  aquel  lugar  adonde  iba  (1),  y  con  estar  sujeta  a  lo  que  me 
mandasen,  como  lo  estaba  acá,  me  parecía  estaría  con  alguna 
siguridad.  Fué  d  Señor  servido  que  aquella  señora  se  consoló 


1  Habíanse  establecido  los  Padres  de  la  Compañía  en  Toledo  el  año  1558.  Negoció  esta 
íundación  San  Francisco  de  Borja  con  Frag  Bartolomé  Carranza,  elevado  a  la  Sede  primada  poi 
muerte  del  Cardenal  Siliceo,  que  se  oponía  a  la  entrada  de  los  Jesuítas.  Fué  nombrado  superior 
de  la  nueva  casa  el  P.  Pedro  Domenech,  que  luego  le  veremos  confesando  a  la  Santa, 


Capitulo  xxxiv  285 

tanto,  que  conocida  mijoría  comenzó  luego  a  tener,  y  cada  día 
más  s€  hallaba  consolada.  Túvose  a  mucho,  porque,  como  he 
dicho,  la  pena  la  tenía  en  gran  aprieto;  y  debíalo  de  hacer 
el  Señor  por  las  muchas  oraciones  que  hacían  por  mí  las  personas 
buenas  que  yo  conocía  porque  me  sucediese  bien.  Era  muy 
temerosa  d€  Dios,  y  tan  buena,  qu€  su  mucha  cristiandad  suplió 
lo  que  a  mí  nv¿  faltaba.  Tomó  grande  amor  conmigo;  yo  se  le 
tenía  harto  d€  ver  su  bondad;  mas  casi  todo  me  era  cruz,  por- 
que los  regalos  me  daban  gran  tormento,  y  el  hacer  tanto  caso 
de  mí  me  traía  con  gran  temor.  Andaba  mi  alma  tan  encogida, 
que  no  me  osaba  descuidar,  ni  se  descuidaba  el  Señor;  porque 
estando  allí  me  hizo  grandísimas  mercedes  (1),  y  éstas  me  daban 
tanta  libertad,  y  tanto  me  hacía  menospreciar  todo  lo  que  vía, 
y  mientra  más  eran  más,  que  no  dejaba  de  tratar  con  aquellas 
tan  señoras,  que  muy  a  mi  honra  pudiera  yo  servirlas  con  la 
libertad  que  si  yo  fuera  su  igual.  Saqué  una  ganancia  muy  gran- 
de, y  decíaselo.  Vi  que  era  mujer,  y  tan  sujeta  a  pasiones  y  fla- 
quezas como  yo,  y  en  lo  poco  que  se  ha  de  tener  el  señorío,  y 
cómo,  mientra  es  mayor,  tienen  más  cuidados  y  trabajos,  y  un 
cuidado  de  tener  la  compostura  conforme  a  su  estado,  que  no 
las  deja  vivir;-  comer  sin  tiempo  ni  concierto,  porque  ha  de  an- 
dar todo  conforme  a  el  estado  y  no  a  las  complexiones;  han  de 
comer  muchas  veces  los  manjares  más  conformes  a  su  estado  que 
no  a  su  gusto. 

Es  ansí,  que  de  todo  aborrecí  el  desear  ser  señora.  Dios 
me  libre  de  mala  compostura,  aunque  ésta,  con  ser  de  las  prin- 
cipales del  reino,  creo  hay  pocas  más  humildes  y  de  mucha 
llaneza.  Yo  la  había  lástima,  y  se  la  he  de  ver  cómo  va  muchas 
veces  no  conforme  a  su  inclinación  por  cumplir  con  su  estado. 
Pues  oon  los  criados  es  poco  lo  poco  que  hay  que  fiar,  aunque 
ella  los  tenía  buenos;  no  se  ha  de  hablar  más  con  uno  que 
con  otro,  sino  a  el  que  se  favorece  ha  de  ser  el  malquisto.  Ello 
es  una  sujeción,  que  una  de  las  mentiras  que  dice  el  mundo  es 


1      Muchas  de  las  mercedes  recibidas  en  el  palacio  de  D.a  Luisa  se  hallan  en  una  Relación 
que  allí  escribió  la  Santa,  que  publicaremos  en  el  tomo  segundo. 


286  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

llamar  señores  a  las  personas  semejantes,  que  no  me  parece  son 
sino  esclavos  de  mil  cosas.  Fué  el  Señor  servido  (1),  que  el  tiem- 
po que  estuve  en  aquella  casa  se  mijoraban  en  servir  a  Su  Ma- 
jestad las  personas  de  ella,  aunque  no  estuve  libre  de  trabajos  y 
algunas  envidias  que  tenían  algunas  personas  del  mucho  amor 
que  aquella  señora  me  tenía.  Debían  por  ventura  pensar  que 
pretendía  algún  interese.  Debía  primitir  el  Señor  me  diesen  al- 
gunos trabajos  cosas  semejantes,  y  otras  de  otras  suertes,  por- 
que no  me  embebiese  en  el  regalo  que  había  por  otra  parte, 
y  fué  servido  sacarme  de  todo  con  mijoría  de  mi  alma. 

Estando  allí  acertó  a  venir  un  relisioso,  persona  muy  prin- 
cipal y  con  quien  yo  muchos  años  había  tratado  algunas  ve- 
ces (2).  Y  estando  en  misa  en  un  monesterio  de  su  Orden,  que 
estaba  cerca  de  donde  yo  estaba  (3),  dióme  deseo  de  saber  en 
qué  dispusición  estaba  aquella  alma,  que  deseaba  yo  fuese  muy 
siervo  de  Dios,  y  levánteme  para  irle  a  hablar.  Como  yo  estaba 
recogida  ya  en  oración,  parecióme  después  era  perder  tiempo,  que, 
quién  me  metía  a  mí  en  aquello,  y  tornémie  a  sentar.  Paréceme  que 
fueron  tres  veces  las  que  esto  me  acaeció,  y  en  fin,  pudo  más  el 
ángel  bueno  que  el  malo,  y  fuíle  a  llamar,  y  vino  a  hablarme 
a  un  confisionario.  Comencéle  a  preguntar,  y  él  a  mí,  porque 
había  muchos  años  que  no  nos  habíamos  visto,  de  nuestras  vidas; 
yo  le  comencé  a  decir  que  había  sido  la  mía  de  muchos  traba- 


1  La  Santa  repite  esta  frase. 
•  2  Se  ha  venido  discurriendo  mucho  sobre  el  Padre  Dominico  de  que  habla  aquí  la  Santa. 
Ribera,  Yepes  y  generalmente  los  biógrafos  antiguos  de  la  insigne  Reformadora,  estaban  por  el 
P.  Vicente  Barrón.  Los  editores  modernos  de  sus  obras,  como  las  Carmelitas  de  París,  sospe^ 
chan  que  habla  del  P.  García  de  Toledo.  Hoy  podemos  decir  que  la  controversia  está  resuelta 
con  la  autoridad  del  P.  Jerónimo  Qracián,  que  en  las  citadas  notas  a  la  autobiografía  de  la 
Santa,  dice  que  es  el  P.  Fray  García  de  Toledo.  Era  este  Padre  Dominico  hijo  de  los  ilustres 
Condes  de  Oropesa,  villa  de  Castilla  la  Nueva,  donde  nació.  Niño  aún,  pasó  a  las  Indias  con  el 
viney  de  Méjico,  y  en  el  convento  de  Padres  Dominicos  de  la  capital  del  vineinato  tomó  el  há- 
bito en  1535.  Más  tarde  regresó  a  España.  Consta  por  documentos  que  obran  en  el  Archivo  de 
Santo  Tomás  de  Avila,  que  en  1555  desempeñaba  el  cargo  de  Suprior  de  la  Comunidad,  y  en- 
tonces comenzaría  a  tratar  y  confesar  a  la  Santa.  Nombrado  D.  Francisco  de  Toledo  viney  del 
Perú,  se  llevó  a  su  primo  hermano  el  P.  García,  hasta  1581  que  regresó  a  España,  con  grande 
alegría  de  Santa  Teresa  que  siempre  le  apreció  mucho.  Murió  muy  santamente  en  su  convento 
de  San  Glnés  de  Talavera  hacia  el  1590.  De  las  relaciones  de  éste  Padre  con  Santa  Teresa  habla 
extensamente  el  P.  Felipe  Martín  en  su  obra  Santa  Teresa  de  Jesús  y  la  Orden  de  Predicado- 
res, c.  IV. 

3  Efectivamente,  el  Convento  de  Padres  Dominicos,  dedicado  a  San  Pedio  Mártir,  estaba 
cerca  del  Palacio  de  los  Duques  de  Medlnaceli,  convento  de  Carmelitas  descalzas  desde  1607, 
no  lejos  de  la  Puerta  del  Cimbrón. 


CAPITULO    XXXIV  287 

jos  dé  alma.  Puso  muy  mucho  en  que  le  dijese  qué  eran  los  tra- 
bajos. Yo  le  dije  que  no  eran  para  saber  ni  para  que  yo  los  di- 
jese. El  dijo,  que  pues  los  sabía  el  padre  dominico  que  he  di- 
cho (1),  que  era  nmy  su  amigo,  que  luego  se  los  diría,  y  que 
no  se  me  diese  nada. 

El  caso  es,  que  ni  fué  en  su  mano  dejarme  de  importunar, 
^i  en  la  mía  me  parece  dejárselo  de  decir;  porque  con  toda  la  pe- 
sadumbre y  vergüenza  que  solía  tener  cuando  trataba  estas  cosas 
con  él  y  con  el  Retor  que  he  dicho  (2),  no  tuve  ninguna  pena, 
antes  me  consolé  mucho.  Díjeselo  debajo  de  confesión.  Pareció- 
me más  avisado  que  nunca,  aunque  siempre  le  tenía  por  de  gran 
entendimiento.  Miré  los  grandes  talentos  y  partes  que  tenía  para 
aprovechar  mucho,  si  de  el  todo  se  diese  a  Dios;  porque  esto  ten- 
go yo  de  unos  años  acá,  que  no  veo  persona  que  mucho  me  con- 
tente, que  luego  querría  verla  del  todo  dar  a  Dios,  con  unas 
ansias  que  algunas  veces  no  me  puedo  valer.  Y  aunque  deseo  que 
todos  le  sirvan,  estas  personas  que  me  contentan,  es  con  muy 
gran  ímpetu,  y  ansí  importuno  mucho  al  Señor  por  ellas.  Con 
el  relisioso  que  digo,  me  acaeció  ansí. 

Rogóme  le  encomendase  mucho  a  Dios,  y  no  había  menester 
decírmelo,  que  ya  yo  estaba  de  suerte,  que  no  pudiera  hacer 
otra  cosa,  y  voyme  adonde  solía  a  solas  tener  oración,  y  comien- 
zo a  tratar  con  el  Señor,  estando  muy  recogida,  con  un  estilo 
abobado  que  muchas  veces,  sin  saber  lo  que  digo,  trato;  que  el 
amor  es  el  que  habla,  y  está  el  alma  tan  enajenada,  que  no  miro 
la  diferencia  que  haya  de  ella  a  Dios.  Porque  el  amor  que  conoce 
que  la  tiene  Su  Majestad,  la  olvida  de  sí,  y  le  parece  está  en 
El,  y  como  una  cosa  propia  sin  división,  habla  desatinos.  Acuer- 
dóme que  le  dije  esto,  después  de  pedirle  con  hartas  lágrimas 
aquella  alma  pusiese  en  su  servicio  muy  de  veras;  que  aun- 
que yo  le  tenía  por  bueno,  no  me  contentaba,  que  le  quería  muy 
bueno,  y  ansí  le  dije:  Señor,  no  me  habéis  de  negar  esta  merced; 
mira  que  es  bueno  este  sujeto  para  nuestro  amigo. 


1  P.  Pedio  Ibáaez. 

2  Caspai  de  Salazat. 


288  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

¡Oh  bondad  g  humanidad  grande  de  Dios,  cómo  no  mira  las 
palabras,  sino  los  deseos  g  voluntad  con  que  se  dicen!  ¡Cómo 
sufre  que  una  como  yo  hable  a  Su  Majestad  tan  atrevidamente! 
Sea  bendito  por  siempre  jamás. 

Acuerdóme  que  me  dio  en  aquellas  horas  de  oración  aquella 
noche  un  afligimiento  grande  de  pensar  si  estaba  en  enemistad 
de  Dios;  y  como  no  podía  yo  saber  si  estaba  en  gracia  u  no, 
no  para  que  yo  lo  desease  saber,  mas  deseábame  morir  por  no 
me  ver  en  vida  adonde  no  estaba  sigura  si  estaba  muerta.  Por- 
que no  podía  haber  muerte  más  recia  para  mí  que  pensar  si 
tenía  ofendido  a  Dios,  y  apretábame  esta  pena;  suplicábale  no 
lo  primitiese,  toda  regalada  y  derretida  en  lágrimas.  Entonces 
entendí  que  bien  podía  consolar  y  estar  cierta  (1)  que  estaba 
en  gracia;  porque  semejante  amor  de  Dios,  y  hacer  Su  Majes- 
tad aquellas  mercedes  y  sentimientos  que  daba  a  el  alma,  que 
no  se  compadecía  hacerse  a  alma  que  estuviese  en  pecado  mor- 
tal. Quedé  confiada  que  había  de  hacer  el  Señor  lo  que  le  suplica- 
ba de  esta  persona.  Díjome  que  le  dijese  unas  palabras.  Esto 
sentí  yo  mucho,  porque  no  sabía  cómo  las  decir,  que  esto  de 
dar  recaudo  a  tercera  persona,  como  he  dicho,  es  lo  que  más 
siento  siempre,  en  especia!!  a  quien  no  sabía  cómo  lo  tomaría,  u 
si  burlaría  de  mí.  Púsome  en  mucha  congoja.  En  fin,  fui  tan  per- 
suadida, que,  a  Imi  parecer,  prometí  a  Dios  no  dejárselas  de  decir, 
y  por  la  gra  vergüenza  que  había,  las  escribí  y  se  las  di. 

Bien  pareció  ser  cosa  de  Dios  en  la  operación  que  le  hi- 
cieron; determinóse  muy  de  veras  de  darse  a  oración,  aunque 
no  lo  hizo  desde  luego.  El  Señor,  como  le  quería  para  Sí,  por  mi 
medio  le  enviaba  a  decir  unas  verdades,  que,  sin  entenderlo  yo, 
iban  tan  a  su  propósito,  que  él  se  espantaba,  y  el  Señor  que 
debía  disponerle  pa  creer  que  era  de  Su  Majestad;  yo,  aunque 
miserable,  era  mucho  lo  que  suplicaba  a  el  Señor  muy  del  todo 
le  tornase  a  Sí  y  le  hiciese  aborrecer  los  contentos  y  cosas  de  la 


1  Ftajj  Luis  de  León  puso  conñar  en  vez  de  estar  cierta,  que  dice  el  original.  Las  demás 
ediciones  copiaron  a  la  primera,  sin  fundamento,  a  mi  ver,  entendida  la  frase  en  el  sentido  que 
la  emplea  la  Santa  Madre,  de  certidumbre  moral,  causada  por  el  testimonio  de  la  buena  con- 
ciencia ü  la  prudente  confianza  en  las  hablas  interiores  que  así  se  lo  aseguraban. 


CAPITULO    XXXIV  289 

vida.  Y  ansí,  sea  alabado  por  siempre,  lo  hizo  tan  de  hecho, 
que  cada  vez  que  me  habla  me  tiene  como  embobada;  y  si  yo 
no  lo  hubiera  visto,  lo  tuviera  por  dudoso  en  tan  breve  tiem- 
po hacerle  tan  crecidas  mercedes  y  tenerle  tan  ocupado  en  Sí, 
que  no  parece  vive  ya  para  cosa  de  la  tierra.  Su  Majestad  le 
tenga  de  su  mano,  que  si  ansí  va  adelante,  lo  que  espero  en  el 
Señor  sí  hará,  por  ir  muy  fundado  2n  conocerse,  será  uno  de 
los  muy  señalados  siervos  suyos  y  para  gran  provecho  de  muchas 
almas.  Porque  en  cosas  de  espíritu,  en  poco  tiempo  tiene  mucha 
expiriencia,  que  estos  son  dones  que  da  Dios  cuando  quiere  y 
como  quiere,  y  ni  va  en  el  tiempo  ni  en  los  servicios.  No  digo 
que  no  hace  esto  mucho,  mas  que  muchas  veces  no  da  el  Se- 
ñor en  veinte  años  la  contemplación  que  a  otros  da  en  uno.  Su 
Majestad  sabe  la  causa.  Y  es  el  engaño  que  nos  parece  por  los 
años  hemos  de  entender  lo  que  en  ninguna  manera  se  puede  al- 
canzar sin  expiriencia;  y  ansí  yerran  muchos,  como  he  dicho, 
en  querer  conocer  espíritus  sin  tenerle.  No  digo  que  quien  no 
tuviere  espíritu,  si  es  letrado,  no  gobierne  a  quien  le  tiene;  mas 
entiéndese  en  lo  exterior  y  interior  que  va  conforme  a  vía  nar 
tural  por  obra  del  entendimiento,  y  en  lo  sobrenatural,  que  mira 
vaya  conforme  a  la  Sagrada  Escritura.  En  lo  demás  no  se  mate, 
ni  piense  entender  lo  que  no  entiende,  ni  ahogue  los  espíritus, 
que  ya,  cuanto  en  aquello,  otro  mayor  Señor  los  gobierna,  que 
no  están  sin  superior. 

No  se  espante  ni  le  parezcan  cosas  imposibles;  todo  es 
posible  a  eíl  Señor,  sino  procure  esforzar  la  fe,  y  humillarse  de 
que  hace  el  Señor  en  esta  ciencia  a  una  vejecita  más  sabia  por 
ventura  que  a  él,  aunque  sea  muy  letrado,  y  con  esta  humildad 
aprovechará  más  a  las  almas  y  a  sí,  que  por  hacerse  contempla- 
tivo sin  serlo.  Porque,  torno  a  decir",  que  si  no  tiene  expiriencia, 
si  no  tiene  muy  mucha  humildad  en  entender  que  no  lo  entiende, 
y  que  no  por  eso  es  imposible,  que  ganará  poco  y  dará  a  ganar 
menos  a  quien  trata;  no  haya  miedo,  si  tiene  humildad,  primita 
el  Señor  que  se  engañe  el  uno  ni  el  otro. 

Pues  a  este  Padre  que  digo,  como  en  muchas  cosas  se  la 
ha  dado  el  Señor,  ha  procurado  estudiar  todo  lo  que  por  estudio 


290  VIDA    DE     SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

ha  podido  <¿n  este  caso,  que  es  buen  letrado,  y  lo  que  no  entiende 
por  expiriencia,  infórmase  de  quien  la  tiene,  y  íX)n  esto  ayúdale 
el  Señor  con  dalle  mucha  fe,  y  ansí  ha  aprovechado  mucho  a 
sí  y  a  algunas  ánimas,  y  la  mía  es  una  de  ellas.  Que  como  el 
Señor  sabía  en  los  trabajos  que  me  había  de  ver,  parece  pro- 
veyó Su  Majestad,  que,  pues  había  de  llevar  consigo  a  algunos 
que  me  gobernaban  (1),  quedasen  otros  que  me  han  ayudado 
a  hartos  trabajos  y  hecho  gran  bien.  Hale  mudado  el  Señor 
casi  del  todo,  de  manera  que  casi  él  no  se  conoce,  a  manera 
de  decir,  y  dado  fuerzas  corporales  para  penitencia,  que  antes 
no  tenía,  sino  enfermo,  y  animoso  para  todo  lo  que  es  bueno, 
y  otras  cosas,  que  se  parece  bien  ser  muy  particular  llamamien- 
to de  el  Señor.  Sea  bendito  por  siempre. 

Creo  todo  el  bien  le  viene  de  las  mercedes  que  el  Señor 
le  ha  hecho  en  la  oración,  porque  no  son  postizos;  porque  ya 
en  algunas  cosas  ha  querido  el  Señor  se  haya  expirimentado, 
porque  sale  de  ellas,  como  quien  tiene  ya  conocida  la  verdad 
del  mérito  que  se  gana  en  sufrir  persecuciones.  Espero  en  la 
grandeza  de  el  Señor  ha  de  venir  mucho  bien  a  algunos  de  su 
Orden  por  él  y  a  ella  mesma.  Ya  se  comienza  esto  a  entender. 
He  visto  grandes  visiones,  y  díchome  el  Señor  algunas  cosas 
de  él  y  de  el  Retor  de  la  Compañía  de  Jesús  (2),  que  tengo  di- 
cho, de  grande  admiración,  y  de  otros  dos  relisiosos  de  la  Orden 
de  Santo  Domingo,  en  especial  de  uno  (5),  que  también  ha  dado 
ya  a  entender  el  Señor  por  obra  en  su  aprovechamiento  algunas 
cosas  que  antes  yo  había  entendido  de  él;  mas  de  quien  ahora 
hablo,  han  sido  muchas. 

Una  cosa  quiero  decir  ahora  aquí.  Estaba  yo  una  vez  con 
él  en  un  locutorio,  y  era  tanto  el  amor  que  mi  alma  y  espíritu 
entendía  que  ardía  en  el  suyo,  que  me  tenía  a  mí  casi  absorta. 
Porque  consideraba  las  grandezas  de  Dios,  en  cuan  poco  tiempo 
había   subido  un   alma   a  tan   gran  estado.   Hacíame  gran   con- 


1  Probablemente   los   dos   grandes  varones  que  tanto  ayudaron   a  la  Santa,   San  Pedio  de 
Alcántara,  que  murió  el  18  de  Octubre  de  1562   13  el  P.  Ibáflez,  muerto  en  2  de  Febrero  de  1565. 

2  P.  Gaspar  de  Salazar. 

3  Los  PP.  Pedro  Ibáñez  y  Domingo  Báñez,  especialmente  el  primero. 


CAPITULO    XXXIV  291 

fusión,  porque  le  vía  con  tanta  humildad  escuchar  lo  que  yo 
le  decía  en  algunas  cosas  de  oración.  Como  yo  tenía  poca  de  tra- 
tar ansí  con  persona  semejante,  debíamelo  sufrir  el  Señor  por 
el  gran  deseo  que  yo  tenía  de  verle  muy  adelante.  Hacíame 
tanto  provecho  estar  con  él,  que  parece  dejaba  en  mi  ánima 
puesto  nuevo  fuego  para  desear  servir  a  el  Señor  de  principio. 
¡Oh  Jesús  mío,  qué  hace  un  alma  abrasada  en  vuestro  amor! 
¡Cómo  la  habíamos  de  estimar  en  mucho  y  suplicar  a  el  Señor 
la  dejase  en  esta  vida!  Quien  tiene  el  mesmo  amor,  tras  estas 
almas  se  había  de  andar  si  pudiese. 

Gran  cosa  es  un  enfermo  hallar  otro  herido  de  aquel  mal; 
mucho  se  consuela  de  ver  que  no  es  solo;  mucho  se  ayudan 
a  padecer  y  aún  a  merecer;  ecelentes  espaldas  se  hacen  ya 
gente  determinada  arriscar  mil  vidas  por  Dios,  y  desean  que 
se  les  ofrezca  en  qué  perderlas.  Son  como  soldados,  que  por 
ganar  el  despojo  y  hacerse  con  él  ricos,  desean  que  haya  gue- 
rra; tienen  entendido  no  lo  pueden  ser  sino  por  aquí.  Es  este 
su  oficio,  el  trabajar.  ¡Oh,  gran  cosa  es  adonde  el  Señor  da  esta 
luz,  de  entender  lo  mucho  que  se  gana  en  padecer  por  El! 
No  se  entiende  esto  bien  hasta  que  se  deja  todo,  porque  quien 
en  ello  se  está,  señal  es  que  lo  tiene  en  algo;  pues  si  lo  tiene 
en  algo,  forzado  le  ha  de  pesar  de  dejarlo,  y  ya  va  imperfeto 
todo  y  perdido.  Bien  viene  aquí,  que  es  perdido  quien  tras  per- 
dido anda.  ¿Y  qué  más  perdición,  y  qué  más  ceguedad,  qué  más 
desventura  que  tener  en  mucho  lo  que  no  es  nada? 

Pues,  tornando  a  lo  que  decía,  estando  yo  en  grandísimo 
gozo  mirando  aquel  alma,  que  me  parece  quería  el  Señor  viese 
claro  los  tesoros  que  había  puesto  en  ella,  y  viendo  la  merced 
que  me  había  hecho  en  que  fuese  por  medio  mío,  hallándome 
indina  de  ella,  en  mucho  más  tenía  yo  las  mercedes  que  el  Se- 
ñor le  había  hecho,  y  más  a  mi  cuenta  las  tomaba,  que  si  fuera 
a  mí,  y  alababa  muchoi  a  el  Señor  de  ver  que  Su  Majestad  iba 
cumpliendo  mis  deseos  y  había  oído  mi  oración,  que  era  des- 
pertase el  Señor  personas  semejantes.  Estando  ya  mi  alma,  que 
no  podía  sufrir  en  sí  tanto  gozo,  salió  de  sí  y  perdióse  para 
más  ganar.  Perdió  las  consideraciones,  y  de  oir  aquella  lengua  di- 


2^2  Vida  de  santa  téresa  de  jesús 

vina,  en  quien  parece  hablaba  el  Espíritu  Santo;  dióme  un  gran 
arrobamiento  que  rae  hizo  casi  perder  el  sentido,  aunque  duró 
poco  tiempo.  Vi  a  Cristo  con  grandísima  majestad  y  gloria, 
mostrando  gran  contento  de  lo  que  allí  pasaba;  y  ansí  me  lo 
dijo,  y  quiso  viese  claro  que  a  semejantes  pláticas  siempre  se 
hallaba  presente,  y  lo  mucho  que  se  sirve  en  que  ansí  se  de- 
leiten en  hablar  en  EL 

Otra  vez,  estando  lejos  de  este  lugar  (1),  le  vi  con  mucha 
gloria  levantar  a  los  ángeles  (2).  Entendí  iba  su  alma  muy  ade- 
lante por  esta  visión;  y  ansí  fué,  que  le  habían  levantado  un  gran 
testimonio  bien  contra  su  honra  persona  a  quien  él  había  hecho 
mucho  bien  y  remediado  la  suya  y  el  alma,  y  habíalo  pasado 
con  mucho  contento,  y  hecho  otras  obras  muy  en  servicio  de 
Dios  y  pasado  otras  persecuciones.  No  me  parece  conviene  ahora 
declarar  más  cosas.  Si  después  le  pareciere  a  vuestra  merced,  pues 
las  sabe,  se  podrán  poner  para  gloria  del  Señor.  De  todas  las 
que  he  dicho  de  profecías  de  esta  casa,  y  otras  que  diré  de  ella, 
y  de  otras  cosas,  todas  se  han  cumplido.  Algunas  tres  años  antes 
que  se  supiesen,  otras  más  y  otras  menos,  me  las  decía  el  Se- 
ñor. Y  siempre  las  decías  a  el  confesor  y  a  esta  mi  amiga  viuda 
con  quien  tenía  licencia  de  hablar,  como  he  dicho;  y  ella  he 
sabido  que  las  decía  a  otras  personas,  y  éstas  saben  que  no 
miento,  ni  Dios  me  dé  tal  lugar,  que  en  ninguna  cosa,  cuanti 
más  siendo  tan  graves,  tratase  yo  sino  toda  verdad. 

Habiéndose  muerto  un  cuñado  mío  súpitamente  (3)  y  estando 
yo  con  mucha  pena  por  no  se  haber  cuidado  a  confesarse  (4), 
se  me  dijo  en  la  oración,  que  había  ansí  de  morir  mi  hermana, 
que  fuese  allá  y  procurase  se  dispusiese  para  ello.  Díjelo  a  mi 
confesor,  y  como  no  me  dejaba  ir,  entendílo  otras  veces.  Ya 
como  esto  vio,  di  jome  que  fuese  allá,  que  no  se  perdía  nada. 


1  Avila. 

2  Según  Gradan,  el  P.  García  de  Toledo. 

3  D.  Martín  de  Guzmán  b  Barrientos,  casado  con  D.a  María  de  Cepeda,  hermana  de  la 
Santa,  como  ya  se  dijo  en  el  capítulo  III,  página  17. 

4  La  Santa  escribe:  «por  no  se  haber  uiado  a  confesarse>.  El  P.  Báflez,  borrando  el  pro- 
nombre el  ü  el  participio  uiado  (cuidado),  reformó  la  frase  del  modo  siguiente:  «por  no  haber 
tenido  lugar  de  confesarse».  En  las  primeras  ediciones  se  atuvieron  al  original;  pero  después  se 
ha  venido  imprimiendo  conforme  a  la  enmienda  del  Padre  Dominico. 


CftPITULO    XXXIV  293 

Ella  estaba  en  un  aldea  (1),  y  como  fui  sin  decirla  nada,  le  fui 
dando  la  luz  que  pude  en  todas  las  cosas.  Hice  se  confesase 
muy  a  menudo,  y  en  todo  trajese  cuenta  con  su  alma.  Ella  era 
muy  buena  y  hízolo  ansí.  Desde  a  cuatro  u  cinco  años  que  tenía 
esta  costumbre  y  muy  buena  cuenta  con  su  conciencia,  se  murió 
sin  verla  nadie  ni  poderse  confesar.  Fué  el  bien  que,  como  lo 
acostumbraba,  no  había  poco  más  de  ocho  días  que  estaba 
confesada.  R  mí  me  dio  gran  alegría  cuando  supe  su  muerte.  Es- 
tuvo muy  poco  en  el  purgatorio. 

Serían  aun  no  me  parece  ocho  días  cuando,  acabando  de 
comulgar,  me  apareció  el  Señor,  y  quiso  la  viese  cómo  la  llevaba 
a  la  gloria.  En  todos  estos  años,  desde  que  se  me  dijo  hasta  que 
murió,  no  se  me  olvidaba  lo  que  se  me  había  dado  a  entender, 
ni  a  mi  compañera  (2),  que,  ansí  como  murió,  vino  a  raí  muy 
espantada  de  ver  cómo  se  había  cumplido.  Sea  Dios  alabado  por 
siempre,  que  tanto  cuidado  tray  de  las  almas  para  que  no  se 
pierdan. 


1  Castellanos  de  la  Cañada  donde  vivía  su  hermana  D.a  María  de  Cepeda,  de  quien  habla 
en  estas  líneas. 

2  D.a  Guiomar  de  UUoa. 


CAPITULO    XXXV 

PROSIGUE  EN  Lñ  MESMA  MATERIA  DE  LA  FUNDACIÓN  DE  ESTA  CASA 
DE  NUESTRO  GLORIOSO  PADRE  SAN  JOSEF.  DICE  POR  LOS  TÉRMINOS 
QUE  ORDENO  EL  SEÑOR  VINIESE  A  GUARDARSE  EN  ELLA  LA  SANTA 
POBREZA,  Y  LA  CAUSA  POR  QUE  SE  VINO  DE  CON  AQUELLA 
SEÑORA  QUE  ESTABA,  Y  OTRAS  ALGUNAS  COSAS  QUE  LE  SUCE- 
DIERON. 


Pues  estando  con  esta  señora  que  he  dicho,  adonde  estuve 
más  de  medio  año  (1),  ordenó  el  Señor  que  tuviese  noticia  de  mí 
una  beata  de  nuestra  Orden,  de  más  de  setenta  leguas  (2)  de  aquí 
de  este  lugar,  y  acertó  a  venir  por  acá,  y  rodeó  algunas  por  ha- 
blarme (3).  Habíala  el  Señor  movido  el  mesmo  año  g  mes  que 


1  La  Santa  estuvo  en  casa  de  D.a  Luisa  desde  Enero  hasta  fines  de  Junio  o  principios  de 
Julio  de  aquel  mismo  año. 

2  El  original:  legas. 

5  Llamábase  esta  beata  Maiía  de  Jesús,  natural  de  Granada,  donde  nació  el  año  de  1522. 
Habiendo  enviudado  muu  joven,  entró  en  el  convento  de  Carmelitas  Calzadas  de  su  ciudad  na- 
tal; pero  creuendo  que  Dios  la  pedía  fundase  un  monasterio  reformado  de  su  Orden,  se  salió 
antes  de  profesar,  y  con  algunas  amigas  fué  a  Roma  donde  consiguió  para  este  fin  Breve  de  Su 
Santidad.  Acerca  de  la  estancia  en  Roma  de  María  de  Jesús,  el  P.  Andrés  de  la  Encarnación 
(Memorias  historiales,  1.  R.,  n.  404),  nos  ha  conservado  estas  noticias:  «En  varias  relaciones 
originales  de  las  monjas  primitivas  de  la  Imagen  de  Alcalá,  dirigidas  en  forma  de  cartas  al 
P.  Fr.  Jerónimo  de  San  José,  se  hallan  las  cosas  siguientes:  Que  el  Papa  cuando  fué  a  Roma 
la  V.  María  de  Jesús,  dándola  su  bendición,  hizo  que  su  camarero  la  llevase  a  un  convento 
que  había  allí  de  nuestra  Orden,  tan  encerrado,  que  llamaban  de  las  Emparedadas,  y  mandó 
que  la  hablasen  g  diesen  noticia  de  la  Orden  que  guardaban  y  hábitos  y  tocado  que  traían,,  y 
que  estuvo  ihuy  despacio  con  los  Mantuanos,  (que)  la  dieron-  la  primera  Regla».  Sus  intentos  de 
fundarlo  en  Granada  fracasaron.  Habiendo  llegado  a  sus  oídos  que  la  Madre  Teresa  de  Ahu- 
mada intentaba  lo  mismo,  fué  a  verla  a  Toledo,  donde  ocurrió  lo  que  la  Santa  cuenta  en  este 
capítulo.  Doña  Leonor  de  Mascareñas  donó  una  casa  a  la  venerable  María  de  Jesús  en  Alcalá 
de  Henares  para  que  comenzase  la  reforma,  en  la  cual  entró  el  11  de  Septiembre  de  1552,  y  el 
convento   llamado   de   la   Imagen,  quedó  definitivamente  constituido  en  Julio  del  año  siguiente. 


296  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

a  mí,  para  hacer  otro  monesterio  de  esta  Orden;  y  como  le 
puso  este  deseo,  vendió  todo  lo  que  tenía  y  fuese  a  Roma  a  traer 
despacho  para  ello,  a  pie  y  descalza. 

Es  mujer  de  mucha  penitencia  y  pración,  y  hacíala  el  Señor 
muchas  mercedes,  y  aparecídola  Nuestra  Señora  y  mandádola  lo 
hiciese.  Hacíame  tantas  ventajas  en  servir  a  el  Señor,  que  yo  había 
vergüenza  de  estar  delante  de  ella.  Mostróme  los  despachos  que 
traía  de  Roma,  y  en  quince  días  que  estuvo  conmigo,  dimos  or- 
den en  cómo  habíamos  de  hacer  estos  monesterios.  Y  hasta  que 
yo  la  hablé,  no  había  venido  a  mi  noticia  que  nuestra  Regla, 
antes  que  se  relajase,  mandaba  no  se  tuviese  propio  (1);  ni  yo 
estaba  en  fundarle  sin  renta,  que  iba  mi  intento  a  que  no  tu- 
viésemos cuidado  de  lo  que  habíamos  menester,  y  no  miraba 
a  los  muchos  cuidados  que  tray  consigo  tener  propio.  Esta  ben- 
dita mujer,  como  la  enseñaba  el  Señor,  tenía  bien  entenditjo, 
con  jio  saber  leer,  lo  que  yo,  con  tanto  haber  andado  a  leer  las 
Costituciones,  inoraba.  Y  como  me  lo  dijo,  parecióme  bien,  aun- 
que temí  que  no  me  lo  habían  de  consentir,  sino  decir  que  hacía 
desatinos,  y  que  no  hiciese  cosa  que  padeciesen  otras  por  mí; 
que,  a  ser  yo  sola,  poco  ni  mucho  me  detuviera,  antes  me  era 
gran  regalo  pensar  de  guardar  los  consejos  de  Cristo  Señor 
nuestro;  porque  grandes  deseos  de  pobreza,  ya  me  los  había 
dado  Su  Majestad,  ñnsí  que  para  mí  no  dudaba  ser  lo  mijor; 
porque  días  había  que  deseaba  fuera  posible  a  mi  estado  an- 
dar pidiendo  por  amor  de  Dios  y  no  tener  casa  ni  otra  cosa.  Mas 
temía  que,  si  a  las  demás  no  daba  el  Señor  estos  deseos,  vivi- 
rían  descontentas;    y   también   no   fuese   causa   de   alguna   des- 


Pasando  por  Madrid  la  Santa  en  1567  para  la  fundación  de  la  casa  de  Malagón,  a  petición  de 
D.a  Leonor  Mascareñas,  fué  a  visitar  y  dar  forma  de  comunidad  al  convento  de  Alcalá,  donde 
el  celo  de  María  de  Jesús,  más  fervoroso  que  discreto,  había  hecho,  con  sus  extremados  rigores, 
casi  imposible  la  vida  de  observancia.  Fué  muy  bien  recibida  la  Santa  de  las  religiosas,  y  en 
poco  tiempo  logró  encauzar  y  asentar  la  vida  claustral,  tornándola  a  sus  justos  límites  y  dan- 
doles  las  constituciones  que  había  escrito  para  San  José  de  Avila.  La  venerable  María  murió  en 
1580.  Este  monasterio  no  ha  estado  nunca  sujeto  a  la  Orden,  ni  tampoco  ha  tenido  la  dirección 
espiritual  de  nuestros  Descalzos.  En  la  misma  ciudad  se  fundó  en  1599  otro  convento  de  Car- 
melitas Descalzas  llamado  del  Corpus  Christi,  que  estuvieron  siempre  bajo  la  jurisdicción  de  la 
Orden. 

1  El  capítulo  VI  de  la  Regla  dice:  «Nullus  fratrum  sibi  aliquid  proprium  esse  dicat,  sed 
sint  vobis  omnia  communia».  Gregorio  IX,  por  un  Breve  de  6  de  Abril  de  1229,  prohibió  a  los 
Carmelitas  la  posesión  de  casas,  tierras  ni  rentas,  como  opuestas  a  la  vida  de  contemplación 
que  profesaban. 


CAPITULO    XXXV  297 

traición,  porque  vía  algunos  monesterios  pobres  no  muy  reco- 
gidos; y  no  miraba  que  el  no  serlo  era  causa  de  ser  pobres, 
y  no  la  pobreza  de  la  destraición;  porque  ésta  no  hace  más 
ricas  ni  falta  Dios  jamás  a  quien  le  sirve.  En  fin,  tenia  flaca 
la  fe,  lo  que  no  hacía  a  esta  sierva  de  Dios. 

Como  yo  en  todo  tomaba  tantos  pareceres,  casi  a  nadie  ha- 
llaba de  este  parecer,  ni  confesor,  ni  los  letrados  que  trataba; 
traíanme  tantas  razones,  que  no  sabía  qué  hacer;  porque,  como 
ya  yo  sabía  era  Regla  y  vía  ser  más  perfeción,  no  podía  persua- 
dirme a  tener  renta.  Y  ya  que  algunas  veces  me  tenían  conven- 
cida, en  tornando  a  la  oración  y  mirando  a  Cristo  en  la  cruz 
tan  pobre  y  desnudo,  no  podía  poner  a  paciencia  ser  rica.  Su- 
plicábale con  lágrimas  lo  ordenase  de  manera  que  yo  me  viese 
pobre  como  El. 

Hallaba  tantos  inconvenientes  para  tener  renta  y  vía  ser 
tanta  causa  de  inquietud  y  aun  destraición,  que  no  hacía  sino 
disputar  con  los  letrados.  Escribílo  a  el  relisioso  dominico  (1) 
que  nos  ayudaba;  envióme  escritos  dos  pliegos  de  contradición 
y  teulogía  para  que  no  lo  hiciese,  y  ansí  me  lo  decía  que  lo 
había  estudiado  mucho.  Yo  le  respondí,  que  para  no  siguir 
mi  llamamiento,  y  el  voto  que  tenía  hecho  de  pobreza,  y  los 
consejos  de  Cristo  con  toda  perfeción,  que  no  quería  aprove- 
charme de  teulogía  ni  con  sus  letras  en  este  caso  me  hiciese 
merced.  Si  hallaba  alguna  persona  que  me  ayudase,  alegrábame 
mucho,  ñquella  señora  con  quien  estaba,  para  esto  me  ayudaba 
mucho  (2);  algunos  luego  al  principio  decíanme  que  les  parecía 
bien;  después,  como  más  lo  miraban,  hallaban  tantos  enconvi- 
nientes,  que  tornaban  a  poner  mucho  en  que  no  lo  hiciese. 
Decíales  yo,  que  si  ellos  tan  presto  mudaban  parecer,  que  yo  a 
el  primero  me  quería  llegar. 

En  este  tiempo,  por  ruegos  míos,  porque  esta  señora  no 
había  visto  a  el  santo  Fray  Pedro  de  Alcántara,  fué  el  Señor 
servido  viniese  a  su  casa,  y  como  el  que  era  bien  amador  de 


1  P.  Ibáñez,  que  estaba  en  Tríanos,  como  ya  dejó  indicado  la  Santa  en  el  capítulo  XXXIII. 

2  D.a  Gulomar  de  Ulloa. 

20  * 


298  VIDA    DE    SANTñ    TERESA    DE    JESÚS 

la  pobreza  y  tantos  afios  la  había  tenido,  sabía  bien  la  riqueza 
que  en  ella  estaba,  y  ansí  me  ayudó  mucho,  y  mandó  que  en 
ninguna  manera  dejase  de  llevarlo  muy  adelante.  Ya  con  este 
parecer  y  favor,  como  quien  mijor  le  podía  dar,  por  tenerlo 
sabido  por  larga  expiriencia,  yo  determiné  no  andar  buscando 
otros  (1). 

Estando  un  día  mucho  encomendándolo  a  Dios,  me  dijo  el 
Señor  que  en  ninguna  manera  dejase  de  hacerle  pobre,  que  esta 
era  la  voluntad  de  su  Padre  y  suya,  que  El  me  ayudaría.  Fué 
con  tan  grandes  efetos  en  un  gran  arrobamiento,  que  en  nin- 
guna manera  pude  tener  duda  de  que  era  Dios.  Otra  vez  me  dijo 
que  en  la  renta  estaba  la  confusión,  y  otras  cosas  en  loor  de  la 
pobreza,  y  asigurándome  que  a  quien  le  servía  no  le  faltaba 
lo  necesario  para  vivir.  Y  esta  falta,  como  digo,  nunca  yo  la 
temí  por  mí.  También  volvió  el  Señor  el  corazón  de  el  Presen- 
tado (2),  digo  de  el  relisioso  dominico,  de  quien  he  dicho  me 
escribió  no  lo  hiciese  sin  renta.  Ya  yo  estaba  muy  contenta  con 
haber  entendido  esto  y  tener  tales  pareceres;  no  me  parecía  sino 
que  poseía  toda  la  riqueza  del  mundo  en  determinándome  a 
vivir  de  por  amor  de  Dios. 

En  este  tiempo  mi  Provincial  (3)  me  alzó  el  mandamiento 
y  obediencia  que  me  había  puesto  para  estar  allí,  y  dejó  en  mi 
voluntad  que  si  me  quisiese  ir,  que  pudiese,  y  si  estar,  tam- 
bién, por  cierto  tiempo.  Y  en  éste  había  de  haber  eleción  en  mi 
monesterio,  y  avisáronme  que  muchas  querían  darme  aquel  cui- 
dado de  perlada,  que  para  mí  sólo  pensarlo  era  tan  gran  tormen- 
to, que  a  cualquier  martirio  me  determinaba  a  pasar  por  Dios 
con  facilidad;  a  éste  en  ningún  arte  me  podía  persuadir.  Por- 
que, dejado  el  trabajo  grande,  por  ser  muy  muchas  y  otras 
causas,  de  que  yo  nunca  fui  amiga,  ni  de  ningún  oficio,  antes 
siempre  los  había  rehusado,  parecíame  gran  peligro  para  la  con- 


1  Además,  existe  del  Santo  una  carta  de  14   de   Abril  de   1562,   donde   hace  elogios  mua 
ponderativos  de  la  pobreza.  La  publicaremos  en  los  Apéndices. 

2  Este  título  académico  que  da  la  Santa  al  P.  Ibáñez,  equivale  en  la  Orden  de  Santo  Do- 
mingo al  de  Licenciado. 

3  P.  Ángel  de  Salazar,  que  ordenaba  regresase  la  Santo  de  casa  de  D.a  Luisa  al  convento 
de  la  Encarnación  de  Avila  para  asistir  a  la  elección  de  Priora. 


CAPITULO    XXXV  299 

ciencia,  y  ansí  alabé  a  Dios  de  no  me  hallar  allá.  Escribí  a  irais 
amigas  para  que  no  me  diesen  voto. 

Estando  muy  contenta  de  no  me  hallar  en  aquel  ruido,  díjo- 
me  el  Señor  que  en  ninguna  manera  deje  de  ir,  que,  pues  deseo 
cruz,  que  buena  se  me  apareja,  que  no  la  deseche,  que  vaya  con 
ánimo,  que  El  me  ayudará  y  que  me  fuese  luego.  Yo  me  fatigué 
mucho,  y  no  hacía  sino  llorar,  porque  pensé  que  era  la  cruz  ser 
perlada,  y,  como  digo,  no  podía  persuadirme  a  que  estaba  bien 
a  mi  alma  en  ninguna  manera,  ni  yo  hallaba  términos  para  ello. 
Contélo  a  mi  confesor  (1).  Mandóme  que  luego  procurase  ir,  que 
claro  estaba  era  más  perfeción,  y  que  porque  hacía  gran  calor, 
que  bastaba  hallarme  allá  a  la  eleción,  y  que  me  estuviese  unos 
días,  porque  no  me  hiciese  mal  el  camino.  Mas  el  Señor,  que  tenía 
ordenado  otra  cosa  (2),  húbose  de  hacer;  porque  era  tan  grande 
el  desasosiego  que  traía  en  mí,  y  el  no  poder  tener  oración,  y 
parecerme  faltaba  de  lo  que  el  Señor  me  había  mandado,  y  que, 
como  estaba  allí  a  mi  placer  y  con  regalo,  no  quería  irme  a 
ofrecer  a  el  trabajo,  que  todo  era  palabras  con  Dios;  que  por 
qué  pudiendo  estar  adonde  era  más  perfeción  había  de  dejarlo; 
que  si  me  muriese,  muriese,  y  con  esto  un  apretamiento  de  alma, 
un  quitarme  el  Señor  todo  el  gusto  en  la  oración.  En  fin,  yo 
estaba  tal,  que  ya  me  era  tormento  tan  grande,  que  supliqué  a 
aquella  señora  tuviese  por  bien  dejarme  venir,  porque  ya  mi 
confesor,  como  me  vio  ansí,  me  dijo  que  me  fuese,  que  también 
le  movía  Dios  como  a  mí. 

Ella  (3)  sentía  tanto  que  la  dejase,  que  era  otro  tormento, 
que  le  había  costado  mucho  acabarlo  con  el  Provincial,  por  muchas 
maneras  de  importunaciones.  Tuve  por  grandísima  cosa  querer 
venir  en  ello,  sigún  lo  que  sentía;  sino,  como  era  muy  temerosa 
de  Dios,  y  como  le  dije  que  se  le  podía  hacer  gran  servicio, 
y  otras  hartas  cosas,  y  dila  esperanza  que  era  posible  tornarla 
a  ver,  y  ansí,  con  harta  pena,  lo  tuvo  por  bien. 


1  Éralo  entonces  el  P.  Pedro  Domenech,  Rector  de  los  Padres  de  la  Compañía  en  Toledo. 

2  «Mas  como  el  Señor  tenía  ordenado  otra  cosa»,  parece  quiso  decir  aquí. 

3  Antes   de   esta   palabra,   había   escrito   la   Santa  la  conjunción  adversativa  aunque,  y  la 
borró  luego. 


300  VIDÜ    DE    SñNTA    TERESA    DE    JESÚS 

Ya  yo  no  la  tenía  de  venirme,  porque  entendiendo  90  era 
más  perfeción  una  cosa  g  servicio  de  Dios,  con  el  contento 
que  me  da  de  contentarle,  pase  la  pena  de  dejar  a  aquella  se- 
ñora que  tanto  la  vía  sentir,  y  a  otras  personas  a  quien  debía 
mucho,  en  especial  a  mi  confesor,  que  era  de  la  Compañía  de 
Jesús,  y  hallábame  muy  bien  con  él;  mas  mientra  más  vía  que 
perdía  de  consuelo  por  el  Señor,  más  contento  me  daba  per- 
derle. No  podía  entender  cómo  era  esto,  porque  vía  claro  estos 
dos  contrarios:  holgarme,  y  consolarme  y  alegrarme  de  lo  que 
me  pesaba  en  el  alma;  porque  yo  estaba  consolada  y  sosegada, 
y  tenía  lugar  para  tener  muchas  horas  de  oración.  Vía  que 
venía  a  meterme  en  un  fuego,  que  ya  el  Señor  me  lo  había  di- 
cho, que  venía  a  pasar  gran  cruz,  aunque  nunca  yo  pensé  lo 
fuera  tanto  como  después  vi,  y  con  todo  venía  ya  alegre,  y 
estaba  desecha  de  que  no  me  ponía  luego  en  la  batalla,  pues  el 
Señor  quería  la  tuviese,  y  ansí  enviaba  Su  Majestad  el  esfuer- 
zo y  le  ponía  en  mi  flaqueza. 

No  podía,  como  digo,  entender  cómo  podía  ser  esto;  pensé 
esta  comparación:  si  poseyendo  yo  una  joya  u  cosa  que  me  da 
gran  contento,  ofréceme  saber  que  la  quiere  una  persona  que 
yo  quiero  más  que  a  mí  y  deseo  más  contentarla  que  mi  mesmo 
descanso,  dame  gran  contento  quedarme  sin  él,  que  me  daba 
lo  que  poseía,  por  contentar  a  aquella  persona.  Y  como  este 
contento  de  contentarla  ecede  a  mi  mesmo  contento,  quítase  la 
pena  de  la  falta  que  me  hace  la  joya,  u  lo  que  amo,  y  de  perder 
el  contento  que  daba;  de  manera  que,  aunque  quería  tenerla, 
de  ver  que  dejaba  personas  que  tanto  sentían  apartarse  de  mí, 
con  ser  yo  de  mi  condición  tan  agradecida,  que  bastara  en 
otro  tiempo  a  fatigarme  mucho,  y  ahora,  aunque  quisiera  tener 
pena,  no  podía. 

Importó  tanto  el  no  me  tardar  un  día  más  para  lo  que  tocaba 
a  el  negocio  de  esta  bendita  casa,  que  yo  no  sé  cómo  pudiera 
concluirse  si  entonces  me  detuviera.  ¡Oh  grandeza  de  Dios! 
muchas  veces  me  espanta  cuando  lo  considero,  y  veo  cuan  par- 
ticularmente quería  Su  Majestad  ayudarme  para  que  se  efetuase 
este  rinconcito  de  Dios,  que  yo  creo  lo  es,  y  morada  en  que 


Capitulo  xxxv  501 

Su  Majestad  se  deleita,  como  una  vez  estando  en  oración  me 
dijo,  que  era  esta  casa  paraíso  de  su  deleite.  Y  ansí  parece  ha 
Su  Majestad  escogido  las  almas  que  ha  traído  a  él,  en  cuya  com- 
pañía yo  vivo  con  harta,  harta  confusión;  porque  yo  no  supiera 
desearlas  tales  para  este  propósito  de  tanta  estrechura  y  po- 
breza y  oración.  Y  llévanlo  con  una  alegría  y  contento,  que  cada 
una  se  halla  indina  de  haber  merecido  venir  a  tal  lugar;  en  es- 
pecial algunas,  que  las  llamó  el  Señor  de  mucha  vanidad  y  gala 
de  el  mundo,  adonde  pudieran  estar  contentas  conforme  a  sus  le- 
yes, y  hales  dado  el  Señor  tan  doblados  los  contentos  aquí,  que 
claramente  conocen  haberles  el  Señor  dado  ciento  por  uno  que 
dejaron,  y  no  se  hartan  de  dar  gracias  a  Su  Majestad.  R  otras 
ha  mudado  de  bien  en  mijor.  R  las  de  poca  edad  da  fortaleza 
y  conocimiento  para  que  no  puedan  desear  otra  cosa,  y  que 
entiendan  que  es  vivir  en  mayor  descanso,  aún  para  lo  de  acá, 
estar  apartadas  de  todas  las  cosas  de  la  vida.  A  las  que  son  de 
más  edad  y  con  poca  salud,  da  fuerzas  y  se  las  ha  dado  para 
poder  llevar  la  aspereza  y  penitencia  que  todas. 

¡Oh  Señor  mío,  cómo  se  os  parece  que  sois  poderoso!  No 
es  menester  buscar  razones  para  lo  que  Vos  queréis,  porque, 
sobre  toda  razón  natural,  hacéis  las  cosas  tan  posibles,  que  dais 
a  entender  bien  que  no  es  menester  más  de  amaros  de  veras 
y  dejarlo  de  veras  todo  fXír  Vos,  para  que  Vos,  Señor  mío,  lo 
hagáis  todo  fácil.  Bien  viene  aquí  decir  que  fingís  traba/o  en 
vuestra  ley  (1);  porque  yo  no  le  veo,  Señor,  ni  sé  cómo  es 
estrecho  el  camino  que  lleva^  a  Vús  (2).  Camino  real  veo  que  es, 
que  no  senda;  camino,  que,  quien  de  verdad  se  pone  en  él,  va  más 
siguro.  Muy  lejos  están  los  puertos  y  rocas  para  caer,  porque  lo 
están  de  las  ocasiones.  Senda  llamo  yol,  y  ruin  senda,  y  angosto 
camino  el  que  de  una  parte  está  un  valle  muy  hondo  adonde 
caer,  y  de  la  otra  un  despeñadero:  no  se  han  descuidado,  cuan- 
do se  despeñan  y  se  hacen  pedazos. 

El  que  os  ama  de  verdad.  Bien  mío,  siguro  va,  por 
ancho  camino  y  real;    lejos  está  el  despeñadero;    no  ha  trope- 


1  Psal.  XCIII,  20. 

2  Math.,  VII,  14. 


502  VIDA    DÉ    SANTA    TERESA    DE    JESÜS 

zado  tanticxD,  cuando  le  dais  Vos,  Señor,  la  mano.  No  basta 
una  caída  y  muchas,  si  os  tiene  amor,  y  no  a  las  cosas  de  el 
mundO'  para  perderse;  va  por  el  valle  de  la  humildad.  No  pue- 
do entender  qué  es  lo  que  temen  de  ponerse  en  el  camino  de  la 
perfeción.  El  Señor,  por  quien  es,  nos  dé  a  entender  cuan  mala 
es  la  siguridad  en  tan  manifiestos  peligros  como  hay  en  andar 
con  el  hilo  de  la  gente,  y  cómo  €stá  la  verdadera  siguridad  en 
procurar  ir  muy  adelante  en  el  camino  de  Dios.  Los  ojos  £ü 
El  y  no  hayan  miedo  se  ponga  este  Sol  de  Justicia,  ni  nos  deje 
caminar  de  noche  para  que  nos  perdamos,  si  primero  no  le 
dejamos  a  El. 

No  temen  andar  entre  leones,  que  cada  uno  parece  que 
quiere  llevar  un  pedazo,  que  son  las  honras,  y  deleites  y  contentos 
semejantes,  que  llama  el  mundo,  y  acá  parece  hace  el  demonio 
temer  de  musarañas.  Mil  veces  me  espanto  y  diez  mil  querría 
hartarme  de  llorar  y  dar  voces  a  todos  para  decir  la  gran  ce- 
guedad y  maldad  mía,  porque  si  aprovechase  algo  para  que  ellos 
abriesen  los  ojos.  Abráselos  el  que  puede  por  su  bondad,  y  no 
primita  se  me  tornen  a  cegar  a  mí.  Amén. 


CAPITULO    XXXVI 

PROSIGUE  EN  LA  MATERIA  COMENZADA,  Y  DICE  COMO  SE  ACABO  DE  CON- 
CLUIR Y  SE  FUNDO  ESTE  MONESTERIO  DE  EL  GLORIOSO  SAN  JOSEF, 
Y  LAS  GRANDES  CONTRADICIONES  Y  PERSECUCIONES  QUE  DESPUÉS 
DE  TOMAR  HABITO  LAS  RELISIOSAS  HUBO,  Y  LOS  GRANDES  TRA- 
BAJOS Y  TENTACIONES  QUE  ELLA  PASO,  Y  COMO  DE  TODO  LA  SACO 
EL    SEÑOR   CON  VITORIA   Y   EN   GLORIA   Y   ALABANZA   SUYA. 

Partida  ya  de  aquella  ciudad  (1),  venía  muy  contenta  por 
el  camino,  determinándome  a  pasar  todo  lo  que  el  Señor  fuese 
servido  muy  con  toda  voluntad.  La  noche  mesma  que  llegué  a 
esta  tierra,  llega  nuestro  despacho  para  el  monesterio  y  Breve 
de  Roma,  que  yo  me  espanté  y  se  espantaron  los  que  sa- 
bían la  priesa  que  me  había  dado  el  Señor  a  la  venida,  cuando 
supieron  la  gran  necesidad  que  había  de  ello  y  a  la  coyuntura 
que  el  Señor  me  traía;  porque  hallé  aquí  al  Obispo,  y  al  santo 
fray  Pedro  de  Alcántara,  y  a  otro  caballero  muy  siervo  de 
Dios  (2),  en  cuya  casa  este  santo  hombre  posaba,  que  era  per- 
sona adonde  los  siervos  de  Dios  hallaban  espaldas  y  cabida. 

Entramos  a  dos  acabaron  con  el  Obispo  admitiese  el  mones- 
terio (3) ;  que  no  fué  poco,  por  ser  pobre,  sino  que  era  tan  amigo 


1  R  principios  de  Julio  salió  de  Toledo  para  /Ivila,  donde  se  encontró  con  el  Breve  ex- 
pedido por  la  Santidad  de  Pío  IV  con  fecha  7  de  Febrero  de  1562. 

2  No  parece  que  sea  Francisco  de  Salcedo,  como  ordinariamente  se  afirma,  sino  D.  Juan 
Blázquez,  Señor  de  Loriana,  padre  del  Conde  de  Uceda,  donde  San  Pedro  de  Alcántara  solía 
hospedarse  cuando  venía  a  Avila. 

3  No  se  avino  tan  fácilmente  el  futuro  amigo  u  bienhechor  de  la  Santa  a  otorgar  el  permiso 
que  se  le  pedia.  Gracias  a  que,  rogado  por  S.  Pedro  de  Alcántara,  se  decidió  D.  Alvaro  a  visitai 


B04  VIDA    DÉ    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

de  personas  que  vía  ansí  determinadas  a  servir  a  el  Señor,  que 
luego  se  aficionó  a  favorecerle;  y  el  aprobarlo  este  santo  viejo 
y  poner  mucho  con  unos  y  con  otros  en  que  nos  ayudasen,  fué 
el  que  lo  hizo  todo.  Si  no  viniera  a  esta  coyuntura,  como  ya 
he  dicho,  no  puedo  entender  cómo  pudiera  hacerse,  porque  es- 
tuvo poco  aquí  este  santo  hombre,  que  no  creo  fueron  ocho 
días,  y  esos  muy  enfermo,  y  desde  a  muy  poco  le  llevó  el  Señor 
consigo  (1).  Parece  que  le  había  guardado  Su  Majestad  hasta 
acabar  este  negocio,  que  había  muchos  días,  no  sé  si  más  de 
dos  años,  que  andaba  muy  malo. 

Todo  se  hizo  debajo  de  gran  secreto,  porque  a  no  ser 
ansí,  no  se  pudiera  hacer  nada  sigún  el  pueblo  estaba  mal  con 
ello,  como  se  pareció  después.  Ordenó  el  Señor  que  estuviese 
malo  un  cuñado  mío  (2),,  y  su  mujer  no  aquí,  y  en  tanta  necesi- 
dad, que  me  dieron  licencia  para  estar  con  él,  y  con  esta  oca- 
sión no  se  entendió  nada,  aunque  en  algunas  personas  no  dejaba 
de  sospecharse  algo,  mas  aun  no  lo  creían.  Fué  cosa  para  espan- 
tar, que  no  estuvo  más  malo  de  lo  que  fué  menester  para  el  ne- 


en  la  Encarnación  a  la  M.  Teresa.  Al  terminar  la  visita,  aconteció  al  señor  Obispo  lo  que  a  casi 
todos  los  que  trataron  a  la  gloriosa  Reformadora,  por  malos  informes  que  de  ella  tuviesen,  que 
había  cambiado  completamente  y  salió  dispuesto  a  favorecer  todo  lo  posible  al  nuevo  monasterio 
que  se  prouectaba.  Todos  estos  pormenores  los  sabemos  por  su  secretario  D.  Juan  Carrillo,  que 
en  las  Informaciones  jurídicas  de  Madrid,  para  la  beatificación  de  la  Santa,  declara:  «que  siendo 
uo  secretario  del  señor  obispo  de  Avila  D.  Alvaro  de  Mendoza,  traté  y  comuniqué  mucho  a  la 
Santa  Madre,  y  me  acuerdo  que  cuando  trataba  de  la  fundación  del  primer  convento,  hice  traer 
un  Breve  del  Papa,  en  que  le  consentía  la  fundación  y  protección  del  dicho  monesterio,  oyendo 
al  señor  Obispo,  el  cual,  cuando  vino  el  Breve,  estaba  en  un  lugar  llamado  El  Tiemblo,  y  fué 
allá  el  P.  Fray  Pedro  de  Alcántara  a  decírselo  a  su  señoría,  y  después  que  lo  supo,  sintió  muy 
mal  de  la  dicha  fundación  por  ser  con  pobreza.  Al  fin,  el  dicho  P.  Fray  Pedro  de  Alcántara  le 
hizo  venir  a  Avila  a  hablar  a  la  Santa  Madre,  porque  hasta  entonces  no  la  conocía.  Fueron  a  la 
Encarnación  y  la  trató;  y  cuando  volvió  a  casa,  volvió  muy  trocado  en  su  intento,  y  le  oí  decir 
que  totalmente  le  había  mudado  Nuestro  Señor,  porque  hablaba  con  aquella  mujer,  y  que  venía 
persuadido  a  que  por  ninguna  vía  dejaría  de  hacerse  la  dicha  fundación,  la  cual  se  hizo  y  ayudó 
a  ella  mucho». 

1  Murió,  como  queda  dicho,  el  18  de  Octubre  de  1562  en  Arenas  (Avila). 

2  D.  Juan  de  Ovalle,  que  fué  a  Toledo  para  informar  a  la  Santa  de  lo  que  se  había  hecho 
en  la  casa  que  debía  ser  el  primer  monasterio  de  las  Descalzas,  con  intención  de  tornarse  luego 
a  Alba  donde  estaba  ya  su  mujer  D.a  Juana.  Volviendo  de  Toledo  cayó  enfermo  en  Avila,  y 
enfermo  continuaba  cuando  regresó  Santa  Teresa,  por  lo  cual  los  Superiores  le  concedieron  li- 
cencia para  visitarlo.  Providencial  fué  esta  salida  de  Sta.  Teresa  del  Monasterio,  pues  así  pudo 
más  fácilmente  disponer,  sin  que  se  enterasen  las  religiosas  ni  el  Provincial,  lo  atañente  a  la 
nueva  casa  de  San  José.  El  P.  Ribera  dice  que  D.  Juan  de  Ovalle  estuvo  malo  «todo  el  tiem- 
po que  la  Santa  Madre  hubo  menester  estar  fuera  de  la  Encarnación  para  acabar  sus  negocios. 
No  dejó  D.  Juan  de  entender  por  qué  le  daba  el  Señor  aquella  enfermedad;  y  así  cuando  la 
Madre  había  hecho  lo  que  era  menester,  la  dijo:  Señora,  ya  no  es  menester  que  yo  esté  más 
malo.  Y  luego  le  dio  Nuestro  Señor  la  salud,  de  que  él  y  todos  se  espantaron  mucho». 


CAPITULO    XXXVl  305 

gocio,  y  en  siendo  menester  tuviese  salud  para  que  yo  me  desocu- 
pase y  él  dejase  desembarazada  la  casa,  se  la  dio  luego  el  Se- 
ñor, que  él  estaba  maravillado. 

Pasé  harto  trabajo  en  procurar  con  unos  y  con  otros  que 
se  admitiese,  y  con  el  enfermo,  y  con  oficiales,  para  que  se 
acabase  la  casa  a  mucha  priesa  para  que  tuviese  forma  de  mones- 
terio,  que  faltaba  mucho  de  acabarse.  Y  la  mi  compañera  (1)  no 
estaba  aquí,  que  nos  pareció  era  mijor  estar  ausente  para  más 
disimular,  y  yo  vía  que  iba  el  todo  en  la  brevedad  por  muchas 
causas;  y  la  una  era  porque  cada  hora  temía  me  habían  de 
mandar  ir.  Fueron  tantas  las  cosas  de  trabajos  que  tuve,  que 
me  hizo  pensar  si  era  esta  la  cruz;  aunque  todavía  me  parecía 
era  poco  para  la  gran  cruz  que  yo  había  entendido  de  el  Señor 
había  de  pasar. 

Pues  todo  concertado,  fué  el  Señor  servido  que,  día  de 
San  Bartolomé,  tomaron  hábito  algunas  (2),  y  se  puso  el  San- 
tísimo Sacramento,  y  con  toda  autoridad  y  fuerza  quedó  hecho 
nuestro  monesterio  de  el  gloriosísimo  Padre  nuestro  San  Josef, 
año  de  mil  y  quinientos  y  sesenta  y  dos.  Estuve  yo  a  darles 
el  hábito,  y  otras  dos  monjas  de  nuestra  casa  mesma,  que  acer- 
taron a  estar  fuera.  Como  en  ésta,  que  se  hizo  el  monesterio, 


1  D.a  Guiomar,  que  entonces  se  hallaba  en  Toro. 

2  Fueron  éstas  Antonia  de  Henao,  que  tomó  el  nombre  de  Antonia  del  Espíritu  Santo, 
hija  de  Felipe  de  Arévalo  y  Elvira  de  Henao.  Tenía  por  director  espiritual  a  San  Pedro  de 
Alcántara.  Profesó  en  21  de  Octubre  de  1564.  La  segunda,  María  de  la  Paz,  natural  de  Ledes- 
ma  (Salamanca),  vivía  en  casa  de  D.a  Guiomar,  donde  había  conocido  a  la  Madre  Teresa.  Lla-- 
móse  en  religión  María  de  la  Cruz.  Hizo  su  profesión  el  22  de  Abril  de  1565.  Úrsula  de  los 
Santos  fué  la  tercera,  la  cual  trataba  su  espíritu  con  Gaspar  Daza,  quien  la  recomendó  a  la  San- 
ta. Era  hija  de  D.  Martín  de  Revilla  g  María  Alvarez  de  Arévalo,  naturales  de  Avila.  Profesó 
a  21  días  del  mes  de  Octubre  de  1564.  María  de  Avila,  que  fué  la  cuarta,  tomó  el  nombre  de 
María  de  San  José.  Era  hermana  de  Julián  de  Avila,  g  profesó  el  2  de  Julio  de  1566.  Por 
delegación  del  señor  Obispo,  impúsoles  el  hábito  Gaspar  Daza.  La  Santa  presenció  la  ceremonia 
acompañada  de  sus  primas  hermanas  D.a  Inés  g  D.a  Ana  de  Tapia,  monjas  de  la  Encarnación, 
que  más  tarde  se  hicieron  descalzas.  Halláronse  presentes,  además,  D.  Gonzalo  de  Aranda, 
Francisco  de  Salcedo,  Juan  de  Ovalle  con  su  mujer  D.a  Juana  de  Ahumada  y  Julián  de  Avila. 
Celebró  el  santo  sacrificio  el  maestro  Daza,  sin  que  contra  la  afirmación  unánime  de  los  bió- 
grafos de  Santa  Teresa,  tenga  gran  fuerza  lo  dicho  por  D.  Sancho  Dávila,  que  a  la  sazón  era 
paje  de  D.  Alvaro  de  Mendoza,  g  luego  llegó  a  obispo  de  Jaén,  quien  en  el  sermón  que  pre- 
dicó cuando  la  beatificación  de  la  Santa,  dijo  haber  dicho  la  primera  misa  g  puesto  el  Santí- 
simo Sacramento  en  San  José  D.  Alvaro,  su  señor.  Tenemos,  además,  el  testimonio  de  la 
Santa,  que  en  este  mismo  capítulo  dice,  refiriéndose  a  Daza:  «Este  siervo  de  Dios  que  digo,  fué 
quien  dio  los  hábitos  g  puso  el  Santísimo  Sacramento>.  Anualmente,  el  día  de  San  Bartolomé, 
el  Cabildo  catedral  celebra  en  San  José  una  misa  solemne  con  sermón  en  memoria  de  este 
célebre  acontecimiento. 


506  Vida  dé  santa  teresa  dé    íesüs 

era  la  que  estaba  mi  cufiado,  que,  como  he  dicho,  la  había  él 
comprado  por  disimular  mijor  el  negocio,  con  licencia  estaba  go 
en  ella,  y  no  hacía  cosa  que  no  fuese  con  parecer  de  letrados 
para  no  ir  un  punto  contra  obediencia.  Y  como  vían  ser  mug 
provechoso  para  toda  la  Orden,  por  muchas  causas,  que,  aun- 
que iba  con  secreto  y  guardándome  no  lo  supiesen  mis  perlados, 
me  decían  lo  podía  hacer;  porque  por  mug  poca  imperfeción  que 
me  dijeran  era,  mil  monesterios  me  parece  dejara,  cuanti  más  uno. 
Esto  es  cierto,  porque  aunque  lo  deseaba  por  apartarme  más  de 
todo  g  llevar  muí  profesión  g  llamamiento  con  más  perfeción 
g  encerramiento,  de  tal  manera  lo  deseaba,  que  cuando  enten- 
diera era  más  servicio  de  el  Señor  dejarlo  todo,  lo  hiciera,  como 
lo  hice  la  otra  vez,  con  todo  sosiego  g  paz. 

Pues  fué  para  mí  como  estar  en  una  gloria  ver  poner 
el  Santísimo  Sacramento,  g  que  se  remediaron  cuatro  huérfanas 
pobres  (1),  porque  no  se  tomaban  con  dote,  g  grandes  siervas  de 
Dios;  que  esto  se  pretendió  a  el  principio,  que  entrasen  personas 
que  con  su  ejemplo  fuesen  fundamento  para  en  que  se  pudiese  el 
intento  que  llevábamos,  de  mucha  perfeción  g  oración,  efetuar, 
g  hecha  una  obra  que  tenía  entendido  era  pa  servicio  de  el 
Señor  g  honra  de  el.  hábito  de  su  gloriosa  Madre,  que  estas 
eran  mis  ansias.  Y  también  me  dio  gran  consuelo  de  haber  hecho 
lo  que  tanto  el  Señor  me  había  mandado,  g  otra  ilesia  más  en 
este  lugar,  de  mi  Padre  glorioso  San  Josef,  que  no  la  había.  No 
porque  a  mí  me  pareciese  había  hecho  en  ello  nada,  que  nunca 
me  lo  parecía  ni  parece;  siempre  entiendo  lo  hacía  el  Señor. 
Y  lo  que  era  de  mi  parte  iba  con  tantas  imperfeciones,  que 
antes  veo  había  que  me  culpar  que  no  que  me  agradecer;  mas 
érame  gran  regalo  ver  que  hubiese  Su  Majestad  tomádome  por 
instrumento  siendo  tan  ruin  para  tan  gran  obra,  ansí  que  estuve 
con  tan  gran  contento,  que  estaba  como  fuera  de  mí  con  grande 
oración. 


1  Aunque  dice  la  Santa  «que  se  remediaion  cuatro  huérfanas  pobres,  porque  no  se  toma- 
ban con  dote»,  sin  embargo,  Antonia  del  Espíritu  Santo  llevó  de  limosna  17,000  maravedises,  u 
Úrsula  de  los  Santos  300  ducados,  como  consta  del  Libro  de  Profesiones  de  las  Descalzas  de 
San  José. 


Capitulo  xxxvi  507 

Acabado  todo,  sería  como  desde  a  tres  u  cuatro  horas,  me 
revolvió  el  demonio  una  batalla  espiritual,  como  ahora  diré. 
Púsome  delante  si  había  sido  mal  hecho  lo  que  había  hecho; 
si  iba  contra  obediencia  en  haberlo  procurado  sin  que  me  lo 
mandase  el  Provincial,  que  bien  me  parecía  a  mí  le  había  de  ser 
algún  desgusto,  a  causa  de  sujetarle  a  el  Ordinario,  por  no  se  lo 
haber  primero  dicho;  aunque  como  él  no  le  había  querido  ad- 
mitir, y  yo  no  la  mudaba,  también  me  parecía  no  se  le  daría 
nada  por  otra  parte;  y  que  si  habían  de  tener  contento  los  que 
aquí  estaban  en  tanta  estrechura,  si  les  había  de  faltar  de  comer, 
si  había  sido  disbarate,  que  quién  me  metía  en  esto,  pues  yo 
tenía  monesterio.  Todo  lo  que  el  Señor  me  había  mandado,  y  los 
muchos  pareceres  y  oraciones  que  había  más  de  dos  años  que 
no  casi  cesaban,  todo  tan  quitado  de  mi  memoria  como  si  nunca 
hubiera  sido.  Sólo  de  mi  parecer  me  acordaba,  y  todas  las  virtudes 
y  la  fe  estaban  en  mí  entonces  suspendidas,  sin  tener  yo  fuerza 
para  que  ninguna  obrase  ni  me  defendiese  de  tantos  golpes. 

También  me  ponía  el  demonio,  que  cómo  me  quería  encerrar 
en  casa  tan  estrecha  y  con  tantas  enfermedades,  que  cómo  había 
de  poder  sufrir  tanta  penitencia,  y  dejaba  casa  tan  grande  y  de- 
leitosa, y  adonde  tan  contenta  siempre  había  estado,  y  tantas 
amigas,  que  quizá  las  de  acá  no  serían  a  mi  gusto.  Que  me  había 
obligado  a  mucho,  que  quizá  estaría  desesperada,  y  que  por  ven- 
tura había  pretendido  esto  el  demonio,  quitarme  la  paz  y  quie- 
tud, y  que  ansí  no  podría  tener  oración  estando  desasosegada, 
y  perdería  el  alma.  Cosas  de  esta  hechura  juntas  me  ponía 
delante,  que  no  era  en  mi  mano  pensar  en  otra  cosa,  y  con  esto 
una  afleción  y  escuridad  y  tinieblas  en  el  alma,  que  yo  no  lo  sé 
encarecer.  De  que  me  vi  ansí,  fuíme  a  ver  el  Santísimo  Sacra- 
mento, aunque  encomendarme  a  El  no  podía.  Paréceme  estaba 
con  una  congoja  como  quien  está  en  agonía  de  muerte.  Tra- 
tarlo con  nadie,  no  había  de  osar,  porque  aun  confesor  no  tenía 
señalado. 

¡Oh,  válame  Dios,  qué  vida  esta  tan  miserable!  No  hay 
contento  siguro  ni  cosa  sin  mudanza.  Había  tan  poquito  que  no 
me  parece  trocara  mi  contento  con  ninguno  de  la  tierra,  y   la 


508  VIDA    DE    SANTA    TERESA.   DE    JESÜS 

mesma  causa  de  él  me  atormentaba  ahora  de  tal  suerte,  que  no 
sabía  qué  hacer  de  mí.  ¡Oh  si  mirásemos  con  advertencia  las 
cosas  de  nuestra  vida!  cada  uno  vería  por  expiriencia  en  lo 
pocM>  que  se  ha  de  tener  contento  ni  descontento  de  ella.  Es 
cierto  que  me  parece  fué  uno  de  los  recios  ratos  que  he  pasado 
en  mi  vida;  parece  que  adevinaba  el  espíritu  lo  mucho  que  estaba 
por  pasar,  aunque  no  llegó  a  ser  tanto  como  esto  si  durara. 
Mas  no  dejó  el  Señor  padecer  mucho  a  su  pobre  sierva;  por- 
que nunca  en  las  tribulaciones  me  dejó  de  socorrer,  y  ansí 
fué  en  ésta,  que  me  dio  un  poco  de  luz  para  ver  que  era  demonio, 
y  prara  que  pudiese  entender  la  verdad  y  que  todo  era  quererme 
espantar  con  mentiras;  y  ansí  comencé  a  acordarme  de  mis  gran- 
des determinaciones  de  servir  a  el  Señor  y  deseos  de  padecer  por 
El.  Y  pensé  que  si  había  de  cumplirlos,  que  no  había  de  an- 
dar a  procurar  descanso,  y  que  si  tuviese  trabajos,  que  ése  era 
el  merecer,  y  si  descontento,  como  lo  tomase  por  servir  a  Dios, 
me  serviría  de  purgatorio.  Que  de  qué  temía,  que  pues  de- 
seaba trabajos,  que  buenos  eran  éstos,  que  en  la  mayor  contra- 
dición estaba  la  ganancia;  que  por  qué  (1)  me  había  de  faltar 
ánimo  para  servir  a  quien  tanto  debía.  Con  estas  y  otras  consi- 
deraciones, haciéndome  gran  fuerza,  prometí  delante  del  Santísimo 
Sacramento  de  hacer  todo  lo  que  pudiese  para  tener  licencia 
de  venirme  a  esta  casa  (2),  y  en  pudiéndolo  hacer  con  buena 
conciencia,  prometer  clausura. 

En  haciendo  esto,  en  tm  istante  huyó  el  demonio,  y  me 
dejó  sosegada  y  contenta,  y  lo  quedé  y  lo  he  estado  siempre,  y 
todo  lo  que  en  esta  casa  se  guarda  de  encerramiento  y  penitencia 
y  lo  demás  se  me  hace  en  extremo  suave  y  poco.  El  contento 
es  tan  grandísimo,  que  pienso  yo  algunas  veces  qué  pudiera  es- 
coger en  la  tierra  que  fuera  más  sabroso.  No  sé  si  es  esto  parte 
para  tener  mucha  más  salud  que  nunca,  u  querer  el  Señor,  por 
ser  menester  y  razón  que  haga  lo  que  todas,  darme  este  consuelo, 
que  pueda  hacerlo,  aunque  con  trabajo.  Mas  de  el  poder  se  espan- 


1  La  Santa  por  olvido  escribió:  que  por  había  de  faltar. 

2  San  José  de  Avila. 


CAPITULO    XXXVI  309 

tan   todas   las   personas   que   saben    mis   enfermedades.    Bendito 
sea  El  que  todo  lo  da  y  en  cuyo  poder  se  puede. 

Quede  bien  cansada  de  tal  contienda  y  riéndome  de  el  de- 
monio, que  vi  claro  ser  él.  Creo  lo  primitió  el  Señor;  porque  yo 
nunca  supe  qué  cosa  era  descontento  de  ser  monja,  ni  un  memen- 
to, en  veinte  y  ocho  años  y  más  que  ha  que  lo  soy,  para  que  en- 
tendiese la  merced  grande  que  en  esto  me  había  hecho,  y  de  el 
tormento  que  me  había  librado,  y  también  para  que  si  alguna  viese 
lo  estaba,  no  me  espantase,  y  me  apiadase  de  ella  y  la  supiese 
consolar.  Pues  pasado  esto,  quiriendo  después  de  comer  des- 
cansar un  poco,  porque  en  toda  la  noche  no  había  casi  sose- 
gado, ni  len  otras  algunas  dejado  de  tener  trabajo  y  cuidado, 
y  todos  los  días  bien  cansada,  como  se  había  sabido  en  mi  mo- 
nesterio  y  en  la  dudad  lo  que  estaba  hecho,  había  en  él  mucho 
alboroto  por  las  causas  que  ya  he  dicho,  que  parecía  llevaban 
algún  color.  Luego  la  perlada  (1)  me  envió  a  mandar  que  a  la 
hora  me  fuese  allá.  Yo  en  viendo  su  mandamiento,  dejo  mis 
monjas  harto  penadas  y  voy  me  luego.  Bien  vi  que  se  me  habían 
de  ofrecer  hartos  trabajos;  mas  como  ya  quedaba  hecho,  muy 
poco  se  me  daba.  Hice  oración  suplicando  a  el  Señor  me  favore- 
ciese, y  a  mi  Padre  San  Josef  que  me  trajese  a  su  casa  y  ofre- 
cíle  lo  que  había  de  pasar;  y  muy  contenta  se  ofreciese  algo  en 
que  yo  padeciese  por  El  y  le  pudiese  servir,  me  fui,  con  tener 
creído  luego  me  habían  de  echar  en  la  cárcel  (2).  Mas,  a  mi 
parecer,  me  diera  mucho  contento  por  no  hablar  a  nadie  y  des- 
cansar un  poco  en  soledad,  de  lo  que  yo  estaba  bien  necesitada, 
poique  me  traía  molida  tanto  andar  con  gente. 


1  Dice  el  P.  Gracián  en  sus  notas  que  esta  Prelada  era  D.a  Isabel  de  Avila;  pero,  según 
nuestros  cálculos,  llamábase  D.a  María  Cimbrón,  electa  priora  el  12  de  Agosto  de  1562,  fecha  en 
que  dejó  este  oficio  D.a  Isabel  Dávila  o  de  Avila. 

2  De  esta  sospecha  de  la  Santa  han  sacado  muchos  la  conclusión,  corroborada  en  parte 
por  una  tradición  poco  firme  del  monasterio,  que  estuvo  la  M.  Teresa  la  tarde  del  24  de  Agosto 
algunas  horas  en  la  celda-cárcel  de  la  Encarnación.  No  parece  que  tenga  esto  fundamento  nin- 
guno. Según  la  sobrina  de  la  Santa,  María  Bautista,  que  vivía  entonces  en  esta  casa,  su  tía  dio 
tan  buen  discuento  de  sus  cosas  g  con  tanta  gracia  g  elocuencia,  que  la  Priora  quedó  muy  con- 
forme con  lo  hecho  g  «la  envió  mug  bien  de  cenar»  (Cfr.  Memorias  historiales,  letra  R,  n.  101). 
Antes  de  salir  la  Santa  del  nuevo  convento,  dice  Julián  de  Avila,  «hizo  oración  al  Santísimo 
Sacramento  jj  encomendándole  aquellas  nuevas  plantas  y  encargándolo  ij  poniéndolo  en  las  ma- 
nos de  Dios  u  de  señor  San  Joseph...  Con  estas  prevenciones  e  presupuestos,  salió  del  monas- 
terio nuevo  de  San  Joseph  para  ir  al  de  la  Encarnación,  yendo  yo  por  escudero  y  como  su  ca- 
pellán». (Vida  de  Santa  Teresa,  p.  II,  c.  VII). 


310  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÜS 

Como  Ikgué  y  di  mi  discuento  a  la  Perlada,  aplacóse  algo, 
y  todas  enviaron  a  el  Provincial  (1),  y  quedóse  la  causa  para 
delante  de  él ;  y  venido,  fui  a  juicio  con  harto  gran  contento  de 
ver  cfue  padecía  algo  por  el  Señor,  porque  contra  Su  Majestad 
ni  la  Orden  no  hallaba  haber  ofendido  nada  en  este  caso;  antes 
procuraba  aumentarla  oon  todas  mis  fuerzas,  y  muriera  de  buena 
gana  por  ello,  que  todo  mi  deseo  era  que  se  cumpliese  con 
toda  perfeción.  Acor  déme  de  el  juicio  de  Cristo  y  vi  cuan  nonada 
era  aquel.  Hice  mi  culpa,  como  muy  culpada,  y  ansí  lo  parecía 
a  quien  no  sabía  todas  las  causas.  Después  de  haberme  hecho 
una  gran  reprehensión,  aunque  no  con  tanto  rigor  como  merecía 
el  delito  y  lo  que  muchos  decían,  a  el  Provincial,  yo  no  quisiera 
disculparme,  porque  iba  determinada  a  ello,  antes  pedí  me  per- 
donase y  castigase  y  no  estuviese  desabrido  conmigo. 

En  algunas  cosas  bien  vía  yo  me  condenaban  sin  culpa, 
porque  me  decían  lo  había  hecho  porque  me  tuviesen  en  algo, 
y  por  ser  nombrada,  y  otras  semejantes;  mas  en  otras  claro 
entendía  que  decían  verdad,  en  que  era  yo  más  ruin  que  otras, 
y  que  pues  no  había  guardado  la  mucha  relisión  que  se  llevaba 
en  aquella  casa,  cómo  pensaba  guardarla  en  otra  con  más  rigor, 
que  escandalizaba  el  pueblo  y  levantaba  cosas  nuevas.  Todo  no 
me  hacía  ningún  alboroto  ni  pena,  aunque  yo  mostraba  tañerla, 
porque  no  pareciese  tenía  en  poco  lo  que  me  decían.  En  fin,  me 
mandó  delante  de  las  monjas  diese  discuento  y  húbelo  de  hacer. 

Como  yo  tenía  quietud  en  mí  y  me  ayudaba  el  Señor,  di 
mi  discuento  de  manera  que  no  halló  el  Provincial  ni  las  que  allí 
estaban  por  qué  me  condenar,  y  después  a  solas  le  hablé  más 
claro  y  quedó  muy  satisfecho,  y  prometióme,  si  fuese  adelante, 
en  sosegándose  la  ciudad,  de  darme  licencia  que  me  fuese  a  él, 
porque  el  alboroto  de  toda  la  ciudad  era  tan  grande  como  aho- 
ra diré. 

Desde  a  dos  u  tres  días,  juntáronse  algunos  de  los  regido- 
res y  corregidor,  y  de  el  cabildo,  y  todos  juntos  dijeron  que  en 
ninguna  manera  se  había  de  consentir,  que  venía  conocido  daño 


1      P.  Ángel  de  Salazar. 


CAPITULO    XXXVI  311 

a  la  república,  g  que  habían  d€  quitar  el  Santísimo  Sacramento, 
y  que  en  ninguna  manera  sufrirían  pasase  adelante  (1).  Hicieron 
juntar  todas  las  Ordenes  para  que  digan  su  parecer,  de  cada 
una  dos  letrados.  Unos  callaban,  otros  condenaban.  En  fin,  con- 
cluyeron que  luego  se  deshiciese.  Sólo  un  Presentado  (2)  de  la 
Orden  de  Santo  Domingo,  aunque  era  contrario,  no  de  el  mo- 
nesterio,  sino  de  que  fuese  pobre,  dijo  que  no  era  cosa  que 
ansí  se  había  de  deshacer,  que  se  mirase  bien,  que  tiempo  había 
para  ello,  que  este  era  caso  de  el  Obispo,  u  cosas  de  este  arte, 


1  Haremos  un  breve  resumen  de  todo  este  negocio,  de  tan  mala  digestión  como  dice  la 
Santa,  dejando  para  los  Apéndices  la  publicación  de  las  Actas  del  Concejo  de  Avila  sobre  él, 
las  cuales  corrigen  algunos  yerros  cometidos  al  tratar  este  punto  por  D.  Miguel  Mir  en  su 
Santa  Teresa  de  Jesús,  t.  I,  págs.  539  a  573. 

Mucho  fué  el  alboroto  de  la  ciudad  por  la  fundación  del  monasterio  de  San  José.  Era  Corre-' 
gidor  de  Avila  el  muy  magnífico  señor  Garci-Suárez  Carvajal.  Al  día  siguiente  de  la  inaugura- 
ción, convocaron  a  Consistorio  con  el  fin  de  tratar  de  tan  grave  negocio  para  la  República.  Al 
mismo  tiempo  «fué  el  Corregidor,  dice  Julián  de  Avila,  a  requerir  a  las  monjas  que  saliesen 
luego,  que  si  no,  que  las  quebraban  las  puertas;  y  entonces  no  estaba  ya  la  Madre  porque 
sus  Prelados  la  habían  mandado  tornar  a  la  Encarnación;  pero  las  novicias  respondieron  que 
ellas  no  saldrían  sino  por  la  mano  que  allí  las  había  metido».  El  26  de  Agosto  se  junta  de  nue- 
vo el  Concejo  y  acuerda  que  se  contradiga  por  el  comiin  y  su  tierra  la  nueva  fundación,  «por 
razón  del  perjuicio  que  a  esta  ciudad  resulta  y  al  edificio  de  las  fuentes  della  y  asimismo  por 
ser  la  casa  y  sitio  do  se  edifica  censual  a  esta  ciudad»  y  por  otras  causas;  y  si  necesario  fuere 
convino  en  acudir  al  Consejo  Real.  De  los  acuerdos  dieron  cuenta  al  señor  Obispo.  Reunidos  el 
29,  decidieron  celebrar  al  día  siguiente  una  junta  magna  en  que  tuvieran  representación  todos 
los  estados  del  pueblo.  Para  ello  invitaron  al  Cabildo,  a  los  conventos  y  a  los  letrados.  Estando 
juntos,  el  Provisor  del  Obispo,  licenciado  Brizuela,  se  levantó  y  dijo  que  su  señor  había  conce- 
dido licencia  para  la  fundación  del  monasterio  de  San  José,  por  un  Breve  que  para  el  efecto 
había  de  Su  Santidad.  Apesar  del  Breve,  estaban  determinados  a  impedir  la  fundación  de  la 
nueva  casa,  aunque  fuera  apelando  ante  el  Real  Consejo.  En  esto  hubo  unanimidad  de  pareceres, 
si  se  exceptúan  los  de  Brizuela  y  Báñez,  que  es  el  Presentado  de  la  Orden  de  Santo  Domingo 
de  que  habla  la  Santa.  Gracias  a  ellos  acordó  el  Consistorio  tratar  con  el  señor  Obispo  los  mo- 
tivos que  pudiera  haber  para  no  permitir  el  monasterio.  Las  razones  que  particularmente  alega- 
ban, eran  la  pobreza  de  la  ciudad  y  el  daño  que  haría  la  nueva  casa  a  los  demás  conventos. 
Por  fin,  acudieron  al  Real  Consejo  en  pleito  contra  las  Descalzas.  Como  en  él  tomaba  parte  la 
ciudad  entera,  no  había  letrado  ni  procurador  que  quisiera  o  se  atreviera  a  defender  a  la  Santa. 
Además,  no  tenía  ésta  dineros  para  seguir  el  pleito  en  Madrid,  en  vista  de  lo  cual,  el  virtuoso 
clérigo  Gonzalo  de  Aranda,  se  determinó  a  ir  a  la  Corte,  por  su  cuenta  y  riesgo,  para  defender 
la  causa  de  las  Descalzas,  como  lo  verificó.  Después  de  algunas  informaciones  del  Real  Consejo, 
que  no  resolvieron  nada,  el  pleito  cesó,  no  por  avenencia  pacífica  de  las  parles  litigantes, 
sino  principalmente  por  falta  de  calor  en  el  pueblo,  que  pasado  el  primer  estado  de  efer- 
vescencia, no  se  acordaba  ya  de  que  la  nueva  fundación  pudiera  causar  graves  daños  a  la 
ciudad.  Hablando  dé  este  negocio  Julián  de  Avila,  dice  que  «como  la  ciudad  había  gastado  sus 
dineros  en  pagar  a  el  receptor,  e  como  la  pasión  e  la  tentación  se  había  ya  aplacado,  e  también 
entenderían  que  la  información  del  monesterio  iba  más  bastante  que  la  suya,  no  siguieron  el 
pleito,  y  quedóse  el  monesterio  hecho  sin  que  hubiese  quien  se  lo  contradijese».  (Vida,  1.  1,  c.  VTII). 
En  esta  causa  ninguno  favoreció  tanto  a  la  Santa  como  D.  Alvaro  de  Mendoza.  El  trató  de 
sosegar  al  pueblo  alborotado,  convocó  una  junta  de  autoridades  y  a  petición  del  Consejo  Real 
dio  informe  favorable.  Esta  disposición,  enérgicamente  mantenida  por  el  Sr.  Obispo,  desconcertó 
a  los  enemigos  de  la  nueva  fundación,  e  hizo  que  se  llevase  adelante  el  monasterio. 

2  P.  Domingo  Báñez.  Al  margen  del  original  escribe  el  P.  Báñez;  «Esto  fué  el  año  de 
1562,  en  fin  de  Agosto.  Yo  me  hallé  presente  y  di  este  parecer.  Fr.  Domingo  Bañes.  Y  cuando 
esto  firmo  el  año  de  1575,  2  de  Mayo,  y  tiene  ya  esta  Madre  fundados  9  monesterios  con  gran 
religión».  Bueno  será  repetir  que  lo  mismo  que  Báñez  sentía  el  Provisor.  (Cfr.  Vida  de  Santa 
Teresa  por  Julián  de  Avila,  cap.  VIII). 


312  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

que  hizo  mucho  provecho;  porque,  sigún  la  furia,  fué  dicha 
no  lo  poner  luego  por  obra.  Era,  en  fin,  que  había  de  ser;  que 
era  el  Señor  servido  de  ello  y  podían  todos  poco  contra  su  volun- 
tad. Daban  sus  razones  y  llevaban  buen  celo,  y  ansí,  sin  ofender 
ellos  a  Dios,  hacíanme  padecer  y  a  todas  las  personas  que  lo  fa- 
vorecían, que  eran  algunas,  y  pasaron  mucha  persecución. 

Era  tanto  el  alboroto  de  el  pueblo,  que  no  se  hablaba  en 
otra  oosa,  y  todos  condenarmie  y  ir  a  el  Provincial  y  a  mi  mones- 
terio.  Yo  ninguna  pena  t^nía  de  cuanto  decían  de  mí,  más  que 
si  no  lo  dijeran,  sino  temor  si  se  había  de  deshacer.  Esto  me 
daba  gran  pena,  y  ver  que  perdían  crédito  las  personas  que  me 
ayudaban,  y  /el  mucho  trabajo  que  pasaban,  que  de  lo  que  decían 
de  mí  antes  parece  me  holgaba.  Y  si  tuviera  alguna  fe,  ninguna 
alteración  tuviera,  sino  que  faltar  algo  en  una  virtud,  basta  a 
adormecerlas  todas,  y  ansí  estuve  muy  penada  dos  días  que 
hubo  estas  juntas  que  digo  en  el  pueblo;  y  estando  bien  fati- 
gada, me  dijo  el  Señor:  ¿No  sabes  que  soy  poderoso?  ¿de  qué 
temes?  y  me  asiguró  que  no  se  desharía.  Con  esto  quedé  muy 
consolada.  Enviaron  a  el  Consejo  Real  con  su  información;  vino 
provisión  pa  que  se  diese  relación  de  cómo  se  había  hecho. 

Hela  quí  comenzado  un  gran  pleito,  porque  de  la  ciudad 
fueron  a  la  corte,  y  hubieron  de  ir  de  parte  de  el  monesterio,  y 
ni  había  dineros,  ni  yo  sabía  qué  hacer.  Proveyólo  el  Señor, 
que  nunca  mi  Padre  Provincial  me  mandó  dejase  de  entender 
en  ello;  porque  es  tan  amigo  de  toda  virtud,  que,  aunque  no 
ayudaba,  no  quería  ser  contra  ello.  No  me  dio  licencia,  hasta 
ver  en  lo  que  paraba,  para  venir  acá.  Estas  siervas  de  Dios 
estaban  solas,  y  hacían  más  con  sus  oraciones  que  con  cuanto 
yo  andaba  negociando,  aunque  fué  menester  harta  diligencia. 
Algunas  veces  parecía  que  todo  faltaba;  en  especial  un  día  antes 
que  viniese  el  Provincial,  que  me  mandó  la  Priora  no  tratase  en 
nada,  y  era  dejarse  todo.  Yo  me  fui  a  Dios  y  díjele:  Señor, 
esta  casa  no  es  mía,  por  Vos  se  ha  hecho ;  ahora  que  no  hay  nadie 
que  negocie,  hágalo  Vuestra  Majestad.  Quedaba  tan  descansada 
y  tan  sin  pena,  como  si  tuviera  a  todo  el  mundo  que  negociara 
por  mí,  y  luego  tenía  por  siguro  el  negocio. 


CAPITULO    XXXVI  313 

Un  muy  siervo  de  Dios,  sacerdote  (1),  que  siempre  rae  había 
ayudado,  amigo  de  toda  perfeción,  fué  a  la  corte  a  entender 
en  el  negocio,  y  trabajaba  mucho;  y  el  caballero  santo,  de  quien 
he  hecho  mención,  hacía  en  este  caso  muy  mucho,  y  de  todas 
maneras  lo  favorecía.  Pasó  hartos  trabajos  y  persecución,  y  siem- 
pre en  todo  le  tenía  por  padre  y  aun  ahora  le  tengo.  Y  en  los 
que  nos  ayudaban  ponía  el  Señor  tanto  hervor,  que  cada  uno 
lo  tomaba  por  cosa  tan  propia  suya  como  si  en  ello  les  fuera 
la  vida  y  la  honra,  y  no  les  iba  máís  de  ser  cosa  en  que 
a  ellos  les  parecía  se  servía  el  Señor.  Pareció  claro  ayudar 
Su  Majestad  a  el  Maestro  que  he  dicho,  clérigo,  que  también  era 
de  los  que  mucho  me  ayudaban,  a  quien  el  Obispo  puso  de  su 
parte  en  una  junta  grande  que  se  hizo,  y  él  estaba  solo  contra 
todos,  y  en  fin  los  aplacó  con  decirles  ciertos  medios,  que 
fué  harto  para  que  se  entretuviesen;  mas  ninguno  bastaba  para 
que  luego  no  tornasen  a  poner  la  vida,  como  dicen,  en  desha- 
cerle. Este  siervo  de  Dios,  que  digo,  fué  quien  dio  los  hábitos  y 
puso  el  Santísimo  Sacramento  (2),  y  se  vio  en  harta  persecución. 
Duró  esta  batería  casi  medio  año,  que  decir  los  grandes  trabajos 
que  se  pasaron  por  menudo,  sería  largo. 

Espantábame  yo  de  lo  que  ponía  el  demonio  contra  unas 
mujercitas,  y  cómo  les  parecía  a  todos  era  gran  daño  para  el 
lugar  solas  doce  mujeres  y  la  Priora,  que  no  han  de  ser  más, 
digo  a  los  que  lo  contradecían,  y  de  vida  tan  estrecha.  Que  ya 
que  fuera  daño  u  yerro,  era  para  sí  mesmas;  mas  daño  a  el 
lugar  no  parece  llevaba  camino,  y  ellos  hallaban  tantos,  que 
con  buena  conciencia  lo  contradecían.  Ya  vinieron  a  decir  que, 
como  tuviese  renta,  pasarían  por  ello  y  que  fuese  adelante.  Yo 
estaba  ya  tan  cansada  de  ver  el  trabajo  de  todos  los  que  me 
ayudaban,  más  que  de  el  mío,  que  me  parecía  no  sería  malo,  hasta 
que  se  sosegasen,  tener  renta,  y  dejarla  después.  Y  otras  veces, 
como  ruin  y  imperfeta,  me  parecía  que  por  ventura  lo  quería  el 
Señor,  pues  sin  ella  no  podíamos  salir  con  ello,  y  venía  ya 
en  este  concierto. 


1  Gonzalo  de  Hronda,  como  es  dicho. 

2  Gaspar  Daza,  que  también  defendió  a  la  Santa  en  alguna  sesión  contra  el  concejo  de  Avila. 

21  * 


314  VIDñ    DE    SANTñ    TERESA    DE    JESÚS  '     ' 

Estando  la  noche  antes  que  se  había  de  tratar  en  oración, 
y  ya  se  había  comenzado  el  concierto,  di  jome  el  Señor  que  no 
hiciese  tal,  que  si  comenzásemos  a  tener  renta,  que  no  nos  deja- 
rían después  que  lo  dejásemos,  y  otras  algunas  cosas.  La  mesma 
noche  me  apareció  el  santo  Fray  Pedro  de  Alcántara,  que  era 
ya  muerto;  y  antes  que  muriese  me  escribió,  como  supo  la  gran 
contradición  y  persecución  que  teníamos  (1),  se  holgaba  fuese  la 
fundación  con  contradición  tan  grande,  que  era  señal  se  había 
el  Señor  servir  muy  mucho  en  este  monesterio,  pues  el  demonio 
tanto  ponía  en  que  no  se  hiciese,  y  que  en  ninguna  manera 
viniese  en  tener  renta.  Y  aun  dos  u  tres  veces  me  persuadió  en 
la  carta,  y  que,  como  esto  hiciese,  ello  vernía  a  hacerse  todo 
como  yo  quería.  Ya  yo  le  había  visto  otras  dos  veces  después 
que  murió  y  la  gran  gloria  que  tenía,  y  ansí  no  me  hizo  temor, 
antes  me  holgué  mucho;  porque  siempre  aparecía  como  cuerpo 
glorificado,  lleno  de  mucha  gloria  y  dábamela  muy  grandísima 
verle.  Acuerdóme  que  me  dijo  la  primera  vez  que  le  vi,  entre 
otras  cosas,  diciéndome  lo  mucho  que  gozaba,  que:  dichosa  peni- 
tencia había  sido  la  que  había  hecho  que  tanto  premio  había 
alcanzado. 

Porque  ya  creo  tengo  dicho  algo  de  esto  (2),  no  digo  aquí 
más  de  cómo  esta  vez  me  mostró  rigor,  y  sólo  me  dijo  que  en 
ninguna  manera  tomase  renta,  y  que  por  qué  no  quería  tomar  su 
consejo,  y  desapareció  luego.  Yo  quedé  espantada,  y  luego  otro 
día  dije  a  el  caballero,  que  era  a  quien  en  todo  acudía,  como 
el  que  más  en  ello  hacía,  lo  que  pasaba,  y  que  no  se  concertase 
en  ninguna  manera  tener  renta,  sino  que  fuese  adelante  el  pleito. 


1  Según  Márchese,  diligente  historiador  de  San  Pedro  de  Alcántara,  unos  días  antes  de 
morir  el  Santo  en  Arenas,  escribió  un  billete  a  Santa  Teresa  por  medio  de  Gaspar  Daza,  que 
había  ido  a  visitarle  y  llevarle  una  carta  de  Francisco  de  Salcedo,  en  que  le  daba  cuenta  de  la 
oposición  que  se  hacía  en  Avila  a  la  fundación  de  San  José  u  la  repugnancia  que  había  a  que 
fuese  de  pobreza  absoluta.  Hablando  de  un  escrito  de  San  Pedro  de  Alcántara,  dice  Ribera: 
«También  vi  una  carta  que  escribió  el  mismo  a  la  Madre  Teresa  de  Jesús  de  Septiembre  en  ade- 
lante. No  tiene  cuatro  dedos  de  papel  en  ancho,  sino  sólo  lo  que  había  menester  para  lo  que 
había  de  escribir.  El  sobrescrito  dice:  A  la  mug  magnífica  u  religiosísima  Sra.  D.a  Teresa  de 
Ahumada  en  Avila,  que  Nuestro  Señor  haga  santa».  (Vida,  1.  1,  c.  XVII).  El  humilde  hijo  de 
San  Francisco  siempre  se  manifestó  irreductible  en  lo  de  no  admitir  renta  ninguna  en  el  nuevo 
monasterio.  Fué  quien  más  firme  apoyo  dio  a  la  Santa  Fundadora  en  este  propósito  suyo,  que 
luego  hubo  de  modificar. 

2  Véase  el  c.  XXVII. 


CftPITüLO    XXXVI  315 

El  estaba  en  esto  mucho  más  fuerte  que  yo,  y  holgóse  mucho; 
después  me  dijo  cuan  de  mala  gana  hablaba  en  el  concierto. 

Después  se  tornó  a  levantar  otra  persona,  y  sierva  de  Dios 
harto,  y  con  buen  celo;  ya  que  estaba  en  buenos  términos,  decía 
se  pusiese  en  manos  de  letrados.  Aquí  tuve  hartos  desasosiegos, 
porque  algunos  de  los  que  me  ayudaban  venían  en  esto,  y  fué 
esta  maraña  que  hizo  el  demonio  de  la  más  mala  digistión  de 
todas  (1).  En  todo  me  ayudó  el  Señor,  que  ansí  dicho  en  suma 
no  se  puede  bien  dar  a  entender  lo  que  se  pasó  en  dos  años  que 
se  estuvo  comenzada  esta  casa  hasta  que  se  acabó.  Este  medio 
postrero  y  lo  primero  fué  lo  más  trabajoso. 

Pues  aplacada  ya  algo  la  ciudad,  dióse  tan  buena  maña  el 
Padre  Presentado  Dominico  (2)  que  nos  ayudaba,  aunque  no  es- 
taba presente,  mas  habíale  traído  el  Señor  a  un  tiempo  que  nos 
hizo  harto  bien,  y  pareció  haberle  Su  Majestad  para  sólo  este 
fin  traído;  que  me  dijo  él  después  que  no  había  tenido  para 
qué  venir,  sino  que  acaso  lo  había  sabido.  Estuvo  lo  que  fué 
menester.  Tornado  a  ir,  procuró  por  algunas  vías  que  nos  diese 
licencia  nuestro  Padre  Provincial  para  venir  yo  a  esta  casa  con 
otras  algunas  conmigo,  que  parecía  casi  imposible  darla  tan  en 
breve,  para  hacer  el  oficio  y  enseñar  a  las  que  estaban.  Fué 
grandísimo  consuelo  para  mí  el  día  que  venimos  (3). 


1  No  he  podido  averiguar  la  persona  autora  inconsciente  de  esta  maraña  tan  difícil  de 
desenredar;  ni  Gracián,  ni  María  de  S.  José  dicen  nada  en  sus  notas.  Dar  la  paternidad  de  este 
consejo  al  P.  Baltasar  Alvarez  como  lo  hace  D.  Miguel  Mir  (Santa  Teresa,  t.  I,  p.  559),  me 
parece  muy  aventurado.  No  hay  datos  suficientes  para  tal  suposición.  Muchos  fueron  de  este  pa- 
recer, como  medio  de  reconciliación  entre  las  opuestas  aspiraciones  de  unos  g  otros,  aunque  no 
consta  el  nombre  de  ninguno  en  particular. 

2  P.  Ibáñez. 

3  R  pesar  de  lo  inclinado  que  el  Provincial,  P.  Ángel  de  Salazar,  era  a  favorecer  los 
planes  de  la  Santa,  tuvo  algunas  dificultades  para  concederle  permiso  de  pasarse  a  San  José,  el 
cual,  al  fin,  lo  otorgó.  Por  patente  fecha  en  Avila  a  22  de  Agosto  de  1563,  concedió  licencia  a 
D.a  Teresa  de  Ahumada,  María  Ordóñez,  Ana  Gómez  y  María  de  Cepeda  para  quedarse  de- 
finitivamente en  el  monasterio  reformado.  Esta  facultad  fué  confirmada,  por  lo  que  hace  a  la 
M.  Teresa,  al  afio  siguiente  (21  de  Agosto  de  1564)  por  el  nuncio  Cribelli.  Constaba  en  el  libro 
del  Beceno  de  la  Comunidad  de  S.  José,  que  la  Santa  se  había  descalzado  el  3  de  Julio  del  63. 
Quizá  para  esta  fecha  tendría  Santa  Teresa  palabra  formal  del  P.  Ángel  Salazar  de  quedar  en 
San  José  jj  por  eso  se  determinaría  a  dar  este  paso  decisivo  en  la  nueva  vida.  Los  que  más  tra- 
bajaron para  recabar  el  permiso  del  P.  Provincial,  fueron  el  P.  Ibáñez,  como  dice  la  misma 
Santa  y  D.  Alvaro  de  Mendoza,  según  deposición  de  su  secretario  D.  Juan  Carrillo.  Pero  quien 
acabó  de  rendirlo  fué  la  misma  Santa,  como  se  infiere  de  estas  palabras  del  P.  Salazar  en  las 
Informaciones  de  Valladolid  hechas  en  1595.  «Dudando  yo  si  sería  bien  darle  la  licencia  o  no, 
me  dijo:  Padre,  mire  que  resistimos  al  Espíritu  Santo;  las  cuales  palabras  dijo  con  un  espíritu, 
que  me  hicieron  particular  fuerza  y  me  convencieron  a  otorgarle  Ib  licencia;  porque  me  pareció 


316  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

Estando  haciendo  oración  en  la  Iglesia  antes  que  entrase 
en  el  monesterio,  estando  casi  en  arrobamiento,  vi  a  Cristo  que 
con  grande  amor  me  pareció  me  recibía  y  ponía  una  corona,  y 
agradeciéndome  lo  que  había  hecho  por  su  Madre.  Otra  vez, 
estando  todas  en  el  coro  en  oración,  después  de  Completas, 
vi  a  Nuestra  Señora  con  grandísima  gloria,  con  manto  blanco, 
y  debajo  de  él  parecía  ampararnos  a  todas  (1).  Entendí  cuan  alto 
grado  de  gloria  daría  el  Señor  a  las  de  esta  casa. 


que   hablaba  con  movimiento  particular   del  Espíritu   Santo».    (Vid.    Historia   del  Carmen  DeS" 
calzo,  1.  IV,  c.  VI,  p.  629). 

¿Cuándo  pasó  la  Santa  a  su  nueva  fundación?  María  Pinel  en  la  Historia  manuscrita  del 
Convento  de  la  Encarnación  dice  que  perseveró  en  aquella  casa  shasta  1563,  por  la  Cuaresma, 
que  fué  cuando  el  P.  Provincial  la  dio  licencia  para  que  se  fuese  al  nuevo  convento  de  S.  José». 
El  P.  Jerónimo  de  S.  José  es  de  opinión  que  fué  en  Diciembre  de  1562,  fundándose  en  las  pala^ 
bras  del  Prólogo  del  Libro  de  las  Fundaciones,  que  dicen:  «Estando  en  San  Josef  de  Avila,  año 
de  mil  y  quinientos  ij  sesenta  g  dos,  que  fué  el  mesmo  que  se  fundó  este  monesterio,  fui  man- 
dada de  el  P.  Frau  García  de  Toledo,  dominico,  que  al  presente  es  mi  confesor,  que  me  escri- 
biere la  fundación  de  aquel  monasterio».  Otra  razón  alegada  por  el  P.  Jerónimo  es  lo  que  dice  la 
Santa  en  la  Relación  que  de  su  espíritu  escribió  en  Sevilla  por  estas  palabras:  «Habrá  como 
trece  años,  poco  más  o  menos»...  «Escrita  esta  Relación  en  1575,  viene  a  referirse  al  de  62.  Con 
anuencia  del  P.  Provincial,  llevó  consigo  la  Santa  de  la  Encarnación  cuatro  religiosas:  Ana  de 
San  Juan,  Ana  de  los  Angeles,  María  Isabel  e  Isabel  de  San  Pablo,  parienta  esta  última  de 
Santa  Teresa  jj  novicia  aún.  Ana  de  San  Juan  fué  nombrada  Priora  de  la  nueva  casa,  y  Su- 
priora  Ana  de  los  Angeles,  por  indicación  de  la  misma  Santa,  que  no  quiso  cargo  alguno,  si 
bien  no  fué  por  mucho  tiempo,  porque  pasados  algunos  días,  importunaron  al  Sr.  Obispo  y  al 
Provincial  para  que  obligasen  a  la  M.  Teresa  a  aceptar  el  oficio  de  Priora.  Obligada  por  ellos, 
lo  aceptó  a  principios  de  1563».  No  sé  qué  fundamento  tendría  el  diligente  y  avisado  P.  Jeró- 
nimo para  estas  afirmaciones.  El  acta  más  antigua  del  Libro  de  Elecciones  de  S.  José  de  Avila 
es  de  4  de  Noviembre  de  1580,  por  consiguiente  nada  podemos  sacar  de  él.  A  pesar  del  crédito 
que  merece  el  insigne  autor  del  Genio  de  la  Historia,  me  inclino  a  creer  que  la  Santa  no  pasó 
a  San  José  definitivamente  hasta  Marzo,  como  asegura  María  Pinel.  Sabemos  que  la  hija  de  la 
Marquesa  de  la  Velada,  Ana  de  San  Juan,  a  los  tres  meses  de  ser  Priora  en  San  José,  tornó  a 
la  Encarnación,  no  por  falta  de  virtud  para  la  nueva  observancia,  sino  porque  su  débil  com- 
plexión no  la  podía  soportar.  Entonces  entró  la  Santa  en  el  oficio  de  Priora  de  San  José,  y  no 
es  inverosímil,  antes  muy  razonable  y  editicativo,  se  descalzase  como  las  subditas  a  quienes 
había  de  gobernar.  La  misma  fecha  de  3  de  Julio  de  1563,  tres  meses,  poco  más,  después  de  la 
entrada  en  San  José,  que  señala  el  libro  del  Becerro,  como  dejamos  escrito,  parece  da  a  indicar 
que  la  Santa  adoptó  ya  el  vestido  completo  de  descalza  al  tomar  las  riendas  del  gobierno  de 
aquella  Comunidad.  Los  reparos  del  P.  Jerónimo  fácilmente  se  pueden  conciliar  suponiendo  que  la 
Santa  Madre,  aun  viviendo  en  la  Encarnación,  visitaba  muy  a  menudo  el  convento  de  San  José, 
y  pasaba  en  él  semanas  enteras.  El  P.  Provincial,  tan  afecto  a  la  nueva  reforma,  no  se  lo  impe- 
día; el  obispo  D.  Alvaro  de  Mendoza,  lo  deseaba  vivamente,  por  ser  tan  necesaria  la  presencia 
de  la  Madre  para  ir  asentando  sobre  sólidos  pilares  el  nuevo  edificio  reformado.  La  Santa  dejó 
entonces  el  tratamiento  de  doña  y  el  apellido  de  Rhumada,  llamándose  y  firmando  simplemente 
Teresa  de  Jesús.  El  sustituir  el  apellido  de  familia  por  el  nombre  de  un  santo  se  hizo  obligatorio 
en  la  Reforma  desde  1567  por  orden  del  General  P.  Juan  Bautista  Rúbeo. 

Dice  la  tradición  que  al  pasar  definitivamente  de  la  Encarnación  a  San  José,  visitó  la  Virgen 
de  la  Soterraña,  en  San  Vicente,  descalzóse  allí  y  descalza  fuese  al  monasterio.  Hasta  1836, 
en  que  tantas  tradiciones  y  venerables  costumbres  perecieron,  se  celebraba  en  esta  parroquia 
anualmente  una  fiesta  en  recordación  de  este  rasgo  devoto  de  la  Santa.  El  ajuar  que  de  la  En- 
carnación llevó  a  la  nueva  casa,  del  cual  dejó  recibo  firmado,  consistía  en  una  esterilla  de  pajas, 
un  cilicio  de  cadenilla,  una  disciplina  y  un  hábito  viejo  g  remendado. 

1  En  todos  nuestros  conventos  antiguos  existía  algún  cuadro  que  representaba  esta  vi- 
sión. La  Santísima  Virgen  del  Carmen  cobija  bajo  su  capa  blanca  a  los  hijos  e  hijas  de  !a 
nueva  Reforma. 


CAPITULO    XXXVI  517 

Comenzado  a  hacer  el  oficio,  era  mucha  la  devoción  que  el 
pueblo  comenzó  a  tener  con  esta  casa;  tomáronse  más  monjas, 
y  comenzó  el  Señor  a  mover  a  los  que  más  nos  habían  perse- 
guido para  que  mucho  nos  favoreciesen  y  hiciesen  limosna,  y  ansí 
aprobaban  lo  que  tanto  habían  reprobado,  y  poco  a  poco  se 
dejaron  del  pleito,  y  decían  que  ya  entendían  ser  obra  de  Dios, 
pues  con  tanta  contradición  Su  Majestad  había  querido  fuese 
adelante,  Y  no  hay  al  presente  nadie  que  le  parezca  fuera  acer- 
tado dejarse  de  hacer,  y  ansí  tienen  tanta  cuenta  con  proveer- 
nos de  limosna,  que,  sin  haber  demanda  ni  pedir  a  nadie,  los 
despierta  el  Señor  para  que  nos  la  envíen,  y  pasamos  sin  que 
nos  falte  lo  necesario,  y  espero  en  el  Señor  será  ansí  siempre. 
Que,  como  son  pocas,  si  hacen  lo  que  deben,  como  Su  Majestad 
ahora  les  da  gracia  para  hacerlo,  sigura  estoy  que  no  les  faltará, 
ni  habrán  menester  ser  cansosas,  ni  importunar  a  nadie,  que  e] 
Señor  se  terna  cuidado  como  hasta  aquí,  que  es  para  mí  gran- 
dísimo consuelo  d€  verme  aquí  metida  con  almas  tan  desasidas. 

Su  trato  es  entender  cómo  irán  adelante  en  el  servicio  de 
Dios.  La  soledad  es  su  consuelo,  y  pensar  de  ver  a  nadie  que 
no  sea  para  ayudarlas  a  encender  más  el  amor  de  su  Esposo, 
les  es  trabajo,  aunque  sean  muy  deudos.  Y  ansí  no  viene  nadie 
a  esta  casa,  sino  quien  trata  de  esto;  porque  ni  las  contenta,  ni 
los  contenta.  No  es  su  lenguaje  otro  sino  hablar  de  Dios,  y  ansí 
no  entienden  ni  las  entiende  sino  quien  habla  el  mesmo.  Guar- 
damos la  Regla  de  Nuestra  Señora  del  Carmen,  y  cumplida  ésta 
sin  relajación,  sino  como  la  ordenó  Fray  Hugo,  Cardenal  de 
Santa  Sabina,  que  fué  dada  a  MCCXLVIII  años,  en  el  año 
V  del  Pontificado  del  Papa  Inocencio  IV  (1). 


1  La  Regla  carmelitana,  escrita  por  San  Alberto,  Patriarca  de  Jerusalén,  para  los  moradores 
del  Monte  Carmelo  hacia  1209,  fué  examinada  por  el  cardenal  Hugo  de  San  Caro  g  Guillermo, 
obispo  de  Antera  en  Siria,  a  petición  de  San  Simón  Stock,  que  deseaba  de  la  Santa  Sede  unas 
aclaraciones  a  ciertos  puntos,  algo  imprecisos.  Inocencio  IV,  hechas  las  aclaraciones  que  S.  Si" 
món  pedía,  la  aprobó  en  1247,  que  es  la  verdadera  fecha  señalada  por  el  Bularlo  romano,  si  bien 
el  Carmelitano  pone  la  de  1248,  que  señala  la  Santa.  Según  ella,  debía  ayunarse  del  14  de  Sep- 
tiembre, festividad  de  la  Exaltación  de  la  Santa  Cruz,  hasta  Pascua  de  Resurrección.  Tampoco 
se  podía  comer  carne,  a  no  ser  por  enfermedad  o  debilidad.  En  1432  mitigó  esta  Regla  considera- 
blemente Eugenio  IV,  reduciendo  los  ayunos  a  tres  días  por  semana  u  permitiendo  comer  de 
carne  los  días  que  no  se  ayunase.  Santa  Teresa  profesó  esta  última  Regla,  g  su  intento  fué  po- 
ner en  vigor  la  aprobada  por  el  Papa  Inocencio,  devolviéndola  su  prístina  pureza  g  austeridad. 

Añadiremos  con  el  P.  Jerónimo  de  San  José,  que  «como   el    espíritu   que  Dios  había  comu- 


318  VIDñ    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

lñ&  parece  serán  bkn  empleados  todos  los  trabajos  que  se 
han  pasado.  Ahora,  aunque  tiene  algún  rigor,  porque  no  se  come 
jamás  carne  sin  necesidad,  y  ayuno  de  ocho  meses,  y  otras  co- 
sas, como  se  ve  en  la  mesma  primera  Regla,  en  muchas  aun  se 
les  hace  poco  a  las  hermanas,  y  guardan  otras  cosas,  que,  para 
cumplir  ésta  con  más  perfeción,  nos  han  parecido  necesarias, 
y  ^pero  en  el  Señor  ha  de  ir  muy  adelante  lo  comenzado,  como 
Su  Majestad  me  lo  ha  dicho. 

La  otra  casa  que  la  beata  que  dije  procuraba  hacer  (1), 
también  la  favoreció  el  Señor,  y  está  hecha  en  Alcalá,  y  no  le 
faltó  harta  contradición,  ni  dejó  de  pasar  trabajos  grandes.  Sé 
que  se  guarda  en  ella  toda  relisión,  conforme  a  esta  primera 
Regla  nuestra.  Plega  a  el  Señor  sea  todo  para  gloria  y  alabanza 
suya,  y  de  la  gloriosa  Virgen  María,  cuyo  hábito  traemos.  Amén. 

Creo  se  enfadará  vuestra  merced  de  la  larga  relación  que 
he  dado  de  este  monesterio,  y  va  muy  corta  para  los  muchos 
trabajos  y  maravillas  que  el  Señor  en  esto  ha  obrado,  que  hay 
de  ello  muchos  testigos  que  lo  podrán  jurar,  y  ansí  pido  yo 
a  vuestra  merced  (2)  por  amor  de  Dios,  que  si  le  pareciere 
romper  lo  demás  que  aquí  va  escrito,  lo  que  toca  a  este  mones- 
terio vuestra  merced  lo  guarde,  y  muerta  yo,  lo  dé  a  las  her- 
manas que  aquí  estuvieren,  que  animará  mucho  pa  servir  a 
Dios  las  que  vinieren^  y  a  procurar  no  cay  a  lo  comenzado,  sino 
que  vaya  siempre  adelante,  cuando  vean  lo  mucho  que  puso  Su 
Majestad  en  hacerla  por  medio  de  cosa  tan  ruin  y  baja  como 
yo.  Y,  pues  el  Señor  tan  particularmente  se  ha  querido  mostrar 
en  favorecer  para  que  se  hiciese,  paréceme  a  mí  que  hará  mucho 
mal  y  será  muy  castigada  de  Dios  la  que  comenzare  a  relajar  la 


nicado  a  la  santa  Reformadora  era  tan  esforzado  h  fervoroso,  que  la  parecía  poco  todo  el  rigor  de 
la  Regla  primitiva,  no  se  contentó  coir  que  en  su  Reforma  se  guardase  enteramente,  sino  que 
añadió  otras  observancias  u  rigores  de  mug  aventajada  perfección,  los  cuales  fuesen  como  un 
antemural  o  barbacana  para  guardar  inviolablemente  la  observancia  desta  Regla.  Añadió  la  des^ 
calcez,  la  vileza  de  manjares  u  grosería  del  hábito,  el  rigor  de  la  cama,  la  penitencia  de  la  dis- 
ciplina; ü  en  la  obediencia,  en  lo  pobreza,  en  la  humildad,  en  la  oración  g  ejercicio  de  las  demás 
Artrtudes,  tales  g  tan  estrechas  observancias,  que,  juntas  con  la  de  la  Regla,  vienen  a  hacer  un 
instituto  u  modo  de  vida  de  los  más  rígidos  g  perfectos  que  hag  en  la  Iglesia».  (Historia  del 
Carmen  Descalzo,  1.  IV,  c.  VII,  p.  636). 

1  María  de  Jesús.  Véase  la  nota  de  la  pág.  295. 

2  P.  Garda  de  Toledo. 


CAPITULO    XXXVI  319 

perfeción  que  aquí  el  Señor  ha  comenzado  g  favorecido,  para 
que  se  lleve  con  tanta  suavidad;  que  se  ve  muy  bien  es  tolera- 
ble, y  se  puede  llevar  con  descanso,  y  el  gran  aparejo  que  hay 
para  vivir  siempre  en  él,  las  que  a  solas  quisieren  gozar  de  su 
esposo  Cristo.  Que  esto  es  siempre  lo  que  han  de  pretender,  y 
solas  con  El  solo,  y  no  ser  más  de  trece  (1);  porque  esto  tengo 
por  muchos  pareceres  sabido  que  conviene,  y  visto  por  expi- 
riencia,  que  para  llevar  el  espíritu  que  se  lleva,  y  vivir  de  limos- 
na y  sin  demanda,  que  no  se  sufre  más.  Y  siempre  crean  más 
a  quien,  con  trabajos  muchos  y  oración  de  muchas  personas,  pro- 
curó lo  que  sería  mijor;  y  en  el  gran  contento  y  alegría  y 
poco  trabajo  que  en  estos  años  que  ha  estamos  en  esta  casa 
vemos  tener  todas,  y  con  mucha  más  salud  que  solían,  se  verá  ser 
esto  lo  que  conviene.  Y  quien  le  pareciere  áspero,  eche  la  culpa 
a  su  falta  de  espíritu,  y  nO'  a  lo  que  aquí  se  guarda;  pues  per- 
sonas delicadas  y  no  sanas,  porque  le  tienen,  con  tanta  suavidad 
lo  pueden  llevar,  y  vayanse  a  otro  monesterio,  adonde  se  salva- 
rán conforme  a  su  espíritu. 


1  La  Santa  modificó  más  tarde  este  parecer  suyo,  admitiendo  en  sus  casas  mayor  número 
de  monjas.  Tampoco  hubo  legas  o  freilas  en  San  José  al  principio,  pero  se  admitieron  después. 
HoB  el  número  de  Carmelitas  Descalzas  en  cada  convento  es  de  veinte,  sin  contar  la  que  ocu- 
pa la  plaza  llamada  de  Santa  Teresa.  Las  dieciocho  son  de  coro,  ij  las  tres  restantes  de  velo 
blanco. 


CAPITULO    XXXVII 

TRATA  DE  LOS  EFETOS  QUE  LE  QUEDABAN  CUANDO  EL  SEÑOR  LE  HABÍA 
HECHO  ALGUNA  MERCED.  JUNTA  CON  ESTO  HARTO  BUENA  DOTRINA. 
DICE  COMO  SE  HA  DE  PROCURAR  Y  TENER  EN  MUCHO  GANAR  ALGÚN 
GRADO  MAS  DE  GLORIA,  Y  QUE  POR  NINGÚN  TRABAJO  DEJEMOS 
BIENES   QUE   SON   PERPETUOS. 


De  mal  s€  me  hace  decir  más  de  las  mercedes  que  me  ha 
hecho  el  Señor  de  las  dichas,  y  aun  son  demasiadas  para  que  se 
crea  haberlas  hecho  a  persona  tan  ruin;  mas  por  obedecer  a  el 
Señor,  que  me  lo  ha  mandado,  y  a  vuestras  mercedes  (1),  diré 
algunas  cosas  para  gloria  suya.  Plega  a  Su  Majestad  sea  para 
aprovechar  algún  alma  ver  que  a  una  cosa  tan  miserable  ha 
querido  el  Señor  ansí  favorecer,  qué  hará  a  quien  le  hubiere 
de  verdad  servido,  y  se  animen  todos  a  contentar  a  Su  Ma- 
jestad, pues  aun  en  esta  vida  da  tales  prendas. 

Lo  primero,  hase  de  entender,  que  en  estas  mercedes  que 
hace  Dios  a  el  alma  hay  más  y  menos  gloria;  porque  en  algunas 
visiones  eoede  tanto  la  gloria  y  gustol  y  consuelo  a  el  que  da  en 
otras,  que  yo  me  espanto  de  tanta  diferencia  de  gozar,  aun  en 
esta  vida.  Porque  acaece  ser  tanta  la  diferencia  que  hay  de  un 
gusto  y  regalo  que  da  Dios  en  una  visión  u  en  un  arrobamiento, 
que  parece  no  es  posible  poder  haber  más  acá  que  desear, 
y  ansí  el  alma  no  lo  desea  ni  pediría  más  contento.  Aunque  des- 


1      Padres  Pedio  Ibáñez  u  Gacia  de  Toledo. 


522  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

pues  que  d  Señor  me  ha  dadc»  a  entender  la  diferencia  que  hay 
en  el  cielo  de  lo  que  gozan  unos  a  lo  que  gozan  otros,  cuan 
grande  es,  bien  veo  que  también  acá  no  hay  tasa  en  el  dar, 
cuando  el  Señor  es  servido,  y  ansí  no  querría  yo  la  hubiese 
en  servir  yo  a  Su  Majestad  y  emplear  toda  mi  vida  y  fuerzas 
y  salud  en  esto,  y  no  querría  por  mi  culpa  perder  un  tantito  de 
más  gozar.  Y  digo  ansí,  que  si  me  dijesen  cuál  quiero  más,  estar 
con  todos  los  trabajos  del  mundo  hasta  el  fin  de  él  y  des- 
pués subir  un  poquito  más  en  gloria,  u  sin  ninguno  irme  a  un 
poco  de  gloria  más  baja,  que  de  muy  buena  gana  tomaría  todos 
los  trabajos  por  un  tantito  de  gozar  más  de  entender  las  gran- 
dezas de  Dios;  pues  veo  que  quien  más  le  entiende,  más  le  ama 
y  le  alaba. 

No  digo  que  no  rae  contentaría  y  ternía  por  muy  venturosa 
de  estar  en  el  cielo,  aunque  fuese  en  el  más  bajo  lugar;  pues 
quien  tal  le  tenía  en  el  infierno,  harta  misericordia  rae  haría 
en  esto  el  Señor,  y  plega  a  Su  Majestad  vaya  yo  allá  y  no 
raire  a  mis  grandes  pecados.  Lo  que  digo  es  que,  aunque  fuese 
a  muy  gran  costa  mía,  si  pudiese  y  el  Señor  me  diese  gracia  para 
trabajar  mucho,  no  querría  por  mi  culpa  perder  nada.  ¡Miserable 
de  mí  que  con  tantas  culpas  lo  tenía  perdido  todo! 

Hase  de  notar  también,  que  en  cada  merced  que  el  Se- 
ñor me  hacía  de  visión  u  revelación  quedaba  mi  alma  con  alguna 
gran  ganancia,  y  con  algunas  visiones  quedaba  con  muy  muchas. 
De  ver  a  Cristo  me  quedó  imprimida  su  grandísima  hermosura, 
y  la  tengo  hoy  día;  porque  para  esto  bastaba  sólo  una  vez,  cuanti 
más  tantas  como  el  Señor  me  hace  esta  merced.  Quedé  con  un  pro- 
vecho grandísimo  y  fué  éste.  Tenía  una  grandísima  falta,  de 
donde  me  vinieron  grandes  daños,  y  era  ésta:  que  como  comen- 
zaba a  entender  que  una  persona  me  tenía  voluntad,  y  si  me 
caía  en  gracia,  me  aficionaba  tanto,  que  rae  ataba  en  gran  manera 
la  raemoria  a  pensar  en  él,  aunque  no  era  con  intención  de  ofender 
a  Dios,  mas  holgábame  de  verle  y  (de  pensar  en  él  y  en  las  cosas 
buenas  que  le  vía.  Era  cosa  tan  dañosa,  que  me  traía  el  alma 
harto  perdida.  Después  que  vi  la  gran  hermosura  del  Señor, 
no  vía  a  nadie  que  en  su  comparación  me  pareciese  bien,  ni  me 


CAPITULO  x;cxvii  323 

ocupase;  que,  con  poner  un  poco  los  ojos  de  la  consideración  en 
la  imagen  que  tengo  en  mi  alma,  he  quedado  con  tanta  libertad 
en  esto,  que  después  acá  todo  lo  que  veo  me  parece  hace  asco  en 
comparación  de  las  eselencias  y  gracias  que  en  este  Señor  vía. 
Ni  hay  saber,  ni  manera  de  regalo  que  yo  estime  en  nada  en 
comparación  del  que  es  oir  sola  una  palabra  dicha  de  aquella 
divina  boca,  cuanti  más  tantas,  Y  tengo  yo  por  imposible,  si  e] 
Señor  por  mis  pecados  no  primite  se  me  quite  esta  memoria, 
podérmela  nadie  ocupar  de  suerte  que,  con  un  poquito  de  tor- 
narme a  acordar  de  este  Señor,  no  quede  libre. 

Acaecióme  con  algún  confesor,  que  siempre  quiero  mucho 
a  los  que  gobiernan  mi  alma  como  los  tomo  en  lugar  de  Dios 
tan  de  verdad,  paréceme  que  es  siempre  adonde  mi  voluntad  más 
se  emplea,  y  como  yo  andaba  con  siguridad,  mostrábales  gracia. 
Ellos,  como  temerosos  y  siervos  de  Dios,  temíanse  no  me  asiese 
en  alguna  manera  y  me  atase  a  quererlos,  aunque  santamente,  y 
mostrábanme  desgracia.  Esto  era  después  que  yo  estaba  tan  suje- 
ta a  obedecerlos,  que  antes  no  los  cobraba  ese  amor.  Yo  me  reía 
entre  mí  de  ver  cuan  engañados  estaban;  aunque  no  todas  veces 
trataba  tan  claro  lo  poco  que  me  ataba  a  nadie,  como  lo  tenía 
en  mí,  mas  asigurábalos,  y  tratándome  más,  conocían  lo  que  debía 
a  el  Señor;  que  estas  sospechas  que  traían  de  mí,  siempre  era  a 
los  principios.  Comenzóme  mucho  mayor  amor  y  confianza  de 
este  Señor  en  viéndole,  como  con  quien  tenía  conversación  tan 
contina.  Vía  que,  aunque  era  Dios,  que  era  Hombre,  que  no  se 
espanta  de  las  flaquezas  de  los  hombres,  que  entiende  nuestra 
miserable  compostura,  sujeta  a  muchas  caídas  por  el  primer  pe- 
cado que  El  había  venido  a  reparar.  Puedo  tratar  como  con  amigo, 
aunque  es  Señor;  porque  entiendo  no  es  como  los  que  acá  tene- 
mos por  señores,  que  todo  el  señorío  ponen  en  autoridades  pos- 
tizas. Ha  de  haber  horas  de  hablar  y  señaladas  personas  que  los 
hablen;  si  es  algún  pobrecito  que  tiene  algún  negocio,  más  ro- 
deos y  favores  y  trabajos  le  ha  de  costar  tratarlo;  u  que 
si  es  con  el  Rey,  aquí  no  hay  tocar  gente  pobre  y  no  caballe- 
rosa, sino  preguntar  quién  son  los  más  privados,  y  a  buen 
siguro,  que  no  sean  personas  que  tengan  el  mundo  debajo  de 


324  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DK    JÉSÜS 

los  pi€s;  porque  éstos  hablan  verdades  que  no  temen  ni  deben; 
no  son  para  palacio;  que  allí  no  se  deben  usar,  sino  callar  lo  que 
mal  les  parece;  que  aun  pensarlo  no  deben  osar  por  no  ser 
desfavorecidos. 

¡Oh  Rey  de  gloria  y  Señor  de  todos  los  reys,  cómo  no  es 
vuestro  reino  armado  de  palillos,  pues  no  tiene  fin!  ¡Cómo 
no  son  menester  terceros  para  Vos!  Con  mirar  vuestra  persona, 
se  ve  luego  que  es  solo  El  que  merecéis  que  os  llamen  Se- 
ñor. Sigún  la  Majestad  mostráis,  no  es  menester  gente  de  acom- 
pañamiento ni  de  guarda  para  que  conozcan  que  sois  Rey; 
porque  acá  un  rey  solo  mal  se  conocerá  por  sí;  aunque  él  más 
quiera  ser  conocido  por  rey,  no  le  creerán,  que  no  tiene  más 
que  los  otros;  es  menester  que  se  vea  por  qué  lo  creer.  Y  ansí 
es  razón  tenga  estas  autoridades  postizas;  porque  si  no  las  tu- 
viese, no  le  temían  en  nada,  porque  no  sale  de  sí  el  parecer  po- 
deroso; de  otros  le  ha  de  venir  la  autoridad.  ¡Oh  Señor  mío!  ¡oh 
Rey  mío!  ¿quién  supiera  ahora  representar  la  Majestad  que  te- 
néis! Es  imposible  dejar  de  ver  que  sois  gran  Emperador  en 
Vos  mesmo,  que  espanta  mirar  esta  Majestad;  mas  más  espanta, 
Señor  mío,  mirar  con  ella  vuestra  humildad  y  el  amor  que  mos- 
tráis a  una  como  yo. 

En  todo  se  puede  tratar  y  hablar  con  Vos  como  quisiéremos, 
perdido  el  primer  espantoi  y  temor  de  ver  Vuestra  Majestad  con 
quedar  mayor  para  no  ofenderos,  mas  no  por  miedo  del  castigo. 
Señor  mío;  porque  éste  no  se  tiene  en  nada  en  comparación  de 
no  perderos  a  Vos.  Hela  quí  los  provechos  de  esta  visión  sin 
otros  grandes  que  deja  en  el  alma.  Si  es  de  Dios  entiéndese 
por  los  efetos,  cuando  el  alma  tiene  luz;  porque,  como  muchas  ve- 
ces he  dicho,  quiere  el  Señor  que  esté  en  tinieblas  y  que  no 
vea  esta  luz,  y  ansí  no  es  mucho  tema  la  que  se  ve  tan  ruin 
como  yo. 

No  ha  más  que  ahora,  que  me  ha  acaecido  estar  ocho  días 
que  no  parece  había  en  mí  ni  podía  tener  conocimiento  de  lo 
que  debo  a  Dios,  ni  acuerdo  de  las  mercedes,  sino  tan  embobada 
el  alma  y  puesta  no  sé  en  qué,  ni  cómo,  no  en  malos  pensa- 
mientos,  mas  para  los  buenos  estaba  tan  inhábil,   que  rae  reía 


CAPITULO    XXXVII  325 

de  mí,  y  gustaba  de  ver  la  bajeza  de  un  alma  cuando  no  anda 
Dios  siempre  obrando  en  ella.  Bien  ve  que  no  está  sin  El  en 
este  estado,  que  no  es  como  los  grandes  trabajos  que  he  dicho 
tengo  algunas  veces;  mas  aunque  pone  leña  y  hace  eso  poco  que 
puede  de  su  parte,  no  hay  arder  el  fuego  de  amor  de  Dios  (1). 
Harta  misericordia  suya  es  que  se  ve  el  humo  para  entender  que 
no  está  del  todo  muerto;  torna  el  Señor  a  acender  (2),  que  enton- 
ces un  alma,  aunque  se  quiebre  la  cabeza  en  soplar  y  en  con- 
certar los  leños,  parece  que  todo  lo  ahoga  más.  Creo  es  lo 
raijor  rendirse  del  todo  a  que  no  puede  nada  por  sí  sola,  y 
entender  en  otras  cosas,  como  he  dicho,  meritorias;  porque  por 
ventura  la  quita  el  Señor  la  oración,  para  que  entienda  en  ellas 
y  conozca  por  expiriencia  lo  poco  que  puede  por  sí. 

Es  cierto  que  yo  me  he  regalado  hoy  con  el  Señor  y  atre- 
vido a  quejarme  de  Su  Majestad,  y  le  he  dicho:  ¿cómo,  Dios 
mío,  que  no  basta  que  me  tenéis  en  esta  miserable  vida,  y  que 
por  amor  de  Vos  paso  por  ello,  y  quiero  vivir  adonde  todo  es 
embarazos  para  no  gozaros,  sino  que  he  de  comer,  y  dormir,  y  ne- 
gociar, y  tratar  con  todos,  y  todo  lo  paso  por  amor  de  Vos?  Pues 
bien  sabéis.  Señor  mío,  que  me  es  tormento  grandísimo.  ¡Y  que 
tan  poquitos  ratos  como  me  quedan  para  gozar  de  Vos,  os  me 
ascondáis!  ¿Cómo  se  compadece  esto  en  vuestra  misericordia? 
¿Cómo  lo  puede  sufrir  el  amor  que  me  tenéis?  Creo  yo.  Señor, 
que  si  fuera  posible  poderme  asconder  yo  de  Vos,  como  Vos 
de  mí,  que  pienso  y  creo  del  amor  que  me  tenéis,  que  no  lo 
sufriérades.  Mas  estáisos  Vos  conmigo  y  veisme  siempre;  no 
se  sufre  esto,  Señor  mío;  suplicóos  miréis  que  se  hace  agravio 
a  quien  tanto  os  ama. 

Esto  y  otras  cosas  me  ha  acaecido  decir,  entendiendo  pri- 
mero cómo  era  piadoso  el  lugar  que  tenía  en  el  infierno  para 
lo  que  merecía;  mas  algunas  veces  desatina  tanto  el  amor,  que 
no  me  siento,  sino  que  en  todo  mi  seso  doy  estas  quejas  y 
todo  me  lo  sufre  el  Señor,  ¡ñlabado  sea  tan  buen  Rey!  ¿Llegára- 


1  Suplimos  esta  palabra  que  por  distracción  omitió  la  Santa. 

2  Por  encender,  que  diríamos  hofl. 


326  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

mos  a  los  de  la  tierra  con  estos  atrevimientos?  Aun  ya  a  el  rey 
no  me  maravillo  que  no  se  ose  hablar,  que  es  razón  se  tema  y  a 
los  señores  que  representan  ser  cabezas;  mas  está  ya  el  mundo 
de  manera,  que  habían  de  ser  más  largas  las  vidas  para  depren- 
der los  puntos,  y  novedades  y  maneras  que  hay  de  crianza,  si 
han  de  gastar  algo  de  ella  en  servir  a  Dios.  Yo  me  santiguo 
de  ver  lo  qua  pasa.  El  caso  es  que  ya  yo  no  sabía  cómo  vivir 
cuando  aquí  me  metí  (1);  porque  no  se  toma  de  burla  cuando 
hay  descuido  en  tratar  con  las  gentes  mucho  más  que  merecen, 
sino  que  tan  de  veras  lo  toman  por  afrenta,  que  es  menester 
hacer  satisfaciones  de  vuestra  intención,  si  hay,  como  digo,  des- 
cuido, y  aun  plega  a  Dios  lo  crean. 

Torno  a  decir,  que,  cierto,  yo  no  sabía  cómo  vivir,  porque 
se  ve  una  pobre  de  alma  fatigada.  Ve  que  la  mandan  que  ocupe 
siempre  el  pensamiento  en  Dios,  y  que  es  necesario  traerle  en 
El  para  librarse  de  muchos  peligros.  Por  otro  cabo,  ve  que  no 
cumple  perder  punto  en  puntos  de  mundo,  so  pena  de  no  dejar 
de  dar  ocasión  a  que  se  tienten  los  que  tienen  su  honra  puesta 
en  estos  puntos.  Traíame  fatigada  y  nunca  acababa  de  hacer 
satisfaciones,  porque  no  podía,  aunque  lo  estudiaba,  dejar  de 
hacer  muchas  faltas  en  esto,  que,  como  digo,  no  se  tiene  en  el 
mundo  por  pequeña.  Y  ¿es  verdad  que  en  las  Relisiones,  que 
de  razón  habíamos  en  estos  casos  estar  disculpados,  hay  disculpa? 
No,  que  dicen  que  los  monesterios  ha  de  ser  corte  de  crianza 
y  de  saberla.  Yo, .  cierto,  que  no  puedo  entender  esto.  He  pen- 
sado si  dijo  algún  santo  que  había  de  ser  corte  para  enseñar 
a  los  que  quisiesen  ser  cortesanos  del  cielo  y  lo  han  entendido 
al  revés;  porque  traer  este  cuidado,  quien  es  razón  le  traya 
contino  en  contentar  a  Dios  y  aborrecer  el  mundo,  que  le  pueda 
traer  tan  grande  en  contentar  a  los  que  viven  en  él,  en  estas  cosas 
que  tantas  veces  se  mudan,  no  sé  cómo.  Aun  si  se  pudieran 
deprender  de  una  vez,  pasara;  mas  aun  para  títulos  de  cartas 
es  ya  menester  haya  cátreda  adonde  se  lea  cómo  se  ha  de  hacer, 
a  manera  de  decir;   porque  ya  se  deja  papel  de  una  parte,  ya 


i      San  José  de  Avila. 


CAPITULO    XXXVII  327 

d€  otra,  y,  a  quien  no  se  solía  poner  manífico,  se  ha  de 
poner  ilustre  (1). 

Yo  no  sé  en  que  ha  de  parar,  porque  aun  no  he  yo  cincuenta 
años  (2),  y  en  lo  que  he  vivido  he  visto  tantas  mudanzas,  que 
no  sé  vivir.  Pues  los  que  ahora  nacen  y  vivieren  muchos,  ¿qué 
han  de  hacer?  Por  cierto  yo  he  lástima  a  gente  espiritual  que 
está  obligada  a  estar  en  el  mundo  por  algunos  santos  fines,  que 
es  terrible  la  cruz  que  en  esto  llevan.  Si  se  pudiesen  concertar 
todos  y  hacerse  inorantes,  y  querer  que  los  tengan  por  tales  en 
estas  ciencias,  de  mucho  trabajo  se  quitarían. 

Mas  en  qué  boberías  me  he  metido;  por  tratar  en  las  gran- 
dezas de  Dios,  he  venido  a  hablar  de  las  bajezas  del  mundo. 
Pues  el  Señor  me  ha  hecho  merced  en  haberle  dejado,  quiero  ya 
salir  de  él;  allá  se  avengan  los  que  sustentan  con  tanto  trabajo 
estas  naderías.  Plega  a  Dios  que  en  la  otra  vida,  que  es  sin  mu- 
danzas, no  las  paguemos.  Amén. 


1  Habíase  llegado  a  tal  extremo  de  exagetación  en  los  tratamientos  y  otras  triquiñuelas 
cortesanas  en  tiempos  de  Santa  Teresa,  que  no  eran  raros  los  desafíos  entre  caballeros  a  que 
daban  lugar,  viéndose  precisado  Felipe  II  a  publicar  una  pragmática  reguladora  de  tales  urbanos 
formulismos,-  si  bien  no  parece  que  consiguió  gran  cosa,  porque  sus  sucesores  hubieron  de  co- 
rregir idénticos  abusos. 

2  Habiendo  nacido  la  Santa  el  28  de  Marzo  de  1515,  escribiría  esto  tal  vez  a  principios 
de!  aflo  1565. 


CAPITULO     XXXVIII 

EN  QUE  TRATñ  DE  ALGUNAS  GRANDES  MERCEDES  QUE  EL  SEÑOR  LA 
HIZO,  ansí  en  MOSTRARLE  ALGUNOS  SECRETOS  DEL  CIELO,  COMO 
OTRAS  GRANDES  VISIONES  Y  REVELACIONES  QUE  SU  MAJESTAD 
TUVO  POR  BIEN  VIESE.  DICE  LOS  EFETOS  CON  QUE  LA  DEJABAN  Y 
EL  GRAN  APROVECHAMIENTO  QUE  QUEDABA  EN  SU  ALMA. 


Estando  una  noche  tan  mala  que.  quería  excusarme  de  tener 
oración,  tomé  un  rosario  por  ocuparme  vocalmente,  procurando 
no  recoger  el  entendimiento,  aunque  en  lo  exterior  estaba  reco- 
gida en  un  oratorio.  Cuando  el  Señor  quiere,  poco  aprovechan 
estas  diligencias.  Estuve  ansí  bien  poco,  y  vínome  un  arreba- 
tamiento de  espíritu  con  tanto  ímpetu,  que  no  hubo  poder  resistir. 
Parecíame  estar  metida  en  el  ciclo,  g  las  primeras  personas  qu^ 
allá  vi,  fué  a  mi  padre  g  madre,  g  tan  grandes  cosas  en  tan 
breve  espacio,  como  se  podía  decir  un  Avemaria,  que  go  quedé 
bien  fuera  de  mí  pareciéndome  mug  demasiada  merced.  Esto  de 
en  tan  breve  tiempo,  ga  puede  ser  fuese  más,  sino  que  se  hace 
mug  poco.  Temí  no  fuese  alguna  ilusión;  puesto  que  no  me  lo 
parecía,  no  sabía  qué  hacer,  porque  había  gran  vergüenza  de  ir 
a  el  confesor  con  esto;  g  no  por  humilde  a  mi  parecer,  sino  que 
me  parecía  había  de  burlar  de  mí  g  decir:  que  ¡qué  San  Pablo 
para  ver  cosas  del  cielo  u  San  Jerónimo!  Y  por  haber  tenido 
estos  santos  gloriosos  cosas  de  estas,  me  hacía  más  temor  a  mí, 
g  no  hacía  sino  llorar  mucho,  porque  no  me  parecía  llevaba  nin- 
gún camino.  En  fin,  aunque  más  sentí,  fui  a  el  confesor,  porque 

22  * 


330  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

callar  cosa  jamás  osaba,  aunque  más  sintiese  en  decirla,  por  el 
gran  miedo  que  tenía  de  ser  engañada.  El,  como  me  vio  tan  fati- 
gada, que  me  consoló  mucho  y  dijo  hartas  cosas  buenas  para 
quitarme  de  pena. 

Andando  más  «1  tiempo  me  ha  acaecido  y  acaece  esto  al- 
gunas veces:  íbame  el  Señor  mostrando  más  grandes  secretos; 
porque  querer  ver  el  alma  más  de  lo  que  se  le  representa,  no 
hay  ningún  remedio,  ni  es  posible,  y  ansí  no  vía  más  de  lo  que 
cada  vez  quería  el  Señor  mostrarme.  Era  tanto,  que  lo  menos 
bastaba  para  quedar  espantada  y  muy  aprovechada  el  alma 
para  estimar  y  tener  en  poco  todas  las  cosas  de  la  vida.  Qui- 
siera yo  poder  dar  a  entender  algo  de  lo  menos  que  entendía, 
y  pensando  cómo  puede  ser,  hallo  que  es  imposible;  porque 
en  sólo  la  diferencia  que  hay  de  esta  luz  que  vemos  a  la  que 
allá  se  representa,  siendo  todo  luz,  no  hay  comparación,  porque 
la  claridad  de  el  sol  parece  cosa  muy  desgustada.  En  fin,  no 
alcanza  la  imaginación,  por  muy  sutil  que  sea,  a  pintar  ni  tra- 
zar cómo  será  esta  luz,  ni  ninguna  cosa  de  las  que  el  Señor 
me  daba  a  entender  con  un  deleite  tan  soberano  que  no  se 
puede  decir;  porque  todos  los  sentidos  gozan  en  tan  alto  grado 
y  suavidad,  que  ello  no  se  puede  encarecer,  y  ansí  es  mijor 
no  decir  más. 

Había  una  vez  estado  ansí  más  de  un  hora,  mostrándome 
el  Señor  cosas  admirables,  que  no  me  parece  se  quitaba  de  cabe 
raí.  Di  jome:  Mira,  hija,  qué  pierden  los  que  son  contra  Mí;  no  de- 
jes de  decírselo,  ¡ñy,  Señor  mío,  y  qué  poco  aprovecha  mi  dicho 
a  los  que  sus  hechos  los  tienen  ciegos,  si  Vuestra  Majestad  no 
les  da  luz!  R  algunas  personas  que  Vos  la  habéis  dado,  aprove- 
chádose  han  de  saber  vuestras  grandezas;  mas  venias.  Señor 
mío,  mostradas  a  cosa  tan  ruin  y  miserable,  que  tengo  yo  en 
mucho  que  haya  habido  nadie  que  me  crea.  Bendito  sea  vuestro 
nombre  y  misericordia,  que  al  menos  a  mí  conocida  mijoría  he 
visto  en  mi  alma.  Después  quisiera  ella  estarse  siempre  allí  y 
no  tornar  a  vivir,  porque  fué  grande  el  desprecio  que  me  quedó 
de  todo  lo  de  acá.  Parecíame  basura,  y  veo  yo  cuan  bajamente 
nos  ocupamos  los  que  nos  detenemos  en  ello. 


CAPITULO    XXXVIII  331 

Cuando  estaba  con  aquella  señora  que  he  dicho  (1),  me 
acaeció  una  vez,  estando  yo  mala  del  corazón,  porque,  como 
he  dicho,  le  he  tenido  recio  aunque  ya  no  lo  es,  como  era  de 
mucha  caridad,  hízome  sacar  joyas  de  oro  y  piedras,  que  las 
tenía  de  gran  valor,  en  especial  una  de  diamantes  que  apreciaban 
en  mucho.  Ella  pensó  que  me  alegraran;  yo  estaba  riéndome 
entre  mí  y  habiendo  lástima  de  ver  lo  que  estiman  los  hombres, 
acordándome  de  lo  que  nos  tiene  guardado  el  Señor,  y  pensaba 
cuan  imposible  me  sería,  aunque  yo  conmigo  mesma  lo  quisiese 
procurar,  tener  en  algol  a  aquellas  cosas,  si  el  Señor  no  me  qui- 
taba la  memoria  de  otras. 

Esto  es  un  gran  señorío  para  el  alma  tan  grande,  que  no 
sé  si  lo  entenderá  sino  quien  lo  pos^e ;  porque  es  el  propio  y  natu- 
ral desasimiento,  porque  es  sin  trabajo  nuestro.  Todo  lo  hace 
Dios,  que  muestra  Su  Majestad  estas  verdades  de  manera,  que 
quedan  tan  imprimidas,  que  se  ve  claro  no  lo  pudiéramos  por 
nosotros  de  aquella  manera  en  tan  breve  tiempo  adquirir.  Que- 
dóme también  poco  miedo  a  la  muerte,  a  quien  yo  siempre  temía 
mucho;  ahora  paréceme  facilísima  cosa  para  quien  sirve  a  Dios, 
porque  en  un  memento  se  ve  el  alma  libre  de  esta  cárcel  y  puesta  ' 
en  descanso.  Que  este  llevar  Dios  el  espíritu  y  mostrarle  cosas 
tan  ecelent€s  en  estos  arrebatamientos,  paréceme  a  mí  conforma 
mucho  a  cuando  sale  un  alma  del  cuerpo,  que  en  un  istante 
se  ve  €n  todo  este  bien.  Dejemos  los  dolores  de  cuando  se  arran- 
ca, que  hay  poco  caso  que  hacer  de  ellos;  y  a  los  que  de  veras 
amaren  a  Dios  y  hubieren  dado  de  mano  a  las  cosas  de  esta 
vida,  más  suavemente  deben  de  morir. 

También  me  parece  me  aprovechó  mucho  para  conocer  nues- 
tra verdadera  tierra  y  ver  que  somos  acá  peregrinos,  y  es  gran 
cosa  ver  lo  que  hay  allá  y  saber  adonde  hemos  de  vivir.  Por- 
que si  uno  ha  de  ir  a  vivir  de  asiento  a  una  tierra,  esle  gran 
ayuda  para  pasar  el  trabajo  del  camino  haber  visto  que  es 
tierra  adonde  ha  de  estar  muy  a  su  descanso,  y  también  para 
considerar  las  cosas  celestiales  y  procurar  que  nuestra  conversa- 


1      D.a  Luisa  de  la  Ceida. 


332  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    TESUS 

cióti  sea  allá,  hácese  con  facilidad.  Esto  es  mucha  ganancia, 
porque  sólo  mirar  lel  cielo  recoge  el  alma;  porque  como  ha  que- 
rido el  Señor  mostrar  algo  de  lo  que  hag  allá,  estáse  pensando; 
y  acaéceme  algunas  veces  ser  los  que  me  acompañan  y  con  los 
que  me  consuelo,  los  que  sé  que  allá  viven,  y  parecerme  aqué- 
llos verdaderamente  los  vivos,  y  los  que  acá  viven  tan  muertos, 
que  todo  éi  mundo  me  parece  no  me  hace  compañía,  en  especial 
cuando  tengo  aquellos  ímpetus. 

Todo  me  parece  sueño  lo  que  veo,  y  que  es  burla  con  los 
ojos  del  cuerpo;  lo  que  he  ya  visto  con  los  de  el  alma,  es 
lo  que  ella  desea,  y  como  se  ve  lejos,  este  es  el  morir.  En  fin, 
es  grandísima  la  merced  que  el  Señor  hace  a  quien  da  semejan- 
tes visiones,  porque  la  ayuda  mucho,  y  también  a  llevar  una 
pesada  cruz,  porque  todo  no  la  satisface,  todo  le  da  en  rostro.  Y 
si  el  Señor  no  primitiese  a  veces  se  olvidase,  aunque  se  torna  a 
acordar,  no  sé  como  se  podría  vivir.  Bendito  sea  y  alabado  por 
siempre  jamás.  Plega  a  Su  Majestad  por  la  sangre  que  su  hijo 
derramó  por  mí,  que  ya  que  ha  querido  entienda  algo  de  tan 
grandes  bienes,  y  que  comience  en  alguna  manera  a  gozar  de 
ellos,  no  me  acaezca  lo  que  a  Lucifer,  que  por  su  culpa  lo  perdió 
todo.  No  lo  primita  por  quien  El  es,  que  no  tengo  poco  temor  al- 
gunas veces;  aunque  por  otra  parte,  y  lo  muy  ordinario,  la  mi- 
sericordia de  Dios  me  pone  siguridad,  que,  pues  me  ha  sacado 
de  tantos  pecados,  no  querrá  dejarme  de  su  mano  para  que  me 
pierda.  Esto  suplico  yol  a  vuestra  merced  siempre  le  suplique. 

Pues  no  son  tan  grandes  las  mercedes  dichas,  a  mi  parecer, 
como  ésta  que  ahora  diré,  por  muchas  causas  y  grandes  bienes 
que  de  ella  me  quedaron,  y  gran  fortaleza  en  el  alma;  aunque, 
mirada  cada  cosa  por  sí,  es  tan  grande  que  no  hay  que  comparar. 

Estaba  un  día,  víspera  del  Espíritu  Santo,  después  de  misa, 
fuíme  a  una  parte  bien  apartada  (1),  adonde  yo  rezaba  muchas 


1  Bien  notorio  es  que  Santa  Teresa  se  propuso  asemejar  en  lo  posible  la  vida  de  su 
Descalcez  a  los  antiguos  ermitaños,  habitadores  del  Carmelo.  Para  esto,  en  todos  los  conventos 
por  ella  fundados,  construüó  ermitillas  donde  pudiesen  las  religiosas  retirarse  a  vacar  a  Dios  en 
oración  solitaria. "En  San  José  de  Avila  construyó  varias,  alguna  de  las  cuales  se  derribó  por 
exigencia  del  Consistorio  de  la  ciudad,  que  temía  perjudicase  al  edificio  de  las  fuentes,  sobre  el 
cual   parece  se  levantaba.  En  la  sesión  celebrada   por   el   Ayuntamiento  el  11  de  Enero  de  1564 


CAPITULO    XXXVIII  333 

VGCGS,  g  comencé  a  leer  en  un  Cartujano  esta  fiesta  (1),  y  leyendo 
las  señales  que  han  de  tener  los  que  comienzan  y  aprovechan  y 
los  perfetos,  para  entender  €stá  con  ellos  el  Espíritu  Santo,  leídos 
estos  tres  estados,  parecióme,  por  la  bondad  de  Dios,  que  no 
dejaba  de  estar  conmigo,  a  lo  que  yo  podía  entender.  Están- 
dole  alabando  y  acordándome  de  otra  vez  que  lo  había  leído, 
que  estaba  bien  falta  de  todo  aquello,  que  lo  vía  yo  muy  bien, 
ansí   como   ahora   entendía   lo   contrario   de   mí,    y    ansí   conocí 


leemos:  «Trataron  los  dichos  señores  Justicia  u  Regidores  sobre  el  edificio  que  las  monjas  del 
monasterio  de  San  Jusepe  tienen  hecho  sobre  los  arcos  de  las  fuentes  de  la  cibdad,  e  habiendo 
platicado  sobre  ello,  acordaron  e  mandaron  que  el  dicho  Alonso  de  Robledo,  Procurador  gene- 
ral del  dicho  Común,  trate  con  las  dichas  monjas  el  tiempo  que  quieren  para  deshacer  el  dicho 
edificio,  e  de  la  manera  que  ha  de  quedar  para  adelante  e  lo  concierte  con  ellas».  De  la  misma 
cuestión  se  trató  en  otros  muchos  consistorios,  hasta  que,  por  fin,  pudo  venirse  a  un  arreglo 
amistoso.  Publicaremos  en  los  Apéndices  las  Actas  originales.  En  deposiciones  jurídicas  para  la 
beatificación  de  la  Santa,  hechas  por  su  sobrina  Teresa  de  Jesús,  Isabel  de  Santo  Domingo  y 
otras  religiosas,  consta  que  hubo  en  el  jardín  ermitas  de  San  Hilarión,  San  Jerónimo,  de  la  Sa- 
maritana,  de  San  Francisco,  g  dentro  del  convento  una  de  San  Alejo.  En  el  día  hag  solamente 
cuatro:  la  del  Santo  Cristo  a  la  Columna,  Santa  Catalina  Mártir,  de  San  Agustín  g  de  Nazaret. 
Forman  las  cuatro  un  solo  cuerpo  de  edificio  de  piedra,  bastante  bajo,  y  separadas  entre  sí  poi 
tabiques  interiores  g  con  entradas  independientes.  Las  ermitas  están  entre  la  puerta  de  salida  al 
jardín  y  el  pozo  de  la  Samaritana. 

Los  tres  cuadros  de  la  ermita  de  San  Agustín,  que  representan  al  Santo  en  el  huerto  en  el 
momento  de  la  conversión  y  después  de  convertido  y  a  su  madre  Santa  Mónica,  fueron  regala- 
dos por  las  Agustinas  de  Nuestra  Señora  de  Gracia.  Esta  ermita  apenas  ha  tenido  ninguna  trans- 
formación. Haciendo  reparos  en  la  del  Santo  Cristo  a  la  Columna,  quedó  completamente  des- 
cascarillada  la  imagen  de  Santa  Catalina  de  la  ermita  contigua  de  este  nombre,  la  más  pequeña 
de  las  cuatro;  pero  habiendo  caído  el  rostro  de  la  Santa  completo,  lo  recogieron  las  religiosas  e 
incrustaron  en  la  pared  de  un  dormitorio,  que  todavía  hog  se  ve,  el  cual  se  asemeja  al  que 
D.  Francisco  Guillames  hizo  pintar  en  un  cuadro  al  óleo,  que  actualmente  se  venera  en  esta  er- 
mita. La  de  Nazaret,  donde  la  Santa  recibió  más  particulares  mercedes  de  Dios,  se  conserva  como 
en  tiempo  de  la  Fundadora,  salvo  algunos  cuadros  más  que  han  colocado  allí  las  religiosas  g 
algunas  ligeras  reparaciones  que  la  Comunidad  se  ha  visto  obligada  a  hacer  para  su  conservación. 
Notable  fué  la  gracia  que  otorgó  Dios  Nuestro  Señor  a  la  Santa  víspera  de  Pascua  del  Espíritu 
Santo  en  esta  ermita,  de  la  cual  habla  en  una  de  sus  Relaciones.  En  el  centro  de  ella  hag  una 
pintura  que  representa  al  ángel  anunciando  a  María  el  misterio  de  la  Encarnación  g  al  lado  San 
José  durmiendo.  A  esta  ermita  solía  retirarse  con  mucha  frecuencia  la  Santa.  En  ella  tenía  Los 
Morales  de  San  Gregorio,  el  Cartujano  g  otros  libros.  De  la  ermita  del  santo  Cristo  a  la  Co- 
lumna, daremos  algunas  noticias  en  el  capítulo  siguiente.  Las  religiosas  las  tienen  mug  limpias  y 
bien  cuidadas  y  sirven  de  retiro  devoto  a  su  devoción  como  en  los  tiempos  primitivos. 

1  La  Vida  de  Cristo,  escrita  en  latín  por  Ludolfo  de  Sajonia,  fué  trasladada  a  nuestro  ro- 
mance, en  tiempo  del  cardenal  Cisneros,  por  Ambrosio  de  Montesinos.  La  primera  edición  salió 
de  las  prensas  de  Alcalá  de  Henares,  de  1502  a  1503.  El  título  que  a  la  obra  dio  Montesinos  era 
Vita  Christi  cattuxano.  Dividida  en  dos  partes,  era  vulgarmente  conocida  la  obra  por  el  primero, 
y  el  segundo  Cartujano,  o  los  Cartujanos  simplemente,  cuando  querían  comprender  las  dos.  En  el 
capítulo  LXXXIV  se  lee  a  este  propósito:  «El  espíritu  adonde  quiera  espira  e  no  sabes  de  dónde 
venga  ni  a  qué  parte  vaya;  mas  sin  impedimento  desto,  lo  podemos  conocer  por  conjeturas 
según  algunos  efectos  y  señales  por  las  cuales  podemos  en  alguna  manera  sospechar  si  está  el 
Espíritu  Santo  en  alguno  o  si  no  está.  Y  estas  señales  son  diferentes  según  tres  estados,  que 
son  de  los  principiantes  en  la  virtud,  y  de  los  que  aprovechan  en  jella  y  de  los  que  ya  son 
perfectos.  El  Cartujano  es  uno  de  los  libros  que  la  Santa  recomienda  a  sus  hijas  en  las 
Constituciones.  No  hay  que  confundir  a  este  autor  con  Dionisio  Cartujano,  fecundo  y  devoto 
escritor,  llamado  el  Doctor  extático.  Esto  ocunió  en  la  ermita  de  Nazaret,  del  convento  de 
Avila,  año  de  1563. 


334  VIDA    DE    SñNTA    TERESA    DE    JESÚS 

€ra  merced  grande  la  que  el  Señor  me  había  hecho.  Y  ansí  co- 
mencé a  considerar  el  lugar  que  tenía  en  el  infierno  merecido 
por  mis  pecados,  y  daba  muchos  loores  a  Dios,  porque  no  me 
parecía  conocía  mi  alma  sigún  la  vía  trocada.  Estando  en  esta 
consideración  dióme  un  ímpetu  grande,  sin  entender  yo  la  oca* 
sión;  parecía  que  el  alma  se  me  quería  salir  de  el  cuerpo,  por- 
que no  cabía  en  ella,  ni  se  hallaba  capaz  de  esperar  tanto  bien. 
Era  ímpetu  tan  ecesivo,  que  no  me  podía  valer,  y,  a  mi  parecer, 
diferente  de  otras  veces,  ni  entendía  qué  había  el  alma,  ni  qué 
quería,  que  tan  alterada  estaba.  Arrímeme,  que  aun  sentada  no 
podía  estar,   porque   la   fuerza   natural   me   faltaba   toda. 

Estando  en  esto,  veo  sobre  mi  cabeza  una  paloma,  bien  di- 
ferente de  las  de  acá,  porque  no  tenía  estas  plumas,  sino  las 
alas  de  unas  conchicas  que  echaban  de  sí  gran  resplandor.  Era 
grande  más  que  paloma;  paréceme  que  oía  el  ruido  que  hacía 
con  las  alas.  Estaría  aleando  espacio  de  un  Avemaria.  Ya  el 
alma  estaba  de  tal  suerte,  que  perdiéndose  a  sí  de  sí,  la  perdió 
de  vista.  Sosegóse  el  espíritu  con  tan  buen  huésped,  que,  sigún 
mi  parecer,  la  merced  tan  maravillosa  le  debía  de  desasosegar  y 
espantar;  y  como  comenzó  a  gozarla,  quitósele  el  miedo,  y  co- 
menzó la  quietud  con  el  gozo,  quedando  en  arrobamiento. 

Fué  grandísima  la  gloria  de  este  arrobamiento;  quedé  lo  más 
de  la  Pascua  tan  embobada  y  tonta,  que  no  sabía  qué  me  hacer 
ni  cómo  cabía  en  mí  tan  gran  favor  y  merced.  No  oía  ni  vía, 
a  manera  de  decir,  con  gran  gozo  interior.  Desde  aquel  día  en- 
tendí quedar  con  grandísimo  aprovechamiento  en  más  subido 
amor  de  Dios  y  las  virtudes  muy  más  fortalecidas.  Sea  bendito 
y  alabado  por  siempre.  Amén. 

Otra  vez  vi  la  mesma  paloma  sobre  la  cabeza  de  un  padre 
de  la  Orden  de  Santo  Domingo  (1),  salvo  que  me  pareció  los  ra- 
yos y  resplandor  de  las  mesmas  alas,  que  se  extendían  mucho 
más;    dióseme  a  entender  había  de  traer   almas  a  Dios. 

Otra  vez  vi  estar  a  ^Nuestra  Señora  puniendo  una  capa  muy 
blanca  a  el  Presentado  de  esta  mesma  Orden   (2),  de  quien  he 


1  Frau  Pedro  Ibáñez,  escribe  el  P.  Gradan 

2  El  P.  Ibáñez,  dice  el  mismo  Gracián. 


CAPITULO    XXXVIII  335 

tratado  algunas  veces.  Díjome  que  por  el  servicio  que  la  había 
hecho  en  ayudar  a  que  se  hiciese  esta  casa,  le  daba  aquel  manto 
en  señal  que  guardaría  su  alma  en  limpieza  de  ahí  adelante,  y 
que  no  cairía  en  pecado  mortal.  Yo  tengo  cierto  que  ansí  fué; 
porque  desde  a  pocos  años  murió,  y  su  muerte  y  lo  que  vivió, 
fué  con  tanta  penitencia  la  vida  y  la  muerte  con  tanta  santidad, 
que,  a  cuanto  se  puede  entender,  no  hay  que  poner  duda.  Díjome 
un  fraile  que  había  estado  a  su  muerte,  que  antes  que  expirase 
le  dijo  cómo  estaba  con  él  Santo  Tomás.  Murió  con  gran  gozo 
y  d€sco  de  salir  de  este  destierro  (1).  Después  me  ha  aparecido 
algunas   veces   con   muy   gran   gloria   y   díchome   algunas   cosas. 
Tenía   tanta  oración,   que   cuando  murió,   que   con   la   gran   fla- 
queza la  quisiera  excusar,  no  podía,  porque  tenía  muchos  arro- 
bamientos.  Escribióme  poco  antes  que  muriese,   que  qué  medio 
t€rnía;    porque,   como   acababa   de   decir   misa,   se   quedaba   con 
arrobamiento   mucho   rato,    sin   poderlo   excusar.   Dióle   Dios   al 
fin  el  premio  de  lo  mucho  que  había  servido  toda  su  vida. 

Del  Retor  de  la  Compañía  de  Jesús  (2),  que  algunas  veces 
he  hecho  del  mención,  he  visto  algunas  cosas  de  grandes  mer- 
cedes que  el  Señor  le  hacía,  que  por  no  alargar  no  las  pongo 
aquí.  Acaecióle  una  vez  un  gran  trabajo,  len  que  fué  muy  persi- 
guido,  y  se  vio  muy  aflegido.  Estando  yo  un  día  oyendo  misa, 
vi  a  Cristo  en  la  cruz  cuando  alzaban  la  Hostia;  díjome  al- 
gunas palabras  que  le  dijese  de  consuelo,  y  otras,  previnién- 
dole de  lo  que  estaba  por  venir  y  puniéndole  delante  lo  que 
había  padecido  por  él,  y  que  se  aparejase  para  sufrir.  Dióle 
esto  mucho  consuelo  y  ánimo,  y  todo  ha  pasado  después  como 
el  Señor  me  lo  dijo. 

De  los  de  la  Orden  de  este  Padre,  que  es  la  Compañía  de 
Jesús   (3),  toda  la  Orden  junta,  he  visto  grandes  cosas:    Vilos 


1  Una  nota  marginal  del  P.  Báñez  dice:  «Este  Padre  murió  Prior  en  Tríanos».  La  muerte 
ocurrió  el  2  de  Febrero  de  1565. 

2  Aunque  Qracián  y  María  de  San  José  dicen  que  la  Santa  habla  del  P.  Baltasar  Alvarez, 
parece  referirse  al  P.  Gaspar  de  Salazar. 

3  Dejamos  dicho  en  los  Preliminares  que  Fr.  Luis  de  León  suprimió  estas  dos  frases  co" 
menzando  el  párrafo:  «De  los  de  cierta  Orden»,  restablecidas  a  su  verdadera  redacción  por  los 
Carmelitas   Descaleos  en  la  edición  de  1627.  (Cfr.  Uño  Tetesiano,  día  7  de  Julio). 


336  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

en  €l  cielo  oon  banderas  blancas  en  las  manos  algunas  veces; 
y,  como  digo,  otras  cosas  he  visto  de  ellos  de  mucha  admiración, 
y  ansí  tengo  esta  Orden  en  gran  veneración,  porque  los  he  tra- 
tado mucho  y  veo  conforma  su  vida  con  lo  que  el  Señor  me  ha 
dado  de  ellos  a  entender. 

Estando  una  noche  en  oración,  comenzó  el  Señor  a  decirme 
algunas  palabras,  trayéndome  a  la  memoria  por  ellas  cuan  mala 
había  sido  mi  vida,  que  me  hacían  harta  confusión  y  pena; 
porque,  aunque  no  van  con  rigor,  hacen  un  sentimiento  y  pena 
que  deshacen,  y  siéntese  más  aprovechamiento  de  conocernos  con 
una  palabra  de  estas,  que  en  muchos  días  que  nosotros  conside- 
remos nuestra  miseria;  porque  tray  consigo  esculpida  una  verdad 
que  no  la  podemos  negar.  Representóme  las  voluntades  con  tanta 
vanidad  que  había  tenido  y  díjome  que  tuviese  en  mucho  que- 
rer que  se  pusiese  en  El  voluntad  que  tan  mal  se  había  gas- 
tado, como  la  mía,  y  admitirla  El.  Otras  veces  rae  dijo  que  me 
acordase  cuando  parece  tenía  por  honra  el  ir  contra  la  suya. 
Otras,  que  me  acordase  lo  que  le  debía,  que  cuando  yo  le  daba 
mayor  golpe,  estaba  El  haciéndome  mercedes.  Si  tenía  algunas 
faltas,  que  no  son  pocas,  de  manera  me  las  da  Su  Majestad  a 
entender,  que  toda  parece  me  deshago,  y  com«o  tengo  muchas, 
es  muchas  veces.  Acaecíame  reprehenderme  el  confesor,  y  que- 
rerme consolar  en  la  oración,  y  hallar  allí  la  reprehensión  ver- 
dadera. 

Pues  tornando  a  lo  que  decía,  como  comenzó  el  Señor  a 
traerme  a  la  memoria  mi  ruin  vida,  a  vuelta  de  mis  lágrimas, 
como  yo  entonces  no  había  hecho  nada,  a  mi  parecer,  pensé  si 
me  quería  hacer  alguna  merced.  Porque  es  muy  ordinario,  cuan- 
do alguna  particular  merced  recibo  del  Señor,  haberme  primero 
deshecho  a  mí  mesma,  para  que  vea  más  claro  cuan  fuera  de 
merecerlas  yo  son;  pienso  lo  debe  el  Señor  de  hacer.  Desde 
a  un  poco  fué  tan  arrebatado  mi  espíritu,  que  casi  me  pareció 
estaba  del  todo  fuera  del  cuerpo;  al  menos  no  se  entiende 
que  se  vive  en  él.  Vi  a  la  Humanidad  sacratísima  con  más  ecesiva 
gloria  que  jamás  la  había  visto.  Representóseme  por  una  noticia 
admirable  y  clara  estar  metido  en  los  pechos  de  el  Padre;  esto 


•  CAPITULO    XXXVIII  337 

no  sabré  yo  decir  como  es,  porque,  sin  ver,  me  pareció  me 
vi  presente  de  aquella  Divinidad.  Quedé  tan  espantada  y  de  tal 
manera,  que  me  parece  pasaron  algunos  días  que  no  podía  tor- 
nar €n  mí;  y  siempre  me  parecía  traía  presente  aquella  ma- 
jestad del  Hijo  de  Dios,  aunque  no  era  como  la  primera. 
Esto  bien  lo  entendía  yo,  sino  que  queda  tan  esculpido  en  la 
imaginación,  que  no  lo  puede  quitar  de  sí,  por  en  breve  que 
haya  pasado,  por  algún  tiempo,  y  es  harto  consuelo  y  aún 
aprovech  amiento. 

Esta  mesma  visión  he  visto  otras  tres  veces.  Es  a  mi  parecer 
la  más  subida  visión  que  el  Señor  me  ha  hecho  merced  que 
vea,  y  tray  consigo  grandísimos  provechos.  Parece  que  purifica 
el  alma  en  gran  manera  y  quita  la  fuerza  casi  de  el  todo:  a  esta 
nuestra  sensualidad.  Es  una  llama  grande,  que  parece  abrasa 
y  aniquila  todos  los  deseos  de  la  vida;  porque  ya  que  yo,  gloria 
a  Dios,  no  los  tenía  en  cosas  vanas,  declaróseme  aquí  bien 
cómo  era  todo  vanidad  y  cuan  vanos,  y  cuan  vanos  (1)  son  los 
señoríos  de  acá;  y  es  un  enseñamiento  grande  para  levantar 
los  deseos  en  la  pura  verdad.  Queda  imprimido  un  acatamiento 
que  no  sabré  yo  decir  cómo,  mas  es  muy  diferente  de  lo  que 
acá  podemos  adquirir.  Hace  un  espanto  a  el  alma  grande  de  ver 
cómo  osó,  ni  puede  nadie  osar  ofender  una  Majestad  tan  gran- 
dísima. 

ñlgunas  veces  habré  dicho  estos  efetos  de  visiones  y  otras 
cosas;  mas  ya  he  dicho  que  hay  más  y  menos  aprovechamiento; 
de  ésta  queda  grandísimo.  Cuando  yo  me  llegaba  a  comulgar,  y 
me  acordaba  de  aquella  Majestad  grandísima  que  había  visto, 
y  miraba  que  era  el  que  estaba  en  el  Santísimo  Sacramento,  y 
muchas  veces  quiere  el  Señor  que  le  vea  en  la  Hostia,  los  cabellos 
se  me  espeluzaban  y  toda  parecía  me  aniquilaba.  ¡Oh  Señor 
mío!  Mas  si  no  encubriérades  vuestra  grandeza,  ¿quién  osara 
llegar  tantas  veces  a  juntar  cosa  tan  sucia  y  miserable  con  tan 
gran  Majestad?  Bendito  seáis.  Señor.  Alábenos  los  ángeles  y 
todas  las   criaturas,   que   ansí  medís  las  cosas   con   nuestra  fla- 


1      Así  viene  en  el  original. 


338  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

queza,  para  que,  gozando  de  tan  soberanas  mercedes,  no  nos 
espante  vuestro  gran  poder,  de  manera  que  aun  no  las  osemos 
gozar  como  gente  flaca  y  miserable. 

Podríanos  acaecer  lo  que  a  |un  labrador,  y  esto  sé  cierto  que 
pasó  ansí.  Hallóse  un  tesoro,  y  como  era  más  que  cabía  en  su 
ánimo,  que  era  bajo,  en  viéndose  con  él  le  dio  una  tristeza, 
que  poco  a  poco  se  vino  a  morir  de  puro  afligido  y  cuidadoso 
de  no  saber  qué  hacer  de  él.  Si  no  le  hallara  junto,  sino  que 
poco  a  poco  se  le  fueran  dando  y  sustentando  con  ello,  viviera 
más  contento  que  siendo  pobre  y  no  le  costara  la  vida. 

¡Oh  riqueza  de  los  pobres,  y  qué  admirablemente  sabéis 
sustentar  las  almas,  y  sin  que  vean  tan  grandes  riquezas,  poco 
a  poco  se  las  vais  mostrando!  Cuando  yo  veo  una  majestad  tan 
grande  disimulada  en  cosa  tan  poca  como  es  la  Hostia,  es  ansí 
que  después  acá  a  mí  me  admira  sabiduría  tan  grande,,  y  no  sé 
cómo  me  da  el  Señor  ánimo  ni  esfuerzo  para  llegarme  a  El,  si 
El,  que  me  ha  hecho  tan  grandes  mercedes  y  hace,  no  me  le 
diese;  ni  sería  posible  poderlo  disimular,  ni  dejar  de  decir  a 
voces  tan  grandes  maravillas.  ¿Pues  qué  sentirá  una  miserable 
como  yo,  cargada  de  abominaciones,  y  que  con  tan  poco  temor 
de  Dios  ha  gastado  su  vida,  de  verse  Ikgar  a  este  Señor  de  tan 
gran  majestad  cuando  quiere  que  mi  alma  le  vea?  ¿Cómo  ha 
de  juntar  boca,  que  tantas  palabras  ha  hablado  contra  el  raesmo 
Señor,  a  aquel  cuerpo  gloriosísimo,  lleno  de  limpieza  y  de  pia- 
dad?  Que  duele  mucho  más  y  aflige  al  alma,  por  no  le  haber 
servido,  el  amor  que  muestra  aquel  rostro  de  tanta  hermosura, 
con  una  ternura  y  afabilidad,  que  temor  pone  la  majestad  que 
ve  en  El. 

Mas  ¿qué  podría  yo  sentir  dos  veces  que  vi  esto  que  diré? 
Cierto,  Señor  mío  y  gloria  mía,  que  estoy  por  decir,  que  en  al- 
guna manera,  en  estas  grandes  afliciones  que  siente  mi  alma,  he 
hecho  algo  en  vuestro  servicio.  ¡Ay,  que  no  sé  qué  me  digo,  que, 
casi  sin  hablar  yo,  escribo  ya  esto!,  porque  me  hallo  turbada 
y  algo  fuera  de  mí,  como  he  tornado  a  traer  a  mi  memoria  estas 
cosas.  Bien  dijera,  si  viniera  de  mí  este  sentimiento,  que  había 
hecho  algo  por  Vos,  Señor  mío;  mas,  pues  no  puede  haber  buen 


CAPITULO    XXXVIII  539 

pensamiento  si  Vos  no  le  dais,  no  hay  que  me  agradecer;   yo 
soy  la  deudora,  Señor,  y  Vos  el  ofendido. 

Llegando  una  vez  a  comulgar,  vi  dos  demonios  con  los  ojos 
del  alma  (1),  más  claro  que  con  los  de  el  cuerpo,  con  muy  abo- 
minable figura.  Paréceme  que  los  cuernos  rodeaban  la  gargan- 
ta del  pobre  sacerdote,  y  vi  a  mi  Señor  con  la  majestad  que 
tengo  dicha,  puesto  en  aquellas  manos,  en  la  Forma  que  me 
iba(  a  (dar,  que  se  vía  claro  ser  ofendedoras  suyas,  y  entendí  es- 
tar aquel  alma  en  pecado  mortal.  ¿Qué  sería,  Señor  mío,  ver  esta 
vuestra  hermosura  entre  figuras  tan  abominables?  Estaban  ellos 
como  amedrentados  y  espantados  delante  de  Vos;  que  de  buena 
gana  parece  que  huyeran,  si  Vos  los  dejárades  ir.  Dióme  tan 
gran  turbación,  que  no  sé  cómo  pude  comulgar,  y  quedé  con  gran 
temor,  pareciéndome,  que  si  fuera  visión  de  Dios,  que  no  pri- 
mitiera  Su  Majestad  viera  yo  el  mal  que  estaba  en  aquel  alma.  Dí- 
jome  el  mesmo  Señor  que  rogase  por  él,  y  que  lo  había  primi- 
tido  para  que  entendiese  yo  la  fuerza  que  tienen  las  palabras  de 
la  consagración,  y  cómo  no  deja  Dios  de  estar  allí  por  malo 
que  sea  el  sacerdote  que  las  dice,  y  para  que  viese  su  gran 
bondad,  cómo  se  pone  en  aquellas  manos  de  su  enemigo,  y  todo 
para  bien  mío  y  de  todos.  Entendí  bien  cuan  más  obligados  están 
los  sacerdotes  a  ser  buenos  que  otros,  y  cuan  recia  cosa  es 
tomar  este  Santísimo  Sacramento  indinamente,  y  cuan  señor  es 
el  demonio  de  el  alma  que  está  en  pecado  mortal.  Harto  gran  pro-" 
vecho  me  hizo  y  harto  conocimiento  me  puso  de  lo  que  debía 
a  Dios.  Sea  bendito  por  siempre  jamás. 

Otra  vez  me  acaeció  ansí  otra  cosa  que  me  espantó  muy 
mucho.  Estaba  en  una  parte  adonde  se  murió  cierta  persona 
que  había  vivido  harto  mal,  sigún  supe  y  muchos  años.  Mas 
había  dos  que  tenía  enfermedad,  y  en  algunas  cosas  parece  es- 
taba con  enmienda.  Murió  sin  confesión,  mas  con  todo  esto  no 
me  parecía  a  mí  que  se  había  de  condenar.  Estando  amortajando 
el  cuerpo,  vi  muchos  demonios  tomar  aquel  cuerpo  (2),  y  parecía 
que  jugaban  con  él,  y  hacían  también  justicias  en  él,  que  a  mí 


1  Llama  «ojos  del  alma»  a  la  imaginación. 

2  Habla,  según  Ribera  (1,  IV,  c.  V),  de  un  caballero  rico. 


340  VIDñ    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

me  puso  gran  pavor;  que  con  garfios  grandes  le  traían  de  uno 
en  otro.  Como  le  vi  llevar  a  enterrar  con  la  honra  y  cerimonias 
que  a  todos,  yo  estaba  pensando  la  bondad  de  Dios  cómo  no 
quería  fuese  infamada  aquel  alma,  sino  que  fuese  encubierto  ser 
su  enemiga.  ^ 

Estaba  yo  medio  boba  de  lo  que  había  visto.  En  todo  el 
Oficio  no  vi  más  demonio;  después,  cuando  echaron  el  cuerpo 
en  la  sepoltura,  era  tanta  la  multitud  que  estaban  dentro  para 
tomarle,  que  yo  estaba  fuera  de  mí  de  verlo,  y  no  era  menester 
poco  ánimo  para  disimularlo.  Consideraba  qué  harían  de  aquel 
alma  cuando  ansí  se  enseñoreaban  del  triste  cuerpo.  Pluguiera 
el  Señor  que  esto  que  yo  vi  cosa  tan  espantosa,  vieran  todos 
los  que  están  en  mal  estado,  que  me  parece  fuera  gran  cosa 
para  hacerlos  vivir  bien.  Todo  esto  me  hace  más  conocer  lo  que 
debo  a  Dios  y  de  lo  que  me  ha  librado.  Anduve  harto  temerosa 
hasta  que  lo  traté  con  mi  confesor,  pensando  si  era  ilusión  del 
demonio  para  infamar  aquel  alma,  aunque  no  estaba  tenida  por 
de  mucha  cristiandad;  verdad  es  que,  aunque  no  fuese  ilusión, 
siempre  me  hace  temor  que  se  me  acuerda. 

Ya  que  he  comenzado  a  decir  de  visiones  de  difuntos,  quiero 
decir  algunas  cosas  que  el  Señor  ha  sido  servido  en  este  caso 
que  vea  de  algunas  almas.  Diré  pocas  por  abreviar,  y  por  no 
ser  necesario,  digo  para  ningún  aprovechamiento.  Dijéronme  era 
muerto  un  nuestro  Provincial,  que  había  sido,  y  cuando  murió 
lo  €ra  de  otra  Provincia,  a  quien  yo  había  tratado  y  debido  al- 
gunas buenas  obras  (1).  Era  persona  de  muchas  virtudes.  Como 
lo  supe  que  era  muerto,  dióme  mucha  turbación,  porque  temí  su 
salvación,  que  había  sido  veinte  años  perlado,  cosa  que  yo  temo 
mucho,  cierto,  por  parecerme  cosa  de  mucho  peligro  tener  cargo 
de  almas,  y  con  mucha  fatiga  me  fui  a  un  oratorio.  Dile  todo  el 
bien  que  había  hecho  en  mi  vida,  que  sería  bien  poco,  y  ansí  lo 
dije  a  el  Señor  que  supliesen  los  méritos  suyos  lo  que  había 
menester  aquel  alma  para  salir  de  purgatorio. 


1  Ningún  Provincial  calzado  favoreció  tanto  a  Santa  Teresa  como  el  P.  Ángel  de  Salazar, 
pero  como  éste  murió  más  tarde,  tal  vez  se  refiera  aquí  al  P.  Gregorio  Fernández,  de  quien 
hablamos  en  el  capítulo  XXXIl,  p.  269. 


CAPITULO    XXXVIII  341 

Estando  pidiendo  esto  a  el  Señor,  lo  mijor  que  yo  podía, 
parecióme  salía  del  profundo  de  la  tierra  a  mi  lado  derecho, 
y  vile  subir  al  cielo  con  grandísima  alegría.  El  era  ija  bien 
viejo,  mas  vik  de  edad  de  treinta  años,  y  aun  menos  me  pareció, 
y  con  resplandor  en  el  rostro.  Pasó  muy  en  breve  esta  visión; 
mas  en  tanto  extremo  quedé  consolada,  que  nunca  me  pudo  dar 
más  pena  su  muerte,  aunque  vía  fatigadas  personas  hartas  por 
él,  que  era  muy  bienquisto.  Era  tanto  el  consuelo  que  tenía 
mi  alma,  qu2  ninguna  cosa  se  me  daba,  ni  podía  dudar  en  que  era 
buena  visión;  digo  que  no  era  ilusión.  Había  no  más  de  quince 
días  que  era  muerto;  con  todo,  no  descuidé  de  procurar  le  enco- 
mendasen a  Dios  y  hacerlo  yo,  salvo  que  no  podía  con  aquella 
voluntad  que  si  no  hubiera  visto  esto;  porque,  cuando  ansí 
el  Señor  me  lo  muestra,  y  después  las  quiero  encomendar  a  Su 
Majestad,  paréceme,  sin  poder  más,  que  es  como  dar  limosna  al 
rico.  Después  supe,  porque  murió  bien  lejos  de  aquí,  la  muerte 
que  el  Señor  le  dio,  que  fué  de  tan  gran  edificación,  que  a  todos 
dejó  espantados  del  conocimiento,  y  lágrimas  y  humildad  con 
que  murió. 

Habíase  muerto  una  monja  en  casa  había  poco  más  de  día 
y  medio,  harto  sierva  de  Dios.  Estando  diciendo  una  lición  de 
difuntos  una  monja,  que  se  decía  por  ella  en  el  coro,  yo  estaba 
en  pie  pa  ayudarla  a  decir  el  verso.  R  la  mitad  de  la  lición 
la  vi  que  me  pareció  salía  el  alma  de  la  parte  que. la  pasada,  y 
que  se  iba  ai  cielo  (1).  Esta  no  fué  visión  imaginaria,  como 
la  pasada,  sino  como  otras  que  he  dicho;  mas  no  se  duda  más  que 
las  que  se  ven. 

Otra  monja  se  murió  en  mi  mesma  casa,  de  hasta  deciocho 


1  Habla  de  religiosas  de  la  Encarnación,  porque  cuando  escribía  esto  no  había  muerto  aún 
ninguna  en  San  José. 

En  una  Relación  antigua  hecha  por  dos  Carmelitas  de  la  Observancia,  que  parece  fueron  con- 
fesores de  la  Encarnación,  hacen  constar  que  a  los  veinte  días  de  salir  la  Santa  a  S.  José,  murió 
en  las  Calzadas  Ana  de  S.  Pablo,  a  las  diez  de  la  noche;  u  a  la  mañana  siguiente  mandó  a  pre- 
guntar quién  había  muerto  «porque  por  sus  ojos  la  había  visto  ir  de  la  cama  al  cielo».  (Cfr.  Me" 
morías  historiales,  1.  R.,  n.  190).  D.a  Quiteria  de  Avila  depone  en  el  Proceso  de  beatificación 
de  la  Santa,  que  «yendo  otra  vez  a  verla  esta  declarante  a  San  Joseph...  ij  gendo  penada  por  la 
enfermedad  de  una  hermana  suga  monja  que  estaba  en  la  Encarnación  con  esta  testigo,  la  con- 
soló la  Madre  diciéndole  que  no  tuviese  pena  ninguna,  porque  estando  ella  comulgando  la  había 
visto  subir  al  cielo,  resplandeciente  como  un  cristal».  Quizá  os  dos  casos  que  refiere  en  el  texto 
sean  de  estas  religiosas. 


342  VIDA    DE    SHNTft    TERESA    DE    JESÚS 

u  veinte  años.  Siempre  había  sido  enferma'  y  mug  sierva  de  Dios, 
amiga  de  el  coro  y  harto  virtuosa.  Yo  cierto  pensé  no  entrara 
en  purgatorio,  porque  eran  muchas  las  enfermedades  que  había 
pasado,  sino  que  le  sobraran  méritos.  Estando  en  las  Horas, 
antes  que  la  enterrasen,  habría  cuatro  horas  que  era  muerta, 
entendí  salir  de  el  mismo  lugar  y  irse  al  cielo. 

Estando  en  un  Coiesio  de  la  Compañía  de  Jesús,  con  los 
grandes  trabajos  que  he  dicho  tenía  algunas  veces,  y  tengo,  de 
alma  y  de  cuerpo,  estaba  de  suerte  que  aun  un  buen  pensamiento, 
a  mi  parecer,  no  podía  admitir.  Habíase  muerto  aquella  noche 
un  hermano  de  aquella  casa  de  la  Compañía  (1),  y  estando  como 
podía  encomendándole  a  Dios  y  oyendo  misa  de  otro  Padre 
de  la  Compañía  por  él,  dióme  un  gran  recogimiento,  y  vile 
subir  a  el  cielo  con  mucha  gloria  y  al  Señor  con  él.  Por  par- 
ticular favor  entendí  era  ir  Su  Majestad  con  él. 

Otro  fraile  de  nuestra  Orden  (2),  harto  buen  fraile,  estaba 
mug  malo,  y  estando  yo  en  misa  me  dio  un  recogimiento,  y 
vi  cómo  era  muerto  y  subir  a  el  cielo  sin  entrar  en  purgatorio. 
Murió  aquella  hora  que  yo  lo  vi,  sigún  supe  después.  Yo  me 
espanté  de  que  no  había  entrado  en  purgatorio.  Entendí  que  por 
haber  sido  fraile  que  había  guardado  bien  su  profesión,  le  habían 
aprovechado  las  Bulas  de  la  Orden  para  no  entrar  en  purgatorio. 
No  entiendo  por  qué  entendí  esto;  paréceme  debe  ser  porque 
no  está  el  ser  fraile  en  el  hábito,  digo  en  traerle,  para  gozar 
de  el  estado  de  más  perfedón,  que  es  ser  fraile. 

No  quiero  decir  más  de  estas  cosas;  porque,  como  he  dicho, 
no  hay  para  qué,  aunque  son  hartas  las  que  el  Señor  me  ha 
hecho  merced  que  vea.  Mas  no  he  entendido,  de  todas  las  que  he 
visto,  dejar  ningún  alma  de  entrar  en  purgatorio,  si  no  es  la 
de  este  Padre  y  el  santo  Fray  Pedro  de  Alcántara  y  el  Padre 


1  Llamábase  este  hermano  Alonso  de  Henao,  que  había  venido  del  Colegio  de  Alcalá  h 
murió  el  11  de  Abril  de  1557.  (Cfr.  Memorias  historiales,  n.  277). 

2  «Fraü  Matía»,  nota  Gtacién.  Su  nombre  completo  es  Diego  Matías,  carmelita  calzado  de 
Avila,  religioso  de  muy  aventajado  espíritu  y  confesor  por  algún  tiempo  de  la  Encarnación.  De 
él  habla  Carramolino  en  el  tomo  I  de  su  obra  Monasterios  y  Conventos  de  varones.  (Avila). 
En  las  Informaciones  de  Valladolid  dijo  la  Madre  Dorotea  de  la  Cruz,  que  el  religioso  carmelita 
que  vio  la  Santa  no  pasar  por  el  purgatorio,  era  confesor  de  la  Encarnación.  Llamábase  Diego 
de  San  Matías 


CAPITULO    XXXVIII  543 

Dominico  que  queda  dicho  (1).  De  algunos  ha  sido  el  Señor 
servido  vea  los  grados  que  tienen  de  gloria,  representándoseme 
en  los  lugares  que  se  ponen.  Es  grande  la  diferencia  que  hay 
de  unos  a  otros. 


1  Escribía  esto  la  Santa  del  P.  Pedro  Ibáñez  en  1565.  Como  ha  podido  colegirse  por  este 
capítulo  y  otros  pasajes  de  la  Vida,  Santa  Teresa  fué  muy  devota  de  las  almas  del  purgatorio, 
ü  dejó  muy  asentada  en  la  Descalcez  esta  devoción,  así  como  la  de  San  José,  de  la  Infancia  de 
Jesús  y  otras  muchas.  Hablando  la  sobrina  de  la  Santa  (Teresita,  hija  de  D.  Lorenzo),  de  este 
particular,  dice  en  el  proceso  de  Avila:  «Con  las  ánimas  del  purgatorio  tenía  particular  caridad  y 
ofrecíalas  muchas  oraciones  y  obras  pías.  Decía  que  poco  iba  en  que  ella  estuviese  en  el  purga- 
torio, a  trueque  de  ayudar  algo  dende  esta  vida  a  alguna  alma  de  las  que  padecían  en  él.  Casi 
todas  sus  obras  y  oraciones  ofrecía  por  el  bien  común  de  dichas  almas,  como  por  el  aumento  de 
la  Iglesia  y  conversión  de  los  herejes». 


CAPITULO    XXXIX 

PROSIGUE  EN  LA  MESMñ  MaTERIñ  DE  DECIR  LAS  GRANDES  MERCEDES 
QUE  LE  HA  HECHO  EL  SEÑOR.  TRATA  DE  COMO  LE  PROMETIÓ 
DE  HACER  POR  LAS  PERSONAS  QUE  ELLA  LE  PIDIESE.  DICE  AL- 
GUNAS COSAS  SEÑALADAS  EN  QUE  LE  HA  HECHO  SU  MAJESTAD 
ESTE    FAVOR. 


Estando  yo  una  vez  importunando  a  el  Señor  mucho  por- 
que dkse  vista  a  una  persona  qu€  yo  tenia  obligación,  que  la 
había  del  todo  casi  perdido,  yo  teníak  gran  lástima,  y  te- 
mía por  mis  pecados  no  me  había  el  Señor  de  oír.  Aparecióme 
como  otras  veces,  y  comenzóme  a  mostrar  la  llaga  de  la  mano 
izquierda,  y  con  la  otra  sacaba  un  clavo  grande  que  en  ella  tenía 
metido;  parecíame  que  a  vuelta  del  clavo  sacaba  la  carne. 
Víase  bien  el  gran  dolor,  que  me  lastimaba  mucho,  y  díjome 
que  quien  aquello  había  pasado  por  mí,  que  no  duda  sino  que 
mijor  haría  lo  que  le  pidiese;  que  El  me  prometía  que  ninguna 
cosa  le  pidiese  que  no  la  hiciese;  que  ya  sabía  El  que  yo  no 
pediría  sino  conforme  a  su  gloria,  y  que  ansí  haría  esto  que 
ahora  pedía.  Que  aun  cuando  no  le  servía,  mirase  yo  que  no 
le  había  pedido  cosa  que  no  la  hiciese  mijor  que  yo  lo  sabía 
pedir;  que  cuan  mijor  lo  haría  ahora  que  sabía  le  amaba;  que 
no  dudase  de  esto.  No  creo  pasaron  ocho  días  que  el  Señor  no 
tornó  la  vista  a  aquella  persona.  Esto  supo  mi  confesor  luego. 
Ya  puede  ser   no  fuese  por   mi  oración;    mas  yo,   como   había 

23  * 


346  VIDñ    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

visto  esta   visión,   quedóme   una   certidumbre,   que,   por   merced 
hecha  a  mí,  di  a  Su  Majestad  las  gracias. 

Otra  vez  estaba  una  persona  muy  enfermo  de  una  enfer- 
medad muy  penosa,  que  por  ser  no  sé  de  qué  hechura,  no  la 
señalo  aquí  (1).  Era  cosa  incomportable  lo  que  había  dos  meses 
que  pasaba,  y  estaba  en  un  tormento  que  se  despedazaba.  Fuélc 
a  ver  mi  confesor,  que  era  el  Retor  que  he  dicho,  y  húbole  gran 
lástima,  y  díjorae  que  en  todo  caso  le  fuese  a  ver,  que  era  persona 
que  yo  lo  podía  hacer,  por  ser  mi  deudo.  Yo  fui  y  movióme 
a  tener  de  él  tanta  piadad,  que  comencé  muy  importunamente 
a  pedir  su  salud  a  el  Señor.  En  esto  vi  claro,  a  todo  mi  parecer, 
la  merced  que  me  hizo;  porque  luego,  otro  día,  estaba  del 
todo  bueno  de  aquel  dolor. 

Estaba  una  vez  con  grandísima  pena  porque  sabía  que  una 
persona,  a  quien  yo  tenía  mucha  obligación,  quería  hacer  una 
cosa  harto  contra  Dios  y  su  honra,  y  estaba  ya  muy  determinado 
a  ello.  Era  tanta  mi  fatiga,  que  no  sabía  qué  hacer  remedio  para 
que  lo  dejase,  y  aparecía  que  no  le  había.  Supliqué  a  Dios 
muy  de  corazón  que  le  pusiese;  mas  hasta  verlo  no  podía  ali- 
viarse mi  pena.  Fuíme,  estando  ansí,  a  una  ermita  bien  apartada, 
que  las  hay  en  este  monesterio,  y  estando  en  una,  adonde 
está  Cristo  a  la  Coluna,  suplicándole  me  hiciese  esta  merced, 
oí  que  me  hablaba  una  voz  muy  suave,  como  metida  en  un  silbo. 
Yo  me  espelucé  toda,  que  me  hizo  temor,  y  quisiera  entender  lo 
que  me  decía;  mas  no  pude,  que  pasó  muy  en  breve  (2).  Pasado 


1  Se  trata  de  una  persona  diabética,  a  lo  que  parece.  Según  Gracián  el  enfermo  era  «su 
primo  hermano  Pedro  Mexía». 

2  De  una  casilla  vieja,  que  servía  de  palomar  y  estaba  dentro  de  la  cerca  de  la  huerta, 
hizo  la  Santa  la  ermita  del  Santo  Cristo  de  la  Columna.  Entrando  en  ella,  a  la  derecha,  y 
sobre  un  pequeño  saliente,  está  la  imagen  de  Jesús,  con  una  llaga  en  el  codo  del  brazo 
izquierdo,  que  le  da  gracia  especial.  La  imagen,  si  no  es  un  primor  artístico,  es  muy  devota  y 
compasiva  e  infunde  al  contemplarla  devoción  muy  tierna.  Enfrente  de  esta  imagen  hay  otra  de 
San  Pedro  llorando.  Desde  que  la  Santa  Madre  vio  así  a  Jesús  en  visión  imaginaria  en  el  mo- 
nasterio de  la  Encarnación,  tuvo  singular  empeño  en  reproducirla  en  pintura,  como  lo  hizo  ape- 
nas fundado  el  convento  de  San  José.  En  el  Proceso  de  beatificación  de  la  Santa  hecho  en  Avila, 
se  habla  repetidas  veces  de  cosas  singulares  acaecidas  en  esta  devota  ermita. 

Luis  Pacheco  de  Espinosa  hablando  de  ella  dice:  «La  dicha  beata  Madre  hizo  pintar  una 
Imagen  de  Cristo  Nuestro  Señor  a  la  Columna,  y  la  había  pintado  Hierónimo  Dávila,  vecino 
desta  ciudad  y  había  héchole  poner  en  ella  un  rasgón  en  su  santísima  carne,  en  el  brazo 
izquierdo  de  junto  al  codo,  cosa  que  no  había  visto  el  testigo  en  otra  alguna  imagen.  Quiso 
saber  del  dicho  Hierónimo  Dávila  la  causa  porque  en  algunas  imágenes  hechas  de  mano  estaba 
la  dicha  particularidad;  el  cual  le  dijo  que  había  pintado  a  instancia  de  la  dicha   Beata  Madre  la 


CAPITULO    XXXIX  347 

mi  temor,  qu€  fué  presto,  quedé  con  un  sosiego  g  gozo  y  deleite 
interior  que  yo  me  espanté,  que  sólo  oir  una  voz,  que  esto 
oílo  con  los  oídos  corporales  y  sin  entender  palabra,  hiciese 
tanta  operación  en  el  alma.  En  esto  vi  que  s€  había  de  hacer 
lo  qu€  pedía,  y  ansí  fué  qu€  s€  me  quitó  de  el  todo  la  pena, 
en  cosa  que  aun  no  era,  com<)t  si  lo  viera  hecho  como  fué  des- 
pués. Díjelo  a  mis  confesores,  que  tenía  entonces  dos,  harto 
letrados  y  siervos  de  Dios  (1). 

Sabía  que  una  persona  que  se  había  determinado  a  servir 
muy  de  veras  a  Dios,  y  tenido  algunos  días  oración,  y  en 
ella  le  hacía  Su  Majestad  muchas  mercedes,  y  que  por  ciertas 
ocasiones  que  había  tenido  la  había  dejado,  y  aun  no  se  apar- 
taba de  €llas,  y  eran  bien  peligrosas.  A  mí  me  dio  grandísima 
pena  por  ser  persona  a  quien  quería  mucho  y  debía;  creo  fué 
más  de  un  mes  que  no  hacía  sino  suplicar  a  Dios  tornase  esta 
alma  a  Sí.  Estando  un  día  en  oración,  vi  un  demonio  cabe  mí 


dicha  imagen  en  la  dicha  ermita  al  fresco,  u  que  le  iba  diciendo  ansí  como  la  iba  pintando,  cómo 
había  de  poner  ansí  las  facciones  del  rostro,  postura  del  cabello  u  miembros  del  cuerpo;  y  que 
ella  dijo  pusiese  la  dicha  señal  u  rasgón  en  aquel  traslado  que  hacía  de  aquel  santísimo  cuerpo; 
a  que  habiéndole  puesto,  la  dicha  Beata  Madre  se  había  anobado».  Por  los  años  de  1606  se  re- 
paró algo  la  ermita  sin  tocar  la  imagen,  costeando  los  gastos  D.  Francisco  Guillamas,  que  había 
obtenido  en  su  mujer  D.a  Catalina  una  curación  prodigiosa,  por  mediación  de  la  venerable  Her- 
mana Catalina  de  Jesús,  que  encomendó  el  negocio  a  esta  devota  imagen.  De  la  reparación 
hecha  por  Guillamas  escribe  en  estos  términos  Jerónimo  de  San  José:  «Esta  ermita  renovó,  sa- 
cándola de  sus  cimientos,  dejando  sólo  estas  dos  paredes  de  las  imágenes  dichas,  el  mismo 
Francisco  de  Guillamas,  que  hizo  las  tres  capillas  de  la  iglesia,  y  la  dispuso  en  esta  forma: 
repartió  el  cuerpo  della  en  tres  bóvedas,  dos  a  los  lados  donde  están  las  santas  imágenes  de 
Cristo  a  de  San  Pedro,  y  otra  en  medio,  en  cuyo  testero  puso  un  altar  de  piedra  y  una  muy 
devota  imagen  de  N.  M.  Santa  Teresa  de  lo  mismo,  cubierta  con  dos  velos,  y  delante  della  una 
lámpara  de  plata,  que  siempre  arde.  Es  todo  el  casco  de  la  ermita,  fuera  de  las  dos  paredes 
dichas,  que  son  de  tierra,  y  sus  bóvedas,  que  son  de  yeso  y  ladrillo,  de  piedra  de  sillería,  bien 
labrada  y  fuerte,  y  la  obra  muy  prima  y  curiosa».  (Historia  del  Carmen  Descalzo,  1.  IV,  c.  XV, 
p.  710).  D.  Antonio  Palomino,  en  el  primer  tomo  de  su  Museo  Pictórico,  habla  de  una  restau- 
ración de  esta  pintura  en  1670,  época  en  que  estaba  sumamente  deteriorada.  Hizo  la  restaura- 
ción D.  Francisco  Rizi,  «hombre,  dice  el  aludido  escritor,  de  conocida  habilidad  y  buena  vida». 
A  partir  de  esta  fecha,  no  hay  memoria  en  la  comunidad  de  San  José  de  que  se  haya  hecho 
en  la  imagen  ningún  retoque.  Día  y  noche  arde  una  lámpara  delante  de  ella  y  todos  los  viernes 
del  año  pasa  en  oración  alguna  rehgiosa  de  doce  a  tres  de  la  tarde. 

1  PP.  García  de  Toledo  y  Domingo  Báflez.  El  P.  Báñez,  dominico  insigne  y  uno  de  los 
más  grandes  teólogos  españoles  de  aquel  siglo  que  tantos  y  tan  cabales  tuvo,  fué  por  algunos 
años  confesor  de  la  Santa  y  su  consejero  constante  en  los  negocios  de  las  fundaciones,  desde 
que  en  Avila  tan  resuelta  y  elocuentemente  la  defendió  en  la  de  San  José.  Santa  Teresa  corres- 
pondió al  Padre  con  un  afecto  muy  particular,  jamás  entibiado.  Nació  el  P.  Báñez  en  Medina 
del  Campo  a  29  de  Febrero  de  1528.  A  los  diecinueve  años  se  consagró  a  Dios  en  la  Orden  de 
Predicadores,  en  la  que  ejerció  el  profesorado  largo  tiempo,  así  como  en  las  Universidades  de 
Alcalá,  Salamanca  y  Valladolid.  Murió  en  1604  en  su  mismo  pueblo  de  nacimieiito.  A  menudo 
habremos  de  citar  su  nombre  por  la  parte  activa  y  acertada  que  tomó  en  los  asuntos  de  la  Re- 
forma de  Santa  Teresa,  de  la  que  fué  siempre  favorecedor  decidido,  autorizado  y  poderoso. 


348  VIDñ    DE    SñNTñ    TERESA    DE    jESUS 

qu€  hizo  unos  papeles  que  tenía  en  la  mano  pedazx>s  con  mucho 
enojo;  a  mí  me  dio  gran  consuelo,  que  me  pareció  se  había 
hecho  lo  qu€  pedía;  y  ansí  fué,  que  después  lo  supe  que  había 
hecho  una  confesión  con  gran  contrición,  y  tornóse  tan  d€  veras 
a  Dios,  que  espero  €n  Su  Majestad  ha  d<¿  ir  siempre  muy  adelante. 
Sea  bendito  por  todo.  Amén. 

En  esto  de  sacar  Nuestro  Señor  almas  de  pecados  graves 
por  suplicárselo  yo  y  otras  traídolas  a  más  perfeción,  es  mu- 
chas veces.  Y  de  sacar  almas  de  purgatorio  y  otras  cosas  seña- 
ladas, son  tantas  las  mercedes  que  en  esto  el  Señor  me  ha  hecho, 
que  sería  cansarme  y  cansar  a  quien  lo  leyese,  si  las  hubiese  de 
decir,  y  mucho  más  en  salud  de  almas  que  de  cuerpos.  Esto  ha 
sido  cosa  muy  conocida  y  que  de  ello  hay  hartos  testigos.  Lue- 
go, dábame  mucho  escrúpulo,  porque  yo  no  podía  dejar  de  creer 
que  el  Señor  lo  hacía  por  mi  oración,  dejemos  ser  lo  prin- 
cipal por  sola  su  bondad;  mas  son  ya  tantas  las  cosas  y  tan 
vistas  de  otras  personas,  que  no  me  da  pena  creerlo,  y  alabo  a 
Su  Majestad,  y  háceme  confusión,  porque  veo  soy  más  deudora, 
y  háceme,  a  mi  parecer,  crecer  el  deseo  de  servirle  y  avívase  el 
amor.  Y  lo  que  más  me  espanta  es,  que  las  que  el  Señor  ve  no 
convienen,  no  puedo,  aunque  quiero,  suplicárselo,  sino  con  tan 
poca  fuerza,  y  espíritu  y  cuidado,  que,  aunque  más  yo  quiero  for- 
zarme, es  imposible,  como  otras  cosas  que  Su  Majestad  ha  de 
hacer,  que  veo  yo  que  puedo  pedirlo  muchas  veces  y  con  gran 
importunidad;  aunque  yo  no  traya  este  cuidado,  parece  que  se  me 
representa  delante. 

Es  grande  la  diferencia  de  estas  dos  maneras  de  pedir, 
que  no  sé  cómo  lo  declarar;  porque  aunque  lo  uno  pido,  que  no 
dejo  de  esforzarme  a  suplicarlo  a  el  Señor,  aunque  no  sienta 
en  mí  aquel  hervor  que  en  otras,  aunque  mucho  me  toquen,  es 
como  quien  tiene  trabada  la  lengua,  que  aunque  quiere  hablar 
no  puede,  y  si  habla  es  de  suerte  que  ve  que  no  le  entienden, 
u  como  quien  habla  claro  y  despierto  a  quien  ve  que  de  buena 
gana  le  está  oyendo.  Lo  uno  se  pide,  digamos  ahora,  como  oración 
vocal,  y  lo  otro  en  contemplación  tan  subida,  que  se  representa 
el  Señor  de  manera  que  se  entiende  que  nos  entiende,  y  que  se 


CAPITULO    XXXFX  349 

huelga  Su  Majestad  de  que  se  lo  pidamos  y  de  hacernos  merced. 
Sea  bendito  por  siempre  que  tanto  da  y  tan  poco  le  doy  yo. 
Porque,  ¿qué  hace,  Señor  mío,  quien  no  se  deshace  toda  por 
Vos?  ¡Y  qué  de  ello,  qué  d€  ello,  qué  de  ello,  y  otras  mil 
veces  lo  puedo  decir,  me  falta  para  esto!  Por  eso  no  había  de 
querer  vivir,  aunque  hay  otras  causas,  porque  no  vivo  conforme 
a  lo  que  os  debo.  ¡Con  qué  de  imperfeciones  me  veo!  ¡con 
qué  flojedad  en  serviros!  Es  cierto  que  algunas  veces  me  pa- 
rece querría  estar  sin  sentido  por  no  entender  tanto  mal  de  mí. 
El  que  pu€d€  lo  remedie. 

Estando  en  casa  de  aquella  señora  que  he  dicho  (1),  adonde 
había  menester  estar  con  cuidado  y  considerar  siempre  la  vanidad 
que  consigo  train  todas  las  cosas  de  la  vida,  porque  estaba  muy 
estimada  y  era  muy  loada,  y  ofrecíanse  hartas  cosas  a  que  me 
pudiera  bien  apegar,  si  mirara  a  mí;  mas  miraba  El  que  tiene 
verdadera  vista  a  no  me  dejar  de  su  mano. 

Ahora  que  digo  de  verdadera  vista,  me  acuerdo  de  los  gran- 
des trabajos  que  se  pasan  en  tratar  personas  a  quien  Dios  ha 
llegado  a  conocer  lo  que  es  verdad  en  estas  cosas  de  la  tierra, 
adonde  tanto  se  encubre,  como  una  vez  el  Señor  me  dijo.  Que 
muchas  cosas  de  las  que  aquí  escribo  no  son  de  mi  cabeza,  sino 
que  me  las  decía  este  mi  Maestro  celestial;  y  porque  en  las 
cosas  que  yo  señaladamente  digo:  esto  entendí,  u  me  dijo  el 
Señor,  se  me  hace  escrúpulo  grande  poner  u  quitar  una  sola  sí- 
laba que  sea.  Ansí,  cuando  pontualmente  no  se  me  acuerda  bien 
todo,  va  dicho  como  de  mí,  o  porque  algunas  cosas  también  lo 
serán.  No  llamo  mío  lo  que  es  bueno,  que  ya  sé  no  hay  cosa  en 
mí,  sino  lo  que  tan  sin  merecerlo  me  ha  dado  el  Señor;  sino 
llamo  «dicho  de  mí»,  no  ser  dado  a  entender  en  revelación. 

Mas,  ¡ay  Dios  mío,  y  cómo  aun  en  las  espirituales  quere- 
mos muchas  veces  entender  las  cosas  por  nuestro  parecer  y  muy 
torcidas  de  la  verdad,  también  como  en  las  del  mundo,  y  nos 
parece  que  hemos  de  tasar  nuestro  aprovechamiento  por  los  años 
que  tenemos  algún  ejercicio  de  oración,  y  aun  parece  queremos 


1      D.a  Luisa  de  la  Cerda. 


350  VIDA    DE    SñNTñ    TERESA    DE    JESÚS 

poner  tasa  a  quien  sin  ninguna  da  sus  dones  cuando  quiere, 
y  puede  dar  en  medio  año  más  a  uno  que  a  otro  en  muchos!  Y 
es  cosa  esta  que  la  tengo  tan  vista,  por  muchas  personas,  que 
yo  me  espanto  cómo  nos  podemos  detener  en  esto. 

Bien  creo  no  estará  en  este  engaño  quien  tuviere  talento  de 
conocer  espíritus  y  le  hubiere  el  Señor  dado  humildad  ver- 
dadera; que  éste  juzga  por  los  efetos,  y  determinaciones  y  amor, 
y  dale  el  Señor  luz  para  que  lo  conozca.  Y  en  esto  mira  el  ade- 
lantamiento y  .aprovechamiento  de  las  almas,  que  no  en  los  años; 
que  en  medio  puede  uno  haber  alcanzado  más  que  otro  en  veinte; 
porque,  como  digo,  dalo  el  Señor  a  quien  quiere,  y  aun  a  quien 
mijor  se  dispone.  Porque  veo  yo  venir  ahora  a  esta  casa  unas 
doncellas  que  son  de  poca  edad  ( 1 ) ,  y  en  tocándolas  Dios  y  dán- 
doles un  poco  de  luz  y  amor,  digo  en  un  poco  de  tiempo  que 
les  hizo  algún  regalo,  no  le  aguardaron,  ni  se  les  puso  cosa  de- 
lante, sin  acordarse  del  comer,  pues  se  encierran  para  siempre 
en  casa  sin  renta,  como  quien  no  estima  la  vida  por  el  que  sabe 
que  las  ama.  Déjanlo  todo,  ni  quieren  voluntad,  ni  se  les  pone 
delante  que  pueden  tener  descontento  en  tanto  encerramiento 
y  estrechura;   todas  juntas  se  ofrecen  en  sacrificio  por  Dios. 

Cuan  de  buena  gana  les  do  yo  aquí  la  ventaja,  y  había 
de  andar  avergonzada  delante  de  Dios;   porque  lo  que  Su  Ma- 


1  Puede  referirse  la  Santa  a  Isabel  de  San  Pablo,  hija  de  Francisco  de  Cepeda,  que  pro- 
fesó el  21  de  Octubre  de  1564,  a  los  17  años  de  edad,  a  María  Bautista,  María  de  San  Jeróni- 
mo e  Isabel  de  Santo  Domingo,  todas  jóvenes  y  que  tomaron  el  hábito  en  1563  y  1564.  En 
cuanto  a  la  vida  mortificada  que  llevaban  en  San  José,  la  M.  Isabel  Bautista  declara  en  el  Pro- 
ceso de  canonización  de  la  Santa  hecho  en  Avila  en  1604:  «A  la  novena  pregunta  dijo...  que 
también  tiene  por  milagro  g  merced  que  por  intercesión  de  la  Madre  Teresa  de  Jesús  la  que  ha- 
cía Nuestro  Señor  en  vida  de  la  dicha  Santa  Madre  Teresa  de  Jesús  a  esta  su  casa  e  hijas, 
porque  se  acuerda  y  tiene  entera  noticia,  como  persona  que  lo  vio  jj  experimentó  tj  por  quien 
pasó,  que  al  principio  de  la  fundación  de  esta  casa,  cuando  esta  declarante  vino  a  ella,  debía  de 
haber  en  número  12  o  13  religiosas  mozas  jj  de  poca  edad,  criadas  en  casa  de  sus  padres  en  el 
regalo  que  cada  uno  podía  conforme  a  su  calidad  darlas,  y  de  algunas  sabe  que  le  tenían  en  el 
siglo  H  que  pasaban  tanta  necesidad  ij  pobreza  siendo  religiosas  de  esta  casa,  que  además  de 
la  estrechura  del  aposento,  estaban  sujetas  a  los  aires  y  nieves  de  esta  ciudad,  que  con  el  brazo 
se  podía  alcanzar  el  techo,  que  por  partes  estaba  roto,  y  ponían  unos  lienzos  para  reparos  de 
las  inclemencias  del  cielo;  se  juntaba  con  esto  el  pasarse  algunos  días  de  verano  y  muchos  con 
sólo  una  ensalada  de  cohombro  y  un  poco  de  queso,  y  que  cuando  esto  había,  se  tenía  por 
sumo  beneflcio  de  la  mano  de  Dios.  Y  sabe  que  hubo  religiosa,  y  la  conoció,  que  por  el  dicho 
tiempo  se  pasaba  con  las  hojas  tiernas  de  una  parra,  y  esto  con  tanta  alegría  y  contentamiento 
y  paz  de  todas,  que  se  echaba  de  ver  y  conocía  ser  obra  de  la  mano  de  Dios,  y  por  tal  la 
tenían  todas,  atribuyéndolo  todo  a  la  vida  y  santidad  de  la  Madre  Teresa  de  Jesús,  la  cual  con 
su  apacibilidad,  mansedumbre,  alegría,  sufrimiento  y  espíritu  que  en  ella  había,  parecía  la  daba 
y  pegaba  a  todas  para  poder  llevar  y  sufrir  con  la  alegría  que  llevaban  y  sufrían  la  pobreza 
que  tiene  declarada». 


CAPITULO    XXXIX  351 

JGstad  no  acabó  conmigo  en  tanta  multitud  de  años  como  ha  que 
comencé  a  tener  oración,  y  me  comenzó  a  hacer  mercedes,  acaba 
con  ellas  en  tres  meses,  y  aun  con  alguna  en  tres  días,  con 
hacerlas  muchas  menos  que  a  mí,  aunque  bien  las  paga  Su  Ma- 
jestad. A  buen  siguro  que  no  están  descontentas  por  lo  que 
por  El  han  hecho. 

Para  esto  querría  yo  se  nos  acordase  de  los  muchos  años  a 
los  que  los  tenemos  de  profesión,  y  las  personas  que  los  tienen  de 
oración,  y  no  para  fatigar  a  los  que  en  poco  tiempo  van  más 
adelante,  con  hacerlos  tornar  atrás,  para  que  anden  a  nuestro 
paso;  y  a  los  que  vuelan  como  águilas  con  las  mercedes  que  les 
hace  Dios,  quererlos  hacer  andar  como  pollo  trabado.  Sino  que 
pongamos  los  ojos  en  Su  Majestad,  y  si  los  viéremos  con  hu- 
mildad, darles  la  rienda,  que  el  Señor,  que  los  hace  tantas  mer- 
cedes, no  los  dejará  despeñar.  Fíanse  ellos  mesmos  de  Dios,  que 
esto  les  aprovecha  la  verdad  que  conocen  de  la  fe;  ¿y  no  los 
fiaremos  nosotros,  sino  que  queremos  medirlos  por  nuestra  me- 
dida conforme  a  nuestros  bajos  ánimos?  No  ansí,  sino  que, 
si  no  alcanzamos  sus  grandes  efetos  y  determinaciones,  porque 
sin  Gxpiriencia  se  puede  mal  entender,  humillémonos  y  no  los 
condenemos;  que,  con  parecer  que  miramos  su  provecho,  nos 
le  quitamos  a  nosotros,  y  perdemos  esta  ocasión  que  el  Señor 
pone  para  humillarnos,  y  para  que  entendamos  lo  que  nos  falta, 
y  cuan  más  desasidas  y  llegadas  a  Dios  deben  estar  estas  almas 
que  las  nuestras,  pues  tanto  Su  Majestad  se  llega  a  ellas. 

No  entiendo  otra  cosa  ni  la  querría  entender,  sino  que 
oración  de  poco  tiempo,  que  hace  efetos  muy  grandes  (que  luego 
se  entienden,  que  es  imposible  que  los  haya  pa  dejarlo  todo, 
sólo  por  contentar  a  Dios,  sin  gran  fuerza  de  amor),  yo  la 
querría  más  que  la  de  muchos  años,  que  nunca  acabó  de  deter- 
minarse más  a  el  postrero  que  al  primero,  a  hacer  cosa  que  sea 
nada  por  Dios;  salvo  sí  unas  cositas  menudas  como  sal,  que 
no  tienen  peso  ni  tomo,  que  parece  un  pájaro  se  las  llevara  en 
el  pico,  no  tenemos  por  gran  efeto  y  mortificación;  que  de  al- 
gunas cosas  hacemos  caso,  que  hacemos  por  el  Señor,  que  es 
lástima  las  entendamos,  aunque  se  hiciesen  muchas.  Yo  soy  ésta 


352  vma  de  santa  teresa  de  jesús 

y  olvidaré  las  mercedes  a  cada  paso.  No  digo  yo  que  no  las 
terna  Su  Majestad  en  mucho,  sigún  es  bueno;  mas  querría  yo 
no  hacer  caso  de  ellas,  ni  ver  que  las  hago,  pues  no  son  nada. 
Mas  perdonadme,  Señor  mío,  y  no  me  culpéis,  que  con  algo 
me  tengo  de  consolar,  pues  no  os  sirvo  en  nada,  que  si  en  co- 
sas grandes  os  sirviera,  no  hiciera  caso  de  las  nonadas.  ¡Bien- 
aventuradas las  personas  que  os  sirven  con  obras  grandes!  Si 
con  haberlas  yo  envidia  y  desearlo  se  me  toma  en  cuenta,  no 
quedaría  muy  atrás  en  contentaros;  mas  no  valgo  nada.  Señor 
mío.  Poneme  Vos  el  valor,  pues  tanto  me  amáis. 

Acaecióme  un  día  de  estos  que,  con  traer  un  Breve  de  Roma 
pa  no  poder  tener  renta  este  monesterio  (1),  se  acabó  del 
todo,  que  paréoeme  ha  costado  algún  trabajo,  estando  consolada 
de  verlo  ansí  concluido,  y  pensando  los  que  había  tenido,  y  ala- 
bando a  el  Señor  que  en  algo  se  había  querido  servir  de  mí, 
comencé  a  pensar  las  cosas  que  había  pasado.  Y  es  ansí  que 
en  cada  una  de  las  que  parecía  eran  algo,  que  yo  había  hecho, 
hallaba  tantas  faltas  y  imperfeciones,  y  a  veces  poco  ánimo,  y 
muchas  poca  fe;  porque  hasta  ahora,  que  todo  lo  veo  cumplido, 
cuanto  el  Señor  me  dijo  de  esta  casa  se  había  de  hacer,  nunca 
determinadamente  lo  acababa  de  creer,  ni  tampoco  lo  podía  du- 
dar. No  sé  cómo  era  esto.  Es  que  muchas  veces,  por  una  parte 
me  parecía  imposible,  por  otra  no  lo  podía  dudar,  digo  creer 
¡que  no  se  había  de  hacer.  En  fin,  hallé  lo  bueno  haberlo  el  Señor 
hecho  todo  de  su  parte,  y  lo  malo  yo,  y  ansí  dejé  de  pensar 
en  ello,  y  no  querría  se  me  acordase  por  no  tropezar  con  tantas 
faltas  mías.  Bendito  sea  El  que  de  todas  saca  bien  cuando  es 
servido.  Amén. 

Pues  digo  que  es  peligroso  ir  tasando  los  años  que  se  han 
tenido  de  oración,  que  aunque  haya  humildad,  parece  puede  que- 
dar un  no  sé  qué  de  parecer  se  merece  algo  por  lo  servido.  No 
digo  yo  que  no  lo  merecen,  y  les  será  bien  pagado;  mas  cualquier 
espiritual  que  le  parezca,  que  por  muchos  años  que  haga  tenido 
oración   merece  estos   regalos   de   espíritu,   tengo  yo   por   cierto 


1      Lleva  el  Breve  fecha  de  17  de  Julio  de  1565. 


CAPITULO    XXXIX  353 

que  no  subirá  a  la  cumbre  de  él.  ¿No  es  harto  que  haya  mere- 
cido le  tenga  Dios  de  su  mano  para  no  le  hacer  las  ofensas 
que  antes  que  tuviese  oración  le  hacia,  sino  que  le  ponga  pleito 
por  sus  dineros,  como  dicen?  No  me  parece  profunda  humildad; 
ya  puede  ser  lo  sea;  mas  yo  por  atrevimiento  lo  tengo,  pues  yo, 
con  tener  poca  humildad,  no  me  parece  jamás  he  osado.  Ya  puede 
ser  que,  como  nunca  he  servido,  no  he  pedido;  por  ventura  si 
lo  hubiera  hecho,  quisiera  más  que -todos  me  lo  pagara  el  Señor. 

No  digo  yo  que  no  va  creciendo  un  alma  y  que  no  se  lo 
dará  Dios,  si  la  oración  ha  sido  humilde,  mas  que  se  olviden 
estos  años,  que  es  todo  asco  cuanto  podemos  hacer  en  com- 
paración de  una  gota  de  sangre  de  las  que  el  Señor  por  nos- 
otros derramó.  Y  si  con  servir  más  quedamos  más  deudores, 
¿qué  es  esto  que  pedimos,  pues  si  pagamos  un  maravedí  de  la 
deuda,  nos  tornan  a  dar  mil  ducados?  Que  por  amor  de  Dios 
dejemos  estos  juicios  que  son  suyos.  Estas  comparaciones  siem- 
pre son  malas,  aun  en  cosas  de  acá;  pues  ¿qué  será  en  lo  que 
sólo  Dios  sabe,  y  lo  mostró  bien  Su  Majestad  cuando  pagó  tanto 
a  los  postreros  como  a  los  primeros?    (1). 

Es  en  tantas  veces  las  que  he  escrito  estas  tres  hojas  y 
en  tantos  días,  porque  he  tenido  y  tengo,  como  he  dicho,  poco 
lugar,  que  se  me  había  olvidado  lo  que  comencé  a  decir,  que 
era  esta  visión.  Vime  estando  en  oración  en  un  gran  campo  a 
solas,  en  rededor  de  mí  mucha  gente  de  diferentes  maneras, 
que  me  tenían  rodeada;  todas  me  parece  tenían  armas  en  las 
manos  pa  ofenderme;  unas,  lanzas;  otras,  espadas;  otras,  dagas, 
y  otras,  estoques  muy  largos.  En  fin,  yo  no  podía  salir  por  nin- 
guna parte  sin  que  me  pusiese  a  peligro  de  muerte,  y  sola,  sin 
persona  que  hallase  de  mi  parte.  Estando  mi  espíritu  en  esta 
aflición,  que  no  sabía  qué  me  hacer,  alcé  los  ojosj  a  el  cielo  y  vi 
a  Cristo,  no  en  el  cielo,  sino  bien  alto  de  mí  en  el  aire,  que 
tendía  la  mano  hacia  mí,  y  desde  allí  me  favorecía  de  manera, 
que  yo  no  temía  toda  la  otra  gente,  ni  ellos,  aunque  querían, 
me  podían  hacer  daño. 


1      Matth.,  XX,  12. 


354  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

Par€oe  sin  fruto  €sta  visión  y  hame  hecho  grandísimo  pro- 
vecho, porque  se  me  dio  a  entender  lo  que  siniñcaba;  y  poco 
después  me  vi  casi  en  aquella  batería,  y  conocí  ser  aquella 
visión  un  retrato  de  el  mundo,  que  cuanto  hay  en  él  parece  tiene 
armas  para  ofender  a  la  triste  alma.  Dejemos  los  que  no  sirven 
mucho  a  el  Señor,  y  honras,  y  haciendas,  y  deleites  y  otras  cosas 
semejantes,  que  está  claro  que  cuando  no  se  cata  se  ve  enredada, 
al  menos  procuran  todas  estas  cosas  enredar  más,  amigos,  pa- 
rientes, y  lo  que  más  me  espanta,  personas  muy  buenas.  De  todo 
me  vi  después  tan  apretada,  pensando  ellos  que  hacían  bien, 
que  yo  no  sabía  cómo  me  defender  ni  qué  hacer. 

¡Oh,  válame  Dios,  si  dijese  de  las  maneras  y  diferencias 
de  trabajos  que  en  este  tiempo  tuve,  aun  después  de  lo  que 
atrás  queda  dicho,  cómo  sería  harto  aviso  pa  del  todo  abo- 
rrecerlo todo!  Fué  la  mayor  persecución,  me  parece,  de  las 
que  he  pasado.  Digo  que  me  vi  a  veces  de  todas  partes  tan  apreta- 
da, que  sólo  hallaba  remedio  en  alzar  los  ojos  al  cielo  y  llamar 
a  Dios.  Acordábame  bien  de  lo  que  había  visto  en  esta  visión. 
Hízome  harto  gran  provecho  para  no  confiar  mucho  de  nadie, 
porque  no  le  hay  que  sea  estable  sino  Dios.  Siempre  en  estos 
trabajos  grandes  me  enviaba  el  Señor,  como  me  lo  mostró,  una 
persona  de  su  parte  que  me  diese  la  mano,  como  me  lo  había 
mostrado  en  esta  visión,  sin  ir  asida  a  nada  más  de  a  conten- 
tar al  Señor;  que  ha  sido  para  sustentar  esa  poquita  de  virtud 
que  yo  tenía  en  desearos  servir.  Seáis  bendito  por  siempre. 

Estando  una  vez  muy  inquieta  y  alborotada,  sin  poder  re- 
cogerme, y  en  batalla  y  contienda,  yéndoseme  el  pensamiento  a 
cosas  que  no  eran  perfetas,  aun  no  me  parece  estaba  con  el 
desasimiento  que  suelo,  como  me  vi  así  tan  ruin,  tenía  miedo 
si  las  mercedes  que  el  Señor  me  había  hecho  eran  ilusiones. 
Estaba,  en  fin,  con  una  escuridad  grande  de  alma.  Estando  con 
esta  pena,  comenzóme  a  hablar  el  Señor,  y  díjome  que  no  me 
fatigase,  que  en  verme  ansí  entendería  la  miseria  que  era  si  El 
se  apartaba  de  mí,  y  que  no  había  siguridad  mientra  vivíamos 
en  esta  carne.  Dióseme  a  entender  cuan  bien  empleada  es  esta 
guerra  y  contienda  por  tal  premio,  y  parecióme  tenía  lástima  el 


CñPITULO    XXXIX  355 

Señor  de  los  que  vivimos  en  el  mundo;  mas  que  no  pensase 
yo  me  tenía  olvidada,  que  jamás  me  dejaría,  mas  que  era  me- 
nester hiciese  yo  lo  que  es  en  mi.  Esto  me  dijo  el  Señor  con  una 
piadad  y  regalo,  y  con  otras  palabras  en  que  me  hizo  harta  mer- 
ced, que  no  hay  para  qué  decirlas. 

Estas  me  dice  Su  Majestad  muchas  veces,  mostrándome  gran 
amor:  Ya  eres  mía  y  Yo  soy  ¿ayo.  Las  que  yo  siempre  tengo 
costumbre  de  decir,  y  a  mi  parecer  las  digo  con  verdad,  son: 
¿Qué  se  me  da.  Señor,  a  mí  de  mí,  sino  de  Vos?  Son  para  mí 
estas  palabras  y  regalos  tan  grandísima  confusión,  cuando  me 
acuerdo  la  que  soy,  que,  como  he  dicho  creo  otras  veces  y  ahora 
lo  digo  algunas  a  mi  confesor,  más  ánimo  me  parece  es  me- 
nester para  recibir  estas  mercedes  que  para  pasar  grandísimos 
trabajos.  Cuando  pasa,  estoy  casi  olvidada  de  mis  obras,  sino 
un  representárseme  que  soy  ruin,  sin  discurso  de  entendimiento, 
que  también  me  parece  a  veces  sobrenatural. 

Viénenme  algunas  veces  unas  ansias  de  comulgar  tan  gran- 
des, que  no  sé  si  se  podría  encarecer.  Acaecióme  una  mañana, 
que  llovía  tanto,  que  no  parece  hacía  para  salir  de  casa  (1). 
Estando  yo  fuera  de  ella,  yo  estaba  ya  tan  fuera  de  mí  con 
aquel  deseo,  que  aunque  me  pusieran  lanzas  a  los  pechos,  me 
parece  entrara  por  ellas,  cuanti  más  agua.  Como  llegué  a  la 
ilesia,  dióme  un  arrobamiento  grande.  Parecióme  vi  abrir  los 
cielos,  no  una  entrada  como  otras  veces  he  visto.  Representóse- 
me  el  trono  que  dije  a  vuestra  merced  he  visto  otras  veces,  y 
otro  encima  de  él,  adonde  por  una  noticia  que  no  sé  decir,  aun- 
que no  lo  vi,  entendí  estar  la  Divinidad.  Parecíame  sostenerle 
unos  animales;  a  mí  me  parece  he  oído  una  figura  de  estos  ani- 
males; pensé  si  eran  los  evangelistas  (2).  Mas  cómo  estaba  el  tro- 
no, ni  qué  estaba  en  él,  no  lo  vi,  sino  muy  gran  multitud  de  ánge- 
les; pareciéronme  sin  comparación  con  muy  mayor  hermosura  que 
los  que  en  el  cielo  he  visto.  He  pensado  si  son  serafines  u  queru- 
bines, porque  son  muy  diferentes  en  la  gloria,  que  parecía  tener 


1  Sería  en  aquellos  años  en  que,  viviendo  en   la  Encarnación,  podía   salir  con   facilidad  a 
casa  de  sus  parientes  u  buenos  amigos. 

2  Bpoc,  rV,  6,  7,  8. 


356  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

inflamamiento.  Es  grande  la  diferencia,  como  he  dicho,  y  la  gloria 
que  entonces  en  mí  sentí  no  se  puede  escribir  ni  aun  decir, 
ni  la  podrá  pensar  quien  no  hubiere  pasado  por  esto.  Entendía 
estar  allí  todo  junto  lo  que  se  puede  desear,  g  no  vi  nada.  Di- 
jéronme,  y  no  sé  quién,  que  lo  que  allí  podía  hacer  era  entender 
que  no  podía  entender  nada,  y  mirar  lo  nonada  que  era  todo 
en  comparación  de  aquello;  es  ansí  que  se  afrentaba  después 
mi  alma  de  ver  que  pueda  parar  en  ninguna  cosa  criada,  cuanti 
más  aficionarse  a  ella,  porque  todo  me  parecía  un  hormiguero. 

Comulgué  y  estuve  en  la  misa,  que  no  sé  cómo  pude  estar. 
Parecióme  había  sido  muy  breve  espacio;  espánteme  cuando  dio 
el  relox  y  vi  que  eran  dos  horas  las  que  había  estado  en  aquel 
arrobamiento  y  gloria.  Espantábame  después  cómo  en  llegando 
a  este  fuego,  que  parece  viene  de  arriba,  de  verdadero  amor 
de  Dios,  porque  aunque  más  lo  quiera,  y  procure  y  me  deshaga 
por  ello,  si  no  es  cuando  Su  Majestad  quiere,  como  he  dicho 
otras  veces,  no  soy  parte  para  tener  una  centella  de  él,  parece 
que  consume  el  hombre  viejo  de  faltas,  y  tibieza  y  miseria;  y  a 
manera  de  como  hace  el  ave  fénis  (1),  sigún  he  leído,  y  de  la  mes- 
ma  ceniza,  después  que  se  quema,  sale  otra.  Ansí  queda  hecha  otra 
el  alma  después  con  diferentes  deseos  y  fortaleza  grande;  no 
parece  es  la  que  antes,  sino  que  comienza  con  nueva  puridad  el 
camino  del  Señor.  Suplicando  yo  a  Su  Majestad  fuese  ansí,  y 
que  de  nuevo  comenzase  a  servirle,  me  dijo:  Buena  comparación 
has  hecho;  mira  no  se  te  olvide  pa  procurar  mijorarte  siempre. 

Estando  una  vez  con  la  mesma  duda  que  poco  ha  dije,  si 
eran  estas  visiones  de  Dios,  me  apareció  el  Señor,  y  me  dijo 
con  rigor:  ¡Oh  hijos  de  los  hombres,  hasta  cuándo  seréis  duros 
de  corazón!  Que  una  cosa  examinase  bien  en  mí:  si  de  el  iodo 
estaba  dada  por  suya  u  no;  que  si  lo  estaba  y  lo  era,  que  creyese 
no  me  dejaría  perder.  Yo  me  fatigué  mucho  de  aquella  excla- 
mación. Con  gran  ternura  y  regalo  me  tornó  a  decir  que  no  me 
fatigase,  que  ya  sabía  que  por  mí  no  faltaría  de  ponerme  a  todo 
lo  que  fuese  su  servicio,  que  se  haría  todo  lo  que  yo  quería ; 


1      Así  está  en  el  original. 


CAPITULO    XXXIX  357 

y  ansí  sg  hizo  lo  que  entonces  le  suplicaba,  que  mirase  el  amor 
que  se  iba  aumentando  en  mí  cada  día  para  amarle,  que  en  esto 
vería  no  ser  demonio;  que  no  pensase  que  consentía  Dios  tuviese 
tanta  parte  el  demonio  en  las  almas  de  sus  siervos,  y  que  te  pu- 
diese dar  la  claridad  de  entendimiento  y  quietud  que  tienes. 
Dióme  a  lentender  que  habiéndome  dicho  tantas  personas  y  tales 
que  era  Dios,  que  haría  mal  en  no  creerlo. 

Estando  una  vez  rezando  el  salmo  Quicumque  viilt  (1),  se 
me  dio  a  entender  la  manera  cómo  era  un  solo  Dios  y  tres  Per- 
sonas tan  claro,  que  yo  me  espanté  y  consolé  mucho.  Hízome  gran- 
dísimo provecho  para  conocer  más  la  grandeza  de  Dios  y  sus 
maravillas,  y  para  cuando  pienso  u  se  trata  de  la  Santísima  Tri- 
nidad, parece  entiendo  cómo  puede  ser,  y  esme  mucho  contento. 

Un  día  de  la  Asunción  de  la  Reina  de  los  Angeles  y  Señora 
nuestra,  me  quiso  el  Señor  hacer  esta  merced,  que  en  un  arroba- 
miento se  me  representó  su  subida  a  el  cielo,  y  el  alegría  y  sole- 
nidad  con  que  fué  recibida  y  el  lugar  adonde  está.  Decir  cómo 
fué  esto,  yo  no  sabría.  Fué  grandísima  la  gloria  que  mi  espíritu 
tuvo  de  ver  tanta  gloria;  quedé  con  grandes  efetos,  y  aprovechóme 
para  desear  más  pasar  grandes  trabajos,  y  quedóme  gran  de- 
seo de  servir  a  esta  Señora,  pues  tanto  mereció. 

Estando  en  un  Colegio  de  la  Compañía  de  Jesús  (2),  y 
estando  comulgando  los  hermanos  de  aquella  casa,  vi  un  palio 
muy  rico  sobre  sus  cabezas;  esto  vi  dos  veces.  Cuando  otras 
personas  comulgaban  no  lo  vía. 


1  Quicunque  vul,  escribe  la  Santa. 

2  San  Gil  de  Avila. 


CAPITULO    XL 

PROSIGUE  EN  LA  MESMA  MATERIA  DE  DECIR  LAS  GRANDES  MERCE- 
DES QUE  EL  SEÑOR  LA  HECHO.  DE  ALGUNAS  SE  PUEDE  TOMAR 
HARTO  BUENA  DOTRINA,  QUE  ESTE  HA  SIDO,  SIGÜN  HA  DICHO^ 
SU  PRINCIPAL  INTENTO,  DESPUÉS  DE  OBEDECER,  PONER  LAS  QUE 
SON  PARA  PROVECHO  DE  LAS  ALMAS.  CON  ESTE  CAPITULO  SE 
ACABA  EL  DISCURSO  DE  SU  VIDA,  QUE  ESCRIBIÓ.  SEA  PARA  GLORIA 
DE   EL   SEÑOR.    AMEN. 


Estando  una'  vez  en  oración,  era  tanto  el  deleite  que  en  mí 
sentía,  que,  como  indina  de  tal  bien,  comencé  a  pensar  en  cómo 
merecía  mijor  estar  en  el  lugar  que  yo  había  visto  estar  para 
mí  en  el  infierno,  que,  como  he  dicho,  nunca  olvido  de  la  manera 
que  allí  me  vi.  Comenzóse  con  esta  consideración  a  inflamar 
más  mi  alma  y  vínome  un  arrebatamiento  de  espíritu,  de  suerte 
que  yo  no  lo  se  decir.  Parecióme  estar  metido  y  lleno  de  aque- 
lla majestad  que  he  entendido  otras  veces.  En  esta  majestad  se 
me  dio  a  entender  una  verdad,  que  es  cumplimiento  de  todas  las 
verdades;  no  sé  yo  decir  cómo,  porque  no  vi  nada.  Dijéronme, 
sin  ver  quién,  mas  bien  entendí  ser  la  mesma  Verdad:  No  es 
poco  esto  que  hago  por  ti,  que  una  de  las  cosas  es  en  que  mucho 
me  debes;  porque  todo  el  daño  que  viene  al  mundo  es  de  no 
conocer  las  verdades  de  la  Escritura  con  clara  verdad;  no  faltará 
una  tilde  de  ella.  R  mí  me  pareció  que  siempre  yo  había  creído 
esto  y  que  todos  los  fieles  lo  creían.  Díjome:  ¡Áy,  hija,  qué 
pocos  me  aman  con  verdad!  que  si  me  amasen,  no  les  encubriría 


360  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

Yo  mis  secretos.  ¿Sabes  qué  es  amarme  con  verdad?  Entender 
que  todo  es  mentira  lo  que  no  es  agradable  a  mí.  Con  claridad 
verás  esto  que  ahora  no  entiendes  en  lo  que  aprovecha  a  tu  alma. 

Y  ansí  lo  he  visto,  sea  el  Señor  alabado,  que  después  acá 
tanta  vanidad  y  mentira  rae  parece  lo  que  yo  no  veo  va  guiado 
a  el  servicio  de  Dios,  que  no  lo  sabría  yo  decir  como  lo  en- 
tiendo, y  la  lástima  que  me  hacen  los  que  veo  con  la  escuridad 
que  están  en  esta  verdad,  y  con  esto  otras  ganancias  que  aquí 
diré,  y  muchas  no  sabré  decir.  Díjome  aquí  el  Señor  una  par- 
ticular palabra  de  grandísimo  favor.  Yo  no  sé  como  esto  fué, 
porque  no  vi  nada;  mas  quedé  de  una  suerte,  que  tampoco  sé 
decir,  con  grandísima  fortaleza,  y  muy  de  veras  para  cumplir 
con  todas  mis  fuerzas  la  más  pequeña  parte  de  la  Escritura  di- 
vina. Paréceme  que  ninguna  cosa  se  me  pornía  delante  que  no 
pasase  por  esto. 

Quedóme  una  verdad  de  esta  divina  Verdad  que  se  me  re- 
presentó, sin  saber  cómo  ni  qué,  esculpida,  que  me  hace  tener  un 
nuevo  acatamiento  a  Dios,  porque  da  noticia  de  su  majestad  y 
poder  de  una  manera  que  no  S2  puede  decir:  sé  entender  que  es 
una  gran  cosa.  Quedóme  muy  gran  gana  de  no  hablar  sino  cosas 
muy  verdaderas,  que  vayan  adelante  de  lo  que  acá  se  trata  en 
el  mundo,  y  ansí  comencé  a  tener  pena  de  vivir  en  él.  Dejóme 
con  gran  ternura,  y  regalo  y  humildad.  Paréceme  que,  sin  en- 
tender cómo,  me  dio  el  Señor  aquí  mucho;  no  me  quedó  ninguna 
sospecha  de  que  era  ilusión.  No  vi  nada,  mas  entendí  el  gran 
bien  que  hay  en  no  hacer  caso  de  cosa  que  no  sea  para  llegarnos 
más  a  Dios,  y  ansí  entendí  qué  cosa  es  andar  un  alma  en  ver- 
dad delante  de  la  mesma  Verdad.  Esto  que  entendí  es  darme  el 
Señor  a  entender  que  es  la  mesma  Verdad. 

Todo  lo  que  he  dicho  entendí  hablándome  algunas  veces,  y 
otras  sin  hablarme,  con  más  claridad  algunas  cosas  que  las  que 
por  palabras  se  me  decían.  Entendí  grandísimas  verdades  sobre 
esta  Verdad,  más  que  si  muchos  letrados  me  lo  hubieran  ense- 
ñado. Paréceme  que  en  ninguna  manera  me  pudieran  imprimir 
ansí  ni  tan  claramente  se  me  diera  a  entender  la  vanidad  de 
este  mundo.   Esta   verdad  que   digo  se  me   dio   a   entender,   es 


CAPITULO    XL  361 

en  sí  mesma  verdad,  y  es  sin  principio  ni  fin,  y  todas  las  demás 
verdades  dependen  de  esta  verdad,  como  todos  los  demás  amo- 
res de  este  amor,  y  todas  las  demás  grandezas  de  esta  gran- 
deza; aunque  esto  va  dicho  escuro  para  la  claridad  con  que  a 
mí  el  Señor  quiso  se  me  diese  a  entender.  ¡Y  cómo  se  parece 
el  poder  de  esta  Majestad,  pues  en  tan  breve  tiempo  deja  tan 
gran  ganancia,  y  tales  cosas  imprimidas  en  el  alma!  I  Oh  Gran- 
deza y  Majestad  mía!  ¿Qué  hacéis.  Señor  mío,  todopoderoso? 
¡Mirad  a  quién  hacéis  tan  soberanas  mercedes!  ¿No  os  acordáis 
que  ha  sido  esta  alma  un  abismo  de  mentiras  y  piélago  de  va- 
nidades, y  todo  por  mi  culpa;  que  con  haberme  Vos  dado  na- 
tural de  aborrecer  el  mentir,  yo  mesma  me  hice  tratar  en  mu- 
chas cosas  mentira?  ¿Cómo  se  sufre,  Dios  mío,  cómo  se  compadece 
tan  gran  favor  y  merced  a  quien  tan  mal  os  lo  ha  merecido? 

Estando  una  vez  en  las  Horas  con  todas,  de  presto  se  reco- 
gió •  mi  alma  y  parecióme  ser  como  un  espejo  claro  toda,  sin 
haber  espaldas,  ni  lados,  ni  alto,  ni  bajo  que  no  estuviese  toda 
clara,  y  en  el  centro  de  ella  se  me  representó  Cristo  Nuestro  Se- 
ñor como  le  suelo  ver.  Parecíame  en  todas  las  partes  de  mi  alma 
le  vía  claro  como  en  un  espejo,  y  también  este  espejo,  yo  no 
sé  decir  cómo,  se  esculpía  todo  en  el  mesmo  Señor  por  una  co- 
municación, que  yo  no  sabré  decir,  muy  amorosa.  Sé  que  me 
fué  esta  visión  de  gran  provecho,  cada  vez  que  se  me  acuerda, 
en  especial  cuando  acabo  de  comulgar.  Dióseme  a  entender 
que  estar  un  alma  en  pecado  mortal,  es  cubrirse  este  espejo  de 
gran  niebla  y  quedar  muy  negro,  y  ansí  no  se  puede  representar 
ni  ver  este  Señor,  aunque  esté  siempre  presente  dándonos  el  ser; 
y  que  los  herejes  es  como  si  el  espejo  fuese  quebrado,  que  es 
muy  peor  que  escurecido.  Es  muy  diferente  el  cómo  se  ve  a 
decirse,  porque  se  puede  mal  dar  a  entender.  Mas  hame  hecho 
mucho  provecho  y  gran  lástima  de  las  veces  que  con  mis  culpas 
escurecí  mi   alma  pa  no  ver  este  Señor. 

Paréceme  provechosa  esta  visión  para  personas  de  recogi- 
miento para  enseñarme  a  considerar  a  el  Señor  en  lo  muy  interior 
de  su  alma,  que  es  consideración  que  más  se  apega,  y  muy  más 
frutuosa  que  fuera  de  sí,  como  otras  veces  he  dicho,  y  en  algu- 

2t  * 


362  VIDA    DE    SAÑTíl    TERESA    DE    JESÚS 

nos  libros  de  oración  €stá  escrito,  adonde  se  ha  de  buscar  a 
Dios.  En  especial  lo  dice  el  glorioso  San  Agustín,  que  ni  en  las 
plazas,  ni  en  los  contentos,  ni  por  ninguna  parte  que  le  buscaba, 
le  hallaba  como  dentro  de  sí  (1).  Y  esto  es  muy  claro  ser  mijor; 
y  no  es  menester  ir  a  el  cielo,  ni  más  lejos  que  a  nosotros  mes- 
mos;  porque  es  cansar  el  espíritu  y  destraer  el  alma  y  no  con 
tanto  fruto. 

Una  cosa  quiero  avisar  aquí,  porque  si  alguno  la  tuviere,  que 
acaece  en  gran  arrobamiento;  que  pasado  aquel  rato  que  el  alma 
está  en  unión,  que  del  todo  tiene  absortas  las  potencias,  y  esto 
dura  poco,  como  he  dicho,  quedarse  el  alma  recogida,  y  aun 
en  lo  exterior  no  poder  tornar  en  sí,  mas  quedan  las  dos  potencias 
memoria  y  entendimiento  casi  con  frenesí,  muy  desatinadas.  Esto 
digo  que  acaece  alguna  vez,  en  especial  a  los  principios.  Pienso 
si  procede  de  que  no  puede  sufrir  nuestra  flaqueza  natural  tanta 
fuerza  de  espíritu  y  enflaquece  la  imaginación.  Sé  que  les  acae- 
ce a  'algunas  personas.  Ternía  por  bueno  que  se  forzasen  a  de- 
jar por  entonces  la  oración  y  la  cobrasen  en  otro  tiempo,  aquel 
que  pierden,  que  no  sea  junto,  porque  podrá  venir  a  mucho  mal. 
Y  de  esto  hay  expiriencia,  y  de  cuan  acertado  es  mirar  lo  que 
puede  nuestra  salud. 

En  todo  es  menester  expiriencia  y  maestro,  porque,  lle- 
gada el  alma  a  estos  términos,  muchas  cosas  se  ofrecerán  que  es 
menester  con  quién  tratarlo;  y  si  buscado  no  le  hallare,  el  Se- 
ñor no  le  faltará,  pues  no  me  ha  faltado  a  mí,  siendo  la  que  soy. 
Porque  creo  hay  pocos  que  hayan  llegado  a  la  expiriencia  de 
tantas  cosas,  y  si  no  la  hay,  es  por  demás  dar  remedio  sin  in- 
quietar y  lafligir.  Mas  esto  también  tomará  el  Señor  en  cuenta,  y 
por  esto  es  mijor  tratarlo,  como  ya  he  dicho  otras  veces ;_  y  aun 
todo  lo  que  ahora  digo,  sino  que  no  se  me  acuerda  bien,  y  veo 
importa   mucho,    en   especial   si   son    mujeres,    con   su   confesor, 


1  No  tomó  este  pasaje  Santa  Teresa  del  libro  de  las  Confesiones,  sino  del  capítulo  XXXI 
de  unos  Soliloquios  apócrifos,  que  con  el  nombre  del  santo  Doctor  se  imprimieron  muchas  ve- 
ces en  latín,  y  fueron  traducidos  en  nuestra  lengua  e  impresos  en  Valladolid  por  los  años  de 
1515.  En  el  citado  capítulo  se  lee:  «E  trabajé  mucho  buscándole  exteriormente  estando  tú  dentro; 
buscábale  por  las  plazas  e  lugares  públicos  de  la  cibdad  deste  mundo  g  no  te  hallé,  buscando 
de  fuera  lo  que  adentro  estaba».  (Cfr.  Morel-Fatio,  Les  lectures  de  Sainte  Thérese).  Esta  obra 
fué  muy  leída  en  los  siglos  XVI  y  XVII.  Llegó  a  alcanzar  en  ellos  numerosas  reimpresiones. 


CAPITULO    XL  363 

ü  que  sea  tal.  Y  hay  muchas  más  que  hombres  a  quien  el  Señor 
hace  estas  mercedes,  y  esto  oí  al  santo  Fray  Pedro  de  Alcán- 
tara, y  también  lo  he  visto  yo,  que  decía  aprovechaban  mucho 
más  en  este  camino  que  hombres,  y  daba  de  ello  ecelentes  razo- 
nes, que  no  hay  para  qué  las  decir  aquí,  todas  en  favor  de  las 
mujeres. 

Estando  una  vez  en  oración,  se  me  representó  muy  en  breve, 
sin  ver  cosa  formada,  mas  fué  una  representación  con  toda  cla- 
ridad, cómo  se  ven  en  Dios  todas  las  cosas  y  cómo  las  tiene 
todas  en  Sí.  Saber  escribir  esto,  yo  no  lo  sé,  mas  quedó  muy 
imprimido  en  mi  alma,  y  es  una  de  las  grandes  mercedes  que  el 
Señor  me  ha  hecho  y  de  las  que  más  me  han  hecho  confundir 
y  avergonzar,  acordándome  de  los  pecados  que  he  hecho.  Creo, 
si  el  Señor  fuera  servido  viera  esto  en  otro  tiempo,  y  si  lo 
viesen  los  que  le  ofenden,  que  no  temían  corazón  ni  atrevimiento 
para  hacerlo.  Parecióme,  ya  digo  sin  poder,  afirmarme  en  que 
vi  nada,  mas  algo  se  debe  ver,  pues  yo  podré  poner  esta  compa- 
ración; sino  que  es  por  modo  tan  sutil  y  delicado,  que  el  enten- 
dimiento no  lo  debe  alcanzar,  u  yo  no  me  sé  entender  en  estas 
visiones,  que  no  parecen  imaginarias,  y  en  algunas  algo  de  esto 
debe  haber,  sino  que,  como  son  en  arrobamiento,  las  potencias 
no  lo  saben  después  formar  como  allí  el  Señor  se  lo  representa 
y  quiere  que  lo  gocen. 

Digamos  ser  la  Divinidad  como  un  muy  claro  diamante,  muy 
mayor  que  todo  el  mundo,  u  espejo,  a  manera  de  lo  que  dije 
del  alma  en  estotra  visión,  salvo  que  es  por  tan  más  subida  ma- 
nera, que  yo  no  lo  sabré  encarecer;  y  que  todo  lo  que  hacemos 
se  ve  en  este  diamante,  siendo  de  manera  que  él  encierra  todo 
en  sí,  porque  no  hay  nada  que  salga  fuera  de  esta  grandeza. 
Cosa  espantosa  me  fué  en  tan  breve  espacio  ver  tantas  cosas  jun- 
tas aquí  en  este  claro  diamante,  y  lastimosísima  cada  vez  que  se 
me  acuerda  ver  que  cosas  tan  feas  se  representaban  en  aquella 
limpieza  de  claridad,  como  eran  mis  pecados.  Y  es  ansí  que, 
cuando  se  me  acuerda,  yo  no  sé  cómo  lo  puedo  llevar,  y  ansí 
quedé  entonces  tan  avergonzada,  que  no  sabía  me  parece  adonde 
me  meter.  ¡Oh,  quién  pudiese  dar  a  entender  esto  a  los  que  muy 


364  VIDñ    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÚS 

deshonestos  y  feos  pecados  hacen  para  que  se  acuerden  que 
no  son  ocultos,  y  que  con  razón  los  siente  Dios,  pues  tan  presen- 
tes a  la  Majestad  pasan,  y  tan  desacatadamente  nos  habernos 
delante  de  El!  Vi  cuan  bien  se  merece  el  infierno  por  una  sola 
culpa  mortal;  porque  no  se  puede  entender  cuan  gravísima  cosa 
es  hacerla  delante  de  tan  gran  Majestad  y  qué  tan  fuera  de 
quien  El  es  son  cosas  semejantes.  Y  ansí  se  ve  más  su  miseri- 
cordia,  pues  entendiendo  nosotros   todo  esto,   nos   sufre. 

Hame  hecho  considerar,  si  una  cosa  como  ésta  ansí  deja 
espantada  el  alma,  ¿qué  será  el  día  del  juicio  cuando  esta  Ma- 
jestad claramente  se  nos  mostrará  y  veremos  las  ofensas  que 
hemos  hecho?  ¡Oh,  válame  Dios,  qué  ceguedad  es  esta  que  yo 
he  traído!  Muchas  veces  me  he  espantado  en  esto  que  he  escrito, 
y  no  se  espante  vuestra  merced,  sino  cómo  vivo  viendo  estas  cosas 
y  mirándome  a  mí.  Sea  bendito  por  siempre  quien  tanto  me  ha 
sufrido. 

Estando  una  vez  en  oración  con  mucho  recogimiento,  y  sua- 
vidad y  quietud,  parecíame  estar  rodeada  de  ángeles  y  muy 
cerca  de  Dios.  Comencé  a  suplicar  a  Su  Majestad  por  la  Iglesia. 
Dióseme  a  entender  el  gran  provecho  que  había  de  hacer  una 
Orden  en  los  tiempos  postreros  y  con  la  fortaleza  que  los  de 
ella  han  de  sustentar  la  fe  (1). 

Estando  una  vez  rezando  cerca  del  Santísimo  Sacramento, 
aparecióme  un  santo,  cuya  Orden  ha  estado  algo  caída.  Tenía 
en  las  manos  un  libro  grande,  abrióle  y  díjome  que  leyese  unas 
letras,  que  eran  grandes  y  muy  legibles,  y  dicen  ansí  (2): 
En  los  tiempos  advenideros  florecerá  esta  Orden;  habrá  machos 
mártires. 


1  Si  bien  Ribera  (Vida  de  Santa  Teresa,  lib.  IV,  c.  V.)  dice  que  habla  acjuí  de  la  Com-' 
pañía,  parece  cierto  que  se  refiere  a  la  Orden  de  Sto.  Domingo.  El  P.  Gracián  en  la  nota  a  este 
pasaje,  dice:  «la  de  Santo  Domingo». 

2  Según  el  mismo  P.  Gracián  es  también  la  Orden  de  Santo  Domingo  a  quien  alude  la 
Santa  como  en  el  párrafo  anterior.  Ribera  opina  lo  mismo;  Yepes  (Vida  de  Santa  Teresa,  1.  III, 
c.  XVII),  está  por  la  Reforma  del  Carmen.  He  aquí  sus  palabras:  «Calló  la  Santa  Madre  el  nom- 
bre de  esta  Religión  por  algunos  honestos  fines;  pero  yo  sé  que  habla  aquí  de  la  nueva  Refor- 
mación que  ella  fundó».  El  P.  Andrés  de  la  Encarnación,  de  un  pasaje  tomado  del  libro  prime- 
ro,  capítulo  VII  de  la  Historia  de  la  Reforma,  del  P.  José  de  Jesús  María,  que  se  conservaba 
manuscrito  en  nuestro  Archivo  de  Madrid,  ü  hoy,  a  lo  que  creemos,  perdido,  copia  estas  palabras 
comentando  esta  predicción:  «Que  Nuestra  Sta.  Madre  hablase  en  esta  profecía  de  nosotros  (de 
la  Descalcez  Carmelitana),  demás  de  ser  muy  conocidas  las  señas  que  ella  da,  lo  dijo  después  a 


CAPITULO    XL  365 

otra  vez,  estando  en  Maitines  en  el  coro,  se  me  representaron 
y  pusieron  delante  seis  u  siete,  me  parece  serian  de  esta  mesma 
Orden,  con  espadas  en  las  manos.  Pienso  que  se  da  en  esto  a  en- 
tender han  de  defender  la  fe.  Porque  otra  vez,  estando  en  ora- 
ción, se  arrebató  mi  espíritu:  parecióme  estar  en  un  gran  campo 
adonde  se  combatían  muchos,  y  estos  de  esta  Orden  peleaban  con 
gran  hervor.  Tenían  los  rostros  hermosos  y  muy  encendidos, 
y  echaban  muchos  en  el  suelo  vencidos,  otros  mataban.  Pa- 
recíame esta  batalla  contra  ios  herejes   (1). 

ñ  este  glorioso  Santo  he  visto  algunas  veces,  y  me  ha  dicho 
algunas  cosas,  y  agradecídome  la  oración  que  hago  por  su  Or- 
den y  prometido  de  encomendarme  a  el  Señor.  No  señalo  las 
Ordenes;  si  el  Señor  es  servido  se  sepa,  las  declarará,  porque 
no  se  agravien  otras;  mas  cada  Orden  había  de  procurar,  u  cada 
uno  de  ellas  por  sí,  que  por  sus  medios  hiciese  el  Señor  tan  di- 
chosa su  Orden,  que  en  tan  gran  necesidad  como  ahora  tiene  la 
Iglesia,  le  sirviesen.  ¡Dichosas  vidas  que  en  esto  se  acabaren! 

Rogóme  una  persona  una  vez  que  suplicase  a  Dios  le  diese 
a  entender  si  sería  servicio  suyo  tomar  un  obispado.  Díjome 
el  Señor,  acabando  de  comulgar:  Cuando  entendiere  con  toda 
verdad  y  claridad  que  el  verdadero  señorío  es  no  poseer  nada, 
entonces  le  podrá  tomar  (2) ;  dando  a  entender  que  ha  de  estar 


algunas  personas  de  las  que  le  fueron  muy  familiares,  así  de  sus  hijos  como  de  sus  hijas,  de  los 
cuales  vive  aún  el  P.  Fr.  Hngel  de  San  Gabriel,  uno  de  los  primeros  maestros  de  novicios  del 
convento  de  Pastrana,  que  lo  oyó  de  su  misma  boca.  Al  cual,  como  le  preguntase  si  esta  reve- 
lación se  entendía  de  nuestra  Orden  o  de  otra,  le  respondió  la  Santa,  con  la  familiaridad  de  ma- 
dre:  Pues,  bobo,  ¿de  qué  Religión  había  de  ser  sino  de  la  nuestra?».  Esto  mismo  refiere  el  Padre 
Jerónimo  de  San  José  en  su  Historia  del  Carmen  Descalzo,  lib.  I,  c.  XXI,  p.  214.  Por  la  Des- 
calcez opinan  asimismo  el  P.  Juan  de  Jesús  María  en  su  precioso  Compendium  vitae  S.  Tere- 
siae,  1.  IV,  c.  3;  el  P.  Tomás  de  Jesús  en  Estimulo  de  las  Misiones,  el  P.  Alonso  de  Jesús 
María,  en  el  índice  que  mandó  añadir  a  las  Obras  de  la  Santa  impresas  en  Madrid  el  1622,  y 
otros  escritores  de  la  Reforma.  La  carta  que  se  dice  escrita  por  la  M.  Ana  de  S.  Bartolomé  al 
Padre  Luis  de  la  Asunción,  también  afirma  que  la  profecía  se  refiere  a  la  Reforma  de  la  Santa. 
A  pesar  de  la  gravedad  de  tales  testimonios,  tanto  por  el  texto  mismo  como  por  la  autoridad  del 
P.  Gradan,  que  conoció  mejor  que  nadie  los  secretos  más  íntimos  de  la  Santa  Reformadora,  nos 
inclinamos  a  creer  que  se  trata  de  la  Orden  del  glorioso  Santo  Domingo.  Por  lo  demás,  tanto 
la  Compañía  de  Jesús,  como  la  Orden  de  Predicadores  y  la  Descalcez  Carmelitana  han  tenido 
hijos  esclarecidos  que  han  honrado  a  su  madre  derramando  su  sangre  por  la  fe  de  Jesucristo. 
Diremos,  en  último  término,  con  la  misma  Santa,  que  «cada  Orden  había  de  procurar  u  cada  uno 
de  ellas  por  sí,  que  por  sus  medios  hiciese  el  Señor  tan  dichosa  su  Orden,  que  en  tan  gran 
necesidad  como  ahora  tiene  la  Iglesia,  le  sirviesen». 

1  «La  de  Santo  Domingo»,  nota  Qracián. 

2  La  persona   que  tal   ruego  hizo  a  Santa  Teresa  fué,  según  el   P.    Qracián,    el  inquisidor 
Soto,  más  tarde  obispo  de  Salamanca. 


366  VIDA    DE    SANTA    TERESA    DE    JESÜS 

muy  fuera  de  desearlo  ni  quererlo  quien  hubiere  de  tener  perla- 
cías,  u  al  menos  de  procurarlas. 

Estas  mercedes  y  otras  muchas  ha  hecho  el  Señor  y  hace  muy 
contino  a  esta  pecadora,  que  me  parece  no  hay  para  qué  las  de- 
cir; pues  por  lo  dicho  se  puede  entender  mi  alma,  y  el  espí- 
ritu que  me  ha  dado  el  Señor.  Sea  bendito  por  siempre,  que 
tanto  cuidado  ha  tenido  d€  mí. 

Di  jome  una  vez  consolándome,  que  no  me  fatigase  (esto  con 
mucho  amor),  que  en  esta  vida  no  podíamos  estar  siempre  en 
un  ser;  que  unas  veces  ternía  hervor  y  otras  estaría  sin  él; 
unas  con  desasosiegos  y  otras  con  quietud  y  tentaciones,  mas 
que  esperase  en  El  y  no  temiese. 

Estaba  un  día  pensando  si  era  asimiento  darme  contento 
estar  con  las  personas  que  trato  mi  alma  y  tenerlos  amor,  y  a 
los  que  yo  veo  muy  siervos  de  Dios,  que  me  consolaba  con  ellos, 
me  dijo:  Que  si  un  enfermo  que  estaba  en  peligro  de  muerte 
le  parece  le  da  salud  un  médico,  que  no  era  virtud  dejárselo  de 
agradecer  y  no  le  amar;  que  qué  hubiera  hecho  si  no  fuera 
por  estas  personas;  que  la  conversación  de  los  buenos  no^  daña- 
ba, mas  que  siempre  fuesen  mis  palabras  pesadas  y  santas,  y 
que  no  los  dejase  de  tratar,  que  antes  sería  provecho  que  daño. 
Consolóme  mucho  esto,  porque  algunas  veces,  pareciéndome  asi- 
miento, quería  del  todo  no  tratarlos.  Siempre  en  todas  las  cosas 
me  aconsejaba  este  Señor,  hasta  decirme  cómo  me  había  de  haber 
con  los  flacos  y  con  algunas  personas.  Jamás  se  descuida  de 
mí;  algunas  veces  estoy  fatigada  de  verme  para  tan  poco  en  su 
servicio,  y  de  ver  que  por  fuerza  he  de  ocupar  el  tiempo  en 
cuerpo  tan  flaco  y  ruin  como  el  mío  más  de  lo  que  yo  querría. 

Estaba  una  vez  en  oración  y  vino  la  hora  de  ir  a  dormir,  y 
yo  estaba  con  hartos  dolores,  y  había  de  tener  el  vómito  ordi- 
nario. Como  me  vi  tan  atada  de  mí,  y  el  espíritu  por  otra  parte 
quiriendo  tiempo  para  sí,  vime  tan  fatigada,  que  comencé  a 
llorar  mucho  y  a  afligirme.  Esto  no  es  sola  una  vez,  sino, 
como  digo,  muchas,  que  me  parece  me  daba  un  enojo  contra  mí 
mesma,  que  en  forma  por  entonces  me  aborrezco.  Mas  lo  con- 
tino es  entender  de  mí  que  no  me  tengo  aborrecida,   ni  falto 


CAPITULO    XL  367 

a  lo  que  veo  me  es  necesario.  Y  plega  el  Señor  que  no  tome 
muchas  más  de  lo  que  es  menester,  que  sí  debo  hacer.  Esta  que 
digo,  estando  en  esta  pena,  me  apareció  el  Señor  y  regaló  mucho, 
y  me  dijo  que  hiciese  yo  estas  cosas  por  amor  de  El  y  lo  pasase, 
que  era  menester  ahora  mi  vida.  Y  ansí  me  parece  que  nunca 
me  vi  en  pena  después  que  estoy  determinada  a  servir  con  todas 
mis  fuerzas  a  leste  Señor  y  consolador  mío,  que,  aunque  m2  deja- 
ba un  poco  padecer,  no  (1)  me  consolaba  de  manera  que  no  hago 
nada  en  desear  trabajos.  Y  ansí  ahora  no  me  parece  hay  para  qué 
vivir  sino  para  esto,  y  lo  que  más  de  voluntad  pido  a  Dios. 
Dígolo  algunas  veces  con  toda  ella:  Señor,  u  morir  u  padecer; 
no  os  pido  otra  cosa  para  mí.  Dame  consuelo  oir  el  relox;  por- 
que me  parece  me  allego  un  poquito  más  para  ver  a  Dios,  de  que 
veo  ser  pasada  aquella  hora  de  la  vida. 

Otras  veces  estoy  de  manera,  que  ni  siento  vivir  ni  me 
parece  he  gana  de  morir,  sino  con  una  tibieza  y  escuridad  en 
todo  como  he  dicho  que  tengo  muchas  veces,  de  grandes  traba- 
jos. Y  con  haber  querido  el  Señor  se  sepan  en  público  estas 
mercedes  que  Su  Majestad  me  hace,  como  me  lo  dijo  algunos 
años  ha  que  lo  habían  de  ser,  que  me  fatigué  yo  harto,  y  hasta 
ahora  no  he  pasado  poco,  como  vuestra  merced  sabe,  porque  oada 
uno  lo  toma  como  le  parece.  Consuelo  me  ha  sido  no  ser  por 
mi  culpa,  porque  en  no  lo  decir,  sino  a  mis  confesores  u  a 
personas  que  sabía  de  ellos  lo  sabían,  he  tenido  gran  aviso 
y  extremo;  y  no  por  humildad,  sino  porque,  como  he  dicho, 
aun  a  los  mesmos  confesores  me  daba  pena  decirlo.  Ahora  ya, 
gloria  a  Dios,  aunque  mucho  me  mormuran,  y  con  buen  celo, 
y  otros  temen  tratar  conmigo  y  aun  confesarme,  y  otros  me  dicen 
hartas  cosas,  como  entiendo  que  por  este  medio  ha  querido  el 
Señor  remediar  muchas  almas,  porque  lo  he  visto  claro,  y  me 
acuerdo  de  lo  mucho  que  por  una  sola  pasara  el  Señor,  muy 
poco  se  me  da  de  todo.  No  sé  si  es  parte  para  esto  haberme  Su 
Majestad  metido  en  este  rinconcito  tan  encerrado  (2),  y  adonde 


1  Esta  palabra   no   sólo  es  redundante,  sino    que   cambia    evidentemente  el  sentido  que  la 
Santa  quiso  dar  a  la  frase,  que  es  bien  claro.  La  respetamos  por  traerla  el  autógrafo. 

2  San  José  de  Avila. 


368  VIDA    DE    SñNTñ    TERESA    DE    JESÚS 

ya,  como  cosa  muerta,  pensé  no  hubiera  más  memoria  de  mí.  Mas 
no  ha  sido  tanto  como  ijo  quisiera,  que  forzado  he  de  hablar 
algunas  personas;  mas  como  no  estoy  adonde  me  vean,  pa- 
rece ya  fué  el  Señor  servido  echarme  a  un  puerto,  que  espero 
en  Su  Majestad  será  siguro. 

Por  estar  ya  fuera  de  mundo  y  entre  poca  y  santa  com- 
pañía, miro  como  desde  lo  alto,  y  dáseme  ya  bien  poco  de  que 
digan  ni  se  sepa.  En  más  ternía  se  aprovechase  un  tantito  un 
alma  que  todo  lo  que  de  mí  se  puede  decir;  que  después 
que  estoy  aquí,  ha  sido  el  Señor  servido  que  todos  mis  deseos 
paren  en  esto.  Y  hame  dado  una  manera  de  sueño  en  la  vida, 
que  casi  siempre  me  parece  estoy  soñando  lo  que  veo;  ni  contento, 
ni  pena,  que  sea  mucha,  no  la  veo  en  mí.  Si  alguna  me  dan 
algunas  cosas,  pasa  con  tanta  brevedad,  que  yo  me  maravillo, 
y  deja  el  sentimiento  como  una  cosa  que  soñó.  Y  esto  es  entera 
verdad,  qu2  aunque  después  yo  quiera  holgarme  de  aquel  con- 
tento u  pesarme  de  aquella  pena,  no  es  en  mi  mano,  sino  como 
lo  sería  a  una  persona  discreta  tener  pena  u  gloria  de  un  sueño 
que  soñó;  porque  ya  mi  alma  la  despertó  el  Señor  de  aquello 
que,  por  no  estar  yo  mortificada  ni  muerta  a  las  cosas  de  el 
mundo,  me  había  hecho  sentimiento,  y  no  quiere  Su  Majestad  que 
se  torne  a  cegar. 

De  esta  manera  vivo  ahora,  señor  y  padre  mío  (1).  Suplique 
vuestra  merced  a  Dios,  u  me  lleve  consigo,  u  me  dé  como  le 
sirva.  Plega  a  Su  Majestad  esto  que  aquí  va  escrito  haga  a 
vuestra  merced  algún  provecho,  que  por  el  poco  lugar  ha  sido 
con  trabajo.  Mas  dichoso  sería  el  trabajo  si  he  acertado  a  decir 
algo  que  sola  una  vez  se  alabe  por  ello  el  Señor,  que  con  esto 
me  daría  por  pagada,   aunque  vuestra  merced  luego  lo  queme. 

No  querría  fuese  sin  que  lo  viesen  las  tres  personas  que 
vuestra  merced  sabe  (2),  pues  son  y  han  sido  confesores  míos; 
porque,  si  va  mal,  es  bien  pierdan  la  buena  opinión  que  tienen  de 
mí;   si  va  bien,  son  buenos  y  letrados.  Sé  que  verán  de  dónde 


1  P.  García  de  Toledo. 

2  PP.    García   de    Toledo,   Báñez  y  algún   otro   amigo  de  los  que  en  Avila  habían  confe-' 
sado  a  la  Santa. 


CAPITULO    XL  369 

viene,  y  alabarán  a  quien  lo  ha  dicho  por  rní.  Su  Majestad 
tenga  siempre  a  vuestra  merced  de  su  mano,  y  le  haga  tan 
gran  santo,  que  con  su  espíritu  y  luz  alumbre  esta  miserable, 
poco  humilde  y  mucho  atrevida,  que  se  ha  osado  determinar 
a  escribir  cosas  tan  subidas.  Piega  el  Señor  no  haga  en  ello 
errado,  tiniendo  intención  y  deseo  de  acertar  y  obedecer, 
y  que  por  mí  se  alabase  en  algo  el  Señor,  que  es  lo  que  ha 
muchos  años  que  le  suplico.  Y  como  me  faltan  para  esto  las 
obras,  heme  atrevido  a  concertar  esta  mi  desbaratada  vida,  aun- 
que no  gastando  en  ello  más  cuidado  ni  tiempo  de  lo  que  ha 
sido  menester  para  escribirla,  sino  puniendo  lo  que  ha  pasado 
por   mí   con   toda  la  llaneza  y   verdad   que  yo  he   podido. 

Piega  el  Señor,  pues  es  poderoso  y  si  quiere  puede,  quie- 
ra que  en  todo  acierte  yo  a  hacer  su  voluntad  y  no  primita 
se  pierda  esta  alma,  que  con  tantos  artificios  y  maneras  y  tan- 
tas veces  ha  sacado  Su  Majestad  de  el  infierno  y  traído  a  Sí. 
Amén. 


35 


CñRTü    QUE    Lñ    SñNTa    ESCRIBIÓ     ñL    PñDRE    GñRCIA    DE    TOLEDO, 
REMITIÉNDOLE     LA    VIDA     (1). 


Jhs. 


El  Espíritu  Santo  sea  siempre  con  vuestra  merced.  Amén. 
No  seria  malo  encarecer  a  vuestra  merced  este  servicio  por  obli- 
garle a  itener  mucho  cuidado  de  encomendarme  a  nuestro  Señor, 
que  sigún  lo  que  he  pasado  en  verme  escrita  y  traer  a  la  memo- 
ria tantas  miserias  mías,  bien  podría;  aunque  con  verdad  puedo 
decir,  que  he  sentido  más  en  escribir  las  mercedes  que  el  Señor 
me  ha  hecho,  que  las  ofensas  que  yo  a  Su  Majestad.  Yo  he 
hecho  lo  que  vuestra  merced  me  mandó  en  alargarme,  a  condi- 
ción que  vuestra  merced  haga  lo  que  me  prometió  en  romper 
lo  que  mal  le  pareciere.  No  había  acabado  de  leerlo  después  de 
escrito,  cuando  vuestra  merced  envía  por  él.  Puede  ser  vayan 
algunas  cosas  mal  declaradas,  y  otras  puestas  dos  veces;  por- 
que ha  sido  tan  poco  el  tiempo  que  he  tenido,  que  no  podía 
tornar  a  ver  lo  que  escribía.  Suplico  a  vuestra  merced  lo  en- 
miende y  mande  trasladar,  si  se  ha  de  llevar  a  el  Padre  Maestro 
Avila,   porque  podría  ser   conocer   alguien  la  letra. 


1  Esta  carta,  escrita  en  el  mismo  original  de  la  Vida,  a  continuación  del  último  capítulo, 
probablemente  fué  dirigida  al  P.  García  de  Toledo,  como  dijimos  en  el  Prólogo  a  este  libro  de 
la  Santa,  p.  CXX. 


372  CñRTñ  DE  SñNTñ  TERESA 

Yo  deseo  harto  se  dé  orden  en  cómo  lo  vea,  pues  con  ese  in- 
tento lo  comencé  a  escribir;  porque,  como  a  él  k  parezca  voy 
por  buen  camino,  quedaré  muy  consolada,  que  ya  no  me  queda 

más  para  hacer  lo  que  es  en  mí.  En  todo  haga  vuestra  merced 
como  le  pareciere  y  ve  está  obligado  a  quien  ansí  le  fía  su  alma. 

La  de  vuestra  merced  encomendaré  yo  toda  mi  vida  a  Nuestro 
Señor;  por  eso  dése  priesa  a  servir  a  Su  Majestad  para  hacerme 
a  mí  merced,  pues  verá  vuestra  merced,  por  lo  que  aquí  va, 
cuan  bien  se  emplea  en  darse  todo,  como  vuestra  merced  lo  ha 
comenzado,  a  quien  tan  sin  tasa  se  nos  da. 

Sea  bendito  por  siempre,  que  yo  espero  en  su  misericordia 
nos  veremos  adonde  más  claramente  vuestra  merced  y  yo  vea- 
mos las  grandes  que  ha  hecho  con  nosotros,  y  para  siempre  jamás 
le  alabemos.  Amén. 

Acabóse  este  libro  en  Junio,  año  de  MDLXII  (1). 


1  El  P.  Báñez  escribe  a  renglón  seguido:  «Esta  fecha  se  entiende  de  la  primera  vez  que 
le  escribió  la  Madre  Teresa  de  Jesús  sin  distinción  de  capítulos.  Después  hizo  este  traslado,  y 
añadió  muchas  cosas  que  acontecieron  después  desta  fecha,  como  es  la  fundación  del  moneste- 
rio  de  San  Joseph  de  Avila,  como  en  la  hoja  169  parece.  L.  Fr.  D."  Bañes'». 


índice  alfabético  de  materias  (1) 


Agradecimiento,    71,    114. 

Agua   (Comparaciones   tomadas   del 

agua   en   orden   al   espíritu),   78, 

157,  246. 
Agua    bendita,   249,    251,    252. 
Alabanzas,  255,  368. 
Alegría,   91. 

Alma,   76,    104,    130,    361. 
Amistades    peligrosas    y    provecho- 
sas,  28,   51,   52,    120,    178,    188. 
Amor  de  dios,  28,  66,  75,  109,  172, 

174,  204,  232,  246. 
Angeles,  (visión  de)   234,  253,  364. 
Animo,   58,   76,   92,   93,    123. 
Aprovechamiento      espiritual,      162, 

349,    350,    351,    352. 
Arrobamiento,    145,    148,    188,    189, 

281,  282,  292,  298,  329,  332,  335, 

357,    360,    364. 


B 


Bienes  terrenos  (Desprecio  de  los)^ 
72,  93,  102,  156,  157,  161,  164, 
200,   213. 


Caridad    del    prójimo,    36,    42,    95. 
Castidad,   13. 

Ceremonias  de   la   iglesia   (Venera- 
ción   por),    275. 
Celo   de    las   almas,   46,   251,   253, 

265,   367. 
Cielo,    (Deseos    del),    334. 
Clavo    (del    Señor),    345. 
Cobardía,    (Daños    espirituales    de 

la),  93. 
Comunión,    63,    118,    120,    221,    244. 
Confesión  general,  32. 
Confesores    (Inconvenientes    de    la 

falta  de  letras  y  experiencia  de 

los),    28,    29,    37,    97,    154,    226. 
—(Cualidades    que    han    de    tener, 

los),   28,   98,    181. 
Confianza  en  dios,  66,  99,  139,  144, 

256. 
Conformidad   en   las   enfermedades, 

■5  y  6. 
Conocimiento    propio,    40,    97,    111, 

138,  336. 
Criaturas  (La  llevaban  a  Dios  las), 

65. 
Cruz  (Conveniencia  de  abrazar  la), 

77,  80,  83,   112,   114,   170. 


1      Por  no  aumentar  más  este  tomo,  dejamos  para   el   siguiente   los  documentos  que  pensa- 
mos publicar  en  los  Apéndices. 


376  índice 

Chuz  (Eficacia  y  señal  de  la),  199,      Eternidad,  7. 

230,   249.  EucARiSTia  (Visión  de  la),  337,338. 

Culto  (a  las  imágenes  del  Señor); 

42.  ^ 

Fe,  72,   113,   140,   141,   196,242,275. 
D 

Frenesí,  362. 

Demonio    (Apariciones    y    engaños  q 

del),  42,  45,  52,  71,  93,  95,   114, 

139,   142,   144,   177,  241,  242,  249,  Qalas,    10. 

254.  Grandezas  (Desprecio  de  las),  285. 

Desasimiento  de  criaturas,  148, 162,  286. 

258,   317,   323. 

Deseos  de  servir  a  dios,  245,  246,  H 

348. 

Devoción    sensible,    66,    70,    85,    86,  Hechizos,    30. 

195    232.  Herejes,    44,    361. 

Diamante  (La  Divinidad  como  un),  Honra    (Desprecio    de   la),   76,   92. 

363.  121,   156,  257,  260. 

Dineros    (Desprecio    de    los),    156,  Humanidad  de  jesús,  65,  86,  96,  165, 

157_  170,  183,  187. 

Dirección  espiritual  (Necesidad  de  Humildad,   42,    70,    71,    86,    88,    91. 

la),  25,  92,  97,  98,  144,   176.  197,  ^2.    114,    124.    138,    148.    157,    171, 

2Qg    gg2  179,   221,   229,    241,   255,   352. 

Distracciones,  24,   114,    154. 
Dolor    de    las    culpas,    3,    8,    21, 

33,   37,   51,   55,   65,   66,    105,    131. 

139,   140,   142,   182,   261. 


I 


Iglesia,  (Veneración  a  las  cosas  de 

la),  250. 

Ilusiones  peligrosas,   175,   196,   197, 
^  198,  219,   222,   241,   274. 

Imaginación,    102,    126.    134,    245. 

Educación  (Cuánto  importa  la  bue- 
na),  capít.   I   y    II.  j 

Ejemplos    (Los    buenos),   6, 

Enfermedades,    27,    28,    35,    47,    94,      j^^^  (Devoción  a  San),  38,  39,  240, 
S'tO,   264.  279,  281,  306,  309. 

Escritura  (Veneración  a  la  Sagra- 
da),    98,    275,    359.  L 

Esperanza,    274. 

Estima   (En   lo   poco   que   se   debe      Lagrimas  (Don  de),  23,  70,  102,  137, 
tener  la),  253,  255.  199,   247. 


DE     MATERIAS 


377 


Lecturas  (Buenas),  6,  16,  17,  22, 
23,  37,  205. 

Letras  (Necesidad  de  que  los  con- 
fesores tengan),  28,  103,  143,15^, 
197,    198,    208,    245. 


M 


Martirio    (Deseos    del),    6. 

Memoria    (La),    126. 

Mercedes    de    dios,    125,    131,    185, 

259,   255. 
Muerte   (Deseos   de   la),    151,    162, 

231. 
Mujeres  (Condición  de  las),  73,  89, 

362. 
Mundo,   50,    213,   256. 


135,  141,  152,   188,  199,  205,  231, 

244,  255,  268,  270,  277,  280,  298, 
312,  330,  336,  339,  346,  355,  356, 

359,  360,  364,  365. 
Pasión    (Meditación   sobre   la),   97. 
Pecado  (Aborrecimiento  del),  36,  72. 
Pobreza,    186,    280,    297,    300. 
Penas  interiores,  195,  199,  225,  240, 

245,  307,  309. 
Predicadores,    121. 
Penitencia,    186,    214,    233,    247. 
Persecuciones,  52,  113,  138,  225,228. 
.    239,  255,  270,  273,  275,  290,  309, 

316,  353. 
Presencia  de  dios,  69,  167,  209. 
Pusilanimidad,   20,    91,   94,   256. 


Obediencia,   132,   183,  205,  225,  230, 

231,    275,    278,    306. 
Observancia,    266,    318,    319. 
Ocasiones  peligrosas,  10,  13,  24,  50, 

60. 
Oración  (Necesidad  de  la),  24,  25, 

46,    51,    52,    56,    57,    64,    88,    89, 

91,  98. 
—(Comparación  con  un  huerto),  77, 

83,    101,    104,    105,    117,    124,    128. 

133,  138,  145. 
—(de  quietud,  de  unión,  etc.),  23, 

64,    107,    113,    117,    120,    123,    127, 

166,   175,  209,   230,  235,  237,  241, 

252,  257,  262,   264,   321,  322,  532, 

361,    363. 


Padres  (Consejos  a  los),  9,  11,  43. 
Palabras    (de    Jesús    a    la    Santa), 


Recreación  (Conveniencia  de  la),  91. 
Reforma  de  las  descalzas,  267,  272, 

274,   277,   295,    302,   303,   319. 
Revelaciones,  191,  195,  ^68,  277,  290 

292,    293,    330,    334,    335. 
Reyes  (Se  debe  hablar  claro  a  los), 

159,  160. 


Santísima   virgew    7,    140,   281,   282, 

318,  335,  357. 
Santísimo  sacramento  (Devoción  )al), 

167,  242,  306,  337. 
Sequedad    de    espíritu,    23,    24,    67, 

79,  82,  86,  138,  170,  171. 
Soledad    (Deseos    de),    7,    27,    36, 

37,  42,  317. 
Sufrimientos  (Deseos  de),  206,  275, 

309. 


378 


índice 


Tentaciones,  17,  46,  56,  80,  91,  92,      Verdad  (flmor  a  la),  159,  160,  200, 
94,   113,    140,   144,   242,   244,  254.  349,   359. 


Teólogos  (Véase  Letrados). 

TRflNSVEHBERflClON,  234,  235. 

Trinidad  (Conocimiento  de  la  San- 
tísima),  211,   357. 
U 

Union  (Véase  Oración  de). 


Visiones,  218,  224,  227,  231,  321, 
323,    331,    332. 

—(que  recibió  la  Santa),  44,  208, 
209,  215,  218,  227,  230,  231,  234, 
263,  265,  268,  279,  281,  288, 
292,  316,  334,  343,  353,  357,  359, 
370. 

Vocación,    15,    18,    19,    21. 


índice  alfabético  de  nombres 

DE    personas    mencionadas    EN    ESTE    TOMO 


Águila  (D.a  Catalina),  17,  177. 
Águila   (D.   Fernando),   188,   229. 
Águila  (D.  Mencía),   177,   178,   188. 
Agustín  de  los   reyes,   LXXXI. 
Ahumada    (D.a    Beatriz    Dávila),    5, 

6,  7,  Í19. 
Ahumada   (D.a   Juana   de),   19,   231, 

247,  258,  270,  278,  279,  304,  305. 
Ahumada  (D.a  María),  49. 
Alberto  (San)  LXXIX. 
Alberto   patriarca,   317. 
Alberto  (Cardenal  Archiduque),  87. 
Alberti  (Juan),  CIII. 
Alcañices   (Marqués  de),   121. 
Alejo  (San)   333. 
Alfonso    maria    de    ligorio    (San), 

XVIII. 
Alfonso  el  sabio,  283. 
Alonso  de  jesús,  166,  365. 
Alonso  de  la  madre  de  dios,  XCIV. 
Almaraz  (D.  Juan  Quijada),  LXXIV. 
Alvarado    (García    de),    LXXXII. 
Alvarez  (P.  Baltasar),  87,  186,  188, 

197,  204,  224,  225,  229,  238,  244. 

269,    274,    315,    333. 
Alvarez  de  cepeda  (D.  Diego),  11, 

267. 


Alvarez  de  cepeda  (D.  Francisco), 
7,  11,  49. 

Alvarez  de  cepeda  (D.  Pedro),  11, 
22. 

Alvarez  de  cepeda  (D.  Vicente),  11. 

Alvarez  (P.  Rodrigo),  CXIX. 

Amadis,  LXXI. 

Amboise    (Beata    Francisca),    255. 

Ambrosio  Mariano,  LXXX. 

Ana   de    los    angeles,    95,    316. 

Ana  de  san  Bartolomé,  365. 

Ana  de  la  encarnación,  XIII,  CXXIV, 
CXXIX,  CXXX,  41,  121,  250,  260. 

Ana  de  jesús,  LX,  LXX,  LXXVIII, 
LXXXI,  LXXXII,  LXXXIII, 
LXXXIV,  LXXXV,  CVII. 

Ana  de  san  juan,  316. 

Ana  de  san  pablo,  341. 

Andilly  (Arnauld  de),  CV. 

Andrés  de  la  encarnación,  c.  d., 
XXX,  XLI,  LXVIII,  LXX.  LXXII, 
LXXIX,  LXXX,  LXXXV, 

LXXXVII,  XCIV,  XCV,  XCVI, 
XCVII,  CXX,  CXXIII,  CXXIV, 
CXXVIII,  CXXX,  11,  41,  73,  87, 
121,  186.  247,  251,  268,  295,  364. 

Ángel   de   san   Gabriel,   365. 

Angela  de  foligno  (Santa),  XXVIII, 
155. 


UNA     MflRIfl     DE     JESÚS,     231:. 

ñNTOLiN    (Fr.    Guillermo),    LXXIV, 

CXXVIII. 
iíNTOLiNEZ  (Fray  ñgustín),  LXXIII, 

CXXIX. 

ñWTONW    DEL    espíritu    SANTO,  303,  305. 

Antonio    (San),    169. 
üntonio    de    la    asunción,    166. 
Antonio  del  espíritu  santo,  218. 
Antonio  de  jesús,  LXXXI. 
Antonio  de  san  joaquin,  LXXI,  XCI, 

CXXVII. 
Antonio   de   san   jóse,   XCI. 
Antonio  de  la  madre  de  dios,  XCI, 

49. 
Antonio  del  smo,  sacramento,  LXXII. 
Aparicio    (Melchor),    XCII. 
Aranda  (Gonzalo  de),  229,  305,  309, 

311. 
Araoz,  229. 

Areopagita  (Dionisio),  XIII,  XLIV. 
Arevalo  (Felipe  de),  305. 
Arevalo,  (María  Alvarez  de)  305, 
Ariosto,    LXII. 

ArNOLDO    de    san    PEDRO    Y    SAN    PABLO, 

XXX,    XXXI. 
AsTRAiN  (Padre),  LXXVIII,  176,  22^1, 

277. 
AuDET    (Nicolás),    269. 
Austria  (D.  Juan),  XCIII. 
Austria   (D.a   Mariana),   XCIII. 
Avellaneda   (Padre),   224. 
Avellaneda  (D.a  Isabel  de),LXVIII. 
Avila     (Beato),     XXXIV,     CXIX, 

CXX,    CXXI,    CXXII,    CXXVIII, 

22,   176. 
Avila  (D.  Francisco),  187. 
Avila  (D.a   Isabel  de),  309. 
Avila  (Julián  de),  305,  309,  311. 


B 


Baltasar    de    sta.    catalina,    XXXI. 

Baker    (Tomás),    CVII. 

Bañez  (Fr.  Domingo),  XLII,  LXXV, 
LXXVII,  CXII,  CXVII,  CXVIIl. 
CXIX,  CXX,  CXXI,  CXXIII, 
CXXIV,  CXXV,  CXVII,  CXXVIII, 
41,  45,  73,  87,  111,  120,  121,  135, 
147,  155,  234,  251,  254,  271,  290, 
292,    311,    335,    347,    368. 

Baronio,    XVII,    XLI,    CIII. 

Barrientos    (D,    Martín    Guzmán), 
17,   23,   49,   292. 

Bartolomé  apóstol  (San),  305. 

Barron  (Vicente),  29,  50,  135,  143, 
286. 

Bayona     (D.     Francisco     Herrero)', 
LXXVI,  LXXVII. 

Beatriz  de  la  concepción,  CXXX. 

Beda'  de    san    simón    stock,    CVII. 

Belluga  (Cardenal),  235. 

Benedicto  xiii,  235. 

Bernardo    (San),    XLVI,    169. 

Bertani  (Pedro),  CIII,  CIV. 

Bertoldo  IGNACIO  (Padre),  LXXXIV, 
CVII. 

Besant    (Miss.),   XLIX. 

Blazquez   (D.   Juan),  303. 

Bolandos  (Los),  XXX,  CV,  224,  229. 

BoNA   (Cardenal),  XXVII. 

Bonilla  y  s.  martin  (Adolfo),  LXV. 

Bonilla  (Juan  de),  XC. 

Bono  (Pedro),  XC. 

BoRDiNi     (Juan     Francisco),      XLI, 
CIII,  CVII. 

BoscAN,  LXV. 

BossuET,   XXIX,   XLVI,   LXVII. 

Bouix  (P.  Marcelo),  XV,  CV,  CVI. 

BouTROux,    XLVII. 

Braganza    (D.    Teutonio),    LXXIX, 
LXXXV. 


DE     NOMBRES 


381 


Bretigny  (Juan  de  Quintanaduefias 

de),  CIV,   CV. 
BmzuELfl  (El  licenciado),  311. 
Bruno  (San),  XLIV. 
BuENDiñ  (José  Fernández  de),  XCI. 
Buenaventura   (San),   XLVI. 


Caborte   (Pedro),   XC. 

Camoens,  LXII. 

Capmany,    LXII. 

Capece   (Carlos   Segismundo),   CIV. 

Cárdenas    (D.    Iñigo    de),    LXVÍII. 

Carlos  ii,  XCII. 

Carlos  v,   121. 

Carmelitas      descalzas      de      parís 

(Edición     de     las),     LXXXVIII, 

LXXXIX,   CVI,   H9,    228,   255. 
Carneades,  XLIX. 
Carramolino,  342. 
Carranza    (Bartolomé),    205,    284. 
Carrera  (Diego  de),  XC. 
Carrillo    (Juan   de),   87,   304,    315. 
Carvajal   (Garcí-Suárez),   311. 
Casa-valencia    (Conde    de),    LXII. 
Catalina  de  san  angelo,   235. 
Catalina     de     genova     (Santa)  , 

XXVIII. 
Catalina   de   s.   francisco,  LXXXIII. 
Catalina   de   jesús,   347. 
Catalina  de  sena  (Santa),  XXVIII, 

LXX,  169. 
Catalina    mártir    (Santa),    333. 
Cartujano  (Dionisio),  333. 
Castellanos   (Marqués  de),   17. 
Castillo    (Fray    Hernando    del), 

CXXIII,  CXXV,  CXXVI,  CXXVII. 
Cazalla   (Hgustín),   121. 
Cepeda    (D.    Alonso    Sánchez    de), 

LXXII,   5,   6,   9,    11,    19,   22,    23, 

29,    49,    247. 


Cepeda  (D.  Hgustín  de),  5,  19. 
Cepeda  (D.  Antonio  de),  5,   19. 
Cepeda  (D.  Fernando),  5,  19. 
Cepeda  (D.   Francisco),  315. 
Cepeda  (D.  Jerónimo),  5,  19. 
Cepeda  (D.  Lorenzo),  LXIX,  CXXVI, 

CXXlX,   5,    19,   32,   49,    187,   258, 

279,   343. 
Cepeda   (D.a   María),  5,   11,   17,  23, 

95,    292,    293,    315. 
Cepeda   (D.   Pedro),  5,   11,   17,   177. 
Cepeda    (Juan   Vázquez),   5. 
Cepeda  (Rodrigo),  5,  7,  8. 
Cerda   (D.   Juan   de  la),   283. 
Cerda    (D.a    Luisa    de    la),    LXVII, 

CXVIII,     CXX,     CXXI,     CXXII, 

CXXVI,   283,    285,    295,    298,    351, 

349. 
Cervantes,  XIV,  LIX,  LXII. 
Clemente   vm,   LXI,   CIII. 
Clea-vente  XI,  XXXI. 
Clemente  xii,   235. 
Cisneros    (Cardenal),    155,    333. 
Cirineo,   212. 

Cimbrón    (D.a    Catalina    del),    309. 
CoLOMBET  (Gregorio),  CV. 
Covarrubias,    201. 
Cribelli  (El  Nuncio),  315. 
Cristian   iv,   XVII. 
CoNTRERAs  (D.a  María  de  Briceño), 

14. 
Cromberger,   32. 
Cuervo  (Padre),  205,  238. 

CUNIÍJOHAME    GRAHAM,    XVII. 

Chaide    (Malón   de),   LXIII. 
Chanut  (Abate  Marcial),  CV. 
ClIARCOT,    XLVII. 
Chaves   (Fray   Diego   de),   CXXIIL 


382 


índice 


DñLTON  (Juan),  CVII. 

DñNTE,  LXII,  CIII. 

David   (El   Profeta),   118,   119,   141, 

233. 
David  lewis,  XVII,  CVII. 
DflViLñ    (Catalina),    214. 
DflviLíi    (Francisco),    238. 
DñviLíi   (Jerónimo),  346. 
DñviLfl   (Sancho),   305. 
DflZñ  (Gaspar),  CXVII,  CXX,  CXXII, 

120,   177,   178,   180,   182,  229,  272, 

305,    313,    314. 
Delacroix,   XLVII. 
Díaz   (María),   214,   270. 
Diego  de  san  jóse    S7,  231. 
Diego  de  s.  matias,  342. 
Diego    de    la    presentación,    XCIII. 
Dionisio    de    la    m.    de    dios,    CV. 
Doblado,  XCVII. 

Domenech    (P.    Pedro),    284,    299. 
Domingo  (Sanio),  XXXIV.  LXXXVII, 

135,   143,  280,  290,  298,  334,  364, 

385. 
Doria  (P.  Nicolás),  LXXIII,  LXXX, 

LXXXIII,  LXXXIV,    XCIII. 
Dorotea  de  la  cruz,  LXXXVIII,  342. 
Dorotea  isabel,  XVII. 
Duarte  de  braganza,  XVI. 
Dupuis,    XLVIII. 


Elias  de  san  martin,  LXXXL 
Elíseo   de   san   bernardo,   CV. 
Elíseo  de  san  jóse,  CX. 
Enriquez  (D.a   María),  CXXI. 
Enrique  (D.3  Rna),  121. 
Espinosa   (Juana   de   Fuentes),   279. 
Espinosa  (Luis  Pacheco  de),  346. 

E5TE3HN    DE    SAN    JOSÉ,    279. 


Eugenio   iv,   267,   317. 
Faber    (Padre),   XVII,   CVII. 
Federico  de  s.  antonio,  XXX,  CIII, 
255. 


Felipe  n,  XVI,  XL,  LXXII,  LXXIV, 
LXXXII,  LXXXIV,  LXXXV, 
CXXV,  CXXIX,  65,  160,  267,  277, 
327. 

Felipe  iii,   LXXIV,   LXXXV. 

Felipe  de  la  sma.  trinidad,  XVII. 
XXXIV. 

Fenelon,  XLVI,  LXII. 

Fernandez  (P.  Gregorio),  269,  340. 

Fernando  vi,  XCIV,  CXXIX. 

FiTZMAURICE-KELLY,    LXV. 

Flamenco  (Juan),  XC. 
FoppENs  (Francisco),  XCII. 
FoQUEL    (Guillermo),    LXXIX, 

LXXXII,        LXXXV,        LXXXVI, 

LXXXVII,      LXXXVIX,     XL,     C. 
Francisco    de    asís    (San),    XXXVI, 

LXXXVII,  169,  237,  238,  333. 
Francisco  de   borja   (San),   XXXVI, 

186,   277,    284. 
Francisco  de  la  cruz  (Padre),  XVII. 
Francisco    de    sales    (San),    XVIII, 

XXVII,    XXX,    XLVI,    XLIX. 
Francisco  de  sta.  maria,  XXIX,  LXI, 

LXXIII,        LXXXII,       LXXXIII, 

XCI,  CXXIII. 
Francisco  de  los  santos,  XCI. 
Francisco  de  la  trinidad,  LXXXIX. 
Fuentes   (D.   Francisco),   279. 
Fuente   (D.   Vicente   de   la),   XXX, 

LXXV,         LXXVI,        LXXXVIII. 

XC,    XCI,    XCV,    XCIX,    C,    CI, 

CII,  CIX,  CX,  CXI,  CXíI,  CXVII, 

CXXVIII,   CXXIX,   52,   229. 


DE    NOMBRES 


383 


H 


García  (Juan  Catalina),  180. 

García  de  loaysa,  LXXIII. 

Garcilaso,    LXV. 

Gerardo  de  san  juan  de  la  cruz, 
LXIII,    XCVII,    87. 

Gertrudis   (Santa),  XXVIII. 

Getino  (Padre),  LXXXIII, 
LXXXVIII. 

Gervasio  de  san  pedro,  CVII. 

Giraldel,  LXX. 

Gómez    (Hna),    315. 

GONET,    XXXI. 

Gracian  (Fray  Jerónimo),  XXXIV, 
XLII,  LIX,  LXI,  LXVII,  LXVIIl, 
LXXI,  LXXIII,  LXXIV,  LXXVII, 
LXXIX,        LXXXIV,        LXXXV, 

■    LXXXVIII,   CVII,   ex,   CXVIII. 

CXIX,    CXX,    CXXVI,     CXXVII, 

CXXIX,  CXXX,  9,  73,  78,  87,  95, 

135,   M7,   178,   188,  218,  229,  230, 

2m,  260,  286,  292,  309,  315,  334, 

335,  342,  346,  364,  365. 
Gracian  (Tomás),  LXVIIL 
Granada      (Fray      Luis),      XXXV, 

XXXIX,   LXIII,   205,    238. 
Gregorio  (San),  XXXI,  XXXV,  31, 

254,   333. 
Gregorio    de    san    angelo,    LXXX, 

LXXXI. 
Gregorio    de    s.    jóse,    CVI,    CVII. 
Gregorio    ix,    296. 
Gregorio     nacianceno    (Padre), 

LXXX,  LXXIX. 
GuiLLÁMAS    (Francisco),   333,    347. 
Guillermo  obispo,  317, 
Gutiérrez  (Martín),  CXXII. 
Gutiérrez   (Sebastián),   5. 
GuzMAN    (D.a    ñldonza),    187,    280, 

282. 


Hahn    (Padre),    41. 
Henao    (D.    ñlonso),   342. 
Henao    (Hntonia    de),    305. 
Henao  (D.^  Catalina  del  Peso  y), 

5,    11. 
Henao  (Elvira  de),  305. 
Herrero  CVIII. 
Hilarión   (San),   207,  333. 
Honorato  de  sta.  maria,  XXX. 
Hugo   (Cardenal),  317. 
Hugo,    XLVI. 
Ibañez    (P.    Pedro),    XLII,    CXVII, 

CXVIII,   CXIX,   78,   87,   120,   271, 

287,  290,  297,  298,  315,  321,  334, 

343. 


I 


Ibsen,    LV. 

Ignacio  de  loyola  (San),  XVI, 
XXXIX,    LXV,    LXXXVII. 

Ignacio  de  san  jóse,  CVIII. 

Inés    de    jesús,    250. 

Inocencio    iv,    317. 

Ireneo  de  san  jóse,  CVIII. 

Inocencio   xi,   XXXI. 

Inocencio   xiii,   XXXI. 

Isabel  bautista,  350. 

Isabel  de   jesús  maria,   XVII. 

Isabel  de  santo  doa^ingo,  CXX, 
CXXII,  CXXIII,  CXXV,  147,-  160, 
247,    260,    275,    333,    350. 

Isabel  de   san   pablo,   316,   350. 


Jacob,    127,    247. 
Jamblico,   XLIX. 
James  (Williams),  XLVII. 
Janet  tPedro),  LVI. 


384 


índice 


Jerónimo  de  san  jóse,  XVII,  XXIX, 

XL,    XLI,     LXI,     LXVII,    LXIX, 

LXXX,  LXXXII,  LXXXVII,   CIII, 

CXII,  11,  178,  187,  231,  295,  316, 

317,   347,   365. 
Jerónimo  (San),  XXXV,  18,  80,  329, 

333. 
JoRBflLflM  (Vizcondesa  de),  XVIII. 
José  del  espíritu  santo,  XXXIV. 
José  de   jesús  maria,   XLII,   XLIIl, 

XLIV,    XLV,    166,    364. 
Juan  de  los  angeles,  LXIII. 
Juan  de  san  basilio,  LXX. 
Juan   bautista    (  P  a  d  r  e  )  ,   LXXX, 

LXXXI,    XCI. 
Juan     de     la     cruz     (San),     XXII, 

XXVII,   XXXII,  XXXIII,   XXXIV, 

XLII,   XLVI,   LX. 
Juan    (San),    LXVI,    165,    168,    247. 
Juan   de   san   jeronimo,   CVII. 
Juan  de  san   jóse,   XCI. 
Juan  ii  (de  Portugal),   180. 
Juan  de  jesús  maria,  XXXIV,  CVII, 

365. 
Jules-peyre    (Padre),    CVI. 
Junta    (Julio),   LXXXV. 
Juana  (La  Princesa  D.a),   160,  267. 
Juana  del  espíritu  santo,  CXXX. 


K 


Kbrbeck  (Francisco),  CVIII. 


Lanuza    (Juan    Bautista),    147. 
Lara    (D.a    Isabel    Manrique    de), 

XCII. 
Laredo  (Bernardino),  180. 
Lasegne,   XLVI. 
Leibnitz,  XXX,  LXIV. 
León  xm,  XV,  XXIX. 


León  (Basilio  Ponce  de),  LXXXIII, 
CVII. 

León  (Gabriel  de),  XCII. 

León  (Fr.  Luis  de),  XIX,  XLI,  XLII, 
LX,  LXIII,  LXIV,  LXXIII, 
LXXVIII ,  LXXXI ,  LXXXII , 
LXXXIII,  LXXXIV,  LXXV, 
LXXXVI,  LXXXVII,  LXXXVIII, 
LXXXIX,  XC,  XCII,  CVII,  CXI, 
CXII,  CXXVII,  CXXIX,  CXXX, 
52,  57,  112,  130,  229,  234,  287, 
335. 

Lombroso,   XLVII. 

López    (Manuel),    XCI,    XCII. 

Lucas  de  san  jóse,  XXI. 

Luis   de   la   asunción,   365. 

Luis  de  jesús  aiaria,   XCIV. 

Luna  (D.a  María  de),  20. 

Llórente,   XLII. 

Lluch    (Cardenal),    LXXVI,    CVIII. 


M 


Macaulay,  LXV. 
Machucha  (Catalina),  CXXIV. 
Madrid    (Alonso    de),   86. 
Magdalena    de    pazzis    (Santa), 

XXVIII. 
Magdalena  (Santa  María),  63,  125, 

162,    170,    172,    173. 
Magdalena  de  la  cruz,  CXXIV,  175. 
Mainage,   LVI. 
Malebranche,   LXIV. 
Manuel    de    santa    maria,    LXXIX, 

XCL,   XCVI,    XCVII,   6,   49,    135, 

166. 
Manuel  de  la  v.  del  carmen,  LXXII. 
Manning    (Cardenal),    XVII. 
Márchese,  314. 

Margarita  (Infanta),  LXXXII. 
María  de  austhia  (Doña),  LXXXI, 

LXXXII,    LXXXIV. 


DE     NOMBRES 


385 


MflRIfl     BAUTISTA,     CXXIII,     Ul,     268, 

309,   350. 

Marw   de   la   cruz,   305. 

María  de  cristo,  L  X  X  X  V  1 1 1 , 
LXXXIX. 

María  de  la  encarnación,  LXXXIV. 

María   de   san   francisco,   2^17. 

María  isabel,  316. 

María    de    san    Jerónimo,    1^7,    350. 

María    de    jesús,    295,    296,    318. 

María  de  san  jóse  (Priora  de  Se- 
villa),  CX,   9. 

María  de  san  jóse  (Priora  de  Con- 
suegra), LXXVII,  CXXX,  95,  147, 
268,   315,   335. 

María  de  san  jóse  (Hermana  de 
Julián  de  Avila),  305. 

María  de  san  pablo,  95. 

Manrique    (D.    Jerónimo),    235. 

Marta   (Spnta),   125,   170. 

Martin  (  -.  Felipe),  LXX,  CXIX, 
CXX,     .86. 

Martínez  del  muro  (D.  Pedro),  XL. 

Mascareñas  (D.a  Leonor),  65,  295, 
296. 

Matías  de   san   arnoldo,   CVIII. 

Maeterlink,   LV. 

Medina    (Bartolomé    de),    CXXII. 

Medina  (Juan  de),  CXXII. 

Medinaceli    (Duques    de),    286. 

Melchor  cano,  XL. 

Mella   (Camilo),   CIV. 

Mendoza  (  D  .  ñ  1  v  a  r  o  ) ,  CXXII, 
CXXIII,  CXXIV,  87,  167,  169,277, 
282,  303,  305,  311,  315,  316. 

Mendoza  (D.  Juan  Hurtado  de), 
282. 

Mendoza   (D.a   María),   CXXXIII. 

Mendoza  (D.a  Teresa  de  Velasco), 
XCII. 

Menendez  y  pelayo  (D.  Marcelino), 
LXIII,  LXIV,  XCIX,   10. 


Menendez    pidal    (D.    Ramón),    LX. 

Mercuriam    (Padre),    224. 

Mexia   (Pedro),   346. 

Mey  (Pedro  Patricio),  XC. 

Miguel  ángel  (Padre),  XXXV. 

MiR    (D.    Miguel),    LXXI,    49,    229, 

230,    270,    311,    315. 
MoGUEL    (Sánchez),    CXXVII. 
MoiGNO,  XLVII. 
Molina   (Juan  de),   18. 
Molinos,    XXXI,    XLVI. 
MoNicA    (Santa),    333. 
Montesinos    (Ambrosio    de),    333. 
Mora  (Francisco),  LXXIV,  LXXXV. 
Moran    (Antonio),    279. 
Morel-fatio,    XXXIII,    362. 
MoRELio    (Andrés),    XXX. 
Moreto,  LXVIII,  XC,  XCI,  XCVIL 
MÜLLER  (Max),  XLVIII. 
AluÑoz  (P.  Luis),  176. 


N 


Nadal    (Padre),    277. 

Ñero    (D.    Pedro    de     Castro    y), 

CXXVII. 
Newman,   XVII,   CVII. 
Nicolás    Antonio,    XC. 
NoRDEAU   (Max),   XLVII,   LV. 
NuE  (Guillermo  de  la),  CV. 
NuEROs    (P.    Bartolomé    Pérez    de), 

CXXII. 


OcAMPO    (D.a    Beatriz    de    la    Cruz 

y),  267. 
OcAMPO    (María    de),    267. 
Olivares  (Conde  Duque  de),  XC,  11. 
Ordoñez    (María),    315. 
Oropesa  (Condes  de),  169,  286. 
Osuna    (Francisco    de),    XXXV,    22, 

201. 

26  * 


586 


IKDICE 


Ortega  (D.  José),  XCIV.  Puente  (P.  Luis  de  la),   188,   197, 

OvflLLE    (Juan    de),    258,    378,    279,         229. 
30it,   305.  PusTET,    CVII,    CVÍII. 


PñBLO  (San),  39,  92,  150,  161,  162, 
169,   182,   218,   230,   329. 

Palafox  (D.   Juan  de),  XCIII,  CV. 

Palomino  (D.  Hntonio),  347. 

Palomino  (Nicolás  de  Castro), 
XCVIII. 

Pardo  (Pedro  Cerezo),  LXXIV. 

Paulo  v,   XLI. 

Paz  (María  de  la  Paz),  305. 

Pedro  (San),  92,  107,  171,  208,  230, 
346,   347. 

Pedro  de  alcántara  (San),  XXI, 
XXXIV,  XXXV,  XXXVI,  LIX, 
LXIII,  CXVI,  CXIX,  208,  214, 
237,  238,  245,  267,  269,  280, 
290,  297,  303,  304,  305,  314,  342, 
363. 

Pedro   de   alcántara    de   santa   ma- 

RIA,     CVIII. 

Pedro    mártir,    286. 

Pedro   de   la   anunciación,   XCIII. 

Peres    (Domingo    García),    65. 

Petronila  bautista,  41,   147. 

Pinel  (D.a  María),  16,  20,  234,  316. 

Pío  IV,  CXIX,  303. 

Pío  IX,  LXXV. 

Pío   X,   XII,   XIX,   LI,   LVI. 

PizARRo  (Gonzalo),  19. 

Planes  (Bernardino),  XLIV. 

Platón,  XLIX. 

Polit      (Manuel     María)  ,     C  V I , 

CXXVII,  5. 
PosEviNo  (Padre),   XLI. 
PouLfliN  (Padre),  XXXI. 
Pradanos  (Juan  de),  182,  186,  188. 


Quaranta   (Horacio),  CIV. 
QuESADA  (D.3   Inés),   16. 
QuiROGA    (D.    Gaspar    de),    CXXV, 
CXXVI,  CXXVII,  CXXIX. 


Rada  (Fray  Juan),  XLI. 

Ramírez    (Martín),    166. 

Raquel,   127. 

Reinach    (Salomón),    131. 

Rengifo    (Pedro),   6. 

Revilla    (D.    Martín    de),    305. 

Ribera  (Francisco),  LXI,  LXX, 
LXXI,  LXXXVIII,  LXXXIX,  CIII, 
CXXV,  CXXVI,  9,  32,  176,  178, 
188.  230,  231,  238,  260,  263,  286, 
504,    314,    339,    364. 

RiBET,    XXXI,    L. 

Ricardo   de    san    victor,    XLVI. 

Ríos  (D.a  Blanca  de  los),  LXIII, 
LXIV. 

Ripalda  (Jerónimo),  CXXII,  229, 
270. 

Rivadeneyra,      LXXXVIII,      XCVII, 

XCVIII,  xcix,  ci,  CU,  CXXIX, 

23. 
Rodrigo,    LXX,    LXXII. 
Rosa   de  lima   (Santa),  XXVIll. 
RoYER   (Clemencia),  XLVII. 
Rúbeo   (P.   Juan   Bautista),   316. 
Rubí    (Mosen),    238. 

RUYSBROECK,     XIII. 

Robledo    (ñlonso    de),    333. 
Rizi   (Francisco),   347. 


DE    NOMBRES 


387 


S 


SflflVEDRA    (Arias    Pardo),    283. 
Sajonia    (Lodulfo   de),   XXXV,   333. 
Sni-flZAR  (ñngel  de),  269,  298,  310, 

315,  340. 
SflLAZflR    (Gaspar    de),    CXXI,    277, 

287,    290,    335. 
Salazíir   (José   López),   279. 
Salcedo   (Francisco   de),    CXVII, 

CXIX,   CXX,    120,    177,    179,    182, 

188,   229,   238,   303,   305,   314. 
Salva  LXXXVI. 
Sánchez  (Luis),  XC,  XCL 
Sancho  iv,   161. 

Santa  severina  (Cardenal),  XLL 
Santini    (Padre),    CIV. 
Sarmiento    (D.a    María),    282, 
SflUDREAU,    XXXI,    XXXII. 
Savonarola,   238. 
ScHACK     (Adán     Federico),     LXV, 

LXVI. 
Shakespeare,    XVII,    LXII. 
Seisdedos    (Padre),    XXXI,  XXXII. 
Sblfa  (D.  Antonio),  LXXV. 
Serrano   y   morales    (José   C),    18. 
Serrano  y  sanz,  6. 
Silíceo  (Cardenal),  284. 
SiLio   (Evaristo),   LXIV. 
Simón    stock    (San),    317. 
Sixto  v,  XLI. 
Sobrino    (El    Doctor),    LXXHI, 

CXXIX. 
Sócrates,   XLIX. 
Sola  (P.  Alberto),  XLV. 
Sorolla  (Miguel),  XC. 
Soto     (El     Inquisidor),     CXVII, 

CXVIII,  CXIX,  CXX,  365. 
Soto   (P.    Francisco),   CIII. 
SuAREZ   (P.    Francisco),   XLV. 
SuAREz    (D.a    Juana),    16,    23. 


Tábano   (Angelo),   XC. 

Tapia   (D.a   Francisca   de),  231. 

Tapia    (D.a    Inés),    305. 

Tapia  (D.a  Ana),  305. 

Taulero,   XIII. 

Tavera  (Pardo  de),  283. 

Teresa    de    jesús    (Sobrina    de    la 

Santa),    CXXVII,    270,    335,    M5. 
Toledo  (D.   Fernando  de),  CXXVI, 

218. 
Toledo    (D.    Francisco    de),    286. 
Toledo  (García  de),  CXVIII,  CXIX, 

CXX,   75,   87,    169,   251,   286,   292, 

316,    318,    321,    347,    368. 
Toledo    (D.a    María    Enriquez   de), 

231. 
Tolstoi,  LV. 
Tomas    de    aquino    (Santo),    XXXI, 

XLI,    XLIII,    XLIV,    XLV,    XLVI, 

218. 
Tomas    de    aquino    (Fray),    XCIV, 

XCVI,  XCVII. 
ToA\ñs   de  jesús,   XLII,  365. 
Tomas   apóstol   (Santo),   335. 
ToscANo    (P.    Sebastián),    65. 
Torre    (D.    Manuel    Fernández    de 

la),    LXXV. 


U 


Ulloa  (D.a  Guiomar),  120,  121,  187, 

238,  268,  280,  282,  293,  297,  305. 
Ulloa   (D.   Pedro),   187. 
UcEDA,  (Conde  de),  303. 
Úrsula   de   los   santos,   305,   306. 

Y 

Vaissiere    (1.    de    la),    LVI. 
Vai.era  (D.  Juan),  LXII. 
Valdes    (D.    Fernando),    205. 


388 


ÍNDICE 


VflN    DER    MOERE    (P.),    230. 

VflRONñ    (P.    Miguel),    11. 
Vázquez   (P.   Dionisio),   22^1,   277. 
Vega   (Lope  de),   201. 
Vela  (D.  Blasco  Núñez),  19. 
Velada  (Marquesa  de  la),  316. 
Velasco    (D.a    Juana),    186. 
Velpio  (Rogerio),  XC. 
Vicente  ferrer    (San),    155. 
Villadiego    (Bernardo    de),    XCIII 
Villegas     (Domingo     Palacios     y,) 

XC. 
Villena  (D.  Enrique),  301. 
Vos  (F.  V.),  XXI. 
VUNDT,    LVI. 


W 


Weis,  XIX. 

Wenceslao  del  santísimo  sacramen- 
to,   XLVIII. 

WlSEMAN,    CVII. 

Woodhead  (flbrahan),  CVII. 


Yepes  (Fr.  Diego  de),  XXX,  XL, 
LXI,  LXXIII,  LXXIV,  CIIl, 
CXX,  7,  260,  286,  364. 

Yanguas,   LXXVII. 


Zanchini  (Julio),  CIIL 
Zimmerman    (Benito    de    la    Cruz), 
CVII. 


Wagneb,  LV. 


índice  de  capítulos 


Páginas. 

ilDVERTENCm     PREVIA vn 

PRELIMINARES.  \.— Popularidad  de  los  escritos  de  Santa 
Teresa. — Frutos  que  reportan  las  almas  de  su  lectura. — Dos  pala- 
bras sobre  la   vida  contemplativa  de  las  Carmelitas  Descalzas.    .        xi 

II. — Algunas  propiedades  de  los  escritos  de  Santa  Teresa. — 
Su  magisterio  místico. — Autoridades  de  algunos  hombres  célebres. 
—Testimonio  de  la  Iglesia. — Educación  espiritual  de  la  Doctora 
de  Avila xxiii 

III. — Delaciones  y  reparos  que  se  hicieron  a  los  libros  de 
Santa  Teresa. — Apologías  de  los  mismos. — Algunos  errores  mo- 
dernos sobre  la  Mística  y  aplicaciones  prácticas  a  la  Doctora 
de    Avila xxxix 

IV. — Lenguaje  y  estilo  de  Santa  Teresa. — Bellezas  y  defec- 
tos.— Juicios    de    algunos    literatos    eminentes lvii 

V. — Número  y  clasificación  de  los  escritos  de  Santa  Teresa. 
— Autógrafos  que  han  llegado  hasta  nosotros. — Reproducciones 
fotolitográficas LXVii 

VI. — Diligencias  hechas  para  la  publicación  de  las  obras  de 
Santa  Teresa. — Algunas  ediciones  en  castellano. — Trabajos  de  los 
Padres  Andrés  de  la  Encarnacióri  y  Manuel  de  Santa  María  en  el 
siglo  XVIII. — Edición  de  la  Biblioteca  de  Rivadeneyra lxxix 

VIL — Los  escritos  de  la  Santa  en  lenguas  extrañas. — Edicio- 
nes italianas,  francesas,  flamencas,  inglesas,  alemanas,  latinas  y 
polacas, ciu 


390  índice 

Páginas. 

VIH. — Nuestros  intentos  en  la  presente  edición. — Orden  de  pu- 
blicación  de  estos  escritos. — Correcciones cix 

INTRODUCCIÓN   ñ  Lñ  VIDA  DE  SñNTñ  TERESfí.    .    .    ,      cxv 

CAPITULO  PRIMERO.— En  que  trata  cómo  comenzó  el  Se- 
ñor a  despertar  a  esta  alma  en  su  niñez  a  cosas  virtuosas,  y  la 
ayuda  que   para  esto  es  serlo   los  padres 5 

CAPITULO  II.— Trata  como  fué  perdiendo  estas  virtudes,  y  lo 
que  importa  en  la  niñez  tratar  con  personas  virtuosas.    .....         9 

CAPITULO  III.— En  que  trata  como  fué  parte  la  buena  compa- 
ñía para  tornar  a  despertar  sus  deseos,  y  por  qué  manera  comenzó 
el  Señor  a  darla  alguna  luz  del  engaño  que  había  traído.    ...       15 

CAPITULO  IV.— Dice  como  la  ayudó  el  Señor  para  forzarse 
a  sí  mesma  para  tomar  hábito,  y  las  muchas  enfermedades  que  Su 
Majestad    la    comenzó    a    dar 19 

CAPITULO  V.— Prosigue  en  las  grandes  enfermedades  que  tuvo 
y  la  paciencia  que  el  Señor  le  dio  en  ellas,  y  cómo  saca  de  los 
males  bienes,  sigún  se  verá  en  una  cosa  que  le  acaeció  en  este 
lugar    que    se   fué    a   curar 27 

CAPITULO  VI.— Trata  de  lo  mucho  que  debió  a  el  Señor  en 
darle  conformidad  con  tan  grandes  trabajos,  y  como  tomó  por  me- 
dianero y  abogado  al  Glorioso  San  Josef,  y  lo  mucho  que  le  apro- 
vechó        35 

CAPITULO  VIL— Trata  por  los  términos  que  fué  perdiendo  las 
mercedes  que  el  Señor  le  había  hecho,  y  cuan  perdida  vida  comenzó 
a  tener;  dice  los  daños  que  hay  en  no  ser  muy  encerrados  los 
monesterios   de  monjas 41 

CAPITULO  VIII.— Trata  del  gran  bien  que  le  hizo  no  se 
apartar  del  todo  de  la  oración  para  no  perder  el  alma,  y  cuan  ex- 
celente remedio  es  para  ganar  lo  perdido.  Persuade  a  que  todos  la 
tengan.  Dice  cómo  es  tan  gran  ganancia,  y  que,  aunque  la  toríjen 
a  dejar,  es  gran  bien  usar  algún  tiempo  de  tan  gran  bien.    .    .       55 


DE   capítulos  391 

Páginas. 

CAPITULO  IX. — Trata  por  qué  términos  comenzó  el  Señor  a 
despertar  su  alma  y  darla  luz  en  tan  grandes  tinieblas,  y  a  for- 
talecer  sus   virtudes   para    no   ofenderle 63 

CAPITULO  X.— Comienza  a  declarar  las  mercedes  que  el  Se- 
ñor la  hacía  en  la  oración,  y  en  lo  que  nos  podemos  nosotros  ayu- 
dar, y  lo  mucho  que  importa  que  entendamos  las  mercedes  que  el 
Señor  nos  hace.  Pide  a  quien  esto  envía,  que  de  quí  adelante  sea 
secreto  io  que  escribiere,  pues  la  mandan  diga  tan  particularmente 
las    mercedes   que   la    hace   el    Señor 69 

CAPITULO  XI. — Dice  en  qué  está  la  falta  de  no  amar  a  Dios 
con  perfeción  en  breve  tiempo;  comienza  a  declarar,  por  una  com- 
paración que  pone,  cuatro  grados  de  oración;  va  tratando  aquí  del 
primero.  Es  muy  provechoso  para  los  que  comienzan  y  para  los 
que   no   tienen   gustos   en   la   oración 75 

CAPITULO  XIL— Prosigue  en  este  primer  estado;  dice  hasta 
donde  podemos  llegar  con  el  favor  de  Dios  por  nosotros  mesmos 
y  el  daño  que  es  querer,  hasta  que  el  Señor  lo  haga,  subir  el  es- 
píritu   a    cosas    sobrenaturales    y    extraordinarias 85 

CAPITULO  XIII.— Prosigue  en  este  primer  estado  y  pone  avi- 
sos para  algunas  tentaciones  que  el  demonio  suele  poner  algunas 
veces.   Da   avisos   para   ellas.   Es   muy   provechoso 91 

CAPITULO  XIV.— Comienza  a  declarar  el  sigundo  grado  de 
oración,  que  es  ya  dar  el  Señor  a  el  alma  a  sentir  gustos  más 
particulares.  Decláralo  para  dar  a  entender  cómo  son  ya  sobre- 
naturales.  Es   harto   de   notar ...."...      101 

CAPITULO  XV.— Prosigue  en  la  mcsraa  materia,  y  da  algunos 
avisos  de  cómo  se  han  de  haber  en  esta  oración  de  quietud.  Trata 
de  cómo  hay  muchas  almas  que  llegan  a  tener  esta  oración  y  po- 
cas que  pasen  adelante.  Son  muy  necesarias  y  provechosas  las 
cosas   que   aquí   se   tocan.         


107 


CAPITULO  XVI.— Trata  tercer  grado  de  oración,  y  va  decla- 
rando cosas  muy  subidas;,  y  lo  que  puede  el  alma  que  llega  aquí, 
y  los  efetos  que  hacen  estas  mercedes  tan  grandes  del  Señor.  Es 
muy  para  levantar  el  espíritu  en  alabanzas  de  Dios  y  para  gran 
consuelo    de    quien   llegare    aquí. ••      ^^^ 


392  índice 

Páginas* 

CHPITULO  XVII. — Prosigue  en  la  mesma  materia  de  declarar 
este  tercer  grado  de  oración;  acaba  de  declarar  los  efetos  que 
hace;  'dice  Gl  impedimento  que  aquí  hace  la  imaginación  y  memoria.      123 

CAPITULO  XVIÍI. — En  que  trata  del  cuarto  grado  de  oración; 
comienza  a  declarar  «por  ecelente  manera»  la  gran  dinidad  en  que 
el  Señor  pone  a  el  alma  que  está  en  este  estado:  es  para  animar 
mucho  a  los  que  tratan  de  oración,  pa  que  se  esfuercen  a  llegar 
a  tan  alto  estado,  pues  se  puede  alcanzar  en  la  tierra,  aunque 
no  por  merecerlo,  sino  por  la  bondad  de  el  Señor.  «Léase  con  ad- 
vertencia, porque  se  declara  por  muy  delicado  modo,  y  tiene  cosas 
mucho  de  notar» 129 

CAPITULO  XIX. — Prosigue  en  la  mesma  materia.  Comienza 
a  declarar  los  efetos  que  hace  en  el  alma  este  grado  de  oración. 
Persuade  mucho  a  que  no  tornen  atrás,  aunque  después  de  esta 
merced  tornen  a  caer,  ni  dejen  la  oración.  Dice  los  daños  que 
vernán  de  no  hacer  esto.  Es  mucho  de  notar  y  de  gran  conso- 
lación  para   los  flacos  y   pecadores .      137 

CAPITULO  XX. — En  que  trata  de  la  diferencia  que  hay  de 
unión  a  arrobamiento.  Declara  qué  cosa  es  arrobamiento,  y  dice 
algo  de  el  bien  que  tiene  el  alma  que  el  Señor  por  su  bondad 
llega  a  <éf.  Dice  los  efetos  que  hace.  Es  de  mucha  admiración.    .      145 

CAPITULO  XXL— Prosigue  y  acaba  este  postrer  grado  de 
oración;  dice  lo  que  siente  el  alma  que  está  en  él  de  tornar  a  vi- 
vir en  el  mundo,  y  de  la  luz  que  la  da  el  Señor  de  los 
engaños  de  él.  Tiene  buena  doctrina 159 

CAPITULO  XXII.— En  que  trata  cuan  siguro  camino  es  para  los 
contemplativos  no  levantar  el  espíritu  a  cosas  altas,  si  el  Señor 
no  le  vanta;,  y  cómo  ha  de  ser  el  medio  para  la  más  subida  contem- 
plación la  Humanidad  de  Cristo.  Dice  de  un  engaño  en  que  ella 
estuvo  un   tiempo.   Es   muy   provechoso   este   capítulo 165 

CAPITULO  XXIII.— En  que  torna  a  tratar  del  discurso  de 
su  vida,  y  cómo  comenzó!  a  tratar  de  más  perfeción  y  por  qué  me- 
dios. Es  provechoso  para  las  personas  que  tratan  de  gobernar  al- 
mas que  tienen  oración  saber  cómo  se  han  de  haber  en  los  prin- 
cipios,  y    el   provecho   que   le   hizo   saberla   llevar 175 


DE   capítulos  393 

Páginas. 

CAPITULO  XXIV.— Prosigue  en  lo  comenzado,  y  dice  cómo 
fué  aprovechándose  su  alma  después  que  comenzó  a  obedecer,  y 
lo  poco  que  le  aprovechaba  el  resistir  las  mercedes  de  Dios,  y 
cómo  Su  Majestad  se  las  iba  dando  más  cumplidas 185 

CAPITULO  XXV.— En  que  trata  el  modo  y  manera  cómo  se 
entienden  estas  hablas  que  hace  Dios  al  alma  sin  oirse,  y  de  al- 
gunos engaños  que  puede  haber  en  ello,  y  len  que  se  conocerá  cuan- 
do lo  íes.  Es  de  mucho  provecho  para  quien  se  viere  en  este  grado 
de  oración,  porque  se  declara  muy  bien  y  de  harta  dotrina.    .    .      191 

CAPITULO  XXVI. — Prosigue  en  la  mesma  materia;  va  decla- 
rando y  tíiciendo  cosas  que  le  han  acaecido  que  la  hacían  perder 
el  temor  y  afirmar  que  era  buen  espíritu  el  que  la  hablaba.    .    .      203 

CAPITULO  XXVII. — En  que  trata  otro  modo  con  que  enseña 
el  Señor  al  alma  y  sin  hablarla  la  da  a  entender  su  voluntad  por 
una  manera  admirable.  Trata  también  de  declarar  una  visión  y  gran 
merced  que  la  hizo  el  Señor  no  imaginaria.  Es  mucho  de  notar 
este    capítulo.        .         .        207 

CAPITULO  XXVIII.— En  que  trata  las  grandes  mercedes  que 
la  hizo  el  Señoi^',  y  como  le  apareció  la  primera  vez.  Declara  qué 
es  visión  imaginaria.  Dice  los  grandes  efetos  y  señales  que  deja 
cuando  es  de  Dios.  Es  muy  provechoso  capítulo  y  mucho  de  notar.      217 

CAPITULO  XXIX. — Prosigue  en  lo  comenzado  y  dice  algunas 
mercedes  grandes  que  la  hizo  el  Señor  y  las  cosas  que  Su  Majestad 
la  decía  para  asigurarla  y  para  que  respondiese  a  los  que  la 
contradecían 227 

CAPITULO  XXX. — Torna  a  contar  el  discurso  de  su  vida  y 
cómo  remedió  el  Señor  mucho  de  sus  trabajos  con  traer  a  el  lugar 
a  donde  estaba  el  Santo  varón  Fray  Pedro  de  Alcántara,  de  la 
Orden  del  Glorioso  San  Francisco.  Trata  de  grandes  tentaciones 
y    trabajos    interiores    que    pasaba    algunas    veces 237 

Capitulo  XXXI. — Trata  de  algunas  tentaciones  exteriores,  y 
representaciones  que  la  hacía  el  demonio,  y  tormentos  que  la  daba. 
Trata  también  algunas  cosas  harto  buenas  para  aviso  de  personas 
que  van  camino   de   perfeción 249 


39^  índice 

Páginas. 

CAPITULO  XXXII —En  que  trata  cómo  quiso  el  Señor  ponerla 
en  espíritu  en  un  lugar  de  el  infierno,  que  tenía  por  sus  pecados 
merecido.  Cuenta  una  cifra  de  lo  que  allí  se  le  representó,  para 
lo  que  fué.  Comienza  a  tratar  la  manera  y  modo  como  se  fundó 
el   monesterio,    adonde   ahora   está,   de   San   Josef 263 

CAPITULO  XXXIII.— Procede  en  la  mesma  materia  de  la  fun- 
dación del  glorioso  San  Josef.  Dice  como  le  mandaron  que  no  en- 
tendiese en  ella,  y  el  tiempo  que  lo  dejó,  y  algunos  trabajos  que 
tuvo,  y  cómo  la  consolaba  en  ellos  el  Señor 273 

CAPITULO  XXXIV.— Trata  cómo  en  este  tiempo  convino  que 
se  ausentase  de  este  lugar.  Dice  la  causa^  y  cómo  la  mandó  ir  su 
Perlado  para  consuelo  de  una  señora  muy  principal  que  estaba  muy 
afligida.  Comienza  a  tratar  lo  que  allá  le  sucedió  y  la  gran  mer- 
ced que  el  Señor  la  hizo  de  ser  medio  para  que  Su  Majestad  des- 
pertase a  una  persona  muy  principal  para  servirle  muy  de  veras,  y 
que  ella  tuviese  favor  y  amparo  después  en  El.  Es  mucho  de  notar.      283 

CAPITULO  XXXV.— Prosigue  en  la  mesma  materia  de  la  fun- 
dación de  esta  casa  de  nuestro  glorioso  Padre  San  Josef.  Dice 
por  los  términos  que  ordenó  el  Señor  viniese  a  guardarse  en  ella 
la  santa  pobreza,  y  la  causa  por  qué  se  vino  de  con  aquella  se- 
ñora que  estaba,  y  otras  algunas  cosas  que  le  sucedieron.    .    .    ,      295 

CAPITULO  XXXVI.— Prosigue  en  la  materia  comenzada,  y  dice 
cómo  se  acabó  de  concluir  y  se  fundó  este  monesterio  de  el  glo- 
rioso San  Josef,  y  las  grandes  contradiciones  y  persecuciones  que 
después  de  tomar  hábito  las  relisiosas  hubo,  y  los  grandes  traba- 
jos y  tentaciones  que  ella  pasó,  y  cómo  de  todo  la  sacó  el  Señor 
con   Vitoria   y   en   gloria   y   alabanza   suya 303 

CAPITULO  XXXVII.— Trata  de  los  efetos  que  le  quedaban 
cuando  el  Señor  le  había  hecho  alguna  merced.  Junta  con  esto 
harto  buena  dotrina.  Dice  cómo  se  ha  de  procurar  y  tener  en  mu- 
cho ganar  algún  grado  más  de  gloria,  y  que  por  ningún  trabajo 
dejemos  bienes  que   son   perpetuos 321 

CAPITULO  XXXVIII.— En  que  trata  de  algunas  grandes  mer- 
cedes que  el  Señor  la  hizo,  ansí  en  mostrarle  algunos  secretos  del 
cielo,  como  otras  grandes  visiones  y  revelaciones  que  Su  Majestad 


DE   capítulos  395 

Pagines. 

tuvo  por  bien  viese.  Dice  los  efetos  con  que  la  dejaban  y  el  gran 
aprovechamiento  que  quedaba  en   su   alma 329 

CAPITULO  XXXIX.— Prosigue  en  la  mesma  materia  de  decir 
las  grandes  mercedes  que  le  ha  hecho  el  Señor.  Trata  de  cómo  le 
prometió  de  hacer  por  las  personas  que  ella  le  pidiese.  Dice  al- 
gunas cosas  señaladas  en  que  le  ha  hecho  Su  Majestad  este  favor.      3'Í5 

CAPITULO  XL. — Prosigue  en  la  mesma  materia  de  decir  las 
grandes  mercedes  que  el  Señor  la  hecho.  De  algunas  se  puede 
tomar  harto  buena  dotrina,  que  este  ha  sido,  sigún  ha  dicho, 
su  principa]  intento,  después  de  obedecer,  poner  las  que  son  para 
provecho  de  las  almas.  Con  este  capítulo  se  acaba  el  discurso  de 
su  vida,  que  escribió.  Sea  para  gloria  de  el  Señor.  Amen.    .    .    .      359 


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DEC.  ::5i 


3.T351915 


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3  5002  00010  7669 

Teresa 

Obras  de  sta.  Teresa  de  Jesús, 


BK 
890 

1915